Skip to main content
Internet Archive's 25th Anniversary Logo

Full text of "Los aboríjenes de Chile"

See other formats


Google 


This  is  a  digital  copy  of  a  book  that  was  prcscrvod  for  gcncrations  on  library  shclvcs  bcforc  it  was  carcfully  scannod  by  Google  as  parí  of  a  projcct 

to  make  the  world's  books  discoverablc  onlinc. 

It  has  survived  long  enough  for  the  copyright  to  expire  and  the  book  to  enter  the  public  domain.  A  public  domain  book  is  one  that  was  never  subject 

to  copyright  or  whose  legal  copyright  term  has  expired.  Whether  a  book  is  in  the  public  domain  may  vary  country  to  country.  Public  domain  books 

are  our  gateways  to  the  past,  representing  a  wealth  of  history,  culture  and  knowledge  that's  often  difficult  to  discover. 

Marks,  notations  and  other  maiginalia  present  in  the  original  volume  will  appear  in  this  file  -  a  reminder  of  this  book's  long  journcy  from  the 

publisher  to  a  library  and  finally  to  you. 

Usage  guidelines 

Google  is  proud  to  partner  with  libraries  to  digitize  public  domain  materials  and  make  them  widely  accessible.  Public  domain  books  belong  to  the 
public  and  we  are  merely  their  custodians.  Nevertheless,  this  work  is  expensive,  so  in  order  to  keep  providing  this  resource,  we  have  taken  steps  to 
prcvcnt  abuse  by  commercial  parties,  including  placing  lechnical  restrictions  on  automated  querying. 
We  also  ask  that  you: 

+  Make  non-commercial  use  of  the  files  We  designed  Google  Book  Search  for  use  by  individuáis,  and  we  request  that  you  use  these  files  for 
personal,  non-commercial  purposes. 

+  Refrainfivm  automated  querying  Do  nol  send  automated  queries  of  any  sort  to  Google's  system:  If  you  are  conducting  research  on  machine 
translation,  optical  character  recognition  or  other  áreas  where  access  to  a  laige  amount  of  text  is  helpful,  picase  contact  us.  We  encouragc  the 
use  of  public  domain  materials  for  these  purposes  and  may  be  able  to  help. 

+  Maintain  attributionTht  GoogXt  "watermark"  you  see  on  each  file  is essential  for  informingpcoplcabout  this  projcct  and  hclping  them  find 
additional  materials  through  Google  Book  Search.  Please  do  not  remove  it. 

+  Keep  it  legal  Whatever  your  use,  remember  that  you  are  lesponsible  for  ensuring  that  what  you  are  doing  is  legal.  Do  not  assume  that  just 
because  we  believe  a  book  is  in  the  public  domain  for  users  in  the  United  States,  that  the  work  is  also  in  the  public  domain  for  users  in  other 
countries.  Whether  a  book  is  still  in  copyright  varies  from  country  to  country,  and  we  can'l  offer  guidance  on  whether  any  specific  use  of 
any  specific  book  is  allowed.  Please  do  not  assume  that  a  book's  appearance  in  Google  Book  Search  means  it  can  be  used  in  any  manner 
anywhere  in  the  world.  Copyright  infringement  liabili^  can  be  quite  severe. 

About  Google  Book  Search 

Google's  mission  is  to  organizc  the  world's  information  and  to  make  it  univcrsally  accessible  and  uscful.   Google  Book  Search  hclps  rcadcrs 
discover  the  world's  books  while  hclping  authors  and  publishers  rcach  ncw  audicnccs.  You  can  search  through  the  full  icxi  of  this  book  on  the  web 

at|http: //books.  google  .com/l 


Google 


Acerca  de  este  libro 

Esta  es  una  copia  digital  de  un  libro  que,  durante  generaciones,  se  ha  conservado  en  las  estanterías  de  una  biblioteca,  hasta  que  Google  ha  decidido 

cscancarlo  como  parte  de  un  proyecto  que  pretende  que  sea  posible  descubrir  en  línea  libros  de  todo  el  mundo. 

Ha  sobrevivido  tantos  años  como  para  que  los  derechos  de  autor  hayan  expirado  y  el  libro  pase  a  ser  de  dominio  público.  El  que  un  libro  sea  de 

dominio  público  significa  que  nunca  ha  estado  protegido  por  derechos  de  autor,  o  bien  que  el  período  legal  de  estos  derechos  ya  ha  expirado.  Es 

posible  que  una  misma  obra  sea  de  dominio  público  en  unos  países  y,  sin  embaigo,  no  lo  sea  en  otros.  Los  libros  de  dominio  público  son  nuestras 

puertas  hacia  el  pasado,  suponen  un  patrimonio  histórico,  cultural  y  de  conocimientos  que,  a  menudo,  resulta  difícil  de  descubrir. 

Todas  las  anotaciones,  marcas  y  otras  señales  en  los  márgenes  que  estén  presentes  en  el  volumen  original  aparecerán  también  en  este  archivo  como 

tesümonio  del  laigo  viaje  que  el  libro  ha  recorrido  desde  el  editor  hasta  la  biblioteca  y,  finalmente,  hasta  usted. 

Normas  de  uso 

Google  se  enorgullece  de  poder  colaborar  con  distintas  bibliotecas  para  digitalizar  los  materiales  de  dominio  público  a  fin  de  hacerlos  accesibles 
a  todo  el  mundo.  Los  libros  de  dominio  público  son  patrimonio  de  todos,  nosotros  somos  sus  humildes  guardianes.  No  obstante,  se  trata  de  un 
trabajo  caro.  Por  este  motivo,  y  para  poder  ofrecer  este  recurso,  hemos  tomado  medidas  para  evitar  que  se  produzca  un  abuso  por  parte  de  terceros 
con  fines  comerciales,  y  hemos  incluido  restricciones  técnicas  sobre  las  solicitudes  automatizadas. 
Asimismo,  le  pedimos  que: 

+  Haga  un  uso  exclusivamente  no  comercial  de  estos  archivos  Hemos  diseñado  la  Búsqueda  de  libros  de  Google  para  el  uso  de  particulares: 
como  tal,  le  pedimos  que  utilice  estos  archivos  con  fines  personales,  y  no  comerciales. 

+  No  envíe  solicitudes  automatizadas  Por  favor,  no  envíe  solicitudes  automatizadas  de  ningún  tipo  al  sistema  de  Google.  Si  está  llevando  a 
cabo  una  investigación  sobre  traducción  automática,  reconocimiento  óptico  de  caracteres  u  otros  campos  para  los  que  resulte  útil  disfrutar 
de  acceso  a  una  gran  cantidad  de  texto,  por  favor,  envíenos  un  mensaje.  Fomentamos  el  uso  de  materiales  de  dominio  público  con  estos 
propósitos  y  seguro  que  podremos  ayudarle. 

+  Conserve  la  atribución  La  filigrana  de  Google  que  verá  en  todos  los  archivos  es  fundamental  para  informar  a  los  usuarios  sobre  este  proyecto 
y  ayudarles  a  encontrar  materiales  adicionales  en  la  Búsqueda  de  libros  de  Google.  Por  favor,  no  la  elimine. 

+  Manténgase  siempre  dentro  de  la  legalidad  Sea  cual  sea  el  uso  que  haga  de  estos  materiales,  recuerde  que  es  responsable  de  asegurarse  de 
que  todo  lo  que  hace  es  legal.  No  dé  por  sentado  que,  por  el  hecho  de  que  una  obra  se  considere  de  dominio  público  para  los  usuarios  de 
los  Estados  Unidos,  lo  será  también  para  los  usuarios  de  otros  países.  La  l^islación  sobre  derechos  de  autor  varía  de  un  país  a  otro,  y  no 
podemos  facilitar  información  sobre  si  está  permitido  un  uso  específico  de  algún  libro.  Por  favor,  no  suponga  que  la  aparición  de  un  libro  en 
nuestro  programa  significa  que  se  puede  utilizar  de  igual  manera  en  todo  el  mundo.  La  responsabilidad  ante  la  infracción  de  los  derechos  de 
autor  puede  ser  muy  grave. 

Acerca  de  la  Búsqueda  de  libros  de  Google 


El  objetivo  de  Google  consiste  en  organizar  información  procedente  de  todo  el  mundo  y  hacerla  accesible  y  útil  de  forma  universal.  El  programa  de 
Búsqueda  de  libros  de  Google  ayuda  a  los  lectores  a  descubrir  los  libros  de  todo  el  mundo  a  la  vez  que  ayuda  a  autores  y  editores  a  llegar  a  nuevas 
audiencias.  Podrá  realizar  búsquedas  en  el  texto  completo  de  este  libro  en  la  web,  en  la  página|http :  /  /books  .  google  .  com| 


SAobbo.ífe 


i^-JL.  (ílüb.  isfl 


l^arbarS  Collcse  librara 


BBIGHT    LEGACY. 

DeiceniUnli  of  Hcnry  BriBlil,  jr.,  who  dio)  It  Water. 
lown.Mui.,  in  l6S6,in  cnirUcd  In  hnld  KhoUnhipi  in 
HarvardCullegcciubliihaJiniSSaunderthcirilIof 

JONATHAN  feROWN   BRIGHT 
of  Waltham,  Mau.,  with  nne  hilf  Ihe  incnme  oT  thl> 
LtlCBCJ.   »uch  descendlnU  riiiling,  otlier  pcraam  are 
diaiblc  to  Uic  Kholanhip*.    The  wll]  requlm  thal 


^í 


f 

I 


I 


¥i    ': 


LOS  ABORÍJENES  DE  CHILE 


i       I 


^ 


■i 


"■"lÁi 


L 

i 

\ 

L 


5> 


ABORÍJENES 


DE 


/■'  / 


CHILE 


POR 


José    ToRiBio      Me  dina 


Except  iinreclaimed  savages,  few  pco- 
ples  have  passed  away  withoiit  leaving 
their  mnrks  in  potlery  and  in  some  of  ihe 
metáis,  if  in  nothing  else. 

Thonias  Ewbank. —  The  U,  S.  Níw  ni 
Astronomical  Expedition^  vol.  II,  páj.  1 1 1 . 


SANTIAGO 


TMPKENT^   aUTEISTBERa 

42— CALLE  DE  JOFRÉ — 42. 
188'? 


^MrVÍ 


\¿    ^    W| 


"bMsíolaO.c^ 


AU6  ^  ^fi"^ 


J^ 


Al  Dr.   p,  RoDULFO    A.  Philippi 


Dedico  a  TJd.  este  trabajo^  querido  doctor ^  como  un 
homenaje  de  justicia  por  lo  que  a  su  enseñanza  debe  en- 
tre nosotros  el  adelanto  de  las  ciencias  naturales,  ¿,  a 
la  veZy  como  ofrenda  de  cariño  al  sabio  maestro  i  bon- 
dadoso amiío. 


Sü  Autor. 


PREFACIO 


Circunstancias  felices  pusieron  a  nuestro  alcance,  en  época  no 
lejana,  los  medios  de  conocer  la  antigua  literatura  histórica  de 
Chile,  pudiendo  notar  con  placer  que,  en  medio  de  aquellas  re- 
laciones mas  o  menos  desordenadas,  aparecian  datos  verdadera- 
mente importantes  sobre  los  primitivos  pobladores  de  nuestro 
suelo.  Examinamos,  en  seguida,  las  obras  modernas  que  trataban 
de  su  descubrimiento  i  conquista,  i  pudimos  cerciorarnos  que 
guardaban  absoluto  silencio  sobre  aquellos  tiempos,  si  en  verdad 
remotos,  no  por  eso  menos  dignos  de  ser  conocidos.  ¿Qué  se 
sabe,  en  efecto,  hasta  ahora  de  puestros  aboríjenes,  de  las  diver- 
sas razas  que  han  ocupado  el  territorio,  de  sus  costumbres,  de 
su  industria?  ¿qué  de  cierto  aún  sobre  las  conquistas  de  los  In- 
cas entre  nosotros  i  sobre  sus  inevitables  cuanto  importantes 
resultados?... 

A  no  considerar,  pues,  mas  que  este  aspecto  de  nuestros  co- 
nocimientos históricos,  que  por  cierto  no  corresponde  al  ade- 
lanto que  con  rara  fortuna  hemos  logrado  alcanzar  en  otras 
secciones  de  la   misma  ciencia,  habia  motivos  de  sobra  para 


VIII  PREFACIO 

preocuparse  de  apartar  dt  entre  aquellos  viejos  pergaminos,  to- 
dos los  datos  que  directa  o  indirectamente  contribuyesen  a  le- 
vantar el  edí&cio  de  la  antigua  civilización  del  país. 

Pero  esto  no  era  bastante.  Nuestros  cronistas  de  la  colonia  se 
preocuparon  poco  del  estudio  de  aquellas  pequeñas  particulari- 
dades del  pueblo  que  venian  a  conquistar,  (las  que,  en  el  fondo, 
agrupadas  una  a  una,  vienen  a  constituir  un  verdadero  cuerpo  de 
enseñanzas  tan  útiles  como  curiosas,)  para  anteponer  a  ellas,  de 
una  manera  desproporcionada,  todas  las  incidencias  de  los  rudos 
combates  que  durante  siglos  debieron  sostener  con  los  dueños 
de  la  tierra  invadida,  para  afianzar,  siquiera  en  parte,  su  domina- 
ción. 

No  faltó,  sin  embargo,  autor  que  en  aquellos  tiempos,  apartán- 
dose de  la  senda  vulgar,  consignase  algunos  datos  de  importan- 
cia sobre  este  orden  de  estudios.  Se  sabe,  por  ejemplo,  que  el 
clérigo  Cristóbal  de  Molina,  que  vino  a  Chile  en  compañía  de 
Almagro,  formó  cuna  colección  de  pinturas,  donde  figuraba  todo 
el  camino  andado  i  descubierto  desde  Tumbes  al  rio  Maule,  i 
las  naciones,  jentes,  trajes,  propiedades,  ritos  i  ceremonias,  cada 
cual  en  su  manera  de  vivir,  i  la  manera  de  los  caminos  i  calidad 
de  las  tierras,  con  otras  muchas  cosas  a  estas  anejas,»  trabajo 
que  remitió  al  comendador  Francisco  de  los  Cobos,  por  conduc- 
to de  Henao,  su  criado,  en  12  de  julio  de  1539.^ 

Por  este  tiempo  debió  también  de  redactar  sus  Antigüedades 
del  IWii  el  célebre  doctor  don  Melchor  Bravo  de  Saravia,  oidor 
que  fué  de  la  Audiencia  de  Lima  i  gobernador  de  Chile,  i  a  quien 
Cio/a  de  León  tenia  por  mui  intelijente  en  la  materia.  Pero,  des- 
jiraciadamcnte,  tanto  este  tratado,  que  solo  conocemos  por  las 

I  i\iff*9  «1/  AV/,  pub»  cu  la  jxij.  505  de  los  Orijenes  de  la  Iglesia  chtieiia. 


PREFACIO  IX 

repetidas  referencias  que  a  él  hace  el  padre  Juan  de  Velazco 
en  su  Historia  de  QuitOy  como  el  anterior,  andan  por  ahora  es- 
traviados. 

El  licenciado  Fernando  de  Santillan,  a  quien  también  cupo 
desempeñar  en  Chile  un  puesto  de  cierta  importancia,  compuso 
igualmente,  otro  libro  semejante  al  de  Bravo  de  Saravia,  que  se 
ha  publicado  no  hace  mucho  en  Madrid,  pero  del  cual  así  como 
de  las  otras  Relaciones  que  lo  acompañan,  poco  puede  sacarse 
para  nuestro  tema.^ 

La  Suma  i  narración  de  los  Incas  que  los  indios  llaman  Ca- 
pac-cuna  y  que  fueron  señores  de  la  ciudad  del  Cuzco  i  de  todo  lo 
a  ella  subjeto^  que  fuerotí  mil  leguas  de  tierra  desde  el  rio  de 
Maule^  que  es  adelante  de  Chile^  etc.^  escrita  por  Juan  de  Be- 
tanzos,  en  1551  o  1552,  por  orden  de  don  Antonio  de  Mendoza 
en  la  parte  que  se  conserva  i  que  también  ha  sido  publicada  por 
el  señor  Jiménez  de  la  Espada,  no  hai  tampoco  nada  que  se  refie- 
ra a  los  indíjenas  de  Chile. 

De  los  cronistas  nacionales  que  por  incidencia  tocaron  es- 
tas materias,  debemos  mencionar  al  capitán  Alonso  González  de 
Nájera  que  en  su  Desengaño  i  reparo  de  la  guerra  del  Rey  no  de 
■  Chile  trae  detalles  preciosos  sobre  nuestros  aboríjenes,  que  seria 
inútil  buscar  en  otra  parte;  e  igual  cosa  podemos  decir  de  otro 
soldado  de  la  guerra  araucana,  del  maestre  de  campo  don  Fran- 
cisco Nuñez  de  Pineda  i  Bascuñan,  que  por  haber  estado  algún 
tiempo  prisionero  entre  los  indios,  pudo  imponerse  de  muchos 
detalles  que  consignó,  mezclados  con  fastidiosa  erudición  teo- 
lójica  i  profana,  en  su  Cautiverio  feliz. 

2.  Tres  relaciones  de  antigüedades  peruanas ^  publicadas  por  el  Ministerio 
de  Fomento,  bajo  la  dirección  de  don  Marcos  Jiménez  de  la  Espada,  Madrid, 
1879. 


X  PREFACIO 

El  jesuíta  Diego  de  Rosales  cuidó  de  apuntar  en  su  obra  im- 
portantísimos detalles  sobre  las  tradiciones  i  creencias  i  sobre 
algunas  costumbres  de  los  indios,  que  pudo  conocer  a  fondo 
por  sus  repetidos  viajes  en  el  país  i  su  calidad  de  misionero; 
pero  esta  circunstancia,  que  milita  también  respecto  de  Oliva- 
res, le  impidió  limitarse  a  observar  lo  que  veia.  Ellos  sospecharon 
siempre  en  las  prácticas  de  los  indios  inspiraciones  del  demonio, 
i  por  eso  no  estuvieron  exentos  de  toda  despreocupación  al 
darnos  a  conocer  a  nuestros  bárbaros.  Sin  embargo,  debemos 
esceptuar  a  nuestro  abate  Molina,  que  realizó  un  verdadero  ade- 
lanto en  lo  que  se  relaciona  con  el  estudio  de  los  araucanos. 
Pero,  el  estado  de  los  conocimientos  en  aquella  época  no  les 
permitía  fijar  en  manera  alguna  su  atención  sobre  cosas  o  hechos 
que  se  miraban  de  poca  importancia,  pero  que  hoi,  con  el  curso 
progresivo  de  los  adelantos  humanos,  se  estiman  de  gran  valía. 
Se  hacia,  pues,  necesario,  tratar  de  recuperarlos  objetos  de  pro- 
cedencia de  aquella  antigua  civilización  para  apreciarlos  a  la  luz 
de  los  dictados  de  nuestra  edad,  tratando  de  vivir,  si  fuera  posi- 
ble, en  medio  de  aquellos  pueblos  primitivos  para  darnos  cuenta 
cabal  así  de  sus  adelantos  como  de  sus  necesidades. 

Esta  tarea,  bien  difícil  por  cierto  de  llevar  a  término  cumpli- 
do, no  lo  es  tanto,  por  ejemplo,  en  el  Perú,  en  Méjico  i  en  otras 
secciones  del  continente  americano,  donde  una  civilización  mu- 
cho mas  adelantada  ha  dejado  como  huellas  de  su  paso  numero- 
sos e  importantes  monumentos  que  el  tiempo  ha  respetado  en 
algunos  lugares  i  ocasiones  casi  con  veneración. 

No  ha  faltado  por  eso,  para  aquellos  países  ni  un  verdadero  i 
positivo  interés  científico,  ni  estímulo,  ni  autores  como  Squire, 
Rivero  i  Tschudi,  Dupaix,  Brasseur  de  Bourgourg,  Kingsborogh 


PREFACIO  XI 

i  muchos  otros  que  con  decidido  empeño,  vastos  conocimientos 
e  intelijente  protección  hayan  llevado  a  término  obras  notabilí- 
simas. Pero  en  Chile,  pueblo  pobre  i  atrasado,  esos  restos  son 
mucho  mas  escasos,  i  lo  que  es  peor,  mucho  menos  importantes 
i  han  seguido  desapareciendo  ignorados,  merced  a  la  incuria  e 
ignorancia  de  nuestros  antepasados,  i  en  proporción  creciente  a 
medida  que  las  exijencias  de  la  industria  o  de  hi  agricultura  se 
iban  haciendo  sentir. 

Mas,  a  pesar  de  todo,  como  dice  con  mucha  verdad  uno  de 
los  miembros  de  la  comisión  científica  de  Estados  Unidos  que 
estuvo  entre  nosotros  en  1851,  salvo  las  tribus  salvajes,  pocos 
pueblos  han  desaparecido  sin  dejar  tras  de  sí  señales  de  su  exis- 
tencia en  los  trabajos  de  alfarería  o  en  cualquiera  otra  cosa.  Es- 
tas huellas  de  nuestros  aboríjenes,  por  regla  jeneral,  es  necesario 
buscarlas  en  los  sepulcros  que  encierran  sus  restos  desagrega- 
dos, i  después  de  largas  i  repetidas  observaciones,  llegar  a  una 
síntesis  que  nos  permita  establecer  de  una  manera  siquiera  aproxi- 
mada el  grado  de  adelanto  que  alcanzaran.  Este  resultado  es  de 
ordinario  el  fruto  de  la  paciente  labor  de  muchos  hombres  i  a 
veces  hasta  de  jeneraciones  sucesivas;  pero,  como  se  comprende, 
para  arribar  a  ese  término  es  necesario  comenzar  alguna  vez, 
echar  los  cimientos  del  vasto  edificio  para  que  mas  tarde,  obser- 
vaciones nuevamente  repetidas  i  mejor  comprobadas,  nos  con- 
duzcan a  verlo  acabado  de  una  manera  definitiva  i  completa. 

Esta  fuente  de  auténtica  información  se  completa  naturalmen- 
te con  la  comparación  de  objetos  idénticos  procedentes  de  otras 
localidades,  porque,  como  dice  John  Evans, — «el  estudio  de  las 
antigüedades  prehistóricas  de  un  país  cualquiera  no  se  puede 
limitar  a  este  país  solo,  sino  que  es  necesario  considerar  los  obje- 


XII  PREFACIO 

tos  del  mismo  jénero  encontrados  en  las  naciones  vecinas  i  aún 
a  veces  en  las  lejanas,  si  se  quiere  realizar  verdaderos  progresos 
en  la  ciencia  de  la  antigüedad.^» 

Añadiendo  a  estos  antecedentes  los  que  se  derivan  del  estudio 
del  idioma,  que  en  nuestro  caso  nos  ha  sido  de  grande  utilidad; 
el  testimonio  de  los  viajeros  respecto  de  los  pueblos  salvajes  que 
aún  viven  o  que  han  existido  en  un  estado  semejante  al  que  debió 
reinar  en  aquella  edad  primera  del  jénero  humano;  los  dictados  de 
la  jeolojía  i  la  palentolojía,  i  el  examen  comparado  i  analítico  de 
los  cráneos  para  la  determinación  de  las  razas  i  sus  afinidades; 
tendremos  de  esta  manera  diseñado  el  programa  a  que  ajustare- 
mos nuestros  procedimientos,  prefiriendo  en  todo  caso  antepo- 
ner a  nuestras  propias  deducciones  las  de  los  hombres  eminentes 
que  con  tanto  criterio  i  perspicacia  se  han  dedicado  en  estos  úl- 
timos años  a  tan  interesantes  estudios. 

El  libro  que  hoi  damos  al  público  con  verdadera  desconfianza, 
pero  con  no  menos  voluntad  de  auxiliar  el  desenvolvimiento  de 
este  jénero  de  estudios  de  tanto  interés  como  importancia,  ado- 
lece, como  es  natural,  de  la  carencia  absoluta  de  precedentes  en 
este  orden,  viéndose  así  el  que  recorre  este  camino  sin  mas  auxi- 
liar que  su  propio  criterio.  I,  a  pesar  de  esto,  se  habria  dado  ya 
un  gran  paso  si  pudiera  decirse  que  las  esploraciones  en  las  di- 
versas secciones  de  nuestro  territorio  estaban  completas;  mas, 
si  esceptuamos  las  colecciones  de  objetos  indíjenas  de  Chile 
existentes  en  el  Museo  Nacional;  la  que  obra  en  nuestro  poder, 
las  que  con  afanoso  tesón  i  dilijente  rebusca  han  logrado  acopiar 
los  señores  don  Luis  Montt,  don  Rafael  Garrido,  i  otras  casi  in- 
significantes que  existen  en  Chile  en  diversas  manos,  i  en  los  mu- 

3.  V age  de  bronze^  Prefacey  París,  1882. 


PREFACIO  XIII 

seos  de  Washington,  Berlín  i  Sévres,  puede  decirse  que  todo  lo 
demás  yace  todavía  sepultado  en  el  fondo  de  las  antiguas  huacas, 
o  en  las  entrañas  de  la  tierra. 

Aún  en  el  estudio  de  esta  importantísima  sección,  se  ofrecen 
no  pequeños  embarazos  al  arqueólogo,  cuando  trata,  después 
de  siglos,  de  distinguir  los  objetos  propiamente  orijinales  de  los 
primitivos  chilenos,  de  aquellos  que  con  la  conquista  peruana 
fueron  importados  a  su  suelo  i  que,  sin  duda,  orijinaron  numero- 
sas imitaciones;  i  esta  dificultad  llega  a  veces  hasta  el  estremo 
de  enjendrar  vacilaciones  hasta  en  lo  que  respecta  a  la  averigua- 
ción de  si  las  huacas  que  se  escavan  son  o  nó  anteriores  a  la 
conquista  española. 

Añádese  a  esto  un  motivo  gravísimo  de  perturbación  que  mo- 
dificó profundamente  las  costumbres  de  los  aboríjenes,  cual  es  el 
que  se  deriva  de  la  introducción  de  los  animales  domésticos  en 
el  país  por  los  españoles.  Este  elemento  estraño,  dice  con  razón 
un  ilustre  viajero,  «ha  ejercido  la  influencia  mas  marcada  sobre 
todos  los  pueblos  que  habitan  desde  Santiago  hasta  el  estrecho 
de  Magallanes:  no  siguen  casi  ninguno  de  sus  antiguos  usos;  no 
se  alimentan  de  los  mismos  frutos;  no  tienen  los  mismos  vestidos; 
afectando  hoi  mucha  mas  semejanza  con  los  tártaros,  o  con  los 
habitantes  de  las  orillas  del  Mar  Rojo  que  con  sus  antepasados 
que  vivían  hace  dos  siglos.'*» 

Igual  cosa  puede  decirse  de  lo  que  se  refiere  al  estudio  histó- 
rico de  las  costumbres  i  usos  de  los  indios.  El  padre  Francisco  Ja- 
vier Ramírez,  que  trataba  esta  cuestión  hace  ya  cerca  de  un  siglo, 
afirmaba  con  verdadero  desconsuelo  que  por  lo  tocante  a  los 
araucanos,  se  ignoraba  si  sus  admapus  o  usanzas  eran  adquiridas 

4.   Voy  age  de  La  Perouse,  t.  2.",  páj.  77. 


MsíolaO.c^ 


f.^     — - 

AUG    4      1R"i 


76 /x^^ly^  ^u-i,-vt- 


PREFACIO  XV 

tes  i  en  parte  tan  bien  contados  que  forman  el  tejido  de  las  aven- 
turas bélicas  de  la  colonia. 

Otra  circunstancia  que  debemos  mencionar  i  que  esplica 
también  el  por  qué  de  algunas  de  las  lagunas  que  habrá  que  no- 
tar en  el  curso  de  estas  pajinas,  es  la  carencia  de  libros  especia- 
les en  arqueolojía  i  antigüedades,  que  solo  es  posible  encontrar 
en  los  grandes  centros  europeos. 

Después  de  todo,  las  conclusiones  a  que  debemos  llegar  es  que 
en  Chile,  a  la  época  de  la  conquista  española,  existian  dos  zonas 
que  habian  alcanzado  diverso  grado  de  adelanto:  la  parte  norte 
del  país,  merced  a  la  conquista  i  a  la  influencia  de  la  civilización 
incásica,  se  hallaba  en  la  edad  del  bronce,  en  tanto  que  el  sur 
apenas  si  alcanzaban  a  la  edad  de  la  piedra  pulimentada.  Este 
último  estado,  no  corresponde,  como  se  sabe,  a  la  ínfima  escala 
social  del  progreso  humano,  habiendo  sido  por  doquiera  prece- 
dido de  períodos  mucho  mas  tenebrosos,  que  en  todas  partes  no 
se  completaron  sino  después  de  una  serie  mas  o  menos  dilatada 
de  siglos.^  En  el  curso  de  esta  obra  habrá  ocasión  de  notar  los 
vestijios  que  ha  sido  posible  reunir  de  esa  edad  primitiva  i  harto 
lejana,  pero  cuya  autenticidad  no  puede  en  manera  alguna  poner- 
se en  duda.  El  axioma  conquistado  ya  hoi  por  la  ciencia  de  que 
los  hombres  comenzaron  por  el  oscurantismo  mas  absoluto,  en- 
cuentra en  Chile  como  en  el  orbe  entero,  la  mas  completa  con- 
firmación; pero,  al  mismo  tiempo,  es  necesario  reconocer  que, 
«nuestro  pasado  prehistórico  nos  suministra  motivos  poderosos 
para  perseguir  el  progreso  con  nuestros  esfuerzos  constantes, 

5.  El  viajero  español  Moraleda  se  acercaba  a  las  ideas  sustentadas  hoi  sobre 
la  antigüedad  de  nuestros  aboríjenes,  cuando  declaraba  que  «el  tiempo  de  la 
población  de  Chile  se  ignora;  i  solo  se  infiere  que  antecedió  algunos  siglos  a  la 
época  de  nuestra  conquista.» 


XVI  PREFACIO 

para  buscarlo  por  todos  los  medios  antes  de  esperar  que  nos  sea 
impuesto.  Vemos  al  hombre  partir  de  un  estado  de  tal  modo 
miserable  que  las  poblaciones  actuales  mas  desgraciadas  solo 
nos  pueden  ofrecer  de  él  una  idea  imperfecta.  Le  vemos  luchar 
contra  un  elemento  terrible,  con  armas  de  tal  modo  rudimentarias 
que  hoi  nos  dejarían  impotentes  con  muchos  mejores  medios  de 
existencia.  I,  sin  embargo,  se  ha  familiarizado  poco  a  poco  con 
las  dificultades,  ha  domado  la  naturaleza,  i  la  ha  sometido  a  su 
poder,  i  ha  tomado  posesión  del  mundo  arreglándolo  a  sus  ne- 
cesidades. Habiendo  obtenido  tanto  puede  esperarlo  todo  del 
progreso.  Su  pasado  prehistórico  nos  da  inmensas  esperanzas 
para  el  porvenir  de  la  humanidad.^;) 


^^^^^^^^^^^^*^^^^*^ 


6.  Zaborowski,  Lhomme  prchistoriqíie^  páj.  175. 


IOS  ABORIIM  DE  CHIil 


CAPITULO  I. 


o  R  I J  E  N    I)  K  I,    N  O  M  H  K  E    :)  E    C  H  I  I.  lí 


El  nombre  de  Chile  aparece  por  primera  vez  en  hi  historia. — Los  cronistas  es- 
pañoles lo  llaman  ordinariamente  Chili. — El  valle  de  Aconcagua. — El  caci- 
que Chili. — Época  probable  en  que  ha  existido. — Cómo  ha  nacido  el  nombre 
de  algunas  naciones  sud-americanas.— Garcilaso  i  Diego  de  Almagro. — Di- 
versas opiniones. — Significado  de  Chile  en  el  idioma  quichua. — Objecio- 
nes.— Los  capitanes  de  los  Incas  fueron  los  primeros  en  hablar  de  Chili. — Chi- 
li i  Chile. — 'Resultado. 

Cuando  el  inca  Viracocha,  allá  por  los  comienzos  del  siglo 
XV,  visitaba  los  territorios  de  Tarapacá  que  sus  jenerales  aca- 
baban de  incorporar  por  la  fuerza  de  las  armas  a  su  real  corona, 
presentáronse  en  su  campamento  ciertos  embajadores  tucmas, 
i  le  hablaron  así:  <íTe  hacemos  saber  que  lejos  de  nuestra  tie- 
rra, entre  el  sur  i  el  poniente,  está  un  gran  reino  llamado  Chili, 
poblado  de  mucha  jente,  con  los  cuales  no  tenemos  comercio 
alguno,  poruña  gran  cordillera  de  sierra  nevada  que  hai  entre 
ellos  i  nosotros,   mas,   hi  rehicion  tenemos  de  nuestros  padres  i 


2  CAPÍTULO    I 

abuelos.  I  pareciónos   dártela  para  que   hayas  por  bien  de  con- 
quistar aquella  tierra/ 

Tal  es,  a  lo  que  se  dice,  según  la  historia  i  la  tradición,  la  vez 
primera  que  se  presenta  en  los  anales  humanos  el  nombre  de 
Chile.  Sin  embargo,  conviene  notar,  que  en  los  antiguos  cro- 
nistas españoles  de  América,  Herrera,^  López  de  Gomara,** 
González  de  Oviedo,  Garcilaso,  etc.,  a  nuestro  país  se  le  llama 
de  ordinario  Chili,  designación  que  aún  se  conserva  en  muchas 
de  las  lenguas  modernas  de  Europa,  i  que  los  primitivos  con- 
quistadores, por  la  índole  especial  de  la  pronunciación  castellana, 
cambiaron  mas  tarde  por  el  de  Chile. 

Todos  los  autores  que  en  la  época  de  la  colonia  i  hasta  en 
tiempos  posteriores  se  dedicaron  al  estudio  de  nuestra  historia, 
se  han  afanado  con  natural  i  empeñosa  curiosidad  en  indagar 
cuál  sea  el  oríjen  del  nombre  que  se  diera  a  la  angosta  faja  de 
terreno  que  ocupaban  los  pueblos  que  allí  habitaban  en  tiempo 
de  la  venida  de  los  vasallos  del  rei  de  España. 

El  clérigo  Cristóbal  de  Molina,  que  acompañó  a  Diego  de 
Almagro,  en  el  libro  que  nos  ha  legado  con  el  título  de  Con- 
quista i  población  dd  Perú,  declara  que  aquel  jefe,  después  de 
haber  visitado  los  primeros  valles  encerrados  entre  el  mar  i  los 
Andes,  partió  a  idas  provincias  de  Chile,»  cuyo  pueblo  princi- 
pal asegura  que  se  llamaba  entonces  Concumicahua.'* 

Pedro  de  Valdivia,  en  su  primera  carta  al  soberano  español, 
le  dice  que  habiendo  topado  por  el  camino,  en  su  primer  viaje, 
con  algunos  indios,  los  aprehendió,  i  después  de  darles  tormen- 
to, le  declararon  que  eran  vasallos  de  un  cacique,  principal  se- 
ñor del  valle  de  Canconcahua,  que  los  soldados  de  Almagro 
habían  llamado  Chile.'^ 

El  capitán  Alonso  de  Góngora  Marmolejo  que,  como  se  sabe^ 

L  Garcilaso  de  la  Vega,  Primera paric  de  ¡os  Comentarios  Reales^  Madrid. 
1722,  fol.,  t.  I,  \)éiy  164.  Ko\.  2. 

2.  Decada  VII,  lib.  I. 

3.  Páj.  1 19. 

4.  -Páj.  47. 

5.  Colección  de  historiadores  de  Chile,  L  I.  páj.  3. 


LOS    ABORIJENES    DE    CHILE  3 

fué  compañero  de  Valdivia,  establece  en  el  nombre  de  que  nos 
ocupamos  una  marcada  variación,  pues,  después  de  contar  la  es- 
capada que  hizo  del  Cuzco  un  español  llamado  Pedro  Calvo 
Barrientos,  dice  que  éste  llegó  al  reino  de  Chille  en  el  valle  de 
Aconcagua.^  Sin  ir  mas  adelante,  vemos  va,  pues,  que  comienzan 
a  nacer  dudas  i  contradicciones;  pero  puede  al  mismo  tiempo 
asegurarse  que,  del  fondo  de  todas  estas  relaciones,  es  fácil  per- 
cibir que,  según  ellas,  en  el  valle  que  hoi  llamamos  de  Aconca- 
gua hubo  un  cacique  o  señor  principal  cuyo  nombre  era  Chili, 
Chille,  o,  como  quieren  otros  Tili.  Por  el  momento  dejemos  a 
un  lado  la  cuestión  de  precisar  el  nombre  i  tratemos  de  averi- 
guar la  época  en  que  viviera  aquel  famoso  caudillo. 

Ya  se  habrá  visto  por  la  relación  de  Garcilaso  que  los  indios 
tucmas,  o  de  la  rejion  que  al  presente  se  llama  el  Tucuman, 
contaron  al  inca  Viracocha,  siglo  i  medio  antes  de  la  venida  de 
los  españoles,  que  hacia  el  sur  de  su  imperio  existia  un  país  lla- 
mado Chili;  i,  mientras  tanto,  puede  deducirse  de  las  relaciones 
de  los  primeros  cronistas  que  fué  Diego  de  Almagro  quien  en 
el  valle  de  Concumicahua,  encontró  establecido  al  jefe  iudíjena 
nombrado  Chili. 

Pues  bien,  ¿quién  está  en  la  verdad,  Garcilaso  o  Diego  de 
Almagro?  Ajuicio  nuestro,  ninguno  de  los  dos. 

Por  lo  que  toca  al  primero,  debe  tenerse  presente  que  en  lo 
antiguo  no  hubo  jamás  entre  nosotros  un  gran  reino,  como  era 
aquel  que  se  supone  pintaban  al  inca  los  embajadores  tucmas. 
Esa  designación  no  podia  referirse  a  un  vasto  conjunto  de  po- 
blación, ni  a  una  dilatada  estension  de  territorio,  ni  a  un  país 
fuerte  por  su  organización.  No  habia  en  aquel  entonces,  como 
no  hubo  después,  sino  tribus  mas  o  menos  reducidas,  sujetas  a 
la  dominación  parcial  i  lugareña  de  los  caciques  o  señores  prin- 
cipales. 

Fijando  un  poco  la  atención  en  el  aserto  de  la  colectividad 
atribuida  a  los  habitantes   de   Chile   para  que  fuera  del  país  pu- 

6.  /í/.,  t.  II,  páj.  3. 


4  CAPÍTULO    I 

dieran  ser  reocnocidos  por  una  designación  propia  i  acentuada, 
se  ve  que  esta  circunstancia  no  está  en  armonía. con  lo  aconte- 
cido en  materias  jeográficas  en  otras  partes  de  América  i  espe- 
cialmente en  el  Perú.  Es  sabido  de  todos  que  la  múltiple  agre- 
gación de  pueblos,  mas  o  menos  igualados  entre  sí  con  el  tiempo, 
la  conquista  i  peculiar  política  de  los  incas,  carecia  de  un  nom- 
bre autonómico  que  sirviese  para  distinguirla  de  otras  naciones. 
Todo  lo  que  puede  adelantarse  en  este  orden  es  que  los  vasa- 
llos del  inca  empleaban  para  designar  el  reino  una  espresion  que 
significaba  las  cuatro  partes  del  mundo.  En  la  mayoría  de  los 
casos,  las  diversas  naciones  que  componen  actualmente  la  Amé- 
rica del  Sur,  recibieron  de  los  españoles  el  nombre  con  que  hoi 
figuran  en  el  mapa  del  mundo.  Los  mismos  conquistadores  fue- 
ron también  los  que  designaron  ciertas  localidades  por  el  nom- 
bre del  jefe  que  encabezaba  la  tribu  a  la  cual  acababan  de 
llegar,  i  así  tenemos  hoi  la  designación  de  Panamá>  Bogotá,  . 
Popavan,  etc.,  dadas*  á  las  porciones  de  terreno  en  las  cuales 
mandaban  los  señores  o  caciques  del  mismo  título.  I  una  co- 
sa enteramente  análoga  ha  sucedido  entre  nosotros,  en  que,  por 
ejemplo,  los  caciques  Cachipual,  Tintilica,  Engol,  etc.,  han  le- 
gado su  nombre  a  los  territorios  que  disfrutaban  a  la  época  de 
la  conquista  española. 

Conste,  pues,  que  en  el  período  de  la  dominación  indíjena  en 
la  América  del  Sur,  las  designaciones  jeográficas  no  eran  co- 
rrientes, i  que,  por  tanto,  han  sido  los  primeros  españoles  los 
que  en  la  casi  totalidad  de  los  casos  enseñaron  a  distinguir  los 
valles,  los  ríos,  los  pueblos.  Según  esto,  parece  que  de  aquí  de- 
be deducirse  que  en  el  imperio  de  los  incas,  en  la  época  de  que 
nos  ocupamos,  el  país  que  ahora  llamamos  Chile,  o  al  menos  la 
porción  que  sus  ejércitos  dominaron,  no  figuraba  con  su  denomi- 
nación actual. 

Ahora,  si  se  acepta  la  opinión  de  que  fuese  Almagro  quien 
encontrara  establecido  en  el  valle  de  Aconcagua  un  cacique  se- 
ñor de  la  comarca,  que  diera  su  nombre  al  resto  del  territorio, 
creemos  igualmente  que  no  es  difícil  desvanecer  esta  suposición. 


LOS    ABORIJENES    DE    CHILE  5 

i  que,  en  todo  caso,  ella  destruye  la  aseveración  estampada  por 
Garcilaso.  En  efecto,  si  fuese  cierto  que  ya  siglo  i  medio  antes 
de  la  primera  tentativa  española  de  conquista,  vivia  en  el  valle 
central  un  cacique  llamado  Chili,  lo  que  sabemos  sucedía  en  el 
réjimen  de  sucesión  en  el  mando  i  hasta  en  el  nombre  de  los 
jefes  indios,  demostraria  claramente  que  ese  título  no  pudo  tras- 
mitirse de  jeneracion  en  jeneracion  en  el  largo  trascurso  de  cien- 
to i  cincuenta  años. 

Pero  el  triunfo  de  los  historiadores  de  don  Diego  de  Alma- 
gro contra  Garcilaso  no  puede  ser  de  larga  duración.  Conviene 
a  este  propósito  insistir  en  una  circunstancia  que  nos  parece  ha 
sido  poco  notada. 

Cualquiera  que  haya  hojeado  las  obras  que  refieren  la  historia 
de  la  conquista  por  los  españoles,  habrá  podido  convencerse 
que  de  ordinario  han  sido  bastante  minuciosos  para  consignar 
en  sus  escritos  los  nombres  i  las  hazañas  de  los  caudillejos  indíje- 
nas.  Leochengol,  de  quien  tendremos  ocasión  de  hablar  mas 
adelante,  i  Michimalonco,  en  los  primeros  tiempos,  dan  bastan- 
te razón  de  nuestro  aserto.  ¡Con  cuánto  mas  finidamento  po- 
dría, pues,  esperarse  que  nuestros  cronistas,  que  han  sido  en 
este  orden  verdaderamente  escrupulosos  i  hasta  nimios,  nos  hu- 
biesen dado  detalles  o  consignado  un  hecho  cualquiera  de  la 
vida  de  ese  cacique  Chili!  I,  sin  embargo,  esas  pajinas  perma- 
necen mudas,  i  ni  el  mas  leve  indicio  de  un  jefe  que  se  supone 
de  harta  influencia  i  señorío  ha  llegado  hasta  nosotros! 

No  puede  negarse  que  la  escursion  hecha  a  nuestro  territorio 
por  Diego  de  Almagro,  no  ha  sido  bastante  detallada  hasta  aho- 
ra; pero  su  proximidad  a  la  efectuada  poco^años  mas  tarde  por 
Valdivia  i  el  haber  venido  en  la  última  varios  de  los  aventure- 
ros que  acompañaron  a  aquel  caudillo,  mantienen  en  toda  su 
fuerza  la  creencia  que  acabamos  de  enunciar. 

Tanto  el  padre  Pebres^  como  el  historiador  don  Pedro  de 
Córdoba  i  Figueroa^  nos  informan  que  en  años  pasados  no  faltó 


7.  Arte  de  ¡a  lengua  general^  etc.,  páj.  449. 

8.  Historia  de  Chile ^  páj.  15. 


6  CAPITULO    I 

quien  discurriese  que  el  nombre  de  Chile  derivaba  del  de  una 
avecilla  llamada //7z*  (vulgarmente  trile,  o  sea  el  xantormis  caye- 
ncusis),  idea  que  el  abate  Molina  acojió  con  calor  en  su  tratado 
de  Historia  natura/''  i  que  don  Vicente  Carvallo  ha  calificado 
de  ((ridicula)»/" 

Hai  otros  que,  como  Zarate,  con  mas  juicio,  se  han  pre^jun- 
tado  si  no  seria  posible  esplicar  el  oríjeu  del  nombre  de  Chile 
por  la  traducción  que  le  corresponde  en  la  lengua  quichua  o  en 
la  indíjena  del  pais.  Chili,  en  efecto,  significa  en  quichua,  (ífrio>'^^ 
;No  podria  deducirse  de  aquí,  han  dicho  algunos,  quelos  pe- 
ruanos, acostumbrados  al  calor  de  sus  valles  tropicales,  llamasen 
Chili  a  esta  rejion  por  la  nieve  de  sus  cordilleras,  como  llama- 
ron chiriguanos  a  los  habitantes  de  la  altiplanicie  de  Bolivia? 
Mas,  según  observa  con  mucha  razón  el  viajero  Frezier/*  las 
nieves  de  los  Andes  se  estienden  desde  la  estremidad  norte  del 
continente  a  las  rejiones  australes,  i  mal  podria  convenir  la  de- 
signación de  frias  a  las  localidades  de  la  parte  norte  i  central  de 
este  país. 

Pero  la  verdad  es  que  en  el  idioma  quichua  existe  la  voz  Chi- 
//'/**  ((segun  enseñan  los  curiosos  eruditos»,  al  decir  de  Rosales, 
conservada  por  entero  en  el  nombre  del  rio  que  baña  a  Arequi- 
pa, en  im  pueblo  indíjena  del  valle  de  Casma,  i  como  en  muchos 
otros  en  diversas  localidades  del  antiguo  imperio  de  los  incas. 
El  mismo  autor  a  que  nos  referimos,  observa  que  el  jeneral  que 
por  orden  de  Atahualpa  prendió  al  último  soberano  Huáscar  se 
llamaba  también    Chili-cuchima.  En  nuestro  propio  territorio 

9.  Páj.  4,  ed.  de  Madrid,   1788. 

10.  Historia  de  Chile^x..  III,  6.  Otro  jesuíta  contemporáneo  de  Molina,  don 
Felipe  Gómez  de  Vidaiirre,  participa  de  la  misma  idea.  Historia  de  Chile,  lib. 
I,  cap.  II. 

11.  Como  mera  curiosidad  señalamos  aquí  el  hecho  de  que  los  mejicanos 
llamaban  chile  al  ají.  'I'oi quemada,  Monarquía  indiana^  I,  pájs.   100  i  33a. 

12.  Relation  du  voy  age  de  la  Mer  du  Snd^  Amsterdam,  1717,  t.  I,  pái. 
200. 

13.  A  pesíir  de  la  aserción  del  ilustrado  jesuíta  madrileño,  el  padre  Gonzá- 
lez Olguin  en  su  Arte  general,  Lima,  1609,  solo  tradúcela  voz  Chille  porcuna 
provincia»,  i  Tschudi  en  su  libro  Der  Kechna  Sprache,  no  la  menciona  ni  con 
esa  ortografía,  ni  con  la  de  tchili  (qne  seria  la  jenuina  segun  el  señor  Vicuña 
Mackenna),  ni  con  ninguna  otra. 


hOS    ABORIJENES    DE    CHILE  7 

existen  varios  puntos,  como  Chillihue  en  Caiipolican,  C/tií/e- 
Cauquen  en  la  Ligua,  etc.,  i  hasta  en  la  denominación  primitiva 
de  Chiloé  (Chili-hue),  en  los  cuales  figura  el  vocablo  Chili, 

Debemos,  pues,  deducir  de  aquí  que  Chiít  ^?*  una  palabra  que 
puede  atribuirse  propiamente  al  idioma  quichua,  i  cuyo  sig- 
nificado verdadero,  (do  mejor  de  una  cosa»,  esplica  perfecta- 
mente la  frecuencia  con  que  ha  sido  empleada  tratándose  de 
lugares,  así  como  se  esplica  que  llegara  en  otro  tiempo  hasta 
nosotros  por  la  conquista  de  los  incas.  Por  tanto,  concluye  Ro- 
sales, no  tiene  nada  de  estraño  que  las  huestes  peruanas  que 
arribaron  al  valle  de  Aconcagua,  después  de  haber  atravesado 
rejiones  mas  o  menos  estériles,  admiradas  de  su  fertilidad  i  her- 
mosura, lo  llamasen  Chili. 

Ademas,  cuando  se  consideran  las  cantidades  de  oro  que  siem- 
pre produjo  ese  valle,  desde  las  famosas  minas  de  Malga-malgii 
en  los  tiempos  de  Pedro  de  Valdivia,  iiasta  el  moderno  Catapil- 
co,  se  esplicará  todavía  con  mas  facilidad  por  qué  los  capitanes 
del  inca  llamaron  aquella  rejion  ^da  flor  i  nata  de  la  tierra»,  co- 
mo que  ella  habia  de  suministrarles,  a  costa  del  sudor  de  los 
vencidos,  el  precioso  metal  que  alimentaria  el  tesoro  de  sus 
reyes.  «Habia  llegado  a  oídos  de  Almagro,  dice  uno  de  nues- 
tros cronistas,^^  la  fama  de  las  grandes  riquezas  de  Chile  i  de  las 
grandes  sumas  que  se  enviaban  al  inca  Huayna-Capac.  Este 
fué  uno  de  los  principales  motivos  de  su  viaje».  I  por  eso,  cuan- 
do supo  de  los  indios  que  encontró  en  Tupiza,  que  llevaban  des- 
de el  lejano  mediodía  aquel  tributo  en  barras  de  dorados  refle- 
jos, clavando  los  hijares  a  su  caballo,  no  se  detuvo  hasta  plantar 
sus  tiendas  en  el  valle  de  Chile. 

Molina  hace  notar,  combatiendo  indirectamente  la  opinión 
que  acabamos  de  enunciar,  que  los  araucanos  designaron  siem- 
pre a  todo  el  país  con  el  nombre  de  Chile-mapu^  esto  es,  tierra 
de  Chile,  así  como  declaran  que  su  lengua  es  la  de  Chili-dugu, 
esto  es,  la  lengua  de  Chile.   Pero  esta  objeción  es  fácil  de  des- 

14.  Pedro  Marino  de  Lovera,  Historia  de  Chile^  páj.  21. 


h  CAPITL'LO    I 

vanecer  si  se  considera  que  no  poseemos  monumentos  de  ese 
idioma  anteriores  a  la  conquista  española,  i  a  que  el  valle  de 
Aconcagua  fué  en  lo  antiguo  un  centro  bien  poblado  e  impor- 
tante. Por  otra  parte,  es  frecuente  encontrar  ejemplos  en  que  una 
designación  lugareña  se  aplica  a  vastas  porciones  de  territorio, 
cual  lo  reconoce  la  jeneraüdiid  de  los  escritores,  aolicando 
especialmente  esta  doctrina  al  nombre  de  Chile.  C'omo  reminis- 
cencia i  prueba  práctica  de  semejante  modo  de  proceder  en  los 
hábitos  del  pueblo,  baste  recordar  lo  que  aún  suele  suceder  en- 
tre nosotros  cuando  se  dice,  por  ira  Santiago,  «(ir  a  Chile». 

I>c  lo  que  antes  hemos  espresado,  resulta,  por  consiguiente, 
que  la  existencia  del  cacique  Chili  no  puede  colocarse  ni  en  los 
tiempos  de  Viracocha  ni  en  los  dias  de  Almagro;  i  por  eso  el 
jesuita  Diego  de  Rosales  sostuvo  que  era  natural  tener  por  mas 
cierto  que  la  existencia  de  aquel  caudillejo  debia  referirse  a  la 
época  de  la  entrada  de  los  capitanes  del  inca  al  valle  de  Acon- 
cagua; «el  cual  cacique,  agrega,  se  llamaba  Tili,  i  corrompiendo 
el  vocablo  los  del  Perú,  que  son  fáciles  en  corromper  algunos, 
le  llamaron  Chii^lí  o  Chili,  tomando  toda  la  tierra  el  nombre 
deste  cacique.  I  así,  añade,  que  dmarchando  del  Cuzco  después 
a  la  conquista  deste  reino  el  adelantado  don  Diego  de  Almagro, 
encontró  en  la  provincia  de  Tarija  con  los  capitanes  i  jente  del 
Inca,  que  ignorando  su  desastrada  muerte,  conducian  el  tesoro 
anual  destas  provincias  i  el  oro  que  le  tributaban,  i  que  pregun- 
tándoles de  donde  venian,  respondieron  que  de  Tili,  i  los  espa- 
ñoles trabucaron  el  nombre  i  la  pronunciación,  que  es  diferente 
en  algunas  de  la  de  los  indios,  i  llamaron  a  esta  tierra  Cmili. 
Aunque  lo  mas  cierto  parece  que  los  indios  del  Perú  mudaron 
la  pronunciación  del  nombre  de  Tili  en  el  de  Chili,  por  cuanto 
les  sonaba  mejor  i  era  mas  conforme  a  su  lengua  jeneral.*^» 

15.  Historia  de  Chile,  t  I,  páj.  185.  Bien  sea  que  se  suponga  que  los  pe- 
ruanos o  los  españoles  cambiasen  el  nombre  primitivo  del  referido  cacique  Tili. 
ambos  estreñios  nos  parecen  igualmente  posibles,  porque,  de  una  parte,  la  voz 
Chiii  t%  frecuente  en  el  idioma  quichua,  i  por  otra,  la  diferencia  entre  la  pro- 
nunciación de  Tili  en  la  lengua  araucana  i  Chili  en  la  nuestra,  es  mas  aparen- 
te que  real.  Ks  mui  probable  que  la  verdadera  ortografía  de  Tili  sea  Thili. 


CAP.    I. — ORÍJEN   DEL   NOMBRE    DE    CHILE  9 

Don  Peciro  Marino  de  Lovera,  por  su  parte,  declara  que  Chi- 
le fué  antiguamente  nombre  de  un  valle  particular,  i  que  por 
haber  sido  éste  el  último  a  que  los  españoles  llegaron,  «salió  la 
voz  por  toda  la  tierra  del  Perú  que  Almagro  venia  de  Chile;^^)> 
idea  en  que  concuerda  el  insigne  don  Alonso  de  Ercilla  cuando 
dice  que  Chili  «llámase  así  por  un  valle  principal:  fué  sujeto  al 
rei  Inca  del  Perú,  de  donde  le  traian  cada  año  gran  suma  de  oro, 
por  lo  cual  los  españoles  tuvieron  noticia  deste  valle;  i  cuando 
entraron  en  la  tierra,  como  iban  en  demanda  del  valle  de 
Chile,  llamaron  Chile  a  toda  su  provincia  hasta  el  Estrecho  de 
Magallanes."» 

Don  Vicente  Carvallo  iGoyeneche  espresa,  a  su  vez,  que  el 
<írio  de  Aconcagua,  que  fertiliza  los  valles  de  sus  riberas  hasta 
su  embocadura  en  el  mar,  de  tiempo  inmemorial  se  llama  Chili, 
i  dio  su  denominación  a  las  llanuras  de  Quillota,  de  donde  se 
llevaban  a  la  ciudad  del  Cuzco  gruesas  cantidades  de  oro,  que 
jeneralmente  se  decia  iban  de  Chile,  i  a  mi  ver,  de  este  principio 
vino  que  los  españoles  diesen  este  nombre  a  todo  el  país,  mu- 
dando la  i  en  e}^i> 

En  resumen,  pues,  debe  atribuirse  a  los  capitanes  de  los  incas 
la  consagración  primera  del  nombre  cuyo  oríjen  tratamos  de 
averiguar;  porque,  según  se  notará,  es  lo  que  aparece  como  mas 
probable  de  la  inducción  i  de  la  historia.  Mas,  ¿llamaron  Chile 
al  valle  de  Aconcagua,  por  ser  el  mas  hermoso  i  abundante  de  la 
rejion  esplorada?  ¿Se  apellidó  así  en  aquella  época  remota  el 
señor  que  lo  rejia?  ¿O  acaso  le  viene  esa  denominación  del  nom- 
bre primitivo  del  valle  o  rio  que  lo  riega?  Quizás  nadie  podrá  re- 


i6.  Historia^  pá¡.  37. 

17.  La  Araucana.  ^?^\2i. 

18.  Desde  la  época  de  los  incas,  segiin  opinión  de  Gay  (Historia  de  Chile^  1. 
I,  páj.  102).  En  todo  caso,  la  conclusión  a  que  se  llegue  será  siempre  la  mis- 
mas. Don  Benjamin  Vicuña  Mackenna  ha  publicado  en  sus  Relaciones 
Históricas  un  largo  artículo  sobre  el  tema  del  presente  capítulo,  en  el  cual  se 
lee  que  el  nombre  de  Chile  es  anterior  a  la  conquista  incarial,  i  un  vocablo 
chileno-indíjena,  pero  sin  significación  determinada.  Véase  también  el  Diccio- 
nario geográfico  del  señor  Astaburuaga,  páj.   108. 


I  o  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

solverlo,  pero  sí  puede  afirmarse  que  en  un  principio  se  dio  esta 
designación  solo  a  la  parte  central  del  país,  i  que  después,  como 
dice  Ercilla,  los  españoles  «llamaron  Chile  a  toda  la  provincia 
hasta  el  Estrecho  de  Magallanes^. 


CAPÍTULO  II. 


PRIMEROS  POBLADORES  DE  CHILE. 


La  historia  i  la  tradición. — Tradiciones  chilenas  sobre  los  primeros  pobladores 
del  país. — Opiniones  diversas. — El  maestro  Calancha. — Las  águilas  de  dos 
cabezas. — Frai  Antonio  García. — Los  frisios  i  los  holandeses. — Los  indios 
chilenos  descendientes  de  los  iberos. — Emigraciones  sucesivas. — Opiniones 
de  M.  Brasseur^e  Bourgbourg. — Id.  de  Montesinos — Tradición  que  cita  el 
padre  Ramírez. — Los  primeros  pobladores  llegan  del  occidente — Teoría  del 
abate  Molina. — Conclusión. 

En  el  estudio  de  los  oríjenes  de  un  pueblo  se  presentan  de 
por  sí  al  examen  del  investigador  dos  fuentes  de  información:  la 
historia,  consignada  en  monumentos  escritos,  i  la  tradición, 
trasmitida  de  padres  a  hijos  al  través  de  una  serie  mas  o  menos 
dilatada  de  siglos.  Por  desgracia,  estos  dos  puntos  de  apoyo  de 
tan  trascendental  importancia,  faltan  en  nuestro  caso,  dejando  so- 
lo en  su  lugar  ancho  campo  a  hipótesis  mas  o  menos  injeniosas,  i 
muchas  veces  hijas  de  un  espíritu  preconcebido;  pues,  como  se 
espresa  Humboldt,  la  cuestión  jeneral  de  investigar  el  oríjen  de 
los  habitantes  de  un  continente,  está  mas  allá  de  los  límites  de 
la  historia.^  Apreciando  esta  materia  no  debemos  olvidar  tampo- 
co lo  que  apunta  un  célebre  antropolojista,  a  saber,  que  está  en 

K  Ensayo  sobre  Ja  Nueva  España,  lib.  II,  cap.  VI. 


12  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

la  naturaleza  de  las  hipótesis  que  se  forman  sobre  los  problemas 
de  los  oríjenes  de  los  pueblos,  el  ser  tan  difíciles  de  refutar  co- 
mo de  demostráis» 

Según  asevera  el  historiador  Diego  de  Rosales,  las  tradicio- 
nes de  los  indíjenas  chilenos  no  remontaron  jamás  mas  allá  del 
diluvio,  pues  no  tuvieron  nunca  memoria  alguna  de  la  creación 
i  del  principio  del  mundo  ni  de  los  hombres^. 

«Los  indios  habitadores  de  este  hemisferio  chileno,  agrega 
Córdoba  i  Figueroa,  de  primeros  pobladores  de  este  reino,  por 
donde  o  cómo  a  él  viniesen,  nada  sabian,  lo  que  denota  el  que 
fué  en  siglos  mui  remotos  de  su  memoria:  a  esto  induce  lo  po- 
blado que  el  reino  estaba,  cuyos  vestijios  permanecen  en  el  dia 
de  hoi  entre  bosques  i  cordilleras,  no  sin  admiración  de  los  que 
notan  que  en  lo  presente  se  tuvieron  por  inhabitables,  lo  que  te- 
nemos mui  bien  observado^.» 

Don  Luis  de  la  Cruz,  en  los  comienzos  del  siglo,  declaraba 
todavía  que  por  mas  investigaciones  i  dilijencias  que  habia  prac- 
ticado entre  los  caciques  viejos  i  de  mayores  luces,  sobre  averi- 
guar si  tenian  algún  monumento  o  tradición  de  su  oríjen,  nunca 
pudo  descubrir  de  ellos  en  esta  materia  otra  razón  que  sus  pri- 
meros padres  nacerian  en  estos  terrenos,^ 

Con  razón,  pues,  un  viajero  inglés  declara  «que  el  oríjen  de  los 
primitivos  habitantes  de  Chile  está  envuelto  en  una  oscuridad 
impenetrable.  .  Poseian  tradiciones  respecto  de  sus  antepasados 
tan  vagas  e  inciertas  que  no  merecen  considerarse;  de  tal  modo 
que  no  puede  avanzarse  nada  respecto  de  la  historia  de  Chile 
hasta  antes  de  mediados  del  siglo  XV.S  Poeppig,  por  su  parte, 


2.  Paul  Broca,  La  lingnistique  et  Vanthropologie^  páj.  250  de  las  Mcmoires 
de  Anthropologie^  Paris,  1871. 

3.  Historia  de  Chile^  tomo  I,  páj.  4. 

4.  Historia  de  Chile,  páj.  26. 

5.  Tratado  importante  para  el  perfecto  conocimiento  de  los  indios  pehnencheSy 
según  el  orden  de  su  vida,  Angeüs,  tomo  I.  Bollaert  cuenta  que  preguntan- 
do lo  mismo  a  los  «changos»  de  la  costa  de  Atacama,  todo  lo  que  le  respondie- 
ron fué,  «sí  señor,  nó  señor.»  Researches,  páj.  171. 

6.  Bonnycastle,  Spanish  America,  t.  2.0, páj.  23 r.  London,  1818.  Véase  tam- 
bién mas  adelante  a  Ewbank. 


CAP,    II. — PRIMEROS    POBLADORES  I  3 

dice  que  «el  conocimiento  de  los  tiempos  mas  remotos  de  Chile 
yace  sumido  en  una  profunda  oscuridad,  a  la  cual  no  alcanza  a 
penetrar  ni  un  rayo  incierto  de  luz.   El  que  se  ocupa  del  estudio 
de   los  indíjenas  de   faz  cobriza,  no   tiene    dato  alguno  que  lo 
auxilie,  por  mas  que  se  afane  en  buscar  en  su  historia  la  esplica- 
cion  de  sus  caracteres.  Ningún  monumento  histórico  interrumpe 
una  oscura  serie  de  innumerables  siglos,  i  tampoco  se  presentan 
demostraciones  fehacientes  para  justificar  una  hipótesis  cual- 
quiera... La  tradición  propagada  entre  los  indios  chilenos  relati- 
va a  los  tiempos  primitivos,  no  remonta  mas  allá  del  mito  que  se 
ha  trasinitido    a   todas  partes,    sobre  un  diluvio  universal;    pero 
esta   misma  tradición   silencia  entre  ellos  lo. que  se  refiere   al 
período  que  abraza  la  infancia  del  jénero  humano,  el  que  prece- 
de a  su  extirpación  i  que  ha  ocasionado   muchas  bellas  relacio- 
nes en  los  pueblos  del  Asia.  Sin  embargo,  se  caeria  en  un  error 
si  se  pretendiera  deducir  de.  la   universalidad  de  esa  tradición 
estendida  en  América,   desde  los  Andes  de  la  Patagonia  a  las 
riveras  del  Amazonas  i  del  Orinoco,  la  edad  igualmente  antigua 
de  la  raza  humana.  Pudo  mui  bien  suceder    que  ésta  se  estable- 
ciese en  Chile  en  tiempos  ni  ucho  posteriores.^..» 

Sin  embargo,  por  mas  difícil  que  aparezca,  en  vista  de  lo  que 
dejamos  apuntado,  aventurar  una  hipótesis  cualquiera  respecto 
de  los  primeros  pobladores  de  Chile,  no  han  faltado  autores  que, 
examinando  ciertas  coincidencias  de  lenguaje,  de  raza,  i  los  fastos 
remotos  de  antiguas  naciones,  hayan  ideado  conjeturas  presenta- 
das con  mas  o  menos  habilidad. 

El  maestro  Frai  Antonio  de  la  Calancha  declara  ce  que  tiene 
por  cierto  que  este  medio  mundo  (América)  fué  habitado  de 
hombres  antes  del  diluvio,  i  que  los  tártaros  poblaron  a  Chile. 
Que  fuesen  tártaros,  dice,  se  prueba  con  una  razón  (que  en  to- 
das naciones  i  edades  ha  sido  auténtica  probanza)  i  es,  traer  el 
mesmo  color,  las  mesmas  costumbres,  semejante  relijion  i  pro- 
pias condiciones.  Son  tan  parecidos  los  indios  chilenos  a  los  tár- 

7.  Eduard  Poeppig,  Rehe  in  Chile,  Perú,  etc.  Leipzig,  1835,  tomo  I,  páj.456. 


14  LOS  ABORÍJENES  DE   CHILE 

taros  que  hasta  hoi  (1638)  conservan  de  todo  en  todo  lo  que  los 
tártaros  solían  usar  antes  de  tener  rei...  Los  que  conocen  indios 
i  han  visto  chilenos  verán  unorijinal  en  cada  traslado...  Los 
chilenos  no  tienen  mas  cabeza  que  el  mejor  de  cada  familia,  ni 
mas  capitán  que  el  que  se  elije  para  el  suceso;  píntanselos  cuer- 
pos, cásanse  con  las  mujeres  que  pueden  sustentar,  admiten  la 
hermana  i  la  madrastra,  no  se  pueblan  en  ciudad,  pueblo  o  villa; 
divídense  por  los  campos,  mudando  los  aduares  al  sitio  de  su 
antojo;  comen  raices,  guisan  yerbas  i  susténtanse  de  frutos;  tra- 
tan de  la  pesca  i  comen  aves  i  animales  que  cazan,  sin  que  el 
apetito  invente  potajes,  ni  busquen  salsa  para  lo  mas  desabrido; 
hacen  bebidas  de  raíces  i  frutos,  que  los  enfurece  cuando  los  em- 
briaga. No  estiman  el  oro  i  la  plata,  ni  tienen  rito,  adoración,  ni 
culto;  ponderan  suspersticiones  i  tírales  la  inclinación  a  cruelda- 
des. Al  fin,  hoi  en  todo,  sin  que  desdiga  en  una  costumbre,  guar- 
dan los  chilenos  lo  que  de  los  tártaros  se  dice  antes  de  tener 
imperio  i  sujetarse  a  rei.®)» 

Como  se  vé,  el  buen  maestro   agustino  probó  demasiado. 

Justo  Lipsio,  seguido  por  Solórzano  Pereira,'  al  sostener  que 
los  indios  de  Chile  descendian  de  los  antiguos  romanos,  tomó 
pié  de  un  dato  mas  preciso,  que  el  mismo  Cabildo  de  Santiago 
habia  anunciado  al  rei,^°  pues,  como  espresa  Rosales,  dio  tuvo 
por  cosa  cierta  por  decir  que  en  el  valle  Cagten,  que  es  la  Im- 
perial en  Chile,  se  hallaron  en  las  casas  i  portadas  de  los  indios 
imájenes  de  águilas  de  dos  cabezas,  que  eran  insignias  propias 
de  los  emperadores  romanos,  i  que  por  eso  se  llamó  Imperial  la 
ciudad  que  en  aquella  tierra  fundaron  los  españoles.  De  donde 
colije  que  los  romanos  fueron  los  primeros  pobladores  de  Chile, 
pues  no  habiendo  en  todas  sus  provincias  aves  de  dos  cabezas  a 
quien  poder  retratar,  que  en  Chile  no  las  hai,  es  visto  que  de  los 
romanos  heredaron  estas  imájenes  i  insignias.»  Mas,  el  jesuita  es- 


8.  Coróuica  moralizada  del   Orden  de  S.  Agustm  en  el  Perú ^  Barcelona, 
1638,  fol.,  lomo  I.  páj.  44. 

9.  Política  indiana^  tomo  I,  páj.  20. 

10.  Gay,  Docnmentos^  I,  149. 


CAP.    II. — PRIMEROS   POBLADORES  1 5 

pafiol  que  tenia  también  preparada  una  teoría  que  esplicase  el 
oríjen  de  nuestros  indios,  no  aceptó  las  deducciones  de  Justo 
Lipsio  i  declaró  con  mucha  sorna  que  aera  cierto  que  en  sus  casas 
usaban  los  araucanos  palos  labrados  a  la  puerta,  en  forma  de  águi- 
la de  dos  cabezas;  aunque  con  las  circunstancias,  anadia,  descaece 
mucho  de  la  verdad,  por  no  ser  forma  de  águila  ni  pretender  los 
indios  copiarla,  por  no  tenerla  en  su  tierra  ni  haberla  visto  de 
dos  cabezas;  sino  que  para  la  fortaleza  de  sus  portadas  ponen 
dos  palos  cruzados,  cuyos  estremos  salen  a  un  lado  i  al  otro,  al 
modo  de  cabezas  de  águila;  pero  no  porque  ellos  intenten  poner 
semejantes  armas  en  sus  portadas,  que  ni  usan  de  armas,  ni  las 
conocen,  ni  saben  que  haya  águilas  de  dos  cabezas."» 

Un  fraile  dominicano  llamado  frai  Gregorio  García,  que  gastó 
largos  años  de  su  vida  en  la  composición  de  un  estenso  i  erudito 
libro  en  que  se  propuso  investigar  el  oríjen  de  los  indios  del 
Nuevo  Mundo,  refiriéndose  especialmente  a  Chile,  piensa  que  los 
habitantes  del  país  de  Frislandia  o  de  la  Frisia  fueron  sus  pri- 
meros pobladores. 

Espone  que  los  frisios  eran  tenidos  desde  época  mui  remota 
como  grandes  navegantes  i  conocedores  del  arte  náutico,  a  cuyo 
intento  se  contaba  que  el  año  mil  de  nuestra  era,  varios  nobles 
del  país,  seguidos  de  buen  número  de  aventureros,  armaron  una 
espedicion  que,  según  se  cree,  llegó  hasta  la  isla  de  Cuba." 

Sufrido  Pedro,"  agrega  en  apoyo  de  la  misma  teoría,  que, 
csupuesto  la  destreza  en  la  navegación  i  del  deseo  de  ver  cosas 
nuevasD  no  es  difícil  deducir  que  los  indios  de  Chile  i  aún  los 
del  Perú  desciendan  de  los  frisios.  Pruébase,  ademas,  este  aserto, 
dice  el  mismo  autor,  porque  la  india  Glaura,  refiriendo  sus  aven- 
turas al  famoso  don  Alonso  de  Ercilla,  le  aseveró  que  era  des- 
cendiente de  la  antigua  sangre  de  Frisia,  según  aquellos  versos 
que  rezan: 


1 X .  Historia^  tomo  I,  páj.  9. 

1 2.  Véase  Hornü,  De  ortginibus  amertcanis  lihr.  /F,  lib.  I,  cap.  2,  fol.  26, 

13.  De  Fris,  antiq,  et,  orig,  1698. 


1 6  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

Mi  nombre  es  Glaura,  en  fuerte  hora  nacida, 
Hija  del  buen  cacique  Quilacura 
De  la  sangre  de  Frisio  esclarecida.'* 

«I  de  Frisio,  continúa  García,  parece  derivaba  el  nombre  de 
Fresoíano,  que  usaba  la  fanulia  de  que  hace  mención  el  mismo 
Ercilla. 

«Demás  de  esto,  el  nombre  Chile  o  C^/*//' significa  frió,  i  lo 
mismo  en  Frisia. 

((t,  por  fin,  las  águilas  de  dos  cabezas,  de  que  antes  hemos  he- 
cho hiencion,  existian  en  Chile  cuando  llegaron  los  españoles  i 
en  Frisia  eran  vulgares  estas  figuras.*'» 

Boxhornio,  después  de  aceptar  la  opinión  enntida  por  los 
autores  a  que  acabamos  de  referirnos,  se  esfuerza  simplemente 
en  demostrar  que  los  irlandeses  fueron  los  antiguos  frisios.^^  I 
por  fin,  Scherer,  notando  la  semejanza  del  uso  de  pasar  la  flecha 
que  existia  entre  los  indios  de  Chile  i  los  pueblos  del  norte  de 
Europa,  especialmente  la  Noruega,  se  inclina  a  creer  que  ambos 
proceden  de  im  mismo  oríjen.^' 

((Colocamos,  dice  a  este  respecto  Gaffarel,  en  el  núinero  de  las 
singularidades  etnográficas,  el  pretendido  oríjen  frisio  de  los 
americanos;...  pero  todas  éstas  analojias  no  reposan  sobre  ningún 
fundamento  sólido,  i  tales  jenealojías  fantásticas  recuerdan  las 
pretensiones  vetustas  de  ciertos  advenedizos  que  han  aspirado  a 
entroncar  su  nombre  con  una  raza  antigua.^*)) 

.   »  '     •      ■     ■     '  1  .  -  . 

14V  La  Araucana^  canto  XXVIII,  oct.  7. 

l^^  Origen  de  los  indios  del  Nuevo  Mundo  e  Indias  Occidentales^  Madrid, 
1729,  fol.,  segunda  edición,  páj.  272.  El  padre  jesuita  Lozano  cita  en  los  capí- 
tulos XVI  i  siguientes  del  Libro  primero  de  su  Historia  de  la  conquista  det 
Paraguay  una. multitud  de  opiniones  sobre  el  oríjen  de  la  población  de  Amé- 
rica, que  creemos  inoficioso  reproducir,  contentándonos,  como  investigación 
histórico -bibliográfica  con  las  de  los  autores  que  se  han  ocupado  especialmente 
de  Chile. 

16.  Apologia pro  navigat,  Hollandor..  fol.  239. 

17.  Recherches  historiqíies  et  gcagraphiqucs  sur  le  Nouveau  Monde.  París. 
1777.  8.",  páj.  66. 

18.  Etudcs  sur  les  rapports  de  VAmcrique  et  de  P Anden  Coniinent  avant 
Christophe  Colomb,  páj.  204,  París,  i?<69  Sobre  este  mismo  tema,  asi  C(>u)o  sobre 
el  pretendido  descubrimiento  de  Chile  por  los  navegantes  frisios  en  el  siglo  XI. 
conviene  rejístrar,  Hamconii,  Frisia,  scu  deriris  rebusque  Frisiae  illusirihus. 


CAP.    II. — PRIMEROS    POBLADORES  l^ 

Un  doctor  peninsular  que  vivió  largos  años  en  Lima,  apoyán- 
dose en  el  testimonio  de  Garcilaso,  ^*  que  consigna  el  hecho  de 
que  el  Inca  Atahualpa  se  preciaba  dé  ser  indio  auca,  cree  que 
con  mayor  razón  podia  decirse  de  los  indios  araticos  de  Chile 
«que  descienden  de  aquellos  primitivos  españoles  que  se  llama- 
ron arvacos  o  arevacos  que  estaban  junto  a  Briviezca.J>  ^ 

No  contento  con  esta  deducción,  el  doctor  limeño  va  todavía 
mas  allá,  i  citando  a  Procopio  i  a  Villadiego,  en  sus  comentarios 
del  Fuero  Juzgo,  asegura  que  la  Scitia  se  Hamo  Chile.  ^^ 

En  otra  parte,  concluye  que  si  los  godos  formaron  la  Scitia, 
que  entonces  abarcaba  la  rejion  de  la  Escandinavia,  que  cae  ha- 
cia la  tierra  del  Salvador,  i  si  por  allí  se  pobló  la  América,  con 
el  tiempo  «se  fueron  estendiendo  con  las  demás  naciones  que 
habian  entrado  por  aquel  lado  hasta  llegar  a  Chile.»  ^'^ 

«Los  indios  chilenos,  dice  Rosales,  son  orijinarios,  según  pa- 
rece, de  los  españoles  que  de  las  islas  Hespérides  pasaron  al 
Brasil  i  de  allí  se  estendieron  i  poblaron  estas  provincias,  por  ser 
todo  tierra  continuada.  Las  pruebas  son  tan  apretadas  i  las  con- 
jeturas tan  fuertes,  que  obligan  a  juzgar  ser  así,  i  a  tener  por 
singular  providencia  el  haber  descubierto  los  españoles  en  estos 
siglos  estos  indios  occidentales,  para  que  reconozcan  a  su  propio 
rei  i  señor,  i  por  su  medio  al  Autor  de  todo  lo  criado.» 

Veamos  ahora  las  «pruebas  apretadas  i  las  fuertes  conjeturas» 
a  que  alude  nuestro  autor,  que  son  como  sigue: 

Héspero,  que  después  del  diluvio,  fué  duodécimo  rei  de  las 
Españas,  envió  por  el  mar  una  gran  flota  que  descubrió  las  islas 
Canarias  i  las  pobló  de  numerosas  colonias,  i  otro  tanto  hicieron 

Franckerae,  1620,  4.®  En  las  pajinas  74-75  existe  una  relación  de  los  viajes  de  los 
frisones  a  América  i  Chile  mucho  antes  de  Colon.  Cassel  (Joh.  Ph.),  Ohscrvatio 
histor,  de  Frisonum  navigatione  fortuita  in  Americam  sceculo  XIfncta.  Mag- 
deburgui,  1741,  4.®,  i  por  fin,  a  Bergh  (L.  Ph.  C.  v.  d.),  Nederlands  aanspraok 
op  de  Ontdecking  van  America  voon  Columbus^   1 850,  12  pajinas. 

19.  Tomo  II.,  lib.  VIII,  cap.  final. 

20.  Tratado  único  y  singular  del  orijen  de  los  Indios  Occidentales  del  Perú ^ 
México^  Santa  Fé  y  Chile,  Por  el  doctor  Don  Diego  Andrés  Rocha,  Linia^ 
1681,  8.^  fol.  17  vita. 

21.  Id^  fol.  29  vita. 

22.  /¿/.,  fol.  72. 

5 


CAP.    II. — PRIMEROS    POBLADORES  ig 

ron  a  poblar  a  Chile,  el  Perú  i  el  Brasil. d  ^  Precisando  todavía 
mas  este  autor  lo  referente  a  Chile,  espone,  en  seguida,  que 
«cuando  Manco-Capac  hubo  llegado  a  la  edad  de  treinta  años, 
dividió  a  sus  subditos  en  tres  bandas,  que  partieron  de  la  isla  de 
Titicaca,  cada  una  en  número  de  doscientos,  entre  hombres,  mu- 
jeres i  niños,  prometiendo  enviarse  recíprocamente  noticias  de 
sí  i  de  no  mirarse  jamás  como  enemigos.  Durante  largos  años 
no  se  oyó  hablar  nunca  de  dos  de  estas  bandas,  que  fueron  a 
parar,  la  una  a  Chile,  i  la  otra  al  estrecho  de  Magallanes.» 

Don  José  Pérez  García,  uno  de  nuestros  mas  apreciables  es- 
critores históricos,  siguiendo  igualmente  la  doctrina  de  las  inv^a- 
siones  sucesivas  que  buscaron  su  camino  desde  el  norte,  piensa 
que  dno  cabiendo  ya  en  el  Perú  sus  habitadores,  los  antisuyos 
de  la  parte  del  oriente,  juntándose  con  los  chinchasuyos  de  hacia 
el  norte,  verosímilmente  declararon  guerra  a  los  collasuyos,  que 
estaban  hacia  Chile,  los  cuales,  como  eran  menos,  huyeron  de 
los  mas,  i  entraron  a  Chile  i  le  poblaron  con  el  nombre  de  mo- 
luches, cuya  voz  acredita  esta  nación,  pues  mohín  es  decir  de- 
clarar guerra,  i  che^  jente,  i  moluches^  j entes  a  quienes  se  les  de- 
claró la  guerra.» 

La  población  del  territorio,  según  este  mismo  cronista,  debió 
efectuarse  de  dos  maneras:  una,  de  este  lado  de  la  cordillera,  i 
otra,  directamente  al  sur  hasta  la  Tierra  del  Fuego  por  los 
ultra-andinos  llamados  tehuelches.  ^ 

Un  autor  mui  reputado  por  su  vasto  saber  en  los  anales  de  la 
antigua  América,  M.  Brasseur  de  Bourgbourg,  se  manifiesta  de- 
cidido partidario  del  sistema  de  haber  sido  Chile  poblado  por 
emigraciones  venidas  del  norte.  De  acuerdo  con  su  teoría,  el 
foco  de  las  primeras  razas  humanas  de  Sud-América  estuvo  ra- 
dicado en  las  dos  orillas  del  Orinoco  en  tribus  que  se  encontra- 
ban en  grados  distintos  de  civilización  i  barbarie,  pero  evidente- 
mente  de  la  misma  familia,  las  cuales  fueron  invadiendo  poco  a 

25.  P.  Aneilo  0\\\2i^  Histoire  du  PéroUy  traduite  de  Pes/>agnol par  H,  Ter- 
naux  Compans^  París,  1857,  32.®,  páj.  2Ó. 

26.  Historia  de  Chile ^  inédita,  lib.  I,  cap.  X. 


20  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

poco  las  diversas  rejiones  de  la  América  Meridional,  hasta  los 
límites  mismos  de  Chile.  ^ 

Invocando  las  tradiciones,  que  se  hallan  en  esta  parte  de 
acuerdo  con  los  cánticos  históricos  de  los  Amautas,  consigna  que 
ííellas  han  trasmitido  el  recuerdo  de  las  primeras  tribus  que 
veinticinco  siglos  antes  de  nuestra  era  habian  poblado  el  Perú, 
desde  las  costas  que  se  hallan  bajo  el  Ecuador  hasta  la  estremi- 
dad  de  Chile.  Estas  tribus  habrian  llegado  indistintamente  de  los 
Andes  de  Tierra-firme  i  por  el  mar  del  Sud;  habrian  permane- 
cido en  paz  las  unas  con  las  otras  durante  un  período  de  cerca 
de  dos  siglos,  después  de  lo  cual  se  habrian  levantado  querellas 
entre  ellos  sobre  la  posesión  de  las  fuentes  i  de  los  pastos,  i  ha- 
brían estallado,  con  este  motivo,  las  primeras  guerras.  * 

A  pesar  de  los  hechos  a  que  se  arriba  en  los  párrafos  que  ve- 
nimos de  trascribir,  i  que  se  dicen  sacados  del  estudio  de  las 
tradiciones  de  los  antiguos  sacerdotes.  Montesinos,  autor  de  los 
primeros  tiempos  de  la  conquista  española,  que,  al  decir  del 
padre  Rodríguez,*  conocia  como  ninguno  los  oríjenes  peruanos, 
apoyándose  en  antecedentes  de  un  orden  semejante  a  los  que  han 
servido  de  base  a  modernos  escritores,  sostiene  que  como  qui- 
nientos años  después  del  diluvio,  el  Perú  se  cubrió  de  habitan- 
tes, que  llegaron  allí  de  diversas  rejiones,  i  hasta  el  mismo  Chi- 
le.*' Asevera,  asimismo,  que  el  inca  Cao-Manco,  casi  en  víspe- 
ras de  su  muerte,  tuvo  noticia  de  que  los  chirihuanos  i  los  natura- 
les del  Tucumani  Chile,  naciones  mui  pobladas  i  guerreras,  mar- 
chaban a  invadir  el  Perú;  i  que  después  de  haber  llegado  efec- 
tivamente hasta  allí,  plantaron  nuevas  idolatrías.'^ 

El  padre  franciscano  Ramirez,  que  tuvo  bastante  oportunidad 
de  tratar  a  los  araucanos,  bien  que  en  época  moderna,  invoca 
una  tradición  acreditada  entre  ellos,  que  puede  acordarse  con  lo 


27.  Popol  Vuh.  Le  livre  sacre,  París,  1861,  páj.  CCVIII. 

28.  ///,  páj.  CCXXX. 

29.  Historia  del  Marañon, 

30.  Memorias  históricas  sobre  el  antiguo  Perú,  páj.  ni. 

31.  Id,  páj.  89. 


CAP.    II. — PRIMEROS   POBLADORES  21 

que  asienta  Montesinos.  «Yo  era  antes  de  opinión  (dice  Rami- 
rez,  de  que  los  indios  chilenos,  eran  oriundos  i  descendientes 
del  Perú,  i  que  sus  projenitores  se  vendrian  estendiendo  i  pro- 
pagando por  estos  arrabales  peruanos  i  cantones  australes,  lo  que 
parece  mas  natural  i  verosímil  por  los  muchos  vocablos  en  que 
convienen  la  lengua  chilena  i  la  quichua  i  peruana,  indicio  sufi- 
ciente de  haber  sido  en  un  tiempo  de  «un  idioma  o  de  un  labio. 
Pero  los  araucanos  me  han  hecho  mudar  de  opinión  i  me  tienen 
a  favor  de  la  suya,  i  es  que  son  orijinarios  de  estirpe  forastera  i 
sus  projenitores  vinieron  de  las  partes  occidentales. 

^(Esta  creencia  o  tradición  entre  ellos  no  es  tan  ridicula  ni  es- 
travagante  como  parece  a  primera  vista,  según  dice  el  sabio 
autor  del  Compendio  de  la  historia  civil  de  Chile^  impreso  el 
año  próximo  pasado  de  1795,  después  de  los  descubrimientos 
hechos  en  la  mar  del  Sur. 

<(La  gran  cadena  de  islas  descubiertas  entre  la  América  i  el 
Asia  Austral  pueden  talvez  ser  residuos  de  algún  antiguo  conti- 
nente, que  uniese  o  facilitase  el  tránsito  de  uno  a  otro  hemisferio 
i  aún  a  las  costas  de  Arauco,  por  las  islas  de  Salomón,  de  San 
Félix,  San  Ambrosio,  de  Juan  Fernandez,  de  Talca  (sic)  i  de 
Santa  María. 

«Démosle  gusto  a  los  araucanos  en  que  desciendan  del  Asia, 
como  todos  los  hijos  de  Adán,  i  que  sus  projenitores,  gliches  i 
peni  epatunes  i  hombres  primitivos  i  sus  hermanos  patriarcas,  a 
quienes  invocan  con  sus  númenes,  viniesen  aquí  de  las  partes 
occidentales.  Pero,  estando  casi  todo  el  continente  del  Asia  que 
conocemos  en  la  zona  templada  setentrional,  me  parece  mas  ve- 
rosímil que  viniesen  por  el  noroeste,  por  el  mismo  rumbo  que 
trajeron  los  cananeos  cuando  fujitivos  de  Josué  pasaron  a  la 
América,  como  piensan  muchos  eruditos.  Ellos  eran  los  habi- 
tantes de  la  Siria  o  Palestina,  situada  a  lo  largo  de  la  costa  del 
Mediterráneo  del  Asia  occidental,  i  si  tocaron  por  fortuna  en  las 
costas  de  Arauco  i  corrieron  las  de  Tucapel,  Tirúa,  Imperial  i 
Valdivia,  seguramente  fundaron  en  ellas  sus  colonias,  viendo  lo 
ameno  i  delicioso  del  país,  sin  tener  que  envidiarle  a  la  Siria,  no 


22  LOS   ABORIJENES   DE   CHILE 

SUS  regalados  piñones  del  Monte  Líbano,  de  que  están  coronadas 
las  montañas  de  Nahuelbuta,  al  oriente  de  Tucapel. 

ocEl  viaje  desde  la  Palestina  a  las  costas  de  Arauco,  por  mar  i 
tierra,  no  apea  de  cinco  mil  leguas,  i  es  largo  de  contar,  a  mas  de 
ser  caso  repugnante  a  la  historia  i  jeografía,  según  el  estado 
presente  del  orbe  terráqueo;  pero  ellos  venian  mui  precisados  i 
el  terror  pánico  que  les  infundió  el  pueblo  escojido  les  baria 
vencer  todas  las  dificultades  i  aún  atropellar  imposibles,  i  todo 
lo  darian  por  bien  empleado  luego  que  llegaron  a  salvamento  i 
vieron  las  costas  americanas.  Si  estas  no  estaban  pobladas  de  ra- 
cionales, se  establecerian  en  ellas  como  primeros  colonos,  i  si  lo 
estaban,  les  sucedería  a  sus  naturales  lo  que  a  la  antigua  Espa- 
ña con  los  fenicios,  griegos,  cartajineses  i  romanos,  que  con  pre- 
testo  de  comerciar  se  hicieron  dueños  de  la  Península,  i  la  in- 
festaron con  la  peste  de  la  idolatría,  hasta  que  el  trino  apostólico, 
San  Santiago,  San  Pedro  i  San  Pablo  la  convirtieron  al  cristia- 
nismo i  a  la  fe  de  Jesucristo. 

«De  cualquier  modo  que  fuese,  ello  es  que  la  constitución 
política  de  los  antiguos  araucanos,  i  las  bárbaras  costumbres  o 
admapus  que  los  dominaban,  se  parecian  mucho  a  las  de  los  ca- 
naneos,  i  si  les  venian  por  herencia  de  sus  antepasados  cpntaban 
sobre  tres  mil  años  a  la  llegada  de  los  españoles. 

dEl  sistema  político  de  sus  butalmapus  tiene  perfecta  analojía 
con  el  de  los  treinta  régulos,  príncipes,  ulmenes^  caciques,  o 
llámenles  como  quieran,  que  zarparon  de  la  Palestina,  huyendo 
de  Josué.  Lo  mas  que  tenia  aquella  provincia  eran  trescientas 
leguas  de  circunferencia,  i  distribuido  todo  su  territorio  en  los 
treinta  régulos,  lo  menos  que  habría  en  él,  le  correspondia  a 
cada  uno  ocho  o  nueve  leguas,  que  suele  ser  el  distrito  i  depen- 
dencia de  los  aillaregnes  araucanos.  Esta  monstruosa  poliarquía, 
con  estados  tan  reducidos,  no  podia  menos  de  tenerlos  en  gue 
rras  civiles  eternas  i  a  sus  vasallos  en  continuas  hostilidades, 
represalias,  guerrillas  o  malocas^  como  estaban  los  antiguos  arau- 
canos con  los  tucapelinos,  los  llanistas  con  los  costinos,  i  los  gui- 
liches  con  los  pehuenches,  hasta  que  el  Diablo  los  unió  contra 


CAP.    II. — PRIMEROS   POBLADORES  23 

los  españoles,  como  suele  unir  a  los  herejes  de  varias  sectas 
contra  la  iglesia  católica,  i  a  los  impíos  contra  los  justos,  si  Dios 
no  los  divide,  o  remedia  a  costa  de  milagros. 

ccPor  eso  talvez  les  enviaría  Dios  a  los  cananeos  aquellos  ejér- 
citos de  avispas  para  que  se  divirtiesen  con  ellas  i  viviesen  en 
paz  unos  con  otros,  sin  las  hostilidades,  desórdenes  i  excesos  que 
traen  consigo  las  guerras;  clavándoles  en  cada  aguijón  un  fuerte 
ausilio  para  que  volviesen  sobre  sí  i  corrijeran  sus  bárbaras  cos- 
tumbres, so  pena  de  echarlos  con  confusión  de  la  Palestina,  que 
debia  ser  por  tantos  títulos  la  Tierra  Santa  i  su  sacra-imperial 
Jerusalen,  hijos  de  paz  i  corona  de  su  iglesia. 

«En  el  capítulo  XIÍ  del  libro  de  la  Sabiduría  se  espresan  las 
costumbres  bárbaras  de  los  cananeos,  i  sus  usanzas  o  admapus 
se  dicen  obras  abominables  delante  de  Dios,  cuales  eran  encan- 
tamientos, curaciones  i  machitunes  diabólicos,  sacrificios  injus- 
tos, filicidios,  o  matar  a  sus  hijos  sin  misericordia,  desenterrar  a 
los  hombres  i  devorar  la  sangre  humana.  Estos  eran  los  usos  mas 
detestables  de  aquel  pueblo  bárbaro  i  jente  malvada,  como  le 
llama  la  Escritura,  que  había  hecho  de  la  milicia  naturaleza,  i  ya 
se  sabe  que  casi  todos  estaban  corrientes  en  los  antiguos  arau- 
canos.*^» 

Esta  teoría  que  hace  a  los  indios  chilenos  descender  de  los  ju- 
díos contaría  también  en  su  apoyo,  según  M.  Stevenson,  con  la 
opinión  de  los  que  arriban  a  un  resultado  semejante,  fundados  en 
la  aversión   que  israelitas  i  araucanos  profesan  a  la  carne  de 

puerco.*"^ 

Otro  escritor  que  ha  encontrado  también  aceptable  la  hipóte- 
sis de  que  los  primitivos  pobladores  de  Chile  hubiesen  venido  de 
las  rejiones  del  Oeste,  es  Zúñiga,  el  cual  declara  «que  después 
de  haber  examinado  la  construcción  de  las  lenguas  de  Chile  i  de 


3¿.   Cronicón  sacro-imperial  de  Chile,  M.  S.,  cap.  II,  lib.  I. 

33.  A  historical  and  descriptive  narratv^e  of  twenty  years  residence  in  South 
America,  London,  1825,  totn.  I,  páj.  47.  Con  un  objeto  análogo  John  Adair  es- 
cribió, en  J77S,  un  voluminoso  libro,  intitulado  The  history  of  american  indians. 
London. 


30  LOS   ABORIJENES    DE    CHILE 

priesa  se  acojieron  al  Tenten,  subiendo  a  porfía  a  lo  alto  i  lle- 
vando cada  uno  consigo  sus  hijas  i  mujeres,  i  la  comida  que  con 
la  priesa  i  la  turbación  podían  cargar.  I  a  unos  les  alcanzaba  el 
agua  a  la  raíz  del  monte  i  a  otros  al  medio,  siendo  muí  pocos  los 
que  llegaron  a  salvarse  a  la  cumbre.  I  a  los  que  alcanzó  el  agua 
les  sucedió  como  lo  habían  trazado,  que  se  convirtieron  en  pe- 
ces, se  conservaron  nadando  en  las  aguas,  unos  transformados 
en  ballenas,  otros  en  lizas,  otros  en  robalos,  otros  en  atunes  i 
otros  en  diferentes  peces.  I  de  estas  transformaciones,  finjieron 
algunas  en  peñas,  diciendo:  que  por  que  no  los  llevasen  las 
corrientes  de  las  aguas,  se  habian  muchos  convertido  en  peñas 
por  su  voluntad  i  con  ayuda  del  Tenten.  I  en  confirmación  de 
esto  muestran  en  Chiloé  una  peña  que  tiene  figura  de  mujer  con 
sus  hijos  a  cuestas  i  otros  a  los  lados,  que  el  Autor  de  la  natura- 
leza la  crió  de  aquella  forma,  que  parece  mujer  con  sus  hijos. 
I  tienen  mui  creído  que  aquella  mujer  en  el  diluvio,  no  pudien- 
do  llegar  a  la  cumbre  del  Tenten,  le  pidió  transformarse  en  pie- 
dra con  sus  hijos,  porque  no  los  llevasen  las  corrientes,  i  que 
hasta  ahora  se  quedó  allí  convertida  en  piedra.  I  de  los  que  se 
transformaron  eñ  peces,  dicen  que  pasada  la  inundación  o  dilu- 
vio, salian  de  el  mar  a  comunicar  con  las  mujeres  que  iban  a  pes- 
car o  cojer  mariscos,  i  particularmente  acariciaban  a  las  donce- 
llas, enjendrando  hijos  en  ellas;  i  que  de  ahí  proceden  los  linajes 
que  hai  entre  ellos  de  indios  que  tienen  nombres  de  peces,  por- 
que muchos  linajes  llevan  nombres  de  ballenas,  lobos  marinos, 
lizas  i  otros  peces... 

((Asentadas  estas  finjidas  transformaciones  i  soñado  diluvio, 
queda  la  dificultad  de  cómo  se  conservaron  los  hombres  i  los 
animales;  a  lo  cual  dicen:  que  los  animales  tuvieron  mas  instinto 
que  los  hombres,  i  que  conociendo  mejor  los  tiempos  i  las  mu- 
danzas, i  que  conociendo  la  inundación  jeneral,  se  subieron  con 
presteza  al  Tenten  i  se  escaparon  de  las  aguas  en  su  cumbre, 
llegando  a  ella  mas  presto  que  los  hombres,  que  por  incrédulos 
fueron  mui  pocos  los  que  se  salvaron  en  la  cumbre  de  el  Tenten. 
I  que  de  estos  murieron  los  mas  abrazados  del  sol.  Porque,  como 


CAP.    IIÍ. — TRADICIONES  3  I 

finjen  que  las  dos  culebras,  Caicai  i  Tenten,  para  mostrar  su  po- 
der i  que  ni  el  mar  le  podía  inundar  ni  sobrepujar  con  sus  aguas, 
se  iba  suspendiendo  i  levantando  sobre  ellas.  I  que  en  esta  com- 
petencia la  una  culebra,  que  era  el  demonio,  diciendo  Cai^  cat\ 
hacia  crecer  mas  i  mas  las  aguas,  i  de  ahí  tomó  el  nombre  de 
Caicai.  I  la  otra  culebra,  que  era  como  cosa  divina,  que  ampa- 
raba a  los  hombres  i  a  los  animales  en  lo  alto  de  su  monte,  dicien- 
do Tlv/,  ten^  hacia  que  el  monte  se  suspendiese  sobre  las  aguas,  i  en 
esta  porfía  subió  tanto  que  llegó  hasta  el  sol.  Los  hombres  que 
estaban  en  el  Tenten  se  abrazaban  con  sus  ardores,  i  aunque  se 
cubrían  con  callanas  i  tiestos,  la  fuerza  de  el  sol,  por  estar  tan 
cercanos  a  él,  les  quitó  a  muchos  la  vida  i  peló  a  otros,  i  de  ahí 
dicen  que  proceden  los  calvos.  I  que  últimamente  el  hambre  les 
apretó  de  suerte  que  se  comian  unos  a  otros.  I  solamente  aten- 
dieron a  conservar  algunos  animales  de  cada  especie  para  que 
multiplicasen  i  algunas  semillas  para  sembrar. 

«En  el  número  de  hombres  que  se  conservaron  en  el  diluvio, 
hai  entre  los  indios  de  Chile  grande  variedad,  que  no  puede  faltar 
entre  tantos  desvarios.  Porque  unos  dicen  que  se  conservaron 
en  el  Tenten  dos  hombres  i  dos  mujeres  con  sus  hijos.  Otros 
que  un  hombre  solo  i  una  mujer,  a  quienes  llaman  Llituche^  que 
quiere  decir  en  su  lengua,  principio  de  la  jeneracion  de  los  hom- 
bres, sean  dos  o  cuatro  con  sus  hijos.  A  éstos  les  dijo  el  Tenten 
que  para  aplacar  su  enojo  i  el  de  Caicai^  señor  del  mar,  que  sa- 
crificasen uno  de  sus  hijos,  i  descuartizándole  en  cuatro  partes, 
las  echasen  al  mar  para  que  las  comiesen  los  reyes  de  los  peces 
i  las  sirenas  i  se  serenase  el  mar.  I  que  haciéndolo  así,  se  fueron 
disminuyendo  las  aguas  i  volviendo  a  bajar  el  mar.  I  al  paso  que 
las  aguas  iban  bajando,  a  ese  paso  iba  también  bajando  el  monte 
Tenten,  hasta  que  se  asentó  en  su  propio  lugar.  I  diciendo  en- 
tonces la  culebra  Ten^  ten^  quedaron  ella  i  el  monte  con  ese 
nombre  de  Tenten^  célebre  i  de  grande  relijion  entre  los  in* 
dios.D  * 

5.  Historia^  1. 1,  páj.  14, 


CAP.    IV. — RAZAS    PRIMITIVAS  39 

cuente  del  jeroglífico,  como  el  vejetal  que,  sucediéndose,  lo 
acompaña  desde  los  tiempos  mas  remotos.  Millares  de  jeneracio- 
nes  vejetales  le  han  sucedido,  i  todavía  la  roca  sustenta  los  nueves 
vastagos  herederos  de  la  primitiva  flora  americana.  Entre  las 
lijeras  grietas  de  la  superficie,  vejetan  musgos  imperceptibles  i 
graciosos  heléchos,  acompañados  de  otras  plantas  criptógamas, 
que  se  asoman  con  una  sonrisa  de  curiosas  en  solicitud  de  la  luz 
i  del  fresco  ambiente;  mientras  arriba  cecropias  de  hojas  platea- 
das, bromelias^  heléchos  arbóreos, /¿Vf^rr/z/V/^  i  multitud  de  espe- 
cies arborescentes  coronan  la  roca  i  se  balancean  a  los  caprichos 
del  viento,  como  lejítimas  poseedoras  de  aquel  túmulo,  que  es 
para  el  hombre  un  enigma  i  para  ellas  la  tierra  que  hs  nutre  i 
las  sostiene.^)) 

Este  mismo  autor  describe  en  su  brillante  estilo,  no  menos  de 
nueve  rocas  con  inscripciones  semejantes,  haciendo  remontar 
algunas  de  éstas  a  la  época  de  la  bajada  de  las  aguas  i  levanta- 
miento del  fondo  del  antiguo  océano,  al  éste  de   los  Andes.** 

M.  Auguste  Saint-Hilaire,  sosteniendo  la  misma  tesis,  habla 
de  inscripciones  que  ha  visto  al  atravesar  el  valle  que  se  estiende 
al  pié  de  Tijuco.    «A  los  bordes  del  camino,  dice,  noté  en  una 
roca  inclinada,  cuya  superficie  era  bastante  lisa,  rasgos  groseros 
hechos  con  un  color  rojo.    Estos  rasgos  representan  figuras  de 
pájaros,  algunos  aislados,  otros  agrupados  de  una  manera  irregu- 
lar.*» Inscripciones  semejantes  fueron  halladas  en  1865,  en  Cea- 
Tá,  por  J.  Whitfield,  «en  las  partes  mas  pobladas  de  bosques  del 
interior.^»   Refiriéndose  a  otra  rejion  del  Brasil,  cuenta   Franz 
Keller,  que  (ícerca  de  una  de  las  cataratas  del  Madeira  descubrió 
algunos  dibujos  grabados  (espirales  i  semicirculares)  en  una  piedra 
oscura  cuya  superficie  era  pulida.. .Mas  hacia  el  poniente,  continúa, 
hallé  otra  piedra  escrita,  cubierta   con   líneas  espirales  i  anillos 
concéntricos,  apenas  diseñados,  en  piedra  negra  parecida  al  gneiss. 

3    Estudios  indijenas^  pájs.  4  i  6. 

4.  ///.,  páj.  13. 

5.  Secondvoyage  au  Brésil,  tom.  I,  páj.  73. 

6.  Véase  la  lámina  1 14  del  Journal  of  thc  Anthropological  InstHnte^  1. 1,  1873. 


42  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

en  el  departamento  de  la  Libertad;  las  ruinas  de  Huánuco  el 
Viejo,  las  del  templo  de  Pachacamac;  las  de  las  islas  de  la  lagu- 
na Titicaca;  la  formidable  pirámide,  colosos  de  piedra  i  estatuas 
de  Tialiuanacu,  a  la  orilla  meridional  de  la  laguna  de  Chucuitu, 
La  segunda  época  comprende  los  restos  del  departamento  del 
Cuzco  i  otros. 

((Vana  empresa  seria  indagar  la  edad  positiva  de  estos  mo- 
numentos, faltando  todo  apoyo  para  la  investigación:  solo  sí,  re- 
sulla que  son  de  una  época  anterior  a  la  llegada  del  primer  Inca, 
i  que  tanto  el  Perú  como  Méjico,  se  hallaban  en  aquel  entonces 
en  estado  mas  avanzado  que  la  mayor  parte  de  las  naciones  de 
la  Europa  setentrional.^^i) 

Abundando  en  esta  idea,  dice  un  reputado  escritor  arjentiuo, 
que  «los  monumentos  americanos  que  señalan  un  mayor  adelan- 
to en  las  artes  i  un  grado  mas  elevado  de  cultura  intelectual  i 
moral,  no  son  los  mas  modernos;  son  precisamente  los  mas  anti- 
guos. I  la  prueba  de  que  esos  monumentos  son  eslabones  rotos 
de  la  cadena  de  civilizaciones  prehistóricas,  que  nada  legaron  a 
la  posteridad,  es  que  ellas  eran  incomprensibles  para  los  últimos 
descendientes  de  las  primitivas  razas  que  los  construyeron. "jd 

Por  lo  que  toca  al  Brasil,  «mis  estudios,  declara  Varnhagen, 
llévanme  hasta  ahora  a  la  conclusión  de  que  la  raza  Tupica  que 
los  descubridores  europeos  encontraron  en  la  costa  setentrional 
i  en  la  parte  oriental  del  país,  i  como  está  ya  averiguado,  no  era 
una  raza  autóctona  del  lugar,  sino  una  raza  conquistadora.^*j> 

«La  opinión  de  Velez,  espresa  Bollaert,  citando  un  artículo 
de  aquel  autor,  publicado  en  el  Boletín  de  la  Sociedad  de  Jeo- 
grafía  de  París,  de  1847,  es  que  Nueva  Granada  fué  habitada 
antiguamente  por  un  pueblo  mas  civilizado  que  el  que  encon- 
traron los  españoles.  La  prueba  de  este  aserto  es,  que  en  el 
distrito  de  San  Agustin,  en  \dis  partes  elevadas  de  Nieva,  en  la- 
titud de  3'í5'  N.,  se  han  encontrado  monumentos,  como  la  gran 

10.  /</.,  páj  210. 

11.  B.  Mitre.  Las  ruinas  de  Tin  huanaco^  páj.  57, 

12.  Revista  do  Instituto  histórico  e  geográphico  brasileiro^  1858,  t.  xxi,  p. 


CAP.    III. TRADICION'ES  33 

ciéronse,  i  los  indios  endurecidos  en  sus  malas  costumbres,  i 
ciegos  a  tanta  luz,  perseveraron  en  sus  delitos,  incrédulos  como 
los  de  Sodoma.  Mas,  después  de  pocos  dias  vino  el  castigo  de 
Dios  sobre  ellos,  porque  tembló  la  tierra  i  se  estremeció  con 
tanta  furia  que,  abriéndose  en  diferentes  grietas  i  por  diversas 
bocas,  pronunció  la  sentencia  i  ejecutó  el  castigo,  vomitando 
tanta  cantidad  de  agua  que  inundó  todo  aquel  valle  i  anegó  a 
cuantos  en  él  habia,  sus  casas,  haciendas  i  sementeras,  sin  dejar 
memoria  de  aquella  tan  nefanda  jente,  i  quedando  para  eterna 
memoria  i  escarmiento  denlos  demás,  aquella  laguna  que  hoi  se 
ve  i  ha  permanecido  después  de  tantos  afios  ha  que  sucedió  este 
tan  maravilloso  caso.  ''...» 

«La  relación  de  Viracocha,  prosigue  Kingsborough,  formando 
al  hombre  a  semejanza  de  imájenes  modeladas  por  él  mismo, 
parece  referirse  a  los  versos  del  Jénesis;  pero  la  anterior  tradi- 
ción manifiesta  un  oríjen  menos  equívoco  de  una  procedencia 
bíblica.» 

Con  este  motivo,  es  sabido  que  los  antiguos  misioneros  de 
América  investigaban,  i  muchos  lo  aseguraron  con  todo  candor, 
fundados  en  las  huellas  de  pies  humanos  que  creian  ver  en  algu- 
nas rocas,  cuando  no  los  instrumentos  de  la  Pasión,  que  el  após- 
tol Santo  Tomás  habia  predicado  el  evanjelio  en  el  Nuevo  Mun- 
do. El  padre  jesuíta  Alonso  de  Ovalle,  que  en  cuanto  a  credu- 
hdad  pocos  le  van  en  zaga,  fundado  en  el  testimonio  de  Pedro 
Bercio,  que  asegura  que  «pasando  los  holandeses  por  el  estrecho 
de  Magallanes,  los  indios  le  saludaban  con  el  nombre  de  Jesús, 
dice  que  no  sabe  si  fuera  de  esto  i  los  argumentos  jenerales  que 
se  han  apuntado  de  haber  llegado  Santo  Tomás  a  la  América  i 
dado  en  ella  luz  de  Cristo  Señor  nuestro  i  de  su  santa  leí,  haya 
respecto  de  Chile,  otras  conjeturas  en  particular  que  prueben 
hayan  tenido  los  indios  araucanos  conocimiento  de  nuestra  fe;  i 
cuando  hayan  tenido  alguna,  es^cierto  que  estaba  tan  perdido  i 
olvidado  que  era  como  si  no  fuese.  '^y>  I  por  eso  no  encontrando 

6.  M,  I,  258. 

7.  Histórica  relación^  p.  328. 


34  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

Rosales  entre  nosotros  mas  que  las  tradiciones  que  se  acaban  de 
señalar,  juzga  que  ellas  no  son  bastantes  para  pensar  que  Santa 
Tomás  o  cualquier  otro  apóstol,  hayan  predicado  el  evanjelio  en 

Chile,'^ 


S.  ¥a\  la  hacit!uda  de  la  PutagüiUa,  situada  no  lejos  de  Curacaví,  en  Uestre- 
midud  de  una  punta  que  existe  saliente  en  la  falda  de  un  cerro  inmediato  a  las 
casas,  se  ven  varios  peínaseos  con  escavaciones  superficiales^  una  de  las  cuales 
tiene  niui  aproximadamente  la  torina  de  un  pié  humano,  que  si  los  autores  de 
aquella  éi>oca  las  hubiesen  descubierto  no  habrian  dejado,  por  cierto,  de  atri- 
buirlas al  ap<^tol.  La  verdad  es,  sin  embargo,  que  la  forma  de  pié  que  afecta 
esa  escavacion,  se  debe  a  que  con  el  trascurso  del  tiempo  i  el  uso  que  tuvie- 
ron, se  han  desgastado  dos  agujeros  que  en  un  principio  debieron  existir,  que- 
dando» por  mera  casualidad,  en  el  estado  en  que  hoi  se  ven. 


CAPITULO  IV. 


RAZAS  PRIMITIVAS. 


Uniformidad  de  pareceres. — Opinión  de  Poeppig. — Carencia  absoluta  de  tradicio- 
nes.— Violenta  desaparición  de  la  primera  raza. — Antigüedad  de  la  historia 
de  América. — Monumentos  de  una  civilización  primitiva. — Testimonio  de 
Humboldt,  Saint-Hilaire  i  otros  autores. — Unidad  de  las  primitivas  raza? 
americanas. — Jeroglíficos  peruanos. — Conclusiones  de  Garcila.so  i  Brasseur  de 
Bourgbóurg. — La  piedra  del  valle  de  Rapiantu. — Otros  antecedentes  que 
existen  en  Chile. — Molina  i  el  idioma  araucano. — Estudio  de  los  cráneos. — 
Ultimo  resultado. 


Si  los  autores  andan  tan  desacordes  en  cuanto  a  la  manera 
cómo  haya  sido  poblado  en  su  oríjen  nuestro  suelo,  no  acontece 
lo  mismo  por  lo  que  se  refiere  a  la  creencia  de  que  haya  existido 
en  Chile  una  raza  anterior  i  mas  adelantada  que  la  que  los  incas 
peruanos  encontraron  establecida  ala  época  de  su  invasión.  Aún 
puede  aseverarse  que  esta  opinión  cuenta  en  su  apoyo  con  fun- 
damentos de  trascendencia,  i  en  todo  caso  mui  dignos  de  ser 
atendidos. 

El  viajero  alemán  Poeppig,  a  quien  hemos  citado  anteriormen- 
te, no  trepida  en  señalar  como  incuestionable  el  hecho  de  que 
CLlas  tribus  cobrizas  que  aparecen  como  los  poseedores  actuales 
de  un  territorio  que  ha  esperimentado  en  tiempos  relativamente 


36  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

modernos  los  mayores  trastornos,  no  son  evidentemente  las  mis- 
mas que  han  hoyado  este  suelo.  ^  d 

í(Así  como  la  jeolojía,  continúa  el  mismo  autor,  nos  da  a  co- 
nocer por  capas  la  formación  de  la  superficie  de  nuestro  planeta^ 
de  la  misma  manera  mil  circunstancias  nos  inducen  a  creer  en 
ui]a  transformación  que  esperimentaba  la  humanidad  en  las  di- 
versas rejiones  del  mundo,  la  cual  puede  compararse  a  aquellas 
formaciones  de  materias  inorgánicas.  Cómo  se  haya  efectuado 
esta  transformación  no  lo  averiguará  jamás  el  espíritu  de  inves- 
tigación, pues  mus  allá  de  las  barreras  que  lo  limitan,  solo  se  es- 
tiende el  dominio  de  las  vagas  conjeturas. í) 

En  otros  pueblos,  hasta  los  menos  civilizados,  que  han  sufrido 
trastornos  semejantes,  las  tradiciones  i  algunos  hechos  inconexos, 
pero  que  derivan  de  un  oríjen  análogo,  dan  siempre  alguna  luz. 
sobre  estas  remotas  revoluciones,  como  que,  en  la  jeneralidad  de 
los  casos,  el  hambre,  las  pestes  i  otros  azotes  inherentes  a  la  hu- 
manidad, han  dejado  en  la  memoria  de  los  hombres  recuerdos 
imperecederos.  Mas,  entre  nosotros,  esas  tradiciones  i  esos  he- 
chos vagamente  presumidos  faltan  completamente. 

Deducen,  pues,  algunos  de  aquí,  que  la  extinción  de  la  raza 
que  poblara  antiguamente  el  país,  no  pudo  tener  lugar,  como  en 
otras  partes,  gradualmente  ni  por  cualquiera  de  los  medios  que 
la  han  ocasionado  en  otros  pueblos. 

La  verdad  del  caso  es,  que  no  puede  dudarse  de  que  América 
no  tiene  una  historia  tan  antigua  como  la  de  las  naciones  orien- 
tales i  europeas,  i,  por  consiguiente,  que  si  desde  tiempo  atrás 
hubiesen  existido  comunicaciones  mutuas,  talvez  no  nos  faltarian 
datos  sobre  las  revoluciones  que  ha  esperimentado  nuestro 
suelo. 

Por  lo  demás,  se  encuentran  diseminadas  en  el  territorio  ame- 
ricano huellas,  que  no  son  relativamente  escasas,  ni  menos,  autén- 
ticas, que  atestiguan  la  existencia  inequívoca  de  aquella  raza 
primitiva,  de  una  civilización   mas  aventajada,  i  probablemente- 

I.  Reisr^  etc.y  lug.  cit. 


CAP.    IV. — RAZAS    PRIMITIVAS  37 

mejor  dotada  que  la  que  lo  poblaba  desde  el  comienzo  del  seño- 
río incarial.  Basta,  en  efecto,  considerar  un  momento  las  obras 
que  después  de  siglos  patentizan  todavía  su  progreso  en  el  Ca- 
nadá, Norte  América,  Guayana  i  el  Perú  para  comprender  que 
los  moiind-builders,  como  se  les  ha  llamado  por  las  formas  de  sus 
construcciones  anulares,  i  en  las  orillas  del  Titicaca  los  arquitec- 
tos de  los  imponentes  restos  de  Tiahuanaco,  estaban  infinitamente 
mas  adelantados  que  las  tribus  nómades  que  hoi  conocemos,  ¡ 
aún  que  los  vasallos  peruanos  en  el  tiempo  de  la  conquista  es- 
pañola. 

Dejando  aparte  lo  que  se  refiere  a  Estados  Unidos  i  al  Cana- 
dá, concretémonos  un  momento  a  consignar  lo  que  se  ha  dicho 
jeneralmente  respecto  de  los  antiguos  monumentos  de  Sud- 
América  i  de  la  existencia  de  una  raza  primitiva. 

El  sabio  Humboldt  espone  que  en  la  Guayana  se  encuentran 
figuras  toscas  que  representan  el  sol,  la  luna  i  animales,  grabadas 
en  las  rocas  mas  duras  de  granito,  «que  atestiguan  la  existencia 
anterior  de  un  pueblo  mui  diferente  de  los  conocidos  del  Ori- 
noco.., Cualquiera  que  sea  el  significado  de  estas  figuras  i  el  fin 
con  que  han  sido  esculpidas  en  el  granito,  no  afectan  por  eso 
menos  interés...  No  pretendo  que  estas  figuras  prueben  el  cono- 
cimiento del  empleo  del  fierro,  ni  que  anuncien  una  cultura  es- 
traordinariamente  avanzada;  pero,  aún  suponiendo  que  lejos  de 
ser  simbólicas,  sean  el  resultado  de  los  ocios  de  pueblos  cazado- 
res, es  necesario  siempre  admitir  la  existencia  de  una  raza  mui 
diferente  de  la  de  los  hombres  que  habitan  hoi  las  orillas  del 
Orinoco,  "d 

Hablando  de  Venezuela,  dice  don  Aristídes  Rojas:  «al  aban- 
donar a  San  Esteban,  en  dirección  hacia  las  elevadas  cumbres 
de  Hilaria,  teniendo  a  la  izquierda  una  muralla  de  rocas,  llégase 
a  poco,  cerca  de  las  alturas  de  Campanero,  a  un  lugar  distante 
como  dos  quilómetros  de  aquel  pueblo,  donde  las  focas  de  la 
cordillera,  inclinadas  sobre  el  suelo  del  camino,    presentan  una 

2.   Voyage  aux  regiones  eqidnoxatiales^  lib.  Vil,  cap.  XXXIV. 


38  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

superficie  plana  sobre  la  cual  se  ven  multitud  de  figuras  esculpi- 
das. Es  una  gran  masa  de  mármol,  como  de  tres  a  cuatro  me- 
tros de  altura,  por  tres  de  ancho,  cubierta  de  tierra  en  su  base, 
mientras  arriba  la  coronan  grupos  de  vejetales  arbóreos,  i  de  ar- 
bustos i  musgos  que  sonrien  a  la  luz  del  dia. — Cualquiera  diria 
que  es  la  loza  de  un  sepulcro  engastado  en  la  montaña.  Atrás 
queda  el  océano,  invisible  desde  esta  altura,  porque  la  faja  de 
montes  lo  esconde  a  los  ojos  del  viajero;  adelante,  el  pico  de 
Hilaria,  centinela  del  valle;  auno  i  otro  lado,  las  sementeras  del 
camino  con  su  curva  graciosa,  mientras  abajo,  entre  cantos  ro- 
dados i  enormes  rocas  arrancadas  por  el  tiempo  a  las  cumbres, 
corren  bulliciosas  las  aguas  del  San  Esteban... 

«Para  el  naturalista  que  estudia  la  etnografía,  que  desea  co- 
nocer la  historia  primitiva  de  América  e  interpretar  el  significa- 
do de  los  jeroglíficos,  esta  pajina  de  San  Esteban  ¿es  un  enigma, 
es  una  realidad?  Para  verla  es  necesario  arrancar  las  enredade- 
ras, cortar  las  raíces  que  cubren  las  figuras,  porque  no  es  la  ma- 
no del  tiempo  la  que  quiere  borrar  algunas  de  las  primitivas 
historias  del  hombre  de  América,  sino  la  vida  vejetal  que,  en  su 
fuerza  de  espansion  i  de  conquista,  trata  de  asimilarse  cuanto 
encuentra,  a  despecho  del  hombre  i  de  la  historia.  Apartad  la 
yerba  i  el  humus  vejetal  i  los  troncos  i  sarmientos  que  en  su 
crecimiento,  al  aire  Hbre,  han  cubierto  en  parte  la  lápida  indíje- 
na,  i  todas  las  figuras  aparecerán  bañadas  por  la  luz  del  dia.  El 
tiempo  ha  tendido  la  roca  lijeramente  de  arriba  abajo,  la  cual 
se  presenta  dividida  en  tres  secciones  mas  o  menos  simétricas; 
pero  no  por  esto  se  interceptan  las  diversas  figuras  de  insectos, 
estrellas,  animales  i  objetos  diversos  que  aquella  tiene  esculpi- 
dos. La  manera  como  están  colocadas  las  figuras  (en  grupos); 
los  alineamientos  jeométricos,  i  los  animales  mas  o  menos  per- 
fectos; lo  misterioso  del  conjunto,  algo  que  se  manifiesta  i  algo 
que  se  oculfa:  todo  ha  de  fijar  sobre  esta  piedra  la  mirada  del 
hombre  pensador,  el  cual  quisiera  poder  descifrar  lo  que  ningún 
poder  humano  puede  ya  revelarle.  Pero  lo  que  realza  todavía 
mas  esta  pajina  indíjena,  no  es  tanto  la  parte  muda,  aunque  elo- 


CAP.    IV. — RAZAS    PRIMITIVAS  39 

cuente  del  jeroglífico,  como  el  vejetal  que,  sucediéndose,  lo 
acompaña  desde  los  tiempos  mas  remotos.  Millares  de  jeneracio- 
nes  vejetales  le  han  sucedido,  i  todavía  la  roca  sustenta  los  nuevos 
vastagos  herederos  de  la  primitiva  flora  americana.  Entre  las 
lijeras  grietas  de  la  superficie,  vejetan  musgos  imperceptibles  i 
graciosos  heléchos,  acompañados  de  otras  plantas  criptógamas, 
que  se  asoman  con  una  sonrisa  de  curiosas  en  solicitud  de  la  luz 
i  del  fresco  ambiente;  mientras  arriba  cecropias  de  hojas  platea- 
das, brornelias^  heléchos  7¡i\h6x^o%^  pite  amias  i  multitud  de  espe- 
cies arborescentes  coronan  la  roca  i  se  balancean  a  los  caprichos 
del  viento,  como  lejítimas  poseedoras  de  aquel  túmulo,  que  es 
para  el  hombre  un  enigma  i  para  ellas  la  tierra  que  las  nutre  i 
las  sostiene.^)) 

Este  mismo  autor  describe  en  su  brillante  estilo,  no  menos  de 
nueve  rocas  con  inscripciones  semejantes,  haciendo  remontar 
algunas  de  éstas  a  la  época  de  la  bajada  de  las  aguas  i  levanta- 
miento del  fondo  del  antiguo  océano,  al  éste  de  los  Andes.** 

M.  Auguste  Saint-Hilaire,  sosteniendo  la  misma  tesis,  habla 
de  inscripciones  que  ha  visto  al  atravesar  el  valle  que  se  estiende 
al  pié  de  Tijuco.  «A  los  bordes  del  camino,  dice,  noté  en  una 
roca  inclinada,  cuya  superficie  era  bastante  lisa,  rasgos  groseros 
hechos  con  un  color  rojo.  Estos  rasgos  representan  figuras  de 
pájaros,  algunos  aislados,  otros  agrupados  de  una  manera  irregu- 
lar.^» Inscripciones  semejantes  fueron  halladas  en  1865,  en  Cea- 
rá,  por  J.  Whitfield,  «en  las  partes  mas  pobladas  de  bosques  del 
interior.^!)  Refiriéndose  a  otra  rejion  del  Brasil,  cuenta  Franz 
Keller,  que  (ícerca  de  una  de  las  cataratas  del  Madeira  descubrió 
algunos  dibujos  grabados  (espirales  i  semicirculares)  en  una  piedra 
oscura  cuya  superficie  era  pulida.. .Mas  hacia  el  poniente,  continúa, 
hallé  otra  piedra  escrita,  cubierta  con  líneas  espirales  i  anillos 
concéntricos,  apenas  diseñados,  en  piedra  negra  parecida  al  gneiss. 

3    Estudios  iiidijenas^  pájs.  4  i  6. 

4.  Id.,  páj.  13. 

5.  Second  voyajs^e  an  Brésily  tom.  I,  páj.  73. 

6.  Véase  la  lámina  1 14  del  Joinnal  of  ihe  Anthropological  Institute^  1. 1,  1873. 


40  LOS    ABOKÍJENES    DE    CHILE 

Prosiguiendo  mis  investigaciones,  encontré  una  no  poco  perfecta, 
cuvas  líneas  enteramente  ordenadas,  difícilmente  podrían  mirarse 
como  resultado  de  úlas  horas  de  ocio  de  los  indios.»    Las  líneas 
de  la  circunferencia  corren  casi  del  todo  horizontales  i  se  hallan 
un  poco  mas  altas  que  la  mas  baja  línea  de  flotación  del  rio,  pa- 
reciéndome  que  la  actual  posición  de  la   roca  es  la  misma  que 
tuvo  cuando  las  inscripciones  fueron  hechas.  Desgraciadamente, 
lo  que  sabemos  de  la  historia  de  las  razas  indíjenas  de  Sud-Amé- 
rica  antes  de  la  conquista,   es  tan  limitado  (esceptuando  quizás 
algunas  tradiciones   medio-míticas  respecto   al  imperio  de    los 
Incas)  qif^  aún  los  períodos  mas  importantes  de  su  historia,  por 
ejemplo,  las  peregrinaciones   de   los  tupis,   asumen  mas  bien  el 
carácter  de  diestras  hipótesis  que  de  hechos  históricos.  Tenemos 
noticias  de  grandes  espedicionesde  conquista  de  los  Incas.  ¿Aca- 
so las  inscripciones   del  valle   del  Madeira   estarán    ligadas  con 
ellas;  o,  acaso  son  aún  mas  antiguas?    Investigaciones  i  estudios 
comparados  de   las  antigüedades  peruanas  pueden  solo  aclarar 
mejor  si  el  oríjen  de  estos  jeroglíficos  debe  atribuirse  a  su  impe- 
rio, esa  rejion  de  una  civilización  vasta  i  grandiosa.    Mui  difícil- 
mente pueden  ser  obra  de  los  antepasados  de  los  caripunas,  si  se 
hallaban,  como  debe  presumirse,   en   el  mismo  bajo  nivel  de  ci- 
vilización que  sus  descendientes.  Una  ruda  nación  de  cazadores 
no  es  adecuada  para  gastar  meses   en  la  molesta»  tarea  de  grabar 
figuras  en  rocas  duras   con    instrumentos  inadecuados.    Si  ellas, 
sin  embargo,  hubiesen  tenido  semejante  fantasía,  sus  ánimos  dé- 
biles i  estrechos  habrían  elejido  con  preferencia  para  el  dibujo 
lo  que  mas  les  hubiese  impresionado  su  imajinacion,  de  todos  los 
objetos  que  los  rodeaban,  el  sol,   la  luna,  o  los  animales  que  ca- 
zaban; o  los  caimanes,  tortugas  i  peces  que  Humboldt  encontró 
grabados  en  las  rocas  del  Orinoco;   pero  en  las  orillas  del  Ara- 
guayas  i   del  Madeira  hai  solo   bosquejos  toscos,  en  los  cuales 
la  fantasía  de  los  primeros  esploradores  portugueses  creyó  re- 
conocer los  instrumentos  de  la  Pasión.^» 

7.  The  Amazon  and  Madeira  riverSy  London,  1875,  pájs.  65  i  siguientes. 


CAP.    IV. — RAZAS    PRIMITIVAS  4 1 

Según  las  observaciones  de  D.  Mariano  E.  de  Rivero,  existe 
^n  el  alto  de  la  Caldera,  a  ocho  leguas  al  norte  de  Arequipa, 
una  multitud  de  grabados  sobre  granito,  que  representan  figuras 
de  animales,  flores  i  fortificaciones,  i  que  sin  duda  encierran  re- 
laciones mas  antiguas  que  la  dinastía  de  los  Incas.  En  la  pro- 
vincia de  Castro-Vireyna,  en  el  pueblo  de  Huaytará,  se  halla  en, 
las  ruinas  de  un  gran  edificio,  de  igual  construcción  a  la  del  cé- 
lebre palacio  de  Huánuco  el  Viejo,  una  masa  de  granito  de  mu- 
chas varas  de  largo,  con  grabados  toscos,  semejantes  a  los  de  la 
Caldera.  Ninguno  de  los  mas  fidedignos  historiadores  alude  a 
estas  inscripciones  i  pinturas,  o  refiérela  menor  cosa  posible  so- 
bre los  jeroglíficos  peruanos,  de  modo  que  es  plausible  colejir 
que  en  tiempo  de  los  Incas  no  se  tenia  conocimiento  alguno  del 
arte  de  escribir  con  caracteres,  i  que  todos  estos  grabados  son 
restos  de  un  tiempo  mui  remoto...  Es  exactamente  la  misma 
idea  que  emite  un  autor  contemporáneo,  cuando  dice  que  «da 
presencia  de  inscripciones  jeroglificasen  las  mas  antiguas  ruinas, 
demuestra  la  gran  superioridad  de  la  raza  primitiva  sobre  la  de 
los  quichuas,  porque  esta  última  ignoraba  completamente  el  arte 
de  escribir.^» 

En  muchas  partes  del  Perú,  continúa  Rivero,  principalmente 
en  sitios  mui  elevados  sobre  el  nivel  del  vicir^  hai  vestijios  de  ins- 
cripciones, si  bien  muchas  ya  borradas  por  el  ala  destructora  del 

tiempo,® 

(tEl  examen  crítico  de  los  monumentos  antiguos  que  han  es- 
capado en  su  totalidad  o  en  parte  a  la  acciop  destructora  del 
tiempo  i  vandálica  saña  de  los  conquistadores,  nos  dan  mas  lu- 
ces que  las  incorrectas  i  contradictorias  pajinas  de  los  autores, 
indicándonos  dos  épocas  mui  diferentes  en  el  arte  peruano,  a  lo 
menos  por  lo  que  concierne  a  la  arquitectura:  una  antes,  i  otra 
después  de.lallegada  del  primer  Inca.  A  la  primera,  pertenecen 
el  palacio  conocido  bajo  el  nombre,  de  ruinas  del   gran  Chimu, 

8.  Congrés  des  americnntstes,  tom.  II,  1875,  páj.  12  del  artículo  La  ti  es 
ancienne  Aménque, 

9.  Rivero  i  Tschudi,  Antigüedades  peruanas,  Viena,  1851,  pájs.  101  1  102. 


42  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

en  el  departamento  de  la  Libertad;  las  ruinas  de  Huánuco  el 
Viejo,  las  del  templo  de  Pachacamac;  las  de  las  islas  de  la  lagu- 
na Titicaca;  la  formidable  pirámide,  colosos  de  piedra  i  estatuas 
de  Tiabuanacu,  a  la  orilla  meridional  de  la  laguna  de  Chucuitu. 
La  segunda  época  comprende  los  restos  del  departamento  del 
Cuzco  i  otros. 

«Vana  empresa  seria  indagar  la  edad  positiva  de  estos  mo- 
numentos, faltando  todo  apoyo  para  la  investigación:  solo  sí,  re- 
sulta que  son  de  una  época  anterior  a  la  llegada  del  primer  Inca, 
i  que  tanto  el  Perú  como  Méjico,  se  hallaban  en  aquel  entonces 
en  estado  mas  avanzado  que  la  mayor  parte  de  las  naciones  de 
la  Europa  setentrional/^i) 

Abundando  en  esta  idea,  dice  un  reputado  escritor  arjentino, 
que  «los  monumentos  americanos  que  señalan  un  mayor  adelan- 
to en  las  artes  i  un  grado  mas  elevado  de  cultura  intelectual  i 
moral,  no  son  los  mas  modernos;  son  precisamente  los  mas  anti- 
guos. I  la  prueba  de  que  esos  monumentos  son  eslabones  rotos 
de  la  cadena  de  civilizaciones  prehistóricas,  que  nada  legaron  a 
la  posteridad,  es  que  ellas  eran  incomprensibles  para  los  últ¡n7os 
descendientes  de  las  primitivas  razas  que  los  construyeron."!) 

Por  lo  que  toca  al  Brasil,  «mis  estudios,  declara  Varnhagen, 
llévanme  hasta  ahora  a  la  conclusión  de  que  la  raza  Tupica  que 
los  descubridores  europeos  encontraron  en  la  costa  setentrional 
i  en  la  parte  oriental  del  país,  i  como  está  ya  averiguado,  no  era 
una  raza  autóctona  del  lugar,  sino  una  raza  conquistadora.^^!) 

«La  opinión  de  Velez,  espresa  Bollaert,  citando  un  artículo 
de  aquel  autor,  publicado  en  el  Boletín  de  la  Sociedad  de  Jeo- 
grafía  de  Paris,  de  1847,  es  que  Nueva  Granada  fué  habitada 
antiguamente  por  un  pueblo  mas  civilizado  que  el  que  encon- 
traron los  españoles.  La  prueba  de  este  aserto  es,  que  en  el 
distrito  de  San  Agustín,  en  lasparíes  elevadas  de  Nieva,  en  la- 
titud de  3'i5*  N.,  se  han  encontrado  monumentos,  como  la  gran 

10.  /</.,  páj  210. 

1 1.  B.  Mitre,  Las  ruinas  de  TiahtianacOy  páj.  57. 

12.  Revista  do  Instituto  histórico  e geographico  brasileir o ^  1858,  t.  xxi,  p.  437. 


CAP.    IV. RAZAS    PRIMITIVAS  43 

mesa  de  piedra,  que  se  dice  de  los  Sacrificios,  sostenida  por 
cariátides,  estatuas  de  grandes  dimensiones,  i  otros  innumera- 
bles objetos  artísticamente  trabajados.  En  los  tiempos  de  la  con- 
quista, los  españoles  solo  encontraron  en  estas  rejiones  a  los 
Fijados,  Pantagosos,  i  otras  tribus,  las  que,  aunque  valientes, 
eran  bárbaras.  No  podemos  atribuir  a  éstas  la  construcción  de 
las  obras  actualmente  en  ruinas,  i,  por  lo  tanto,  pertenecen  a 
tiempos  mas  antiguos  i  civilizados.^^!) 

<íHai  un  hecho  importante  digno  de  notarse,  dice  Squier  res- 
pecto de  Centro-América,  i  es  que  los  jeroglíficos  del  país  no 
los  entiende  absolutamente  ninguna  de  las  diversas  razas  de  in- 
dios, que  hablan  muchos  idiomas  diversos;  pero  puede  creerse 
que  toda  esa  rejion  estuvo  en  un  tiempo  ocupada  por  una  sola 
raza,  que  hablaba  el  mismo  idioma,  o  que  usaba,  por  lo  menos, 
de  los  mismos  caracteres  escritos.**)) 

«La  investigación  paciente  nos  mostrará,  concluye  de  lo  ante- 
rior don  Francisco  de  P.  Moreno,  que  los  signos  que  tanto 
asombraron  al  ilustre  Humboldt  i  le  revelaron  la  existencia  de 
un  gran  pueblo  antiguo  i  estinguido,  en  medio  de  las  lujosas 
selvas  i  al  lado  de  las  fragosas  cataratas  del  Orinoco,  no  están  ya 
encerradas  en  centenares  de  leguas  de  superficie,  sino  en  dece- 
nas de  miles,  i  nos  hará  ver  que,  con  poca  diferencia,  los  mismos 
signos  se  encuentran  en  toda  América,  desde  las  islas  de  Van- 
couver,  cerca  del  círculo  boreal,  hasta  el  lago  Arjentino  en  Pa- 
tagonia,  i  que  las  figuras  pintadas  allí  en  las  paredes  abruptas  i 
verticales  de  la  punta  Walichu,  que  son  casi  las  mismas  que  los 
esploradores  de  Estados  Unidos  encontraron  en  el  Arizona,  al 
norte  de  Méjico,  Centro  América,  Guayanas,  en  el  Brasil,  Perú, 
Bolivia,  Chile  i  República  Arjentina,  parecen  ser  trabajadas  por 
la  misma  raza;  i  tengo  la  convicción  de  que  la  craneolojía,' ayu- 
dada por  la  arqueolojía,  va  a  enseñarnos  que  esa  raza  fué  la  que 
conocemos  por  caríbica  antigua,  i  que  a  ella  pertenecen  los  crá- 

1 3.  Antíquartíifiy   éthnological  and  other  researches  in  New  Grenada^  etc., 
páj.  36. 

14.  Incidents  of  travel  in  Central  Amenca^  London,  1854,  P^j- 45^* 


44  I-*^   ABOftIJEXES    E>E   CHUX 

neoíi  deformados  macrocéfalos,  qne  se  enccentran  desde  la  isla 
de  los  ¡Sacrificios^  en  el  golfo  de  Méjico^  hasta  !a  Patagonia,  i 
los  qne  los  viajeros  han  estraído  de  las  necrópolis  de  Bolma, 
atribuidos  por  falta  de  estadios  a  los  constructores  de  las  obras 
monolíticas  de  Tíabaanaco,  bantízados  con  el  ncmbre  de  aima- 
raes/^* 

Aceptando  el  hecho  jeneral  de  las  razas  sucesivas  pobladoras 
de  América,  ya  hace  cerca  de  medio  siglo,  qne,  despnes  de  eru- 
ditos estadios,  Josiah  Priest  llegaba  a  la  conclusión  de  que  las 
ruinas  i  ciirdades  de  este  continente  pertenecieron  al  mismo  im- 
perio jeneral,  el  ccial  habia  debido  su  oríjen  a  los  antiguos  tirios 
de  Fenicia;^  pero,  como  espresa  Catlin,  «cpor  mui  voluminosas 
í  eruditas  que  aparezcan  las  disensiones  por  lo  que  toca  al  mis- 
terioso oríjen  de  las  razas,  en  último  resultado,  debemos  llegar 
todos  a  la  conclusión  de  qne,  ya  fuesen  asiáticos,  ejipcios  o  poli- 
nesíos  los  pueblos  que  hallaron  su  camino  al  continente  ame- 
ricano, en  cualquiera  época,  encontraron  i  se  mezclaron  con  una 
raza  aboríjene  de  América,  tan  antigua  o  mas  antigua  que  las 
razas  de  qne  descendían."* 

Por  esto,  volviendo  al  Perú,  concluye  con  razón  M.  Brasseur 
de  Bourgbourg,  que  «los  diversos  autores  que  han  tratado  de  la 
historia  de  ese  país,  í  Garcílaso  el  primero,  están  de  acuerdo  en 
atribuir  a  las  rejíones  comprendidas  actualmente  bajo  este  nom- 
bre, un  oríjen  muí  antiguo;  i  que  debe  retrotraerse  mucho  mas 
allá  de  la  monarquía  de  los  Incas,  la  cuna  dé  las  naciones  que 
fueron  después  sometidas  por  sus  armas/®i>  Manco  Capac,  fun- 
dador de  la  dinastía,  merece  recordarse,  que  con  su  aparición 
venia  simplemente  a  esparcir  de  nuevo  las  semillas  de  la  cultura 
humana,  desaparecida  de  aquellas  rejiones,  junto  con  el  pueblo 
que  la  abrigara  en  su  seno. 

Esos  testimonios  grabados  en  el  granito  i  esas  espléndidas 


15.  El  eitudio  del  hombre  sud  americano^\^\Mi\\o%  X\x&s>^  1878,  páj.  23. 

16.  American  íintiqnities,  Albany,  1833,  páj.  27. 

17.  The  lifted  and subsided  rocks  of  America^  London,  1870,  páj.  179. 

18.  Le  livre  sacre ^  páj.  CCXXX. 


CAP,    IV. — RAZAS    PRIMITIVAS  45 

construcciones  de  tiempos  antiquísimos,  esparcidos  aquí  i  allá  i 
respetados  por  los  siglos,  hacen  presumir  que  el  doluinio  de  una 
o  varias  razas,  relativamente  civilizadas,  se  estendia  por  todo  el 
continente  americano.  Según  este  principio,  no  habria  por  qué 
esceptuar  a  Chile  de  haber  participado  de  los  beneficios  de 
aquella  época  adelantada. 

Mas,  aparte  de  cualquiera  deducción  mas  o  menos  fundada  i 
limitándonos,  por  ahora,  a  consideraciones  semejantes  a  las  que 
se  han  referido,  existen  pruebas  claras  de  nuestro  aserto,  como 
lo  vamos  a  ver. 

Viniendo  del  norte  tenemos,  según  nos  refiere  el  doctor  Phi- 
lippi,  que  cerca  del  pueblecito  de  Machuca,  en  las  inmediacio- 
nes de  Atacama,  se  encuentra  en  el  camino  de  las  Pintadas,  «una 
pared  perpendicular,  casi  de  seis  pies  de  altó,  lisa,  en  parte  tra- 
bajada ártificialnrénte,  i  enteramente  Cubierta  en  la  estension  de 
seis  pasos,  por  lo  menos,  de  figuras  que  no  son  otra  cosa  que  per- 
filaduras grabadas  en  la  piedra  i  que  representan  principalmente 
huanacos  de  todos  tamaños,  uno  encima  i  aún  uno  dentro  de  otro; 
pero  se  distinguen  también  perros,  zorras  serpientes  i  pájaros. 
Figuras  de  hombres  son  raras  i  no  están  bien  dibujadas.)) 

<tSe  cree  jéneralmente,  agrega  el  señor  Philippi,  que  esas  fi- 
guras fueron  hechas  en  tiempos  de  los  Incas,  antes  de  la  llegada 
dé  los  españoles;  pero,  ¿con  qué  objeto?  Los  contornos,  a  la  dis- 
tancia de  varias  leguas,  son  un  desierto  horrible,  sin  un  vestijio 
de  vejetacion  humana  (sic).  Nadie  alisará  una  pared  de  peñascos, 
i  en  tanta  estehsioh,  i  grabará  en  ella  muchos  centenares  de  figu- 
ras solo  por  pasar  el  tiempo.  ¿Deben  acaso  trasmitir  a  la  poste- 
ridad la  memoria  de  una  de  aquellas  grandes  cazas  de  que  habla 
Garcilaso  de  la  VegaP^^í) 

Por  nuestra  parte,  tomamos  nota  del  hecho  estampado  por  el 
sabio  viajero,  sin  aceptar  la  hipótesis  que  propone  para  esplicar 
esos  grabados,  por  que,  como  se  habrá  visto,  de  lo  que  espone 
Tschudi,  los  Incas,  se  piensa  con  razón,  que  ignoraron,  ^no  solo 

1 9.   Viaje  al  desierto  de  Atacama^  páj.  64 . 


46  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

el  empleo  sino  también  el  significado  de  esas  inscripciones  en  el 
granito,  que  los  antiguos  historiadores  no  mencionan  absoluta- 
mente. 

Prosiguiendo  hacia  el  sur,  podemos  notar  que  enja  misma  pro- 
vincia de  Santiago,  en  la  hacienda  de  Cauquenes,  existe,  a  alguna 
distancia  de  los  Baños,  en  el  valle  de  Rapiantu,una  piedra  como 
de  cuatro  metros  de  largo,  completamente  cubierta  de  grabados, 
mas  o  menos  superficiales,  que,  ya  los  supongamos  antojadizos  o 
simbólicos,  con  su  significado  propio,  acusan,  sino  el  empleo  del 
fierro,  según  se  espresa  Humboldt,  la  existencia  de  una  raza  di- 
versa de  la  que  los  españoles  o  los  peruanos  encontraron  en 
Chile;  siendo  mui  digno  de  notarse  que,  como  otras  de  su  espe- 
cie en  América,  se  encuentra  igualmente  en  las  rejiones  elevadas 
de  la  cordillera.  «Nunca,  dice  Whitfield,  se  ha  hecho  mención 
de  que  se  haya  visto  tales  inscripciones  cerca  de  la  costa.**» 

Este  interesante  monumento  de  aquella  civilización  primi- 
tiva, cuyos  dibujos  copiamos  en  la  última  pajina  de  nuestro  ál- 
bum, con  el  tiempo  i  los  aluviones  del  Cachapoal,  en  cuya  ve- 
cindad se  encuentra,  ha  sido  cubierta  en  su  parte  inferior.  El 
señor  Spencer,  que  ha  tomado  una  fotografía  de  esta  piedra,  nos 
ha  asegurado  que,  removiendo  la  tierra  que  oculta  su  base,  se  ven 
aparecer  otros  jeroglíficos,  que  completan  esta  pajina  de  la  his- 
toria del  pueblo  que  los  esculpió.  Una  copia  de  los  descubiertos 
hasta  ahora  fué  enviada  a  Viena  por  el  señor  Leybold  i  entende- 
mos que  allí  ha  sido  descifrada.  Conviene  a  este  respecto  notar 
que  algunas  de  esas  figuras,  especialmente  las  redondeadas,  se 
aproximan  mucho  a  las  que  se  conocen  de  otras  localidades. 
¿Debieron  su  existencia  a  la  misma  raza  de  hombres,  estendida 
en  aquella  edad  remota  por  toda  la  América  del  Sur?  ¿Dan 
acaso  testimonio  de  la  invasión  de  algún  pueblo  estraño  a  la 
localidad,  que  ha  querido  de  ese  iliodo  dejar  memoria  de  su  paso 
por  aquellos  sitios  elevados?  Tenemos  noticia  de  que  un  poco  mas 
adentro  del  nacimiento  del  rio,  ya  en  territorio  arjentino,  se  en- 

20.  Jotirnal  of  the  Anthropological Instittite^  1873,  t.  I. 


CAP.    IV. — RAZAS    PRIMITIVAS  4? 

cuentra  también  una  piedra  análoga.  ¿Vinieron,  pues,  a  Chile  del 
lado  del  oriente  los  hombres  que  allí  grabaron  esos  jeroglíficos? 

En  los  cerros  a  cuyo  pié  se  encuentra  el  pueblo  de  Malloa, 
en  la  provincia  de  Colchagua,  se  nota  también,  perfectamente 
diseñada  en  la  piedra,  la  figura  de  un  sol. 

¿Fué  esto  en  memoria  de  la  invasión  de  los  jefes  del  Inca, 
cuya  era  esta  ins¡gnia?"...Humboldt  atestigua  que  en  las  rejiones 
del  Orinoco,  entre  los  jeroglíficos  que  se  presentan  en  la  pie- 
dra, ademas  de  la  luna  i  animales,  habia  también  un  sol,  i  como 
se  sabe,  jamas  los  Incas  llevaron  sus  armas  hasta  tan. lejos.  Lue- 
go, no  puede  concluirse  que  este  grabado  fuese  necesariamente 
propio  del  Inca,  o  efectuado  en  memoria  suya  por  sus  capitanes; 
i,  a  la  inversa,  de  los  antecedentes  que  acabamos  de  hacer  valer 
mas  arriba,  podria  lejítimamente  inducirse  lo  contrario,  si  no  fuese 
que,  siendo  el  grabado  casi  nulo,  sus  líneas  aparecen  diseñadas 
con  cierta  especie  de  pintura,  de  una  naturaleza  mui  semejante 
a  la  que  los  alfareros  peruanos  empleaban  en  sus  artefactos. 

Después  del  incendio  ocurrido  en  los  bosques  de  Llanqui- 
hue  el  año  1851,  se  encontró  una  piedra  labrada  semejante  a  la 
de  los  molinos  del  Rin,^  de  lo  cual  se  ha  deducido  **  fundada- 
mente que  aquellos  parajes  debieron  estar  poblados  en  épocas 
lejanas;  pero  de  las  muestras  de  trabajos  indíjenas  en  piedras 
sueltas,  de  que  tenemos  mui  buenos  ejemplos  aquí  como  en  el 
Perú  i  Solivia,  nada  puede  concluirse  respecto  al  tema  que  va- 
mos desarrollando,  por  cuyo  motivo  nos  ocuparemos  de  ellos  en 
otro  lugar. 

El  abate  Molina  que,  según  todas  probabilidades,  no  tuvo  pre- 
sente las  consideraciones  deducidas  del  hecho  revelador  de  las 


21.  Es  sabido  que  en  el  templo  del  Sol  que  existia  en  el  Cuzco  habia  una  plan- 
cha redonda  de  oro  que  representaba  al  astro  del  día;  pero  de  una  lámina  que 
trae  en  su  libro  el  inca  D.  Juan  de  Santa  Cruz  Pachacuti,  aparece  que  también 
habia  dibujada  allí  la  ñgura  de  un  sol,  mui  parecida  a  la  que  existe  en  el  cerro 
de  Malloa.  Véase  la  páj.  257  de  la  Relación  de  antigüedades  deste  reyno  del 
Perú, 

22.  Informe  de  Dolí ^  Memoria  del  Ministerio  del  Interior^  1858. 

23.  Vicuña  Mackenna,  Relaciones  Históricas^  Ciudad  encantada  de  los  Cé- 
sareSj  páj.  61,  nota. 


48  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

inscripciones  i  de  su  estudio  comparado,  llega,  sin  embargo,  por 
otro  camino,  a  la  conclusión  que  venimos  buscando.  Profundo 
conocedor  del  idioma  araucano,  habia  tenido  ocasión  de  notar 
que  existian  en  él  algunos  términos  que  representan  ideas  abs- 
tractas, que  los  indios  de  su  tiempo  no  entendian  absoluta- 
mente. «Siempre  que  se  reflexione  en  la  armoniosa  estructura 
i  riqueza  de  la  lengua  propia  de  este  país,  dice,  parece  que  la 
nación  chilena  haya  sido  en  otro  tiempo  mas  culta  que  lo  que  es 
al  presente,  o  al  menos,  que  ella  sea  el  residuo  de  un  gran  pueblo 
ilustrado,  el  cual  debió  caer  por  una  de  aquellas  revoluciones 
físicas  o  morales,  a  las  cuales  está  también  sujeto  nuestro  globo. 
La  perfección  de  las  lenguas  sigue  constante^iiente  la  de  la  civi- 
lización; ni  se  puede  comprender  cómo  una  nación  siempre  sal- 
vaje, que  jamás  ha  sido  limada  ni  por  las  sabias  leyes,  ni  por  el 
comercio,  ni  por  las  artes,  pueda  hablar  un  idioma  culto,  espre- 
sivo  i  abundante.  La  copia  de  las  palabras  de  un  lenguaje  presu- 
pone un  número  correspondiente  de  ideas  claras  en  el  complexo 
de  los  individuos  que  las  hablan,  las  cuales,  en  un  pueblo  rús- 
tico, son  i  deben  ser  necesariamente  mui  limitadas.^» 

Habria  aún  otro  elemento  que  pudiera  invocarse  para  el  es- 
clarecimiento de  nuestra  tesis,  cual  seria  el  examen  comparado 
de  los  cráneos  de  I9S  modernos  araucanos  con  los  que  se  en- 
cuentran en  sus  viejas  sepulturas.  Este  estudio  se  verá  mas  ade- 
lante; pero  es  preciso  convenir  desde  luego  en  que  la  edad  re- 
lativamente mui  corta  de  lashuacas,  demuestra  que  siis  restos  no 
remontan  ni  con  mucho  a  la  época  en  que,  según  es  verosímil, 
tuvo  lugar  la  gran  catástrofe  ^  que  acarreó  la  sucesión  de  diver- 
sas razas  entre  nosotros,  i  en  que,  por  tanto,  no  es  posible  dedu- 
cir de  ahí  antecedente  alguno  para  el  objeto  que  perseguimos. 

Mas,  a  pesar  de  todas  las  deficiencias  que  se  notan  en  este 


2^.  Historia  avil^  cap.  I. 

25.  El  eminente  antropólogo  francés  M.  Paul  Broca,  cree  en  la  posibilidad 
de  un  cataclismo  jeneral,  en  el  cual  haya  perecido,  tanto  la  raza  primitiva  como 
los  elefantes  que  en  Europa  vi\  ian  junto  con  ella.  ¿No  habrá  suctxlido  lo  mismo 
en  América? 


CAPITULO  V. 


LA  EDAD  DE  PIEDRA. 

Medios  de  información  de  que  es  necesario  valerse  tratando  de  estos  esludios. — 
Antigüedad  de  la  América. — Datos  conocidos  en  el  Brasil. — La  opinión  de 
Lyell. — El  cráneo  de  Nueva  Orleans. —Unidad  del  tipo  americano. — Com- 
paración con  otros  pueblos. — Cruzamiento  de  razas. — Monojemismo  i  polije- 
mismo. — Losatnericanos  han  sido  creados  en  América. — Separaciones  i  emi- 
graciones.— Coexistencia  del  hombre  en  América  con  los  grandes  mamíferos 
fósiles. — ¿Vivió  en  Chile  el  hombréenla  época  del  mastodonte?  — Hechos 
que  demuestran  la  antigüedad  de  los  aboríjenes  de  Chile. — Hachas  de  piedla. 
— Cómo  fabricaban  estos  instrumentos  los  mejicanos  — Lugares  en  que  í=e 
encuentran  los  instrumentos  de  esta  naturalez.n. — Los  «Kjokkenmódings.» — 
Distintas  clases  de  flechas. — Vasijas  de  la  edad  de  piedra.— Conocimiento  i 
uso  del  fuego. — Hacha  del  diluvio  encontrada  en  Liguay. — Diversas  clases  de 
hachas  que  se  hallan  en  Chile. — Cómo  han  sido  fabricadas. — Hachas  que  usa- 
ban los  toquis. — Raspaderas. — Depósitos  del  Algarrobo. — Restos  indíjenas  de 
Puchoco. — Las  flechas. — Aislamiento  de  algunas  tribus. — Piedras  para  las 
Vedes. — Torteras  da  greda. — Otros  utensilios. — Lo  que  S2  sabe  de  la  edad  de 
la  piedra. — Pintura  que  de  ella  hace  Darwin. 

«Acerca  de  los  primitivos  habitantes  de  América,  nada  se  sa- 
be. Su  oríjen  i  comienzo  i  sus  hechos  yacen  sepultados  en  la 
sombra  i  el  silencio, — en  tan  profunda  oscuridad  que  ni  un  rayo 
de  luz  llega  hasta  ellos.  Aún  de  sus  sucesores  i  descendientes 
de  ahora  tres  siglos,  pocas  noticias  tenemos,  i  menos  todavía  de 
sus  artes;  mucho  menos  de  lo  que  debiera  saberse  considerando 
las  oportunidades  que  se  han  presentado  para  obtener  datos. 
Pero  ideas  mejores  se  abren  ya  camino  i  se  llevan  a  cabo  nume- 


52  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

rosos  i  sistemados  esfuerzos  para  restaurar,  hasta  donde  sea  po- 
sible, la  historia  de  los  pueblos  que  han  desaparecido,  o  están  a 
punto  de  desaparecer.^.. 

«¿Pero,  puede  ahora  determinarse  algo  de  naciones  ya  largo 
tiempo  extinguidas  i  de  las  cuales  no  habla  la  historia?  Cierta- 
mente. A  escepcion  de  los  salvajes  que  carecen  hasta  de  un 
nombre,  pocos  pueblos  han  pasado  SDbre  la  tierra  sin  dejar  hue- 
llas de  su  paso  en  alfarería  i  en  algunos  metales,  si  no  en  otra 
cosa.  La  costra  terrestre  está  sembrada  de  tales  restos,  testigos 
irrecusables   de  la. condición  de  los  seres  a  que  pertenecieron.*i> 

Notable  es  la  reacción  que  en  nuestros  dias  se  observa  res- 
pecto a  la  antigüedad  del  hombre  en  América.  Aún  con  relación 
a  los  autores  que  han  pretendido  fundar  sus  cálculos  en  los 
dictados  de  la  historia  i  las  tradiciones,  todos  ellos  están  uná- 
nimes en  afirmar  que  esa  antigüedad  ha  debido  ser  niui  gran- 
de. «Los  que  pretenden  rastrear  el  oríjen  de  la  población  dé 
América  en  las  emigraciones  de  los  tirios,  dice  Jorje  Jones,  re- 
conocen que  ha  debido  tener  lugar  mil  ochocientos  veinticuatro 
años  antes  de  Jesucristo; '  esa  antijjüedad,  dice  otro  escritor,  es 
tal  que  precede  a  las  primeras  emigraciones  de  los  Arios  en  Eu- 
ropa: en  consecuencia,  el  hombre  habia  aparecido  en  America 
muchos  miles  de  años  antes  de  su  descubrimiento  por  los  euro- 
peos.^» 

Pero,  apartándonos  de  estos  testimonios  que  hoi  dia  casi  care- 
cen de  importancia,  para  concretamos  a  lo  que  nos  enseñan  las 
ciencias  naturales,  de  resultados  mucho  mas  positivos,  el  mismo 
autor  que  acabamos  de  citar  dice,  que,  con  escepcion  de  los  Incas, 
la  gran  familia  sud-americana  habia  alcanzado  al  período  prehis- 
tórico llamado  de  la  piedra  pulimentada,  de  acuerdo  en  esto  con 
Liáis,  que,  fundado  en  el  examen  de  algunos  vestijios  de  industria 

1.  T.  Ewbank,  The  C\  5.  ttai^ai  astronomical cxpedüion^  t.  2,  p.  iii. 

2.  /</-.  id, 

3.  An  ori^'nal  histot y  of  tmcicfU  America,  London.  1843,  segunda  edición, 
páj.  403. 

4.  Ret'ista  do  Instituto  histórico  do  Brtisil,  en  un  artículo  publicado  por  José 
Vicira  Contó  de  Magalliaes,  en  la  j^j.  3Q3  del  tomo  XXXVI. 


CAP.    V. — ^^LA    EDAD    DE    PIEDRA  53 

humana  encontrados  en  el  Brasil,  los  considera  evidentemente 
cuaternarios;  pero,  debiendo  agregarse,  dice,  todo  el  tiempo  que 
ha  debido  trascurrir  para  que  los  hombres  llegasen  a  ese  grado 
de  adelanto.* 

«El  establecimiento  de  la  humanidad  en  América,  añade  por 
su  parte  el  gran  jeólogo  inglés  Lyell,  a  pesar  de  ser  un  hecho  re- 
lativamente reciente,  puede  remontarse  hasta  el  período  paleo- 
lítico de  la  Europa  oriental.    Algunas  de  las  últimas  transforma- 
ciones del  valle   del   Mississippi  i  sus  tributarios,  pudieron  tener 
lugar  cuando  ya  era  posible  sepultar  restos  humanos  i  huesos  de 
algunas  de  las  especies  de   animales  estinguidos;  i  al  través  del 
período  de   esas   mudanzas  jeográficas,  la  cadena  de  los  Andes 
podía  estar  ya  prolongada  desde   el   Canadá  hasta  la  Patagonia, 
facilitando  así  el  desenvolvimiento  de  una  sala  raza,  de  una  a  otra 
estremidad  del  Continente.*^»  Con  referencia  a  la  opinión  emitida 
por   este  sabio  de   que  pudo  ser  practicable   de   que  en  aquella 
época  se  conservasen  ya  restos  humanos  en  la  hoya  del  Mississippi, 
tenemos  un  hecho  concreto  que  la  funda  completamente.  «En  el 
mundo  que  llamamos  nuevo,  porque  solo  lo  conocemos  de  ayer, 
dice  W.  Usher,  la  conservación    del   tipo  humano  ha  sido  mui 
durable.  Haciendo  unas   escavaciones  para  cañerías  de  gas  en 
Nueva  Orleans,  se  han  encontrado,  bajo  la  tierra  vejetal  actual, 
cuatro  capas  diferentes,  que  encierran  los  restos  sobrepuestos  de 
cuatro  florestas  de  cipreses  jigantescos,   sucesivamente  enterra- 
dos bajo  los  aluviones  del  Mississippi.  En  la  capa  inferior,  bajo 
un  ciprés,  situado  a  dieziseis  pies  de  profundidad,  al  lado  de  va- 
rios fragmentos  de  carbón  vejetal,  yacia  un  cráneo  humano  bien 
conservado,  que  presentaba  el  tipo  actual  de  la  raza  indíjena  de 
la  América  setentrional.*^» 

«Se  ha  discutido  sobre  el  grado  de  antigüedad  de  este  cráneo, 
evidentemente  contemporáneo  de  la  floresta  inferior  con  la  cual 


5.  Climas^  /reolo:^iay  etc.  do  Brasil,  páj.  240. 

6.  Pt'inciples  of  geoloíry,  t.  iP,  páj.  479,  1872. 

7.  Geology  and ptdcontology  in  connection  with  human  origins,  en  la  obra  Types 
€)f  Mankind,  Philadelphia,  1857,  páj.  338, 


54  LOS    ABORIJENES    DE    CHILE 

estaba  enterrado.  Estudiando  la  capa  vejetal  actual,  que  soporta 
cipreses  vivos  tan  antiguos  como  la  gran  pirámide  de  Ejipto  (la 
edad  de  cualquiera  de  estas  especies  es  de  cerca  de  cinco  mil 
setecientos  años),  se  ha  calculado  en  un  mínimum  de  catorce  rail 
años  la  edad  de  esta  capa  moderna;  pero,  suponiendo  que  las 
tres  capas  siguientes,  donde  descansan  cipreses  igualmente  cor- 
pulentos, correspondan  a  períodos  de  una  duración  idéntica,  se 
ha  dicho  que  la  capa  inferior,  aquella  donde  yacia  el  cráneo  hu- 
mano, habia  desaparecido  bajo  los  aluviones  del  rio  desde  hace, 
mas  o  menos,  cincuenta  i  siete  mil  años.  Sin  duda  que  estos  cál- 
culos no  tienen  nada  de  positivo;  quizá,  no  sin  motivo,  se  les  ha 
tachado  de  exajerados;  pero,  cualquiera  que  sea  la  oposición  que 
a  este  respecto  se  ha  formado,  no  ha  podido  hacerse  bajar  de  quin- 
ce mil  años  la  antigiVedad  del  cráneo  americano,  que  presentaba 
ya  en  esa  época  profundamente  remota,  el  tipo  bien  caracterizado 
de  los  actuales  pieles  rojas.^D 

Baste  a  nuestro  objeto  dejar  establecido  de  una  manera  jene- 
ral  la  antigüedad  que  al  hombre  se  atribuye  en  América,  i  que, 
como  se  verá,  se  presenta  corroborada  por  otras  circunstancias. 
De  las  citas  anteriores  aparece  también  indicada  la  cuestión  de  si 
ha  habido  en  América  un  tipo  humano  único,  o  si,  por  el  con- 
trario, ha  sido  múltiple. 

dComo  es  bien  sabido,  el  doctor  Morton  era  de  opinión, — i  no 
hai  nadie  cuya  opinión  sea  de  mas  peso, — que  no  habia  sino  un 
solo  tipo  de  cráneo  americano,  esceptuando,  por  cierto,  a  los 
esquimales,  i  que  era  de  una  forma  braquicéfala  fuertemente 
acentuada.  Según  aquel  sabio,  el  cráneo  indio  es  de  una  forma 
notablemente  redondeada.  La  porción  occipital  es  aplanada  en 
la  dirección  de  arriba,  i  el  diámetro  trasversal,  medido  entre  los 
huesos  parietales,  es  considerablemente  ancho,  excediendo  a  me- 
nudo la  línea  lonjitudinal.  El  frontal  es  bajo,  inclinado  hacia 
atrás  i  rara  vez  arqueado,   circunstancia  que  es  considerada  por 


8.  Paul  Broca,  Memoires  de  Anthrr,¡>olo<rie^  Paris,  1871,  páj.  248. 


CAP.    V. — LA    EDAD    DE    PIEDRA  55 

Hnmboldt,  Lund  i  otros  naturalistas  como   característica  de  la 
raza  americana. 

...«Por  mi  parte,  haré  notar  simplemente,  hasta  donde  alcan- 
zan mis  propias  observaciones,  que  todo  concurre  a  creer  que  el 
tipo  braquicéfalo  prevalece  entre  todas  las   tribus  indíjenas,  sin 
escepcion,  en  las  rejiones  de   la  costa  de  Norte  i  Sud-América, 
— desde  Nootka  Sound  hasta  la  costa  de  Patagonia. — Con  rela- 
ción al  tipo  dolicocéfalo  del   cráneo   americano,   participo  de  la 
opinión  del  profesor  Wilson,  que  ha  debido  prevalecer  en  la  re- 
jion  oriental  de  América,   desde  el   Canadá  hasta   la  Tierra  del 
Fuego,    cuestión   hábilmente  tratada  por  Blake  i  otros,  según 
los  cuales  no  solo  se  encuentran  dos  distintas  formas  de  cráneos 
en  los  antiguos  cementerios — redondeado  uno,  alargado  el  otro 
— sino  que  también,  hasta  el  dia  de   hoi,   se  notan  dos  distintos 
tipos  de  cráneos  entre  las  poblaciones  americanas.^ju 

Comparando  este  cráneo  i  los  demás  caracteres  de  raza  con 
los  de  los  otros  pueblos  del  orbe,  se  ve  que  (cel  americano  se 
aproxima  en  su  conjunto  al  tipo  de  las  razas  amarillas  por  varias 
circunstancias  de  primer  orden:  su  rostro  i  su  nariz  algunas  veces 
aplanados,  el  color  del  cutis,  la  naturaleza  de  sus  cabelloá^,  el  co- 
lor de  sus  ojos,  el  poco  desarrollo  i  la  rudeza  de  su  sistema  cabe- 
lludo..., el  aplanamiento  del  occipucio,  que  se  encuentra  igual- 
mente en  algunas  razas  africanas.  Pero  también  presenta  dife- 
rencias serias,  como  su  nariz  prominente,  convexa  i  relativamen- 
te delgada,  su  talla  de  ordinario  elevada,  su  cavidad  central  poco 
capaz  i  su  prognatismo  débil.  Estos  son  caracteres  de  razas  cru- 
zadas, siendo  uno  de  los  elementos  francamente  asiático,  i  el 
otro  completamente  peculiar,  dolicocéfalo,  etc.  La  descripción 
que  precede  se  aplica  especialmente  a  los  indíjenas  de  la  Amé- 
rica del  norte,  pero  difiere  mui  po¿o  el  subtipo  tolteca,  perua- 
no  i  araucano.  x> 

Hablando  especialmente  este  mismo  autor  de  los  cráneos  de 


9.  Hutchinson,  Two  ycars  vi  Perú,  t.  2.^  páj.  317. 

10.  Topinard,  Lanthiopologic,  páj.  496,  Paris,  1877. 


56  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

patagones  encontrados  en  los  «paraderos»  prehistóricos,  sostie- 
ne que  en  esa  remota  época  las  razas  de  Patagouia  eran  ya  múl- 
tiples. ^La  semejanza  del  cráneo  patagón  con  el  del  esquimal, 
añade,  abre  horizontes  singulares.  ¿Acaso  formarían  los  tehuel- 
ches  el  elemento  dolicocéfalo  autóctono  de  América,  que  por  su 
cruzamiento  con  una  raza  del  Asia,  hubiera  dado  oríjen  al  tipo 
americano  austral:^*» 

De  aquí  nacen  para  el  estudio  del  tipo  americano  dos  puntos 
de  vista  mui  diversos,  pues  «si  los  grupos  humanos  han  apareci- 
do con  todos  sus  caracteres  distintivos  aisladamente  i  sobre  las 
diversas  localidades  donde  nos  los  muestra  la  jeografía,  consti- 
tuyendo otras  tantas  especies  aparte,  su  estudio  es  de  los  mas 
sencillos  i  no  presenta  mas  dificultades  que  el  de  las  especies  ani- 
males o  vejetales.  La  diversidad  de  grupos  se  ofrece  aún  así 
como  mui  natural.  Basta  examinarlos  i  describirlos  unos  después 
de  otros,  precisando  su  grado  de  afinidad.  Cuando  mas,  hai  que 
determinar  sus  límites  e  investigar  la  influencia  que  los  grupos 
jeográficamente  aproximados  han  podido  ejercer  los  unos  sobre 
los  otros. 

«Si,  por  el  contrario,  estos  grupos  remontan  todos  a  una  fuen- 
te primitiva  común,  si  no  existe  mas  que  una  sola  especie  de 
hombres,  las  diferencias  a  veces  tan  marcadas  que  separan  los 
grupos,  nos  imponen  un  problema  análogo  al  de  nuestras  razas 
vejetales  i  animales.  Ademas,  se  encuentran  hombres  sobre  to- 
dos los  puntos  del  globo,  i  es  preciso  darse  cuenta  de  esta  dis- 
persión: es  preciso  investigar  cómo  la  misma  especie  ha  podida 
amoldarse  a  condiciones  de  existencia  tan  opuestas  como  las 
que  implican  la  residencia  bajo  el  polo  i  el  Ecuador.  En  una 
palabra,  la  simple  afinidad  á^  los  naturalistas  se  trasforma  en 
parentesco,  i  los  problemas  de  filiación  vienen  a  añadirse  a  los 
de  variación,  de  emigración  i  de  aclimatación. 

II.  Id.,  páj.  499.  Véase  a  este  respecto,  un  artículo  del  célebre  viajero  inglés 
Musters  sobre  las  razas  ile  Patagouia,  publicado  en  el  tomo  1  de  las  Memorias 
del  Instituto  antropolóricn  de  ly'mdres,  i  a  Moreno,  Des  cimeticres  et paraderos 
de Patiígouie,  Reine anthr,^  t.  3**,  Ii574. 


CAP.    V. LA    EDAD    DE    PIEDRA  57 

<tAsí,  se  ve,  que  independientemente  de  toda  consideración  re- 
lijiosa,  filosófica  o  social,  la  ciencia  es  absolutamente  diferente, 
según  que  se  la  considere  bajo  el  punto  de  vista  polijenista,  o 
según  los  dictados  del  monojenismo.'*» 

Este  problema  jeneral  que  el  sabio  francés  ha  planteado  res- 
pecto de  la  raza  humana,  no  ha  faltado  quien  trate  de  resolverlo 
en  lo  que  se  refiere  a  América.  Ya  se  sabe  que  Agassiz,  entre  los 
diversos  centros  de  creación  que  imajinaba  habian  existido  en 
la  tierra,  colocaba  uno  en  Snd-América,  idea  que  a  muchos  ha 
parecido  poco  verosímil  pero  que  hoi  cuenta  con  no  pocos  par- 
tidarios. En  un  libro  publicado  recientemente  en  Paris,  se  lee 
lo  siguiente:  (cSi  hai  una  cuestión  que  haya  dado  márjen  a  los 
mas  imajinarios  sistemas,  a  las  mas  aventuradas  teorías,  a  las 
aserciones  mas  atrevidas  es,  sin  duda  alguna,  la  del  oríjen  de  los 
americanos.  Cuando  se  les  reconoció  definitivamente,  el  nuevo 
continente  i  sus  poblaciones  escitaron  la  imajinacion  ardiente  de 
una  muchedumbre  de  etnolojistas,  tan  presuntuosos  como  mal 
informados.  I  lo  que  hai  de  notable  es  que  ninguno  de  ellos  tu- 
vo el  elemental  buen  sentido  de  preguntarse  si  los  americanos 
no  eran  buenamente  oriundos  de  América.  La  antigua  creencia 
del  nacimiento  único  e  histc^rico  del  hombre  dominaba  todas  las 
hipótesis  i  dirijia  todas  laS  investigaciones.  Así,  éste  nos  dice  que 
los  jndíjenas  del  Nuevo  Mundo  habian  tenido  por  antecesores 
a  las  diez  tribus  de  Israel;  aquél,  que  los  fenicios  habian  coloni- 
zado la  América;  otros,  que  es  necesario  buscar  la  cuna  de  los 
americanos  en  el  Asia  oriental,  entre  los  japoneses,  los  chinos, 
los  mongoles  i  los  malayos... 

«Para  nosotros  i  hasta  prueba  en  contrario,  procederemos  con 
juicio  considerando  a  los  americanos  como  verdaderos  aboríje- 
nes,  no  buscando  el  mediodía  a  las  dos  de  la  tarde,  esto  es,  su 
oríjen  en  otra  parte  que  en  el  vasto  continente  donde  han  sido 
hallados.^jD  «Yo  creo,  agrega  Catlin,  que  los  habitantes  de  Amé- 

12.  A.  de  Qiiatrefages,  Vcspcce  humaine,  Paris,   1877,  pAj.  23. 

13.  Girard  de  Rialle,  Les  peiiples  de  PA/rique  et  de  f  Amengüe^  páj.  95.  Pa- 
ris, 1882. 

10 


6o  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

modo  de  ver,  a  la  época  de  los  aluviones  modernos  o  al  período 
post-glacial...  Estos  siglos  antehistóricos  los  coordiqo  al  período 
post-glacial,  nombrándole  así  para  probar  su  contemporaneidad 
con  la  época  europea  del  mismo  nombre,  sin  tener  hasta  ahora 
testimonios  seguros  de  verdaderas  circunstancias  glaciales  en  el 
país,  i  que  en  esa  época  haya  vivido  el  hombre  en  sociedad  con 
los  mamíferos  nombrados.^^)> 

L:x  circunstancia  espresada  por  el  eminente  paleontólogo,  de 
que  los  huesos  encontrados  en  conexión  con  los  de  los  grandes 
mann'feros  fósiles,  en  nada  se  diferencian  de  los  de  la  raza  ante- 
rior a  la  conquista  española,  i  que  pretende  presentar  como  desi- 
favorable  a  la  coetaneidad  del  hombre  con  los  animales  va  estin- 
guidos,  no  creemos  que  sea  de  gran  peso,  pues,  como  ya  hemos 
visto,  en  Estados  Unidos,  la  conservación  del  tipo  ha  asumido 
las  proporciones  de  una  inmensa  duración,  i  no  vemos  por  qné 
en  la  América  del  Sur  no  haya  podido  acontecer  lo  mismo. 

Mas,  concretándonos  a  Chile,  ¿coexistió  aquí  el  hombre  con 
el  mastodonte? 

Los  huesos  de  este  animal  se  han  encontrado  en  el  país  desde 
Mapocho  hasta  Osorno,  en  todas  localidades.  No  lejos  de  San- 
tiago se  ha  hallado  una  muela  como  a  dos  metros  de  profun- 
didad, en  un  terreno  de  cascajo.  Como  es  sabido,  el  cascajo  re- 
conoce diversos  oríjenes  de  formación,  sin  que  en  caso  alguno 
sea  posible  determinar  su  edad,  necesitando  a  veces  largo  espa- 
cio para  acumularse,  i  otras,  por  el  contrario,  en  que  se  producen 
enormes  capas  en  poco  tiempo.  Su  formación  parece  que  aún 
continúa  entre  nosotros,  debida  principalmente  quizás  a  acciones 
volcánicas,  como  se  deduce  del  hecho  de  haberse  hallado  con- 
glomerados, mezclados  con  piedra  pómez,  ocasionando  verdaderas 
islas  en  el  terreno,  según  se  ve  en  Pudagüél,  en  el  llano  de  Mai- 
po,  etc.  Puede  asegurarse  también  que  esa  acción  no  ha  sido  la 
única  que  ha  producido  este  efecto,  sino  que  ha  concurrido  una 
segunda,  necesaria  para  dar  a  los  guijarros  su  forma  redondeada. 

19.  £01  caballos  fúsiles  de  la  Pampa  Arjcntina^  Buenos  Aires,  1875,  páj.  2- 


62  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

cualquiera  estación  del  año  con  el  inmediato  valle  del  rio  de 
Taguatagua,  mientras  que  en  la  otra  se  hallaban  detenidas  por 
una  especie  de  represa  natural,  formada  de  rocas  duras  resisten- 
tes, de  poca  anchura  i  elevadas  como  de  veinte  a  treinta  i  nueve 
metros  sobre  la  parte  mas  aproximada  al  mencionado  valle.  En 
esta  parte  no  hallaban  salida  estas  aguas  sino  por  un  estrecho 
canal  abierto  en  medio  de  la  roca  i  solamente  en  tiempo  de  cre- 
ces i  de  grandes  lluvias  i  aguaceros  corrían  en  mayor  abun- 
dancia. 

«En  este  mismo  portezuelo,  en  la  parte  mas  baja  i  mas  angos- 
ta de  la  natural  represa,  escojió  el  injeniero  encargado  de  la  de- 
secación de  la  laguna  el  lugar  apropósito  para  su  desagüe,  i  para 
esto  tuvo  que  abrir  i  ahondar  un  gran  tajo  o  canal  que  debia 
poner  en  comunicación  el  fondo  de  la  laguna  con  el  valle  inme- 
diato. Mas  de  cuatro  quilómetros  de  largo  tiene  este  canal  de 
desagüe;  la  obra  duró  como  diez  años  i  en  cada  invierno  las 
aguas  que  corrían  por  la  parte  mas  avanzada  del  canal  arrastra- 
ban i  arrojaban  al  valle  las  tierras  i  sedimentos  que  provenían 
de  la  escavacion. 

«En  estas  tierras  i  sedimentos  arrojados  por  el  desagüe  se  ha- 
llaron las  primeras  osamentas,  muelas  i  defensas  de  los  masto- 
dontes, que  llamaron  la  atención  de  los  trabajadores  i  vecinos 
del  lugar.  Terminada  la  obra  quedó  descubierto  en  las  barran- 
cas cortadas  a  pique  de  ambos  lados  del  canal,  todo  el  interior 
del  terreno  de  sedimento,  desde  su  superficie  hasta  la  roca  dura 
que  constituye  el  fondo  de  la  hoya. 

«En  dichas  barrancas  es  donde  se  puede  estudiar  con  mayor 
comodidad  la  composición  del  terreno  que  encierra  en  su  seno 
los  numerosos  esqueletos  de  los  mastodontes;  i  debo  desde  lue- 
go confesar  que  la  primera  inspección  de  dicho  terreno  me  trajo 
a  la  memoria  las  barrancas  de  los  ríos  i  de  los  esteros  de  las 
Pampas  de  Buenos  Aires  que  muchos  años  antes  llamaron  mi 
atención  en  mi  viaje  a  Chile  i  cuyo  terreno  ha  descrito  D'Orbi- 
gny  bajo  el  nombre  de  la  formación  Pampeana  o  de  terreno  de 
arcilla  pampeana. 


64  I-OS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

traída  de  lejos  por  movimientos  rápidos  de  los  rios,  i  en  ninguna 
parte  se  halla  atravesada  por  bancales  de  guijarro  o  de  pie- 
dras redondas,  que  por  lo  común  forman  el  fondo  de  los  torren- 
tes de  la  cordillera.  Este  depósito  de  materias  arcillosas  i  areno- 
sas ha  sido  formado,  según  toda  probabilidad,  por  aguas  turbias, 
poco  ajiladas,  de  mucha  profundidad,  i  por  una  precipitación  de 
sedimentos  terrosos,  precipitación  continua,  no  interrumpida  por 
alternativas  de  estaciones  secas  i  lluviosas. 

«En  fin,  toda  esta  capa  de  sedimento  no  se  halla  cubierta  en 
la  superficie  del  lugar  de  la  antigua  laguna  sino  por  un  manto 
delgado  de  tierra  vejetal  o  por  un  depósito  lacustre,  moderno, 
el  cual,  en  su  mayor  parte,  es  una  especie  de  turba,  mezclada 
con  mas  de  la  mitad  de  su  peso  de  materias  terrosas. 

«Ahora  bien,  no  fué  en  este  depósito  lacustre  moderno^  ni  en 
la  tierra  vejetal,  donde  se  han  hallado  hasta  ahora  las  osamentas 
de  mastodonte,  sino  en  la  mencionada  capa  de  sedimento  arci- 
lloso arenáceo,  de  diez  a  doce  metros  de  grueso,  que  acabo  de 
describir.  El  lugar  donde  he  tenido  la  ocasión  de  ver  i  exami- 
nar el  lecho  mismo  de  esos  fósiles,  se  halla  a  unos  setecientos  a 
ochocientos  metros  de  distancia  del  borde  de  la  antigua  laguna, 
en  la  parte  inferior  del  sedimento  i  a  unos  dos  a  tres  metros  de 
altura  sobre  la  roca  en  que  esta  capa  de  sedimento  descansa. 

«A  esta  hondura  también,  si  es  de  creer  a  las  noticias  i  testi- 
monios que  he  podido  recojer  entre  los  habitantes  vecinos,  se 
han  sacado  todas  las  muelas  i  huesos  de  mastodonte,  ya  sea  du- 
rante las  operaciones  del  desagüe  ya  posteriormente  a  ella. 

«A  pesar  de  que  hasta  ahora  no  se  ha  encontrado  en  esta  lo- 
calidad esqueletos  completos  de  animales,  he  visto  sin  embargo^ 
i  he  hallado  en  mi  esploracion,  costillas,  vértebras  i  varias  otras 
partes  de  osamentas  pertenecientes  a  un  mismo  esqueleto,  en  un 
mismo  lugar,  i  en  posición  natural  unas  con  respecto  a  las  otras. 
Las  costillas  estaban  tendidas  casi  horizontalmente,  arqueadas, 
i  tocaban  con  sus  estremidades  a  las  vértebras,  mientras  que  los 
mas  gruesos  trozos  de  los  fémures  i  tibias  o  canillas  del  animal, 
se  hallaban  un  poco  mas  abajo.   Los  demás  huesos  no  aparecen 


CAP.    V. — LA    EDAD    DE    PIEDRA  65 

"íracturados  O  quebrados,  i  las  partes,  aún  las  mas  delgadas  de 
algunas  costillas,  se  ven  enteras  mientras  están  envueltas  en  la 
materia  arcillosa  que  las  embute;  pero,  desgraciadamente,  al  sa- 
carlas de  este  sedimento,  las  mas  se  parten  i  se  reducen  a  polvo, 
dejando  solamente  astillas  mas  duras  i  mas  gruesas. 

«Hallánse  por  lo  común  mejor  conservadas  las  muelas,  las 
grandes  defensas  (de  las  cuales  las  que  posee  el  Museo  Nacional 
tiene  setenta  i  seis  centímetros  de  largo)  i  algunas  mandíbulas  de 
mastodonte. 

«Juzgando  por  los  fósiles  que  se  han  estraido  de  este  lugar, 
parece  que  pertenecian  a  dos  especies  distintas,  de  las  cuales 
una  debía  ser  del  tamaño  del  elefante  {mastodon  andinum)  i  otra 
de  tamaño  mas  reducido,  aunque  puede  ser  que  la  diferencia 
sea  debida  a  la  de  edades  de  los  individuos.  Con  estos  restos  de 
mastodonte  no  se  hallaron  hasta  ahora  en  Taguatagua,  sino 
cuernos  bastante  bien  conservados  de  una  gran  especie  de  cier- 
vo; pero  no  se  han  descubierto  en  el  mismo  lugar,  en  cuanto 
mis  cortos  conocimientos  en  este  ramo  me  permiten  juzgar, 
huesos  de  animales  carnívoros. 

«Sígnese  de  todo  lo  que  acabo  de  decir  sobre  la  localidad, 
naturaleza  del  terreno,  i  de  los  demás  detalles  relativos  al  vaci- 
miento  de  los  esqueletos  sepultados  en  este  lugar,  que  estos 
ammales  no  fueron  traídos  a  dicho  lugar  de  muí  lejos,  ni  fueron 
acarreados  por  los  grandes  torrentes  o  avenidas  de  las  cordille- 
ras; antes,  por  el  contrario,  parece  indudable  que  dichos  anima- 
les de  la  antigua  fauna  americana  hayan  perecido  en  el  lugar  o 
cerca  de  la  localidad  donde  hoi  día  hallamos  sepultados  sus  res- 
tos- El  hecho  también  de  hallarse  su§  esqueletos  en  la  parte  in- 
ferior de  la  mencionada  capa  de  sedimento  i  en  el  lugar  situado 
cerca  del  borde  de  la  hoya^  parece  indicar  que  dichos  animales 
hayan  perecido  en  los  primeros  tiempos  del  cataclismo  que  dio 
lugar  a  la  formación  de  aquel  inmenso  depósito  i  quizás  en  la 
orilla  de  la  hoya,  al  pié  de  los  cerros  donde  acudían  para  favo- 
recerse. En  fin,  es  evidente  que  este  mismo  sedimento  no  se  ha 
formado  con  las  aguas  muí  ajitadas  i  en  las  corrientes  de  los 


L 


66  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

rios,  sino  en  una  gran  masa  de  aguas  turbias,  poco  ajitadas,  que 
por  largo  tiempo  cubrían  la  tierra,  sin  alternativas  que  hubieran 
podido  ocasionar  las  grandes  avenidas  i  las  sequías. 

«Lo  que  llama  sobre  todo  la  atención  del  jeólogo  en  este  lu- 
gar, es  la  existencia  de  una  hoya  de  sedimento^  situada  casi  al 
pié  de  los  Andes  chilenos,  de  sedimento  que  se  presenta  con  los 
mismos  caracteres  jeolójicos,  i  encierra  fósiles  de  los  mismos 
grandes  animales  paquidermos,  que  la  hoya  mas  estensa  del 
mundo,  la  de  las  pampas  arjentinas,  la  cual,  situada  al  otro  lado 
de  los  Andes,  se  estiende  desde  el  límite  oriental  de  la  cordille- 
ra hasta  el  Atlántico.  En  efecto,  el  mismo  terreno  que  al  otro 
lado  de  la  cordillera  forma  llanuras  de  doscientas  a  trescientas 
leguas  de  estension  i  se  prolonga  hasta  las  orillas  del  Paraná,  de 
Bahia-Blanca  o  del  Rio-Negro,  existe  aquí  formando  hoyas  en 
medio  de  las  masas  de  solevamiento  i  de  las  grandes  dislocacio- 
nes, a  unos  doscientos  cincuenta  metros  de  altura  sobre  el  nivel 
del  mar.*» 

En  Chile,  a  diferencia  de  Europa,  falta  el  terreno  calizo,  que 
ha  orijinadü  esas  cuevas  donde  se  han  conservado  los  huesos  de 
animales,  que  al  mismo  tiempo  que  los  dan  a  conocer  mezclados 
con  restos  humanos,  probando  su  coexistencia  con  el  hombre, 
acusan  transformaciones  jeolójicas  importantes.  Sabemos  que  en 
la  hacienda  llamada  de  la  Cueva,  no  lejos  de  Navidad,  se  en- 
cuentran en  la  gruta  que  le  ha  dado  su  nombre,  restos  humanos, 
pero  esa  es  ya  formación  diversa,  sin  que  pueda  afirmarse  tam- 
poco, ni  menos  comprobarse,  su  oríjen  i  auténtica  antigüedad. 

El  estado  de  los  estudios  de  este  orden  en  el  país,  no  permite 
arribar  de  modo  alguno  a  conclusiones  definitivas;  pero  posee- 
mos dos  o  tres  hechos  que  conviene  relacionar  aquí. 

Don  Francisco  Vidal  Gormaz  encontró  en  las  laderas  del  lado 
noroeste  del  volcan  Calbuco,  en  una  hendidura,  i  embutido  en 
el  terreno,  a  varios  metros  de  profundidad,  un  molino  primitivo,^* 


20.  Anales  de  la  Universidad  de  Chile,  t.  XXXI,  páj.  569. 

21.  Dibujado  en  el  Anuario  Hidro^iifico,  1. 1,  páj.  332. 


CAP.    V. — LA    EDAD    DE    PIEDRA  6/ 

i  en  Liguay,  a  inmediaciones  del  pequeño  pueblo  de  este  nom- 
bre, situado  en  la  provincia  de  Linares,  se  ha  estraido,  a  tres  me- 
tros de  profundidad  bajo  el  cascajo,  una  hacha  de  piedra  de  orí- 
jen  volcánico  i  que  por  su  tipo  i  trabajo  coincide  en  un  todo 
con  las  de  su  especie  halladas  en  Europa  i  que  se  han  referido 
a  la  época  del  diluvio.  La  figura  número  17  reproduce,  de  tama- 
ño natural,  este  interesante  objeto. 

Es  curioso  i  digno  de  notarse  que  en  todas  las  partes  del  mun- 
do esplorado  hasta  ahora,  las  hachas  i  flechas  de  piedra  tengan 
exactamente  la  misma  forma  i  hayan  obedecido  al  mismo  sistema 
de  trabajo:  en  la  India,  en  el  Canadá,^^  en  Europa,  en  África, 
en  las  islas  de  la  Oceanía,  ^  en  Chile.  c(El  hecho  es,  concluye 
Zaborowski,  que  se  ha  constatado  la  existencia  de  estas  hachas, 
en  América,  en  Inglaterra,  en  España,  en  Francia,  en  Italia,  en 
Arjelia,  en  Judea,  en  Siria  i  Ejipto,  i  se  las  encontraria  en  muchos 
otros  lugares  si  se  hicieran  investigaciones.  ¿La  vasta  disemina- 
ción de  este  tipo,  resulta  de  la  estension  misma  de  la  especie,  o 
de  la  raza  humana  primitiva  que  se  servia  de  ellas?  No  podriamos 
decirlo  con  precisión.  I  si  se  considera  que  aún  se  las  encuentra 
en  algunas  partes  de  Australia,  se  siente  uno  nuii  tentado  de  li- 
mitarse a  decir,  por  toda  esplicacion,  que  en  todas  partes  el  hom- 
bre primitivo,  encontrándose  en  una  esfera  de  condiciones  se- 
mejantes, ha  abordado  la  lucha  por  la  existencia  con  idénticos 
medios.»  ^^ 

Si  se  considera,  pues,  la  gran  antigüedad  atribuida  a  la  huma- 
nidad en  América,  a  lo  que  sabemos  de  la  coexistencia  del  hom- 
bre con  los  grandes  animales  ya  extinguidos  en  otras  partes  del 
globo,  i  aún  a  los  hechos  concretos  que,  aunque  por  ahora  mu  i 
cortos,  son  ya  un  indicio  revelador,  si  es  cierto,  como  dice  Lub- 
bock,  de  que  no  poseemos  todavía  pruebas  ciertas  de  la  coexis- 
tencia del  hombre  i  el  mastodonte  en   América,  i  Chile,  por  lo 


22.  Theobald,  Memoirs  ofthe geolo^rical  sun^ey  of  India,  vol.  X,  páj.  2;  Dun 
can  Gibb,    The  Journal  of  the  Anthropological  Institiite,   tom.  1,  páj.  65. 

23.  Joiian,Z^í  lies  du  Pacifique,  páj.  163. 

24.  Lhomme  prchistoriqíie^  páj.  50. 


68  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

menos,  el  ánimo  se  inclina  por  la  afirmativa.  Es  de  esperar  que 
el  tiempo,  con  investigaciones  mas  prolijas  i  numerosas,  venga 
a  decidir  definitivamente  este  punto,  que  el  estado  actual  de  nues- 
tros conocimientos  apenas  nos  permite  señalar  al  estudio  de  los 
observadores. 

Tratando  actualmente  del  estudio  de  la  edad  de  piedra,  segui- 
remos relacionando  lo  que  se  sabs  respecto  del  uso  de  estas 
hachas  en  otras  partes  de  América,  para  ocuparnos  en  seguida 
con  especialidad  de  las  de  Chile,  i  fundar  en  las  deducciones  que 
de  estos  antecedentes  i  otros  particulares  referentes  a  otro  or- 
den de  objetos  podamos  reunir,  para  dar  a  conocer,  en  cuanto 
nos  sea  posible,  el  estado  de  adelanto,  las  artes  e  industria  de 
nuestros  aboríjenes  de  aquella  época  lejana. 

Los  caribes,  en  los  dias  de  la  conquista  española,  «ignoraban  ab- 
solutamente el  uso  de  los  metales,  dice  Girard  de  Rialle,  pero,  en 
cambio,  sabian  tallar  i  pulir  admirablemente  las  piedras  mas  du- 
ras, de  las  cuales  hacian  hachas,  cuchillos,  puntas  de  harpon,  de 
lanza  i  de  flecha.  Aún  esculpían  pequeños  ídolos  de  formas  hu- 
manas o  animales.)/'*  Los  mejicanos  usaban  también  de  estas  ha- 
chas, i  Torquemada,  a  quien  debemos  la  noticia,  trae  acerca  de 
la  manera  cómo  se  fabricaban  los  siguientes  interesantes  de- 
talles. 

«Oficiales  tenían  i  tienen  de  hacer  navajas  de  una  cierta  piedra 
negra,  o  pedernal,  que  verlas  sacar  de  la  piedra  es  cosa  de  grande 
maravilla  i  digna  de  mucha  admiración,  i  de  ser  alabado  el  injenio 
que  inventó  esta  arte.  Rácense  i  sácanse  de  la  piedra  (si  se  puede 
dar  bien  a  entender)  de  esta  manera.  Siéntase  en  el  suelo  un  indio 
de  estos  oficiales  i  toma  un  pedazo  de  aquella  piedra  negra  (que 
es  así  como  azabache,  i  dura,  como  pedernal,  i  es  piedra  que  se 
puede  llamar  preciosa,  mas  hermosa  i  reluciente  que  alabastro, 
i  jaspe,  tanto  que  de  ella  se  hacen  aros  i  espejos):  este  pedazo, 
que  toman,  es  de  un  palmo  de  largo  o  poco  mas,  i  de  grueso 
como  la  pierna,  o  poco  menos,  rollizo;  tienen  un  palo  del  grue- 

25.  Lespeuples  de  VAfrique  et  de  V Amcrique^  páj.  1 1 7. 


CAP.    V. — LA    EDAD    DE    PIEDRA  69 

SO  de  una  lanza,  i  largo  como  tres  codos,  o  poco  mas;  al  princi- 
pio de  este  palo  ponen  mui  pegado,  i  bien  atado,  otro  trozuelo, 
de  un  palmo  (para  que  pese  mas  aquella  parte);  luego  juntan 
ambas  los  pies  descalzos,  i  con  ellos  aprietan  la  piedra  como  si 
fuese  con  tenaza,  o  tornillo  de  banco  de  carpintero,  i  toman  el 
palo  con  ambas  a  dos  manos,  que  también  es  llano  i  tajado,  i 
pónenlo  a  besar  con  el  canto  de  la  frente  de  la  piedra,  que  tam- 
bién es  llana  i  tajada  por  aquella  parte,  i  entonces  aprietan  hacia 
el  pecho  i  con  la  fuerza  que  hacen,  salta  de  la  piedra  una  navaja 
con  su  punta  i  filos  de  ambas  partes,  como  si  de  un  navo  o  rábano 
la  quisiesen  formar,  con  un  cuchillo  mui  agudo,  o  como  si  la  for- 
masen de  hierro  al  fuego,  i  después  en  la  muela  la  aguzasen  i  últi- 
mamente le  diesen  mui  delgados  filos  en  las  piedras  de  afilar,  i 
sacan  estos  oficiales  en  un  mui  breve  espacio  de  estas  piedras, 
por  la  manera  dicha,  mas  de  veinte  navajas.  Salen  de  la  misma 
forma,  que  son  las  que  usan  nuestros  barberos  para  sangrar, 
salvo  que  tienen  un  lomillo  por  medio,  i  hacia  las  puntas  salen 
algo  combadas,  con  mucha  graciosidad;  cortan  i  rapan  el  cabe- 
llo de  la  primera  vez  i  con  el  primer  tajo  poco  menos  que  una 
navaja  acerada,  pero  al  segundo  corte  pierden  los  filos  i  luego 
es  menester  otra  i  otra  para  acabar  de  rapar  la  barba  o  el  cabe- 
llo, aunque  a  la  verdad  son  baratas,  i  así  no  se  siente  gastarlas. 
Muchas  veces  se  han  afeitado  muchos  españoles  seglares  i  reli- 
jiosos  con  ellas,  en  especial  al  principio  de  la  población  de  estos 
reinos,  cuando  no  abundaba  la  tierra  de  los  instrumentos  nece- 
sarios, i  oficiales  que  acuden  hoi  a  ello  de  que  viven  i  con  que 
se  sustentan.  Pero  concluyo  con  decir  que  verlas  sacar  es  cosa 
digna  de  admiración  i  no  pequeño  argumento  de  la  viveza  de 
los  injenios  de  los  hombres  que  tal  manera  de  invención  halla- 
ron .'^^ 

Los  mejicanos,  añade  el  padre  García,  ausaban  en  lugar  de 
cuchillos  de  unas  piedras  mui  agudas,  que  para  el  primer  filo  no 
hacen  falta  las   navajas,  i  hoi  dia  las  usan...  I  de  estas  piedras  a 

26.  Monarquía  indiana^  t.  2.®,  páj.  489. 


70  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

manera  de  hachiielas  i  otras  de  valor  i  estima  que  toman  esa'for- 
ma,  como  son  de  lujada  i  de  ríñones,  yo  las  he  visto  i  tenido 

en  mis  manos.^» 

En  muchos  casos  los  trozos  i  guijarros  de  silex  encontrados 
en  la  superficie    del  suelo  servian   para  la   fabricación  de  estos 
instrumentos;  otras  veces  se   entregaban  aquellos   hombres  pri- 
mitivos a  grandes  trabajos  para  procurarse   silex  de  buena  cali- 
dad.*^ 

La  descripción  dada  por  Torquemada  corresponde  mas  bien 
a  la  ((raspadera,D  que  se  halla  en  mucha  abundancia  i  que  se 
supone  ha  debido  servir  a  los  hombres  de  esa  época  para  pre- 
parar las  pieles  de  los  animales  que  cazaban.^ 

En  cuanto  al  destino  que  tuvieran  las  hachas,  «a  nosotros  que 
estamos  acostumbrados  al  uso  de  los  metales,  dice  Lubbock,  nos 
parece  difícil  creer  que  alguien  se  haya  podido  servir  de  tales 
instrumentos;  sabemos,  sin  embargo,  que  muchos  salvajes,  aún 
hoi  dia,  no  poseen  mejores  i  que  con  semejantes  hachas,  ayudán- 
dose ordinariamente  del  fuego,  cortan  grandes  árboles  i  los 
ahuecan  para  hacer  canoas...  Servian,  ademas,  de  armas  de  gue- 
rra, i  esto  no  es  solo  una  probabilidad  a  priori  sino  que  se  prue- 
ba por  el  hecho  de  hallarse  frecuentemente  en  los  sepulcros  de 
los  jefes  al  lado  de  las  dagas  de  bronce  *i>  En  cuanto  al  uso  bé- 
lico para  que  hayan  podido  servir  los  silex  tallados  del  diluvio 
(como  la  hachita  de  Liguay),  se  nota  que  son  armas  ilusorias; 
«pero  es  perfectamente  cierto  que  estos  instrumentos  impotentes 
contra  los  grandes  animales,  servian  para  cortar  en  los  bosques 
armas  sólidas  i  peligrosas.  En  un  principio,  no  se  empleaban  sin 
duda  en  este  uso  sino  simples  fragmentos  {éclats)  de  silex,  mas 
tarde  se  adquirió  habilidad  suficiente  para  dar  a  esos  fragmentos 
formas  todavía  mal  caracterizadas,  pero  que  pueden  ya  recono- 
cerse como  intencionales...   Después,  la  industria  se  regularizó 


27.  Orijcn  de  ¡os  Tndios^  pá¡.  161. 

28.  \A\hhoc\i,  L'hommepréhistQríque^^y  72. 

29.  Zaborowski,  páj.  114. 

30.  Lubbock,  páj.  85. 


CAP,    V. — LA    EDAD    DE    PIEDRA  7I 

mas,  i  continuándose,  según  todas  las  probabilidades,  en  hacer 
un  uso  mui  frecuente  de  algunas  especies  de  cuchillos  forma- 
dos de  simples  trozos  de  silex,  se  comenzó  a  fabricar  hachas 
elípticas,  cortantes  en  toda  su  circunferencia...  Estos  instrumen- 
tos, cuya  fabricación  demandaba  mucho  trabajo,  son  menos  nu- 
merosos que  los  otros,  i  eran  quizás  objetos  de  lujo  destinados 
al  uso  de   los  jefes  o  de  los  principales  personajes  de  la  tribu.^^» 

((Existe  otra  especie  de  hachas  de  piedra,  perforadas  con  un 
agujero  para  recibir  el  mango.  La  naturaleza  misma  del  silex 
impide  servirse  de  esta  materia  para  fabricarlas,  por  lo  cual  son 
estremadamente  raras.  A  pesar  de  todo,  es  posible  taladrar  un 
agujero  en  muchas  especies  de  piedras  duras,  sirviéndose  de  un 
cilindro  de  hueso  o  de  cuerno,  i  de  un  poco  de  arena  i  agua.  Es 
mui  dudoso,  sin  embargo,  que  esta  clase  de  instrumentos  perte- 
nezca verdaderamente  a  la  edad  de  la  piedra. ..^^j) 

Tanto  estos  instrumentos  como  las  puntas  de  flechas  «se  en- 
cuentran frecuentemente  en  la  superficie  del  suelo,  o  quedan  en 
decubierto  merced  a  los  trabajos  agrícolas.  Los  objetos  encon- 
trados así  aislados  tienen,  relativamente,  poco  valor  científico; 
pero  cuando  se  les  halla  reunidos  en  cantidad  considerable,  i, 
sobre  todo,  cuando  aparecen  acompañados  de  otros  restos,  pro- 
yectan una  viva  luz  sobre  las  costumbres  de  esos  lejanos  tiem- 
pos.^D  «Pero  no  solamente  se  descubren  hachas  del  tipo  tallado 
en  los  aluviones  antiguos,  añade  a  este  respecto  Zaborowski,  en 
las  capas  colocadas  en  su  asiento  propio,  donde  han  caido  acci* 
dentahnente,  sino  también  al  aire  libre,  en  los  mismos  lugares 
donde  el  hombre  se  ha  servido  de  ellas;  i  entonces  aparecen 
todas  alteradas  por  la  acción  de  los  ajentes  atmosféricos,  como 
las  otras  enterradas  se  presentan  coloreadas  por  las  capas  de 
arena  i  cascajo  donde  yacian.^D 

Otro  lugar  en  que  se  han  hallado  instrumentos  de  esta  especie 


31.  Broca,  Mémoires  cT anthropologie^  t.  2.®,  páj.  314. 

32.  Lubbock,  páj.  87. 

33.  Id.,  páj.  95. 

34.  Lug.  cit.,  páj.  49. 


72  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

es  en  los  «KjokkenmodingsD  de  los  dinamarqueses  o  amas  co- 
iiers  de  ios  antropólogos  franceses.  Estos  montones  de  las  orillas 
de  las  costas  contienen  grandes  cantidades  de  conchas  mezcla- 
das con  huesos  de  ciertos  animales,  algunos  otros  utensilios  de 
piedra  i  restos  de  alfarería.  Dudóse  al  principio  de  si  estos  mon- 
tículos serian  artificiales;  pero  (cel  descubrimiento  de  groseros 
instrumentos  de  silex  vino  a  confirmar  la  suposición  de  que  no 
eran  ocasionados  por  una  formación  natural;  mas  tarde  aún, 
llegó  a  ser  evidente  que  eran  sitios  de  antiguas  aldeas,  habiendo 
vivido  la  población  primitiva  a  orillas  del  mar  i  alimentádose 
principalmente  de  conchas,  pero  en  parte  también  del  producto 
de  la  caza.^J) 

En  las  costas  del  Brasil  se  han  descubierto,  igualmente,  gran- 
des montones  de  conchas,  mezcladas  con  huesos  humanos  i  uten- 
silios de  piedra,  exactamente  como  en  Escandinavia  i  Dinamarca. 
Parece  que  el  pueblo,  autor  de  estos  depósitos,  fué  numeroso  i 
por  sus  artes  enteramente  semejante  a  los  que  vivieron  en  Euro- 
pa, Asia,  África  i  América  del  norte.  Los  portugueses  hacian  cal 
de  estas  conchas  i  jamás  hablaron  una  palabra  de  los  sitios  i  cir- 
cunstancias en  que  se  hallaban.*^ 

Las  puntas  de  flecha,  de  piedra,  que  son  también  una  de  las 
principales  manifestaciones  de  aquella  edad,  han  sido  clasificadas 
por  Sir  W,  R.  Wilde  en  cinco  distintas  variedades:  la  triangular; 
las  vaciadas  o  escavadas  en  la  base;  las  que  poseen  un  apéndice 
destinado  a  enclavarse  en  el  palo;  las  que  tienen  forma  de  cora- 
zón; i  por  fin,  las  que  semejan  hojas  de  árboles.  «Las  verdaderas 
puntas  de  flecha  tienen  ordinariamente  una  pulgada  de  largo: 
mas  grandes  son  javelinas,  o,  en  fin,  puntas  de  lanza...  Existe 
gran  similitud  entre  estas  armas,  aún  entre  las  que  proceden  de 
las  mas  apartadas  localidades.  Cada  tribu  poseia  quizá  su  forma 
particular  de  flecha,  i  de  ahí  la  multitud  de  modelos;  quizás  tam- 
bién la  punta  diferia  según  el  propósito  a  que  se  la  destinaba. 

35.  Lnbbotk,  páj.  205. 

36.  Carlos  Ruth,  Revista  do  Instituto  histórico  e geographico  brnsiletro^  187 1, 
t.  34,  páj.  287. 


CAP.    V. — LA    EDAD    DE    PIEDRA  '] ^ 

Así,  en  la  América  del  norte,  las  puntas  de  flecha  que  se  usan 
para  el  combate  son  fabricadas  de  tal  manera  que  cuando  se  re- 
tira el  asta,  la  punta  queda  en  la  herida;  para  la  caza,  por  el  con- 
trario, la  punta  sale  junto  con  el  mango.  En  otras  tribus  se  em- 
plea en  la  caza,  flechas  que  terminan  en  forma  de  lanza,  i  en  la 
guerra  puntas  dentadas.'*"» 

«Las  vasijas  de  la  edad  de  piedra  son  mui  toscas,  i  no  se  en- 
cuentran de  ordinario  sino  en  fragmentos.  Nada  prueba  que  el 
torno  fuese  entonces  conocido.  El  cocimiento  es  niiii  imperfecto 
i  probablemente  se  verificaba  en  el  fuego,  a  todo  aire.  La  foruia 
es  frecuentemente  cilindrica. ..^^))  Otros  piensan  que  el  arte  de  la 
alfarería  no  era  conocido  entonces,  pues,  cuando  mas,  la  canti- 
dad considerable  de  carbón  i  de  ceniza  encontrada  en  sus  estacio- 
nes, prueba  solo  que  cocian  sus  alimentos.  Muchos  de  los  salva- 
jes actuales  que  usan  el  fuego  se  encuentran  en  el  mis::io  caso. 
Podrían  servirse  de  huecos  naturales  o  de  vasijas  de  madera  en 
las  cuales  echaban  piedras  calientes.^*»  Hablando  de  esta  ma- 
teria, dice  Broca:  «admito  que  ha  habido  un  período,  corto  o 
largo,  en  que  fué  desconocido  el  uso  del  fuego,  í  otro  períod  ) 
mui  prolongado,  en  que  el  hombre  sabia  servirse  del  fuego,  pero 
sin  poder  producirlo.^^)) 

La  historia  natural  nos  revela  a  este  respecto  que  cierta  especie 
de  monos  cuando  encuentran  fogatas  de  los  viajeros  en  los  bos- 
ques, se  acercan  a  calentarse,  se  aprovechan  de  lo  que  recono- 
cen como  útil,  pero  sin  que,  a  pesar  de  reconocer  las  ventajas  de 
la  invención,  sepan  producirla  por  su  parte.  Los  primeros  hom- 
bres han  debido  tener  idea  del  fuego  al  ver  la  erupción  de  los  vol- 
canes i  al  notar  el  calor  producido  por  la  fermentación  de  cier- 
tas sustancias  vejetales  en  descomposición.  Los  griegos  pintando 
a  Prometeo  al  escalar  el  cielo  para  robar  la  chispa  que  habia 
-de  servir  a  los  mortales,   i   los  romanos  instituyendo  las  vesta- 


37.  Murray,  Travels  in  North  America  y  vol.  I,  páj.  385. 
38-  Liibbock,  páj.  177. 

39.  Zaborowski,  páj.  114. 

40.  AlémoireSy  t.  II,  páj.  406. 

I  mm 


74  IOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

les,  para  que  conservasen  eternamente  el  fuego  sagrado,  nos  dan 
una  idea  de  los  esfuerzos  que  los  hombres  hicieron  en  los  co- 
mienzos de  su  existencia  para  obtener  uno  de  los  cuatro  elemen- 
tos que  idearon  los  filósofos  antiguos,  i  la  importancia  de  no 
perder  en  seguida  tan  útil  adquisición.  Se  ha  constatado  que  cier- 
tos salvajes  de  la  Oceanía,  donde  quiera  que  vayan,  llevan  siem- 
pre el  fuego  consigo,  entregándose  a  veces  a  largas  peregrina- 
ciones para  reponerlo  cuando  por  acaso  lo  han  perdido. 

Después  de  este  lijero  examen  de  algunas  de  las  particularida- 
des de  la  edad  de  piedra,  especialmente  en  cuanto  se  relaciona 
con  la  América  en  jeneral,  que  nos  ha  parecido  indispensable, 
porque,  como  va  a  verse,  en  Chile  cada  uno  de  estos  principios 
adquiridos  hoi  para  la  ciencia  encuentran  inmediata  aplicación, 
confirmando  una  vez  mas  la  idea  de  que  el  jénero  humano  ha  sido 
en  todas  partes  el  mismo,  i  que,  comenzando  en  la  escala  que  hoi 
se  considera  la  mas  baja  del  nivel  social,  poco  a  poco,  merced  al 
tiempo  i  a  su  intelijencia  ha  ido  realizando  una  a  una  las  con- 
quistas de  la  civilización;  entramos  ya  en  los  detalles. 

De  las  hachas  del  diluvio,  como  vulgarmente  se  llama  a  las 
talladas,  no  tenemos  noticia  de  mas  ejemplar  que  el  dibujado,  de 
tamaño  natural,  bajo  el  número  17,  i  que  se  conserva  en  nuestro 
Museo  nacional. 

Al  lado  de  este  tipo  primitivo  i  bien  caracterizado,  existen,  ade- 
mas, en  Chile,  dos  especies  diversas  de  hachas:  las  que  son  com- 
pletamente pulimentadas  i  las  que  tienen  solo  en  parte  esta  con- 
dición; i  así  como  éstas  establecen  la  transición  entre  las  primeras 
i  las  últimas,  también  en  las  pulimentadas,  se  nota  la  variedad  de 
lasque  están  dotadas  de  una  horadación  en  su  parte  superior.  En 
cuanto  a  su  forma,  las  hai  varias,  ya  que,  ademas  del  tipo  jeneral  i 
conocido,  se  notan  algunas  relativamente  cuadrangulares,  alarga- 
das, mas  o  menos  redondeadas.  Su  estado  de  conservación  es  re- 
lativamente bueno,  i  los  lugares  en  que  se  han  encontrado,  han 
sido,  una  que  otra  vez,  la  superficie  del  suelo,  i  en  la  jeneralidad 
de  los  casos  bajo  la  costa  terrestre,  a  una  profundidad  variable* 
La  mas  pequeña  que  conocemos  es  la  que  aparece  dibujada  de 


CAP.    V. — LA    EDAD    DE    PIEDRA  75 

tamaño  natural,  bajo  el  número  8,  procedente  del  lugar  de  los 
Cuneos  en  Osorno,  i  la  mas  grande,  la  que  representa  muí  abre- 
viada i  solo  en  líneas  la  figura  14,  que  fué  hallada  en  la  isla  de 
Mancera,  bajo  las  raíces  de  un  roble. 

Merece  notarse  entre  estos  instrumentos  chilenos  el  cincel  de 
piedra  que  representa  la  figura  3.  Ha  sido  hecho  de  un  trozo  de 
esquita  micácea,  abundante  en  la  cordillera  central,  i  probable- 
mente el  artista  no  se  ha  dado  mas  trabajo  que  el  pulimento  del 
filo.  Estuvo  verosímilmente  destinada  a  servir  de  cuña  para  ra- 
jar troncos  de  árboles,  habiendo  sido  hallada  en  «Los  Ulmos», 
en  la  provincia  de  Valdivia. 

Actualmente  se  encuentran  todavía  con  alguna  frecuencia  en 
los  cementerios  indíjenas  de  esa  provincia  ejemplares  de  estas 
hachas,  de  tamaños  variables,  pero  que  afectan  de  ordinario  una 
forma  mui  semejante,  como  la  que  representa  l:i  figma  20,  estraida 
de  una  huaca  de  Collico. 

Por  su  forma  merece  una  mención  aparte  la  que  señala  la  fi- 
gura 23,  procedente  de  la  hacienda  de  San  Juan,  en  aquella  pro- 
vincia, pues,  como  se  ve,  tiene  casi  los  mismos  lineamientos  de 
algunos  instrumentos  modernos  de  este  jénero. 

I  ya  que  hablamos  de  localidades,  tocante  a  las  hachas  chile- 
nas, debe  advertirse  que  en  el  norte  son  relativamente  mucho 
mas  escasas  que  en  el  sur.  Poseemos  ejemplares,  ademas  de  los 
señalados  de  Valdivia,  de  la  Araucanía,  (fig.  13),  la  Union, 
(fig.  4),  Llanquihue,  (fig.  6),  Rio  Maullin,  (fig.  14),  Reloncaví, 
(fig.  26),  Chiloé,  (fig.  12),  i,  por  fin,  de  las  islas  de  los  Chonos, 
(figs.  16  i  t8),  i  del  norte,  algunas  de  Freirina,  de  oríjen  perua- 
no, i  mui  pocas  de  las  provincias  centrales,  como  la  que  se  halló 
en  la  hacienda  de  San  Miguel,  cerca  de  Bucalemu  i  que  dibuja- 
mos bajo  el  núm.  5. 

Al  tipo  intermedio  entre  las  talladas  i  las  pulimentadas  per- 
tenece la  que  acabamos  de  indicar  i  la  número  24,  encontrada 
también  no  lejos  de  la  anterior,  i  por  fin,  las  de  los  números  7, 
10  i  12,  todas  de  la  isla  grande  de  Chiloé.  La  relativa  abundan- 
cia de  esta  especie  de  hachuelas,  nos  puede  talvez  inducir  a  creer 


76  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

que  los  habitantes  de  Chiloé  i  de  las  islas  Guaitecas  vivieron  en 
nn  estado  mas  atrasado  que  el  de  las  poblaciones  que  se  esten- 
dian  hacia  el  norte,  a  lo  que  nos  lievaria  no  solo  este  anteceden- 
te arqueolójico,  sino  también  la  naturaleza  del  país,  abundante 
en  Ikivias,  destituido  de  caza  i  sin  mas  recurso  que  las  papas, 
algunos  frutos  silvestres  i  el  marisco.  A  nuestro  modo  de  ver, 
las  hachuelas  de  que  tratamos  han  debido  en  estas  rejiones  estar 
especialmente  destinadas  a  separar  el  marisco  de  las  rocas,  es- 
plicándose  de  esta  manera  el  gran  trabajo  que  los  indíjenas  han 
debido  darse  para  producir  el  filo  en  estos  instrumentos,  sin  mas 
herramientas  que  la  misma  piedra;  pero  se  trataba  de  la  satisfac- 
ción de  una  necesidad  primordial,  del  mantenimiento  de  la  vida, 
i  no  era  posible  ahorrar  sacrificio  alguno  para  procurársela.  Se- 
gún lo  que  refieren  algunos  viajeros  modernos,  es  casi  seguro 
que  el  pulimiento  se  verificaba  refregando  la  piedra  que  habia 
de  convertirse  en  hachuela,  en  algún  peñasco  fijo  i  adecuado 
para  el  objeto,  como  hasta  ahora  se  nota  en  las  islas  de  Fidji, 
donde,  al  mismo  tiempo  que  se  encuentran  de  estas  hachuelas, 
se  ven  en  algunos  cerros  rocas  estriadas  con  ranuras  que  han 
servido  para  amolarlas.*^ 

En  cuanto  a  la  variedad  que  aparece  provista  de  una  horada- 
ción, se  presume,  en  vista  de  las  esperiencias  que  al  efecto  se  han 
realizado,  que  los  indíjenas  han  debido  servirse  para  ese  efecto, 
según  lo  hemos  indicado  antes,  de  un  hueso  o  palo  duro  i  de  un 
poco  de  arena  i  agua,  como  de  una  especie  de  taladro,  si  bien 
lento,  no  por  eso  menos  eficaz. 

Por  lo  que  toca  a  la  variedad  de  las  pulimentadas,  dibujamos 
la  número  21,  de  las  islas  de  Chiloé,  cuya  horadación  es  bastante 
imperfecta;  la  número  22  de  las  islas  Guaitecas,  que  tiene  mucha 
semejanza  con  el  ejemplar  monstruo  de  la  isla  de  Mancera,  i  por 
fin,  la  número  4,  [de  la  Union,  digna  de  llamar  la  atención  por 
su  hermoso  pulimento,  su  forma  elegante,  i  la  perfección  con  que 


41.  Jouan,  Les  ilcs  dit  Pacifique^  páj.  163. 


CAP.    V. — LA    EDAD    DE    PIEDRA  'J'] 

está  hecha  la  horadación,  i  que  es  en  un  todo  análoga  a  la  núme- 
ro 1 1  de  la  isla  de  Huar. 

Como  varios  arqueólogos  lo  han  indicado,  estos  ejemplares 
mas  acabados  eran  en  Chile  de  propiedad  de  los  caciques.  Se  les 
llevaba  colgados  del  cuello  por  medio  de  una  cuerda  i  era  una 
insignia  de  mando  llamada  thoqiii^  de  donde  viene  la  palabra 
moderna  ((toquí.5)  ((En  medio  pusieron  al  soldado  que  trajeeron 
liado  para  el  sacrificio,  i  uno  de  los  capitanejos  cojió  una  lanza 
en  la  mano,  en  cuyo  estremo  estaban  tres  cuchillos  a  modo  de 
tridente,  bien  liados;  i  otro  tenia  un  toqiiCy  que  es  una  insignia 
de  piedra  a  modo  de  una  hacha  astillera,  que  usan  los  rcgucs^  i 
está  en  poder  siempre  del  mas  principal  cacique,  a  quien  llaman 
toque^  que  es  mas  que  cacique  en  su  parcialidad,  que,  como  que- 
da dicho  es  lo  que  llaman  regiie}^y> 

Por  mas  detalles  sobre  estos  particulares  nos  referimos  a  la 
esplicacion  de  las  láminas,  que  va  al  fin  del  testo. 

Con  el  número  58  hemos  dibujado  de  tamaño  natural  una  ras- 
padera  estraida  por  nosotros  de  un  antiguo  sepulcro  indíjena 
de  la  hacienda  de  la  Patagüilla,  en  la  provincia  de  Curicó.  A 
pesar  de  que  sabemos  que  utensilios  de  esta  naturaleza  han  de- 
bido ser  comunes  en  la  edad  que  estudiamos,  actualmente  son 
mui  escasos,  debido  principalmente  a  su  aparente  insignificancia 
que  los  ha  hecho  despreciar  por  los  descubridores,  i  a  que,  ha- 
biéndose hallado  el  país  cuando  lo  invadieron  los  españoles  en 
un  estado  de  mucho  mas  adelanto  que  el  que  implica  el  utensi- 
ho  de  que  tratamos,  en  esa  fecha  debieron  ser  ya  también  esca- 
sos. Las  otras  piezas  encontradas  en  la  misma  sepultura,  de  que 
en  otro  lugar  hablaremos,  implican  realmente  respecto  de  sus 
poseedores  un  atraso  inaudito  para  el  que  no  haya  estudiado  un 
poco  las  costumbres  de  los  pueblos  primitivos. 

Las  flechas  que  podemos  relacionar  a  la  edad  primera  de  la 
piedra  en  Chile,  son  por  los  mismos  motivos  ya  espuestos,  igual- 
mente difíciles  de  procurarse   hoi.  Sin   embargo,   podemos  con 

42.  Base  uñan,  Cautiverio  feliz  ^  páj.  40. 


i 


78  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

fundamento  señalar  como  de  esa  especie  algunas  procedentes  de 
Piichoco,    que  se  dibujan  bajo  los  números  60-64. 

Como  hemos  tenidoocasion  de  significarlo,  los  hombres  de  la 
edad  de  piedra  buscaban  con  preferencia  la  orilla  del  mar  para  sus 
viviendas.  Tenian  de  esa   manera  un   elemento  mas  de  vida  con 
los  recursos  de  alimentación  que  el  mar  en  su   abundancia  podia 
proporcionarles,  i  un   clima  jeneralmente   mas  benigno  e  igual. 
Este  mismo  fenómeno  puede  constatarse  en  Chile.  Se  han  des- 
cubierto, en  efecto,  los   depósitos  de   conchas,   desperdicios  de 
la  cocina  de  aquellos  pueblos,  (de  donde  les  viene  su  nombre  de 
«Kjókkenmodings,»)  desde  el  Algarrobo  hasta  Puchoco.  En  la 
primera  de  estas  localidades,  los  trabajos  de  la  agricultura  han 
borrado   casi   del   todo  esos  interesantes  restos   de  la  primera 
edad  de  nuestros  aboríjenes,  i  apenas  sihoi  dia  puede  constatar- 
se en  las  vecindades  donde  se   amontonaron,   algunos  restos  de 
tosca  alfarería.  Esto  demostraria,  por  consiguiente,  que  los  auto- 
res de  esos  depósitos  alcanzaban  ya  la  época  neolítica  de  la  pie- 
dra, pues  consta  que  solo  desde  esa   edad    data  la  invención  de 
la  alfarería,  como  la  idea  de  sepultar  los  cadáveres.*^  Bollaert  re- 
fiere que  en  la  hacienda  de  Catapilco,   se  encontró,  en  1850,  un 
antiguo  cementerio  indíjena  que  contenia  muchas  conchas,  las 
que  los  habitantes  posteriores  de  la  localidad,  como  los  portu- 
gueses en  el  Brasil,  quemaban  para  hacer  cal.*^ 

En  Puchoco,  donde  esos  depósitos  parecen  haber  sido  mas 
antiguos,  se  han  extraido  algunos  utensilios  hasta  de  una  profun- 
didad de  seis  metros,  siendo  de  todos  ellos  los  mas  interesantes 
las  puntas  de  flechas  que,  relativamente,  podemos  calificar  de 
abundantes,  aunque  de  un  trabajo  poco  esmerado.  No  creemos, 
sin  embargo,  que  esta  circunstancia  derive  de  falta  de  capacidad 
de  sus  autores  para  producir  una  obra  mas  esmerada,  sino  mas 
bien  del  material  poco  a  propósito  con  que  contaban,  pues  la 


43.  Zaborowski,  páj.  (20.  Como  los  hombres  déla  edad  de  piedra,  los  esqui- 
males no  entierran  sus  muertos,  los  que  de  ordinario,  pasan  a  ser  pasto  de  sus 
perros. 

44.  Researches^  páj.  179. 


CAP.    V. LA    EDAD    DE    PIEDRA  79 

mayoría  de  esos  proyectiles  han  sido  fabricados  de  una  esquita 
arcillosa,  que  han  debido  encontrar  en  el  lugar  mismo. 

De  entre  las  que  hemos  podido  examinar,  se  han  dibujado  las 
cinco  que  presentaban  tipos  mas  caracterizados,  i  que,  como  con 
razón  puede  conjeturarse,  fueron  hechas  obedeciendo  a  propó- 
sitos diversos.  Así,  la  número  63,  es  esencialmente  penetrante, 
pues  la  endentadura  solo  comienza  casi  en  la  mitad  del  cuerpo 
del  proyectil.  La  62  obedece  a  un  principio  análogo  i  se  distin- 
gue especialmente  de  la  anterior,  por  su  forma  i  el  número  de 
sus  dientes,  existiendo  solo  dos  por  cada  costado,  en  lugar  de 
seis  que  tiene  la  otra.  Aunque  en  apariencia  la  64  está  mas  tos- 
camente trabajada,  un  examen  atento,  por  el  contrario,  demues- 
tra que  está  provista  de  dientes  finísimos,  aptos  para  aserrar. 
Conforme  a  la  deducción  de  los  arqueólogos,  debemos,  pues,  in- 
ferir que,  tanto  esta  última  como  la  número  60,  estuvieron  des- 
tinadas a  emplearse  en  la  caza,  i  que  las  restantes  debieron  servir 
con  mas  especialidad  para  los  fines  de  la  guerra. 

A  esta  clase  de  armas  debemos  también  referir  la  que  repre- 
senta el  número  59,  estraida  de  la  misma  sepultura  de  donde  sa- 
camos la  raspadera.  Es  de  una  forma  singular,  i  a  no  tenar  alguna 
práctica  en  el  examen  de  estos  objetos,  cualquiera  diria  que  no 
existe  en  ella  rastro  de  industria  humana.  Hallándose  esos  cemen- 
terios en  la  parte  central  del  país,  no  es  tan  fácil  esplicarse  por- 
que, siendo  de  una  edad  relativamente  moderna,  estaban  los  que 
ahí  fueron  enterrados  en  un  estado  de  relativo  atraso  respecto 
de  otras  tribus  que  vivian  mas  al  norte  i  mas  al  sur;  pero  esta 
dificultad  se  desvanecerá  en  parte  cuando  se  considere  el  aisla- 
miento casi  absoluto  en  que  los  hombres  debieron  vivir  en  aque- 
llos tiempos,  mucho  mas  cuando  la  naturaleza  topográfica  del 
país,  con  sus  pequeños  valles  separados  en  esa  rejion,  les  permitía 
prolongar  su  falta  de  relaciones  de  toda  especie. 

Como  a  la  fecha  de  la  invasión  española  estas  armas  eran  to- 
davía mui  usadas  en  el  país,  dejaremos  para  mas  adelante  la  apre- 
ciación de  los  progresos  que   en  este  orden  habian  hecho  núes- 


8o  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

tros  aboríjenes  i  las  mejoras  que  los  peruanos  introdujeron  con 
sus  conquistas. 

Ha  sido  también  estraido  de  esos  depósitos,  en  las  costas  de 
Puchoco,  el  objeto  dibujado  de  tamaño  natural,  con  el  núm.  94. 
Es  una  piedra  arenisca  que  tiene  dos  escavaciones,  que  forman  una 
cintura  i  que  han  servido  sin  duda  alguna  para  auiarrarla  en  al- 
guna cuerda,  i  cuyo  uso  a  todas  luces  ha  sido  para  emplearla 
de  plomada  en  las  redes.  De  la  <x Punta  de  Teatinos»,  en  Co- 
quimbo, se  ha  sacado  de  una  sepultura  indíjena,  pero  de  época 
posterior,  otro  objetj  que  ha  debido  tener  el  mismo  fin,  una  pie- 
dra  granítica  ovalada,  provista  de  un  agujero  en  una  de  sus  es- 
f'emidades,  tal  como  se  ve,  de  tamaño  natural,  en  la  figura  154. 

Alguna  semejanza  con  la  anterior  tiene  la  que  damos  con  el 
número  gfí,  que  fué  encontrada  en  la  mano  de  un  indio  muerto, 
sesjun  dice  la  levenda  del  Museo  nacional.  Es  mas  o  menos  de 
la  misma  forma  i  tamaño,  pero  sus  bordes  aparecen  rebajados  de 
una  manera  desigual,  como  si  hubiesen  sido  empleados  mas  o 
menos  frecuentemente,  i  en  lugar  de  un  agujero  en  una  de  sus 
estremidades,  tiene  dos,  colocados  hacia  el  centro,  en  dos  diver- 
sos paralelos.  Los  agujeros  no  tienen  sus  bordes  perpendicula- 
res, sino  que,  angostándose,  a  medida  que  profundizan,  forman 
un  cono  truncado.  Estañamos  dispuestos  a  pensar  que  ha  servido 
a  los  alfareros  para  alisar  sus  piezas,  en  vista  de  la  naturaleza  des- 
gastada de  sus  bordes  i  de  sa  propio  tamaño;  pero  ¿poc  qué 
tiene  los  agujeros?  Si  hubiera  sido  para  colgar  el  instrumento, 
habría  bastado  con  uno,  i  en  todo  caso  no  era  lo  natural  para 
este  efecto  situarlos  en  el  centro.  ;Podriamos  deducir  als^una  luz 
del  hecho  de  haberse  encontrado  en  la  mano  de  un  indio  muerto? 
¿Murió  su  dueño  estrechándolo  en  la  mano,  o  le  fué  colocado 
posteriormente  en  ella?  Por  lo  que  sabemos  de  la  mitolojía  grie- 
ga, podria  pens;irse  que  era  el  óbolo  destinado  a  pagar  el  pasaje 
del  barquero  Carón,  a  lo  que  concurriría  la  aserción  que  a  este 
respecto  hacen  Olivares  i  Carvallo,  quienes  aseguran  que  los  in- 
dios chilenos  creían  que  al  pas:\r  a  la  otra  vida,  en  un  paraje  es- 


CAP,    V. — LA    EDAD    DE    PIEDRA  Si 

trecho,  se  situaba  una   vieja  para  cobrar  el   peaje  al  alma  de 
cada  muerto.  ^^ 

Los  anticuarios  del  norte  de  Europa  han  descrito  las  piedras 
ovales  que  han  llamado  «tilhuggersteens»,  que  afectan  la  forma 
de  un  huevo,  mas  o  menos  ahuecadas  sobre  una  o  las  dos  su- 
perficies; pero  los  detalles  que  a  ellas  se  refieren  tienen  mucho 
mas  analojía  con  las  piedras  horadadas,  tan  comunes  en  Chile,  de 
que  se  hablará  mas  adelante,  que  con  el  presente  instrumento. 

De  un   uso  igualmente   desconocido   i   de  una  forma  entera- 
mente orijinal,   es  el  objeto  de  greda  que  representa  el  número 
152,  que  fué  encontrado  en  uno  de  los  pozos  de  que  se  saca  cas- 
cajo para  la  línea  del  ferrocarril  del  sur.   Es  sólido,  i  si  con  al- 
gún utensilio  moderno  puede  compararse,  es  con   una   pequeña 
campana.  El  cocimiento,  si  alguno  hai,  (lo  que  el  tiempo  que  ha 
permanecido  sepultado  i  su  actual  coloración  no  permiten  discer- 
nir con  exactitud),   es  sumamente   imperfecto.  ¿Acaso  quiso  fa- 
bricarse la  mano  de  un  mortero  para  sustancias,  como  la  sal,  por 
ejemplo?  No  sabríamos  decirlo,   pero  lo  que  sí  puede  asegurar- 
se, es , que  todo  concurre   a   creer  que   su   antigüedad  debe   ser 
Considerable. 

Poseemos  también  de  Puchoco  el  pequeño  instrumento  de 
piedra  porfídica,  dibujado  en  su  tamaño  natural  con  el  número 
155.  Tiene  trazas  evidentes  de  haber  sido  pulimentado  por  las 
*  cuatro  caras  que  se  le  ven,  i  en  un  principio  una  de  sus  estremi- 
dades  ha  debido  ser  bastante  aguzada,  mientras  que  la  otra,  aun- 
que también  análoga,  supone  que  ha  sido  hecha  para  ofrecer  mu- 
cha mas  resistencia  i  solidez.  ¿Era  acaso  una  especie  de  buril  para 
grabar  sobre  la  arcilla?  ¿Era  algún  taladro  destinado  a  reempla- 
zar el  hueso  o  la  madera  en  la  perforación  de  los  demás  instru- 
mentos de  piedra?  Aunque  no  podriamos  afirmar  ni  una  ni  otra 
cosa,  de  su  estado  actual  se  deduce,  sin  embargo,  que  ha  sido 
bastante  usado,  ya  que  sus  bordes  i  sus  estremidades  aparecen 
desgastadas. 

45.  Carvallo,  fíisiorindores  de  Chile,  1.  X,  páj.  137. 


82  LOS   ABORÍJENES    DE   CHILE 

De  un  empleo  también  desconocido,  pero  de  la  misma  proce- 
dencia, es  un  instrumento  de  piedra  bastante  parecido  al  que  di- 
bujamos con  el  número  78.  Es  posible  que  haya  servido  como 
de  mano  de  mortero;  i  aunque  esta  suposición  podría  igualmente 
aplicarse  al  número  78,  como  a  los  demás  de  su  especie  que  sue- 
len encontrarse  entre  nosotros,  las  ranuras  que  se  ven  en  dos  de 
los  costados  de  la  estremidad  inferior  (que  es  aplanada,  en  tanto 
que  la  superior  es  redondeada)  i  que  en  rigor  creemos  que  eran 
simples  adornos,  pueden  inducirnos  a  la  idea  de  que  ha  podido 
emplearse  como  insignia  de  mando. 

La  figura  100  representa  de  tamaño  natural  otro  utensilio  de 
Puchoco  que  parece  fué  nuii  común  entre  aquellos  primiti- 
vos habitantes,  pues,  a  escepcion  de  las  flechas,  no  hai  ninguno 
que  sea  mas  abundante.  La  forma  jeueral  es  cuadrangular,  con 
una  de  sus  estiemidades  terminada  en  una  punta  mas  o  menos 
afilada  i  provista  de  dientes  en  sus  cuatro  bordes,  aunque  seria 
mas  propio  decir  que  semeja  algo  como  la  espiga  de  uno  de 
nuestros  modernos  barrenos  de  carpintería.  Ha  sido  hecho  de  la 
piedra  que  llamamos  «laja»,  que  abunda,  como  se  sabe,  en  toda 
nuestra  costa.  En  cuanto  al  uso  a  que  haya  sido  destinado,  cree- 
mos que  no  ha  podido  ser  otro  que  el  de  la  fabricación  de  las 
redes  para  pescar.  Las  pequeñas  hendiduras  de  la  punta  deben 
haber  servido  para  enredar  el  hilo  i  asegurar  así  el  tejido. 

Muí  semejante  al  anterior  es  el  objeto  que  dibujamos  con  el 
número  99,  de  tamaño  natural,  de  piedra,  i  que  se  dice  ha  sido 
usado  por  los  indios  changos.  Se  diferencia  del  anterior  en  que 
su  forma,  en  lugar  de  ser  cuadrangular,  es  redondeada,  afectando 
la  semejanza  de  un  cigarro  puro,  i  en  que  está  provisto  de  dos 
puntas,  cada  una  de  ellas  con  ranuras  que  avanzan  hacia  el  cen- 
tro en  forma  de  espiral.  La  comparación  de  la  espiga  del  barre- 
no es  en  este  caso  todavía  mucho  mas  apropiada.  Como  su  pro- 
cedencia es  de  la  costa  i  los  dueños  a  quienes  se  atribuye,  han 
vivido  casi  esclusivamente  de  la  pesca,  por  su  forma  i  particu- 
laridades se  le  ha  atribuido  un  uso  análago  al  que  hemos  indica- 
do refiriéndonos   al    instrumento  análogo  sacado   de  Puchoco. 


CAP.    V. — LA    EDAD    DE    PIEDRA  83 

(rSe  lian  encontrado,  dice  Lubbock,  en  algunas  aldeas  lacus- 
tres, aún  de  la  edad  de  la  piedra,  cierto  número  de  torteras  de 
arcilla  grosera.  Este  descubrimiento  prueba  cierto  adelanto  en 
el  arte  de  tejer.. /S  Es  singular  que  en  Chile,  aunque  no  pode- 
mos referirnos  a  establecimientos  semejantes,  se  encuentren  de 
estos  utensilios  a  orillas  de  la  laguna  de  Llanquihue,  a  profundi- 
dades diversas  del  suelo,  i  donde,  desde  mucho  tiempo,  no  vive  un 
solo  indio.  En  nuestras  láminas  dibujamos  tres  de  estas  torte- 
ras, todas  de  tamaño  natural;  la  número  95,  que  es  la  que  tiene 
mayor  cocimiento,  de  forma  aplanada,  con  una  horadación  bas- 
tante estrecha;  la  97,  de  una  horadación  parecida,  pero  mas 
redondeada  i  provista  de  varios  puntos  grabados  en  sus  dos  su- 
perficies, que  figuran  dos  círculos  concéntricos ;  i  por  fin,  la  número 
96,  algo  mas  pequeña  que  las  anteriores,  de  una  forilia  esférica 
mas  acentuada,  pero  cuyo  agujero  central  es  mucho  mas  grande. 

Tenemos  también  en  nuestro  poder  otro  utensilio  de  estos, 
procedente  de  las  vecindades  de  Curacaví,  que  con  las  lluvias 
del  invierno  quedó  en  descubierto  en  una  hendidura  de  un  cerro, 
i  don  Luis  Montt  posee  uno  de  Punta  de  Teatinos,  que  se  hace 
notar  (lám.  158)  por  la  figura  de  una  especie  de  estrella  que  está 
grabada  sobre  una  de  sus  caras.  Se  nos  ocurre  que  las  piedras 
horadadas  de  que  mas  adelante  nos  ocuparemos,  que  son  de  las 
mas  pequeñas  de  su  especie  i  con  los  bordes  de  la  horadación 
perpendiculares,  han  podido  estar  destinadas  a  un  fin  semejante; 
pero  de  ellas,  así  como  de  las  cachimbas  de  greda  i  piedra,  algu- 
nas de  las  cuales  tienen  nn  oríjen  análogo  al  de  las  torteras, 
trataremos  en  el  capítulo  sub-siguiente. 

En  las  sepulturas  marítimas  suelen  también  encontrarse  hue- 
sos rotos  de  animales,  que  debemos  referir  a  la  costumbre  de 
los  hombres  de  esa  época  de  buscar  con  ansia  la  médula  de  los 
tales  huesos.  Entre  nosotros,  encontramos  un  testimonio  histó- 
rico de  época  mui  posterior,  es  cierto,  en  que  se  asevera  termi- 
nantemente el  hecho.  En  efecto,  el  capitán  González  de  Nájera 

46.  Vhomme préhistoriqne^  páj.  175. 


i 


84  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

refiere  que  tan  pronto  como  los  españoles  abandonaban  un  cam- 
pamento, los  indios  que  desde  los  cerros  inmediatos  observaban 
sus  movimientos,  se  diriiian  inmediatamente  al  sitio  abandonado, 
«porque  los  ceba  i  aún  ciega  de  tal  manera  la  golosina  de  los 
huesos  que  quedaron  por  el  suelo,  que  por  sacarles  el  alma  o 
tuétano,  se  esponen  a  perder  la  vida/^i) 

Después  de  relacionado  lo  anterior,  que,  por  cierto,  debe 
considerarse  solo  como  un  principio  de  estudio  en  este  orden 
de  conocimientos,  tan  descuidado  hasta  ahora  entre  nosotros, 
podemos  ya  concluir  que,  «aunque  nos  resta  todavía  mucho  que 
saber  respecto  a  los  hombres  de  la  edad  de  la  piedra,  los  hechos 
ya  conocidos,  como  ciertos  toques  de  lápiz  dados  por  un  hábil 
dibujante,  nos  suministran  los  elementos  de  un  bosquejo.  Si 
trasportamos  nuestra  imajinacion  al  pasado,  veremos  sobre  cier- 
tos lugares  de  las  costas  una  raza  de  hombres  de  pequeña  esta- 
tura, con  cejas  pobladas  i  toscas,  dotados  de  una  cabeza  redon- 
da...^ Como  necesitaban  defenderse  de  las  inclemencias  de  las 
estaciones  es  mas  que  probable  que  habitasen  en  chozas...  La 
falta  absoluta  de  metal  prueba  que  no  tenian  mas  armas  que  las 
fabricadas  con  madera,  piedras  i  huesas...  Sa  alimento  principal 
debió  ser  el  marisco,  pero  sabian  pescar  los  peces,  i  variaban  a 
menudo  su  aliinento  con  el  producto  de  sus  cacerías.  No  es,  sin 
duda,  falta  de  caridad  suponer  que  cuando  los  cazadores  regre- 
saban cargados  de  botin,  se  emborrachaba  todo  el  mundo,  como 
lo  hacen  hoi  dia  la  mayor  parte  de  las  tribus  salvajes...^* 

La  vida  de  los  fueguinos  que  Darwin  ha  pintado  con  colores 
maestros,  puede  aplicarse  a  los  habitantes  de  todo  Chile  en 
aquella  época  remota:  «Se  alimentan  principalmente  de  marisco, 
viéndose  obligados  a  cambiar  constantemente  de  residencia, 
pero  para  volver,  después  de  cierto  inter\'alo,  a  los  mismos  para- 
jes, lo  que  demuestran  evidentemente  los  montones  de  conchas 
antiguas,  que  podrían  avaluarse  a  veces  en  varias  toneladas  de 

47.  Deieni^atto  déla  gurrrn  de  Ckiie,  páj.  04. 

4ÍJ.  Se  sabe  que  este  t¡pi>  es  característico  de  la  raza  americana  en  jeneral. 

49.  Lubbock,  lug.  cit.,  páj.  219. 


CAP.    V. — LA    EDAD    DE    PIEDRA  85 

peso.  Estos  montones  pueden  distinguirse   desde  una  distancia 
considerable,  merced  al  color  verde  i  brillante   de   ciertas  plan- 
tas que  crecen  siempre  sobre  ellas...  El  vvigvvam   del  habitante 
de  Tierra  del  Fuego  se  asemeja  a  un  montón   de  paja.  Se  com- 
pone de  algunas  ramas  rotas,  clavadas  en  el   suelo   i  cubiertas 
con  terrones  de  pasto.  Se  necesita  apenas  una  hora  para  fabricar 
semejante  choza;  por  lo  demás,  no  las  habitan  sino  algunos  dias... 
Se  cubren  con  pieles  de  guanaco,  de  lobo  o  de  nutria,  o  se  tapan 
simplemente  con  un  pedazo,  apenas  tan  grande  como  un  pañuelo 
de  narices.  Estas  pieles  se  fijan  por  delante   por   medio  de  una 
cuerda,  i  se  las  pasan  de  un  lado  a  otro  del  cuerpo,  según  sea  la 
dirección  del  viento  que  corre.  Los   indíjenas  que  divisé  en  una 
canoa  estaban  completamente  desnudos  i  aún  una  mujer  que  iba 
con  ellos.  Llovia  mui  fuerte,  i  la  lluvia  mezclada  con  el  agua  del 
mar  les  bailaba  el  cuerpo...  Esos  infelices  eran  pequeños,   su 
cara  horrible   estaba  cubierta  con  una  pintura  blanca;  su  cutis, 
desaseada  i  grasosa,  sus  cabellos  descuidados,  tenian  la  voz  dis- 
cordante, hacian  jestos  violentos  i  faltos   de  nobleza...  Pasan  la 
noche  enteramente  desnudos,   revueltos  unos  con   otros  como 
animales,  acostados  sobre  el  suelo  húmedo,  apenas  abrigados  del 
viento  i  la  lluvia  de  ese  clima  inhospitalario.   Cuando  la  marea 
baja,  es  preciso  que  se  levanten  para  ir  a  recojer  mariscos  en  las 
rocas,  i  que  las  mujeres  en  invierno  i  verano  se  sumerjan  para 
buscarlos  bajo  el   agua;   o  que  pacientemente  sentadas  en  las 
canoas,  pasen  los  dias  enteros  pescando  con  anzuelo  pequeños 
peces.  Si  llegan  a  matar  un  lobo,  si  descubren  el  tronco  flotante 
de  una  ballena,  entonces  hai  ya  un  festin,  sazonando  tan  tremen- 
do alimento  con  algunas  yerbas  sin  sabor.  A  menudo,  reina  tam- 
bién el  hambre,  cuya  inmediata  consecuencia  es  el  canibalismo 
acompañado  del  parricidio.!) 


i 


CAPÍTULO  VI. 


LOS  ARAUCANOS. 


I. 


Descripción  topográfica  del  país. — Descripción  que  hacen  de  Chile  los  primeros 
conquistadores. — Clasificaciones  que  se  han  dado  de  los  indios. — Diversidad 
de  idiomas. — Examen  de  la  lengua  araucana. — Pintura  de  los  araucanos. — 
Olivares  i  Molina. — Los  indios  rubios. — Descripción  del  viajero  Poeppig. — Los 
chonos  — Examen  de  los  cráneos. — Deducciones. 

Trasladémonos  un  momento  con  la  imajinacion  a  los  días  en 
que  los  españoles  pisaron  por  primera  vez  el  suelo  de  Chile  i 
recorramos  de  lijero  las  impresiones  que  ellos  recibieran  a  la 
vista  de  la  nueva  tierra  que  se  dilataba  ante  sus  ojos  por  las  artes 
de  su  insaciable  sed  de  aventuras  i  de  oro  i  el  esfuerzo  indoma- 
ble de  esa  enerjía  de  antiguos  conquistadores. 

¿Cuál  era  el  aspecto  del  país?  ¿Quiénes  sus  habitantes?  ¿Cómo 
vivian?  Estas  i  otras  muchas  preguntas  es  natural  que  se  ocurrie- 
ran a  su  investigación  i  curiosidad,  las  cuales,  por  fortuna,  es  fá- 
cil hasta  hoi  satisfacer  al  través  del  tiempo,  merced  a  los  datos 
que  han  consignado  en  sus  escritos  cronistas  dilijentes. 

La  topografía  del  país  era  entonces  la  misma  que  ahora;  des- 
pués del  gran  despoblado  de  Atacama,  seguian  los  valles  de  Co- 
piapó,  Huasco,    Coquimbo  i   Aconcagua,    formando   secciones 


83  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

aisladas  i  mas  o  menos  montañosas.  Su  descripción  especial  no 
nos  interesa  en  el  mismo  grado  que  la  sección  que  se  estiende 
desde  la  cuesta  de  Cliacabuco  al  sur,  en  la  cual,  hasta  entonces, 
sus  habitantes  habian  logrado  conservar  mas  puros  sus  caracteres 
de  raza  i  sus  primitivos  usos  i  costumbres. 

((Desde  aquel  punto,  tres  son  las  distintas  fajas  de  terrenos  que 
se  divisan  paralelas  entre  sí  i  con  el  meridiano  del  lugar.  La  faja 
del  medio  es  un  llano  estenso,  comprendido  entre  dos  cordones 
de  cerros,  como  un  golfo  entre  dos  continentes.  El  cordón  de  la 
derecha,  llamado  comunmente  íccordillera  de  la  costa,))  consta, 
en  jeneral,  de  grupos  de  cerros  redondos,  achatados,  bajos,  gra- 
níticos, cuyas  formas  indeterminables  se  asemejan  a  las  olas  de 
un  mar  que  se  aquieta  después  de  una  tempestad.  El  de  la  iz- 
quierda es  el  cordón  de  los  Andes,  cuyas  crestas  son  ásperas  i 
esquinadas,  los  despeñaderos  rápidos  i  frecuentes,  las  faldas  ra- 
yadas con  estratificaciones  en  cintas  de  diversos  colores,  i  cuyas 
cimas  se  pierden  en  la  elevada  rejion  de  las  nieves  perpetuas. 
A  medida  que  estas  inmensas  fajas  de  terrenos  avanzan  hacia  el 
sur,  las  tres  bajan  a  un  mismo  tiempo. 

«El  llano  central  se  estrecha  en  la  Angostura  de  Paine  ¡  se 
cierra  completamente  en  Regolemo. 

((Desde  el  Maule,  donde  ya  el  llano  alcanza  a  ocho  o  diez  le- 
guas de  ancho,  principian  a  distinguirse  cinco  o  seis  distintas  re- 
jiones  naturales.  La  primera  es  la  de  la  costa  del  mar,  que  cubren 
estensos  prados  en  la  desembocadura  de  los  rios;  masas  de  arena 
en  largas  i  monótonas  playas,  bañadas  por  una  mar  rara  vez  quie- 
ta, i  de  trecho  en  trecho,  majestuosas  peñas  cubiertas  de  árboles, 
o  bien,  vistosas  lomas  i  cerrillos,  que  se  elevan  en  forma  de  anfi- 
teatros al  rededor  de  los  pequeños  golfos  i  ensenadas.» 

Siguen  después  los  declives  occidentales  del  primer  orden  de 
cerros,  i  las  mesetas  que  se  estienden  en  sus  lomas  mas  elevadas, 
rejion  cubierta  toda  de  bosques  i  selvas.  Por  el  contrario,  el  de- 
clive oriental  de  la  cordillera  de  la  costa  está  desprovista  de  ár- 
boles, i  consta,  por  lo  común,  de  cerros  bajos,  cubiertos  con  tierras 
de  diversos  colores,  abundantes  en  terrenos  fértiles,  como  tam- 


CAP.    VI. LOS    AR.AUCANOS  89 

bien  en  lavaderos  de  oro.  Viene  después  el  llano,  que  en  aquella 
época  probablemente  estuvo  en  su  totalidad  cubierto  de  montes 
de  espino,  al  menos  hasta  la  latitud  en  que  este  árbol  prospera; 
i,  por  fin,  la  rejion  subandina  poblada  de  bosques.^ 

Oigamos  desde  luego  contar  al  clérigo  Cristóbal  de  Molina  la 
relación  de  lo  que  pudieron  ver  los  compañeros  de  Diego  de 
Almagro  en  llegando  al  valle  de  Copiapó.  rcLos  naturales  de  este 
valle,  dice,  lo  recibieron  mui  bien  i  le  dieron  de  lo  que  tenian,  i 
se  reformó,  porque  este  valle  tenia  mucho  maíz  i  ovejas  de  la 
tierra  mui  gordas;  i  reformado,  pasó  a  otro  segundo  valle  que  se 
llama  Guaseo,  i  asimismo  halló  toda  refrejería,  i  lo  mismo  en  el 
tercer  valle,  que  es  el  que  se  llama  de  Quaquizago,  que  está  po- 
blado de  cristianos  ahora...  Luego  se  partió  a  las  provincias  de 
Chile,  que  estaban  cien  leguas  adelante,  donde  no  hai  casi  pobla- 
do, i  por  sus  jornadas  llegó  al  pueblo  principal  de  Chile,  que  se 
llamaba  entonces  Concumicagua,  donde  le  estaba  esperando  toda 
la  tierra...  Por  cumplir  lo  que  él  decia  con  el  Rei  i  con  su  com- 
pañero Pizarro,  envió  a  un  capitán  a  descubrir  desde  Chile  ade- 
lante, con  setenta  u  ochenta  de  a  caballo  i  veinte  de  a  pié,  i  este 
capitán  tardó  en  la  ida  i  vuelta  tres  meses,  i  como  no  le  pare- 
ció bien  la  tierra  por  no  ser  cuajada  de  oro,  no  se  contentó  de 
ella.^j>... 

Según  los  cronistas,  llamóse  a  Copiapó  o  Copayapo,  con  este 
nombre,  (íporque  vale  tanto  como  decir  campo  de  las  turque- 
sas,^» i  era  en  aquella  época  «fértil  i  abastecido,*;)  así  como  los 
que  seguían  hacia  el  sur  hasta  Santiago,  los  cuales  eran  ((de  mu- 
cho maíz,»  según  la  espresion  de  Oviedo.^ 

Este  mismo  autor  que,  como  se  sabe,  mantuvo  íntimas  rela- 
ciones con  Diego  de  Almagro,  consigna  algunos  detalles  de  los 
que  dio  a  su  jefe  Gómez  de   Alvarado,  aquel   capitán  que  desde 


1.  Domeyko,  Arancnnia  i  sus  habitiWtes^  pájs.  5  i  siguientes. 

2.  Conquista  i  población  del  Perú,  pájs.  46,  47  i  ^8. 

3.  Rosales,  Historia^  I,  páj.  213.  Herrera,  Décadas^  lib.  I,  páj,  9. 

4.  Rosales,  I,  359. 

5.  Historia  jener al  i  natural  de  las  Indias^  t.  IV,  páj.  208. 

lü 


90  LOS   ABORIJENES    DE    CHILE 

a\  Mapocho  fué  enviado  a  recorrer  la  tierra  hacia  el  sur.  Mas, 
como  lo  que  entonces  se  buscaba  era  el  oro,  por  no  ver  la 
tierra  cuajada  del  precioso  metal,  según  la  espresion  de  Molina, 
llegó  contando  que  habia  andado  adelante  ciento  cincuenta  le- 
guas, <íe  que  cuanto  mas  iba,  la  tierra  mas  pobre  e  fria  i  estéril 
e  despoblada,  e  de  grandes  rios,  ciénagas  e  tremedales  la  halló, 
e  mas  falta  de  bastimentos;  e  que  halló  algunos  indios  caribes, 
a  manera  de  los  juríes,  vestidos  de  pellejos,  que  no  comen  sino 
raíces  del  campo;  e  que  informándose  de  la  tierra  de  adelante, 
supo  e  le  dijeron  que  estaba  cerca  de  la  fin  del  mundo,  e  le  die- 
ron  la  misma  noticia  quel  adelantado  se  tenia,  antes  que  lo  en- 
viase en  Chile.*»  En  efecto,  los  habitantes  de  Canconcagua 
(nombre  de  Aconcagua,  según  Oviedo)  le  informaron  de  la  «po- 
breza e  poquedad  de  la  provincia  de  Chile,  e  como  era  mñi  ma- 
yor e  peor  la  de  adelante,  i  que  los  Picones,  indios  comarcanos, 
eran  quince  o  veinte  pueblos  de  jente  mui  pobre,  vestida  de  pe- 
llejos.^» 

Con  informes  tan  desconsoladores  tocante  a  la  riqueza  del 
país  e  instado  por  consideraciones  de  otra  especie.  Almagro  dio 
la  vuelta  al  Perú,  la  cual  no  se  pudo  hacer  «sin  gran  destrucción 
de  los  naturales  i  tierra  de  Chile,  porque  como  se  determinó  de 
volver,  dio  licencia  a  todas  sus  jentes  que  ranchasen  la  tierra  i 
tomasen  todo  el  servicio  que  pudiesen  i  indios  para  cargas...  En 
este  viaje  i  negra  vuelta  a  la  tierra  del  Cuzco  murieron  mucha 
cantidad  de  indios  e  indias,  especialmente  en  el  despoblado  de 
Atacama.^D 

Mas,  Pedro  de  Valdivia  que  no  llegó  a  Chile  urjido  de  los 
mismos  propósitos  que  trajera  el  adelantado  Almagro,  tuvo  oca- 
sión de  notar  que  el  país,  si  bien  era  cierto  que  no  abrigaba  las 
riquezas  que  el  portentoso  Perú,  descubierto  por  don  Francisco 
Pizarro,  era,  en  cambio,  una  hermosa  tierra,  «tal  que  para  poder 
vivir  en  ella  i  perpetuarse  no  la  hai  mejor  en  el  mundo.»  El  fun- 

6.  Id.,  páj.  275. 

7.  Id.,  páj.  268. 

8.  Cristóbal  de  Molina,  páj.  49. 


CAP,    VI. — LOS    ARAUCANOS  91 

dador  de  Santiago,  que  no  buscaba  en  el  territorio  que  habia 
venido  a  conquistar,  el  brillo  efímero  del  oro,  sino  un  lugar 
adecuado  para  un  asiento  sólido  i  estable  donde  radicarse, 
esclamaba  por  eso  con  entusiasmo  al  hablarle  a  su  soberano  del 
teatro  en  que  comenzaba  a  lucir  el  esfuerzo  de  su  brazo  i  el  vi- 
gor de  su  injenio.  «Dígolo,  porque  es  mui  llana,  sanísima,  de 
mucho  contento;  tiene  cuatro  meses  de  invierno  no  mas,  que  en 
ellos,  si  no  es  cuando  hace  cuarto  de  luna,  que  llueve  un  dia  o 
dos,  todos  los  demás  hacen  tan  lindos  soles  que  no  hai  para  que 
llegarse  al  fuego.  El  verano  es  tan  teniplado  i  corren  tan  deli- 
ciosos aires,  que  todo  el  dia  se  puede  el  hombre  andar  al  sol, 
que  no  le  es  importuno.  Es  la  mas  abundante  de  pastos  i  semen- 
teras, i  para  darse  todo  jénero  de  ganado  i  plantas  que  se  puede 
juntar;  mucha  e  mui  linda  madera  para  hacer  casas,  infinidad 
otra  de  leña  para  el  servicio  de  ella,  i  las  minas  riquísimas  de 
oro,  í  toda  la  tierra  está  llena  dello,  i  donde  quiera  que  quisie- 
ran sacarlo,  allí  hallarán  en  que  sembrar  i  con  que  edificar,  i 
agua,  lefia  i  yerba  para  sus  ganados,  que  parece  lo  crió  Dios  a 
posta  para  poderlo  tener  todo  a   la  mano.^;) 

I  en  otro  lugar  de  este  mismo  documento,  agrega  que  el  país 
«es  todo  un  pueblo  e  una  sementera  i  una  mina  de  oro,  próspera 
de  ganado  como  la  del  Perú,  con  una  lana  que  le  arrastra  por 
el  suelo;  abundosa  de  todos  los  mantenimientos  que  se  siembran 
los  indios  para  su  sustentación;»  concluyendo  por  decir  que  (íes 
de  mui  lindo  temple  la  tierra  i  se  darán  en  ella  todo  jénero  de 
plantas  de  España,  mejor  que  alláJ^JD 

Numerosas  son  las  clasificaciones  que  se  han  dado  para  dis- 
tinguir unas  de  otras  las  diversas  tribus  que  habitaban  el  territo- 
rio chileno.  Viniendo  del  norte,  hallamos  primero  a  los  ata- 
camas,  cuyo  centro  principal  parece  haberse  encontrado  en  las 
vecindades  del  actual  pueblo  de  Chiuchiu,  pero  que  alcanzaban 
hasta  las  costas  del  despoblado  de  su  nombre.  Los  changos,  que 

9.  Carias  de  don  Pedro   de  Valdivia   al  emperador    Carlos  T',  Colección  de 
historiadores  de  Chile ^  t    I,  páj.  12. 

10.  /¿/.,  páj.  55. 


L 


92  LOS   ABORIJENES    DE    CHILE 

en  una  época  primitiva  debieron  ser  relativamente  numerosos, 
poblaban  esclusivamente  las  costas  que  se  estienden  desde  el 
grado  22  al  24  de  latitud  sur  i  conservaban  indudablemente  gran- 
des afinidades  con  los  anteriores.  Tenian  el  mismo  color  de  los 
quichuas,  aunque  un  poco  mas  oscuro,  con  visos  negruzcos;  de 
estatura  un  poco  mas  pequeña,  especialmente  las  mujeres;  de 
una  fisonomía  triste  i  sombría,  de  nariz  raras  veces  aguileña, 
diferian  tanto  de  los  atacamas  como  éstos  de  los  aimaraes  o  qui- 
chuas. Otro  tanto  puede  decirse,  según  se  asegura,  en  lo  que 
respfícta  al  idioma.^^ 

El  abate  Molina  dice  que  los  pueblos  que  seguían  hacia  el  me- 
diodía se  llamaban  copiapinos,  coquimbanos,  quillotanos,  mapo- 
chinos,  promaucaes,  cures,  cauques,  pencones,  araucanos,  cuneos, 
chilotes,  chiquillanos,  pehuenches,  puelches  i  guilliches."^ 

Falkuer,  establece  la  clasificación  jeneral  de  moluches  i  puel- 
ches, subdividiendo  a  los  primeros  en  picunches,  pehuenches  i 
guilliches."  Los  picunches  eran  los  que  vivian  desde  Coquimbo 
hasta  mas  abajo  de  Santiago,  refiriéndose,  sin  duda,  a  los  que 
Oviedo  habia  designado  ya  antes  con  el  nombre  de  picones,  que 
poblaban  el  valle  de  Aconcagua,  i  que  <ieran  quince  o  veinte 
pueblos  que  cada  uno  tenia  diez  casas  de  jente  mui  pobre  vestida 
de  pellejos."j?  Añade  Ercilla: 

Los  indios  promaucaes,  es  una  jente 
Que  está  cien  millas  antes  del  Estado 
Brava,  soberbia,  próspera  i  valiente.^^ 

En  un  poema  histórico  sobre  las  guerras  de  Chile,  escrito  por 
don  Juan  de  Mendoza,  se  lee: 


Están  pasado  Nfaule  otras  naciones, 
Que  treinta  leguas  van  hasta  Biobio, 


11.  D'Orbigny,  I/Aommt  ttmcricuti,  páj.  333,  tom.  I. 

1 2.  Compnuiío  de  ¡a  hhtovtii  cnt/,  jxij,  9, 

13.  Dcsctipaon  de  J^ittiíyuut,  Ángel is,  t.  I,  páj.  34. 

14.  Historia  de  i  as  Ittdtas^  t.  IV,  paj,  ^7^. 

15.  La  ArauCiWiJ^  cauto  I. 


CAP*    Vr. — LOS   ARAUCANOS  93 

Son  ¡tatas,  manieses  ¡  pencones... 


Los  coyunclieses,  bravos  valentones. 

Pasado  Biobio,  a  la  marina 
Está  el  estado  indómito  araucano 
I  él  tiene  a  Catiray  izquierda  mano. 


Está  luego  adelante  la  famosa 
Provincia  de  Canten  intitulada. 

Pasados  ya  los  términos  cautenes 

Se  llaman  los  demás  perquilabquenes.^*^ 

«Los  antiguos  habitantes  de  Osorno,  dice  el  padre  Ramirez, 
fueron  los  cuneos,  que  se  estendian  por  toda  la  costa  desde  Val- 
divia a  Chiloé,  i  eran  numerosos,  como  lo  indica  su  nombre  de 
racimoy*^  Después  de  los  chilotes,  se  contaban  los  chonos,  los 
payos  i  caucahues,^®  los  calenes  i  leyecheles,  tayatafares,  que  vi- 
vían entre  los  grados  48  i  49,^^  conocidos  con  la  denominación  de 
Vuta-huilliches. 

Hubiéramos  de  ser  interminables  si  pretendiéramos  relacionar 
uno  por  uno  los  diversos  nombres  con  que  se  han  designado  las 
diversas  tribus  que  se  estendian  en  toda  la  rejion  comprendida 
desde  Copiapó  hasta  el  Estrecho,  del  lado  occidental  de  la  cor- 
dillera de  los  Andes;  pero  si  estas  clasificaciones  indican  distin- 
tas localidades  jeográficas  i  tienen  también  su  importancia,  como 
en  estos  estudios  lo  hemos  de  demostrar,  bajo  el  aspecto  de  los 
usos  i  costumbres  i  de  los  diversos  grados  de  adelanto  en  que  se 
hallaban  esas  tribus,  ¿podrá  decirse  por  eso  que  constituan  na- 
ciones aparte  o  que  eran  oriundas  de  razas  diversas? 

En  esta  cuestión  de  razas  no  podemos  olvidar  un  elemento 
que  para  la  ciencia  moderna  reviste  hoi  cierta  importancia,  cual 

16.  Poema  inédito^  canto  I. 

17.  Cronicón  sacro  imperial  de  Chile,  M.  S.,  cap.  IV. 

18.  Los  Kei-uhues  de  Falkner  i  Fitzroy. 

19.  Fiaje  át\  padre  José  García,  Anales  de  la   Universidad^  tom.  XXXIX, 

Páj.  373. 


94  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

es  el  conocimiento  del  idioma  de  los  pueblos,  cuyo  oríjen  se 
trata  de  investigar;  i  si  es  verdad,  como  se  espresa  Broca,  que 
los  caracteres  antropolójicos  de  primer  orden  son  siempre  los 
físicos,  por  cnanto  son  los  mas  estables,  no  puede  tampoco  ne- 
garse que  los  suministrados  por  la  lengüística  son  siempre  útiles 
i  alj^unas  veces  indispensables.'"'*^ 

Pues  bien,  la  misma  variedad  de  opiniones  que  se  ha  hecho 
notar  respecto  de  la  clasificación  de  las  distintas  tribus  chilenas, 
existe,  casi  en  la  misma  proporción,  en  lo  que  se  refiere  al  idioma. 
¿Habhiban  todos  esos  pueblos  idiomas  distintos,  o  se  trataba  sim- 
plemente de  una  lengua  común,  alterada  en  los  varios  pue- 
blos por  las  distancias  jeográficas  i  la  falta  de  monumentos  es- 
critos? 

Dejando  aparte  a  los  atacamas  i  changos,  cuya  lengua,  según 
lo  que  sabemos,  derivaba  evidentemente  de  los  quichuas  o  ai- 
maraes,  i  concretándonos  a  los  araucanos  i  demás  pueblos  que 
se  seguían  hacia  el  sur,  Josiah  Priesl,  declara  que  en  Chile  hai  cer- 
ca de  veinte  dialectos,  puelche,  chono,  araucano,  tehuelet,  yaca- 
nac,  kemenet,  etc.^^  En  un  libro  publicado  recientemente  en  París 
se  lee  toJaví^  que,  en  la  parte  meridional  de  la  América,  adeínas 
del  tehuelche  de  los  patagones,  del  puelche  de  las  pampas  i  del 
fueguino,  existe  en  Chile  el  quichua,  hasta  su  tercio  setentrional, 
el  araucano  i  las  lenguas  independientes  de  la  rejíon  de  los  An- 
des-** 

Don  Lorenzo  de  Hervás,  por  datos  que  le  había  suministrado 
el  padre  José  García,  decía,  «que  los  caucahues  i  chonos  tenian 
su  idioma  propio,  i  aunque  sé,  agregaba,  que  las  lenguas  de  estas 
dos  naciones  no  son  dialectos  de  la  araucana,  no  puedo  afirmar 
si  son  dialectos  desfigurados  de  una  lengua  matriz,  o  si,  por  ven- 
tura, son  dos  lenguas  matrices,^» 

^Los  chonos,  afirma  también  Rosales,  hablaban  otra  lensrua  i 

51,  AmU9i\\^K  ^aot^^:f:í:rs^  jvij,  311. 

22.  Hv>\^rjjicque,  Ai  ^Jo/^mf/^jnA  {>iju  171,  Piris,  iSSi. 


CAP.    VI. LOS    ARAUCANOS  95 

tenían  otro  modo  de  vivir  de  los  de  Chiloé/""^»  i  otro  tanto  con- 
cluye respecto  de  los  payos  don  Jerónimo  Pietas.^^ 

Esplicando  Fitzroy  el  hecho  de  que  cada  una  de  esas  tribus 
de  la  parte  occidental  de  Patagonia  hablen  diversos  idiomas,  es- 
presa que  en  el  fondo  no  son  radicalmente  diferentes  del  arau- 
cano, pues  (íse  hallan  algunas  palabras  comunes  a  dos  o  mas  tri- 
bus, i  las  diferencias  deben  aumentar  a  causa  de  que  los  vecinos 
están  raras  veces  en  paz.'-'*'í) 

Mas,  por  lo  que  toca  al  araucano  mismo,  las  pequeñas  dife- 
rencias que  respecto  de  su  habla  se  notan,  Pérez  García  las  es- 
plicá  de  esta  manera:  «de  este  idioma  chileno,  que  dice  el  padre 
Ovalle  que  es  tan  universal,  que  no  hai  mas  que  uno  entre  mar  i 
cordillera,  debe  entenderse  en  la  siguiente  forma.  Esta  nación,  aun- 
que cuando  se  fué  estendiendo  del  norte  al  sur  tomó  varios  nom- 
bres, siempre  conservó  su  idioma  mohiche,  desde  Copiapó  hasta  el 
rio  Tolten;  pero  los  huilliches  i  pichi-huilHches,  que  corren  desde 
el  citado  rio  hasta  el  canal  de  Chiloé,  aunque  conservan  la  len- 
gua jeneral,  varian  algo  del  dialecto,  perdiendo  la  d  \  la  r,  i 
creando  en  lugar  de  ésta,  la  s  para  endulzar  las  palabras,  i  así, 
en  lugar  de  mca^  que  es  casa,  pronuncian  suca,  i  así  todas  las 
demás.  D 

aLos  vuta-huilliches,  que  ocupan  en  tres  parcialidades  las  re- 

jiones  desde  el  canal  de  Chiloé  hasta  el  Estrecho  de  Magallanes, 

han  formado   un  casi  nuevo   idioma  de  la  mezcla  de  la  lengua 

moluche  de  Chile  i  de  la  tehuel  de  los  ultra— cordilleranos,  con 

lo  cual  se  diferencian  de  los  demás  chilenos.^D 

El  jesuita  Luis  de  Valdivia,  que  fué  el  primero  que  dio  a 
la  estampa  un  tratado  sobre  el  idioma  araucano,  en  su  prólogo, 
no  reconoce  siquiera  las  diferencias  señaladas  por  Pérez  García, 
pues  se  limita  a  decir  que  de  entre  (das  cuatro  cosas  que  facili- 


24.  Conquüta  espiritual  de  Chile ^  M.  S. 

25.  Informe  al  rei  sobre  las  diversas  razas  de  indios  que  pueblan  el  terriiorio 
araucano    M.  S.  1729. 

26.  Voy  age  of  the  Adventure  and  Beagle^  t.  2.**^  132. 

27.  Historia  de  Chilc^  M.  S.,  cap.  VI. 


96  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

tan  nuicho  i  dan  ánimo  para  aprender  la  lengua  de   Chile,  es  la^ 
primera  que  en   todo  el   reino,  no  hai  mas  de  esta   lengua,  que 
corre  desde  la  ciudad  de  Coquimbo  i  sus  términos  hasta  las  islas 
de  Chiloé,  i  mas  adelante   por  espacio  casi   de  cuatrocientas  le- 
guas de  norte  a  sur,   etc.^^^JD 

Séanos  permitido  en  este  lugar  i  con  motivo  del  tema  qne  nos 
ocupa,  trascribir  aquí  lo  que  en  una  obra  anterior  hemos  dicho 
acerca  del  idioma  araucano.  Cuántos  antiguamente  se  ocuparon 
de  estudiar  esta  lengua  están  de  acuerdo  en  que  en  toda  la  an- 
gosta faja  de  terreno  que  foruia  nuestro  país,  desde  su  estremi- 
dad  norte  hasta  las  islas  del  sur,  con  las  escepciones  parciales 
antes  indicadas,  no  se  hablaba  sino  ella  sola...  El  abate  Molina, 
después  de  reconocer  este  hecho,  no  puede  menos  de  estimar 
como  ccmui  singular  que  no  haya  producido  ningún  dialecto  par- 
ticular, después  de  haberse  propagado  por  un  espacio  de  mas  de 
mil  doscientas  millas,  entre  tantas  tribus,  sin  estar  subordinadas 
las  unas  a  las  otras,  i  privadas  de  todo  comercio  literario.  Los 
chilenos,  agrega,  situados  hacia  los  grados  veinticuatro  de  lati- 
tud, la  hablan  de  la  misma  manera  que  los  demás  nacionales 
puestos  cerca  de  los  grados  cuarenta  i  cinco.  Ella  no  ha  sufrido 
alteración  alguna  notable  entre  los  isleños,  los  montañeses  i  los 
llanistas.  Solamente  los  boroanos  i  los  imperiales  cambian  a  me- 
nudo la  r  en  5...  Si  esta  fuese  una  lengua  pobre,  podria  aplicarse 
la  causa  de  su  inmutabilidad  a  la  escasez  de  vocablos,  los  cuales 
no  siendo  destinados,  cuando  son  pocos,  mas  que  para  esprimir 
ideas  familiares  i  comunes,  difícilmente  se  cambian;  pero,  siendo 
abundante  de  vocablos,  es  admirable  que  no  se  haya  dividido 
en  muchos  idiomas  subalternes,  como  ha  sucedido  a  las  otras 
lenguas  madres  que  han  tenido  alguna  estension.i> 

Sobre  si  sea  o  no  primitiva  la  lengua  de  Chile,  Molina  se  de- 
clara, sin  trepidar,  por  la  afirmativa,  por  mas  que  otros,  sin  duda 
con  poco  estudio,  parezcan  poner  en  duda  este  aserto.  Gourt  de 
Gibelin,**  por  ejemplo,  después  de  espresar  que  solo  conoce  de 

28.  Arte  y  ¿i^amdtíca  gcficr^l,  A\  lector.  Sevilla,  16S4. 

29.  Monde  primitif\  t.  1,  páj.  535.  París,  1781. 


CAP.    VI. — LOS    ARAUCANOS  97 

Chile  algunas  palabras  recojidas  por  Reland  en  su  Disertación 
sobre  las  lenguas  de  América^  sostiene  que  lia  encontrado  un 
buen  número  comunes  con  otras  lenguas,  <í\o  que  nos  persuade, 
agrega,  que  si  hubiéramos  poseido  un  vocabulario  completo,  hu- 
biéramos podido  pronunciarnos  mejor  sobre  el  oríjen  de  esta 
lengua  i  del  pueblo  que  la  habla;»  i  como  prueba  de  su  afirma- 
ción, establece  las  referencias  siguientes:  Levo^  rio,  tiene  su  re- 
lación con  Eo^  íigna;  Bebo^  seno,  se  pronuncia  en  Java,  sou-sou, 
en  tahitiano  eou^  i  no  es  otra  cosa  que  el  ze  she  primitivo,  que 
significa  también  «seno»  en  las  lenguas  orientales;/^//,  comer, 
es  el  primitivo  nasal  eje^  comer.  Molina  ha  podido  también  es- 
tablecer analojías  del  araucano  con  el  latin  i  el  griego,  pero  las 
mira,  con  razón,  como  puramente  casuales.  El  sabio  lengüista 
alemán  Vater  acepta  esta  última  deducción,  reconociendo  que 
esa  semejanza  no  pasa  de  existir  en  las  interjecciones,  i  que,  por 
lo  demás,  los  significados  de  esas  palabras  son  diversos  en  ambos 
idiomas.  Lo  mas  curioso  es,  sin  embargo,  que  esa  desemejanza 
se  estiende  igualmente  a  los  idiomas  del  #esto  de  la  América, 
pues  fuera  del  quichua  (i  esto  parece  perfectamente  natural 
atendidas  las  relaciones  de  los  pueblos  incásico  i  chileno)  mui 
pocas  analojías  se  han  podido  reconocer.  ccCasa»  se  traduce  en 
araucano  por  riica^  en  el  idioma  de  las  tribus  guaraníes,  oc;  en- 
tre los  tupis,  oca;  en  las  lenguas  de  Omahua,  tica;  en  el  mahuino, 
roya;  en  el  idioma  hite,  cuja,  etc.'*^» 

Según  las  definiciones  modernas,  el  araucano  pertenece  a 
la  clase  de  las  lenguas  aglutinantes;  i  por  su  «característica  arria- 
na  r  los  araucanos  demuestran  ser  orijinarios,  como  los  hurones, 
de  raza  noble,  representando  todavía,  como  éstos,  entre  los  pieles 
rojas,  la  autocracia  moral  e  intelectual.^^» 

Examinemos  ahora  algunas  particularidades  de  esta  lengua. 
Desde  luego,  hai  muchos  que  reconocen  a  los  araucanos  elegan- 


30.  Lingunrum  totius  Orhis  índex  alphaheticns^  etc,^  a  Joane  Se  veri  no  Vater, 
Berlín,  1815;  Adelung,  Mithridates,  oder  allgemeine  sprachenheide,  etc.,  Berlín, 
1812,  III. 

31.  Carette,  Etiides  sur  les  temps  antehistoriques,  páj.  127. 


k 


gS  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

cia  en  su  lenguaje,**  i  todos,  en  jeneral,  una  simplicidad  tal  para 
su  estudio  que  acaso  no  puede  compararse  con  ningún  otro  idio- 
ma.d  Esta  lengua,  dice  Falkner,'^  es  mucho  mas  copiosa  i  ele- 
gante de  lo  que  pudiera  esperarse  de  un  pueblo  sin  civiliza- 
ción.^» Con  todo,  el  número  de  vocablos  simples  que  traen  los 
diccionarios  no  pasa  de  dos  mil:  atan  fáciles  de  aprender,  espre- 
sa el  jesuita  Diego  de  Torres,  las  lenguas  que  corren  en  el  reino 
del  Perú  (incluyendo  a  Chile)  que  todos  nuestros  padres  las 
han  aprendido  en  menos  de  un  mes  para  confesar  i  en  dos  para 
predicar,  habiendo  esperimentado  esta  facilidad  en  mí  mismo, 
oyendo  las  confesiones.*^» 

Su  alfabeto  consta  de  las  mismas  letras  que  el  castellano,  a  es- 
cepcion  de  la  b  i  la /"que  son  reemplazadas  por  la  v,  pronunciada 
como  en  alemán,  de  la  x  i  jzr,  que  no  existen,  i  de  una  ^,  una  u  i 
una  th  que  tienen  sonidos  especiales. 

«Los  nombres  chilenos  se  declinan  por  una  sola  declinación, 
dice  Molina,  o  hablando  con  mas  exactitud,  todos  ellos  son  in- 
declinables, porque  con  la  unión  de  varios  artículos  o  partículas 
enclíticas  se  distinguen  los  casos  i  los  números.  Estos  últimos 
son  tres,  como  entre  los  griegos,  esto  es,  singular,  dual  i  plural... 
En  la  habla  chilena,  el  artículo  se  pospone  al  nombre,  al  con- 
trario de  lo  que  se  practica  en  las  lenguas  modernas  de  Eu- 
ropa.» 

El  araucano  es  abundante  de  adjetivos,  asi  primitivos  como 
derivados,  los  cuales  se  pueden  formar  siempre  de  todas  las  par- 
tes de  la  oración,  obedeciendo  a  un  principio  invariable;  pero, 
cualesquiera  que  sean  sus  terminaciones,  no  son  susceptibles  de 


32.  Véase  el  testimonio  de  Elias  Herkmans  en  el  capítulo  A  view  of  ihechu 
lian  ianjTíiaze,  de  la  obra  America  heing  the  ¡aiest  and  m(ysi  accurate  cUscrip- 
tionoftheNew  World^  by  John  Ogilby.  London,  1671. 

33.  A  description  of  Patagonia,  1779,  páj.  114. 

34.  cLa  lengua  chilena  es  mui  fácil,  agrega  Haverstadt,  i  aunque  de  bárbaros, 
no  solo  no  bárbara,  sino  también  mui  sui>erior  a  otras  lenguas;  pues  así  como 
los  Andes  a  otros  montes  sobrepasan,  asi,  hasta  ese  punto,  ésta  a  otras  lenguas, 
i  así  el  que  descuelle  en  el  idioma  chileno,  como  con  un  espejo,  mirará  i  mui 
debajo  de  si,  cuanto  haya  de  superfino  en  otras,  i  cuanta  sea  su  pobreza.» 

35.  La  notwtüe  Aisioire  du  Péron^  fol.  4  vita.  Paris,  1604. 


CAP.    VI. — LOS   ARAUCANOS  99 

jéneros,  ni  de  números,  a  la  manera  de  los  adjetivos  ingleses.  De 
esta  manera,  solo  se  reconoce  un  solo  j enero,  aunque  para  dis- 
tinguir los  sexos,  se  emplea  la  voz  alca  para  el  masculino,  i  domo 
para  el  femenino. 

Todos  los  verbos  araucanos  terminan  siempre,  en  la  primera 
persona  del  indicativo  en  la  letra  ;/,  i  tienen  voz  activa,  pasiva  e 
impersonal,  poseen  todos  los  modos  i  tiempos  de  los  latinos  i 
algunos  mas,  pero  se  rijen  por  una  sola  conjugación  i  no  adole- 
cen jamás  de  irregularidad  alguna. 

«Las  preposiciones,  los  adverbios,  las  interjecciones  i  las  con- 
junciones son  copiosísimas  en  el  idioma  chileno,  al  contrario  de 
lo  que  se  observa  en  el  lenguaje  de  otras  naciones  bárbaras,  las 
cuales  escasean  de  tales  partículas  unitivas  del  discurso... 

«La  sintaxis  chilena  no  es  mui  diversa  de  la  construcción  de 
las  lenguas  de  Europa.  Las  personas  que  hacen,  o  las  que  pa- 
decen se  pueden  poner  adelante  o  después  del  verbo...  El  uso 
de  los  participios  i  de  los  jerundios  es  frecuentísimo,  o  por  me- 
jor decir,  ocurre  en  casi  cada  período... 

«El  laconismo  es  el  primario  carácter  de  la  lengua  chilena.  De 
aquí  deriva  la  práctica  casi  constante  de  conservar  el  caso  pa- 
ciente con  su  verbo,  el  cual,  así  compuesto,  se  conjuga  en  todo 
como  cuando  está  por  sí  solo...  Este  modo  de  acomodar  los 
pronombres,  que  se  inclina  un  poco  al  uso  de  los  hebreos,  los 
cuales  se  sirven  como  de  ligazón,  es  llamado  transición  por  los 
gramáticos  chilenos...  Del  mismo  principio  proviene  la  otra  prác- 
tica, de  la  cual  hemos  hecho  mención  otra  vez,  esto  es,  de  con- 
vertir en  verbos  todas  las  partes  del  discurso,  de  manera  que 
se  puede  decir  que  todo  el  hablar  chileno  consiste  en  el  manejo 
de  los  verbos.  Los  relativos,  los  pronombres,  las  preposiciones, 
los  adverbios,  los  números,  i  en  suma,  todas  las  demás  partí- 
culas, no  menos  que  los  nombres,  están  sujetos  a  esta  metamor- 
fosis. 

«Es  también  una  propiedad  notable  de  la  lengua  chilena  usar 
a  menudo  de  las  palabras  abstractas  en  una  manera  mui  particu- 


lOO  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

lar:  en  vez  de  decir  ///  huinca^  los  españoles,  se  dice 'comun- 
mente huincagiien^  la  españolidad,  etc.^D 

Para  terminar  lo  referente  a  la  lengua  araucana,  concluiremos 
con  Olivares,  que  «es  cortada  al  talle  de  su  jénio  arrogante;  es 
de  mas  armonía  que  copia,  porque  cada  cosa  tiene  regularmente 
un  solo  nombre,  i  cada  acción  un  solo  verbo  con  que  significar- 
se: con  todo  eso,  por  usar  de  voces  de  muchas  sílabas,  sale  el 
lenguaje  sonoro  i  armonioso.^!) 

Otro  elemento  que  podemos  consultar  en  lo  tocante  al  tema 
que  discutimos,  son  las  cualidades  físicas  de  los  indios  que  po- 
blaban el  país. 

El  famoso  poeta  i  guerrero  don  Alonso  de  Ercilla  dedica  a  la 
descripción  de  los  indios  de  Chile  en  su  Araucana^  una  estrofa 
admirable  por  su  verdad  i  concisión,  que  dice  así: 

Son  de  jestos  robustos,  desbarbados, 
Bien  formados  los  cuerpos  i  crecidos, 
Espaldas  grandes,  pechos  levantados, 
Recios  miembros,  de  nervios  bien  fornidos, 
Ajiles,  desenvueltos,  alentados. 
Animosos,  valientes,  atrevidos, 
Duros  en  el  trabajo  i  sufridores 
De  fríos  mortales,  hambres  i  calores  * 

Pedro  de  Valdivia  apenas  toca  de  paso  este  punto,  limitándose 
a  espresar,  en  sus  cartas  al  rei,  que  la  jente  de  Chile  era  acrecida, 
doméstica  i  amigable  i  blanca  i  de  lucidos  rostros,  así  hombres 
como  mujeres.*^»  Herrera,  por  el  contrario,  aseguraba  que  los 
indios  chilenos  tenian  las  frentes  vellosas/® 
,  El  padre  Olivares,  que  escribia  ya  a  mediados  del  siglo  XVIII, 
trae  en  su  Historia  jenerai^  una  descripción  mucho  mas  com* 


36    Molina,  Compendio  de  la  historuM  cñ*i¡^  pájs,  322  i  siguientes.  Historia  de 
¡a  literatura  coloniai  de  Ckiie^  t.  II,  pájs,  371  i  siguientes. 

37.  Historia  crt'il^  páj.  46. 

38,  Z^  Araucana,  canto  I. 

39.  C'j/eccion  de  Historiadores^  1. 1,  páj.  55. 

40,  Decada  VII,  páj.  n . 


CAP,    VI. — LOS   ARAUCANOS  1 01 

pleta,  pues  declara  que  «son  los  indios  de  Chile  de  estatura  algo 
menor  que  el  común  de  los  españoles;  pero  mui  robustos  de  pe- 
chos, niui  trabajados  i  fuertes  de  brazos  i  piernas,  los  cabellos 
siempre  lisos  i  largos,  en  especial  las  mujeres  tienen  por  singular 
adorno  la  natural  cabellera  i  la  cultivan  esmeradamente  para  que 
llegue  al  crecimiento  de  que  es  capaz;  i  así  a  algunas  le  crece  has- 
ta mui  abajo  de  la  cintura;  el  del  rostro  i  cuerpo  es  moreno; 
pero  algo  diferente  del  de  los  mulatos  i  otros  indios  de  la  Amé- 
rica; porque,  no  obstante  la  oscuridad,  se  inclina  a  rojo,  como 
mostrando  abundancia  de  sangre:  la  cabeza  i  cara  tienen  redon- 
da, la  frente  cerrada,  las  narices  romas,  pero  no  tanto  como  los 
etiopes;  las  barbas  cortas  i  raras,  a  que  ayuda  que  cuando  están 
ociosos  acostumbran  arrancárselas...  La  palma  de  la  mano  i  los 
dedos  de  ella  tienen  cortos  i  recios;  el  pié  pequeño  i  fornido;  en 
fin,  toda  su  constitución  del  cuerpo  i  rostro  es  la  mas  a  propósito 
para  indicio  de  fortaleza  i  bravura.*^D 

El  abate  Molina,  que  escribia  poco  después  que  Olivares,  i  que 
habia  tenido  ocasión  de  estudiar  el  asunto  con  mas  elevado  cri- 
terio, espresa  que  «los  que  habitan  en  las  llanuras  son  de  buena 
estatura,  pero  los  que  se  crian  en  los  valles  de  la  cordillera  so- 
brepasan en  la  mayor  parte  la  estatura  común...  Los  aspectos  de 
los  unos  i  los  otros  son  regulares,  i  nunca  han  tenido  la  fantasía, 
seguida  de  otros  salvajes,  así  del  nuevo  como  del  viejo  conti- 
nente, de  querer  correjir  la  naturaleza  poniéndose  disformes  los 
semblantes  para  hacerse  mas  bellos  o  formidables.!) 

De  estas  pequeñas  diferencias  que  se  notan  entre  los  indios 
propiamente  araucanos  testifican  la  jeneralidad  de  los  autores, 
pero  ellas  deben  referirse,  mas  que  a  una  diversidad  cualquiera 
de  raza,  a  los  lugares  que  habitan,  a  sus  costumbres  i  al  j enero 
de  alimentación  que  usaban.  Merece  notarse,  sin  embargo,  entre 
ellas  la  de  haberse  encontrado  en  el  país  indios  blancos,  según 
lo  aseguraba  ya  Valdivia  al  rei  en  los  comienzos  de  la  conquista 
española. 

41.  Páj.  39. 


I02  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

El  historiador  Góngora  Marmolejo,  que  fué  también  de  los 
primeros  que  vino  a  Chile  i  cuyas  informaciones  son  de  ordi- 
nario en  un  todo  dignas  de  crédito,  es  terminante  cuando  dice 
que  la  chilena  des  jente  bien  ajustada,  por  la  mayor  parte  blan- 
ca/*j&  exactamente  lo  mismo  que  repetia  después  el  cronista  de 
la  Orden  franciscana  en  América.  En  Gay  se  lee,  asimismo,  según 
la  aseveración  de  cierto  autor,  que  «los  indios  de  Valdivia  eran 
blancos  todos,  i  las  mujeres  hermosas/^j)  Molina  hacia  igual- 
mente notar  el  hecho,  radicando  los  indios  blancos  en  una  tribu 
establecida  en  la  provincia  de  Boroa,  «cuyos  individuos,  espresa- 
ba, son  blancos  i  rubios,  sin  ser  mistos.»  Esta  variedad  suele  atri- 
buirse por  los  escritores  españoles  a  los  descendientes  de  los 
primeros  europeos  llevados  a  aquellos  lugares  después  de  la 
terrible  sublevación  de  los  comienzos  del  siglo  XVI;  pero  contra 
esta  teoría,  el  mismo  Molina  observa  con  mucha  razón  que  «así 
como  los  primeros  españoles  fueron  igualmente  dispersos  entre 
todas  las  demás  provincias  de  los  araucanos  vencedores,  donde 
no  se  ven  blancos,  así  parece  que  esta  opinión  es  poco  fundada;*^» 
a  lo  que  podria  añadirse  que  los  indios  blancos  existían  ya  desde 
la  primera  entrada  de  los  españoles  i  cuando  los  autores  que 
afirmaron  el  hecho  en  sus  escritos  hacia  largo  tiempo  que  habían 
dejado  de  existir. 

Los  antiguos  etnólogos  tomaban  pié  precisamente  de  la  parti- 
cularidad indicada  para  deducir  que  los  chilenos  descendían  de 
los  frisios,^'  i  acaso  con  esta  suposición  demostraban  mas  criterio, 
reconociendo  la  coexistencia  de  dos  razas  diversas  en  el  país, 
que  con  los  volúmenes  de  erudición  que  habían  gastado  para 
llegar  al  mismo'resultado,  comparando  las  circunstancias  insig- 
nificantes o  meramente  casuales,  de  las  semejanzas  que  podían 
notar  respecto  de  los  usos  i  costumbres  de  los  distintos  pueblos 
que  trataban  de  relacionar. 


42.  Historia  de  Chile ^  páj.  2. 

43.  Documentos^  1. 1,  páj.  222. 

44.  Historia  crvil^  lug.  cit. 

45.  Véase  Petrus  Suffridius,  ¡  Hamconü. 


CAP.   VI. LOS   ARAUCANOS  IO3 

Pero  este  distintivo  que  descollaba  como  una  escepcion  en  el 
.  centro  de  la  Araucanía,  según  los  que  han  limitado  el  aserto  de^ 
los  primeros  cronistas  a  una  sola  tribu,  aparece,  por  el  contrario, 
como  la  regla  respecto  de  los  habitantes  que  se  estendian  al  sur 
de  Chiloé.  Así,  Rosales  testificaba  que  «los  chonos  eran  comun- 
mente blancos  i  rubios,»  circunstancia  que  atribula  a  la  ccfrialdad 
de  la  tierra  i  cercanía  del  polo.^»  «Los  poyas  de  mas  al  sur,  ana- 
dia Pietas,  se  distinguen  de  los  demás  en  la  lengua,  fisonomía  i 
natural:  son  ademas,  algo  pequeños,  abultados  de  cara  i  tienen 
los  ojos  mui  pequeños.*^» 

Seria  inútil  pretender  encontrar  en  las  antiguas  relaciones  de 
los  viajeros  detalles  mas  minuciosos  respecto  de  los  caracteres 
estemos  de  los  habitantes  de  las  islas  o  de  la  costa  occidental  de 
Patagonia;  pero  no  podemos  dejar  de  señalar  aquí  un  dato  curioso 
que  apunta  Rosales  i  que  para  su  época  revela  cierto  espíritu  de 
profunda  investigación.  La  existencia  de  los  jigantes  en  Chile, 
decia  el  buen  jesuita,  se  prueba,  porque  ademas  de  hallarse  en- 
tre los  indios  algunos  «de  soberbia  grandeza,»  en  sus  sepulturas 
se  encuentran  cabezas  i  huesos  que  exceden  a  los  otros  incom- 
parablemente.^!) 

Tales  son  los  datos  que,  en  cuanto  toca  a  nuestro  tema,  hemos 
podido  reunir,  sacándolos  de  los  cronistas  primitivos,  i  estos 
datos  que  aparecen  naturalmente  deficientes  ante  las  minuciosas 
exijencias  de  la  moderna  antropolojía,  veremos  ahora  modo  de 
completarlos  con  los  que  autores  mas  modernos  apuntan  respecto 
de  los  caracteres  físicos  de  los  araucanos  i  otros  indíjenas. 

«En  cuanto  a  las  formas  del  cuerpo,  las  ramas  de  los  pueblos 
chilenos,  dice  Poeppig,  se  parecen  en^nuchas  circunstancias.  Por 
lo  que  se  refiere  al  esterior,  nadie  encontraría  una  diferencia 
entre  el  moluche  i  el  pehuenche,  pues  no  usan  las  varias  seña- 
les que  han  conservado  las  naciones  sobre  el  Marañon,  hasta  en 
el  estado  de  semi  cultura,  como  habitantes  de  las  misiones,  a  fin 

46.  Conquista  espiritual  de  Chile^  M.  S. 

47.  Imforme  al  Rei  sobre  las  diversas  razas  de  indios^  M.  S. 

48.  Historia  de  Chile^  t.  I,  páj.  108. 


I04  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

de  indicar  su  diferencia  nacional  i  separación  por  medio  de  pin- 
turas en  el  cuerpo.  La  disimilitud  de  estos  pueblos  en  compara- 
ción con  los  de  los  trópicos  dé  Sud-América  ya  se  da  a  conocer 
a  primera  vista.  La  descripción  del  esterior,    como  se  observa 
entre  los  pehuenches,  puede  demostrar  esto.  La  altura  del  cuer- 
po excede  la  de  la  denominada   estatura  mediana,  es  (lecir,  por 
término  medio   deben  sentarse   cinco   pies  i  nueve  a  diez  pulga- 
das. La  estatura  es  enderezada  i  robusta,  pero  los  músculos  mu- 
cho menos  configurados  i  hermosos  que   los  del  hombre  de  la 
raza  blanca.  El  pecho  es  mui  arqueado,  el  cuello  casi  siempre 
corto,  las  manos  i  los  pies  mui  pequeños,  los  brazos  casi  dema- 
siado cortos  i  flacos.  El  cutis  es  blando,  casi  aterciopelado,  del 
mismo  color  en  ambos  sexos,  moreno  oscuro  que  raya  en  cobri- 
zo, mucho  mas;  claro  que  el  de  los  indios  civilizados  del  Amazo- 
nas, i  casi  blanco  en  comparación   con  el  color  de  los  mundru- 
cos,  pueblos  del  Yapurá  i  del   Ucayali.  Por  medio  del  tacto  se 
percibe   que  el  cutis  ni  es  tan  seco  como  el  de  los  europeos  ni 
tan  untuoso  como  el  de  los  africanos;  se  pone   mucho  cuidado 
en  él  por  el  uso  de  baños,  que  no  se  abandonan  ni  en  la  esta- 
ción  fria,  i  por  una  gran  limpieza.  Las  facciones  son  bastante 
despejadas,   sin  aquella  esquivez  ni  desagradable  recelo  que  se 
dan  a  conocer  en  la  fisonomía  del  indio  de  los  tr/)picos;  sin  em- 
bargo, les  caracterizan  cierta  aspereza  i  determinación  orguUosa 
que  podrian  amedrentar.  El  cráneo  es   comparativamente  mas 
pequeño  que  el  de  la  raza  caucásica,   pero  sus  huesos   son  mas 
gruesos.  La  frente  no  es  nunca  mui  alta,  pero  tampoco  tan  des- 
figurada por  el  crecimiento  del  pelo  en  ella,  como  en  el  indíjena 
peruano,  derecha  i  nunca  tan   inclinada  hacia  atrás  como  en  la 
chocante  cabeza  del  cherokee.  La  cara  es  ancha,  los  huesos  yu- 
gales i  el  arco  de   las  cejas  son  prominentes;  los  ojos  no  están 
mas  hundidos  que  los  del  blanco,  pero,  sin  escepcion,  tienen  el 
color  moreno  que  raya  en  negro  i  muestran  un  iris  color  bilioso^ 
La  nariz  es  mucho  mas  frecuentemente  derecha  que  aguileña,  i 
que  sin  ser  grande,   está  provista  de  ventanillas  dilatadas.  La 
barba  es  ancha  i  baja;  la  parte  inferior  de    la  cara,   en  jeneral, 


CAP.    VI. — LOS    ARAUCACÍOS  105 

algo  prominente,  pero  en  la  línea  de  la  mandíbula  inferior  niui 
redondeada.  Los  dientes  son  chicos,  con  el  asiento  notablemen- 
te chato  {trinicati  et  depresso  planty)  especialidad  singular,  que 
no  trae  su  oríjen  ni  del  comer  i?íote  (maiz  tostado,  de  cuya  in- 
fluencia dañina  a  los  dientes  se  quejaban  los  conquistadores  del 
Perú,  i  de  que  hicieron  mención,  como  prueba  de  sus  males,  en 
su  manifiesto  de  la  guerra,  dirijida  a  Carlos  V,  cuando  a  la  época 
de  la  guerra  civil  tomaron  las  armas  contra  la  soberanía  i  contra  la 
ingratitud  españolas,)  como  éntrelos  indios  de  la  sierra  peruana, 
ni  debe  confundirse  con  la  costumbre  de  afilar,  o  bien  de  romper 
los  dientes  incisivos  para  ponerlos  puntiagudos,  a  la  cual  se  con- 
forman, por  una  insensata  vanidad,  hasta  las  mujeres  medio  blan- 
cas sobre  el  Amazonas.  Con  todo,  estos  dientes  que  presentan 
encima  una  cara  horizontal,  del  ancho  de  una  a  dos  líneas,  se 
conservan  mui  bien,  a  lo  que  quizá  contribuye  mucho  el  fre- 
cuente frotamiento  con  ramitas  de  nathi^  solamum  amargo  co- 
mo hiél.  Las  cejas  son  rectilíneas  i  aparecen  como  rayas  angos- 
tas i  delgadas,  sumamente  parecidas  a  las  de  la  raza  mongólica. 
Esta  circunstancia  podria  inducir  fácilmente  a  un  paralojismo, 
si  se  ignora  que  los  pehuenches  sacan  cuidadosamente  las  cejas; 
considerando  por  mui  indecente  presentarse  con  mas  que  una  ra- 
ya delgada  i  angosta  de  ellas.  Del  mismo  modo  se  quitan  la  es- 
casa patilla.  El  cabello  es  mui  negro,  tan  largo  i  lacio  como  el 
de  todas  las  razas  americanas,  i  no  encanece  sino  en  la  vejez  mas 
avanzada.^^» 

Por  lo  que  toca  a  los  indios  chonos,  poyas  i  caucahues,  las 
noticias  que  sobre  el  particular  poseemos,  son  mucho  mas  esca- 
sas. Fitzroy,  que  tuvo  ocasión  de  ver  i  comparar  a  los  indíjenas 
de  las  costas  de  Patagonia  i  Tierra  del  Fuego,  dice  lo  siguiente, 
hablando  de  los  primeros,  a  propósito  de  un  encuentro  que  tuvo 
con  algunos  de  ellos  en  el  golfo  de  la  Trinidad. 

((Eran  con  mucho  superiores  a  cualquier  fueguino  de  los  que 
habíamos  visto,  siendo  de  una  raza  mas  alta,  mas  derecha  i  me- 


40.  Reise  in  Chile^  Pern^  etc^  t.  I,  páj.  456. 

^  .15 


I06  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

ior  proporcionada;  las  piernas  las  tenian  mas  redondeadas,  mas 
musculosas  i  mas  llenas  que  las  de  todos  los  indios  que  usaban 
canoas  en  el  estrecho  de  Magallanes  o  en  el  canal  Bárbara.  El 
ancho  de  la  espalda,  tan  notable  en  los  fueguinos,  no  era  tan 
marcado  en  este  pueblo,  ni  eran  tampoco  tan  feos  como  aquellos. 
Todos  estuvimos  acordes  en  que  pertenecian  a  una  raza  mas 
hermosa  que  la  que  habiamos  visto  hasta  ahora  en  el  mar,^D 

(cEs  indudable,  dice  el  capitán  Simpson,  de  la  marina  chilena, 
que  en  otro  tiempo  estuvo  habitado  todo  el  archipiélago  de  los 
Chonos,  pero  en  el  dia  la  raza  indíjena  ha  desaparecido  comple- 
tamente. En  algunas  partes  existen  aún  sepulturas,  de  donde  se 
han  extraido  cráneos  idénticos  a  los  de  la  raza  poya.^^j)...  ccTo- 
dos  los  restos  i  vestijios  de  aquella  raza  ya  casi  han  desaparecido 
a  mano  de  los  brutales  hacheros,  quienes  tienen  a  mérito  des- 
truir a  todos  los  que  encuentran  de  esos,  para  ellos,  abominables 
jentiles.  Por  otr%  lado,  las  grandes  olas  de  los  terremotos,  que 
en  el  último  siglo  se  dejaron  sentir  en  el  archipiélago,  pasando 
por  encima  de  las  playas  bajas  que  frecuentaban  los  chonos,  han 
contribuido  mucho  a  hacer  desaparecer  sus  huellas,  i  también  la 
vejetacion  densa  ha  vuelto  a  cubrir  los  sitios  limpiados  por  ellos... 
Sus  habitaciones  eran  cuevas  i  a  veces  chozas  circulares,  cuyas 
estacas  he  visto.  A  menudo  enterraban  los  muertos  cerca  de  es- 
tas habitaciones;  pero  por  lo  común  preferían  colocarlos  en  cue- 
vas, tapándolos  con  ramas.  En  varias  de  éstas,  el  práctico,  en 
tiempos  pasados,  encontró  momias  acondicionadas  en  atahúdes 
de  cortezas  de  ciprés,  en  forma  de  huevos;  pero  todas  han  sido 
ya  removidas  o  destruidas.^i> 

«Apenas  quedan  restos  de  los  primeros  moradores  o  natura- 
les de  este  archipiélago,  añade  por  su  parte  el  cirujano  de  1^ 
misma  espedicion  enviada  a  aquellos  sitios  hace  diez  años;  tuve, 
sin  embargo,  la  buena  fortuna  de   encontrar  un   cráneo  en  una 


50.  Fovajij^e  ofthe  Adveuture  and  Beagle^  t.  II,  páj.  197. 

51.  Anuario  hidrográfico ^\.,  I,  páj.  l8. 

52.  ///.,  iV/.,  páj.  43. 


CAP.    VI. — LOS    ARAUCANOS  lOJ 

cueva  en  Puerto  Americano.^  Los  cortadores  de  madera,  em- 
pleados en  el  archipiélago,  vienen,  por  lo  común,  de  la  parte  sur 
de  la  isla  grande  de  Chiloé.  Se  les  supone,  en  jeneral,  ser  des- 
cendientes de  los  chonos.  Físicamente  hablando,  son  de  peque- 
ña estatura,  no  pasando  la  altura  media  de  un  adulto  de  un  me- 
tro treinta  i  siete  centímetros.  La  fisonomía  ni  es  hermosa,  ni 
indica  intelijencia;  la  complexión  morena;  la  cara  con  escasa 
barba  i  el  pelo  tieso  i  negro.  La  frente  es  pequeña  i  la  cara  lar- 
ga i  angosta,  no  pasando  la  distancia  entre  las  dos  arcos  zigomá- 
ticos  (como  la  encontré  en  un  individuo  que  se  puede  tomar  por 
un  buen  espécimen)  de  ochenta  i  cinco  milímetros.  Los  ojos  son 
oscuros  i  hundidos,  i  la  nariz  pequeña;  la  boca  es  grande  i  dere- 
cha, con  los  labios  delgados;  los  dientes  son  jeneralmente  pe- 
queños i  blancos;  el  pecho  es  ancho  comparado  con  la  estatura 
del  individuo,  pero  achatado;  el  antebrazo  es  notablemente  largo; 
el  sistema  muscular,  fuerte  i  bien  desarrolladoj)... 

Con  estos  antecedentes  podemos  ocuparnos  ya  del  examen  de 
los  cráneos  de  indíjenas  chilenos  procedentes  de  distintas  loca- 
lidades. El  número  de  ejemplares  no  pasa  de  dieziseis,  todos 
pertenecientes  a  la  colección  del  Museo  nacional,  únicos  también 
que  hemos  podido  tener  a  la  vista  i  que  reproducimos  en  nuestras 
láminas  215-230. 

Las  medidas,  que  hemos  tomado  en  milímetros,  aparecen  indi- 
cadas en  el  encabezamiento  del  siguiente  cuadro: 

53.  Véase  su  descripción  mas  adelante. 


1 

f    I 
t 


LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 


ssn 

,.^.,™. 

JS 

30 

~ 

3Ú 

M 

_ 

■3 

e 

1 

130 
l« 

¡X 

un 

1 

|ii 

1Í7 
ISl 

lee 
no 

17S 

IKl 

i 
1 

is 

í 

£ 

113 

lis 

111 
iiN 

P 

1 
s 

91-, 

tes 

pfi! 

„„„„,„„. 

— 

L",?'í;"u'5SíI| 

Aftiíano 

-     ■"   i— ^   ! 

la  >uliini  pulíUl. 

91 

- 

— 

». 

- 

,. 

- 

„ 

.SK&iJ 

„ 

193 

130 

133 

«MJíXri™'    un 
proeiial  lamo  nolable. 

- 

™ 

rtí;:í.a.sr 

-- 

-U 

0«,mo 

» 

.« 

- 

,. 

rrubnhlPinentL.  no 
•  de  un  iadycDU  si: 

1» 

1» 

Antígiu, 

3S 

- 

,„ 

Ai.lÍK«.>,  El  l™-' 
uicMBluDiucnnií-; 
triad.,. 

IW 

2!L 

13i 

ISl 

1,7 

Müdíino. 

,» 

1„ 

Aaligoo. 

P»n.  Am.ri.aup 

— 

— 

MBUnlip». 

;: 

1 

-- 

- 

^ 

Típrai  ilul  Kaego- . . 

— 

1,S 

lloJcriiot 

CAP,    VI. — LOS   ARAUCANOS  IO9 

Las  medidas  indicadas  en  el  cuadro  anterior  deben  conside- 
rarse simplemente  como  un  bosquejo,  hallándose,  por  cierto, 
como  lo  reconocemos,  mui  distantes  de  aproximarse  a  los  méto- 
dos modernos  de  los  especialistas  en  craneolojía;  pero  puede 
suplir  por  ellos  el  examen  de  los  dibujos  qive  se  ha  procurado 
hacer  tan  exactos  como  se  ha  podido.  Escluyendo  el  cráneo  pro- 
cedente de  Rapel,  que  revela  un  oríjen  poco  auténtico,  puede 
estimarse  que,  a  pesar  de  las  variedades  que  se  notan  en  los  que 
damos  como  de  araucanos  relativamente  modernos,  conservan 
siempre  un  tipo  análogo,  con  escepcion  quizás  del  número  216 
que  manifiesta  un  frontal  tan  estrecho  que  lo  acerca  a  los  que 
proceden  de  mucho  mas  al  sur. 

El  tipo  braquicéfalo  encuentra  su  representante  mas  puro  en 
el  número  226,  estraido  de  una  sepultura  antigua  de  Punta  de 
Teatinos,  cerca  de  Coquimbo  i  que  yacia  con  algunos  objetos  cu- 
ya descripción  se  verá  mas  adelante.  Del  estudio  de  estos  obje- 
tos aparece  a  todas  luces,  (i  ya  el  lugar  en  que  fué  hallado  así  lo 
indica,)  que  este  cráneo  ha  debido  ser  de  algún  indio  pescador, 
probablemente  de  la  raza  de  los  changos.  Un  examen  somero 
manifiesta,  como  una  de  las  particularidades  de  este  curioso 
ejemplar,  una  depresión  considerable,  que  en  su  parte  mas  pro- 
nunciada alcanza  a  un  ancho  de  cuatro  i  medio  centímetros,  en 
la  sutura  sagital.  Paralela  a  la  primera  sutura  trasversal  corre 
igualmente  otra  depresión  que  divide  la  cabeza  en  dos  hemisfe- 
rios perfectamente  marcados. 

Es  tan  característico  este  cráneo  que,  a  nuestro  modo  de  ver, 
es  representante  de  una  raza  distinta  de  la  araucana,  así  como 
lo  son  también  los  dos  que  han  sido  de  indios  chonos,  i  mas  es- 
pecialmente el  traido  de  Puerto  Americano  por  el  doctor  Pen- 

davis. 
En  estos  aparecen  marcados  de  una  manera  notabilísima  los 

arcos  orbitarios;  el  frontal  es  muchísimo  mas  estrecho  i  la  cabeza 
en  jeneral  mas  alargada. 

De  entre  los  que  damos  como  araucanos  ,hai  uno  en  que  el 
frontal,  al  nivel  de  la  órbita,  aparece  también  bastante  estrecho. 


I  I  o  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

pero  ningunos  que  se  hagan  notar  mas  como  distintos  del  tipo  de 
aquellos  que  los  que  representan  los  números  221  i  222. 

Somos  legos  en  esta  materia,  lo  repetimos,  i  por  eso  nos  con- 
tentamos con  señalar  aquí  a  la  investigación  de  los  especialistas 
las  diferencias  marcadísimas  que  se  observan  en  los  ejemplares 
que  hasta  ahora  conocemos  de  nuestros  aboríjenes.  Pero,  aún 
suponiendo  que  la  diferencia  de  caracteres  físicos  que  se  han  co- 
leccionado, i  de  los  hábitos  i  costumbres  de  que  mas  adelante  tra- 
taremos, entre  los  araucanos  i  los  chonos,  para  nada  deban  con- 
siderarse; aunque  supongamos  que  la  diversidad  de  lenguaje  entre 
unos  i  otros  sea  mas  nominal  que  efectiva,  de  lo  que  hasta  ahora 
puede  dudarse;  todo  lo  anterior  aparecerá  desvanecido  *ante  el 
solo  examen  de  los  cráneos  de  uno  i  otro  pueblo. 

Ya  antes  hemos  indicado  que  todo  concurre  a  creer  que  en  la 
noche  de  los  siglos  moró  en  Chile  una  raza  de  hombres  que  dejó 
las  huellas  de  su  paso  escritas  en  el  granito  de  los  Andes,  i  que 
se  supone  desaparecida  a  consecuencia  de  los  grandes  cataclis- 
mos que  en  una  época  jeolójica  reciente  ha  debido  esperimentar 
este  continente;  ya  sabemos  también  que  en  los  tiempos  históri- 
cos, la  raza  quichua  invadió  el  norte  del  país  e  introdujo  en  él, 
ademas  de  sus  leyes  i  civilización,  un  elemento  que  ha  modifica- 
co  el  tipo  de  nuestros  aboríjenes;  i  la  craneolojía,  demuestra 
ahora  que  los  araucanos,  para  establecerse  en  los  sitios  en  que 
fueron  hallados  por  los  españoles,  han  debido  empujar  hacia  el 
sur  una  raza  mas  débil,  menos  numerosa  i  sin  duda  mucho  peor 
dotada,  que  vino  a  encontrar  refujio  i  residencia  en  las  costas 
inhospitalarias  de  la  Patagonia  occidental  i  en  las  islas  de  esa 
rejion  bañadas  siempre  por  las  lluvias  i  azotadas  por  los  venda- 
vales. 

Pero,  de  la  semejanza  manifiesta  que  se  nota  en  los  cráneos 
del  indio  chono,  payo  i  caucahue  con  el  de  los  fueguinos,  deri- 
vada especialmente  de  la  prominencia  de  los  arcos  orbitarios,  de 
la  estrechez  del  frontal  a  ese  nivel,  i  de  la  forma  posterior  de  la 
cabeza,  ¿no  podria  también  lejítimamente  inferirse  que  todos  los 
pueblos  que  habitan  esas  playas  son  miembros  diseminados  de 


CAP.   VI. — LOS   ARAUCANOS  III 

una  gran  familia  antigua,^  i  que,  por  consiguiente,  el  territorio 
actualmente  chileno  ha  sido  poblado  por  emigraciones  veni- 
das a  la  vez  del  norte  i  del  sur  i  cuya  línea  de  demarcación  se 
encontraba  en  los  límites  australes  de  la  isla  grande  de  Chiloé? 
Si  como  piensan  algunos,  los  habitantes  de  la  Tierra  del  Fuego 
son  autóctonos  del  lugar^  i  han  debido  tener  relaciones  antropo- 
lójicas  con  los  pueblos  que  dejaron  sus  huesos  en  los  paraderos 
prehistóricos  del  Plata,  esa  raza  primitiva,  dando  vuelta  al  con- 
tinente sud-americano,  se  habria  estendido  a  uno  i  otro  lado  de 
la  Patagonia.  El  estado  de  nuestros  adelantos  científicos  no  per- 
mite por  el  momento  establecer  una  conclusión  definitiva  sobre 
el  particular,  pero  se  vislumbra  ya  que  no  está  lejos  el  dia  en 
que  tan  trascendentales  problemas  encuentren  satisfactoria  so- 
lución. 


54.  Concuerda  con  nuestra  opinión,  la  emitida  en  la  páj.  44  del  Rejistro  de 
la  Marina  de  la  República  de  Chile,  1848,  donde  se  dice  que  «la  variedad  de 
las  tribus  de  los  fueguinos  parece  estenderse  desde  la  parte  nordeste  de  la  Tie- 
rra del  Fuego,  hasta  el  archipiélago  de  los  Chonos.» 

55.  Jouan,  Les  lies  du  Pacifique^  páj.  135. 


CAPITULO  VIL 


LOS  ARAUCANOS. 


II. 


Divisiones  jeográficas. — Behetrías. — Existencia  de  un  gran  reino  en  el  sur  de  Chi- 
le.— Las  Amazonas. — Isla  de  Lucengo. — Disensiones  entre  las  diversas  tribus. 
— Sujeción  a  los  caciques. — Convocatoria  para  la  guerra. — Juntas  de  guerra. 
— Preparativos  para  la  campaña. — Declaración  de  la  guerra. — Orden  de  com- 
bate.— Armas. — Picas. — Macanas  — Flechas. — Otras  armas. — Piedras  hora- 
dadas.— Canto  de  la  victoria. — Distribución  del  botin. — Muerte  del  prisio- 
nero.— Celebración  de  la  paz.—  Regreso  al  hogar. 

Si,  como  queda  dicho,  no  faltan  fundamentos  para  pensar  que 
todos  los  habitantes  de  Chile  no  reconocían  su  oríjen  en  una 
misma  raza,  en  cambio,  puede  asegurarse,  que  las  diversas  tribus 
en  que  se  ha  dividido  a  los  araucanos,  constituían  en  el  fondo  un 
solo  i  mismo  pueblo.  Las  distintas  designaciones  con  que  a  veces 
se  les  nombra,  de  ordinario  tomadas  del  propio  vocabulario  in- 
díjena,  no  implican  sino  simples  designaciones  jeográficas.  «A  los 
que  residen  en  la  faja  de  tierra  que  es  propiamente  Chile,  di- 
viden en  dos  parcialidades: /za/wc//^,  o  jente  del  norte,  llaman  a 
unos,  i  hiiilliche  o  jente  del  sur,  a  la  otra.  La  primera  se  com- 
prende desde  Copiapó  hasta  Biobio,  i  la  segunda  entre  este  rio  i 
la  altura  de  cincuenta  i  dos  grados.D 

16 


114  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

«Pero  la  célebre  denominación,  añade  el  autor  que  citamos,  es 
la  que  han  hecho  en  butal-mapus  (C7/í///tíj;/;//¿z/w,^  grande  territo- 
rio, como  si  dijéramos  cantón)  los  que  actualmente  ocupan  el 
distrito  que  describimos.  De  norte  a  sur  lo  han  dividido  en  tres 
butalmapus,  desde  el  Biobio  hasta  el  Tolten,  quedando  de  un 
rio  a  otro  tres  líneas  paralelas  imajinarias:  a  la  que  corre  para- 
lela con  la  costa,  llaman  labquai'mapii^  país  marítimo;  a  la  que 
lo  está  con  los  Andes,  inapire-mapu^  país  subandino;  i  al  que 
tiene  su  dirección  entre  las  dos,  lelviin-mapu^  país  llano.  Toda- 
vía instituyeron  otro  butalmapu  en  el  territorio  comprendido  en- 
tre el  Tolten  i  los  42  grados  de  latitud. 

(íOtros  escritores  quieren  que  los  tres  primeros  butalmapus 
estiendan  sus  líneas  hasta  la  espresada  altura,  i  elevan  a  la  parcia- 
lidad pehuenche  a  componer  el  cuarto.  Yo  viajé  en  muchas  oca- 
siones por  las  cuatro  butan'^alpus,  he  tratado  mucho  con  aquellos 
indios  en  el  gobierno  que  he  tenido  de  casi  todas  las  poblaciones 
de  aquellas  fronteras  i  últimamente  el  del  estado  de  Arauco,  cuyos 
nacionales  son  ios  mas  fieles  conservadores  de  sus  tradiciones. 
Con  estas  proporciones  hice  amistad  con  algunos  indios  princi- 
pales, i  de  ellos  i  de  españoles  chilenos,  intelijentes  en  su  idioma 
i  en  sus  costumbres,  a  quienes  examiné  prolijamente  en  su  dé- 
bil política,  adquirí  que  la  verdadera  división  es  la  que  hemos 
dado^D... 

Según  el  padre  Ramírez,  el  primer  butalmapu  se  componía  de 
ocho  aillaragues^  Arauco,  Tucapel,  Ranquilhue,  Tirúa,  Canten, 
Collico,  Boroa  i  Tolten,  i  abrazaba  mas  de  cíen  reducciones. 
El  segundo  constaba  de  los  de  Colhue,  Chacaico,  Quechuregue, 
Guanehue  i  otros,  con  cincuenta  i  tres  reducciones.  En  el  lel^ 
vunmapn  tenia  también  cinco  aillaragues,  Encol,  Puren,  Repo- 
cura,  Maquehue  i  la  Imperial  alta,  con  cincuenta  reducciones.  En 
el  butalmapu  huilliche  hai  los  de  Queuli,  Mariquina,  Gañihue, 
Quinchilca,  Cudico,  DagllipuUi,  etc.  Finalmente,  el   pretendido 


I.  Según  el  padre  Pebres,  Arte  de  la  lengua  general^  etc. 

2    Carvallo  i  Goyeneche,  Historia  del  reino  de  Chiles  segunda  parte,  páj.  134. 


CAP.   Vil. — LOS   ARAUCANOS  II5 

butalmapu  de  lospehuenches  ^o  pire-maptiy  mucho  menos  conoci- 
do que  los  otros,  constaba  de  los  aillaragues  de  Quilolco,  Ru- 
calhue,  Callaquí,  Lolco,  i  en  él  vivían  antiguamente  los  chiqui- 
llanes.' 

Estas  clasificaciones,  a  las  cuales  se  presta  admirablemente  el 
idioma  araucano,  según  dice  Fitzroy,  tienen  pues,  su  importancia 
i  encuentra  su  lugar  adecuado  en  su  tratado  jeográfico;  pero  bás- 
tenos por  ahora  la  advertencia  que  dejamos  indicada,  sin  que 
por  eso  dejemos  de  notar  en  cada  caso  las  costumbres  especiales 
atribuidas  a  cada  una  de  esas  diversas  tribus  i  que,  de  ordinario 
solo  derivan  de  la  posición  que  ocupaban  en  el  país. 

«Los  indios  de  Chile,  dice  Olaverría,  en  ningún  tiempo  se  sabe 
que  hayan  tenido  señor  ni  rei  universal  ni  particular  que  sobre 
ellos  tuviese  poder  i  dominio,  ni  mas  de  sus  caciques  en  cada 
parcialidad/;) 

«No  tenian  leyes  para  políticamente  gobernarse,  añade  Cór- 
doba i  Figueroa»  ni  gobierno  democrático,  aristocrático,  ni  mo- 
nárquico; aunque  los  que  eran  de  alguna  familia  o  parcialidad, 
miraban  con  algún  jénero  de  atención,  no  subordinación,  al  mas 
anciano  i  de  mas  racionalidad,  que  con  el  trascurso  quedaron  de 
caciques  sus  descendientes;  i  los  mas  eran  despreciados  i  en  sus 
continuas  embriagueses  los  ultrajaban. d 

Pedro  de  Valdivia,  en  sus  cartas  al  rei,  sienta  el  mismo  hecho, 
diciendo  que  «con  behetrías  eran  nombrados  todos  los  principa- 
lejos,  i  cada  uno  de  éstos  los  indios  que  tiene  son  a  veinte  i  trein- 
ta.S  En  un  mandamiento  acerca  de  los  pleitos  de  indios,  del 
mismo  Valdivia,  que  se  rejistra  en  las  Acias  del  Cabildo  de  San- 
tiago, se  hace  notar  que  a  causa  de  ser  Chile  «tierra  de  behetrías, 
i  los  indios  reconocer  poca  sujeción  a  los  caciques,  i  ser  por  sí 
muchos  principales  por  sus  indios,  que  acaso  se  nombran  sujetos 
de  otros  caciques  al  principio,  i  se  hallan,  andando  el  tiempo,  no 


/ 


3.  Ramirez,  Cronicón  sacro-imperial  de  Chile. 

4.  Gay,  Documentos^  I,  22. 

5.  Historiadores  de  Chile  y  t.  I,  páj.  13. 


Il6  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

serlo,  cuando  se  tiene  mas  lumbre  i  se  alcanza  a  saber  mas  parte 
de  sus  costumbres  i  manera  de  vivir  i  sujeción.*)) 

El  padre  franciscano  frai  Francisco  Javier  Ramirez,  estudiando 
este  mismo  punto,  llega  a  la  conclusión  de  que  en  Arauco  habia 
por  lo  menos  treinta  régulos  cuando  vinieron  a  Arauco  los  espa- 
ñoles,^ los  mismos^  que  Ercilla,  sin  duda,  con  mas  fundamento, 
reduce  solo  a  dieziseis.®  Estos  jefes  eran  conocidos  con  el  nom- 
bre de  toques,  tenian  mando  superior  a  los  de  los  caciques,  dis- 
tinguiéndose por  la  insignia  de  donde  derivaban  su  nombre,  o  sea 
una  hacha  de  piedra,^  pues  «así  como  los  romanos,  usaban  llevar 
por  delante  unas  hachas  i  unas  varas,  así  estos  tienen  por  insig- 
nia unas  hachas,  no  de  hueso,  sino  de  pedernal  ensartadas  en  un 
palo/S  Mas,  a  pesar  de  todo,  principalmente  en  los  primeros 
tiempos  de  la  conquista  española,  no  han  faltado  quienes  hayan 
asentido  a  la  creencia  de  que  entre  los  antiguos  chilenos  hubo 
cierto  jefe  que  se  hacia  aparecer  como  un  verdadero  rei.  López 
de  Gomara,  por  ejemplo,  cuenta  que  los  compañeros  de  Valdi- 
via (toyeron  decir  que  habia  un  señor  dicho  Leuchengolma,  el 
cual  juntaba  doscientos  mil  combatientes  para  contra  otro  rei, 
vecino  suyo  i  enemigo,  que  tenia  otros  tantos;  i  que  Leuchengol- 
ma poseía  una  isla,  no  lejos  de  su  tierra,  en  que  habia  un  gran- 
dísimo templo  con  dos  mil  sacerdotes,  i  que  mas  adelante  habia 
amazonas,  la  reina  de  las  cuales  se  llamaba  Guanomilla,  que 
suena  «cielo  de  oro;D  de  donde  arguyen  muchos,  concluye  nues- 
tro autor,  ser  aquella  tierra  mui  rica;  mas,  pues  ella  está,  como 
dicen,  en  cuarenta  grados  de  altura,  no  tenia  mucho  oro.  Empe- 
ro, qué  digo  yo,  pues  no  han  visto  las  Amazonas,  ni  el  oro,  ni  a 
Leuchengolma,  ni  la  isla  de  Salomón  que  llaman  por  su  rique- 
zal^^D 


6.  Acias  del  Cabildo^  páj.  350. 

7.  Cronicón  sacro-imperial  de  Chile ^  lib.  I,  cap.  III.  M.  S. 

8.  Araucana^  Canto  I. 

9.  Bascuñan,  Cautiverio  feliz  ^  páj.  67. 

10.  Rosales,  Historia,  t.  I,  páj.  178. 

11.  Historiadores  de  Indias^  t.  2.^,  páj.  128. 


CAP.    VII. — LOS   ARAUCANOS  II7 

La  creencia  en  la  existencia  de  uno  o  mas  imperios  en  el  sur 
de  Chile,  así  como  en  las  amazonas,  i  como  sucedió  posterior- 
mente con  los  Césares,  cuando  aún  permanecia  casi  inesplorada 
esa  rejion  del  país,  fué  mui  jeneral  en  los  primeros  tiempos  de 
la  conquista.  Así,  Zarate  refiere  que  habia  «dos  grandes  señores 
que  se  hacen  mutuamente  la  guerra,  que  pueden  poner  en  cam- 
paña cada  uno  hasta  doscientos  mil  combatientes.  Uno  de  ellos 
se  llama  Leuchengolma,  quien  posee  una  isla  situada  a  dos  leguas 
del  continente,  que  está  consagrada  a  sus  ídolos,  i  en  la  cual  hai 
un  templo  servido  por  dos  mil  sacerdotes.  Los  indios  vasallos  de 
este  Leuchengolma,  dijeron  a  los  españoles  que  cincuenta  leguas 
mas  allá  habia,  entre  dos  rios,  una  gran  provincia  que  solo  esta- 
ba habitada  por  mujeres,  las  cuales  no  permitian  hombres  entre 
ellas,  sino  en  cierto  tiempo  para  los  fines  de  la  procreación. 
Añaden  que  estas  mujeres  eran  vasallos  de  Leuchengolma  i  que 
su  reina  se  llama  Guanoymiya,  lo  que  en  su  lengua  quiere  decir 
«cielo  de  oro,D  porque  en  su  país  se  encuentra  una  gran  cantidad 
de  oro;  que  fabrican  mui  ricas  telas,  i  que  de  la  totalidad  pagan 
tributo  a  Leuchengolma.^'D 

Pedro  Cieza  de  León,  aseveró  el  primero,  que  en  el  lenguaje 
indfjena,  la  isla  de  Santa  María,  se  llamaba  de  Lucengo,^^  opi- 
nión que  repitieron  Juan  Laet  i  Juan  Botero,  italiano,  en  cuya 
traducción  castellana  del  licenciado  Diego  de  Aguirre  se  lee  que 
dicha  isla  era  habitada  por  jente  que  sabe  i  gusta  de  policía  i  re- 
lijion. 

Mas,  a  pesar  de  los  autores  que  hemos  citado,  que  escribieron  de 
oídas,  lejos  del  teatro  de  los  sucesos  i  en  tiempo  en  que  se  admi- 
tían con  estraordinaria  facilidad  las  patrañas  mas  inverosímiles, 
la  verdad  de  todo  esto  era  mui  distinta,  como  se  supondrá  fácil- 
mente. 

Desde  luego  i  ajuicio  de  un  hombre  conocedor  de  aquel  pa- 
raje, el  jesuita  Diego  de  Rosales,   la  isla  de  que  se  trata  jamas 

12.  Histoire  de  la  conque  te  du  PéroUj  t.  I,  páj.  132. 

13.  Crónica  del  Perú,  páj.  360.  Historiadores  primitivos  de  las  Indias,  colee. 
Rivadeneyra,  t.  26. 


I  1 8  LOS   ABORÍ JENES   DE   CHILE 

se  llamó  de  Lucengo  sino  de  Punequen,  estando  poblada  aen 
los  tiempos  pasados  de  numerosos  indios  bárbaros,  ajenos  de  to- 
da relijion  i  policía  i  dados  a  supersticiones,  maleficios  i  hechice- 
rías, en  que  se  aventajaban  a  los  de  las  provincias  de  sus  confi- 
nes/S>  I  en  efecto,  parece  que  hubo  en  Biobio  cierto  cacique 
llamado  Leochengo;^"*  pero,  según  otros,  es  mas  probable  que 
mandase  en  la  isla  de  Mancera,  como  lo  asevera  Pastene  en  la 
relación  del  viaje  que  emprendió  al  sur  de  Chile  en  1544.^®  Pe- 
dro de  Valdivia  en  las  instrucciones  que  para  este  viaje  dio  a 
Pastene,  tocante  a  Leochengo,  le  advierte  que  era  el  señor  de 
la  isla  de  la  Quiriquina.^*^ 

Igualmente,  la  suposición  de  las  rivalidades  i  guerras  entre  los 
dos  señores  mas  poderosos  de  Chile,  tenia  su  razón  de  ser;  pues, 
como  se  verá  por  la  relación  que  sigue,  tomada  del  cronista  Gón- 
gora  Marmolejo,  el  primer  español  que  llegó  a  Chile,  llamado 
Pedro  Calvo,  encontró  en  el  valle  de  Aconcagua  a  dos  caciques 
enemistados,  cci  como  topó  con  el  uno  dellos,  que  fué  al  que  los 
indios  que  le  llevaban,  le  guiaron,  haciéndole  su  amigo,  maravi- 
llado en  gran  manera  de  que  un  tal  hombre  viniese  a  su  tierra 
honróle  mucho,  a  su  usanza.  Pedro  Calvo,  paresciéndole  que 
sus  hados  le  habian  traido  a  parte  donde  fuese  honrado  i  te- 
nido en  mucho,  entendiendo  que  en  algún  principio  bueno  con- 
sistia  su  felicidad  i  que  era  camino  aquél  para  servir  a  Dios, 
persuadió  51I  cacique  que  diese  fin  a  sus  enojos  con  guerra,  i  que 
él  le  ayudaria,  porque  los  españoles,  de  donde  él  venia  eran  in- 
vencibles i  que  ningunas  naciones  podian  sustentarse  contra  ellos, 
dándole  a  entender  que  en  el  nombre  de  Jesucristo  le  daría  la 
victoria  en  las  manos  i  venganza  de  sus  enemigos.  Atraido  a  lo 
que  el  español  le  dijo,  luego  le  encomendó  todas  sus  cosas  i 
mandó  a  sus  subditos  le  obedeciesen.  Puesto  en  nombre  de  ca- 
pitán i  tan  servido,  procuró  de  hacer  guerra,  tomando  la  causa 


14.  Historia,  t.  I,  páj.  286. 

15.  Anuario  Hidrográfico^  1879,  páj.  479. 

16.  Id.,  páj.  478. 

17.  Historiadores  de  Chile^  tomo  II,  páj.  217. 


CAP.    VII. — LOS   ARAUCANOS  II9 

por  suya.  Luego  corrió  la  tierra  al  contrario  provocándole  salie- 
se a  la  defensa,  i  tales  ardides  tuvo  i  tan  buena  orden  de  espa- 
ñol, que  en  un  dia  desbarató  a  su  enemigo  en  batalla  que  con  él 
hubo  i  fué  luego  su  reputación  tanta  que  en  mucha  parte  del  rei- 
no se  extendió  la  fama.  Su  contrario  buscó  favores  porque  quedó 
mui  derribado  i  falto  de  jente,  i  habiéndolos  hallado,  volvió  con 
toda  la  fuerza  que  pudo  juntar  a  hacer  guerra  al  español,  el  cual 
tuvo  tales  mañas  en  ella,  que  después  de  haberle  debelado  en 
muchas  escaramuzas,  un  dia  le  dio  batalla  i  lo  desbarató,  matán- 
dole mucha  jente,  de  lo  cual  quedó  casi  con  nombre  de  señor,  i 
ansí  como  a  tal  le  obedecían  los  señores  i  principales.^^» 

Tales  son,  a  nuestro  juicio,  entre  otros  de  menos  importancia, 
los  antecedentes  que  han  servido  de  base  a  las  invenciones  de 
las  fábulas  que  han  acojido  en  sus  obras  algunos  autores.  Ellos, 
pues,  lejos  de  justificar  la  existencia  de  grandes  señores  o  de  un 
imperio  cualquiera  en  Chile,  no  demuestran  sino  que  hasta  la 
época  de  la  conquista  española  solo  hubo  en  el  territorio  uno 
que  otro  cacique  sin  mas  preeminencia  i  poderío  que  el  tener 
bajo  su  inmediata  dependencia  unos  cuantos  mocetones.  ((Es 
verdad,  espresa  Olivares,  que  tienen  señalados  en  tiempo  de  paz 
sus  toquis,  mas  entonces  son  oficio  de  puro  nombre  sin  poder 
mandar  ni  enseñar  cosa  que  toque  a  la  guerra.^'*^»  Carvallo  asien- 
ta a  este  respecto  que  antes  de  la  llegada  de  los  españoles  a  Chile 
era  desconocido  entre  los  indios  el  título  de  cacique.  (tCada  fa- 
milia reconocía  en  uno  u  otro  individuo  de  ella  que  sobresalía  a 
los  demás,  una  especie  de  superioridad,  análoga  a  la  que  recono- 
ce nuestra  plebe  en  los  nobles  i  hombres  ricos,  a  quienes  estos 
nacionales  llaman  ulmenes.  Esto  lo  conservan  hasta  hoi  heredi- 
tario, i  procuran  que  en  los  que  la  tienen  recaigan  los  títulos  de 
cacique  i  cacique-gobernador,  introducidos  por  los  conquistado- 
res, siguiendo  la  costumbre  del  Perú..,  Aquella  superioridad  es 
tan  débil  i  tan  lánguida  que  carece  de  toda  autoridad,  i  venimos 


18.  Historia  de  Chilc^  páj.  3. 

19.  Historia^  páj.  57. 


130  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

pellejo,  como  ser  adargas,  petos  i  morriones,  i  les  defienden  co- 
mo si  fueran  armas  de  acero,  i  algunas  hai  tan  fuertes  que  son 
a  prueba  de  bala  de  arcabuz/^i)  «También  tienen  los  indios,  es- 
presa por  su  parte  Marino  de  Lovera,  algunas  armas  defensivas 
de  mui  recios  cueros  de  animales,  que  es  el  uso  mas  común  en- 
tre ellos.'*^!)  Al  peto  designaban  con  el  nombre  de  ihuculihucuj"^  i 
a  la  adarga,  con  el  de  thanana.^ 

Mas,  «de  armas  defensivas  no  usan  todos  los  infantes,  declara 
González  de  Nájera,  así  como  de  las  ofensivas,  porque  cuando 
mucho  las  traerán  la  quinta  parte  de  los  que  se  congregan  en  una 
junta.  Las  que  traen  son  coseletes,  capacetes  i  adargas,  todo  de 
cuero  duro  i  crudío.  Algunos  de  los  coseletes  son  cortos  como 
cueras,  i  otros  mas  largos  i  cumplidos.  Por  maravilla  trae  todas 
estas  armas  un  soldado  solo,  porque  unos  traen  mas  i  otros  me- 
nos de  sus  diferencias;  pero  de  las  que  mas  usan  son  las  adar- 
gas... Aún  se  ven  algunos  armados,  aunque  raros,  de  coseletes 
de  barba  de  ballena,  que  resisten  las  flechas,  formados  de  tabla 
de  anchura  de  una  mano,  cosidas  unas  con  otras,  de  manera  que 
vienen  a  ceñir  el  cuerpo  i  hacer  forma  de  coraza,  aunque  no  mui 
apretada.^» 

Por  lo  que  precede  se  verá,  pues,  que  don  Alonso  de  Ercilla 
no  hablaba  con  las  ficciones  de  la  poesía  cuando  espresaba  que 
los  indios: 

Tienen  fuertes  i  dobles  coseletes. 
Arma  común  a  todos  los  soldadi/S, 
I  otros  a  la  manera  de  sayetes 
Que  son,  aunque  modernos,  mas  usados; 
Grevas,  brazales,  golas,  capacetes 
De  diversas  hechuras  encajados, 
Hechos  de  piel  curtida  i  duro  cuero 
Que  no  basta  ofenderle  fino  acero.'^ 

46.  A/.,  páj.  1:9. 

47.  Historia  de  Chile,  páj.  41. 

4H.  Pérez  García,  Historia  de  Chile^ 

49.  Pebres,  Arte  de  la  leni^ua  general,  etc, 

50.  Desengaño  y  reparo  de  la  guerra  del  Reyno  de  Chile^  pájs.  72  i  179. 

51.  La  Araucana^  canto  I. 


CAP.    VII. — LOS   ARAUCANOS  121 

ron,  en  efecto,  este  suelo  los  ejércitos  del  Inca,  i  esa  falta  de  co- 
hesion  i  dependencia  que  los  hacia  naturalmente  débiles,  desa- 
parece como  por  encanto,  para  dar  lugar  al  agrupamiento  de 
todos  los  individuos  capaces  de  cargar  armas  i  presentar  batalla 
al  enemigo.  Llegan,  asimismo,  los  españoles,  i  en  vez  de  tener 
que  batirse  con  un  puñado  de  individuos,  se  ven  en  el  caso  de 
resistir  el  empuje  de  millares  de  soldados. 

¿Cómo  se  verificaba  este  fenómeno?  Óigase  lo  que  a  este  res- 
pecto dice  Ercilla: 

De  consejo  i  acuerdo  una  manera 
Tienen  de  tiempo  antiguo  acostumbrada 
Que  es  hacer  un  conyite  i  borrachera, 
Cuando  sucede  cosa  señalada: 
I  así  cualquier  señor  que  la  primera 
Nueva  del  tal  suceso  le  es  llegada 
Despacha  con  presteza  embajadores 
A  todos  los  caciques  i  señores 

Haciéndoles  saber  como  se  ofrece 
Necesidad  i  tiempo  de  juntarse, 
Pues  a  todos  Jes  toca  i  pertenece 
Que  es  bien  en  brevedad  comunicarse.23 

«Pero,  aunque  cada  uno  gobierna  su  jurisdicción  sin  ninguna  de- 
pendencia ni  subordinación  a  otro,  espresa  a  este  respecto  Rosales, 
con  todo,  cuando  se  ofrece  tratar  materias  de  guerra,...  el  toqui 
jeneral  los  convoca,  sacando  su  hacha  de  pedernal  negro,  ensan- 
grentado,  como  el  estandarte   de   guerra,  i  envia  a  los  demás 
Caciques  una  flecha  ensangrentada  i  unos  ñudos  en  un  cordón  de 
lana  colorados...  I  estos  mensajes  los  envia,  con  gran  secreto, 
Con  su  Leb-toqui,  que  es  su  ayudante...  El  cacique   que  los  re- 
cibe convoca  a  su  jente  i  delante  de   todos,  da  el  mensajero  el 
x-ecado,  i  conferida  la  materia  de  guerra,  envia  este  cacique  su 
ayudante  a  otro  cacique  con  la  misma  flecha,  toqui    (hacha)  i 
fludos;  i  de  esta  suerte  van  pasando  por  todos,  hasta  que  vuel- 

23.  La  Araucana,  canto  I. 

'  17 


132  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

las  semillas  de  los  árboles,  con  las  uñas,  con  los  puños,  i  mas  tar- 
de con  palos.»  Plinio  cuenta,  asimismo,  que  los  ejipcios  solo  ha- 
bían tenido  el  palo  en  un  principio  para  defenderse  de  los  afri- 
canos. 

La  macana,  de  que  venimos  tratando,  era,  con  todo,  un  arma 
mui  poco  superior  a  la  que  se  acaba  de  describir.  Pietas  apunta 
que  tenia  (ídiez  palmos  de  largo,  en  el  hasta  del  grosor  de  la  mu* 
ñeca  de  la  mano;  en  la  manga,  es  un  palmo  de  largo,  i  en  la  pun- 
ta hai  diferencia,  porque  unas  son  llanas,  otras  acanaladas,  otras 
sembradas  de  puntas  del  grosor  de  un  dedo.D  Pedro  de  Oña,  en 
las  aclaraciones  a  su  poema,  le  da  de  alto  dos  brazas  i  media; 
«remata  hacia  arriba  haciendo  un  codillo  mas  ancho  que  lo  de- 
mas  del  hasta,  en  forma  de  cayado:  juéganla  a  dos  manos.»  «La 
macana,  añade  Rosales,  es  un  palo  largo,  retorcido  a  la  punta,  el 
cual  juegan  a  dos  manos,  i  en  dando  a  uno  un  golpe,  como  son 
tan  forzudos  los  indios,  si  dan  en  la  cabeza  le  aturden,  i  con  el 
garabato  le  derriban.  I  en  cualquiera  parte  que  den,  hacen  gran 
de  impresión,  i  con  la  retorcida  de  la  macana  derriban  al  heri- 
do. ^j>  El  minucioso  jesuita  nos  refiere  también,  que  la  otra  es- 
pecie de  macana,  sembrada  de  puntas,  era  una  arma  temible, 
porque  hacia  muchas  heridas  a  la  vez.  Los  indíjenas  la  llamaban 
lonco- quilquil,  ^ 

Apesar  de  esto,  sin  embargo,  el  capitán  González  de  Nájera, 
que  describe  mejor  que  ninguno  esa  arma,  asegura  que  eran  ra- 
ros los  indios  que  la  cargaban,  i  dice  que  «era  un  hasta  de  ma- 
dera densa  i  pesada,  de  largueza  de  quince  palmos,  poco  mas  o 
menos,  i  tan  gruesa  como  la  muñeca,  con  una  vuelta  al  cabo,  de 
hasta  palmo  i  medio,  que  va  ensanchando  hasta  el  remate  cuanto 
un  palmo,  i  gruesa  como  dos  dedos,  modo  de  tabla,  en  cuya  vuel- 
ta forma  un  codillo,  que  es  la  parte  con  que  de  canto  hace  el 
golpe  i  hiere,  i  así  se  valen  de  ella  los  indios  en  las  trabadas  pe- 
leas, i  particularmente  donde  se  defiende  mucho  algún  enemigo^ 


56.  Historia^  t.  I,  páj.  119. 

57.  Pérez  García,  Historia  de  Chile. 


CAP,    VII. — LOS   ARAUCANOS  12 2 

del  razonamiento  de  cada  uno,  es  cosa  miii  de  oir  i  notar  el  ru- 
mor i  estruendo  que  toda  aquella  turba  junta  hace,  puesto  que 
sin  pronunciar  palabra,  hace  cada  uno  con  la  boca  un  rumor  se- 
mejante al  susurro  que  hacen  las  abejas,  aunque  mas  levantado;  i 
en  el  mismo  tiempo,  en  tan  confuso  ruido,  asido  cada  uno  de  la 
pica  a  dos  manos,  teniéndola  arbolada  i  cargando  el  cuerpo  sobre 
ella,  hieren  todos  juntos  con  los  talones  el  suelo,  de  suerte  que 
parece  que  tiembla  la  tierra...**^» 

Estas  reuniones  no  se  verificaban  sino  desde  la  primavera  en 
adelante,  pues  tan  pronto  como  comenzaban  a  descolgarse  las 
aguas, 

A  tal  sazón  los  bárbaros  sosiegan 
En  su  galpón  de  paja  o  rudo  rancho 
Do  arriman  la  macana  i  el  rodancho, 
I  al  elemento  cálido  se  allegan: 
Los  vibradores  arcos  de  que  juegan 
Ahorcan  de  la  estaca  o  medio  gancho 
Hasta  que  viene  el  tiempo  del  estío 
Con  que  entran  en  calor,  esfuerzo  i  brío.^ 

En  estas  juntas  que,  como  cuenta  el  poeta,  eran   borracheras, 
se  trataban  los  asuntos  de  mas  importancia,  no  siendo  raro  que 
se  prolongasen  tres  i  mas  dias,  entre  algazaras,  comilonas  i  pen- 
dencias. Sobre  el  asunto  que  motivaba  la  convocatoria  se  tenian 
largos  discursos,  proponiendo  cada  uno  sus  planes,  hasta  arribar 
a  una  resolución  definitiva.  Algunas  de  las  mas  hermosas  pajinas 
de  la  Araucancí,  contienen,  como  se  recordará,   las  arengas  de 
los  caudillos  indíjenas,  incitando  a  sus  compatriotas  al  combate 
o  proponiendo  a  la  consideración  de  la  muchedumbre  la  elección 
del  toqui  que  habia  de  mandarlos.  I  de  esta  manera  acontecia 
<iue  de  ordinario  un   solo  caudillo   venia  a  encontrarse    de  jefe 
supremo  de  la  nación  en  lo  tocante  a  la  dirección  de  la  guerra. 
Pero,  como  declara  Ercilla: 

26.  /</,  páj.  184. 

27.  Pedro  de  Ofia,  Arnaco  domado^  Canto  1  v  . 


i 


124  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

Los  cargos  de  la  guerra  i  preeminencia 
No  son  por  flacos  medios  proveídos, 
Ni  van  por  calidad  ni  por  presencia, 
Ni  por  hacienda  i  ser  mejor  nacidos; 
Mas,  la  virtud  del  brazo  i  la  excelencia 
Esta  hace  a  los  hombres  preferidos, 
Esta  ilustra,  habilita,  perficiona 
I  quilata  el  valor  de  la  persona.2^ 

A  diferencia  de  la  jeneralidad  de  los  salvajes,  los  araucanos, 
como  apunta  un  valiente  capitán  de  la  conquista,  «tienen  por 
orden,  cuando  quieren  pelear  i  saben  que  estraños  entran  en  sus 
tierras,  ponelles  en  el  camino  ramas  de  un  árbol  que  los  españo- 
les llaman  canelo,  i  en  ellas,  atravesadas,  flechas  untadas  con 
sangre... ^^>  I  lo  mismo  que  la  historia  antigua  refiere  de  los  he- 
raldos romanos  que  a  nombre  del  gran  pueblo  iban  a  proponer 
la  paz  antes  de  declarar  la  guerra,  así,  asevera  el  mismo  autor, 
nunca  jamas  pelearon  con  españoles,  que  han  sido  infinitas  veces, 
que  primero  no  Jo  hagan  saber  i  envien  a  decir.  Una  rama 
de  canelo  servia  también  de  salvo  conducto  para  pasar  en  tiem- 
pos de  guerra  de  unas  provincias  a  otras.*^ 

Una  vez  resuelta  la  espedicion,  cuyo  secreto  se  guardaba  re- 
lijiosamente,  comenzaban  los  preparativos  para  salir  a  campaña. 
((Para  disponerse  mejor,  pasan  ocho  dias  ejercitando  las  fuerzas 
con  varias  pruebas,  haciéndose  al  hambre  i  a  comer  poco  para 
el  viaje.  I  a  este  ejercicio  tienen  puesto  un  nombre  mui  a  pro- 
pósito, que  es,  collii  llajilltn^  que  en  su  lengua  i  en  su  sentir 
quiere  decir  que  se  están  adelgazando  de  cintura  i  haciendo  hor- 
migas; así  ellos  se  están  adelgazando  de  talle  i  ensangostándose 
de  cintura,  haciéndose  a  pasar  muchos  dias  con  comer  poco  para 
estar  ajiles  i  lijeros  para  pelear,  moderándose  tanto  en  el  comer, 
que  no  llevan  mas  bagaje  que  una  talega  de  harina  cada  uno,  i 
esa  les  dura  toda  la  jornada,  i  a  cada  comida  come  solo  un  pufia- 


28.  La  Araucana,  canto  I. 

29.  Góngora  Marmolejo,  páj.  2. 

30.  Rosales,  Historia ^  I,  páj.  224. 


CAP.    VII. — LOS   ARAUCANOS  1 25 

do,  midiendo  con  los  días  que  ha  de  durar  los  puñados  de  hari- 
na... Ejercítanse  también  en  esos  dias  en  hacer  fuerzas,  en 
levantar  cosas  de  mucho  peso,  en  sustentarle  sobre  sus  hombros 
mucho  tiempo,  en  luchar,  correr  i  saltar,  en  escaramuzas,  en  ju- 
gar la  lanza,  en  tirar  flechas  a  un  blanco,  i  otros  ejercicios  mi- 
litares...''^» 

Usan  también  llevar  plumas  de  pájaro  porque  creen  hacerse 
con  ellas  mas  lijeros;  antes  de  salir  se  cortan  mui  bajo  el  cabe- 
llo, para  que  el  enemigo  no  les  pueda  hacer  presa;  se  privan  de 
sus  mujeres  durante  ese  mismo  tiempo,  i  en  llegando  la  ocasión 
de  la  pelea  se  quedan  desnudos  de  medio  cuerpo  arriba.^^  Se 
proveen  de  un  vaso  en  que  disolver  con  agua  la  harina  que  lle- 
van en  ciertas  bolsitas,  a  lo  que  llaman  ulldpUy  i  «en  faltándoles 
la  harina,  roquín  o  sea  su  provisión  de  viaje,  se  acojen  a  comer 
yerbas  i  raíces  del  campo.» 

«Su  marcha  no  es  en  hileras,  sino  atropados,  con  sus  recono- 
cedores por  delante,  i  su  principal  cuidado  es  echar  emboscadas 
i  lograr  algún  descuido  del  enemigo...  Cuando  se  encuentran  los 
dos  ejércitos  enemigos,  forman  sus  escuadrones,  cada  hilera  de 
cincuenta  soldados,  mas  o  menos,  conforme  la  ocasión  i  la  jente, 
entre  pica  i  pica,  flecheros  i  macaneros,  hombro  con  hombro;  i 
así  se  van  sucediendo  los  unos  a  los  otros  con  tanta  algazara  i 
vocerío  que  causa  terror  a  la  jente  cobarde,  diciendo  a  grandes 
voces:  ¡ape,  ¡ape,  mueran,  mueran.  Acometen  haciendo  mil  mo- 
nerías, dando  saltos,  tendiéndose  en  el  suelo,  levantándose  con 
gran  lijereza,  quiebrando  el  cuerpo  i  haciendo  acometidas  i  reti- 
radas, i  tan  sin  temor  a  la  muerte,  como  bárbaros,  i  con  tan  gran 
violencia  que  es  menester  mucho  esfuerzo  para  resistir  al  ímpe- 
tu de  sus  primeros  acometimientos.  I  lo  principal  que  procuran 
es  cortar  al  enemigo  i  revolverse  con  él  para  jugar  de  sus  po 
rras,  macanas  i  toquis,...  nombrándose  a  cada  golpe  i  a  cada  uno 
que  derriban  con  grandes  voces  i  brincos;  i  sucédense  las  hileras 


31.  Rosales,  tomo  I,  páj.  115. 

32.  lá.jfiassim. 


120  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

del  escuadrón  unas  a  otras,  como  olas  del  mar...^i)  «Saben  bien 
desplegar,  añade  Olivares,  desfilar  i  doblar  sus  escuadrones  cuan- 
do conviene;  formarse  en  junta  cuando  quieren  romper,  i  en 
cuadro  para  estorbar  que  los  rompan;  simularla  fuga  cuando 
quieren  sacar  al  enemigo  de  algún  lugar  fuerte  o  embestirlo  des- 
de emboscadas.. .^S) 

Esta  táctica  concuerda  bastante  con  la  descrita  por  Ercilla  en 
los  términos  siguientes: 

Cada  soldado  una  arma  solamente 
Ha  de  aprender  i  en  ella  ejercitarse 
I  es  aquella  a  que  mas  naturalmente 
En  la  niñez  mostrare  aficionarse: 
Desta  sola  procura  diestramente 
Saberse  aprovechar  i  no  empacharse: 
En  jugar  de  la  pica  el  que  es  flechero, 
Ni  de  la  maza  i  flechas  el  piquero.^ 

Hacen  su  campo  i  muéstianse  formados 
Escuadrones  distintos  mui  enteros 
Cada  hila  de  mas  de  cien  soldados, 
Entre  una  pica  i  otra  los  flecheros: 
Que  de  lejos  ofenden  d'jsmandados 
Bajo  la  protección  délos  piqueros: 
Que  van  hombro  con  hombro,  como  digo, 
Hasta  rendir  a  pica  el  enemigo. 

Si  el  escuadrón  primero  que  acomete 
Por  fuerza  viene  a  ser  desbaratado 
Tan  presto  a  socorrerlo  otro  se  mete 
Que  casi  no  da  tiempo  a  ser  notado: 
Si  aquel  se  desbarata,  otro  se  mete; 
I  estando  ya  el  primero  reformado 
Moverse  de  su  termino  no  puede 
Hasta  ver  lo  que  a  otro  le  sucede.^ 

33.  Rosales,  I,  119. 

34.  Historia  de  Chile,  páj.  59.  Pérez  García  nos  informa  que  el  sistema  de 
formar  ejército  en  batalla,  lo  llaman  los  \\\^\o%cichen.  Historia  de  Chile,  M.  S. 

35.  De  este  modo  se  esplica  el  admirable  manejo  de  las  armas  en  manos  de 
los  indios,  i  su  habilidad  en  la  caza,  dice  Fitzroy,  Voyage  of  the  A dv enture  atid 
Beagle,  t.  H,  186. 

36.  La  Araucana  y  canto  I. 


CAP.    Vil. — LOS   ARAUCANOS  1 27 

Debe  reconocerse,  sin  embargo,  que  este  orden  de  combatir 
por  escuadrones  que  se  reemplazaban  sucesivamente  a  medida  que 
eran  desbaratados  los  que  les  precedian,  parece  que  debió  su  orí  jen 
a  la  invención  de  Lautaro  en  la  célebre  batalla  que  costó  la  vida 
al  valiente  i  esforzado  don  Pedro  de  Valdivia,  pues  pintando  Ma- 
rino de  Lovera  el  primer  encuentro  que  los  indios  de  Arauco 
tuvieron  con  el  capitán  Gómez  de  Alvarado,  dice  que  ceno  esta- 
ban hechos  a  entender  con  jente  de  a  caballo;  no  cursados  en 
escaramucear  en  campo  raso;  no  diestros  en  evadirse  i  defen- 
derse del  golpe  de  la  espada  i  punta  de  la  lanza;  entraban  i  sa- 
lian  como  jente  brutal  i  arrojada,  abalanzándose  de  la  misma 
suerte  que  si  la  hubieran  con  otros  bárbaros  como  ellos. ))^^ 

A  nadie  se  oculta  tampoco,  como  en  efecto  sucedió,  que  tan 
pronto  como  los  indios  tuvieron  que  batirse  con  jente  que  usaba 
coraza  de  acero,  armas  de  fuego  i  que  peleaba  sobre  a  caballo, 
la  táctica  primitiva  sufrió  profundas  modificaciones.  Al  principio, 
los  indios  confundidos  en  pelotones  eran  despedazados  por  los 
infantes  españoles,  i  una  vez  en  desorden,  la  caballería  los  des- 
trozaba miserablemente;  pero,  poco  a  poco,  los  indios  se  fueron 
acojiendo  al  refujio  de  las  ciénagas  i  al  seguro  de  los  montes, 
hasta  que  logrando  hacerse  de  caballerías,  fueron  mas  tarde  con 
sus  lanzas  i  su  inÍQvnal  .chivateo  la  eterna  pesadilla  de  los  tercios 
castellanos. 

Otra  de  las  cosas  notables  de  aquella  antigua  táctica,  era  la 
construcción  de  fortalezas  cuando  para  ello  se  ofrecia  una  oca- 
sión favorable.  Así,  Michimalonco,  para  defenderse  de  los  espa- 
ñoles, construyó  en  Aconcagua  un  fuerte  de  algarrobos  i  espi- 
nos mui  gruesos  i  agudos,  i  Rosales,  de  quien  tomamos  esta  no- 
ticia,* añade  que  después  de  haber  llegado  los  españoles  al  valle 
de  Tile,  los  indios,  viendo  que  no  les  podian  resistir,  según  lo 
sucedido  a  los  de  los  valles  de   mas  al  norte,  acordaron  retirar 
Sus  mantenimientos  i  esconder  todas  sus  preseas  en  los  montes, 


37.  Historia^  páj.  44. 

38.  I,  404. 


128  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

i  luego  «hicieron  fortalezas  en  riscos  altos,  peinando  los  barran- 
cos i  dejando  un  camino  angosto  para  la  entrada,  donde  lijereza 
de  caballo  ni  otra  industria  aprovechase  para  ofenderles.^!)  El 
mismo  autor  hace  notar  que  Valdivia  encontró  en  el  valle  de 
Santiago  wm,  fortaleza  donde  estaba  parapetado  Tangolongo,  i 
que  después  de  haber  hecho  gran  destrozo  en  la  jente  menuda 
refujiada  allí,  «hizo  saltar  a  los  demás  por  las  murallas  afuera  i 

que  se  desbarrancasen/^í) 

Hé  aquí,  mientras  tanto,  cómo  pinta  Ercilla  la  manera  con  que 

hacian  las  fortalezas  de  que  se  trata: 

Hacen  fuerzas  o  fuertes  cuando  entienden 
Ser  el  lugar  i  sitio  en  su  provecho, 
O  si  ocupar  un  término  pretenden, 

0  por  algún  aprieto  o  grande  estrecho: 
De  do  mas  a  su  salvo  se  defienden 

1  salen  de  rebato  a  caso  hecho, 
Recojiéndose  a  tiempo  al  sitio  fuerte, 
Que  su  forma  i  hechura  es  desta  suerte: 

Señalado  el  lugar,  hecha  la  traza, 
De  poderosos  árboles  labrados 
Cercan  una  cuadrada  i  ancha  plaza. 
En  valientes  estacas  afirmados, 
Que  a  los  de  afuera  impide  i  embaraza 
La  entrada  i  combatir,  porque  guardados 
Del  muro,  los  de  dentro  fácilmente 
De  mucha  se  defiende  poca  jente.**^ 

Para  avisarse  unos  con  otros  acostumbraban  en  la  guerra  en- 
cender en  lo  alto  de  los  cerros  gran.des  fogatas,  pues. 

En  siendo  cualquier  tierra  salteada 
O  antes  descubra  de  la  nuestra  jente 
A  levantar  en  lo  alto  es  obligada 
Un  conocido  humo  dilijente; 


39.  Historia^  t.  I,  páj.  380, 

40.  Id.,  páj.  381. 

41.  La  Araucana^  canto  I. 


CAP,    VII. — LOS    i\RAUCACíOS  I  29 

Responde  la  vecina  de  avisada 
I  todo  a  un  tiempo  avisa  a  la  siguiente: 
Gran  trecho  en  poco  rato  el  arma  es  cierta 
I  están  apercibidos  i  en  alerta.'*^ 

Las  armas  de  que  usaban  los  indíjenas  de  Chile,  eran  de  dos 
clases,  ofensivas  i  defensivas.  A  este  respecto  conviene  notar  que 
don  Bernardo  de  Vargas  Machuca  asevera  que  de  entre  todos 
los  naturales  de  América,  los  chilenos  eran  los  únicos  que  po- 
seían rodelas,  morriones  i  coseletes  de  cuero.'*^  Pedro  de  Valdi- 
via cuenta  ya,  en  efecto,  que  en  12  de  marzo  de  1550  una  mu- 
chedumbre de  indios  que  marchaban  a  atacarle  venían  «armados 
de  pescuezos  de  carneros  i  ovejas  i  cueros  de  lobos  marinos  cru- 
díos  de  infinitas  colores,  que  era  en  estremo  cosa  muí  vistosa,  i 
grandes  penachos,  todos  con  celada  de  aquellos  cueros,  a  manera 
de  grandes  bonetes  de  clérigos,...  con  mucha  flechería  i  lanzas 
de  a  veinte  e  a  veinticinco  palmos,  i  mazas  i  garrotes.'*^); 

Esta  costumbre  de  presentarse  resguardados  con  coseletes,  al 
estilo  de  lo  que  entonces  tan  en  voga  se  encontraba  en  las  na- 
ciones europeas,  que  con  justicia  llamó  la  atención  de  Vargas 
Machuca,  la  encontramos  igualmente  justificada  en  un  pasaje  de 
Rosales  en  que,  refiriendo  la  espedicion  que  Rodrigo  Orgoñez, 
uno  de  los  tenientes  de  Almagro,  emprendió  por  el  sur  del  pa:'s, 
espresa  que  por  Itata  tuvieron  los  españoles  una  refriega  con  las 
huestes  indíjenas  en  que  éstas  ccjugaron  sus  lanzas  i  flechería  con 
gallarda  determinación,  i  vióse  que  venían  los  mas  armados  con 
unos  como  jubones  largos  de  cuero  crudo  de  lobos  i  otros  an- 
uíales, i  en  las  cabezas  sus  celadas  de  lo  mismo,  i  otros  por  gala 
en  la  frente  unas  cabezas  de  leones,  de  tigres  i  otros  animales,  i 
adornados  con  muchas  plumas  de  diferentes  colores/''!) 

«Las  armas  defensivas,  añade  este  mismo  autor,  las  hacen  de 


42.  Poema^  de  don  Juan  de  Mendoza,  canto  I,  M.  S. 

43.  Milicia  indiana^  fol.  3,  vita.  Madrid,  1599. 

44.  Cartas,  páj.  45. 

45.  Historia^  t.  I,  páj.  371.   Lqs  tigres  a  que  se  refiere  el  jesuíta  debieron  ser 
simples  gatos  monteses. 

'  18 


140  LOS   ABORÍJENES    DE   CHILE 

• 

Ya  acabamos  de  ver  que  de  la  relación  del  viaje  de  Ladri- 
llero aparece  constatado  que  los  indios  del  sur  usaban  las  pie- 
dras en  sus  combates,  i  Rosales  asevera  terminantemente  que  en  la 
batalla  que  se  libró  cerca  de  Santiago,  al  principio  de  su  fundación, 
^(repetian  los  indios  su  flechería  con  tanta  continuación  que  casi 
cubrían  el  sol,  i  los  otros  con  las  piedras  i  lanzas  no  cesaban  de 
combatir,  ayudándoles  los  que  traian  macanas,  toquis  i  coleos 
tostados.  ^°»  Este  mismo  autor  refiere  igualmente  que,  tratando 
los  espedicionariüs  que  iban  con  Francisco  de  Ulloa  de  cojer 
tierra  en  una  punta  que  llaman  de  San  Andrés,  que  está  en  cua- 
renta i  siete  grados,  fueron  recibidos  por  los  indios  «con  un  tor- 
bellino tan  impetuoso  de  piedras^  que,  mui  a  su  pesar,  se  retira- 
ron bien  aporreados  i  mal  heridos,  ^^d  todo  lo  cual  confirma  lo 
que  liasta  aquí  hemos  colacionado  respecto  a  la  existencia  de 
los  soldados  armados  con  piedras. 

Mientras  tanto,  i  como  si  las  palabras  qne  siguen  estuviesen 
espresamente  destinadas  a  contradecir  las  anteriores  aseveracio- 
nes, el  mismísimo  Pedro  de  Valdivia  declara  «que  los  indios 
de  Chile  no  pelean  con  piedras.  *•*)) 

Desde  luego,  creemos  que  deben  descartarse  de  nuestras  in- 
vestigaciones las  piedras  cuyo  uso  era  indispensable  para  el  ma- 
nejo de  la  honda,  porque  los  autores  están  de  acuerdo  en  que 
esta  arma  era  de  uso  corriente  entre  los  indios,  habiendo,  según 
el  dicho  de  algunos,  verdaderos  escuadrones  especialmente  des- 
tinados a  este  fin;  i  mal  se  podia  usar  de  la  honda  sin  adaptarle 
el  consiguiente  proyectil.  No  hacemos  cuestión,  por  lo  tanto,  de 
las  piedras  que  no  hubiesen  sido  preparadas,  sino  que  debemos 

los  indios  chilenos,  rep>elia,  en  su  Poema  inédito^  casi  al  pié  de  la  letra  los  dos 
últimos  versos  de  esta  estrofa: 

Los  lazos  de  la  mimbre,  los  bejucos 
Tiros  arrojadizos,  i  trabucos. 

Canto  I. 

Los  trabucos  a  que  se  referia n  nuestros  dos  poetas  era  un  aparato  para  lan- 
zar pie^lras. 

80.  L  páj.  412. 

81.  Cartas^  páj.  33. 

82.  Carias j  páj.  45. 


CAP.    VII. — LOS   ARAUCANOS  I3I 

En  cuanto  a  las  armas  ofensivas,  «las  que  usa  la  infantería,  di- 
ce González  de  Nájera,  solamente  son  macanas,  picas  i  flechas,  i 
cada  uno  se  arma  de  las  que  mas  apetece  o  se  conoce  mas  dies- 
tro para  su  manejo.^D 

El  capitán  Marino  de  Lovera  apunta  a  este  respecto  que  los 
soldados  de  Michimalenco,  entre  otros  armas,  traian  «macanas 
fuertes,^''))  uso  que  estaba  tan  jeneralizado  en  Chile  que  F.  Fran- 
cisco Ponce  de  León  espresa  que  «los  naturales  que  habitan 
hasta  cerca  del  Estrecho  de  Magallanes  es  jente  mísera  i  pobre 
i  las  armas  que  tienen  son  lanzas  tostadas,  macanas  i  flechas.^)) 
Mas,  «los  caucahues,  que  habitan  mas  adelante  de  los  chonos, 
añade  don  Jerónimo  Pietas,  tienen  por  armas  unas  varas  gruesas, 
de  madera  mui  fuerte  i  mui  pesada,  de  seis  varas  de  largo,  agu- 
jadas i  tostadas  por  la  punta.  Estas  las  tiran  como  garrochas,  i 
se  acostumbran  a  tirar  al  blanco  a  troncos  de  árboles,  con  que 
-se  adiestran.  Alcanza  un  tiro  con  dichas  varas,  del  grpsor  de 
^ma  pierna,  mas  de  sesenta  pasos.";>  Esta  descripción  coincide 
mui  aproximadamente  con  la  del  «boomerang)\  que  usan  los  in- 
díjenas  de  Australia,  que,  como  se  sabe,  es  un  simple  palo,  mas 
o  menos  pesado. 

Son  conocidísimos  los  siguientes  versos  de  Lucrecio,  cuya  ver- 
■dad  solo  en  estos  últimos  tiempos  se  ha  podido  apreciar,  i  parece 
realmente  admirable  que  lo  que  se  creyó. pintura  de  la  imajinacion 
•de  un  poeta  haya  encontrado  en  la  realidad  tan  absoluta  conlir- 
jnacion: 

Arma  antiqua,  mamis,  migues,  dentesque  fueriint, 
El  lapide?,  t't  item  silvarum  fragmenta  rami . . . .  - 

Horacio,,  mas  tarde,  pintando  el  estado  de  los  primeros  seres 
humanos,  repetia  mas  o  menos  lo  mismo,  cuando  decia  en  una 
^e  sus.  Sátiras  que  los  hombres  en  aqueUa  edad  «se  batian  por 


52.  Desenfrailo,  etc.^  páj.  178. 

53.  Historia^  páj.  46. 

54.  Descripción  efe  I  Rey  no  de  Chile,  Madrid,  1644. 

55.  Informe  al  Rey  sobre  las  diversas  razas  de  indios^  M.  S. 


142  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

Las  suposiciones  que  se  han  ideado  para  esplicar  el  objeto  i 
oríjen  de  este  curioso  artefacto  son  numerosas,  aunque,  en  ver- 
dad, ninguna  se  presenta  como  completamente  satisfactoria.  Hai 
algunos  que  han  indicado  que  deben  haberse  usado  como  arma 
arrojadiza,  circunstancia  que  parece  deducirse  de  la  forma  que  ba 
adquirido  hi  horadación,  ensanchándose  en  los  bordes,  merced  al 
frotamiento  con  el  hilo  que  ha  servido  para  lanzarlas.  dUna  ma- 
nera de  lanzar  la  honda  es  por  medio  de  una  cuerda  introducida 
en  una  piedra  agujereada,  i  jirada  hasta  lanzar  el  proyectil,  cuan- 
do haya  adquirido  el  máximum  de  su  movimiento  centrífugo,^» 
dice  un  autor  moderno.  Acaso  esto  mismo  puede  deducirse  de 
un  pasaje  de  Rosales,  del  cual  aparece  que  en  un  combate  sos- 
tenido por  Alonso  García  Ramón  contra  los  araucanos  en  1587, 
los  españoles  recibieron  una  lluvia  de  dardos,  flechas,  piedras  i 
porras  arrojadizas.  ^'*  Los  señores  Rivero  i  Tschudi  hacen  constar, 
igualmente,  que  éntrelos  peruanos  existia  la  htiicopa  o  porra  pe- 
queña arrojadiza.^  Pero  esta  hipótesis  se  desvanece  ante  la  con- 
sideración de  que  tan  enorme  trabajo,  como  el  de  agujerear  una 
piedra  con  los  medios  que  sabemos,  ha  podido  evitarse  con  el  uso 
de  la  honda  simple,  i  que  esto  adquiere  todavía  mas  fuerza  cuan- 
do se  observa  que  en  muchísimos  casos,  i  especialmente  con  el 
enemigo  al  frente,  esta  arma  arrojadiza  seria  perdida  para  su 
dueño. 

Hai  otros  que  indican  que  ha  debido  usarse  en  la  estremidad 
de  una  hasta  como  porra,  o  macana,  según  la  espresion  indíjena; 
mas,  examinada  por  un  momento  la  forma  especial  de  la  hora- 
dación, no  parece  difícil  venir  en  cuenta  de  que,  si  así  hubiese 
sido,  no  se  habria  adoptado  al  efecto  un  sistema  enteramente 
contrario  al  objeto  que  el  artífice  se  propusiera. 

ccAlgunos  anticuarios  suponen,  dice  Lubbock,  que  estas  pie- 
dras se  sujetaban  con  dos  dedos,  i  que  se  servian  de  ellas  a  gui- 
sa de  martillo.  Sin  embargo,   si  se  observan  en  alguna  cantidad, 

84.  E.  H.  Knight,  A  stiidy  of  the  snvoge.  wcapofis,  etc. 

85.  Hi^ioií'n,  t.  II,  páj.  246. 

86.  Antigüedades  pcrumiiis^  páj.  212. 


CAP.    VIL — LOS   ARAUCANOS  1 33 

porque  en  tales  tiempos  llega  el  macanero,  i  con  un  golpe  que  le 
alcanza  concluye  con  él  i  lo  echa  a  una  parte,  por  armado  que 
esté;  porque  siendo  esta  arma,  como  es,  de  dos  manos,  levantada 
en  alto  i  dejada  caer  con  poca  fuerza  que  sea,  ayudado  su  peso, 
como  queda  atrás  la  vuelta  que  dije,  i  va  el  codillo  adelante, 
corta  el  aire  i  asienta  tan  pesado  golpe  donde  alcanza,  que  no 
hai  celada  que  no  abolle,  ni  hombre  que  no  aturda  i  derribe;  i 
aún  es  tan  poderosa  esta  arma,  que  se  ha  visto  algunas  veces 
hacer  arrodillar  a  un  caballo,  i  aún  tenderlo  en  el  suelo  de  un 
solo  golpe;  i  para  mayor  declaración,  su  forma  es  la  que  se  ve 
en  la  figura  153.  ^» 

Los  compañeros  de  Michimalonco,  según  Marino  de  Lovera, 
traian  también  cuando  vinieron  a  atacar  a  Valdivia  «porras  de 
armas  de  metal,  con  púas  de  estraño  artificio;  ^^d  pero  es  evi- 
dente que  este  instrumento  de  guerra  habia  sido  importado  en 
Chile  por  los  peruanos,  i  de  él  hablaremos  por  eso  mas  adelante. 

Se  sabe  que  las  picas  eran  «mui  derechas  i  bien  sacadas,  aun- 
que de  madera  no  tan  fuerte,  densa  i  correosa  como  las  nuestras 
de  fresno,  por  lo  cual  son  mas  livianas  i  largas,  pues  son  tan 
cumplidas  que  casi  todas  llegan  a  treinta  palmos  i  algunas  pasan 
de  treinta  i  tres,  ^d 

«Antes  que  viniesen  los  españoles,  los  indios  hacian  sus  ins- 
trumentos de  palo,  porque  de  una  madera  mui  dura,  que  llaman 
«lunia»  {Myrtus  luma),  hacen  hierros  de  lanzas  i  otros  instru- 
mentos fortísimos,  i  sin  ésta  tienen  otras  maderas  mui  duras  como 
el  «guayacan»  {Porlteria  hygrometrica)^  el  «espino»  (Acacia 
caverna)^  i  el  «boldoD  {Boldoa  fragans)^  que  son  maderas  que 
suplen  en  muchos  casos  la  falta  del  hierro,  ^^d 

Pero  la  madera  empleada  siempre  por  los  indios  para  sus  lan- 
zas (que  ellos  llaman  huayqui  ex¡x  el  coligue  {Chusquea  coleii)^ 
que  encontraban  en  suma  abundancia  en  las  rejiones  del  sur  i  por 


58.  Ob,  cit„  páj.  178. 

59.  Historia^  páj.  46. 

60.  Rosales,  I,  177. 

61.  Id.,  I,  119. 


¡44  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

autor  que  los  araucanos  usaban  en  la  agricultura  «unos  instru- 
mentos manuales,  que  llaman  huenllos^  a  modo  de  tenedores  de 
tres  puntas,'^  de  una  madera  pesada  i  fuerte,  i  en  el  cabo  arriba 
le  ponen  una  piedra  agujereada  a  propósito  para  que  tenga  mas 
peso,  i  con  este  van  levantando  la  tierra  para  arriba,  hincando 
fuertemente  aquellas  puntas  en  el  suelo,  i  cargando  a  una  parte 
las  manos  i  el  cuerpo,  arrancan  pedazos  de  tierra  mui  grandes, 
con  raíces  i  yerbas../*^^)) 

Al  presente,  los  indios  ignoran  completamente  el  uso  de  estas 
piedras,  i  cuando  mas  suele  empleárselas  hoi  en  los  campos  para 
atarlas  en  la  estremidad  de  un  lazo  i  tirarlas  sobre  los  árboles 
que  se  cortan,  para  traerlos  al  suelo. 

En  vista  de  la  aserción  tan  terminante  de  Bascufían  i  de  lo 
que  los  viajeros  nos  cuentan  del  uso  de  estos  utensilios  en  el  sur 
de  África,  no  puede  en  manera  alguna  dudarse  de  que  han  estado 
destinados  a  emplearse  principalmente  en  la  agricultura;  pero, 
no  puede   tampoco  menos  de  reconocerse  que   aquellas  en  que 
la  horadación  es  estrecha,  o  las  mui  pequeñas,  que  no  son  menos 
abundantes,    no   han   podido   recibir  la  misma  aplicación.  Basta 
comparar,  en  efecto,  lijeramente,  las  muestras  que  damos  en  las 
láminas  para  comprender  que  su  uso  ha  debido  ser  múltiple.  No 
pertenecen  a  una  categoría  semejante  ni  han  podido   servir  para 
el  mismo  fin  las   representadas  en  los  números  28,  29,  i  30  con 
las  de  los  números  36,  38,  39  i  40,  i  las  restantes  que  aparecen 
con   su  horadación  incompleta.   Conservándose  la  forma  mas  o 
menos  análoga,  las  proporciones  varian  de  tal  modo  que  por  su 
naturaleza   están   indicando  que  han  estado  destinadas  a  recibir 
también  aplicaciones  diversas;  i  si  hasta  hoi,  en  la  industria  mo- 
derna, se  ve  que  el  mismo  instrumento  sirve  para  muchos  fines 
distintos,  ¿con   cuánta  mas  razón  no  debemos    suponer  que  esto 
ha  podido  acontecer  en  una  época  tan  remota,  en  que  los  hom- 
bres estaban  dotados  de  medios   que   hoi   nos  parecen  tan  in- 
significantes con   relación  a  sus  necesidades?  ¿Qué  de  estraño 

Q4.  Páj.  278. 
95.  Páj.  192. 


CAP,    VII. — LOS   ARAUCANOS  1 35 

«Es  cosa  mili  de  notar,  continúa  este  mismo  autor,  que  con 
ser  los  indios  jente  tan  viciosa  i  haragana,  i  no  tener  ejercicio 
ni  ocupación  que  sea  de  algún  primor,  lo  tienen  maravilloso  en 
saber  labrar  sus  armas...  En  el  perficionarlas  tienen  grande  fle- 
ma, raspándolas  con  conchas  marinas  que  les  sirven  de  cepillos, 
trayendo  dentro  de  la  hasta  una  sortija  que  muestra  lo  superfino 
que  le  han  de  quitar.  Hacen  sus  arcos  de  maravillosa  forma,  i 
en  sus  flechas  mui  vistosas  labores,  i  précianse  tanto  del  arreo 
de  sus  armas  que  profesan,  que  no  solamente  no  dan  paso  sin 
ellas,  pero  aún  bailando  en  sus  borracheras,  de  noche  i  de  dia, 
no  dejan  jamas  la  lanza  de  la  mano.  Tráenlas  de  continuo  tan 
bien  tratadas,  limpias  i  resplandecientes,  que  hacen  en  ello  no 
solo  ventaja  pero  hasta  vergüenza  a  muchos  de  nuestros  espa- 
ñoles.^!) 

Para  hacer  que  la  flecha  fuese  mas  voladora,  acostumbraban 
adornarla  en  su  parte  posterior  con  plumas  de  varios  colores, 
según  lo  confirma  Fernando  Alvarez  de  Toledo  en  los  dos  ver- 
sos que  siguien,  en  que  un  indio 

Tres  pintadas  llevó  i  agudas  ñechas 
Por  las  plumas  asidas  las  tres  juntas. .  .^ 

I  Pedro  de  Oña  cuando  espresa  que  cierto  cagique  traia 

Carcax  de  piel  de  tigre  variado 
Que  las  plumosas  flechas  encerraba,... 
I  el  arco  mas  que  grana  colorado 
Que  la  morosa  cuerda  sujetaba.®^ 

Los  indios  de  Chiloé  acostumbraban  igualmente  las  fiechas, 
según  un  verso  de  Ercilla  en  que  dice  que,  de  entre  ellos,  quien 
cargaba  el  «arco  i  carcax,^D  uso  que  parece  se  estendió  hasta 
los  fueguinos,  pues  hoi  matan  pájaros  con  ellas,  sin  errar  jamas 
el  blanco.® 

65.  Ob,  cii.,  páj.  180. 

66.  Puren  indómito^  Canto  IV. 

67.  Arauco  domado,  canto  XVII. 

68.  Araucana,  Canto  XXXVI. 

69.  Voy  age  ofthe  Adventure  and  Beagle^  t.  II,  páj.  184. 


I 

i 


146  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

en  cualquiera  parte  que  estén  peleando,  en  oyendo  cantar  victo- 
ria a  los  de  su  ejército,  siguen  la  victoria  con  grande  esfuerzo  i 
confianza  de  que  ya  es  suya,  i  al  mismo  paso  se  desaniman  los 
contrarios. 

<(E1  romance  que  en  estas  ocasiones  cantan  es  tristísimo,  i  mu- 
cho mas  el  tono,  que  solo  el  oirle  causa  melancolfa  i  desmayo  a 
los  contrarios.  I  en  él  les  dicen:  «como  ya  el  león  hizo  presa  en 
sus  carnes,  i  el  alcon  o  neblí  cojió  aquel  pajarillo,  que  se  ani- 
men los  leones  a  despedazar  su  presa,  i  los  neblíes  vuelen  coii 
lijerezu  tras  los  pajarillos  i  despedacen  sus  carnes;í)  í  con  estas 
metáforas  hacen  ostentación  de  la  valentía  de  su  ejército,  que 
es  de  leones,  i  de  aleones  i  neblíes  jenerosos  i  el  del  contra- 
rio de  pajarillos  cobardes.  I  con  esto  hacen  temblar  la  tierra, 
sacudiendo  todos  a  un  tiempo  con  los  pies  el  suelo,  i  entretejien- 
do  las  lanzas  i  haciendo  ruido  con  ellas,  dan^  voces  al  enemigo 
motejándole  de  cobarde  i  diciéndole  que  venga  por  la  cabeza 
de  su  soldado  o  de  su  capitán,  que  si  todos  son  tan  valientes  co- 
mo aquél,  no  deben  de  ser  soldados,  ni  valientes,  sino  mujeres  r 
cobardes.  I  diciendo  esto  les  vuelven  a  acometer  i  seguir  el  al- 
cance, porque  después  de  oir  cantar  victoria  siempre  se  ponen 
en  huida,  o  porque  les  han  muerto  la  cabeza,  o  por  el  desmaya 
que  les  causó  la  que  vieron  enarboladá,  i  por  el  aliento  que 
causó  a  los  contrarios  el  buen  suceso. 

«La  cabeza  con  que  cantan  victoria  la  llevan  a  su  tierra  i  la 
cuelgan  como  estandarte  o  bandera  que  han  quitado  al  enemiga 
i  la  ponen  en  parte  pública,  después  de  haberla  enviado  de  unas 
provincias  a  otras  para  hacer  ostentación  de  su  victoria  i  que  se- 
pan que  tienen  aquel  capitán  menos  por  enemigo,  i  se  animen  a 
volver  otra  vez  a  la  guerra... 

((A  la  retirada,  cada  uno  se  va  por  su  camino,  como  lobo  por 
su  senda,  sin  guardar  forma  de  escuadrón,  ni  hacer  cuerpo  de 
ejército,  así  los  vencedores  como  los  vencidos,  sin  obedecer  ya 
mas  a  sus  capitane5>^... 

96.  Rosales,  lug.  cit.,  páj.  121. 


CAP.    VII. LOS    ARAUCANOS  I -; 


J/ 


obsidiana  i  sus  bordes  han  sido  prolijamente  preparados.  De 
una  forma  i  material  análogo?,  i  admirable  por  la  liermosara  del 
trabajo  es  la  que  representa  el  número  55,  que  D.  Claudio  Gay 
habia  dibujado  ya  en  su  Atlas^  pero  sin  indicar  su  procedencia. 
A  este  mismo  tipo,  aunque  mucho  mas  toscas,  pertenecen  las 
números  4vS,  53,  66,  71,  72  i  148,  estraidas  de  sepulturas  de  Frei- 
rina  e  Illapel. 

Las  que  dibujamos  con  los  números  46,  49,  50  i  56,  son  bas- 
tante finas  i  han  estado  indudablemente  destinadas  a  usarse  en  la 
caza.  Proceden  de  Freirina  i  Llanquihue,  siendo  éstas  de  esquita 
i  las  otras  de  cuarzo.  Por  su  forma  se  ve  que  han  debido  retirar- 
se de  la  herida,  quedando  de  este  modo  aptas  para  servir  inme- 
diatamente después  de  haberse  usado. 

Las  dentadas  que  representan  los  números  47,  51,  52,  147  i 
149,  han  sido  preparadas,  por  el  contrario,  para  servir  en  la  gue- 
rra, debiendo  desengancharse  del  hasta  para  quedarse  en  la  he- 
rida. En  suma,  los  mismos  usos  a  que  responden  las  distintas 
formas  que  de  anteniano  hemos  señalado,  pueden  notarse  en  es- 
tas armas,  ya  procedan  de  oríjen  araucano  o  incásico.  Es  curio- 
so, sin  embargo,  i  digno  de  notarse,  que  así  como  en  el  norte  de 
Chile,  donde  debiéramos  suponer  mucho  mas  adelanto  en  el  arle 
de  tallar  las  flechas,  se  encuentran  algunas  bastante  toscas  i  casi 
rudimentarias,  como  las  de  los  números  65,  69,  71  i  muchas  otras 
que  por  esta  causa  no  hemos  dibujado;  a  la  inversa,  en  el  sur,  se 
encuentran  algunas  de  un  pulimento  admirable. 

Pero,  cualquiera  que  sea  su  procedencia  i  lo  esmerado  del  tra- 
bajo, debemos  concluir  con  Legnay  que  del  eximen  de  las  pie- 
zas de  este  jénero,  demuestra,  en  efecto,  \\\\  tallado  regular, 
constante  i  producido  por  pequeños  golpes,  habiéndose  de  ante 
mano  elejido,  estudiado  i  arreglado  el  lugar  en  que  debia  existir 
cada  trozito.  No  se  emplea,  pues,  en  estos  utensilios  grandes  gol- 
pes, sino  que,  colocados  sobre  un  apoyo,  a  fin  de  obtener  los 
resultados  que  se  buscaban,  ha  sido  preciso  practicar  el  tallado 
por  contra -golpe,   i   usar  dos   instrumentos   diversos,  una  pun- 


ji) 


148  LOS   ABOKÍJENES    DE    CHILE 

daños  ¡  temerse  otros  mayores  si  le  dan  la  vida,  dicen  todos  eni 
voz  alta:  lape^  lape^  muera,  muera.  I  entonces  le  hacen  incar  de 
rodillas,  i  le  dan  un  manojo  de  palitos  i  que  con  uno  haga  un  ho- 
yo en  la  tierra,  i  que  en  él  vaya  enterrando  cada  uno  de  aquellos 
palitos  en  nombre  de  los  indios  valientes  i  afamados  caciques  de 
su  tierra.  I  hecho  el  hoyo  nombra  en  voz  alta  a  alguno  de  sn  tie- 
rra i  echa  un  palito  en  el  hoyo,  i  así  va  nombrando  a  los  demás 
hasta  que  no  le  queda  mas  de  el  último,  i  entonces  se  nombra  a 
sí  mismo  i  dice:  í(yo  soi  éste  i  aqiu'  me  entierro,  pues  ha  llegado 
mi  dia;í)  i  mientras  está  echando  tierra  en  el  hoyo,  le  da  uno  por 
detras  con  una  porra  en  la  cerviz,  i  luego  cae  sin  sentido  en  el 
suelo.  1  le  abre  uno  por  el  pecho  i  le  saca  el  corazón  palpitando, 
i  otro  le  corta  la  cabeza,  otro  la  una  pierna,  i  otro  la  otra  para 
hacer  flautas  de  sus  canillas;  i  otro,  tirando  del  cuerpo,  le  arrastra 
i  le  echa  fuera  de  la  rueda,  hacia  la  parte  de  el  enemigo,  a  que 
se  lo  coman  los  perros  i  las  aves. 

<(E1  que  le  sacó  el  corazón,  le  clava  con  un  cuchillo,  i,  pasado  de 
parte  a  parte,  se  lo  da  al  toqui  jeneral  i  va  pasando  de  mano  en 
mano  por  todos  los  caciques  haciendo  ademan  de  que  se  lo  quie- 
ren co.ner  a  bocados,  '*  i  dando  la  vuelta,  vuelve  a  las  manos  del 
que  se  le  sacó,  i  con  la  sangre  del  corazón  untan  los  toquis  i  las 
flechas,  diciéndoles  que  se  harten  de  sangre.  Los  que  le  cortaron 
Jas  canillas  i  los  brazos  los  descarnan  en  un  momento,  i  en  estando 
el  hueso  limpio,  le  agujerean  i  hacen  una  flaiíta  en  que  tocan  alar- 
ma, i  sacudiendo  con  los  pies  la  tierra  la  hacen  temblar,  blandien- 
do juntamente  las  lanzas  i  entretejiéndolas  unas  con  otras,  cau- 
sando pavor  con  el  ruido  i  la  vocería.  El  que  cortó  la  cabeza  la 


08  Gonz.ilcz  (le  Nájera  cuenta  estas  escenas  de  una  manera  algo  diversa.  «El 
primero  que  le  llega  a  corlar  mien)bro.  dice,  pedazo  de  carne,  o  dalle  cuchillada 
por  donde  se  le  antoja,  es  el  que  le  cautivó;  porque  él  solo  tiene  entre  todos  esta 
prejminencia,  sucediendo  los  demás,  i  señalándose  en  sus  crueldades  hasta  que 
descarnan  i  cortan  en  pedazos  al  paciente  mártir,  con  cuchillos  i  cortadoras  con- 
chas marinas,  participando  todos  de  la  fiesta,  hombre?,  mujeres  i  muchachos. 
Asíin  i  comen  lo  que  vtih  cortaníio,  yendo  primero  quien  con  la  mano,  quien  con 
el  brazo  i  otros  miembros,  pasándoselos  por  delante  de  los  ojos,  i  dándoles  con 
ellos  al  numero  paciente  »  Ob.  cit.,  páj.  1 1 1.  Véase  también  a  Olivares,  Historia 
de  Chile,  páj.  47. 


CAP.    VJI. — LOS   ARAUCANOS  1 39 

chillos,  les  servían   las  conchas  de  el  mar  para  cortar  cualquier 
cosa/^jD 

Otros  se  valen,  «de  unaí  bolas  de  piedra,  atadas  con  nervios, 
que  tirándolas  traban  un  hombre  que  no  se  puede  menear,  i  des- 
tas  se  aprovechan  mucho  los  puelches  para  la  caza  de  los  anima- 
les i  con  ellas  los  atan  de  pies  i  manos,  i  luego  llegan  i  los  cojen 
en  el  lazo.^*^»  Esta  arma  de  guerra  tan  usada  en  Patagonia  ha  es  • 
perimentado  algunas  modificaciones  con  el  tiempo,  pero  proba- 
blemente en  su  principio  fué  simplemente  una  piedra  con  una 
cintura  en  el  centro  para  recibir  la  cuerda  con  que  se  lanzaba, 
tal  como  la  que  dibujamos  con  el  número  93.  Esta  arma,  llama- 
da laquCy  no  debe  confundirse  con  la  honda  que  los  araucanos 
decian  htiythuhueP 

«Sin  esto   llevan  a  la  guerra  pedreros  que  van  de  vanguardia, 

i  unos  que  llevan  algunos  garrotillos  arrojadizos.^^ jf).-- 

Para  resumir  lo  que  hasta  aquí  llevamos  espresado  tocante  a 
las  armas  de  nuestros  aboríjenes,  podemos  concluir  con  KrciUa: 

Las  armas  de  ellos  mas  ejercitadas 
Son  picas,  alabardas  i  lanzones, 
Con  otras  puntas  largas  enhastadas 
De  la  faicion  i  forma  de  pun/.ones; 
Hachas,  martillos,  mazas  barreadas, 
Dardos,  sarjen  tas,  flechas  ¡  bastones, 
Lazos  de  fuertes  mimbres  i  bejucos 
Tiros  arrojadizos,  i  trabucos J^ 

Henos  aquí  que  llegamos  ya  en  la  enunciación  de  las  armas 
que  ejercitaban  los  antiguos  indios  de  Chile,  a  una  materia  tan 
interesante  como  difícil  i  que  hasta  cierto  |)unto  ha  permanecido 
hasta  hoi  envuelta  en  gran  oscuridad.  ¿Qié  piedras  son,  en  efec- 
to, esas  que  dicen  empleaban  coniD  armas  los  primitivos  pobla- 
dores de  Chile? 

75.  Rosales,  lug.  cit. 

76.  Id.,  id. 

77.  Pérez  García,  Historiti  de  Chile, 
7¿.  Rosales,  lug.  cit. 

79.  La  Araucana^  canto  L  Don  Juan  de  Mendcza,  hablando  de  las  armas  de 


150  •    LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

cada  una  con  una  porra  itn  golpe  en  la  cabeza  i  otro  en  los  lo- 
mos, con  que  cae  al  suelo  i  no  se  mueve  mas.  Luego  le  sacan,  el 
corazón  vivo  i  palpitando,  i  con  su  sangre  untan  las  hojas :de. el 
canelo,  i  le  dan  el  corazón  o  la  oveja  al  cacique  con  quien  Lacen 
las  paces,  el  emú  lo  reparte  en  pedazitos,  de  modo  que  de  el  co- 
razón i  de  la  oveja,  quepa  algún  pedazo  a  cada  uno...  Luego  vie- 
nen los  razonamientos  que  hacen  los  caciques  mas  principales, 
hablando  primero  uno  de  parte  de  todos,,  los  que  dan  la  pazcón 
un  ramo  de  canelo  en  la  mano,  i  respondiendo  con  el  mismo,  otro 
cacique  de  la  otra  banda,  en  que  suele  gastar  cada  uno  mas  de 
una  hora,  hablando  con  grande  elocuencia  i  abundancia  de  pala- 
bras, i  en  acabando  dan  todos  una  voz  a  una  diciendo  que  con- 
firman lo  tratado.  Tras  esto  se  siguen  los  brindis  i  la  chicha,  que 
nunca  tratan  cosa  a  secas»,  concluye  el  buen  jesuita.»^"* 

Hé  aquí  ahora  como  cuenta  don  Francisco  Bascuñan  la  vuel- 
ta a  sus  hogares  de  un  indio  que  habia  ido  a  la  guerra:  «Sus  mu- 
jeres, parientes  i  parientas  tenian  para  su 'recibimiento  muchos 
cántaros  i  botijas  de  chicha,  i  con  esta  prevención  se  juntaron 
otro  dia  de  su  llegada  todos  sus  deudos  i  parientes,  así  suyos  co- 
mo los  de  su  nmjer,  i  otros  amigos  comarcanos,  que  los  unos  i 
los  otros  harían  número  de  mas  de  ciento,  i  otras  tantas  i  mas 
mujeres,  sin  la  chusma  de  muchachos  i  chinas.  Comieron  i  bebie- 
ron con  grande  regocijo  i  consolaron  al  guerrero,  que  ya  se  ha- 
Ihiba  con  mejoría  de  su  lastimada  i  herida  pierna;  i  para  mayor 
fausto  del  festejo,  antes  de  resonar  los  tamboriles  i  dar  principio 
al  baile  acostumbrado,  le  dieron,  con  trompetas  i  clarines,  al  ser- 
món i  parlamento  que  acostumbran  en  ocasiones  tales;  dieron  la 
n)ano  a  un  retórico,  en  su  lenguaje  discreto,  de  buena  propor- 
ción, i  jentil  hombre,  compositor  de  tonos  i  romances,  por  cuya 
causa  era  aphuulido  del  mayor  concurso;  éste  parló  mas  de  me- 
dia hora  con  bizarra  enerjía  i  buen  desgarro,  aunque  con  palabras 
tan  obscuras  i  encrespadas,  que  fueroa  mui  pocas  las  que  pude 
(lar   a  hi  memoria;   que  también   entre   bárbaros  hai  predicado- 

100.  Ici.,  /V/.,  páj.  146. 


CAP.    VII. — LOS   ARAUCANOS  I4I 

contraernos  a  la  averiguación  del  destino  que  hayan  tenido  esa 
multitud  de  piedras  horadadas  que  es  fácil  coleccionar  en  Chile, 
principalmente  en  la  rejion  central.  La  de  mas  al  sur  que  conoz- 
camos es  una  de  Concepción  que  posee  el  Museo  Nacional,  pero 
existen  algunas  del  Perú,  de  Chiuchiu,  la  Paz,  etc.  Schliemann  ha 
hallado  gran  cantidad  de  estas  piedras  en  escavaciones  practica- 
das en  Hissarlick;  **  se  conocen  algunas  procedentes  de  los  res- 
tos de  habitaciones  lacustres;  las  usan  los  africanos  del  sur;  los 
habitantes  de  las  islas  de  Fiji  tienen  un  juego  que  consiste  en 
arrojarse  mutuamente  esas  piedras  por  medio  de  bambús  elásti- 
cos, etc. 

Son  ellas  por  lo  jeneral  aplanadas,  aunque  de  forma  circular, 
sin  que  falten  tampoco  casos  en  que  se  encuentran  algunas  casi 
completamente  esféricas.  Su  tamaño  varia  mucho,  siendo  fre- 
cuentes las  que  miden  dieziocho  centímetros  de  ancho  (fig.  41), 
i  otras,  por  el  contrario,  que  no  esceden  el  tamaño  de  la  tortera 
de  un  huso  (fig.  39).  El  agujero  que  las  atraviesa  por  el  medio, 
ordinariamente  afecta  la  forma  de  dos  conos  que  converjen  por 
su  vértice  hacia  el  centro,  aunque  en  unas  pocas,  la  horadación 
es  perfectamente  pareja  (figs.  30  i  40).  La  clase  de  material  de  que 
han  sido  fabricadas  es  variable:  en  las  mas  predomina  el  granito, 
pero  se  encuentran  también  muchas  de  pórfido,  areniscas,  de 
lava,  etc. 

La  jenera'idad  está  de  acuerdo  en  suponer  que  estas  piedras 
han  sido  redondeadas  i  pulidas  con  otras  piedras,  i  agujereadas 
por  medio  de  un  taladro  de  hueso  o  madera  dura,  con  un  poco 
de  agua  i  arena. 

En  cuanto  a  la  manera  como  se  las  encuentra  en  Chile,  casi  la 
totalidad  de  las  que  se  rejistran  en  nuestra  colección,  han  sido 
halladas  en  las  quebradas,  algunas  en  el  cauce  de  los  rios,  otras 
como  perdidas  en  el  campo,  algunas  enterradas,  otras  en  las  se- 
pulturas i  no  pocas  guardadas  en  los  troncos  añosos  de  viejísimos 
árboles,  especialmente  boldos. 

83  Troy  and  its  rcmains^  pl.  XL. 


142  LOS    ABORIJENES    DE    CHILE 

Las  suposiciones  que  se  han  ideado  para  esplicar  el  objeto  i 
oríjen  de  este  curioso  artefacto  son  numerosas,  aunque,  en  ver- 
dad, ninguna  se  presenta  como  completamente  satisfactoria.  Hai 
algunos  que  han  indicado  que  deben  haberse  usado  como  arma 
arrojadiza,  circunstancia  que  parece  deducirse  de  la  forma  que  ha 
adquirido  la  horadación,  ensanchándose  en  los  bordes,  merced  al 
frotamiento  con  el  hilo  que  ha  servido  para  lanzarlas.  dUna  ma- 
nera de  lanzar  la  honda  es  por  medio  de  una  cuerda  introducida 
en  una  piedra  agujereada,  i  jirada  hasta  lanzar  el  proyectil,  cuan- 
do haya  adquirido  el  máximum  de  su  movimiento  centrífugo,^» 
dice  un  autor  moderno.  Acaso  esto  mismo  puede  deducirse  de 
un  pasaje  de  Rosales,  del  cual  aparece  que  en  un  combate  sos- 
tenido por  Alonso  García  Ramón  contra  los  araucanos  en  1587, 
los  españoles  recibieron  una  lluvia  de  dardos,  flechas,  piedras  i 
porras  arrojadizas.  ^''  Los  señores  Rivero  i  Tschudi  hacen  constar, 
igualmente,  que  entre  los  peruanos  existia  la  huicopa  o  porra  pe- 
queña arrojadiza.^'  Pero  esta  hipótesis  se  desvanece  ante  la  con- 
sideración de  que  tan  enorme  trabajo,  como  el  de  agujerear  una 
piedra  con  los  medios  que  sabemos,  ha  podido  evitarse  con  el  uso 
de  la  honda  simple,  i  que  esto  adquiere  todavía  mas  fuerza  cuan- 
do se  observa  que  en  muchísimos  casos,  i  especialmente  con  el 
enemigo  al  frente,  esta  arma  arrojadiza  seria  perdida  para  su 
dueño. 

Hai  otros  que  indican  que  ha  debido  usarse  en  la  estremidad 
de  una  hasta  como  porra,  o  macana,  según  la  espresion  indíjena; 
mas,  examinada  por  un  momento  la  forma  especial  de  la  hora- 
dación, no  parece  difícil  venir  en  cuenta  de  que,  si  así  hubiese 
sido,  no  se  habria  adoptado  al  efecto  un  sistema  enteramente 
contrario  al  objeto  que  el  artífice  se  propusiera. 

«Algunos  anticuarios  suponen,  dice  Lubbock,  que  estas  pie- 
dras se  sujetaban  con  dos  dedos,  i  que  se  servían  de  ellas  a  gui- 
sa de  martillo.  Sin  embargo,   si  se  observan  en  alguna  cantidad, 

84.  E.  H.  Knight,  A  siiicfy  of  ihe  snvage  wcapofis,  etc. 

85.  Hiiithrin^  t.  II,  páj,  246. 

86.  Antigüedades  peruanas^  páj.  212. 


CAP.    VII. — LOS   ARAUCANOS  I43 

puede  notarse  que  la  profundidad  de  la  cavidad  varia  mucho, 
algunas  veces  aún  la  piedra  está  enteramente  taladrada,  lo  q'ie 
viene  en  apoyo  de  la  hipótesis,  de  que  estos  instrumentos  servian 
para  hundir  las  redes,  o  de  pequeñas  cabezas  de  martillo.  Por  lo 
demás,  es  mui  dudoso  que  pertenezcan  a  la  edad  de  la  piedra.'^^ 
Dicen  otros  que  han  podido  servir  de  torteras,  sobre  lo  cual  se 
añade  que  'íel  uso  civil  de  tales  objetos  era  probablemente  mu- 
cho mas  frecuente  que  el  de  la  guerra.^jo 

Mas,  en  asunto  de  tan  difícil  solución,  parécenos  conveniente 
oir  la  ilustrada  opinión  de  un  hombre  notable  por  su  ciencia  i  sus 
conocimientos  especiales  de  esta  sección  del  continente  america- 
no. Darvvin,  dice  en  efecto  lo  siguiente:  <cEn  setiembre  de  1834, 
visitando  los  alrededores  de  Taguatagua,  encontré  algunas  anti- 
guas ruinas  indíjenas,  i  me  mostraron  una  de  las  piedras  horada- 
das que  menciona  Molina^  se  hallan  en  número  considerable  en 
muchos  lugares...^  Se  ha  supuesto  jeueralmente  que  se  usaban 
como  cabezas  de  clavas,  por  mas  que  su  forma  no  aparezca  en 
manera  alguna  adaptable  a  este  intento.  Burchell^^  declara  que 
en  algunas  de  las  tribus  del  África  del  sur  cavan  surcos  por  me- 
dio de  un  palo  aguzado,  cuya  fuerza  i  peso  se  aumentan  por  una 
piedra  redonda  agujereada,  sólidamente  asegurada.^"  Parece  pro- 
bable que  los  indios  de  Chile  usaron  anteriormente  en  la  agri- 
cultura algún  rudo  instrumento  de  naturaleza  semejante.^^  Des- 
pués de  haber  escuchado  lo  que  dice  este  grande  hombre,  ¿no 
parece  que  hubiese  adivinado  lo  que  don  Francisco  Nuñez  de 
Pineda  consigna  en  su    Cautiverio  felizi  Cuenta,  en  efecto,  este 


87;  IJhomme  préhistorique^  páj.  93. 

88.  Anual  report  of  tlie  board  of  re^í^cnts  of  thc  Smithsonian  InstitntioVy 
páj.  232. 

89.  Tomo  I,  páj.  82. 

90.  El  Catálogo  histórico  del  Santa  Lucia,  señala  como  uno  de  éstos  el  pe- 
queño valle  de  Abarca,  cerca  del  puerto  de  San  Antonio. 

91.  Travels,  t.  2.**,  páj.  45. 

92.  Un  dibujo  de  este  instrumento  se  ve  en  la  fig.  7,  tabla  IX,  de  las  Actas» 
de  la  Sociedad  berlinesa  de  etnolojia^  etc.^  correspondiente  al  mes  de  noviembre 
de  1881. 

93.  Narrative  of  thc  survcying  voyage  of  H,  M.  S.  Adventure  and  Beagle^ 

t.  3",  V^V  325- 


144  L^S   ABORÍJENES    DE    CHILE 

autor  que  los  araucanos  usaban  en  la  agricultura  «unos  instru- 
mentos manuales,  que  llaman  hueiillos^  a  modo  de  tenedores  de 
tres  puntas/****  de  una  madera  pesada  i  fuerte,  i  en  el  cabo  arriba 
le  ponen  una  piedra  agujereada  a  propósito  para  que  tenga  mas 
peso,  i  con  este  van  levantando  la  tierra  para  arriba,  hincando 
fuertemente  aquellas  puntas  en  el  suelo,  i  cargando  a  una  parte 
las  manos  i  el  cuerpo,  arrancan  pedazos  de  tierra  mui  grandes, 
con  raíces  i  yerbas../**^» 

Al  presente,  los  indios  ignoran  completamente  el  uso  de  estas 
piedras,  i  cuando  mas  suele  empleárselas  hoi  en  los  campos  para 
atarlas  en  la  estremidad  de  un  lazo  i  tirarlas  sobre  los  árboles 
que  se  cortan,  para  traerlos  al  suelo. 

En  vista  de  la  aserción  tan  terminante  de  Bascufían  i  de  lo 
xjue  los  viajeros  nos  cuentan  del  uso  de  estos  utensilios  en  el  sur 
de  África,  no  puede  en  manera  alguna  dudarse  de  que  ban  estado 
destinados  a  emplearse  principalmente  en  la  agricultura;  pero, 
no  puede  tampoco  menos  de  reconocerse  que  aquellas  en  que 
la  horadación  es  estrecha,  o  las  mui  pequeñas,  que  no  son  menos 
abundantes,  no  han  podido  recibir  la  misma  aplicación.  Basta 
comparar,  en  efecto,  lijeramente,  las  muestras  que  damos  en  las 
láminas  para  comprender  que  su  uso  ha  debido  ser  múltiple.  No 
pertenecen  a  una  categoría  semejante  ni  han  podido  servir  para 
el  mismo  fin  las  representadas  en  los  números  28,  29,  i  30  con 
las  de  los  números  36,  38,  39  i  40,  i  las  restantes  que  aparecen 
con  su  horadación  incompleta.  Conservándose  la  forma  mas  o 
menos  análoga,  las  proporciones  varian  de  tal  modo  que  por  su 
naturaleza  están  indicando  que  han  estado  destinadas  a  recibir 
también  aplicaciones  diversas;  i  si  hasta  hoi,  en  la  industria  mo- 
derna, se  ve  que  el  mismo  instrumento  sirve  para  muchos  fines 
distintos,  ¿con  cuánta  nías  razón  no  debemos  suponer  que  esto 
ha  podido  acontecer  en  una  época  tan  remota,  en  que  los  hom- 
bres estaban  dotados  de  medios  que  hoi  nos  parecen  tan  in- 
significantes con   relación  a  sus  necesidades?  ¿Qué  de   estraño 

Q4.  Páj.  278. 
95.  Páj.  192. 


CAP.    VII. — LOS    ARAUCANOS  1 45 

tiene,  pues,  que  el  mismo  instrumento  que  en  un  caso  dado  ser- 
via  de  martillo,  se  utilizase  en  seguida  en  la  pesca  para  hundir 
las  redes;  que  en  la  guerra  se  le  aplicase  como  arma  ofensiva, 
bien  fuera  sostenido  en  la  estremidad  de  un  palo  o  bien  atado 
con  una  cuerda  en  forma  de  honda,  i  en  la  agricultura  como 
utensilio  de  labor;  i  que  las  mas  pequeñas  sirviesen  en  casos 
dados  como  husos  para  torcer  el  hilo?  De  aquí  proviene,  a  nues- 
tro juicio,  que  cualquiera  solución  esclusiva  que  se  proponga 
para  esplicar  el  empleo  de  estas  piedras,  ha  de  parecer  insufi- 
ciente; mientras  que,  por  el  contrario,  parece  natural  que,  pu- 
diendo  un  mismo  instrumento  satisfacer  diversas  necesidades, 
antes  de  inventar  otros  i  de  fabricarlos  para  cada  una  de  ellas, 
cosa  siempre  difícil  para  los  hombres  de  esa  edad,  se  le  haya  em- 
pleado para  todas  a  la  vez,  siempre  que  la  ocasión  se  ofrecia. 

Bajo  los  números  34  i  35  damos  dos  de  estas  piedras  cuya 
horadación  es  incolnpleta;  en  la  primera  el  artista  no  h:i  alcan- 
zado aún  ni  a  pulir  los  bordes  del  instrumento,  mientras  que  en 
la  segunda  todo  parece  está  ya  concluido,  significando  acaso  que 
el  empleo  de  esta  última  era  mas  limitado,  probablemente  un 
simple  níartillo  de  los  de  la  clase  que  se  han  estraido  de  algunas 
aldeas  lacustres. 

Descritas  ya  las  armas  de  que  se  valian  los  indios,  hemos  de 
proseguir  ahora  con  lo  demás  referente  a  la  guerra. 

«En  derribando  en  la  guerra,  dice  Rosales,  los  indios  a  algu- 
no de  los  enemigos,  se  abahmzan  luego  a  él,  i  mas  si  es  capitán 
o  persona  de  importancia,  i  con  gran  presteza  le  cortan  la  cabe- 
za i  luego  la  levantan  en  una  pica,  i  se  atropan  los  que  se  hallan 
mas  cerca  a  cantar  victoria  con  ella.  I  causa  tan  gran  desmayo 
al  enemijro  el  oir  a  los  contrarios  cantar  victoria  i  el  ver  la  cabe- 
za  de  alguno  de  los  suyos  enarbolada,  que  todos  paran  i  cesan 
de  pelear,  teniéndolo  por  mal  agüero,  i  por  señal  de  que  todos 
han  de  morir  si  porfian  en  pelear,  i  así  solo  tratan  de  huir  i  de 
ponerse  en  salvo.  I  aunque  sean  ellos  muchos,  i  el  montón  de  los 
que  se  paran  a  cantar  victoria  con  la  cabeza,  pocos,  no  se  atreven 
a  acometerlos,  por  mas  encarnizados  que  estén.  I  los  victoriosos. 


146  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

en  cualquiera  parte  que  estén  peleando,  en  oyendo  cantar  victo- 
ria a  los  de  su  ejército,  siguen  la  victoria  con  grande  esfuerzo  i 
confianza  de  que  ya  es  suya,  i  al  mismo  paso  se  desaniman  los 
contrarios. 

kEI  romance  que  en  estas  ocasiones  cantan  es  tristísimo,  i  mu- 
cho mas  el  tono,  que  solo  el  oirle  causa  melancolía  i  desmayo  a 
los  contrarios.  I  en  él  les  dicen:  ((como  ya  el  león  hizo  presa  en 
sus  carnes,  i  el  alcon  o  neblí  cojió  aquel  pajarillo,  que  se  ani- 
n)en  los  leones  a  despedazar  su  presa,  i  los  neblíes  vuelen  cótt 
lijereza  tras  los  pajarillos  i  despedacen  sus  carnes;i>  i  con  estas 
metáforas  hacen  ostentación  de  la  valentía  de  su  ejército,  que 
es  de  leones,  i  de  aleones  i  neblíes  jenerosos  i  el  del  contra- 
rio de  pajarillas  cobardes.  I  con  esto  hacen  temblar  la  tierra, 
sacudiendo  todos  a  un  tiempo  con  los  pies  el  suelo,  i  entretejien- 
do  las  lanzas  i  haciendo  ruido  con  ellas,  dan,  voces  al  eneniigo 
motejándole  de  cobarde  i   diciéndole  que  venga   por  la  cabeza 

• 

de  su  soldado  o  de  su  capitán,  que  si  todos  son  tan  valientes  co- 
mo aquél,  no  deben  de  ser  soldados,  ni  valientes,  sino  mujeres  r 
cobardes.  I  diciendo  esto  les  vuelven  a  acometer  i  seguir  el  al- 
cance, porque  después  de  oir  cantar  victoria  siempre  se  ponen 
en  huida,  o  porque  les  han  muerto  la  cabeza,  o  por  el  desmayo 
que  les  causó  la  que  vieron  enarboladá,  i  por  el  aliento  que 
causó  a  los  contrarios  el  buen  suceso. 

((La  cabeza  con  que  cantan  victoria  la  llevan  a  su  tierra  i  la 
cuelgan  como  estandarte  o  bandera  que  han  quitado  al  enemigo 
i  la  ponen  en  parte  pública,  después  de  haberla  enviado  de  unas 
provincias  a  otras  para  hacer  ostentación  de  su  victoria  i  que  se- 
pan que  tienen  aquel  capitán  menos  por  enemigo,  i  se  animen  a 
volver  otra  vez  a  la  guerra... 

(cA  la  retirada,  cada  uno  se  va  por  su  camino,  como  lobo  por 
su  senda,  sin  guardar  forma  de  escuadrón,  ni  hacer  cuerpo  de 
ejército,  así  los  vencedores  como  los  vencidos,  sin  obedecer  ya 
mas  a  sus  capitanes**... 

96.  Rosílcís  lug.  cit ,  i^j.  121. 


CAP.    VII. — LOS   ARAUCANOS  1 47 

«En  el  repartimiento  i  distribncion  de  los  despojos  en  la  gue- 
rra, de  armas  o  cautivos,  no  hai  mas  lei  ni  orden  que  la  buena 
maña  que  uno  se  da  a  cojer  i  a  apro /echarse  de  la  presa,  porque 
entre  ellos  el  que  pilla,  pilla,  i  el  que  llega  primero  a  cojer  una 
i:osa  o  la  señala,  se  la  lleva,  sin  obligación  de  quintar  ni  dar  cosa 
alguna  al  toqui  jeneral,  ni  al  capitán.^" 

((Las  ceremonias  que  hacen  para  matar  a  un  cautivo  son  nota- 
bles, porque  en  juntándose  toda  la  tierra  en  la  plaza  de  armas, 
que  es  el  cíLepan»,  lugar  dedicado  para  estos  actos  públicos,  traen 
al  cautivo  que  han  de  quitar  la  vida  atadas  las  manos  i  con  una 
soga  al  cuello,  de  donde  le  van  tirando,  i  al  que  así  llevan  le  lla- 
man ((guegueche»,  que  quiere  decir  en  su  lengua,  hombre  que 
han  de  matar  como  carnero,  porque  le  matan  del  mismo  modo 
que  matan  los  carneros  de  la  tierra,  i  suple  en  las  fiestas  grandes 
por  un  carnero...  Hacen  una  calle  larga  de  toda  la  jente  i  por 
ella  le  llevan  como  a  la  vergüenza,  i  todos  le  dicen  muchos  bal- 
dones, particularmente  las  viejas;  i  que  se  harte  de  ver  el  sol,  que 
y¡\  no  le  ha  de  ver  mas,  qué  llegó  el  dia  en  que  ha  de  pagar  los 
males  que  ha  hecho;  i  si  es  alguno  que  ha  sido  valiente  i  les  ha 
hecho  mucho  daño  en  la  guerra,  llegan  a  él  las  viejas  i  le  dicen: 
¿qué  es  de  mi  hijo  o  de  mi  marido  que  me  mataron  en  tal  tiem- 
po? Vuélvemelo,  i  si  no,  ahora  he  de  comer  de  tus  carnes,  etc. 
I  en  llegando  al  medio  se  ponen  todos  en  rueda  i  hacen  temblar 
la  tierra  dando  muchas  voces  i  diciendo:   remuera,  muera.» 

«Cuando  el  que  quieren  matar  es  algún  indio  noble  o  algún 
soldado  valiente,  le  dan  lugar  para  que  hable,  i  son  tan  animosos 
<iue,  aunque  ven  que  los  quieren  matar,  hacen  sin  turbación  nin- 
gmia  un  elegante  razonamiento,  con  grande  arrogancia...  I  suele 
Ser  el  razonamiento  tan  eficaz  i  tales  las  esperanzas  que  se  pro- 
meten de  él,  que  le  perdonan  i  entonces  matan  un  perro  negro, 
i  con  él  hacen  las  ceremonias  que  habian  de  hacer  con  el  indio. 

«Pero  si  no  es  persona  de  quien  esperan  alguna  grande  suerte, 
o  están  mui  eiicarnizados  contra  él  por  haberles  hecho  muchos 

97.  Id.,  páj.  134. 


onetíos 


X  ^h.       k 


•  '_  z. 


r    j.    3a  ''or 


»•  » » 


-f:z-?:::i~.    :.  ine 


'usaiiJ  'Icr 


z_:.:^'^».    .c^    naipj  -íü 


--i    la::::»  .  .;is 


-*..  ^-       -      — _  7      •...T" 


iri  niT  i.  «ir, 


cr  -":rniron 
7idndíea- 


/  < 


iL  r^beza  la 


I » 


••§  #/  / 


/'/    '  /"    //  /  ///•/-, 


/ . 


/    /  /,.-/ 


■' ií     ■'    :.  t:   :  :i.::í.!i  s  :  : .-rr:;dL ras  o.^ii- 
'•"  '•     •* '    '■■    I    ':    :-   •  -    '• -i.  :  diiificies  con 


•  I 


CAP.    VII. LOS   ARAUCANOS  149 

echa  a  rodar  por  el  suelo  hacia  la  tierra  de  el  enemigo,  i  abre 
lina  calle  la  jente,  por  donde  la  lleva  rodando,  i  toman  tabaco  en 
humo,  i  por  la  misma  calle  le  van  echando  a  bocanadas,  retando 
al  enemigo  i  diciendo  que  con  los  que  allá  están  han  de  hacer  lo 
mismo.  I  si  la  cabeza  se  queda  el  rostro  hacia  el  enemigo,  lo  tie- 
nen por  buena  señal  i  dicen  que  han  de  alcanzar  victoria;  pero  si 
se  queda  vuelta  hacia  ellos,  lo  tienen  por  mal  agüero,  i  temen 
que  les  ha  de  ir  mal  en  la  primera  ocasión. 

í< Hecho  esto,  levanta  en  una  pica  el  corazón  el  que  le  cortó  i 
al  mismo  tiempo  el  que  cortó  la  cabeza  la  clava  en  una  estaca,  i 
al  fin  dé  la  calle  donde  estaba  arrojada  la  levanta  en  alto,  vuelto 
el  rostro  hacia  el  enemigo.  I  tocando  las  flautas  hechas  de  las 
canillas  i  de  los  brazos  del  muerto,  comienzan  a  cantar  victoria, 
i  en  el  romance  con  metáforas  en  verso  en  que  dan  a  entender 
su  valentía,  i  como  el  que  les  pretendió  hacer  guerra  pagó  su 
atrevimiento.  Mientras  están  cantando  andan  al  rededor  de  la 
rueda  de  la  jente  algunos  indios  desnudos  hasta  la  cintura,  con  las 
lanzas  arrastrando,  dando  carreras  con  grande  furia,  i  diciendo  a 
voces  i  con  grande  arrogancia:  yape  pnlliuien^  haced  temblar  la 
tierra,  valerosos  soldados...;  i  diciendo  esto,  el  que  tiene  el  cora- 
zón enarbolado  en  la  pica  i  como  estandarte  de  victoria,  le  baja 
i  le  despedaza  en  menudos  pedazos,  i  los  va  repartiendo  entre  los 
caciques  para  que  le  coman  el  corazón  a  aquel  que  tan  inhuma- 
namente despedazaron.  Con  esto  beben  i  hacen  gran  fiesta,  de- 
jando el  cuerpo  sin  que  le  dé  ninguna  sepultura,  i  la  cabeza  la 
desuellan..,,  i  el  casco  le  cuecen  i  le  quitan  la  carne  i  los  sesos  i 
luego  beben  en  él  los  caciques  mas  principales.^» 

Para  celebrar  la  paz  «júntanse  los  caciques  i  toquis  jenerales 
de  las  provincias,  vienen  con  ramos  de  canelo  en  las  manos,  i 
traen  atada  con  una  soga  de  la  oreja  una  oveja  de  la  tierra  i  tan- 
tas cuantas  son  las  provincias,  i  en  llegando  delante  de  los  otros 
a  los  cuales  dan  la  paz,  matan  las  ovejas  de  la  tierra,  dándole  a 

99  Rosales,  t.  I,  páj.  123  i  sigts.  Llámase  raUlonco  la  cabeza  del  enemigo,  en 
que  beben.  Pebres,  Arte  de  ¡a  lengua  general^  etc. 


150  '    LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

cada  una  con  una  porra  un  golpe  en  la  cabeza  i  otro  en  los  lo- 
mos, con  que  cae  al  suelo  i  no  se  mueve  mas.  Luego  le  sacan  el 
corazón  vivo  i  palpitando,  i  con  su  sangre  untan  las  hojas :de. el 
canelo,  i  le  dan  el  corazón  o  la  oveja  al  cacique  con  quien  hacen 
las  paces,  el  cual  lo  reparte  en  pedazitos,  de  modo  que  de  el  co- 
razón i  de  la  oveja,  quepa  algún  pedazo  a  cada  uno...  Luego  vie- 
nen los  razonamientos  que  hacen  los  caciques  mas  principales, 
hablando  primero  uno  de  parte  de  todos„  los  que  dan  la  pazcón 
un  ramo  de  canelo  en  la  mano,  i  respondiendo  con  el  mismo,  otro 
cacique  de  la  otra  banda,  en  que  suele  gastar  cada  uno  mas  de 
una  hora,  hablando  con  grande  elocuencia  i  abundancia  de  pala- 
bras, i  en  acabando  dan  todos  una  voz  a  una  diciendo  que  con- 
firman lo  tratado.  Tras  esto  se  siguen  los  brindis  i  la  chicha,  que 
nunca  tratan  cosa  a  secas»,  concluye  el  buen  jesuita.»^*^ 

Hé  aquí  ahora  como  cuenta  don  Francisco  Bascuflan  la  vuel- 
ta a  sus  hogares  de  un  indio  que  habia  ido  a  la  guerra:  «Sus  mu- 
jeres, parientes  i  parientas  tenian.pani  su  'recibimiento  muchos 
cántaros  i  botijas  de  chicha,  i  con  esta  prevención  se  juntaron 
otro  dia  de  su  llegada  todos  sus  deudos  i  parientes,  así  suyos  co- 
mo los  de  su  mujer,  i  otros  amigos  comarcanos,  que  los  unos  i 
los  otros  harían  número  de  mas  de  ciento,  i  otras  tantas  i  mas 
mujeres,  sin  la  chusma  de  muchachos  i  chinas.  Comieron  i  bebie- 
ron con  grande  regocijo  i  consolaron  al  guerrero,  que  ya  se  ha- 
llaba con  mejoría  de  su  lastimada  i  herida  pierna;  i  para  mayor 
fausto  del  festejo,  antes  de  resonar  los  tamboriles  i  dar  principio 
al  baile  acostumbrado,  le  dieron,  con  trompetas  i  clarines,  al  ser- 
món i  parlamento  que  acostumbran  en  ocasiones  tales;  dieron  la 
mano  a  un  retórico,  en  su  lenguaje  discreto,  de  buena  propor- 
ción, i  jentil  hombre,  compositor  de  tonos  i  romances,  por  cuya 
causa  era  aplaudido  del  mayor  concurso;  éste  parló  mas  de  me- 
dia hora  con  bizarra  enerjía  i  buen  desgarro,  aunque  con  palabras 
tan  obscuras  i  encrespadas,  que  fueroa  muí  pocas  las  que  pude 
dar  a  la  memoria;   que  también   entre   bárbaros  hai  predicado- 

100.  Id.,  /V/.,  páj.  146. 


CAP.    Vil. — LOS   -ARAUCANOS  I5I 

res  cultos,  que  se  precian  de  no  ser  entendidos  ni  entenderse. 
«Despnes  de  haber  dado  fin  a  sn  oración  el  galante  i  presumi- 
do predicador,  se  levantó  un  anciano,  a  poder  de  años  i  espenen- 
cias  docto,  i  en  breves  razones  claras  i  de  peso  mucho  mas  que 
el  otro,  habló  teniendo  a  todos  atentos  i  pendientes  los  sentidos 
de  sus  labios,  por  haberles  predicado  al  alma  i  a  lo  que  su  natu- 
ral inclinación  los  lleva...  Con  esto,  principiaron  los  tamboriles 

» 

con  otros  instrumentos  de  alegría,  a  dar  bastantes  muestras  de 
contento,  pues  ocuparon  i  saltaron  toda  la  noche  en  comer  i  be- 
ber, cantar  i  bailar,  con  grande  regocijo.^*'^ 


101.    Cautiverio  feliz^  páj.  442  i  siguientes. 


CAPITULO  VIII. 


LOS  ARAUCANOS. 
III. 

Población  que  habia  en  Chile  a  la  época  de  la  llegada  de  los  españoles. — Pue- 
blos.— Caminos. — Casas. — Trajes. — Desfiguración  del  cráneo  i  del  rostro. — 
Adornos. — Joyas. — Afeites. — Ajuar  de  las  casas. — Camas. — Insectos  noci- 
vos.— Parásitos. — Alumbrado. — Sistema  para  procurarse  el  fuego. — Modo 
de  comer. — Alimento. — Caza  de  montería. — Animales  anfibios. — Volate- 
ría.— Animales  domésticos, — El  perro. — El  chilihticque, — Mariscos. — Pesca. 
— Anzuelos. — Embarcaciones — Balsas,  canoas,  piraguas. — Alimentación  ve- 
jetal. — Sal. — Miel. — Diversos  productos. — Fertilidad  del  país. — Agricultura. 
— Uso  del  tabaco. — Bebidas. — Utensilios. — Comercio. 

Por  lo  que  respecta  a  la  población  que  habia  en  Chile  a  la 
época  de  la  llegada  de  los  españoles,  se  encuentran  en  los  anti- 
guos cronistas  datos  suficientes  para  alcanzar  en  este  orden  cier- 
ta precisión  en  las  cifras.  Valdivia  aseguraba  al  rei  que  la  tierra 
«ra  en  jeneral  mas  poblada  que  la  Nueva  España,  i  en  otra  parte 
de  sus  cartas  dice,  con  aparente  exajeracion,  que  era  tanta  la  jen- 
te  que  «habia  mas  que  yerba.b)  Poco  mas  adelante,  vuelve  a  in- 
sistir en  esta  misma  idea,  declarando  que  (da  tierra  es  poderosa 
<Je  jente,  i  belicosa,  i  que  la  población  della  era  hacia  la  costa p) 


I.  Historiadores^  t.  I,  pájs.  45  i  47. 


154  LOS   ABORÍJENfS    DE    CHILE 

i  posteriormente  escribiéndole  al  rei  con  fecha  25  de  junio  de 
^55^  1^  declaraba:  cdo  que  puedo  decir  con  verdad  de  la  bondad 
desta  tierra  es  que  cuantos  vasallos  de  V.  M.  están  en  ella  i  han 
visto  la  Nueva  España,  dicen  ser  mucha  mas  cantidad  de  jente 
que  la  de  allá,  i  si  las  casas  no  se  ponen  unas  sobre  otras,  no 
pueden  caber  en  ella  mas  de  las  que  tiene. ..d 

Sin  embargo,  de  la  misma  relación  de  Valdivia  se  deja  ver 
con  toda  claridad,  que  la  población  del  país  estaba  mui  desigual- 
mente repartida,  pues  al  paso  que  desde  Copayapo  hasta  el  valle  de 
Canconcagua,  a  diez  leguas  de  Santiago,  no  habia,  según  él,  mas 
de  tres  mil  indios'^  o  mil  quinientos  hombres  de  guerra,  como  se 
espresa  González  de  Oviedo,^  en  los  combates  que  tuvo  que  sos- 
tener en  los  alrededores  de  Santiago,  «era  tanta  la  jente  de  ar- 
mas enhastadas  e  mazas,  que  no  podian  los  cristianos  hacer  a  sus 
caballos  arrostrar  a  los  indios.D  En  12  de  marzo  del  año  1550  dice 
también  que  se  avistaron  mas  de  cuarenta  mil  indios,  «quedando 
atrás,  que  no  se  pudieron  mostrar,  mas  de  otros  tantos.»  Habien* 
do  marchado  al  sur  desde  Santiago,  por  los  comienzos  de  febre- 
ro, refiere  que  caminó  treinta  leguas,  «que  era  la  tierra  que  nos 
servia,  i  habiamos  corrido;  pasadas  diez  leguas  adelante  topa- 
mos mucha  población  e  a  las  diez  i  seis,  jente  de  guerra  que  nos 
salian  a  defender  los  caminos  e  pelear;»  i  cuando  llegó  por  pri- 
mera vez  al  Biobio  en  1550  topó  ahí  con  veinte  mil  indios,  i  con- 
tinuando hacia  el  mar,  en  el  paraje  de  Arauco,  «con  tanta  pobla- 
ción que  era  grima,»  espresion  que  repite  en  las  instrucciones 
suyas  que  llevó  a  España  Alonso  de  Aguilera.'*  Don  Pedro  Ma- 
rino de  Lovera,  testigo  también  de  los  sucesos  de  este  tiempo, 
indica  que,  estando  descansando  la  hueste  de  Valdivia  en  el 
asiento  de  Andalien,  «con  la  voz  que  salió  por  la  tierra  de  que 
venian  cristianos,  iban  concurriendo  tantos    indios  que  pasaban 

2.  Id.,  páj.  13.  Proceso  de  Pedro  de  Valdivia,  páj.  208. 

3.  Historia  de  las  Indias^  t.  IV,  páj.  268.  Bollaert,  cree,  a  pesar  de  todo, 
que  la  rejioii  del  norte  debió  en  un  tiempo  ser  bastante  poblada,  por  el  consi- 
derable número  de  huacas  que  en  ella  se  encuentran.  Antiqíiarian^  ethnological 
and  other  resear ches,  Xii].  175. 

4.  Proceso  de  Pedro  de  Valdivia^  páj.  236. 


156  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

Por  fin,  en  Chiloé  cuando  fué  visitado  por  primera  vez  por 
Ruiz  de  Gamboa  en  1566,  se  encontraron  por  matrícula,  cincuen- 
ta mil  indios.  ^^  Refiriéndose  al  mismo  archipiélago  decia  Ercilla 
en  su  poema  que  habia  hallado  «islas  en  grande  número  pobla- 
das. ^*"D 

Sumando  todas  estas  cifras  i  apreciándolas  prudencialmente  en 
su  conjunto,  creemos  que  el  total  de  la  población  indíjena  de 
Chile  a  la  época  de  la  venida  de  los  españoles  no  debió  exceder 
de  medio  millón  de  habitantes.  Es  verdad  que  a  estarnos  simple- 
mente al  número  de  indios  que  se  presentaban  al  combate  i  a  las 
manifiestas  exajeraciones  de  los  conquistadores,  la  cifra  que  fija- 
mos parecerá  exigua;  pero  es  necesario  no  olvidar  que  por  la 
constitución  especial  del  antiguo  pueblo  chileno,  tan  diferente  a 
este  respecto  de  la  organización  de  las  naciones  modernas,  la  jen- 
te  de  pelea  puede  asegurarse  que  la  formaban  la  totalidad  de  los 
hombres  en  estado  de  cargar  las  armas.  Todos  los  araucanos  de 
entonces,  como  los  de  hoi,  eran  soldados.  En  los  ranchos  no  que- 
daban sino  las  mujeres  i  los  niños  mui  pequeños,  lo  que  los  es- 
pañoles llamaban  la  chusma  i  que  en  sus  correrías  arriaban  como 
carneros. 

Esta  población,  como  lo  hemos  indicado  ya,  vivia  agrupada  en 
los  valles  irrigados  por  los  rios  que  descienden  de  la  cordillera, 
donde  encontraban  facilidad  para  sus  siembras  i  los  mas  fértiles 
terrenos;  pero,  como  lo  declaraba  Pedro  de  Valdivia,  era  nota- 
ble el  exceso  déjente  que  se  notaba  del  lado  de  la  costa  en  com- 
paración con  el  de  la  cordillera,  i  hasta  hoi  «la  mayor  parte  de 
la  población  india  se  halla  establecida,  tanto  al  pié  de  las  monta- 
ñas en  el  llano  intermedio,  como  en  la  orilla  de  las  montañas  de 
la  costa;  de  las  secciones  trasversales,  las  que  forman  la  hoya  de 
los  rios  Tolten  e  Imperial,  son  las  que  han  ofrecido  mas  ventajas 
i  por  eso  son  también  las  mas  pobladas,  "d  Esta  desproporción 
era  todavía  mas  notable  al  comparar  la  rejion  que  se  estendia 

11.  Id.,  /V/.,  páj.  294;  11,  páj.  145, 

12.  La  Araucana^  canto  XXXVL 

13.  Domeyko,  Araucauia  i  sus  habitantes^  páj.  5. 


CAP.    VIII. — LOS   ARAUCANOS  1 57 

desde  Copiapó  a  Aconcagua,  casi  del  todo  deshabitada,  con  la 
que  corria  de  esta  parte  a  los  lomajes  de  Arauco.  Por  fin,  pare- 
ce necesario  advertir  que  el  país,  según  lo  aseverado  por  escrito- 
res de  ordinario  bien  informados,  estuvo  mucho  mas  poblado  en 
una  época  anterior  a  las  invasiones  que  tuvo  que  esperimentar. 
Rosales,  en  efecto,  espresa  que  hubo  en  lo  antiguo  multitud  de 
indios,  que  entre  otras  causas  fueron  diezmados  por  las  guerras 
civiles  i  por  «las  hambres  en  que  se  comian  unos  a  otros.  ^*))  «An- 
tes que  los  españoles  viniesen  a  este  reino,  añade  el  mismo  autor, 
acabó  mucha  jente  una  grande  peste,  i  al  ejército  del  Inga  cuan- 
do andaba  conquistando  esta  tierra  le  dio  otra  peste  que  le  con- 
sumió muchos  soldados.  ^*d 

Pero  del  hecho  acerca  del  cual  pueden  presentarse  datos  mas 
precisos  i  exactos,  es  sobre  los  pueblos  que  los  españoles  halla- 
ron fundados  en  el  territorio.  «El  cultivo  de  la  tierra  implica,  de- 
cia  con  razón  el  abate  Molina,  la  radicación  de  la  familia,  i  la  fa- 
milia la  asociación  de  otras:  de  aquí  los  pueblos.  Habia  entre  los 
aboríjenes  chilenos  algunas  poblaciones  que  ellos  llamaban  caras 
en  contraposición  al  ¿ov,  que  era  mas  reducido.  Eran  chozas  que 
estaban  situadas  solamente  a  la  vista  unas  de  otras.  ^*'s>  Hubo,  con 
todo,  una  causa  que  dificultó  sobremanera  la  fundación  e  incre- 
mento de  las  poblaciones,  pues  en  virtud  de  sus  creencias  i  su- 
persticiones vivian  persuadidos  los  indios  de  que  la  muerte  no 
provenia  de  causas  naturales,  sino  de  venenos  i  maleficios  que  se 
daban  unos  a  otros,  i  por  eso,  dice  González  de  Nájera,  «rehusan 
congregarse  en  pueblos,  ^"^d 

Ya  González  de  Oviedo  declaraba,  sin  embargo,  que  el  adelan- 
tado Diego  de  Almagro  reconoció  algunos  que  tenian  de  diez  a 
quince  casas,  siendo  el  mas  considerable  de  todos  ellos  por  su  si- 
tuación e  importancia  el  de  Canconcagua.  ^^  En  las  actas  del  (^a- 


14.  I,  184. 

15.  I,  190. 

16.  Historia  civily  lib.  I,  cap.  IV. 

17.  Desengaño  de  la  guerra  de  Chile^  páj.  99. 

18.  Historia  natural  y  moral  de  las  Indias^  t.  IV,  páj.  273. 


158  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

bildo  de  Santiago  se  encuentran  también  preciosas  indicaciones  a 
este  respecto.  Así,  en  27  de  junio  de  1547  la  corporación  adjudi- 
có a  Joan  Cabrera  «un  sitio  i  asiento  de  tierra  Iiácia  Curacoma, 
en  un  valle  que  se  llama  Bonbancagua,  a  donde  solia  estar  un 
pueblo  de  indios  cuanaqneros.  ^'•*))  En  igual  fecha,  Diego  Oro  ob- 
tuvo también  ciertas  tierras  ccen  las  que  solían  ser  del  cacique 
Apochame,  a  donde  solia  estar  un  pueblo  del  dicho  cacique.^» 

Son  mui  dignas  de  observación  las  espresiones  que  en  estos 
dos  casos  emplea  el  Cabildo  de  la  capital,  aen  el  lugar  en  que 
solia  estar  el  pueblo,  en  las  tierras  que  solian  ser»,  porque,  como 
veremos  poco  mas  adelante,  no  ha  faltado  quien  sostenga,  sin 
duda  con  razón,  que  parte  de  los  primitivos  indios  de  Chile  fue- 
ron cazadores.  Las  palabras  del  Cabildo,  en  efecto,  parecen 
indicar  claramente,  que  las  agrupaciones  de  las  casas  de  los  indí- 
jenas  eran  transitorias  i  accidentales,  así  como  lo  eran  su  pose- 
sión i  disfrute,  tal  como  lo  que  hoi  se  ve  respecto  de  los  indios 
de  las  Pampas  o  de  la  Patagonia,  cuyas  tolderías  no  se  alzan  en  un 
sitio  sino  por  el  tiempo  que  dura  la  caza  en  los  contornos  inme- 
diatos. Es  sabido,  igualmente,  que  los  indios  pescadores  de  las  cos- 
tas occidentales  de  la  rejion  austral  de  Chile,  construyen  en  unas 
cuantas  horas  las  chozas  que  les  han  de  servir  de  abrigo,  mientras 
no  se  agota  el  marisco  en  los  parajes  en  que  fijan  su  residencia, 
según  diremos  mas  adelante.  I  a  esto  mismo  parece  que  concu- 
rre el  calificativo  de  aciianaqueros»  o  cazadores  de  guanacos  con 
que  se  designa  a  los  que  residian  de  cuando  en  cuando  en  los  si- 
tios de  Curacoma. 

Pero,  sigamos  adelante  en  nuestra  enumeración,  valiéndonos 
siempre  de  las  declaraciones  de  los  cabildantes  santiaguinos. 

Cerca  de  la  confluencia  de  los  rios  Cachipual  i  Tintilica  habia 
un  pueblo  llamado  Cailloa,  que  fué  de  Qiiinillanga,  mas  tarde 
asignado  a  Rodrigo  de  Qiiiroga.*^   Este  mismo  Quiroga  data  en 


19.  ¿Cazadores  de  guanacos? 

20.  Acias  del  Cabildo^  páj.  127. 

21.  AcidSj  páj.  319. 


CAP.    VIII. — LOS    ARAUCANOS  1 59 

15  de  enero  de  1552  el  nombramiento  de  escribano  de  Salvador 
Alvarez,  en  el  pueblo  de  Yauyau.^^ 

En  la  merced  de  tierras  hecha  a  Pedro  de  Miranda,  también 
por  Quiroga,  se  dice  que  la  legua  i  media  de  que  consta  el  títu- 
lo, es  aen  sus  pueblos,  junto  al  rio  de  Cachipual,  desde  un  cerro 
que  se  llama  Vilolmo,  prosiguiendo  el  dicho  rio  de  Cachipual 
hacia  la  sierra  de  las  nieves.^*^» 

En  jeneral,  puede  decirse  que  a  escepcion  de  Arauco,  de  don- 
de los  datos  son  mas  escasos,  de  lo  restante  del  país  es  fácil  enu- 
merar los  diversos  pueblos  que  existian  antiguamente,  entendien- 
do por  pueblos,   como  ya  se  ha  advertido,  las  agrupaciones  de 
diez  o  quince  casas  o  ranchos,  habitados  de  ordinario  por  la  jen- 
te  que  obedecia  a  un  solo  cacique.  Así,  en  la  actual  provincia  de 
Coquimbo  se  notaban   los  de   Huana,  patrimonio  i  título  poste- 
xiormente  de  un  marqués,  Paitanasa,  Huamalatai  Tambo;  Samo, 
en  el  Huasco;  Toquihue,  Purutun  i  Chuapa  o  Chalinga  en  Qui- 
Jlota  i  Cuzcuz;  Catemu,  Llapeu,  Curimon,  Panquehue  i  Llayllay 
en  Aconcagua;  Pomaire,  Cudahuita,  Terao,  Copequen,  Curama- 
pu,  Putupur,  Lampa,  Macul,   Llopeu,   Chiñihue   i  Talagante  en 
Santiago;  Nancagua,  Pilcun,  Manquehue,  Apaltas,  Rapel,'^'*  Ta- 
guatagua  i  Vichuquen  en  Colchagua;  Huenchullamí   en  Talca; 
Lora  i  Libun   en   Maule;  Cobquecura,   Ranquilcahue,  Meypu,, 
Puaun,  Puralihue,  Pirumahuida,  Pumahuil,  Maitenco,  Colmuico, 
Nochehue,  Pahuil,  Huelhuine,  Luanco.i  Chanco  en  Cauquenes; 
Quillenhue  en  Chillan;  Noguen,  Mela,  Colmucahue,  Nogueche, 
Guechupureo,  Ichato,  Chaquillama,  Puñual,  Parima   i  Quilaco- 
ya^  en  Concepción.   Según  el  historiador  Alonso  de  Góngora 
Marmolejo,  a  la  desembocadura  del  rio  Ainilebu,  un  poco  mas  al 
sur  de  Valdivia  habia  en  su  tiempo  un  gran  pueblo  de  indios  Ua- 

22.  Jii  y  páj.  320. 

23.  Mj  id.  343. 

24.  Se  hace  mención  especial  de  este  pneblo  en  la  declaración  de  don  Gabriel' 
de  Castilla,  prestada  en   una  información  levantada  de  orden  de  Oñez  de  Lo- 
yola.  Historiadores  de  Chile^   t.  II,   páj.  303.  Existe  hasta  hoi  cerca  del  puerto 
de  Navidad. 

25.  Este  pueblo  estaba  cerca  de  Penco,  según  el  testimonio  de  Marino  de 
Lo  vera.  Historia  de  Chile  ^  páj.  67. 


..'i::a¡lí,   Giiechuquethii, 

.  •     -^iyos,   Lelbun,    Ragco, 

'..vzzi,  Ciiqiiignil,  Vilupiilli, 

■   -  Terao  en  Chiloé;^  i  con 

.'rrzíun,  Tei,  Jiitui,  Huillinco, 

:/.::>.  Chadmo,  Rilan,  Curaluie, 

r    Ji!en,  Tenaun  i  Quicaví,  en  la 

."irico,  Hnigar,  Palqui  i  Matan 

.    r-.r:.  Alachiln,  Ichoac   i   Dativ   en 

r  ^  ..  Arian,  Chaulinec,  Alan,  Cagnach, 

.   ^-r-j.  Vuta-chauqnis,  Añihne,  Cheg- 

.    ;:r  >l:  respectivo   nombre;   Carelmapu 

'    .r    vT-uicaluie,  Calbnco,   Menmen,   Cai- 

.'::,^pe.  Polnqni,  Qnenn,  Tabón,  Abtan, 

>  :.e:npos  anteriores  ala  invasión,  el  ham- 

:•  ír:a  notablemente  el  nñmero  de  habitan- 

j    lírrirorio,  del  mismo  modo  la  conquista  es- 

,    ;>:;T:ninio  de  la  mayor  parte  de  los  que  fueron 

:^:  ^ir!  invasor.  Aparte  de  los  muchísimos  testi- 

.     ,.  :!.^>  citar  a  este  respecto,  seguimos  con   pre- 

\.^>.:!es  por  hacer  mas  directamente  a  nuestro  ca- 

^v   .:>::   '»en  las  tierras  de  paz  que  há  mucho  que  se 

.  ^'.*:!u>  Santiago,   habia  algunos  indios  reducidos  a 

^>  /.vx^  a  poco  se  han  ido  acabando. 'V  De  los  pue- 

.>r  los  incas  en  nuestro  territorio  daremos  razón 


*<  i" 


.    ^'  •  -v.-.r.icarse  por  tierra  de  un  punto  a  otro,  principalmen- 
\    .1  v.vO.  tenian  los  indios  tres  caminos,  que  llamaban  rupus^ 

:.:'  -rs,  1.  II,  páj.  224. 

\    ;.   '.  <  vio  csios  nombres  han  sido  tomados  de  una   Nóniina  de  /os  pue- 

•  ..  •;.;'..\v  de  indios,  de  1788,  que  existe  en  la  Biblioteca  Nacional,  for- 

.:,*ií  .ycu>l¡n  de  Salomón;  pero  en  casi  su  totalidad  los  debemos  a  un 

^  -.   :sp:sIoso  de  muchos  de  los  espedientes  que  so  encuentran  en  el  Ar- 

.    .      M:i\;>loiio  de  lo  Interior. 

V  í  .*:'.■  .lie  Anuert^s,  Descripción  hislorial  de  Chüoc,  páj.  150. 
. '  /.  ,^ '  í .-.;.  l .  I ,  páj.  1 5 1 . 


172  LOS   ABORÍJEXES   DE    CHILE 

algunas  imijeres  zarcillos  de  plata,  añade  a  este  respecto  Gonzá- 
lez de  Nájera,  hechas  de  cálices  i  patenas  que  hubieron  en  el  sa- 
co de  las  ciudades  que  destruyeron;  porque  minas  de  tal  metal 
no  sé  que  se  hayan  descubierto  hasta  ahora  en  aquella  tierra^ 
aunque  hai  noticias  dellas,  i  comunmente  también  traen  zarcillos 
de  latón,  habido  en  el  mismo  saco,  hechos  a  modo  de  ruedecillas 
de  reloj,  dentados,  grandes  i  pequeños,  i  de  otras  formas.®^» 

Entre  los  araucanos  se  ven  hasta  hoi  los  aretes  cuadrangulares 
de  tamaño  i  peso  estraordinarios;  mas,  ¿son  ellos  de  invencioa 
de  los  naturales,  o  por  el  contrario,  los  han  adquirido  de  los  es- 
pañoles? A  nuestro  modo  de  ver,  esta  duda  envuelve  una  doble 
solución,  según  sea  el  punto  de  vista  bajo  el  cual  se  le  considere. 
Si  no  se  toma  en  cuenta  mas  que  la  forma  i  dimensiones,  nos 
parece  que  ambas  son  evidentemente  de  invención  araucana^ 
orijinales  del  pueblo;  mas,  el  material,  la  plata  misma  (casi  el 
único  metal  empleado  para  estos  trabajos)  es  de  estraccion  espa- 
ñola. Tendríamos,  pues,  así  que  en  las  provincias  del  norte,  (se- 
gún se  verá  después)  antes  de  la  conquista  española,  i  por  la 
menos  desde  la  invasión  peruana,  la  forma  i  el  material  fuc.on 
propios  de  los  aboríjenes;  i  que  hacia  el  sur,  utilizando  un  mate- 
rial de  estraccion  ajena,  le  dieron  una  forma  propia.  En  la  figura 
130  puede  verse  una  muestra  de  éstos  pendientes  cuadrados  a 
que  sin  duda  alguna  se  refiere  Rosales  i  que  hasta  la  fecha  se 
encuentran  en  gran  boga  entre  las  tribus  araucanas.  Pesa  cin- 
cuenta gramos,  i  la  parte  plana  inferior  tiene  un  ancho  de  cator- 
ce centímetros,  i  según  dice  don  P.  U.  Martinez,  en  Arauco  se 
les  conoce  con  el  nombre  de  «uples,»  chapul^  o  upul^  según  Pe- 
bres."^ 

«El  ajuar  de  sus  casas  i  el  menaje  es  poquísimo  i  pobre,  con- 
tentos con  tener  que  comer  i  vestir  moderadamente.^!)  «El  mo- 
biliario de  los  indios  changos,  dice  D'Orbigny,  consiste  en  algu- 
nas   conchas,    algunos  vasos,   utensilios  de   pesca  i  pequeños 

80.  Ob.  i  liifT.  c¡t.,  páj.  98. 

81.  /^^  verdad  en  campaña  y  M.  S. 

82.  Rosales,  I,  páj.  160. 


CAP,    VIII. — LOS   ARAUCANOS  1 63 

i  cubiertos  con  cortezas  de  árboles  i  algunas  pieles  de  lobo  ma- 
rino, i  únicamente  tienen  para  ellos  la  conveniencia  de  que  fá- 
oilmente  las  trasladan  a  otros  sitios;  i  como  no  hacen   mansión 
determinada,  sino  que  continuamente  andan  de   isla  en  isla  en 
solicitud  de  su  manutención,   cargan  en   sus  pequeñas  piraguas, 
las  cortezas,  pieles  i  palos,  i  donde  llegan  levantan  luego  su  cho- 
a.^D 

«Los  indios  de  guerra  cuando  van  marchando,  hacen  en  la  cam- 
aña,  en  un  instante,  unas  casitas  en  que   se  defienden    del  agua 
n  el  invierno  i  del  sol  en  el  verano,   porque   hai  en  casi  todas 
unas  hojas  que  llaman  átt  pangue^  i  cada  una  es  un  quita- 
ol,  i  con  cuatro  varillas  arqueadas  i  cuatro  hojas  de  éstas,  está 
liecha  la  casa/'^j) 

El  abate  Molina,  disertando  sobre  las  habitaciones  de  los  in^ 
c3ios,  se  inclina  a  creer  que  empleasen  en  ellas  cierta  especie  de 
ladrillos  conocidos  con  el  nombre  de  ticdy  aunque  .observa  jui- 
"«iosamente  que  esta  industria  debió  nacer  después  de  la  con- 
<juista  peruana,  porque  en  la  tierra  de  los  Incas  se  conocían  con 
^1  mismo  nombre/®  Al  presente  este  material  es  completamente 
•desconocido  en  la  fábrica  de  las  habitaciones  de  los  indios,  pero 
Iiasta  hoi  conservan  ellas  cierta  orijinalidad,  derivada  de  su  for- 
ma i  de  los  elementos  empleados  en  su  construcción. 

Los  indios  pescadores  de  la  costa  del  desierto  de  Atacama, 
conocidos  jeneralmente  con  el  nombre  de  (íchangos,»  para  la 
fábrica  de  sus  habitaciones  ocurren  a  otro  sistema.  «Como  no 
llueve  nunca  en  los  lugares  que  habitan,  nos  dice  D'Orbigny, 
tres  o  cuatro  estacas  clavadas  en  el  suelo,  sobre  las  cuales  colo- 
can pieles  de  lobos  marinos  i  algas,  forman  sus  casas.***»  dObser- 
vé,  añade  por  su  parte  un  esplorador  moderno,  que  sus  chozas 
eran  formadas  con  huesos  de  ballena,  cubiertos  con  pieles  de 
lobos/*'» 

38.  Descripción  historial  de  Chiloc,  páj.  1 86. 

39.  Rosales,  id.,  151.  Estas  ramadas  las  designaban  los  araucanos,  segiin  el  pa 
dre  Lilis  de  Valdivia'  con  el  nombre  de  acuñrne.  Arte  y  gramática  general,  etc, 

40.  Historia  civily  lug.  cit. 

41.  Uhomtne  américain,  t.  II,  páj.  334. 

42.  BoUaert,  R  escarches  y  páj    171. 


174  ^-^S   ABORÍJENES   DE   CHILE 

Para  alumbrarse  se  valían  los  indíjenas  de  las  varias  espe- 
cies del  coligues  o  nigiil,  que  se  crian  en  los  montes;  «meten  en 
el  recoldo  uno  o  dos  de  estos  ((coleos,))  i  luego  se  encienden  lar- 
den como  una  vela,  i  en  acabándose  remudan  otros.*^»  A  esta  es- 
pecie de  vela  llamaban  cude. 

<(Para  sacar  fuego,  su  piedra  i  eslabón  son  dos  palitos!  apenas 
hai  indio  que  no  los  traiga  colgando  en  la  cintura,  particularmen- 
te los   que   van  a  la  guerra  o   hacen   camino.^  I  a  estos  palitos 
llaman  rcpii]  el  uno  de  ellos  es  algo  puntiagudo,  i  nombran  huen- 
tu-repii^  i  el  otro  agujereado  por  medio,   dovio-repu^  de  manera 
que  el  uno  encaja  en  el  otro,  como  el  gorrón  en  el  dado,  i  el  uno 
es   hembra  i  el  otro   macho;   i  al   sacar  fuego   dicen  reputun.^ 
Asientan  el  un  palito  en  el  suelo  i  tiénenle  fijo  con  los  pies,  i  con 
el  macho  sacan  fuego  del  otro  palito,  afirmando  con  las  dos  ma- 
nos i  refregándole  entre  ellas  con  fuerza  i  maña.  Porque  ludien- 
do el  quicio  sobre  el  dado,  hacen  entre  los  dos  un  aserrin  menu- 
dito,  que  con  la  colusión  de  los  palitos  se  enciende  brevísimamen- 
te,  i  echando  aquel  aserrin  encendido  en   unas  pajas  o  en  otra 
materia  seca,  a  dos  soplos  tienen  sacado   fuego,  sin  yesca,  esla- 
bón, pedernal  ni  pajuela.  I  así  aunque  no  hayan  guardado  fuego 
en  sus  casas,  de   parte  de  noche,  no  han  menester  irle  a  buscar 
a  otras  casas,  que  en  el  repu  dicen  que  le  tienen  guardado  i  lue- 
go le   sacan  con  facilidad;  que   este  es  el  fuego  que  dicen  que 
trajo  la  zorra  en  la  cola  i  le  dejó  en  las  piedras  i  en  los  palos..." 
(íUna  vez  que  sacan  fuego  de  esta   manera,    añade  González  de 
Nájera,  se   sirven  como   de  yesca  del   tronco  seco  del  chagua  I, 
del  cual,  encendida  una  punta,  conserva  el   fuego  i  dura  mas  de 
dos  jornadas.^» 

91.  Rosales,  lug.  cit. 

92.  «Traía  la  india  a  las  espaldas,  refiere  González  de  Nájera,  un  envoltorio 
dentro  de  una  rtd  de  que  se  hirvtn  como  de  mochila,  i  liabicndola  puesto  en  el 
suelo  me  abajé  a  ver  lo  que  traia  dentro Hallé  unos  ovillos  de  hilado  i  al- 
guna lana  para  hilar,  i  envueltos  en  ella  unos  palos  con  que  los  indios  acostum- 
bran a  encender  fuego.»  Descns^añOs  páj.  181. 

93.  Pérez  García,  Historia  de  Chile,  M.  S.  Febres,  Avie  de  la  lengua,  etc. 

94.  Rohales,  ob  rit.,  páj.   ibo. 

95.  Desengaño  i  reparo  de  la  guerra  de  Chile,  páj.  59. 


l68  LOS   ABORÍJENES    VE   CHILE 

que  dio  Michimalonco  a  los  compañeros  de  Pedro  de  Valdivia,  los 
escuadrones  de  indios  <ívenian  lucidos  a  maravilla  por  la  mucha 
plumería  que  traian  en  sus  cabezas,  de  diversos  colores.  ))®^  Esta 
principal  ccdivisa  i  gala  del  plumaje  era  lo  que  los  indios  llamaban 
pergiiin, "»  <íPara  asentar  las  plumas  o  penachos,  de  que  ellos  son 
mui  amigos,  i  no  los  traen  en  la  guerra,  porque  entonces  usan  ce- 
ladas,» tenian  el  llauto^  que  cees  un  trocho  o  rodete  redondo,  an- 
cho de  dos  dedos  que  les  ciñe  la  cabeza,  i  los  cuales  adornan  con 
muchas  piedras  i  dijes.  *"» 

De  acuerdo  con  lo  que  antes  hemos  visto  declarar  a  Molina, 
parece  incuestionable  que,  a  escepcion  de  los  jefes  peruands  que 
se  ensanchaban  las  orejas,  por  lo  cual  se  les  llamaba  «los  orejo- 
nes,!) entre  los  indios  de  Chile  no  se  acostumbró  jamás  la  deforma- 
ación  del  rostro  i  mucho  menos  la  del  cráneo.  Es  sabido  que  de 
esta  práctica  singular  no  son  raras  las  muestras  que  aún  pueden 
estraerse  de  los  cementerios  indi jenas  del  Perú;  pero  en  Chile, 
ni  por  la  tradición  ni  por  los  restos  de  antiguos  sepulcros,  puede 
en  manera  alguna  afirmarse  que  haya  existido  esta  curiosa  cos- 
tumbre. 

Pero  la  práctica  común  a  los  indios  del  Perú  i  Chile  fué  la  de 
arrancarse  los  pelos  de  la  cara  con  unas  tenacitas,  de  plata  en  el 
Perú,  hechas  de  conchas  entre  los  araucanos,  que  llamaban  útiv^ 
i  las  cuales  traen  siempre  consigo  pendientes  del  cuello.  ^  aA  ra- 
tos perdidos  las  sacan,  i  en  buena  conversación  están  arrancando 
los  pelos,  "d  Con  el  tiempo,  los  araucanos  usaron  el  mismo  mate- 
rial que  los  del  Perú,  según  lo  testifica  ya  Olivares,^  i  según  pue- 
de comprobarse  de  los  ejemplares  que  han  solido  estraerse  de  las 
sepulturas.  En  nuestro  atlas,  bajo  los  números  124  i  125,  damos 
de  tamaño  natural,  dos  hojas  de  estas  tenacillas,  de  plata  fundida, 


62.  Historia  de  Chile^  páj.  46. 
bj.  Pérez  García,  Historia^  liig.  cit. 
64.  Ercilla,  La  Araucana,  Tabla. 
6;.  Rosales,  I,  167  . 

66.  Oval  le,  Histórica  relación,  páj.  90;  González  de  Nájera,   Desengaño  t  re- 
paro de  la  guerra  de  Chile  y  páj.  83,  nota. 

67.  Historia  de  Chile^  páj   39. 


CAP,    VIII. — LOS   ARAUCANOS  1 69 

que  fueron  sacadas  de  una  huaca  de  los  alrededores  de  Osorno. 
Como  se  nota,  ambas  están  retorcidas  en  su  estremidad  superior, 
formando  un  pequeño  agujero  destinado  a  recibir  el  hilo  con  que 
se  las  amarraba  al  cuello.  La  número  i  24  es  un  poco  mas  elegan- 
te que  la  otra,  estando  adornada  con  dos  dientes  a  cada  lado. 
Debe  notarse,  sin  embargo,  que  entre  estos  instrumentos  i  los  que 
los  peruanos  usaban,  liabia  una  notable  diferencia:  según  puede 
verse  en  la  figura  4  de  la  plancha  XXXIV  de  la  obra  de  los  sé- 
flores  Rivero  i  Tschudi,  las  tenacillas  peruanas  tenian  sus  dos  bra  • 
zos  reunidos,  mientras  que  los  araucanos  no  supieron  fabricar  sino 
las  dos  hojas  separadas. 

Esta  costumbre  de  arrancarse  los  pelos  de  la  carn,  que  hacia 
parecer  a  los  indios  mucho  mas  desbarbados  de  lo  que  realmen- 
te eran,  no  estaba  fundada  solo  en  la  ociosidad,  como  han  pensa- 
do algunos  autores,  sino  en  sus  ideas  de  estética  i  hasta  de  decen- 
cia, considerando  que  faltaban  a  ella  los  que  traían  sus  cejas  mui 
pobladas.  En  este  orden,  el  tipo  de  la  hermosura  araucana  es  que 
la  ceja  aparezca  apenas  diseñada  por  una  línea;  i  lo  mismo  pare- 
ce que  ocurre  con  frecuencia  entre  otros  muchos  salvajes,  pues 
de  la  Oceanía  se  sabe  que  los  naturales  de  las  islas  del  Almiran- 
tazgo se  raspan  las  cejas  con  pedazos  de  obsidiana,  que  les  sumi- 
nistran las  montañas  volcánicas  del  país.  ^® 

Por  lo  que  heinos  visto,  consta  igualmente  que  los  aboríjenes 
del  sur  de  Chile,  para  libertarse  de  los  incómodos  ataques  de 
los  mosquitos,  se  veian  obligados  a  embadurnarse  el  cuerpo  con 
barro.  Pero,  en  las  rejiones  de  mas  al  norte,  es  incuestionable 
que  usaban  de  la  pintura  para  teñirse  por  lo  menos  la  cara.  Así, 
Marino  de  Lovera  refiere  que  en  cierto  encuentro  que  los  es- 
pañoles tuvieron  con  los  indios  en  los  primeros  tiempos  de  la 
conquista,  venian  ^^cmui  lucidos  con  las  pinturas  de  sus  rostros, 
que  estaban  matizados  con  la  variedad  de  colores.»  «Se  adornan, 
añade  Carvallo,  tanto  los  hombres  como  las  mujeres,  con  pintu- 
ras encarnadas  de  figura  triangular,  que   se  ponen  en  las  niejillas 

68.  Girard  de  Riallc,  Les  peu[)les  de  tAfrique^  etc.^  páj.  157. 


17G  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

i  barba,  tirando  por  todo  el  rostro  tres  líneas  negras,  desde  los 
párpados  i  labio  superior,»  costumbre  que  se  estendia  también  a 
Cliiloé,  según  lo  que  resulta  de  un  libro  de  apuntes  del  historia- 
dor Pérez  García.*®  En  las  sepulturas  suelen  encontrarse  terro- 
nes amasados  con  esta  pintura  lacre,  que  los  indios  llamaban  colit 
i  que  los  conquistadores  peruanos,  según  se  verá  en  su  lugar,  en- 
señaron después  a  guardar  en  pomos  adecuados  al  objeto.  Los 
pehuenches  hacen  sus  pinturas  ccrevueltas  con  sangre  de  anima- 
les, lo  que  los  pone  fétidos."%  Los  changos  se  tiñen  la  cara  con 
ocre."^ 

Entendemos,  sin  embargo,  que  esta  pintura  del  rostro  era  sim- 
plemente superficial,  no  habiéndose  entregado  jamas  nuestros 
indios  a  la  práctica  del  ^tatuaje,»  ni  a  otras  operaciones  como  la 
de  romperse  o  teñirse  los  dientes,  que  son  tan  comunes  aún  hoi 
dia  entre  ciertos  pueblos  salvajes.  «No  se  pintan  los  rostros  i 
cuerpos  en  la  forma  que  los  del  Brasil  i  otras  partes,  dice  a  este 
respecto  González  de  Nájera,  ni  se  horadan  los  labios  o  bezos, 
como  los  del  Paraguay  i  Charrúas,  i  otros  muchos  que  traen 
huesos  i  piedras  labradas  en  ellos,  a  que  llaman  los  nuestros 
barbotes,  ni  menos  usan,  salvo  las  mujeres,  de  zarcillos,  brazale- 
tes, ni  gargantillas,  ni  de  otro  adorno  alguno  femenil  de  que  usan 
los  indios  en  otras  muchas  partes.'"D 

De  estos  adornos  mujeriles,  la  joya  principal  eran  las  «llan- 
cas,^^jD  «que  son  unas  piedras  toscas,  verdes,  que  agujerean  por 
medio  i  las  ensartan,  i  que  entre  ellos  valen  mas  que  los  diaman- 
tes.'S  ((Son  éstas,  añade  Gonzales  de  Nájera,  unas  piedras 
brutas,  sin  algún  labor,  pulideza,  o  forma,  feas,  bruscas  i  caverno- 

69.  Citado  por  Gay,  Documentos^  t.  I,  páj.  222.  Carvallo,  Historiadores^  t.  X, 

páj.  133. 

7c.  Usauro  Martínez,  1m  verdad  de  campaña^  M.  S. 

71.  Philippi,  Viaje  al  desierto  de  Atacama,  páj.  36.  El  afeite  de  la  cara  lo 
designan  los  araucuios  con  el  nombre  de  ipu.  Fcbres,  Arte  de  ¡a  lengua  gene- 
ral^  etc., 

72.  Desengaño  de  la  guerra  de  Chile ^  páj.  96. 

73.  Los  mineros  conocen  actnalmente  con  este  nombre  un  silicato  de  óxido 
de  cobre. 

74.  Rosales,  t.  I,  páj.  159. 


172  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

algunas  mujeres  zarcillos  de  plata,  añade  a  este  respecto  Gonzá- 
lez de  Nájera,  hechas  de  cálices  i  patenas  que  hubieron  en  el  sa- 
co de  las  ciudades  que  destruyeron;  porque  minas  de  tal  metal 
no  sé  que  se  hayan  descubierto  hasta  ahora  en  aquella  tierra, 
aunque  hai  noticias  dellas,  i  comunmente  también  traen  zarcillos 
de  latón,  habido  en  el  mismo  saco,  hechos  a  modo  de  ruedecillas 
de  reloj,  dentados,  grandes  i  pequeños,  i  de  otras  formas,®^» 

Entre  los  araucanos  se  ven  hasta  hoi  los  aretes  cuadrangulares 
de  tamaño  i  peso  estraordinarios;  mas,  ¿son  ellos  de  invención 
de  los  naturales,  o  por  el  contrario,  los  han  adquirido  de  los  es- 
pañoles? A  nuestro  modo  de  ver,  esta  duda  envuelve  una  doble 
solución,  según  sea  el  punto  de  vista  bajo  el  cual  se  le  considere. 
Si  no  se  toma  en  cuenta  mas  que  la  forma  i  dimensiones,  nos 
parece  que  ambas  son  evidentemente  de  invención  araucana, 
orijinales  del  pueblo;  mas,  el  material,  la  plata  misma  (casi  el 
único  metal  empleado  para  estos  trabajos)  es  de  estraccion  espa- 
ñola. Tendríamos,  pues,  así  que  en  las  provincias  del  norte,  (se- 
gún se  verá  después)  antes  de  la  conquista  española,  i  por  lo 
menos  desde  la  invasión  peruana,  la  forma  i  el  material  fuc.on 
propios  de  los  aboríjenes;  i  que  hacia  el  sur,  utilizando  un  mate- 
rial de  estraccion  ajena,  le  dieron  una  forma  propia.  En  la  figura 
130  puede  verse  una  muestra  de  éstos  pendientes  cuadrados  a 
que  sin  duda  alguna  se  refiere  Rosales  i  que  hasta  la  fecha  se 
encuentran  en  gran  boga  entre  las  tribus  araucanas.  Pesa  cin- 
cuenta gramos,  i  la  parte  plana  inferior  tiene  un  ancho  de  cator- 
ce centímetros,  i  según  dice  don  P.  U.  Martinez,  en  Arauco  se 
les  conoce  con  el  nombre  de  «uples,»  chapul^  o  upul^  según  Pe- 
bres."^ 

«El  ajuar  de  sus  casas  i  el  menaje  es  poquísimo  i  pobre,  con- 
tentos con  tener  que  comer  i  vestir  moderadamente.^!)  «El  nio- 
biliario  de  los  indios  changos,  dice  D'Orbigny,  consiste  en  algu- 
nas   conchas,    algunos  vasos,   utensilios  de    pesca  i  pequeños 

80.  Ob.  i  liifT.  cit.,  páj.  98. 

81.  La  verdad  en  campaña^  M.  S. 

82.  Rosales,  I,  páj.  160. 


CAP.    VIII. — LOS    ARAUCANOS  I  73 

arpones,  injeniosamente  preparados.**^!)  Los  araucanos  hacen  tam- 
bién unas  esteras  o  tapetes,  en  los  cuales  invitan  a  sentarse  a  los 
forasteros,  i  que  ellos  mismos  aprovechan  para  colocarse  al  re- 
dedor del  fuego.^ 

Para  dormir,  hacen  la  cama  sobre  un  montón  de  totora,^^o  so- 
bre algún  pellejo,  cuando  no  en  el  duro  suelo;*'*'*  no  se  desnudan, 
durmiendo  todos  revueltos,  costumbre  común  a  todos  los  in- 
dios, incluyendo  a  los  changos  i  con  mas  razón  a  los  chonos  i 
caucahues.  En  los  tiempos  de  Bascuñan  usaban  pieles  cosidas 
en  lugar  de  sábanas,  ^íionques)  mantas  blancas  i  una  frazada," 
sirviendo  de  almohada  un  tronco  de  madera.^  Por  lo  demás, 
decia  Nájera,  «se  duerme  sin  recelo  de  cosa  que  ofenda,  ni  se 
sabe  qué  cosa  sean  chinches  ni  pulgas,  que  den  pesadumbre  de 
noche  i  de  dia,  particularidades  no  poco  de  estimar  bien  consi- 
deradas... Solo  se  sabe  que  hai  en  aquel  reino  un  animalito  no- 
civo, i  éste  no  es  común  en  todo  él,  porque  solo  se  halla  en  una 
particular  i  no  grande  provincia,  que  llaman  de  Mareguano,  que 
es  una  mui  pequeña  araña  de  color  rojo,  de  forma  i  grandeza  de 
una  garrapata,  la  cual  al  hombre  que  pica  en  cualquiera  parte,  le 
priva  por  algunos  dias  de  juicio,  a  unos  por  mas  tiempo  que 
a  otros,...  i  esto  es  cosa  mui  sabida  en  aquella  tierra.®'*^)) 

Los  parásitos  mas  comunes  en  los  indios  son  los  piojos,  «que 
el  mas  limpio  mdio  o  india  se  come  los  propios  i  ajenos  cuando 
se  espulgan  unos  a  otros,  como  las  monas,)>  práctica  común  en- 
tre los  pueblos  salvajes.^  Decian  puthar  al  piojo  del  cuerpo,  i 
chin  al  de  la  cabeza. 

83.  L'homme  améncain,  t.  2.®,  páj.  334. 

84.  Bascuñan,  Cautiverio  feliz  ^  páj.  472. 

85.  GutantuUy  arrancar  yerba  i  hacer  la  cama  en  ella.  Pebres,  Arte  de  la 
lengua^  etc. 

86.  Rosales,  lug.  cit.  Existe  en  araucano  la  voz  cahuitn^  catre,  pero  es  de 
evidente  oríjen  español,  como  cahtiellu^  caballo. 

87.  Pájs.  51  i  98. 

88.  Carvallo,  Historiadores  de  Chile^  t.  X,  páj.  137. 

89.  Desengaño^  páj.  71.  Esta  araña  es  el  Latrodectus  formidahilis  (dibujada 
por  Gay,  lám.  4,  fig.  10  del  Atlas)  de  los  naturalistas.  Es  bastante  común  en 
los  lugares  secos  de  las  provincias  centrales,  i  se  oculta  debajo  de  las  piedras. 

90.  Véase  Girard  de  Kialle,  Les  peitples  de  VAfrique  et  de  V Amcrique^  páj. 
170.  González  de  Nájera,  Desengaño  de  la  guerra^  etc.^  páj.  470. 


174  ^-^S    ABORÍJENES    DE    CHILE 

Para  alumbrarse  se  valían  los  indíjenas  de  las  varias  espe- 
cies del  coligues  o  nigiil,  que  se  crian  en  los  montes;  «meten  en 
el  recoldo  «no  o  dos  de  estos  ((coleos,»  i  luego  se  encienden  i  ar- 
den como  una  vela,  i  en  acabándose  remudan  otros.^S  A  esta  es- 
pecie de  vela  llamaban  ende. 

((Para  sacar  fuego,  su  piedra  i  eslabón  son  dos  palitos  i  apenas 
hai  indio  que  no  los  traiga  colgando  en  la  cintura,  particularmen- 
te los  que   van  a  la   guerra  o   hacen   camino.^  I  a  estos  palitos 
llaman  repti]  el  uno  de  ellos  es  algo  puntiagudo,  i  nombran  hiten- 
tii-repii^  i  el  otro  agujereado  por  medio,   domo-repn^  de  manera 
que  el  uno  encaja  en  el  otro,  como  el  gorrón  en  el  dado,  i  el  uno 
es  hembra  i  el  otro   macho;   i  al   sacar  fuego   dicen  reputun.^ 
Asientan  el  un  palito  en  el  suelo  i  tiénenle  fijo  con  los  pies,  i  con 
el  macho  sacan  fuego  del  otro  palito,  afirmando  con  las  dos  ma- 
nos i  refregándole  entre  ellas  con  fuerza  i  maña.  Porque  ludien- 
do el  quicio  sobre  el  dado,  hacen  entre  los  dos  un  aserrin  menu- 
dito,  que  con  la  colusión  de  los  palitos  se  enciende  brevísimamen- 
te,  i  echando  aquel  aserrin  encendido  en   unas  pajas  o  en  otra 
materia  seca,  a  dos  soplos  tienen  sacado  fuego,  sin  yesca,  esla- 
bón, pedernal  ni  pajuela.  I  así  aunque  no  hayan  guardado  fuego 
en  sus  casas,  de   parte  de  noche,  no  han  menester  irle  a  buscar 
a  otras  casas,  que  en  el  repu  dicen  que  le  tienen  guardado  i  lue- 
go le  sacan  con  facilidad;  que   este  es  el  fuego  que  dicen  que 
trajo  la  zorra  en  la  cola  i  le  dejó  en  las  piedras  i  en  los  palos.. -^ 
ccUna  vez  que  sacan  fuego  de  esta   manera,    añade  González  de 
Nájera,  se   sirven  como  de  yesca  del   tronco  seco  del  chaguala 
del  cual,  encendida  una  punta,  conserva  el   fuego  i  dura  mas  de 
dos  jornadas.^i> 

91.  Rosales,  lug.  cit. 

92.  «Traía  la  iiuiiaa  las  espaldas,  refiere  González  ile  Nái'era,  un  envoltorio 
dentro  ile  una  ud  deque  se  siivtn  ccwo  cíe  mcchila,  i  habicndola  puesto  en  el 
sueio  me  abajé  a  ver  lo  qjie  traía  dentro Hallé  unos  ovillos  de  hilado  i  al- 
guna lana  para  hilar,  i  envueltos  en  ella  unos  paU  s  con  que  los  indios  acostum- 
bran a  encender  fuego.»  ZVj<v/^/?/7  >.  páj.  iS.^. 

93.  Pérez  García,  fíisioria  de  C¡it¿t\  M.  S.  Pebres.  ArU  de  ¡a  ¡en^a,  etc. 

94.  Ro>ales,  ob  cít.,  páj.   ibo. 

95.  Desengaño  i  reparo  de  ¡a  guerra  de  C/a/e,  páj.  59. 


176  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

aquella  botija  de  chicha  i  que  él  bebe  primero  para  asegurarle 
que  no  hai  allí  nial  ninguno.  I  con  eso  bebe  el  huésped  i  pide  li- 
cencia al  dueño  de  casa,  para  brindar  a  sus  mujeres  i  hijos,  i  él 
la  da  con  mucho  gusto.  El  plato  que  se  pone  al  huésped,  aun- 
que esté  con  mucha  hambre,  no  le  ha  de  tocar,  ni  comer  bocado 
hasta  que  el  dueño  de  casa,  de  allí  a  un  rato  le  diga  que  coma,  i 
lo  demás  fuera  poca  urbanidad  el  comer  sin  decírselo.  I  es  esto 
tan  asentado  que  la  mujer  le  asienta  el  plato  al  marido  delante,  i 
en  ninguna  manera  come  bocado  hasta  que  de  allí  a  un  rato  le 
dice  la  mujer  que  coma,  i  jamás  come  el  marido  con  la  mujer, 
porque  las  mujeres  sirven  a  la  mesa,  i  aunque  no  sirvan,  los  hom- 
bres comen  juntos  i  las  mujeres  aparte,  i  los  hijos  en  pié,  o  fuera 
de  la  casa...  I  es  de  notar,  añade  González  de  Nájera,  que  siendo 
en  estremo  sucios  i  groseros  en  su  comer,  por  la  mayor  parte 
se  muestran  delicados  en  el  tomar  con  la  mano  la  vianda,  por- 
que lo  hacen  con  solo  dos  dedos,  cerrando  con  los  demás  el  pu- 
ño.^)) 

Puede  asegurarse  que  los  medios  de  alimentación  de  los  abo- 
ríjenes  eran  bastante  variados.  En  efecto,  según  el  testimonio  de 
Pedro  de  Valdivia,  los  primeros  españoles  encontraron  en  Chile 
indios  cazadores.  Armados  como  estaban  de  la  flecha,  que  sabían 
fabricar  adecuadas  para  el  caso,  según  se  ha  visto  tratándose  de 
sus  armas,  de  la  honda  i  en  algunas  rejiones  del  (daqui»,  o  bolea- 
doras, tan  usadas  hasta  hoi  por  los  indios  de  las  pampas,  encon- 
traban en  las  cordilleras  numerosas  tropas  de  guanacos,  que  en 
los  inviernos  en  que  nevaba  mucho  descendían  a  los  llanos  a  buscar 
yerbas ;^^  venados  o  huemules,  (  Cerviis  chilensis)  de  que  hai  in- 
finitos en  las  mismas  llanadas,^**^  el  íípu'dú»  {Cervus puciii)]  la  vis- 
cacha {Lagotis  cri9iiger)]  la  chinchilla  {Chinchilla  laniger). 
«Hai  también  unos  ratones  como  gazapillos,  mas  grandes  que  las 
mayores  ratas...  Estos  comen  en  Chile  las  mujeres  de  todas  ca- 


99.  Ros'iles,  Historia  de  Chile,  t.  I,  páj.  152;  Desengaño  de  ¡a  guerra  de  Chi- 
le, páj.  470. 

100.  Nájera,  páj.  68. 

101.  Id.,  id. 


jjS  LOS   ABORÍJEXES    DE    CHILE 

de  la  misma  especie;  al  llegar  a  la  orilla  se  repartieron,  i  salien- 
do cada  uno  por  su  parte,  enarbolaron  el  palo  i  acometieron  a 
los  lobos;  así  lograron  matar  once  i  algunos  tan  grandes  como 
terneros.  Hecha  esta  función  se  acercó  la  piragua  i  se  recojió  la 
caza  con  los  lazos;  luego  proseguimos  nuestro  viaje,  i  a  pocas 
cuadras  alojamos  en  la  isla  grande  de  Fugulac,  de  buen  fondo  i 
puerto,  que  mira  al  sur.  Una  vez  anclados,  sacaron  los  lobos  a 
tierra,  i  descuartizándolos,  hicieron  su  comida.^^D 

Estos  mismos  indios  tenian  por  regalo  comer  carne  de  las  balle- 
nas muertas  que  sahan  a  la  playa,  aunque  estuviesen  podridas.^®^ 
((Algunos  tripulantes  del  <iTamer,3)  dice  Byron,  vieron  paseándo- 
se por  la  costa  cierto  número  de  estos  indios"  ocupados  en 
cortSr  una  ballena  muerta  i  casi  podrida,  la  cual  infestaba  todos 
aquellos  contornos.  Probablemente  preparaban  aquel  pescado 
hediondo  para  su  infeliz  sustento,  pues  hacian  de  él  grandes  taja- 
das, i  le  llevaban  a  espalda  a  otra  cuadrilla  que  estaba  a  alguna 
distancia  puesta  al  rededor  del  fuego/*D  «Padecian  estos  nidios 
muchos  trabajos,  pues  su  comida  se  reducia  a  marisco  crudo, 
pájaros,^^*  i  huevos  de  los  mismos  pájaros;  i  cuando  lograban  co- 
jer  algún  lobo,  era  un  gran  banquete,  i  aunque  lo  hallasen  muerto 
i  podrido,  no  lo  desechaban  i  muchas  veces  lo  comian  crudo, 
cojiendo  con  los  dientes  una  punta  de  carne,  i  con  la  mano  la  otra 
parte  del  pedazo,  i  con  una  concha  de  marisco  cortaban  junto  a 
los  dientes  el  pedazo  o  bocado  que  habian  de  engullir.^^% 

(cEstán  en  tan  miserable  constitución  aquellos  indios,  añade 
otro  misionero,  que  para  solicitar  diariamente  su  manutención, 
no  tienen  otro  arbitrio  que  andar  continuamente  sobre  el  agua: 
i  así  ni  por  los  rigores  del  invierno  pueden  omitir  esta  dilijencia 
penosa  para  buscar  la  pesca  i  los  mariscos  para  mantenerse. 

106.  Vinje^  Anales  de  la  Universidad,  t.  XXXIX,  lug.  cit. 

107.  Rosales,  Conquista  espiritual  de  Chile^  M.  S. 

108.  Viaje ^  trad.  de  don  Casimiro  de  Ortega,  Madrid,  1769,  páj.  91. 

109.  Kn  la  boca  del  canal  Fallos,  este  misionero  dice  que  halló  unos  cuatro 
indios,  cuya  despensa  se  reducia  a  dos  o  tres  montoncillos  de  pájaros  «lilis» 
(Graculus  Gaimardi^)  algunos  ya  podridos,  por  estar  fuera  del  ranchito  espues- 
los  al  sol  i  el  agua.]> 

1 10.  Viaje  del  padre  García,  lug.  cit.,  páj.  365. 


1 8o  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

nuevos  en  los  nidos  o  se  apoderaban  de  los  huevos;  otras  veces, 
valiéndose  de  la  liga  que  les  proporcionaba  el  cünthal  (quintral) 
los  pillaban  vivos/^^  No  hai  ningún  cronista  que  se  haya  acorda- 
do de  apuntar  si  los  aboríjenes  habian  domesticado  alguna  ave, 
pero  lo  mas  probable  es  que  se  contentasen  con  las  que  la  natu- 
raleza les  deparaba  silvestres  en  tanta  abundancia. 

De  lo   que  no  puede  dudarse  es  que  poseían  domésticos  el 
perro  i  el  chilihiieque.   Por  mas  que  respecto   del  primero  don 
Claudio  Gay  haya  aseverado  que  no  existia  en  Chile  antes  de  la 
conquista  de  los  españoles,"^  el  idioma  (perro  se  dice  thegiia  en 
araucano)   i   los   cronistas  dan  testimonio  de  lo  contrario.  En  el 
viaje  de  Ladrillero  a  las  costas  del  sur  de  Chile  en  1557,  se  dice 
ya  que  los  indios  que   habitaban  cerca  del  cabo   del  Ochavado 
criaban   ^íunos  perros  lanudos»;  acabamos  de  ver  que  González 
de  Nájera  afirma  que  los  araucanos  cazaban  perdices  con  «unos 
perros  pequeños»,  los  cuales  debian  pertenecer  a  la  misma  espe- 
cie que  Fitzroy  encontró  en  la  Tierra  del  Fuego  i  entre  los  cho- 
nos i  que  describe  de  la  manera  siguiente:  <íes  pequeño,  activo, 
delgado;  su   pelo   es  ordinariamente  tosco  i  color  de  tierra;  las 
orejas  eréctiles,  anchas  i  puntiagudas;   nariz  afilada  como  la  del 
zorro;  la  cola  caida  i  mas  bien  espesa.  Son  sumamente  vijilantes 
i  fieles.  Su  sagacidad  se  muestra  de  muchos  modos,  i  especial- 
mente en  la  propia  alimentación,  pues  arrancan  el  marisco  de  las 
rocas  en  las  bajas  mareas  i  les  rompen  la  concha  para  apoderarse 
de   la  comida.   Estos  perros  ladran  con  furia  a  los  estraños."®» 
Byron  añade  que  los  chonos  pescaban  con  ellos.^'^  «He  oido  de- 
cir, continúa  Nájera,  que  de  estos  perros  se  crian  en  unas  islas 
en  un  archipiélago  vecino,  pequeños,  blanquísimos  i  mui  lanudos, 
que  se  sustentan  del  marisco,  de  los  cuales  cojen  los  indios  cada 
año  grandes  manadas  o  rebaños,  que  encierran  en  corrales  solo 
para  trasquilarlos,  porque  se  visten  de  sus  lanas,  i  luego  les  dan 


116.  Ll ,  id, 

1 1 7.  Zoología^  t.  I,  páj.  54. 

1 18.  Voy  age  of  the  Adventure  and  ^eagle^  t.  2.®,  páj.  201. 

119.  Viage^  liig.  cit. 


1 82  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

soldados,  recojieron  hasta  «mil  ovejas;  ^^3)  pero  estos  son  los  tes- 
timonios mas  favorables  que  pudieran  recojerse  a  cerca  de  su 
abundancia,  pues  la  jeneralidad  está  de  acuerdo  en  que  el  núme- 
ro de  tales  animales  era  mui  reducido.  Bascuñan  afirma  a  este 
respecto  que  solo  los  poseian  «los  hombres  de  cuenta  i  podero- 
sos,^*"*» i  González  de  Nájera  que  había  pocos  «porque  no  los  tie- 
nen en  manadas/^)) 

En  lo  que  las  opiniones  no  andan  tan  uniformes  es  en  la  ave- 
riguación de  si  estos  chilihueqnes  eran  simplemente  el  huanaco 
domesticado,  o  en  si,  por  el  contrario,  eran  las  llamas  de  los  pe- 
ruanos. Por  lo  que  a  nosotros  toca  no  divisamos  motivo  para  esta 
duda. 

Desde  luego  los  que  han  descrito  el  chilihueque  lo  pintan 
adornado  de  colores  negros,  colores  que,  como  se  sabe,  son  en- 
teramente ajenos  al  huanaco  de  nuestras  cordilleras,  que  ha  si- 
do siempre  familiar  a  los  indios  chilenos.  La  abundancia  de  es- 
te último  cuadrúpedo  se  aviene  también  mui  mal  con  la  escasez 
manifiesta  del  chilihueque,  que,  acaso  por  eso,  como  por  su  raro 
color,  habia  sido  elejido  por  los  indios  para  ofrenda  de  sus  divi- 
nidades i  para  el  festejo  de  ciertos  acontecimientos  solemnes. 

En  la  lengua  araucana,  por  otra  parte,  existen  las  dos  palabras 
chilihueque  i  luaii^  huanaco,  cosa  que  por  cierto  no  se  esplicaria, 
si  estuviesen  destinadas  a  representar  una  misma  entidad. 

Finalmente,  por  las  pinturas  o  láminas  del  chilihueque  que  no 
pocos  viajeros  que  abordaron  en  Chile  en  los  tiempos  coloniales 
nos  han  dejado  en  sus  obras,  se  viene  en  cuenta  de  que  se  ha 
querido  representar  en  ellos  a  la  llama  i  no  al  huanaco,^^  lo  que 


125.  Cartas^  páj.  13. 

1 2b.    Cautiverio  ftliz^  páj,  125. 

127.  Desengaño,  eic.^  páj.  68. 

128.  Molina,  Stevenson,  I,  páj.  115.  r,os  viajeros  holán Jeses  fueron  los  que 
dieron  de  ordinario  estas  pinturas.  Véase  el  viaje  de  Spilbergen  en  la  páj.  33 
del  MiroirOosi  Sl  U^est  Indicáis  Amsterdam,  1621.  Parece  que  también  llevaron 
alguna  vez  estos  animales  a  Europa  según  se  desprende  de  un  aviso  impreso 
en  eí  mismo  Amsterdain  en  1780  con  una  figura  en  que  se  representaba  el 
chilihueque  con  las  formas  mas  estiañas.  Véase  Mu  1 1er,  Catalogue  of  books^ 
páj.    113. 


184  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

acaban  todas  con  su  desaguisado,  que  sale  tan  duro  como  si  no 
se  hubiera  guisado. 

«Este  sancochado  parten  las  mujeres  en  pedazos  de  buen  ta- 
maño i  se  los  llevan  a  sus  maridos  en  una  batea.  El  marido  se 
levanta  en  pié  i  va  llamando  por  sus  nombres  a  sus  parientes  i 
amigos  i  a  los  que  tiene  obligación  de  dar  de  aquella  carne,  por 
sus  correspondencias,  i  conforme  va  respondiendo  cada  uno, 
desde  su  asiento,  sin  levantarse,  les  va  tirando  desde  donde  está 
a  cada  uno  un  pedazo  de  carne,  i  le  recibe  én  las  dos  manos, 
peloteando  la  carne  de  una  parte  a  otra;  i  así  comen  la  carne  sin 
mas  aderezo  ni  mas  policía.  I  para  estas  ocasiones  apenas  hai  un 
indio  que  no  traiga  unabolsita  con  un  pedacito  de  sal  i  un  ají  o 
pimiento,  i  para  tomar  gusto,  chupa  la  sal  i  el  ají,  i  luego  lo  vuel- 
ve a  guardar  para  otras  ocasiones.  I  a  esto  llaman  cunicntiin^  que 
significa  salsa  que  cada  uno  trae  consigo... 

dEn  otras  ocasiones  guisan  las  mujeres  la  carne  con  alguna 
mas  curiosidad,  echando  en  el  guisado  papas  i  otros  adherentes, 
i  a  este  potaje  llaman  locro^  i  le  sirven  en  sus  platos  de  palo  con 
sus  cucharas  de  lo  mismo.  I  es  costumbre  mui  establecida  que 
las  mujeres  no  han  de  comer  con  cuchara,  sino  solamente  los 
hombres:  lo  uno,  porque  no  se  les  igualen,  i  lo  otro,  porque  están 
mui  persuadidos,  a  que  el  que  come  con  los  dedos  se  chupa  los 
tuétanos,  i  se  consume,  quita  las  fuerzas  i  envejece,  i  por  esta 
causa  no  ha  de  comer  el  hombre  con  los  dedos,  i  que  las  mujeres 
importa  poco  que  coman  con  ellos,  porque  aunque  se  chúpenlos 
tuétanos  por  los  dedos,  i  se  debiliten  i  enflaquezcan,  importa 
poco,  porque  no  han  de  ser  soldados,  i  aunque  se  envejezcan, 
no  hace  al  caso,  que  importa  poco,  i  hai  muchas,  i  hacen  menos 
falta  que  los  hombres... 

«...En  estando  en  algún  convite  o  fiesta,  si  a  un  indio  le  ponen 
un  plato,  le  ha  de  volver  limpio  i  sin  cosa  ninguna  pegada  a  él, 
so  pena  de  incurrir  en  una  grande  descortesía  i  poca  urbanidad, 
i  así  en  comiendo  lo  que  le  parece  del  plato,  se  le  da  a  su  mujer 
para  que  le  limpie  i  le  vuelva.  I  el  modo  de  limpliarle  es  rayén- 
dole con  los  dedos,  i  chupándolos,  i  luego  con  toda  la  mano 


l86  LOS   ABORÍJEXES    DE   CHILE 

de  los  alrededores  del  canal  Fallos  parecía  que  toda  su  comida 
la  reducían  <tal  marisco  asado  í  lo  demás  que  pescaban/^  í  hablan- 
do de  Chiloé  cuenta  otro  tanto,  añadiendo  solamente  que  los 
indios  pescaban^  con  anzuelos  hechos  de  palo  o  redes  de  hilo, 
hechas  de  corteza  de  unos  árboles  que  llaman  quantii^  de  que 
también  hacen  mantas.:^  <cEl  sustento  ordinario  de  esta  jente,  es 
el  marisco,  que  a  los  que  viven  en  las  playas  del  mar,  les  pone  el 
cíelo  una  mesa  abundante,  dos  veces  al  día,...  i  si  no  fuera  por 
esta  gran  providencia,  perecerían  de  hambre/*^*  €Los  chonos 
andan  divididos  i  de  isla  en  isla,  buscando  marisco  que  comer, 
añade  este  mismo  autor,  i  en  acabándose  en  una,  pasan  a  otra... 
Los  mariscos  los  comen  crudos,  í  asimismo  la  carne  de  lobo,  i 
cuando  quieren  hacer  algún  regalo  í  cocer  algún  pescado,  lo 
cuecen  en  unos  como  baldes  que  hacen  de  cortezas  de  árboles, 
cosido  el  suelo  con  soguilla.  I  como  esta  olla  es  de  madera  i  no 
se  puede  poner  al  fuego,  í  es  mas  fácil  de  quemarse  que  si  fuera 
de  madera  (porque  es  de  corteza  de  árbol  muí  delgada),  les  ha 
dado  traza  la  naturaleza  i  la  necesidad,  que  es  industriosa,  para 
cocer  en  ella  lo  que  quieren,  i  es  meter  algunas  piedras  en  el 
fuego,  i  en  estando  bien  encendidas  irlas  echando  en  el  agua  del 
pescado,  hasta  que  hierve  i  se  cuece.^'^D  «De  estas  cortezas,  aña- 
de el  jesuita  en  otra  de  sus  obras,  hacen  tinajas  para  guardar  la 
comida,  por  no  hallar  en  las  islas  del  mar  barro  para  hacer 
ollas.'*  J!? 

Para  pescar,  los  naturales  tenian  anzuelos  hechos  de  una  es- 
pina i  de  una  cuerda  que  fabricaban  de  la  «ñochia»  {Bromelia 
Landbecki,  Ph.),  i  del  chagua  ¿^^  {Puya  coa  reta  ta)]  pero  los  había 

134.  Anuario  hidrográfico^  1879,  páj.  484. 

135.  Lozano  soiticne  que  los  indios  de  mas  al  sur  cno  tenian  instrumento  ni 
algún  artificio  para  pescar  peces  grandes.»  Historia  de  la  conquista  del  Para- 
guay  t.  2  ",  páj.  557.  Por  lo  demás  reproduce  todas  las  noticias  corrientes  que  se 
refieren  a  los  chonos. 

136.  Resales,  Conquista  espiritual  de  Chile. 

137.  Conquista  espiritual. 

13S.  Historia  de  Chile^  t.  I,  páj.  15!.  Cortés  Ojeda  asegura,  igualmente,  que 
jamas  vio  entre  esos  indios  vasija  alguna  de  birro.  Anuario  hidrográfico^  1879 
páj.  485. 

139.  González  de  Xájera,  Desengaño  de  la  guerra  de  Chile^  páj.  59. 


I  88  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

car,  con  los    anzuelos    de  cobre,  i  por  plomadas  pedazos   de 
oro  ?^H 

Entendemos  que  los  indios  habian  descubierto  en  este  orden 
el  empleo  de  las  nasas,^^'  que  armaban  en  las  corrientes  de  los 
arroyos,  i,  sin  duda  alguna,  sabian  también  valerse  del  zumo  del 
canelo  {Drimys  chilensis)  para  envenenar  las  pequeñas  lagunas 
i  apoderarse  de  ese  modo  del  pescado,  lo  que  también  hacen, 
valiéndose  de  otras  plantas,  los  indíjenas  de  Tahiti  i  Nueva  Ca- 
ledonia.^**  <íUna  vez  adormecido  el  peje  con  el  veneno,  dice  Pe- 
bres, le  daban  un  garrochazo  con  una  garrocha  u  otra  punta,  i 
esta  operación  se  denominaba  rincún}^'")) 

Para  pescar  se  valían  nuestros  aboríjenes  de  varias  clases  de 
embarcaciones.  Pedro  Cieza  de  León,  que  escribia  a  mediados 
del  siglo  XVI,  refiere  ya  que  los  «changos^  de  las  costas  de 
Atacama  usaban  salir  al  mar  para  sus  pesquerías  «con  haces  de 
avena  i  en  cueros  de  lobo,  inflados."^))  «Siendo  la  pesca  su  único 
medio  de  existencia,  espresa  D'Orbigny,  todo  su  arte  se  dirije  a 
este  punto.  Sus  barcas  son  dos  cueros  de  lobos,  soplados  i  unidos 
entre  sí.  Los  frotan  con  aceite  de  lobo  i  los  llenan  por  medio  de 
un  tubo.  De  rodillas  sobre  la  delantera,  reman  a  un  lado  i  a 
otro.""))  «Pueden  imitar  el  ladrido  o  ahullido  del  lobo  marino, 
añade  Bollaert,  por  cuyo  medio  consiguen  aproximarse  a  él  i 
ultimarlo  fácilmente.^'^i) 

«Los  dos  odres  de  cuero  terminan  en  cada  estremidad,  dice 
el  doctor  Philippi,  describiendo  estas  embarcaciones,  en  una 
punta  algo  relevada.  Tienen  como  diez  pies  de  largo,  i  son  un 
poco  mas  anchos  en  la  parte  posterior.  Son  unidos  por  encima 
por  medio  de  un  techo  de  palitos,  en  el  cual  los  pescadores  se 
sientan.  Esta  clase  de  botes,  por  su  lijereza  i  elasticidad  son  mui 

142.  Desengaño  y  etc.^  páj.  77. 

143.  En  araucano  exisle  el  vocablo  llolle^  «nasa  para  pescar.»  Luis  de  Valdi- 
via, Arte  y  gramática  general, 

144.  Jouan,  Les  iles  da  Pacifique^  pájs.  11 1  i  172. 

145.  Arte  de  la  lengua  general^  etc. 

146.  Crónica  del  Perú,  Rivadeneira»  t.  26,  páj.  425. 

147.  L'honime  ame'ricain^  t.  2.*,  páj.  335. 

148.  Researches^  páj.  171. 


192  LOS   ABOKIJENES    Dli:   CHILE 

indíjenas  para  el  paso  de  los  rios/^  aunque  Pérez  García  asegura 
que  para  el  mismo  efecto,  en  los  ríos  angostos,  usaban  cierta  es- 
pecie de  puentes  llamados  a/^-a/y/" 

((Las  embarcaciones  de  los  indios  chonos,  añade  el  padre  Gar- 
cía, se  hacian  a  fuerza  d.e  fuego  i  de  conchas;  tenian  de  largo  dos 
brazadas,  en  cuya  fábrica,  aunque  tan  pequeña,  empleaban  un 
año  i  a  veces  año  i  medio.  La  veia  para  navegar  con  viento  era 
un  cuero  de  lobo.^'^D  Este  viajero  reíiere,  sin  embargo,  que  en- 
contró también  algunas  de  estas  embarcaciones,  i  entre  otras  una 
que  parecia  recien  hecha,  que  tenia  «cuatro  brazadas  de  largo, 
unas  cinco  tercias  por  lo  mas  ancho,  i  una  por  lo  mas  estrecho, 
i  poco  mas  de  tres  palmos  de  alto/^^)) 

En  el  viaje  de  Cortés  Ojeda,  que  hemos  citado  ya  varias  veces, 
se  refiere  también  que  los  indíjenas  que  se  encontraron  en  el  mo- 
derno canal  Fallos,  usaban  canoas  de  corteza  de  árbol,  cosidas 
con  junquillos  de  barba  de  ballena,  i  a  las  cuales  fortalecian  con 
barrotes  delgados  del  grosor  de  un  dedo,  «aforrándolas  de  paja 
o  espartillo  entre  los  barrotes  e  la  corteza,  como  un  pájaro  su 
nido.^^D  Rosales,  que  tampoco  olvida  en  sus  descripciones  esta 
especie  de  embarcaciones,  dice  que  eran  cosidas  con  nervios  de 
ballena,  una  corteza  sobre  otra,  cíi  enmalladas  a  modo  de  con- 
chas. Dánles  forma  como  de  un  barquillo,  i  bien  levantados  de 
proa  i  popa,  se  arrojan  sobre  las  hinchadas  hondas  i  espumosos 
mares  como  sobre  un  colchón  de  blanda  lana,  pasando  golfos  de 
mar  i  brazos,  de  isla  en  isla,  como  en  brazos.); 

«Pero  la  embarcación  mas  usada  en  la  provincia  de  Chiloé, 
continúa  el  minucioso  cronista,  es  la  «piragua»  (dalca),  cpie  des- 
de la  California  hasta  el  Estrecho  de  Magallanes  no  se  conocen 
otros  indios  ni  españoles  que  las  usen. 

«Las  fabricaban  de  solas  tres  tablas,  cosidas,  i  cortan  los  tablo- 

156.  Cautiverio  feliz,  páj.  87. 

157.  Historia  de  Chile,  íM.  S. 

158.  //>//>,  piib.  en  los  Anales  de  la  Universidad,  t.  XXXIX,  páj.  365. 

159.  Id.,  páj.  372. 

160.  Anuario  hidrográfico,  1879,  páj.  485. 


CAP.    VIII. — LOS    ARAUCANOS  1 93 

nes  del  largo  que  quieren  la  piragua,  i  con  fuego,  entre  unas  es- 
taquillas, las  van  encorvando  lo  necesario  para  que  hagan  buque, 
popa  i  proa,  i  el  uno  que  sirve  de  plan  levanta  la  punta  de  delan- 
te i  de  detras  mas  que  los  otros  para  que  sirva  de  proa  i  popa,  i 
lo  demás  de  quilla;  las  otras  dos  tablas  arqueadas  con  fuego  sir- 
ven de  costados:  con  que  forman  un  barco  largo  i  angosto,  jun- 
tando unas  tablas  con  otras  i  cosiéndolas  con  la  corteza  de  unas 
cañas  bravas,  que  llaman  culeii^  machacadas,  de  que  hacen  unas 
soguillas  torcidas,  que  no  se  pudren  en  el  agua.  I  para  coser  las 
tablas  abren  con  fuego  unos  agujeros  en  correspondencia,  i  des- 
pués de  cosidas  las  calafatean  con  las  hojas  de  un  árbol  llamado 
fiaca  o  mepoa^^^  que  son  mui  viscosas,  i  le  sobreponen  cortezas 
de  viaqui^  i  de  esta  suerte  hacen  piraguas  capaces  para  doscien- 
tos quintales  de  carga.  Llevan  uno  en  la  popa  que  la  gobierna 
con  una  pala  o  canalete,  i  ocho  o  diez  remeros,  i  uno  que  va  siem- 
pre dando  a  la  bomba  o  achicando  con  una  batea...  porque  siem- 
pre hacen  agua. 

«Cuando  hai  viento  favorable  tienden  una  vela,  i  a  vela  i  remo 
vuela  sobre  la  espuma,  sin  que  la  ofendan  las  hinchadas  olas  de 
aquellas  tempestuosas  mares,  por  mas  que  se  levanten  hasta  las 
nubes,  que  como  es  tan  lijera  i  los  pilotos  tienen  cuidado  de  en- 
derezar la  proa  a  chocar  con  las  olas,  están  tan  lejos  de  sumir- 
la con  su  hinchazón  i  de  ofenderla  con  la  braveza,  que  antes  la 
levantan  como  en  brazos,  i  bajándola  en  ellos  la  ponen  en  los 
brazos  de  la  ola  siguiente,  i  así  de  mano  en  mano  o  de  cima  en 
cima  va  nadando  sobre  los  mas  crespos  i  erizados  mares... í) 

Ercilla  nos  dice  que  cuando  avistó  el  archipiélago  de  Chiloé, 
untes  que  ningún   español    hubiera  divisado  sus  aguas,  se  veian 

Cruzando  por  el  uno  i  otro  lado 
Góndolas  i  piraguas  presurosas... 

Llegó  una  como  góndola  lijera 
De  doce  largos  remos  impelida, 
Oue  zabordando  recio  en  la  ribera 


161.  Hoi  fiú:iCdi^  [calííclnvia  panicnlata). 


SG 


194  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

La  chusma  diestra  i  jente  apercebida 
Saltaron  luego  en  tierra  sin  recato 
Con  muestra  de  amistad  i  llano  trato.^^-^ 

«De  estas  piraguas  usan  también  los  indios  pehuenches  que 
habitan  junto  a  la  famosa  laguna  de  Nahuelhuapi  i  otras  que  con- 
í]||an  con  Chiloé.  Mas,  los  de  la  Villarrica  navegan  la  laguna  de 
((EpulabquenD  (que  significa  dos  mares)  en  balsas  i  canoas.^^i> 

Pero,  después  de  estas  digresiones,  es  necesario  no  olvidar 
que  estamos  tratando  de  los  medios  de  alimentación  de  que  dis- 
ponian  nuestros  aboríjenes.  Habiendo  enunciado  ya  los  que  se 
referian  a  sustancias  animales,  nos  ocuparemos  ahora  de  las  ve- 
jetales,  i  que  eran,  con  mucho,  las  mas  importantes. 

ocLas  plantas  i  frutos  en  que  se  afianzaba  la  mantención  de  los 
indios,  dice  Córdoba  i  Figueroa,  antes  del  ingreso  de  los  espa- 
ñoles al  reino,  eran  las  papas...  Los  fréjoles,  el  maíz,  la  quínua, 
la  teca,  el  ají  i  el  madi,  de  que  se  saca  aceite  no  desagradable: 
estas  eran  de  cultivo  i  de  producción  natural.  Los  lagües,  ( Her- 
bertia  coerulea)  comida  gustosa,  a  los  cuales  la  naturaleza  les 
previno  varias  cubiertas,  los  gadíes,  los  huanques,  {Dioscorea) 
los  coitos  i  el  liuto,  {Alstroemcria  ligta)  que  es  deleitoso  i  deli- 
cado, los  changedes  i  leures,  i  otras  especies  de  menos  cuenta. 
Es  imponderable  la  abundancia  de  frutilla  perla  que  producen 
los  campos  desde  los  treinta  i  seis  grados  para  el  polo.^^D 

(íNace  en  aquella  tierra,  espresa  González  de  Nájera,  la  yerba 
que  da  raíces,  que  llaman  los  nuestros  papas  i  los  indios  «pufíeD 
[Solaniim  tuberosum)^  común  sustento  de  todos  los  indios.^®»  «En 
Chiloé  todo  el  mantenimiento  de  los  naturales  se  reduce  a  unas 
raíces  de  la  tierra,  que  llaman  papas,  añade  Rosales,  i  destas  se 
siembra  en  gran  cantidad  para  cojer  lo  necesario,  i  sirven  de 
pan.^**»  Carvallo  apunta  el  hecho  de  que  los  indíjenas  tenian  has- 

162.  La  Araucana^  canto  XXXVI. 

163.  Rosales,  Historia  de  GhilCy  t.  I,  páj.  172  i  sigts. 

164.  Historia  de  Chile^  páj.  20;  Pedro  de  Valdivia,  Cartas^  P^j- SS. 

165.  Desengaño  de  la  guerra  de  Chile ^  páj.  58. 

166.  Conquista  espiritual  de  Chile^   M.  S.   No  deben  entenderse  al  pié  de  la 
letra  las  espresiones  del  jesuita.  Lo  que  ha  querido  decir  sin  duda,  era  que  las 


196  LOS   ABORÍJENFS   DE   CHILE 

Para  procurarse  la  sal,  {chadi)  los  indios  se  valian  de  ciertas 
yerbas  quemadas,  «que  viene  a  quedar  así  en  pedazos  caverno- 
sos, como  escoria  de  hierro,  poco  menos  negros.  Sala  mas  que 
la  nuestra,  aunque  tiñe  algo  las  viandas,  la  cual,  fuera  de  ser  pa- 
ra sazonarlas  mui  bien,  es  también  medicinal  a  los  indios,  porque 
deshecha  en  agua,  i  bebida,  es  notable  remedio  para  heridas  pene- 
trantes."*D  Este  uso  de  la  sal  nos  recuerda  el  que  hacen  del  agua 
salada  los  habitantes  de  Nueva  Caledonia,  que  de  tiempo  en  tiem- 
po bajan  a  las  costas  a  beber  el  agua  del  mar  como  medicamen- 
to/'^ Mas,  los  araucanos  «habian  encontrado  también  la  manera 
de  hacer  salinas  {chadipeini)  sobre  la  ribera  de  la  mar,  i  estraer  la 
sal  fósil  de  varias  montañas  abundantes  de  tales  veneros.  De  ahí 
es  que  distinguen  estas  dos  especies  de  sales,  llamando  la  prime- 
ra chiadi,  i  a  la  otra,  lilcochiadi^  esto  es,  sal  de  la  agua  de  pie- 
dra.^^S 

Para  endulzar  sus  comidas  tenian  la  miel  {miisqui-dulliñ)  de 
una  abeja  silvestre  {Bombus  chtlensis)^  <á  así  no  falta,  aunque 
no  de  la  bondad  de  la  nuestra,  la  cual  se  halla  por  los  campos 
de  esta  manera.  Dan  los  indios  fuego  a  la  yerba,  i  por  lo  que  el 
fuego  deja  quemado  i  desembarazado,  van  mirando  con  atención, 
i  donde  ven  salir  de  la  tierra  por  algún  agujerillo  alguna  abeja, 
escarban  allí  algún  tanto,  i  luego  dan  con  el  enterrado  panal,  que 
el  mayor  será  como  dos  puños,  no  de  tan  buena  vista  respec- 
to de  los  de  nuestras  colmenas,  en  fin,  como  cosa  enterrada, 
compuesto  de  ciertos  vasos  o  bolsillos  de  forma  de  bellotas,  que 
están  llenos  de  miel,  de  los  cuales  panales  esprimidos  la  destilan, 
i  aunque  no  tiene  el  color  mui  perfecto,  es  bien  dulce.^"  Es  mas 

174.  Nájera,  páj.  57. 

1/5.  Jouan,  Les  ilcs  du  Pacifique^  páj.  167. 

176.  Molina,  Historia  civil ^  páj.  23. 

177.  «Los  enjambres  de  los  abejones,  dice  Gay,  se  componen  solo  de  unos 
cincuenta  individuos.  Hai  solo  una  hembra,  la  cual  resiste  a  los  inviernos,  que 
pasa  ya  en  los  huecos  de  los  árboles,  o  aún  a  veces  en  la  tierra,  i  en  un  estado 
completamente  letárjico  A  veces  encuentra  un  agujero  adecuado  en  el  cual  so- 
lo tiene  que  pulir  las  paredes,  pero  frecuentemente  ella  lo  construye,  practi- 
cando una  angosta  i  larga  galería  de  entrada.  En  este  agujero,  tapizado  casi 
siempre  con  musgo,  fabrica  su  nido,  que  consiste  en  diferentes  bolas  de  polen 
amasado  con  miel...  Lacera  que  producen  los  abejones  está  preparada  de  la  mis* 


CAP,    VIII. — LOS    ARAUCANOS  1 97 

líquida  que  la  nuestra,  i  los  vasos  que  la  encierran  que  no  me  pa- 
recieron a  propósito  para  hacer  dellos  cera,  i  así  no  se  saca,  aunque 
se  aprovechan  de  la  miel.  Las  abejas  son  dos  tantos  mayores  de 
las  de  España,  i  de  color  entre  naranjado  i  negro,  i  por  ser  po- 
cas, son  pequeños  los  enjambres  que  crian.  Hállase  por  muchas 
partes  desta  miel  de  la  manera  que  he  dicho,  i  no  en  cavernas 
de  peñas  o  huecos  de  árboles...  A  mí  me  ha  acaecido  armar  la 
tienda  de  campaña  en  las  tierras  de  guerra,  i  advirtiendo  los  in- 
dios de  servicio  que  de  la  tierra  que  ocupaba  la  misma  tienda 
sallan  abejas,  sacaban  en  mi  presencia  los  dichos  panales  dentro 
de  la  tienda,  i  esto  sucede  muchas  veces. 

«Una  yerba  hai  en  aquella  tierra,  de  en  medio  de  la  cual  nace 
un  tallo  o  ramo,  de  altura  de  un  codo,  cuyo  remate  está  lleno 
de  flores  de  un  color  verde  semejante  al  cardenillo  (color  ex- 
quisito para  flores)  de  forma  de  campanillas,  las  cuales,  vuelto  lo 
abierto  arriba,  están  en  su  sazón  llenas  de  miel,  harto  semejante 
a  la  de  los  panales,  i  no  es  tan  poca  la  cantidad  que  tienen  de- 
11a;  i  que  en  cierta  ladera  me  sucedió,  como  de  paso,  destilar  de 
algunos  destos  tallos  en  un  plato  buena  parte  de  miel.^^^» 

Con  los  ingredientes  de  la  sal,  la  miel  i  el  ají,  que  llamaban 
thapiy  preparaban  diferentes  especies  de  guisos.  Algunas  veces 
comian  el  ají  (capsiciun)  solo  con  sal  (thapilit).  El  maiz  «que 
antes  era  el  nervio  principal  de  su  sustento"^))  tostado  se  decia 

ma  manera  que  la  de  las  abejas,...  pero  el  calor  no  puede  derretirla  ni  casi 
ablandarla,  lo  cual  la  hace  poco  útil  para  nuestros  menesteres,  a  pesar  de  lo  que 
dice  Molina,  que  en  la  isla  de  Chiloé  no  se  emplea  otra  cera  que  la  de  la  abeja 
melífera]  que  no  puede  ser  otra  sino  nuestro  Bombas  chilensis..^.  La  miel  que 
producen  es  mui  poca,  i  hasta  ahora  no  se  ha  creido  oportuno  ponerlos  en  col- 
menas, lo  que  acaso  seria  mui  difícil  i  aún  imposible,  según  las  opiniones  de  las 
pocas  personas  que  lo  han  ensayado...  El  insecto  es  mui  común  en  la  mayor 
parte  de  la  República,  i  hace  en  un  hueco  de  la  tierra,  algo  mas  ancho  que  alto, 
un  nido  de  forma  casi  redonda,  desigual,  i  de  consistencia  de  la  cera,  compues- 
to de  celdillas  irregulares,  mas  o  menos  grandes:  en  el  lado  esterior  de  dichas  cel- 
dillas, se  ven  unos  vasos  llenos  de  miel  i  provisiones  de  cera  reunida  en  masa 
redonda»...  Zoolojia^  t.  VI,    páj.  165. 

178.  González  de  Nájera,  páj.  65.  [.a  planta  a  que  se  refiere  en  este  pasaje  el 
minucioso  capitán  español  es  la  especie  de  chagual  conocida  en  botánica  con  el 
nombre  de  Puya  coarcíata. 

179.  Id.,  páj.  313.  Los  palitos  con  que  revuelven  el  maiz  en  la  callana,  que, 
como  es  sabido,  contiene  cierta  cantidad  de  arena  para  el  efecto  de  la  tostadura, 
se  llaman  rungues^  i  suelen  todavía  encontrarse  en  las  sepulturas. 


1 98  LOS    ABOkíJENES    DE    CHILE 

amen;  i  en  otra  forma  coven-j  la  mazamorra  de  maiz,  chedcan;  el 
pan  de  maíz,  miildii;  cocido  miiti^  el  cual  preparaban  con  lejía 
(chiltuvqiien):  la  harina  tostada  miisvqne;  el  mote  cocido  con 
maiz,  piden.  Por  lo  demás,  distinguían  varias  especies  de  maíz  que 
designaban  con  el  nombre  jeneral  de  hiia;  el  negro  se  decía 
cayumpehna;  qiuln^  el  colorado; 2>í//V/¿7,  el  pintado;  collhuentUy 
el  blanco  i  negro;  gUllil,  el  llallí.  De  la  borra  que  quedaba  en 
los  tiestos  al  fabricar  la  chicha  de  esta  semilla,  hacían  cunas  bo- 
las como  huevos  grandes,  que  era  comida  favorita  de  los  mucha- 
chos,» i  cierta  especie  de  pan,  cnrantham. 

A  los  fréjoles  llamaban  en  términos  jenéricos  con  el  vocablo 
diigiill;  a  los  tiernos,  capi/\  a  los  secos,  culiii.  Disponían,  ade- 
mas, de  las  calabazas,  qiipau,  i  Imada,  que  les  prestaban  servicios 
valiosos  por  su  cascara  tan  a  propósito  para  tiestos;^*  de  los^^ír- 
///;/,  piñones,  aliinento  casi  esclusivo  de  los  pehuenches;  del  za- 
pallo, penca;  del  llaidlaii,  fruto  que  da  el  coihue;  del  magu^ 
cierta  especie  de  centeno;  de  una  clase  de  murta  que  llamaban 
ghuñc;  del  múllco,  o  yerba  mora;  de  una  cebadilla  conocida 
con  el  nombre  de  hncgiien;  del  múgu,  o  cochayuyo;  de  ciertos 
chupones  que  designaban  con  la  misma  palabra  múgn;  del  quen- 
le,  [Adenostenion  nitidiis);  del  boldo  {  Boldoa  fragaits) ;  del  peu- 
mo [Cryptocarga peiimiis);  del  maqui  {Aristoteüaviaquí);  de  una 
fruta  parecida  al  ají  (copiti);  de  cierta  especie  de  ajos  que  cono- 
cian  con  el  nombre  de  idcu;  de  un  hongo  llamado  púque;  de 
ciertas  raíces,  gadn,  i  las  yerbas  ncgum  i  nevu^  nuyii  i  olu;  del 
coguil,  cogJiúll]  la  fruta  del  quilo  {Múhlemhergia  sagittifolia)  i 
del  mo\\t{Litrea  molle),  ^de  que  se  hace  la  mejor  chicha.^^D  A 
la  frutilla  silvestre  llamaban  Ilahueñ,  i  a  la  cultivada  quellghen 
(Fragaria  chilensis.)  (cUna  fruta,  dice  a  este  respecto  Gonzá- 
lez de  Nájera,  tienen  los  indios  de  consideración,  por  estremo 
vistosa,  sabrosa  i  olorosa  i  sana,   aunque  algo  ílemosa,  a  la  cual 


180.  Mr.  Stevenson  asegura  haber  encoiitraclo  semillas  i  cascaras  de  esta  fru- 
ta en  algunos  antiguos  sepulcros  iiulíjenas,  Tnwcls  in  South  ^merica^  1. 1, 
páj.  46. 

181.  O  ña,  A  rauco  domado,  labia. 


CAP.    VIII. — LOS   ARAUCANOS  1 99 

se  hace  agravio  con  el  disminutivo  nombre  que  le  dan,  llamándo- 
la frutilla,  por  ser  como  es  de  tanta  excelencia,  que  puede  miú 
bien  competir  en  bondad  con  la  mas  regalada  fruta  de  España, 
cuya  forma  es  de  hechura  de  corazón;  en  grandeza  son  las  mas 
viciosas,  i  de  jardines  como  huevos  pequeños  comunes,  i  las  mas 
desmedradas,  campestres,  como  nueces  de  todos  tamaños;  el 
color  tienen  unas  blanco,  i  otras  rosado,  i  otras,  el  uno  i  el  otro. 
De  comer  son  ternísimas,  que  se  disuelven  o  deshacen  en  la 
boca,  i  a  la  dijestion  fáciles.  No  tiene  esta  frutilla  corteza  o  cas- 
cara que  quitar,  su  superficie  es  unas  puntas  relevadas  a  seme- 
janza de  madroños,  pero  no  de  su  aspereza,  porque  son  ternísi- 
mos i  suaves;  i,  finalmente,  digo  que  no  tienen  hueso  ni  pepita, 
ni  cosa  que  desechar,  i  así  se  come  esta  fruta  entera,  que  cada 
una  es  un  proporcionado  bocado.  Los  indios  hacen  della  vino, 
i  curándola  al  sol,  pasas,  que  son  de  buen  comer.  Nace  esta  fru- 
ta de  una  humilde  yerbeznela,  que  se  planta  para  muchos  años, 
a  cuyas  posesiones  llaman  los  nuestros,  frutillares.^®^)) 

«Otra  yerba  crian  en  jardines  i  pienso  que  es  llevada  a  aquel 
reino  del  Perú,  a  que  llaman  maní  {Arachis  hypogaea),  que  por 
su  estrañeza  es  notable,  porque  siendo  de  altura  de  un  codo,  la 
fruta  que  habia  de  dar  en  las  ramas,  la  da  debajo  de  tierra,  no  en 
raíces,  sino  que  nace  dellas  en  unas  vainas  o  cascaras  delgadas  i 
frájiles,  que  encierran  a  cuatro  i  a  seis  granos,  a  semejanza  de  ar- 
vejas, cuyo  sabor  i  color  tira  a  avellanas.  Gómense  tostadas  en 
arena  i  se  confitan,  que  de  cualquier  manera  son  de  buen  co- 
mer. 

«Otra  yerba  hai  algo  mas  humilde  i  menos  copiosa  de  ramas, 
llamada  madi  (conocida  hoi  con  el  nombre  de  melosa  i  en  la  cien- 
cia con  el  de  madia  sativa  o  mellosa\  de  cuya  semilla  se  hace 
maravilloso  aceite,  que  en  color  i  bondad  no  le  hace  ventaja  el 
de  olivos,  i  tostada  la  simiente  i  molida  es  de  agradable  gusto.» 
dHacen  de  ella,  dice  Pedro  de  Oña,  unas  bolas  envueltas  en  ha- 
rina, que  son  de  gran  regalo  i  contento  para  los  indios.^^'^)) 

182.  Desengaño  i  reparo  de  la  guerra  de  Chile ^  paj.  55. 

183.  Aranco  domado^  tabla. 


200  LOS   ABORIJENES   DE    CHILE 

«Otra  yerba  hai  poco  mas  alta,   a  que  llaman  quínua  {Cheno- 
podium  qutnoa)y  cuya  semilla,  asimismo  tostada,  se  hace  blanquí- 
sima i  mui  semejante  a  grajea  o  anís  confitado,  que  también  es 
comida  mui  apacible.^"» 

«En  las  vegas,  partes  bajas,  húmedas  i  pantanosas,  se  cria  una 
yerba  WaxnadB.  pafjgue  {Gunuera  c/it/eHSts)^  de  diformes  hojas, 
mayores  que  adargas,  aunque  no  de  su  forma,  porque  tienen  mas 
del  redondo  en  algunas  puntas.  Los  mástiles  o  pencas  de  las  ho- 
jas son  casi  de  vara  i  aguanosas,  o  de  zumo  como  el  del  cardo, 
aunque  de  gusto  agrio  i  áspero.  Suelen  comerla  los  caminantes 
en  tiempos  calurosos  para  mitigar  la  sed  por  ser  refrescativas. 
Son  tan  viciosas,  tiesas  i  grandes  estas  hojas  que,  llevadas  por  su 
mástil  o  tronco,  sirve  en  verano  una  dellas  de  suficiente  guar- 
da sol,  i  llevándola  cubierta,  escusa  fieltro  cuando  llueve;  i  con 
ella  hacen  los  indios  (como  ya  queda  dicho)  reparos  o  chozas, 
donde  hacen  noche  cuando  caminan  en  tiempos  lluviosos... ^^p 

Las  descripciones  de  este  antiguo  cronista  son  tan  injeniosas, 
tan  exactas  i  tan  pintorescas,  que  no  resistimos  al  deseo  de  dar  a 
conocer  la  que  hace  del  cactus  o  quisco  de  nuestro  lenguaje  vul- 
gar. 

ocNo  sé  si  ponga  en  el  número  de  los  árboles  o  de  las  yerbas, 
dice  el  injénuo  capitán,  una  monstruosa  planta,  que  ni  se  agosta 
ni  perece  en  los  inviernos,  como  el  pangue  i  demás  yerbas  refe- 
ridas, a  causa  de  que  se  sustenta  en  todo  tiempo  fresquísima,  ni 
menos  tiene  forma  de  árbol  ni  de  yerba...  Es  de  la  forma  de  un 
pepino  en  su  hechura  i  remate  de  punta,  color  esterior  i  interior, 
humedad,  frajilidad  i  frescura,  vetas,  berrugas  i  puntas,  i  que, 
puesto  derecho  en  la  tierra,  imajinásenos  creciese  tanto  que  vi- 
niese a  ser  su  estatura  de  once  a  doce  codos,  i  su  grueso  co- 
munmente de  cuatro  i  cinco  palmos  de  circunferencia...  Nacen 
de  todas  las  berrugas  destas  plantas,  ciertas  púas  delgadas  i  lar- 
gas de  a  jeme,  i  en  su  dureza  bien  desconformes  a  la  ternura  de 


184.  Nájera.  pájs.  57  i  58. 

185.  Id.,  páj.  59. 


CAP.    VIII. — LOS   ARAUCANOS  201 

donde  nacen,  porque  son  algo  semejantes  a  las  espinas  de  heri- 
do. De  la  mitad  del  remate  de  cada  planta,  sale  en  la  primavera 
una  sola  flor,  desacompañada  de  hojas,  en  estremo  blanca,  seme- 
jante a  la  de  la  azucena,  aunque  mayor  cosa,  no  menos  esquisita 
i  particular  que  todo  lo  demás,  de  la  cual  flor  se  cria  una  fruta 
sabrosa  a  modo  de  tuna  (el  ccguillaveí)),  una  especie  de  higos  de 
aquellas  tierras. 

«Estos  grandes  o  verdes  mástiles  crian  por  la  parte  o  lado  que 
«stán  guardados  del  viento  sur,   unas  yerbezuelas  de  menudas  i 
labradas  hojas,  de  su  propio  vicio,  frescura  i  humedad,  que  echan 
su  fruta  mas  adoptiva   que   lejítima  respecto  de  su  planta,  seme- 
jante a  cerezas  desmedradas,  blancas,  coloradas,  i  de  ambos  co- 
lores, de  buen   lustre   i   parecer,  con  sus  huecesillos,  no  de  mal 
^usto  ni  nociva,  que  presentada   a  muchas  damas,  la  comen  por 
j^olosina.^^  Las  partes  donde  comunmente  nacen  estos  pimpollos, 
pues  no  sé  como  llamarlos,  son  tierras  pedregosas,  en  laderas  o 
íaldas  de  cerros,  i  siendo  todos  ellos  humedad  i  acuanosos  en  to- 
<ias  sus  partes,  como  el  pepino,  lo  mas  que  tienen  de  maravilloso 
es,  que  se  ven  nacer  algunos  en  el  medio  de  las  peñas,  donde  no 
se  halla  tierra  que  les  pueda  sustentar,  del  mucho  humor  que  en 
sí  conservan  i  piden;  i   asimismo  salen  por  otras  estrechas  aber- 
turas de  las  mismas  peñas  con  la  misma  fertilidad.  Despuntando 
im  mástil  destos,  o  cortado  un  trozo,  i  hecha  en  la  cortadura  una 
poza,  se  llena  luego  de  mui  clara  agua  de  buen  gusto  i   sana  de 
teber,  i  en  cerros  altos  donde  hai  cabras  domésticas  convertidas 
en  monteses  por  carecer  de  agua,  quebran  ellas  mismas  con  los 
cuernos  estos  frájiles  mástiles  i  se  sustentan  de  la  interior  agua 
cque  en  sí  conservan.   Llámase  esta  planta  según  los  indios  qnis- 
<:aruro  {Cereus  quisco)^  i  no  dudo  sino  que  si  se  inquiriese  se  des- 
<:ubririan  en  ella  tan  maravillosas  virtudes,  cuanto  naturaleza  se 
estremó  en  hacerla  notable  i  esquisita,  como  he  mostrado.^'''» 
No  es  menos  interesante  ni  entusiasta  la  pintura  que  el  jesuíta 

186.  Nájera  se  refiere,  como  se  deja  comprender,  al  qiiintral   (jcnero   Loran- 
-^hus;  la  especie  del  qiiisco  es  la  aphyUíis)  del  cual  los  indios  hacian  liga. 

187.  Desengaño  de  ¡a  guerra  de  Chile,  páj.  60. 

27 


202  LOS    ABORÍJENES   DE    CHILE 

Olivares,  hace  de  la  palma  de  Chile,  en  araucano  lliclla  {Micro- 
cocos  chilensts):  «es  inui  alta,  derecha  i  robusta,  su  tronco  limpio 
hasta  mucha  altura,  que  se  corona  de  muchas  ramas,  colocadas 
en  tal  proporción  que  van  formando  círculos  mayores,  menores 
i  mínimos  hasta  la  cumbre...  Se  dice  tener  la  palma  esta  rara 
propiedad,  que  nunca  da  fruto  estando  sola,  mas  que  en  nacien- 
do otra  en  su  cercanía,  luego  da  fruto  la  que  está  crecida,  i  a  su 
tiempo  la  segunda...  Los  frutos,  que  se  llaman  cocos,  se  dan  uni- 
dos a  un  racimo,  que  suele  tener  mas  de  mil  de  ellos,  i  el  racimo 
bien  defendido  dentro  de  dos  grandes  cortezas,  de  figura  de 
conchas,  unidas  en  forma  de  peces  testáceos,  las  cuales  se  van 
separando  al  paso  que  los  cocos  van  creciendo:  éstos  son  poco 
menos  que  nueces,  pero  mui  redondos;  i  asimismo  cada  coco 
tiene  también  dos  cortecitas,  la  interior  de  poca,  la  esterior  de 
mucha  consistencia;  la  médula  que  está  adentro  no  es  sólida  sino 
hueca,...  i  de  mui  buen  sabor,  en  especial  cuando  fresca,  que 
entonces  tiene  su  hoquedad  llena  de  una  leche  mui  suave.^*jí) 

«El  granadillo  de  Chile  (¿acaso  la  Faesonia  prtmatistipulal) 
da  una  flor  que  representa  perfectamente  todos  los  instrumentos 
de  la  pasión  de  Cristo,  i  su  fruta  que  es  del  tamaño  de  un  huevo 
de  paloma,  quitándole  la  corteza  es  mui  suave...  El  árbol  de  la 
murtilla  (  Ugni  Molinae)  es  pequeño,  contado  entre  los  matorra- 
les; su  fruta  poco  menor  que  la  uva,  su  color  rojo,  la  figura  como 
de  una  granada,  el  gusto  i  la  fragancia  mucha. 

«El  cauchau  es  fruta  de  la  luma  {Myrtus  Itima^)  semejante  en 
la  figura  i  fruto  a  la  murtilla,  con  la  diferencia  de  ser  negra.*^jD 

«En  ciertas  localidades  del  sur  del  país,  dice  Gay,  se  cosecha- 
ba también  un  cereal  que  les  servia  para  hacer  un  pan  sin  leva- 
dura, llamado  covque}^  En  mis  escursiones  por  estas  lejanas  re- 
jiones  he  tenido  ocasión  de  ver  algunas  raras  sementeras  de  este 
cereal,  empleado  únicamente  en  el  dia  para  el  uso  de  los  anima- 
les i  llamado  mango,»  {Dromus  mango.) 

188.  Historia  de  Chile^  páj.  37. 

189.  ///.,  id. 

190.  Segmi  el  padre  Luis  de  Valdivia,  en  la  lengui  indíjena  se  conoce,  ade- 
mas, el  vocablo  convqueii^  amasar.  Arte  y  gramática  generaL 


CAP.    VIH. — LOS   ARAUCANOS  203 

También  .cultivaban  la  planta  llamada  oca,  o  sea  la  Oxalis  tu- 
berosa  de  Molina,  i  algunas  otras  a  que  este  autor  se  refiere  en 
su  Historia  natural^  i  especialmente  el  ((gueguen»  i  la  (ítuca,)^ 
que,  según  probabilidades  fundadas,'eran  dos  especies  de  cebada, 
hoi  desconocidas. 

Del  hecho  de  encontrarse  las  diversas  especies  de  plantas  ali- 
menticias a  que  acabamos  de  referirnos,  subdivididas  en  muchas 
variedades,  todas  señaladas  con  nombres  claros  i  distintos  en  la 
lengua  araucana,  deduce  nuestro  abate  Molina  que  parece  inne- 
gable que  la  agricultura  habia  realizado  en  Chile  progresos  bas- 
tantes notables.  Añade  en  comprobación  de  este  aserto,  como 
ya  lo  hemos  visto,  que  conocian  el  uso  de  abonai^^^  las  tierras, 
operación  que  llamaban  venaltu,  ((Por  los  vestijios  de  acequias 
{Yayma)  para  los  regadíos,  añade  Carvallo,'^' se  conoce  que  en 
otro  tiempo  abonaban  la  tierra  dándole  agua,  pero  esta  innova- 
ción debe  referirse  a  la  época  peruana  i  debía  emplearse  poco 
en  el  sur  por  la  abundancia  de  lluvias,  el  sistema  especial  de  cul- 
tivo, i  la  naturaleza  i  fertilidad  del  suelo. 

Acerca  de  este  punto,  dice  Herrera  que  en  Copiapó  se  daban 
cañas  de  maíz  cctan  altas  como  lanzas,  i  las  mayores  mazorcas 
son  como  de  media  vara  i  las  menores  de  una  cuarta. ^'^*^í)  Es  ver- 
<iad  que  en  aquella  época,  según  el  mismo  autor,  aquella  rejion 
estaba  bañada  ((por  un  rio  pequeño  que  baja  de  la  sierra  i  ce  rre 
veinte  leguas  por  el  valle  i  entra  por  lo  mas  en  una  bahía  que 
-sirve  de  puerto,  a  donde  los  navios  pueden  surjir.»  Bollaert  por 
eso  no  sin  razón  opina  que  la  rejion  del  norte,  en  aquella  época, 
debió  estar  mas  cultivada,  c(por  tener  agua  i  lluvias  en  mas  abun- 
.dancia.^^i) 

Los  chilenos  sembraban  las  papas  en  setiembre  i    el   maíz  en 
octubre.  Ya  en  diciembre  se  cojia  la  teca,^^'*  i  en  mayo  se  hacia 

191.  Molina,   ilice  estercolar;   pero  nos   parece   mas  verosímil  lo  que  a  este 
propósito  afirma  M.  Gay,  ^Is^riciiliiirn^  liig.  cit. 

192.  Historia  de  Chile,  páj.  160. 

193.  Décadas,  VII,  lib.  I,  páj.  9.  Madrid,  1730,  folio. 

194.  Researdics,  páj.  175. 

195.  Herrera,  páj.  10. 


204  LOS   ABORIJENES    DE   CHILE 

la  cosecha  del  maíz,  operación  que  los  indios  llamaban  gulorcü- 
yen}^  Según  el  mismo  Herrera,  en  Copiapó  el  maíz  rendia  en  la 
proporción  de  trescientos  por  uno,  pero  no  se  recojia  mas  de  la 
cantidad  que  habian  menester  para  el  consumo  de  la  temporada» 
<ílo  demás  se  dejaba  en  las  cañas,  i  porque  no  tornasen  a  brotar 
torcían  el  peson  a  la  mazorca  i  se  queda  allí»...  Pero  en  Chiloé 
donde  llovia  muchísimo  mas,  se  guardaban  las  papas  (cen  unos 
cercados  de  caña  de  un  estadio  de  alto  i  de  seis  o  siete  pies  de 
hueco. *^'^))  ((En  Arauco,  según  Bascuñan,  tenian  los  indios  sus 
graneros,  cogirnca^  en  las  cuevas  de  los  cerros,  en  altos  i  levan- 
tados catres,  en  que  ponian  las  legumbres  de  porotos  i  maíces  al 
tiempo  de  la  cosecha.^^*^)>  Pebres  nos  informa  que  también  guar- 
daban el  maíz  dispuesto  en  atados,  que  se  colocaban  sobre  unas 
varas,  lo  qué  llamaban  ////?;/,  i  que  para  las  papas  hacian  dentro 
de  la  casa  un  cerquito  de  coligues  donde  las  guardaban,  depar- 
tamento que  denominaban  huilli}^'^  En  todo  caso,  sin  embargo, 
la  despensa  «quedaba  a  discreción  de  toda  la  jente  de  la  familia 
i  aún  de  las  aves;  por  lo  cual  se  deja  entender  que  su  agricultu- 
ra no  les  da  a  los  indios  alimento  para  la  mayor  parte  del  año, 
i  que  el  que  en  todo  él  mantiene  a  su  familia  sin  especial  necesi- 
dad ha  de  reputarse  por  de  esmerada  economía.^)) 

Pedro  de  Valdivia  declara,  con  todo,  que  en  Chile  se  hacían 
al  año  dos  sementeras,  «que  por  abril  i  mayo  se  cojen  los  maíces, 
i  allí  se  siembra  el  trigo;  i  por  diciembre  se  coje  i  torna  a  sem- 
brar el  maíz.'-'^^D  Este  hombre  célebre,  resumiendo  sus  impresiones 
a  cerca  de  la  dedicación  de  los  araucanos  a  la  agricultura,  le 
aseguraba  a  su  soberano  que  eran  «grandísimos  labradores.^ 

Sus  sementeras  no  pasaban,  sin  embargo,  de  cuatro  a  seis  almu- 
des de  maíz  i  lo  demás  en  proporción,  i  en  la  jeneralidad  de  los 


196.  Febles,  Arte  de  ¡a  lengua  del  Reyno  de  Chile, 

197.  Anuario  hidrográfico^  '879,  páj.  516. 

198.  Cautiverio  feliz  y  páj.  63. 

199.  Arte  y  gramática  déla  lengua  chilena. 

200.  Historia  de  Chile,  páj.  62. 

201.  Car  tas  y  pAj.  9,  t.  I,  Colee,  de  Hist.  de  Chile, 

202.  Id.,  páj.  95. 


CAP,    VIH. — LOS   ARAUCANOS  205 

casos  no  estaban  defendidas  por  cerca  alguna.*"^  ((Siembran  en 
tan  corta  cantidad  de  sus  simientes,  añade  Carvallo,  que  no  bas- 
ta a  cubrir  su  indijencia,  i  aún  en  este  pequeño  trabajo  de  agri- 
cultura tienen  los  varones  tan  poca  parte,  que  mas  particular- 
mente es  de  las  mujeres;  porque  aquellos  nada  mas  hacen  que 
preparar  la  tierra,  que  lo  demás  corre  a  cuenta  de  éstas.^*»  Lla- 
maban cogí  a  las  semillas  que  habian  de  sembrar  i  l/oncoto  con 
especialidad  a  las  de  las  papas. 

Buscaban  siempre  para  sus  siembras  los  lugares  mas  o  menos 
húmedos  o  las  situaban  en  la  falda  de  las  colinas,  siendo  todos 
sus  terrenos  de  rulo,  i  si  usaban  de  las  aguas  de  los  rios  para  re- 
gar sus  mieses,'^^  las  acequias,  que  llamaron  cathu-punlli^  deben 
referirse  a  una  época  posterior. 

Las  herramientas  de  que  disponian  era  cierta  especie  de  azueli- 
ta  llamada  maychchtie^  que  debia  ser  mui  semejante  al  hualato 
usado  en  Chiloé,  dispuesto  como  nuestros  azadones  i  hecho  de 
luma,  (íchinchin»  (Azara  microphylla)  o  ccmeli».^"  Con  este  ins- 
trumento rompen  la  tierra,  i  ((después  con  otros  dos  palos  sueltos 
puntiagudos  i  que  empujan  con  el  estómago  o  vientre,  la  remue- 
ven algo  mas,  con  un  trabajo  estremadamente  recio  i  prolonga- 
do.*"'!) Otras  veces  se  servian  de  un  simple  palo,  que  llamaban 
ptthoft,  i  como  ya  lo  hemos  visto  al  tratar  de  las  piedras  horada- 
das, del  hueullo,  que  hasta  hoi  usan  los  boschimanos  del  África 
austral.  Poseían  también  una  especie  de  pala,  llamada  Ilicn,  En 
el  idioma  araucano  se  conoce  la  voz  hnacatuvoe,  segador  de  maíz, 
i  catuíij  podar,  pero  acaso  son  posteriores  a  la  invasión  peruana, 
que  les  dio  a  conocer  la  ichuna^  hoz,  ya  que,  como  nos  refiere  un 
cronista,  antes  se  limitaban  a  separar  la  mazorca  del  maíz  de  la 
mata. 

Carvallo  nos  dice   que   el   trabajo  de  la  tierra  se  reducia  a  le- 
vantar los  céspedes,  a  cuyo  efecto  «toma  un  indio,  dos  de  los  pa- 

203.  Olivares,  lug.  cit. 

204.  Historiadores  de  Chile ^  t.  X,  páj.  160. 

205.  Pérez  García,  Historia  de  Chile,  M.  S. 

206.  González  de  Agüeros,  Descripción  de  Chiloc^  páj.  127. 

207.  Moraleda,   l'iaje^  M.  S. 


206  LOS    ABORÍJENES   DE    CHILE 

los  que  hemos  indicado,  de  diez  pies  de  largo  i  medio  de  circun- 
ferencia, que  por  uno  de  sus  estremos  tiene  buena  empuñadura, 
cuyo  remate  es  redondo,  i  mui  aguda  la  otra  estremidad;  i  al  sos- 
layo clava  dos  puntas  en  el  suelo,  distantes  entre  sí  un  pié,  se  les 
da  un  pequeño  empuje  con  el  vientre  inferior,  que  a  este  fin  lo 
cubre  con  una  piel  de  carnero  doblada,  i  retirándose  un  poco  pa- 
ra atrás,  repite  del  mismo  modo  otro  golpe  con  toda  la  fuerza 
posible,  i  luego  se  presenta  otro  con  un  espeque,  lo  pone  debajo 
de  los  dos  palos,  i  con  él  los  voltea  a  un  lado,  i  sale  un  tepe  de 
dos  o  tres  pies  de  largo  i  uno  i  medio  de  ancho,  con  dos  o  tres 
pulgadas  de  grueso.  Sigue  así  todo  el  largo  de  la  campiña  que  se 
ha  de  sembrar,  i  concluido,  repite  la  misma  operación  para  que 
los  segundos  tepes  caigan  sobre  los  primeros  i  formen  un  bancal 
o  camellón  {dillu)^  i  labrada  de  este  modo  la  tierra  (aud),  po- 
nen en  ella  la  simiente.^^j) 

Los  chonos  carecian  de  toda  especie  de  siembras.^ 
«Sin  duda  antes  de  la  llegada  de  los  peruanos  a  Chile,  conclu- 
ye don  Claudio  Gay,  la  agricultura  era  allí  practicada  por  pue- 
blos sedentarios  que  eran,  con  todo  pastor es^^®  i  agricultores.  Co- 
mo fundamento  de  toda  civilización  primitiva  introduciéndose  en 
todas  las  poblaciones,  se  habia  esparcido  hasta  en  los  parajes  mas 
retirados,  constituyendo  las  sociedades  que  existian  ya  en  Chile 
antes  de  la  llegada  de  los  españoles.  Valdivia  i  su  almirante  Pas- 
tene  la  encontraron  establecida  en  las  naciones  independientes 
de  los  Promaucaes  i  de  la  Araucanía,  i  aún  mas  al  sud,  en  el  ar- 
chipiélago de  Chiloé. 

«Las  tierras  estaban  ocupadas  por  familias  dispersadas  en  el 
fondo  de  los  valles,  i  viviendo  como  lo  hacen  aún  los  araucanos, 
alejadas  las  unas  de  las  otras.  Estas  tierras  estaban  repartidas  con 
gran  desigualdad,  i  es  de  creer,  según  las  mismas  cartas  de  Val- 
divia, que  las  de  los  jefes  eran  trabajadas  por  individuos,  si  no  a 
título  de  esclavos,  a  lo  menos  como  jentes  de  gabela  i  en  núme- 

208.  Historiadores  de  Chile,  t.  X,  páj.  160. 

209.  Pietas,  Informe  al  Rey^   M.  S. 

210.  Ya  hemos  visto  lo  que  puede  afirmarse  a  este  respecto. 


CAP.    VIII. — LOS   ARAUCANOS  20/ 

ro  de  ochenta  a  ciento  por  cada  jefe.  Las  propiedades  así  con- 
vertidas en  inmuebles  hablan  cambiado  la  manera  de  vivir  de 
esas  poblaciones  i  habían  desarrollado  entre  ellas  un  bienestar 
que  la  movilidad  de  la  vida  puramente  pastoraP^^  no  podia  per- 
mitirles. Fué  este  un  verdadero  estado  de  transición  de  la  vida 
nómade  a  la  vida  agrícola,  que  dio  a  la  raza  chilena  un  cierto 
barniz  de  civilización,  mui  lejos  de  encontrarse  entre  los  indios 
de  las  Pampas. 

«Sus  medios  de  cultivo  eran  simples  en  estremo  i  casi  en  todo 
semejantes  a  los  que  se  usaban  en  el  Peni.  Hacian  uso  de  una 
especie  de  azada,  o  a  veces  de  un  simple  bastón  puntiagudo  de 
madera,  como  queda  dicho...  La  falta  del  hierro,  de  que  los 
agricultores  de  Atacama  en  1610  no  tenian  aún  conocimiento, 
los  obligaba  a  valerse  de  este  espediente,  que  todavía  vemos 
practicar  en  Chiloé  con  algunas  lijeras  modificaciones,  que  pro- 
vienen de  que,  siendo  la  tierra  mas  húmeda  i  compacta,  ha  me- 
nester mas  fuerza  de  parte  del  labrador.  Para  conseguir  ararla, 
el  chilote  clava  su  bastón,  apoyando  el  otro  estremo  en  su  pecho, 
mientras  que  los  habitantes  del  norte  se  servian  esclusivamente 
de  sus  pies,  pues  a  causa  de  la  sequedad  del  país  la  tierra  podia 
con  facilidad  desmenuzarse. 

«Esta  falta  de  lluvias  en  el  norte  de  Chile  desarrolló  entre  sus 
habitantes  una  gran  intelijencia  en  el  trabajo  de  riegos,  i  en  este 
punto  fueron  admirablemente  secundados  por  los  peruanos,^^*'^ 
quienes  elevaron  este  arte  a  un  alto  grado  de  perfección.  Gracias 
a  estos  excelentes  guias,  habian  podido  multiplicar  los  canales 
en  un  gran  número  de  valles,  i  aún  hacer  llegar  las  aguas  a  gran- 
des alturas,  Ío  que  manifiesta  el  cuidado  estremo  que  ponian  en 
aprovecharse  de  algunos  terrenos  llanos,  hasta  entonces  secos  i 
estériles.  Las  colinas  fueron  mucho  menos  utilizadas.  El  cultivo 
en  anfiteatro  conocido  en  el  Perú  bajo  el  nombre  de  andenes^ 
no  fué  puesto  en  uso  probablemente  a  causa  de  la  falta  de  bra- 

211.  El  autor  debió  decir  de  meros  cazadores. 

212.  ¿No  serian  estos  los  únicos  introductores  del  sistema  de  regadío  por 
medio  de  canales? 


208  LOS    ABORÍJENES   DE    CHILE 

zos  i  de  la  escasa  población  que  poseían  las  provincias  del  norte; 
pero,  a  pesar  de  esto,  algunas  de  las  colinas  fueron  cultivadas 
según  un  método  que  se  sigue  todavía  en  el  norte  para  los  fré- 
joles i  en  Chiloé  para  las  papas.  Este  método  consiste  en  clavar 
en  la  tierra  un  bastón  puntiagudo,  como  lo  hacen  todavía  los 
chinos,  i  hechar  en  el  agujero  así  practicado  algunos  fréjoles, 
que  se  cubren  de  tierra,  i  nunca  con  abono  a  la  manera  peruana, 
i  dejar  en  seguida  reposar  muchos  años  esta  tierra,  a  causa  del 
estado  de  agotamiento  en  que  se  encuentra.  Todos  estos  cultivos, 
así  como  las  cosechas,  se  hacian  en  común  i  casi  de  la  misma 
manera  que  hemos  visto  practicado  entre  los  indios  de  la  Arau- 
canía  i  aún  entre  algunos  propietarios  chilenos  de  la  provincia 
de  Concepcion.^^^í) 

Los  indios  sabian  reducir  los  granos  a  harina,*'^^^  de  la  cual  te- 
nian  dos  especies,  la  tostada  que  llamaban  miirque  i  la  cruda 
rugo?^^  Para  esta  operación  se  servian  de  unas  piedras  de  moler, 
mui  semejantes  a  las  que  hasta  hoi  se  usan  en  nuestras  casas  de 
campo,  i  que  no  es  raro  encontrar  en  los  sepulcros.  A  la  solera 
llamaban  ciidi^  i  a  la  voladora,  nnmcudi?^^  En  la  figura  109  re- 
producimos una  de  estas  ((manosv>  de  moler,  estraida  de  una  hua- 
ca  de  la  provincia  de  Curicó.  Estimamos  inoficioso  relacionar 
aquí  el  sistema  del  manejo  de  estos  molinos  primitivos  porque 
todo  el  mundo  lo  conoce  entre  nosotros.*^^ 

Habian  inventado  también  dos  especias  de  cedazos,  uno  lla- 
mado chiñihue^  i  otro  cayliuc  para  separar  el  salvado  [amchi)  de 
la  harina  flor,  achiuL  Conocian  el  empleo  de  la  levadura  i  fabri- 
caban varias  clases  de  tortas,  (de  que  ya  se  ha  hablado)  en  hor- 
nos escavados  en  la  tierra,^'^  i  en  los  cuales,  según  asevera  Car- 
vallo, solian  también  cocer  las  viandas.^^'^ 

213.  As^ricnltiira^  t.  I,  páj.  2  i  sigts. 

214.  Pietas  asegura  que  los  poyas  hacian  harina  de  una  raíz  de  árbol,  i  que 
cargaban  el  agua  en  cueros  de  Iiuanacos.  Informe  al  Rey  sobre  las  diversas  ra- 
zas de  indios,  M.  S. 

215.  Molina,  Historia  civily  cap.  IV,  lib.  L 

216.  Pebres  i  Pérez  García,  Historia  de  Chile ^  M   S. 

217.  Véase  Slevenson,  Travels,  t.  1.  páj.  369. 

218.  Alonso  de  Ovalle  Histórica  relación^  páj  89. 

219.  Historiadores  de  Chile,  t.  X,  páj.  137. 


2IO  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

centrada  ,en  la  hacienda  de  Cauquenes,  que  es  la  mas  elegante 
de  cuantas  conozcamos  de  procedencia  chilena,  pues  tiene  el 
mango  adornado  con  una  figura  de  animal. 

Los  aboríjenes  fumaban  especialmente  con  el  propósito  de 
embriagarse. 

Con  el  mismo  fin  hacían  bebidas  de  cuantas  frutas  i  semillas 
poseian,  dice  Nájera  sin  exajeracion  alguna.*^^  De  la  murtilla  fa- 
brican «una  chicha  vigorosa,  que  tarda  en  fermentar  algunos 
dias  i  dura  sin  acedarse  algunos  meses;»  del  canchan^  fruto  de 
la  luma  hacen  una  que  «luego  embriaga,  pero  que  no  embaraza 
la  cabeza  sino  por  una  hora;^»  la  hacian  del  güifigan^  del  ma- 
qui  i  del  molle,  del  cual,  según  algunos,  se  produce  la  mejor;^ 
de  la  murta;  de  la  quiniia^  de  los  piñones,  la  cual  «embriaga 
poderosamente,  ^d  Pero  de  todas  las  semillas  empleadas  para 
este  intento  ninguna  tan  adecuada  como  el  maíz,  que  al  efecto  se 
tostaba  i  molia.  Llamábase  muday  cuando  era  fuerte  i  perper 
cuando  suave.^  A  juicio  de  Nuñez  de  Pineda  «la  de  frutilla  pa- 
sa es  la  mejor  que  se  bebe  i  el  j enero  que  mas  dura  sin  acedarse, 
i  no  es  común  como  las  demás  por  no  haber  en  todas  partes  de 
este  licor.^jD 

Rosales  dice  que  para  la  fabricación  de  estas  bebidas,  «muelen 
los  indios  el  grano  i  échanle  levadura  i  cuécenlo,  i  en  tomando 
punto  está  hecha.  Suelen  hacer  una  chicha  que  llaman  mechol, 
de  sola  levadura,  que  es  fortísima  i  emborracha,  i  esa  suelen  ha- 
cer en  algunas  fiestas  particulares,  que  llaman  tnechol  prun^  que 
significa  baile  con  chicha  metoL..  I  en  esa,  como  en. las  demás, 
ponen  en  la  botija  un  hisopo  de  pajas  de  maíz  en  un  palo  para 
menear  en  la  botija  el  asiento  i  que  se  vaya  repartiendo  en  todos 
los  vasos  que  sacan.  I  en  los  jarros  o  vtalues,  que  son  unos  can- 
jilones  de  madera,  en  que  beben,  ponen  un  tenedor  de  madera 

222.  Desengaño^  páj.  91. 

223.  Olivares,  Historia  de  Chilc^  páj.  38. 

224.  O  ña,  /xranco  domado^  tabla. 

225.  V\ے2i%y  Informe  al  Rey. 
iiJti,  Olivares,  lug.  cit. 

227.  Oña,  lug.  cit. 

228.  Cautiverio  feliz. 


212  LOS   ABORIJENES   DE    CHILE 

tas  i  cuellos  largos,^^D  qulilhiie^  chilhne^  coro^  meñcue  o  men- 
gues ^  gudihue^  i  otras  mas  pequeñas,  que  decían, /wr«/íco,  codvu^ 
llupug^  chiiyco;  las  callanas  para  tostar,  chom-challa^  leupe;  pla- 
tos de  greda,  Ilican.  Hacían  también  del  «cadillo  d  [Acaena  argén- 
tea)^ de  la  «quelineja»  {Ltizuriaga  radicans)  i  de  otras  yerbas 
varias  especies  de  cestillos,  como  el  llepun^  que  era  a  modo  de 
fuente,  cúlco^  uno  pequeño,  i  gdñihtie^  uno  grande,  el  chayhue 
que  les  servia  para  colar  la  chicha,  i  elgañue.  Estos  dos  últimos 
eran  también  a  propósito  para  medir,  especialmente  sal,  siendo 
éste  de  capacidad  de  medio  almud  i  el  otro  del  doble.  Poseían 
otras  medidas  cóncavas  que  llamaban  thoqiiihue  i  otras  de  peso 
que  nombran  vanen.  Pérez  García,  que  consigna  este  último  da- 
to, añade  que  conocían  también  cierta  especie  de  balanzas.  <cMas, 
en  las  medidas  de  sólidos  i  líquidos,  declara  Carvallo,  no  tienen 
exactitud,  porque  en  aquellos  se  entienden  por  huampar^  cau  o 
tnetahue^  í  meñcue  o  chuyco,  que  equivalen  a  nuestras  cuartillas, 
cuarterolas  i  arrobas;  i  en  las  últimas,  por  chayhue  í  llepue^  que 
equivalen  a  uno  i  dos  celemines,  i  los  hacen  de  mayor  o  menor 
porte.^^j) 

Usaban,  asimismo,  eXyole^  canasto  tejido  de  bejucos,  í  la  chi- 
gua^ «que  es  a  modo  de  fardel  armado  sobre  aros  de  cañas  ver- 
des i  trabado  de  tomizos  de  paja.^»  Calificando  González  de 
Nájera  estos  utensilios,  dice  en  jeneral,  que  los  vasos  para  beber 
«los  labraban  con  toda  perfección,^!)  i  así  debía  de  ser  cuando 
según  lo  que  hemos  visto  referir  a  Oña,  los  vasos  en  que  bebían 
el  ulpo,  hechos  de  mimbre,  estaban  tan  bien  trabados  que  no 
dejaban  pasar  una  gota  de  agua.  Otro  utensilio  que  llevaban  en 
sus  viajes  junto  con  el  anterior  era  una  red  como  mochila,  don- 
de llevaban  los  palitos  para  hacer  fuego,  lana  para  hilar,  etc.*^ 

Al  tratar  de  las  mejoras  introducidas  en  el  país  por  los  perua- 

231.  Bascuñan,  Cautiverio  feliz,  páj.  71. 

232.  Historiadores  de  Chile j  t.  X,  páj.  163. 

233.  Oña,  Aranco  domado^  notas.  Los  indios,  en  jeneral,  amarraban  con  vo- 
quis. Olivares,  Historia  de  Chile ^  páj.  374. 

234.  Desengaño,  etc.,  páj.  97. 

235.  Véase  Nájera,  páj.  189. 


\ 


i 


CAPITULO  IX. 


LOS  ARAUCANOS. 
IV. 

Canibalismo. — Sacrificios  humanos. — La  piedra  de  Curacaví. — Las  piedras  con 
cuatro  cavidades. — Las  apachetas. — El  pruloncion. — Ideas  de  la  Divinidad. — 
Agüeros  i  supersticiones. — Existencia  futura. — Inmortalidad  del  alma. — La 
muerte. — Hechiceros.— Machis. — Juntas. — Medicina  i  enfermedades. — El  ar- 
te de  sangrar. — Conocimientos  de  historia  natural. — Ceremonias  que  se  se- 
güiaii  a  la  muerte. — Acompañamiento. — Provisiones  para  el  viaje  de  la  otra 
vida. — Sepulturas. — Disposiciones  espartólas  acerca  de  las  huacas. — Objetos 
que  se  encuentran  en  ellas. — Los  niños  jemelos. — Momias. 

Por  lo  que  dejamos  espuesto  se  vé  que  en  materia  de  alimen- 
tación, esceptuando  quizás  a  los  pehuenches,  que,  al  decir  de  don 
Jerónimo  Pietas,^  cuando  faltaban  los  piñones  «padecian  ham- 
bresD,  i  a  los  infelices  pobladores  de  las  islas  que  se  estienden  al 
sur  de  Chiloé  hasta  el  estrecho  de  Magallanes  i  Tierra  del  Fue- 
go i  que  aún  hasta  hoi  apenas  si  se  sustentan  de  otra  cosa  que  de 
marisco,  muchas  veces,  según  es  fama,  sin  haberlo  acercado  si- 
quiera al  fuego,  no  podria  concluirse  que  los  primitivos  habitan- 
tes de  Chile  sufriesen  escaseces.  Los  condimentos  animales  eran, 
sin  duda,  en  corto  número  e  insuficientes;  pero,  en  cambio,  los 
numerosos  i  excelentes  vejetales  de  que  disponian  i  cultivaban 

I.  Informe  al  Rey  sobre  las  diversas  razas  de  indios^  M.  S. 


2l6  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

en  una  tierra  relativamente  pródiga,  los  ponian  a  cubierto  de  la 
miseria  i  acaso  les  permitian  también  gozar  de  una  dichosa  abun- 
dancia. 

Mas,  como  si  no  bastasen  nuestros  testimonios  escritos,  halla- 
mos en  los  antiguos  cementerios  indíjenas  la  prueba  mas  palpa- 
ble e  incontrovertible  de  cómo  en  el  sistema  chileno  dominaba 
casi  en  absoluto  la  alimentación  vejetal  sobre  la  animal.  Basta, 
en  efecto,  examinar  cualquier  cráneo  para  ver  (fig.  214)  desde 
luego  que  la  conservación  jeneral  de  la  dentadura  es  perfecta,  i 
que,  al  paso  que  los  incisivos  se  encuentran  casi  intactos,  los  mo- 
lares, por  el  contrario,  se  presentan  desgastados  hasta  su  base. 
Verdad  es  que  hasta  hoi  podrian  notarse,  en  parte  al  menos,  los 
caracteres  anteriores,  pero  ellos  estarían  limitados  a  los  cráneos 
de  las  mujeres  ancianas  a  quienes  la  costumbre  de  mascar  el  maíz 
para  la  fabricación  de  la  chicha  ha  reducido  a  ese  estado,  i  en 
todo  caso,  no  harían  sino  confirmar  los  resultados  del  sistema  a 
que  nos  hemos  referido. 

I  ya  que  se  trata  de  alimentos  conviene  tener  presente  que  no 
ha  faltado  historiador  quien  asevere  que  los  indios  de  Chile  han 
comido  también  en  algún  tiempo  carne  humana.  Así,  Juan  de  He- 
rrera asegura  en  su  Relación  de  las  cosas  de  Chile  que  los  chi- 
lenos en  su  época  comian  carne  humana  en  algunas  partes."  I 
Rosales,  precisando  los  lugares  en  que  esto  acontecia  i  esplican- 
do  sus  motivos,  refiere  que  en  las  inmediaciones  de  la  laguna  de 
Gueñauca  (Valdivia)  vivian  los  indios  serranos  de  Purailla,  quienes 
se  iban  a  hurtadillas  a  los  llanos  de  Osorno,  atravesando  la  laguna 
en  piraguas  que  llevaban  consigo,  i  en  los  banquetes  que  hacían 
a  su  regreso,  i  en  sus  borracheras,  se  comian  a  los  indios  cauti- 
vos, aunque  fuesen  niños  i  mujeres:  «que  es  ferocidad  estraña  i 
poco  usada  de  los  chilenos,  que  lo  mas  que  comen  es  el  corazón 
para  hacer  demostración  de  su  odio  i  enemistad,  pero  éstos  todo 
el  captivo  entero,  sin  dejar  cosa  del,  se  le  comian.^))  González  de 
Nájera  es  mas  terminante,  pues  sostiene  que  «son  pocos  los  que 

2.  Historiadores  de  Chile^  t.  II,  páj.  251. 

3.  Historia  y  I,  256. 


2l8  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

parece  también  que  diera  a  entender  cuando  asevera  que  en 
Chile  se  celebraban  multitud  de  sacrificios.^ 

Garcilaso  de  la  Vega  negó  este  hecho  respecto  de  sus  ante- 
pasados, pero  siendo  muchos  i  mui  respetables  los  autores  que 
lo  afirman,  concluyen  con  mucha  razón  Rivero  i  Tschudi  que 
debe  tenerse  por  nula  la  afirmación  del  antiguo  descendiente  de 
los  Incas.* 

He  aquí  ahora  como  un  autor  de  nuestros  tiempos  cree  poder 
demostrar  con  pruebas  materiales  el  hecho  que  Garcilaso  nega- 
ra con  tanta  insistencia. 

((Se  encuentra  a  tres  leguas  al  Sud  de  Abancay,  dice  M.  Ernest 
Desjardins,  en  la  ruta  de  Lima  al  Cuzco,  en  un  bosque,  cerca  de 
un  lugar  llamado  Concacha,  una  de  esas  piedras  curiosas  que 
atestiguan  evidentemente  un  culto  sanguinario.  Mide  seis  metros 
diez  i  nueve  centímetros  de  largo  por  un  metro  treinta  i  ocho 
centímetros  de  ancho.  Dos  gradas  que  parecen  haber  servido  de 
asientos,  han  sido  ahondadas  en  cada  uno  de  los  costados  latera- 
les. Al  lado  de  estas  gradas  hai  tallada  una  pequeña  escalera  que 
conduce  a  la  cúspide,  formada  de  una  superficie  mas  o  menos 
plana.  Esta  escalerilla  no  parte  de  la  base  de  la  piedra,  sino, 
mas  o  menos,  como  desde  la  tercera  parte  de  su  altura,  lo  que 
hace  pensar  que  estaria  enterrada  hasta  el  nivel  de  la  primera 
grada.  Se  ha  escavado  en  la  cúspide  varios  asientos,  dos  hacia 
el  lado  norte  i  uno  hacia  el  éste.  El  lado  del  sud  presenta  re- 
gueras ahondadas  en  la  piedra,  perfectamente  marcadas.  Se  di- 
rijen  por  una  pendiente,  al  principio  mui  poco  sensible,  i  en 
seguida  mui  rápida,  a  dos  cavidades,  que  tienen  la  apariencia  de 
depósitos  i  a  la  vez  de  salida  para  el  sobrante.  Todavía  puede 

7.  Déc.  V,  páj.  95,  ed.  cit. 

8.  Véase  a  Gomara,  Hist.  de  las  Indias^  lib.  IV;  Cieza  de  León,  Crónica 
cap.  XIX;  Acosta,  lib.  V,  cap.  XVIII;  Zamora,  Costumbres  de  indas  ¡as  gentes^ 
lib.  III,  páj.  298;  Levinio  Apollonio,  De  Pertivtae  'Jnvetitione^  lib.  I,  páj  37; 
Balboa,  Historia  del  Perii^  cap.  VIII;  Beiizoni,  Istoria  dil  Nuovo  Mundo^ 
lib.  III,  cap.  XX;  Montesinos,  Memorias  antiguas,  passin,  i  Betanzos,  cit.  por 
García,  Orijcn  de  los  Indios;  Herrera,  Déc.  V,  lib.  IV,  cap.  IV,  i  por  fin  a  Pres- 
cott,  lib.  I,  cap.  III,  i  a  Ondegardo,  Relación  segunda^  M.  S.,  i  Sarmiento,  M. 
S.,  ambos  citados  por  el  autor  norte  americano.  Rivero  i  Tschudi,  Antigüedades 
peruanas^  páj.  194. 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  219 

verse  sobre  la  superficie  horizontal  de  la  cumbre  ocho  pequeñas 
concavidades  escavadas  en  línea  i  sin  ninguna  comunicación  en- 
tre sí.  Estas  concavidades  i  las  regueras  que  se  encuentran  sobre 
un  plano  inferior  i  que  conducen  a  los  depósitos  de  los  residuos, 
constituyen  un  aparato  completo  para  que  pudiese  correr  la  san- 
gre de  las  víctimas.  La  sangre  debia  ser  recojida  en  vasos  colo- 
cados al  pié  de  los  recipientes  del  sobrante. 

aLa  poca  regularidad  de  esta  disposición  obedecia  probable- 
mente a  un  sistema  calculado  conforme  a  los  dictados  de  la 
ciencia  augural.  La  dirección  que  tomaba  la  sangre  en  estos  di- 
ferentes surcos  debia  ser  interpretada  por  los  sacerdotes,  que  de 
ahí  sacaban  sin  duda  sus  pron(5sticos. 

ccNo  se  puede  afirmar  con  la  sola  impresión  que  deja  este  monu- 
mento que  sirviese  para  sacrificios  humanos;  pero  no  se  puede  ne- 
gar, sin  embargo,  que  no  haya  sido  regado  con  la  sangre  de  las 
mismas  víctimas,  cualesquiera  que  ellas  hayan  sido.  Ahora,  si 
comparamos  con  esta  descripción  i  el  dibujo  de  la  piedra  de  que 
tratamos,  las  relaciones  de  los  cronistas  españoles,  no  podemos 
en  manera  alguna  dudar  que  esta  piedra  no  haya  servido  para 
sacrificios  humanos  antes  del  último  siclo  de  la  dominación  de 
los  Incas.*"*» 

El  mismo  M.  Desjardins  refiere  que  en  la  mitad  del  camino 
entre  Guamanga  i  Andahuailas,  se  encuentra  una  roca  inclinada 
en  la  dirección  de  la  pendiente  del  cerro  donde  se  halla,  i  que 
en  ella  hai  una  escavacion  de  donde  nace  un  surco  o  reguero  de 
tres  milímetros  de  ancho  por  otros  tanto  de  profundidad,  que  se 
bifurca  a  la  distancia  de  veinte  i  cinco  centímetros,  formando 
cada  uno  de  los  regueros,  a  partir  de  la  bifurcación,  diferentes 
zigzags.  Esta  piedra,  concluye  nuestro  autor,  que  parece  haber 
servido  para  los  sacrificios  humanos,  no  presenta  ningún  adorno 
i  es  probable  que  haya  pertenecido  a  las  mas  antiguas  edades 
relijiosas  del  Perií.^^ 

La  piedra  en  que   sacrificaban   hombres  los  mejicanos,  dice 

9.  Le  Perón  avant  ¡a  conqucte  cspagnoles  París,  1858,  pájs.  132  i  sigts . 

10.  Id.,  páj.  135. 


220  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

Torqiieinada,  era  de  una  braza  de  largo,  media  vara  de  ancho  i 
una  tercia  de  alto,  añadiendo  algunos  que  era  da  manera  de  pi- 
rámide.^D 

Por  lo  que  se  refiere  a  Chile,  como  ya  en  mas  de  una  ocasión 
se  ha  advertido,  cualquiera  que  sea  el  punto  que  se  examine  de 
su  antigua  historia,  es  indudable  que  debe  distinguirse  la  época 
i  territorio  en  que  se  ejerció  la  dominación  peruana,  de  aquellos 
tiempos  i  lugares  que  se  conservaron  mas  o  menos  libres  de  toda 
influencia  estraña. 

Así,  por  lo  que  toca  a  la  averiguación  de  si  hubo  en  lo  anti- 
guo sacrificios  humanos  entre  los  chilenos,  debemos  decir  que 
las  presunciones  afirmativas  que  se  presentan,  deducidas  de  he- 
chos materiales,  deben  referirse  a  la  influencia  peruana.  Es  cons- 
tante, como  se  ha  visto,  que  en  el  imperio  de  los  Incas  se  cele- 
braba el  sacrificio  de  hombres,  i  como  consecuencia  natural, 
que  debió  estenderse  a  las  naciones  que  les  estuvieron  sometidas. 
I  las  pruebas  a  que  ha  ocurrido  M.  Desjardins  creemos  que  pue- 
den también  establecerse  entre  nosotros. 

En  efecto,  no  lejos  del  pueblo  de  Curacaví  se  encontraba  una 
piedra  que,  como  se  verá  por  la  representación  que  damos  de 
ella  en  la  figura  2,  coincide  en  su  forma  jeneral  i  en  sus  detalles 
casi  en  un  todo  con  la  que  existe  cerca  del  Cuzco.  La  nuestra 
es  mas  pequeña  i  como  tal  carece  de  los  asientos  o  peldaños  es- 
cavados en  la  otra,  porque  por  sus  cortas  dimensiones  no  los 
necesitaba;  pero,  por  lo  demás,  los  surcos  que  comunican  las  di- 
ferentes secciones,  las  concavidades  destinadas  a  servir  de  depó- 
sito, etc.,  etc.,  todo  revela  que  este  monumento  no  ha  podido 
deber  su  oríjen  sino  a  un  antecedente  análogo  que  aquel  que 
señala  Desjardins.  Nuestra  figura  la  representa  de  un  octavo  del 
tamaño  natural.  Afecta  una  forma  algo  redondeada,  cuyos  can- 
tos tienen  muestras  manifiestas  de  haber  sido  labrados  con  gran- 
des  golpes,  arrancando  del  cuerpo  de  la  piedra  trozos  mas  o 
menos  grandes  e  irregulares.  La  superficie  superior  está  dividida 

II.  Monarquía  indiana^  t.  II,  páj.  116. 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  221 

en  dos  distintos  planos  superpuestos,  de  los  cuales  el  de  mas 
abajo  está  provisto  de  tres  cavidades,  i  el  de  mas  arriba  de  seis, 
colocadas  en  dos  diversas  líneas  paralelas  i  con  un  descenso 
irregular  pero  constante  desde  la  parte  superior  a  la  inferior.  La 
cavidad  primera  de  la  izquierda  apenas  está  diseñada  i  tiene  a 
su  vez  una  inclinación  hacia  el   lado  de  afuera,  comunicándose 
con  las  dos  restantes  del  mismo  plano   por  pequeñas  canales,  la 
última  de  las  cuales  se  ensancha  notablemente  en  la  cavidad  de 
la  derecha  estrema  para  dar  paso  a  los  líquidos  que  debian  reci- 
bir los  depósitos  del  segundo  plano.  Estos  depósitos  están  aisla- 
dos entre  sí,  pero  con  la  corriente  que  desciende  de  arriba  se 
llenan  uno  por  uno,  o  a  la  vez,  según  sea  la  fuerza  i  abundancia 
del  líquido  que   desciende  de  la  parte  alta.   Las  cavidades  del 
primer  plano  superior  comunican  entre  sí  también  por  medio  de 
canales  adecuadas.  Derramando  agua  sobre  la  cavidad  mediana 
de  la  estremidad  superior,  se  nota  que,  siendo  en  poca  cantidad, 
baja  inmediatamente  a  las  cavidades  dispuestas    mas  abajo,  sin 
tocar  a  las  de  los  lados;  pero  tan  pronto  como  la  cantidad  de 
cigua  derramada  aumenta,  se  comunica  a  la  cavidad   de  la  dere- 
cha, de  donde  pasa,  descendiendo  por  el  canal  principal  de  ese 
mismo  lado,  a  los  recipientes  del  segundo  plano.   La  manera  de 
llenarse  los^ respectivos  receptáculos  es  enteramente  arbitraria  i 
depende,  en  todo  caso,  de  la  fuerza  i  cantidad  del  líquido  derra- 
mado, lo  que  demuestra  que  el  artífice,  si  buscaba  este  fin  en  la 
construcción  de  esta  piedra,  lo  obtuvo  completamente.  Lo  in- 
cierto i  variable  debia  ser  el  primer  carácter  que  resultaba  del 
sacrificio  de  una  víctima  en  este  altar. 

Debe  advertirse  que  como  comprobante  de  las  funciones  a 
que  estaba  destinada  esta  curiosa  piedra  es  del  caso  recordar  que 
el  pueblo  que  mas  inmediato  a  ella  se  encuentra  i  que  tiene  una 
denominación  indíjena,  significa  en  araucano  la  piedra  del  ca- 
huín^ {Cura-cahiníi)  esto  es,  la  piedra  de  la  algazara,  del  desor- 
den, o  el  convite  para  funerales,  según  Carvallo,^"  lo  que  demues- 

12.  Historiadores  de  Chile ^  t.  X,  páj.  158. 


22  2  LOS   ABORÍJEKES    DE   CHILE 

tra  que  en  sus  alrededores  o  cerca  de  ella  tenían  lugar  fiestas  i 
reuniones  de  importancia. 

Es  verdad  que  por  el  examen  i  colocación  de  los  depósitos  i 
surcos  piensan  algunos  que  esta  piedra  ha  podido   servir  para  la 
fabricación  de  la  chicha;  pero  esta  opinión  parecerá  poco  funda- 
da si  se  tiene  presente  que  la  crónica,   tanto    antigua  como  mo- 
derna, no  recuerda  en   sus   minuciosos  anales  el  empleo  de  un 
aparato  semejante,  i  es  sabido  que  en  los  pueblos  poco  cultos, 
esos  aparatos  domésticos  son  siempre  copiados  unos  de  otros,  lo 
cual  daria  a  entender  que  esas  piedras  debieron  ser  comunes  en 
Chile,  cosa  que  es  de  todo  punto  inexacta.  Ademas,  ni  la  escasa 
capacidad  de  los  recipientes,   ni   su  colocación  son  adecuados 
para  aquella  fabricación.  Por  el  contrario,    consta   que  los  arau- 
canos han  usado   siempre   para  la  confección  de   sus  bebidas  las 
vasijas  de  greda,  o  troncos  de  árboles    ahuecados,  como  los  que 
hoi  acostumbran. 

Se  encuentran  también  en  Chile  algunas  piedras  semejantes  a 
la  que  M.  Desjardins  describe  como  existente  en  el  camino  de 
Andahuailas.  Puede  aún  decirse  que  son  abudantes  en  las  pro- 
vincias centrales,  i  hacia  la  rejion  de  la  costa. 

Estas  piedras  se  hallan  invariablemente  en  la  falda  de  los 
cerros  poco  elevados  i  siguiendo  siempre  la  inclinación  de  la 
pendiente.  Todas  ellas  tienen  cuatro  agujeros  de  diferente  pro- 
fundidad, escavados  sin  seguir  un  plan  aparente,  mas,  salvo  una 
que  otra  rara  escepcion,  no  pueden  distinguirse  en  la  superficie 
surcos  que  comuniquen  entre  sí  estas  diferentes  cavidades.  En  la 
hacienda  de  la  Patagüilla,  en  las  inmediaciones  del  lugar  en  que 
fué  hallada  la  piedra  de  los  sacrificios  (que  está  ahora  en  San- 
tiago en  nuestro  poder)  se  notan  algunas  variantes  del  mode- 
lo jeneral  a  que  nos  hemos  referido.  Hai  una  de  ellas  que  cons- 
ta de  una  sola  cavidad:  forma  que  reviste  asimismo  otra  que  yace 
en  la  vecindad  de  Nancagua,  en  la  provincia  de  Colchagua. 

En  una  quebrada  de  la  Patagüilla  puede  verse  también  una 
piedra  cuadrangular  con  escavaciones  sucesivas,  i  no  lejos  de 
Curicó,  en  el  fundo  de  Peteroa,  hai  una  que  tiene  concavidades 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  223 

en  dos  de  los  lados  de  la  superficie  superior  i  que  por  su  gran 
tamaño  es  mui  digna  de  atención. 

Contrayéndonos  ahora  al  tipo  jeneral  de  estas  piedras,  que  es 
también  el  que  se  asemeja  mas  al  que  ha  dado  Desjardins,  bien 
sea  que  se  examine  alguna  de  la  Patagüilla,  una  que  existe  en 
Viluco,  casi  al  pié  del  cerrito  de  Collipeumo,  en  cuya  cumbre 
permanecen,  como  veremos  después,  los  restos  de  una  antigua 
fortaleza  peruana,  o  biejí  que  consideremos  otra  mas  pequeña  que 
figura  en  nuestra  colección,  debemos,  en  principio  reconocer  que 
no  han  estado  destinadas  a  sacrificios  de  ninguna  naturaleza.  Basta 
para  ello  examinar  su  sistema  jeneral,  sin  relación  alguna  con  las 
combinaciones  materiales  que  en  todas  partes  han  servido  siem- 
pre para  dictar  los  agüeros,  i  hasta  su  misma  colocación  en  la 
falda  de  los  cerros,  donde  no  habria  podido  mantenerse  un  gran 
concurso  déjente,  como  ha  sido  siempre  de  uso  en  las  ceremo- 
nias sagradas  de  todos  los  pueblos  antiguos  i  modernos. 

¿Cuál  ha  sido  entonces  el  fin  a  que  han  estado  destinadas?  En 
los  resultados  a  que  solo  se  llega  por  conjeturas  es  naturalmente 
imposible  emitir  como  cierta  una  opinión,  i  esto  no  lo  pretende- 
mos; pero  no  es  difícil  aventurar  una  hipótesis  que  el  ánimo  pueda 
acojer  sin  esfuerzo  i  la  razón  esplicarse  medianamente.  Ahora 
bien:  los  lugares  en  que  las  piedras  de  que  tratamos  se  encuen- 
tran, siempre  a  orillas  o  no  lejos  de  las  corrientes  de  agua,  dan 
a  entender  con  claridad  que  en  sus  contornos  estuvieron  edifica- 
das las  habitaciones  de  los  antiguos  chilenos,  costumbre  que  he- 
mos hecho  ya  notar  i  que  tiene  una  esplicacion  evidente,  como 
deciamos.  Hemos  indicado  igualmente  que  la  posición  de  las 
piedras  es  siempre  en  la  dirección  de  la  pendiente  del  cerro,  i 
por  fin,  que  los  agujeros  que  se  observan  en  su  superficie  asu- 
men diferentes  profundidades. 

Este  conjunto  de  particularidades  pudiera  hacernos  creer  que 
el  uso  que  tuvieron  dichas  piedras  entre  los  antiguos  chilenos 
debió  ser  el  de  un  juego.  Probablemente  consistia  en  acertar  a 
introducir  alguna  pequeña  piedra  o  tejo  dentro  de  cada  una  de 
las  cavidades,  i  contarse  los  tantos  al  jugador  según  fuese  aquella 


224  ^OS   ABORIJENES    DE    CHILE 

en  que  lograse  colocar  su  tejo.  No  debe  parecer  estraña  esta  hi- 
pótesis si  todavía  se  observa  que,  según  los  testimonios  de  los 
cronistas,  han  sido  siempre  abundantes  entre  los  araucanos  los 
juegos  de  destreza  i  especialmente  aquellos  que  podian  tener  al- 
guna relación  con  los  ejercicios  de  la  guerra. 

Mas,  si  parece  posible  avanzar  una  hipótesis  respecto  del  uso 
a  que  estas  piedras  estuvieran  destinadas,  en  los  historiadores  de 
las  cosas  del  Perú  podemos  encontrar  datos  positivos  que  resuel- 
ven la  dificultad. 

Desjardins  apunta  lo  siguiente  respecto  del  oríjen  del  respeto 
i  veneración  que  por  las  piedras  tenian  los  peruanos.  «Viraco- 
cha, octavo  inca,  dice,  declaró  a  su  pueblo  que  en  sus  conquistas 
no  solo  habian  vencido  al  enemigo  los  soldados,  sino  especial- 
mente los  hombres  con  barba  que  el  Sol  habia  hecho  nacer  de 
las  piedras  del  valle  durante  el  combate...  Añadió  que  estas  pie- 
dras serian  fáciles  de  reconocer  i  que  convenia  honrarlas  con  un 
culto  especial.  De  ahí  es  de  donde  viene,  al  menos  en  parte,  el 
respeto  de  los  peruanos  por  las  piedras.  Esta  suerte  de  idolatría, 
a  la  cual  se  halla  mezclada,  como  se  vé,  una  especie  de  recuerdo 
patriótico,  sobrevivió  a  la  conquista  i  aún  a  la  conversión  de  los 
indios  al  cristianismo.  Hasta  el  presente  no  se  han  estinguido  del 
todo  sus  huellas.  Los  indios,  cuando  suben  alguna  eminencia,  con- 
servan todavía  la  práctica  de  proveerse  de  alguna  piedra,  que  de- 
positan en  seguida  en  lo  alto  de  la  pendiente.»  (cCreo  que  las  pie- 
dras que  se  depositaban  en  la  cima  de  las  montañas  se  llamaban 
apachetasPí)  (cCosa  mui  usada  antiguamente,  i  ahora  (1621)  no  lo 
es  menos,  dice  Arriaga,  que  los  indios  cuando  suben  algunas 
cuestas,  o  se  cansan  en  el  camino,  llegando  a  alguna  piedra  gran- 
de, que  tienen  ya  señalada  para  este  efecto,  escupir  sobre  ella  (i 
por  eso  llaman  a  esta  piedra  Tacanea)  coca  o  maíz  mascado; 
otras  veces  dejan  allí  las  ujutas  o  calzado  viejo,  o  la  huaraca,  o 
unas  soguillas  o  manojillos  de  paja,  o  ponen  otras  piedras  peque- 
ñas encima,  i  con  esto  dicen  que  se  les  quita  el  cansancio.  A  es- 

13.  Garcilaso,  Coméntanos^  I,  c.  IV. 


CAP.    IX. — LOS    ARAUCANOS  225 

tos  montoncillos  de  piedra  suelen  llamar,  corrompiendo  el  voca- 
blo, apachitaSy  i  dicen  algunos  que  los  adoran,  i  no  son  sino  las 
piedras  que  han  ido  amontonando  con  esta  superstición,  ofrecién- 
doles a  quien  les  quita  el  cansancio  i  les  ayuda  a  llevar  la  carga, 
que  eso  t^apachituD...  Bollaert  añade  todavía  con  mas  precisión, 
con  motivo  de  estas  piedras  con  cavidades  que  vio  en  uno  de  los 
desfiladeros  de  los  Andes,  que  cdos  indios,  antes  de  entrar  en  el 
paso,  depositan  sobre  ellas  algunas  pocas  cuentas  de  vidrio,  un 
poco  de  comida,  o  alguna  otra  oferta  propiciatoria  al  jénio  que 
preside  en  el  lugar  o  dispone  de  las  tempestades.^^ 

Pero,  si  todo§  estos  antecedentes  obran  manifiestamente  en 
apoyo  de  la  importación  peruana,  dudas  graves  se  presentan  tan 
pronto  como  se  trata  de  averiguar  la  época  en  que  este  culto  de 
las  piedras  i  con  mas  especialidad  el  de  los  sacrificios  humanos 
tenia  lugar  en  el  Perú.  En  efecto,  ya  hemos  visto  que  el  auto-, 
rizado  M.  Desjardins  emitia  la  idea  de  que  estos  hechos  han  de- 
bido verificarse  en  los  oríjenes  de  la  civilización  de  los  Incas,  i 
en  verdad  que,  como  lo  recuerdan  la  jeneralidad  de  los  arqueó- 
logos, los  trabajos  en  piedra  que  se  encuentran  en  el  territorio 
peruano,  no  pueden  referirse  sino  a  aquellos  remotos  tiempor. 

Siendo  este,  pues,  un  principio  tan  universalmente  adoptado, 
¿cómo  referir  a  la  influencia  peruana  los  monumentos  de  piedra 
que  se  conservan  en  nuestro  suelo  cuando  sabemos  que  las  con- 
quistas de  los  Incas  apenas  si  se  iniciaron  en  Chile  a  mediados 
del  siglo  XV?... 

Para  penetrarse  todavía  mas  de  esta  dificultad  conviene  recor- 
dar que  en  el  territorio  de  Chile  se  encuentran  inscripciones  je- 
roglíficas en  rocas  de  la  cordillera,^'^  i  que  ademas  de  las  piedras 
horadadas  tan  abundantes  en  nuestro  suelo,  no  es  difícil  señalar 

14.  Extirpación  de  la  idolatría  del  Pirú^  páj.  37;  Antiqnarian  resé  a  relies  y 
€tc.^  páj.  182. 

15.  En  la  pajina  46  liemos  descrito  la  piedra  con  jeroglíficos  que  existe  en  la 
cordillera  de  Ciuqiienes  i  que  dibujamos  con  el  número  232  de  nuestras  lámi- 
nas. Es  indudable  que  nuestros  antepasados  tenian  noticias  de  otros  monumen- 
tos semejantes,  acabo  todavía  mas  interesantes,  pues  el  abate  Molina  refiere  en 
la  pajina  27  de  su  Historia  civil  quQ  en  Chile  «se  ven  algunas  efijies  de  hom- 
bres esculpidas  en  ciertas  piedras»,  cuya  ubicación  al  presente  ignoramos. 

30 


í2^  IjCS  a5C5c:;£:*:i3  zs  chile, 

otrá.\  mi^vCrai  d*  rriia'-»  i-il  zuirüj  marería:.  coma  lo  veremos 
áf:r,tT'j  át  zicj  al  hailar  ie  '.a  --r.ii5rrla  ínirena. 

P-^o.  ci-/.:al.T.tr.:e  éíco.  ú'.iizia  circr.zstancia   es  quizá  la   que 
v'.tTít  a  complicar  la  d-¿c::l:ai.  E-  ríV.::.  a  ao   tratarse  sino  de 

rj\  m^riíi.Txer.t's  ¿t  c:tn3.  :r:i  :r:az:ix  3  rr.ejor  dicho,  de  aqiie- 
l>y->  'j;e  lian  zjoá.i:^  ccniemrsr  ficiliiií-re  merced  al  solo  tras- 
c  ;rv>  dtl  r:e:np'j.  c  j:nj  scr  1^3  ririris  simadas  en  las  pendien- 
tes de  l'j:^  ctTt'js  i  erras  ana. :zi¿-  poirla  coa  probabilidades 
adinítífve  C-ziaj  principij  jeneral  q.ie  I35  trabajos  engpranito  son 
anteriores  a  la  conquista  perr.ana.  i  en  parte  anteriores  aún  a  la 
raza  ciivos  descendientes  c  onceen:  ?s.  Tal  es  al  menos,  como  lo 
hemos  hecho  notar,  ia  opinión  prc¿:minan:e  de  los  anticuarios 
reíipecto  de  ias  rocas  que  tienen  inscripciones  jeroglíficas.  Pero 
¿cómo  admitir  que  los  cetros  Je  piedra,  que  los  vasos  de  mármol 
i  algunos  otros  objetos  semejantes  i  de  un  oríjen  incuestionable- 
mente índíjena,  hayan  podido  venir  desde  tan  antiguo?  Se  espli- 
ca  que  las  grandes  rocas,  que  naturalmente  han  debido  conser- 
varse en  el  mismo  lugar,  tengan  una  procedencia  remota,  pero 
es  difícil  concebir  que  objetos  pequeños  i  delicados  se  trasmi- 
tan al  través  de  largas  jeneraciones  en  pueblos  incultos,  sin  su- 
frir ni  siquiera  deterioros.  Esto  indica,  por  lo  tanto,  que  deben 
su  existencia  a  la  misma  jeneracion  que  ha  sabido  conservarlos  i 
estimarlos. 

Con  tales  antecedentes  es  necesario  reconocer  que  el  trabajo 
de  las  piedras  ha  sido  entre  nosotros  común  tanto  a  las  primeras 
razas  que  lo  poblaron  i  a  las  cuales  deben  atribuirse  las  inscrip- 
ciones jeroglíficas,  como  a  lasque  dominaban  en  el  país  al  tiempo 
de  la  conquista  castellana.  La  invasión  de  los  Incas  ejerció  poca 
influencia  a  este  respecto,  pues  si  en  los  sepulcros  de  oríjen  ma- 
nifiestamente peruano  se  encuentran  en  las  provincias  del  norte 
algunos  objetos  de  piedra,  también  se  hallan  en  abundancia  las 
hachas  de  este  mismo  material  en  Valdivia  i  Chiloé. 

Descartando  ahora  esta  cuestión  de  principios  i  tratando  de 
pronunciarse  soljre  la  época  de  los  sacrificios  humanos  en  este 
país,  que   es  lo  que  ha  motivado   esta  digresión,  nos  apartamos 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  22/ 

completamente  de  la  aserción  del  dominicano  Fernandez  que 
da  como  cierta  su  vijencia  al  tiempo  de  la  venida  de  los  espa- 
ñoles, i  pensamos,  por  el  contrario,  que  si  hai  indicios  vehemen- 
tes de  que  hayan  existido  alguna  vez,  esto  no  ha  debido  suceder 
sino  en  una  época  mui  primitiva.  Los  minuciosos  cronistas  de  la 
colonia,  sin  esceptuar  al  mismo  Rosales,  guardan  profundo  si- 
lencio sobre  el  particular,  lo  que  sin  duda  alguna  no  hubiese  su- 
cedido si  en  sus  investigaciones  hubiesen  llegado  siquiera  a  sos- 
pechar tan  curioso  antecedente,  porque,  como  todos  sabemos, 
relijiosos  hasta  el  fanatismo,  por  la  época,  por  su  nacionalidad  i 
en  muchos  por  su  profesión,  no  era  posible  que  hubiesen  olvi- 
dado consignar  en  sus  escritos  una  práctica  abominable  que  el 
cristianismo  hubiese  venido  a  desterrar  de  las  bárbaras  costum- 
bres de  los  naturales. 

Ademas,  es  constante   que   el  rito  de   los   sacrificios  humanos 
no  ha  llegado  a  existir,  por  regla  jeneral,  sino  en  aquellos  pueblos 
ardientes  admiradores  de  la  pompa  del  culto  esterno,  fanatizados 
por  los  sacerdotes,  i  que,  en  todo  caso,  han  alcanzado  alguna  vez 
s  constituir  grandes  masas  de  hombres  gobernados  por  reyes  in- 
vestidos de  un  poder  absoluto.  Esto  es  lo  que  se  ve  en  la  India 
asiática,  i  esto  era  lo  que   sucedia  en    Méjico   cuando  llegaron 
los  españoles.  Pero  en  Chile  no  hubo  jamas,  al  menos  desde  mu- 
cho antes  de  la  invasión  peruana,   una  verdadera  nación,  ni  mo- 
narca, ni  poderes  públicos,  ni  ninguna  de  aquellas  circunstancias 
que  en  otras  partes  han  coincidido  con  la  institución  de  los  sa- 
crificios humanos.  «Esta  práctica,  dice  Lubbock,  revela  en  efec- 
to, un  profundo  sentimiento  relijioso,  pervertido   por  una  falsa 
idea  del  carácter  de  la  divinidad.^S 

Si  hubiéramos,  pues,  de  admitir  la  existencia  de  los  sacrificios 
humanos  en  alguna  época  de  la  vida  de  nuestro  país,  ella  no  ha 
podido  tener  lugar  sino  cuando  dominaba  su  suelo  aquella  raza 
primitiva  que  ha  dejado  huellas  de  su  paso  en  lo  alto  de  las  cor- 
dilleras, i  que,  según  la  creencia  de  los  autores,  debió  ser  mu- 

16.  nhotnme prchisiorique^  páj.  363. 


'»::  1-.    ir-í    ..'!.-' .:-:r ..;. i   .  :^    ,    .::r^     -:nec:er~n  en  parte  los  n. 
-fi        .í^rri    .;:*-      n-i.- "ri.i.-.  r  '  .1   r  :.:er"n  a  c<rrellarse  mas  tarde 
r,^    ,r.í-   r     ...  i,,*;.  ;:    i.^cT:-:  .;r:.  -.  '.^r"    lue  "^or  íQ  relativo  atraso 
i'o    •.  n^'^  ..:".^':    :.^  -t:  r-r..::.i  :r   T^día  :eiebrar  el  sacrificio  de 

r..j  :•>-  ,r  ■ .',;-.  ^r-;r-r.r-  :.'i  .Mir.atii:-  rt  aserto  un  tanto  lijero 
í'r  .'¡cfür.,  ^  --:*:;--  r—:  .í:.tr...i  :.t  ..  s  acrrñcios  Iinmauos,  es  la 
>r ;,:;;,,  ;.  r-  -rr.-  rr.rr-:  .  -'  ;r;í:¿2.n-:5  ie  uiraño,  conocida  con 
'•■  Ki-'í^iT':  Ir  ,"'■/..:;■.■;  ;;  cr'rir.  r:  Tiiiire  Ü-un i rez. Este  cronista 
¡í'.--;  íi.>:  -jJi*^  . .^  zruir-r  ;-  .>ij":I:a.  icCTin  -:ii5  adinapiis  o  usanzas 
"*-iM  I'urñ-^s  i:;s.,=  ¡r.:'.  ic:  ..i  '*-.:j.  ie  v.ii  '.lijos  i  de  sus  mujeres  i 
^■}  >M^  )or.- l.,;lr-"l^  ..;S  niirilj.:::!.-:  .  Liban  *. a  muerte  sin  piedad 
;v  .!i'-^!-' «:..r  !;ri,  :  :..n  ^  ^  ::r:.'^:  r.cr:^  ic  nierra,  aunque  fuesen 
v.^  '\^/'\f\*,^  '>  :")r,r.r:rit.::'=i,   ivii^'in  jr'icriiiadcs '.nauditas... 

^\  ^.^^.>s  ;riCt  .íio;.  s  :i;:ii-.t.:s  larhar:)*  llamaban  el  Pruloncion 
^p  oiní-.v  I»*  '.rt  -.-;i:r.-.r:a  i  '.laiie  ie  '.a  cabeza...  i  lo  ejecutaban  de 
^•^^^ü  lírineri. '  •...f-'-irj  .inesar  ie  auc  ja  acmos  descrito  en  jeneral 
^^f^\  ^^r^^Ti'^.Tii'i.  .i':rrimcs  rrifcrrir.  czaii:  ^íjcinoio.  uno  de  esos  casos 
/»»  v"i;V¡.r,.,  Xiifíezde  Pineda,  que  cor  ser  escritor  de  época  mas 
>*fir¡'/'i>f  i  tf/y,t\'y^,  presencial.  nt:s  parecerá  mas  digno  de  fé. 

^Or;in''l^;  f'\6  í:i  >nsto  i  pesar  q'ie  recibú  cuando  vi  venir  nna 
prof y'y\r,Ti  tninultuoí^a  de  demonios  ea  demanda  de  nuestro  alo- 
(;i»/ii^rito,  con  sus  armas  en  las  manos,  i  a  un  mozo  pobre  sóida* 
f]o^  (If)  |/,s  qnc  ¡levaban  cautivos,  en  medio  de  ellos,  liadas  para 
'Mr'fi'>  l;i';  iririnos,  tirándole  un  indio  de  uaa  soga  que  llevaba  al 
(  imIIo. 

'í  í/l^^/iroi)  fif;  f!>tíi  m  inera  al  ranchiielo  que  habitábamos  i  aun- 
tfiíh  M»í  íimo  fxnis/i  salir  dé!,  conociendo  la  intención  con  que 
vhu'iiw,  hi\hu'Ui\f}  hecho  alto  todos  juntos,  en  un  pradecillo  que 
^n]fir  fMi;i  \tf\w\  rasa  era  lo  mas  enjuto,  fueron  enviados  dos  de 
inq  Miim  |Frin<:ip;iUs  a  llamarle,  que  conmigo  estaba  dentro  de  la 
I  liM/;i,  fiiMsfi;inf|o  líinto  pesar  como  el  disgusto  que  a  mí  me 
ii»  ••m|i;in:ilin.  1  (íiino  en  las  juntas  de  parlamentos  no  se  puede 

I ,   I  '*»^tftivtf,  lili  I,  líip.  ni. 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  229 

excusar  ninguno,  que  son  a  modo  de  consejo  de  guerra,  le  fué 
forzoso  acudir  al  llamamiento  i  llevarme  a  su  lado... 

«Seguimos  a  los  dos  caciques  mensajeros  i  llegamos  al  lugar 
adonde  nos  aguardaban  los  demás  ministros  i  soldados;  i  luego 
se  fueron  poniendo  en  orden  según  el  uso  i  costumbres  de  sus 
tierras;  i  esta  era  mas  ancha  que  la  cabecera,  adonde    asistian 
los  caciques  principales  i  capitanes  de  valor.  En  medio  pusieron 
al  soldado  que  trajeron  liado  para  el  sacrificio,  i  uno  de  los  ca- 
pitanejos cojió   una  lanza  en  la  mano,  en  cuyo  extremo  estaban 
tres  cuchillos,  a  modo  de  tridente,  bien  liados;  i  otro  tenia  un 
toque^  que  es  una  insignia  de  piedra  a  modo  de  una  hacha  asti- 
llera,  que  usan  los  regues,  i  está  en  poder  siempre  del  mas  prin- 
cipal cacique,  a  quien  llaman  toque^  que  es  mas  que  cacique  en  su 
parcialidad,  que,  como   queda  dicho,  es  lo  que  llaman   regué.  I 
esta  insignia  a  modo  de  hacha,  sirve  en  los  parlamentos  de  matar 
españoles,  teniéndola,  como  he  significado,  el  que  de  derecho  le 
toca;  i  és  el  primero  que  toma  la  mano  en  hablar  i  proponer  lo 
que  le  parece  conveniente.  I  si  este  tal  gobernador  o  toque  es 
mui  viejo,  o  poco  retórico,  suele  sostituir  sus  veces  i  dar  la  ma- 
no a  quien  le  parece   entendido,  capaz  i  discreto;   que  adonde 
quiera  tiene  su  lugar  él  buen  discurso,  i  entre   estos  bárbaros  se 
apropia  el  orador  insigne  el  nombre  de  encantador  suave,  cuyo 
título  dieron  a  los  predicadores  las  antiguas  letras,  como  lo  notó 
San  Jerónimo  sobre  el  lugar  del  profeta  Isaías,  que  en  algo  se 
asemejan  estos  naturales  a  los  pasados  siglos.  Cojió  en  la  mano 
el  toque,  o  en  su  lugar,  una  porra  de  madera,  que  usaban  enton- 
ces, sembrada  de  muchos  clavos  de  herrar,  el  valiente   Putapi- 
chun,  como  mas  estimado  cacique,  por  soldado  de  buena  dispo- 
sición i  traza  en  la  guerra,  i   en  el  lenguaje  veloz  i  discreto.  I 
haciendo  la  salva  a  todos  los  compañeros,  habiéndose  puesto  en 
pié  en  medio  de  la  plazoleta  o  calle  referida,  se  acercó  adonde  [a] 
aquel  pobrecito   soldado  le  tenian   asentado  en  el  suelo,  i  desa- 
tándole las  manos,  le  mandaron  cojer  un  palillo,  i  [que]  del  fuese 
quebrando  tantos  cuantos  capitanes  valientes  i  de  nombre  se  ha- 
llaban en  nuestro   ejército.  I  como  el  desdichado  mozo  era  no- 


iii: 


11; 

1 

i. 


í 


H 


r 
I 


-«•■** 


*      I'Tt    I^E 


<»•  I 


/       r 


'  ,         , 


:  -rr    :.i::ii::tr'   i  x  -iacjr  ja 

.  *.  -:  •'    -7;    i'ie  ii:a  ^arjiíiiiaad 

'  '     '  '       ■  ',-:■,       ,.,....    -.-.  _'-,r  i:i  órdea  i  con  eí  m 

'"*'  '''  ^  '  '  '  ■  '  '.■;..'.,  :  '.  .*:  '■•í:r..4  r:i  V.que,  qiie  le  puso  en 
iM  11./,  ,/s,../  ';:../•.,./...  '..'.:*;.  0=  con  la  derecha.  ílon  es 
•■'  '•"''"»  '»  M.  l-i:;i."-;  .  :;.,'■:/ O;,  i  quedó  solo  Piitapichun,  q 
'"'  '  '  '1'"  '' '  «''i'''  I'/ . '  li^iJl.!'.^  i  i'\  que  estaba  con  el  trjque  en  n: 
•''"  •'•    I  •  •  •"'  ,  '  II  |M'',  I  dió  prirK;i()io  a  sil  parlamento  con  gran 

''••'•'  •' '•'  1)1. 1     |/i  rjiir  ;ií:ostiiMil)raI)an   hablando   con  ca 

*'""  •'•  '"  »  •  "•  iiM;l,in|r';,  d;tiido  principio  por  los  mas  antiguo 
I'  ■'  '"  ■  M*"  •"  "•  '»  .nhpiind,!  por  sí  mayor  estimación  i  aplaus 
''"  ''  "I  '  «  '»   di  I  \  ...•     lili  !■;  \  c'id.id  rsli\  fulano?  a  que  respom 

'*'  »•'»•  I  I  í .  •  V.'.  7./  i|iif  M'  ns.i  rnlu*  rllos,  que  es  como  dec: 
^ '    '   »•'    •' »  ■  »•».♦•  liHits  n -Mr  I  si  alguno  mas  retórico  o  pr 

*  ''.  '  »  ' »  ^  ^*■^  \^\\  \^  i,r.MU'>i  vld.a.ir  su  respuesta  i  apovar  1 
1  ,  .     .         .      :,»  \  ,^  ^,  ^  ^».j  ^.'^,  ;.\i'v'.u   IV  esta  suerte  fué  hablanc 


I 


232  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

obligaron  a  hacer  (como  después  lo  significó  a  sus  amigos.) 
Allegóse  al  desdichado  mancebo  i  díjole:  ¿cuántos  palillos  tienes 
en  la  mano?  Contólos,  i  respondió  que  doce;  hízole  sacar  uno, 
preguntándole,  que  quien  era  erprimer  valiente  de  los  suyos.  Es- 
tuvo un  rato  suspenso,  sin  acertar  a  hablar  palabra,  ya  con  la  tur- 
bación de  la  muerte  que  aguardaba,  o  ya  porque  no  se  acordaba 
de  los  nombres  que  le  dijeron;  a  cuya  suspensión  el  maestro  de 
ceremonias  que  con  su  toque  asistia  al  ejecutor  del  sacrificio, 
habló  de  donde  estaba  i  le  dijo:  acaba  ya  de  hablar,  soldadillo. 
El  miserable  turbado,  pareciéndole  que  seguía  el  orden  como  se 
debia,  respondió  diciendo:  este  es  el  gobernador.  Replicóle  el 
Putapichun:  no  es  sino  Alvaro,  que  aquí  solamente  los  valientes 
conocidos  se  nombran  primero:  echadlo  en  ese  hoyo.  Con  que 
dejó  caer  el  palillo  como  se  lo  ordenaron.  Sacad  otro,  le  dijo 
mi  amo;  i  habiéndolo  hecho  así,  le  preguntó  quién  era  el  segun- 
do. Respondió  que  el  apo^  el  gobernador.  Echadlo  en  el  hoyo  i 
sacad  otro,  le  dijo;  con  que  fué  por  sus  turnos  sacando  desde  el 
maestro  de  campo  jeneral  i  sarjento  mayor  hasta  el  capitán  de 
amigos  llamado  Diego  Monje,  que  ellos  tenian  por  valiente  i 
gran  corsario  de  sus  tierras;  i  acabado  de  echar  los  doce  palillos 
en  el  hoyo  le  mandaren  fuese  echando  la  tierra  sobre  ellos,  i  los 
fué  cubriendo  con  la  que  habia  sacado  del  hoyo;  i  estando  en  es- 
to ocupado,  le  dio  en  el  celebro  un  tan  gran  golpe,  que  le  echó 
los  sesos  fuera  con  la  macana  o  porra  claveteada,  que  sirvió  de 
la  insignia  que  llaman  toque.  Al  instante  los  acólitos  que  estaban 
con  los  cuchillos  en  las  manos,  le  abrieron  el  pecho  i  le  sacaron 
el  corazón  palpitando,  i  se  lo  entregaron  a  mi  amo,  que  después 
de  haberle  chupado  la  sangre,  le  trajeron  una  quita  de  tabaco,  i 
cojiendo  humo  en  la  boca,  lo  fué  echando  a  una  i  otras  partes, 
como  incensando  al  demonio  a  quien  habian  ofrecido  aquel  sa- 
crificio. Pasó  el  corazón  de  mano  en  mano,  i  fueron  haciendo 
con  él  la  propia  ceremonia  que  mi  amo;  i  en  el  entretanto  anda- 
ban cuatro  o  seis  de  ellos  con  sus  lanzas  corriendo  a  la  redonda 
del  pobre  difunto;  dando  gritos  i  voces  a  su  usanza,  i  haciendo 
con  los  pies  los  demás  temblar  la  tierra.  Acabado  este  bárbaro  i 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  233 

mal  rito,  volvió  el  corazón  a  manos  de  mi  amo,  i  haciendo  de  él 
unos  pequeños  pedazos,  entre  todos  se  los  fueron  comiendo  con 
gran  presteza.^**» 

Pero,  llámese  a  esta  práctica  sacrificio  o  nó,  es  evidente  que 
no  revestia  carácter  alguno  de  homenaje  a  la  Divinidad,  que  es 
la  base  de  todo  sacrificio. 

Esto  nos  conduce  a  examinar  el  sistema  relijioso  de  los  anti- 
guos chilenos.  Por  lo  que  toca  a  la  época  anterior  a  la  invasión 
peruana.  Herrera  dice  con  verdad  que  aunque  en  Chile  habia 
multitud  de  supersticiones,  ano  tenian  que  ver  con  los  del  Cuz- 
co.^'d 

(cLos  indios  de  Chile,  agrega  frai  Alonso  Fernandez,  adoraban 
«1  sol,  la  luna,  i  otros  algunos  idolillos.^D  «En  lo  espiritual  no  re- 
conocen los  chilenos  relijion  alguna,  espresa  un  cronista,  aun- 
que varios  adoraban  el  sol.^b)  A  este  respecto  hace  notar  el  his- 
toriador don  José  Pérez  García,  que  es  de  estrafíar  que  los  natu- 
rales profesen  tanto  respeto  a  la  Anchimallhuen  «que  es  decir 
mujer  del  sol,  i  dicen  que  es  una  señora  joven  tan  bella  i  atavia- 
da como  benigna,))  cuando  no  tienen  ninguno  por  el  sol.^  El  je- 
suita  Olivares,  tratando  de  aprovechar  esta  contradicción,  dedu- 
ce de  ahí  que  la  tal  señora  no  podia  ser  otra  que  la  Vírjen/'^ 
Pero  la  verdad  de  todo  esto  es,  como  concluye  con  razón  el 
viajero  Frezier  que  (íjamás  se  ha  encontrado  entre  los  antiguos 
chilenos  ni  templos,  ni  vestijios  de  ídolos  que  hayan  adorado.^^» 
«Es  digno  de  reparo,  espresa  sobre  el  particular  Larsen,  que  ni  los 
indios  cobrizos  de  la  América  del  norte,  ni  los  Patagones,  ni  otros, 
están  inficionados  con  mitolojías  complicadas,  pues  nunca  han 
vivido  ociosos  i  sedentarios  para  ponerse  a  filosofar.  En  jeneral, 

18.  Nuñez  de  Pineda  i  Bascuñan,  Cautiverio  feliz  ^  pájs.  39,  40  i  sigtes. 

19.  Dec.  V,  páj.  95. 

20.  Historia  eclesiástica^  páj.  169,  Toledo,  161 1. 

21.  Quiroga,  Compendio  histórico  de  los  tn as  principales  sucesos  de  la  conquis- 
ta y  guerra  del  Rey  no  de  Chile^  páj.  100  del  tomo  XI  de  los  Historiadores  de 
Chile. 

22.  Historia  de  Chile  y  l¡b.  I,  cap.  X. 

23.  Historia  de  Chile ^  lib.  I,  cap.  XV. 

24.  Voyage^  t.  I,  páj.  100,  ed.  Amsterdam,  17 17,  8.** 

31 


234  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

las  niitolojías  son  hijas  del  clima. ..^))  Nótese,  sin  embargo,  que 
por  el  momento,  como  acabamos  de  espresarlo,  hablamos  de  la 
época  anterior  a  la  invasión  peruana,  pues  por  lo  que  se  refiere 
a  los  templos  i  a  los  ídolos,  mui  luego  tendremos  ocasión  de 
ocuparnos  de  ellos.  Ercilla  decía  ya: 

Jente  es  sin  Dios,  ni  lei,  aunque  respeta 
A  aquel  que  fué  del  cielo  derribado, 
Que  como  a  poderoso  i  gran  profeta 
Es  siempre  en  sus  cantares  celebrado/* 

Rosales,  que  es  uno  de  los  historiadores  que  mejor  ha  conoci- 
do a  nuestros  naturales,  los  califica  de  «los  mas  bárbaros  de  las 
Indias,  porque  ni  conocen  al  verdadero  Dios,  ni  tienen  otros 
dioses  falsos,  ni  ídolos  que  adorar,  i  así  no  saben  de  relijion,  cul- 
to ni  adoración,  ni  tienen  sacrificios,  ni  ofrendas,  ni  invocaciones. 
Solo  invocan  al  Pillan^  i  ni  saben  si  es  el  demonio,  ni  quien 
es...^»  «El  numen  a  quien  su  barbaridad  rendia  lij ero  culto, 
añade  don  Pedro  de  Córdoba  i  Figueroa,  porque  no  habia  nin- 
gún exceso  en  su  relijiosidad,  llamaban  Pillan  i  decían  que  habi- 
taba en  la  cordillera  o  volcanes,  haciendo  el  trono  de  su  deidad 
los  horrores  del  fuego  i  humo,  i  decian  que  los  truenos,  rayos  i 
relámpagos  eran  efecto  de  su  poder,  o  indicios  de  su  indigna- 
ción; i  cuando  esto  sucede,  le  invocan  a  voces,  mas  con  placer 
que  con  temor.  Solicitaban  tenerle  propicio  en  los  casos  arduos, 
principalmente  en  la  guerra  al  tiempo  de  acometer  a  los  enemi- 
gos. Vibrando  la  lanza  le  llaman  a  voces,  ceremonia  que  acos- 
tumbran no  solo  para  implorar  favor,  sí  también  para  espulsar  el 
pavor,  i  que  les  dé  espíritu  de  audacia  i  vigor,  lo  que  no  omiten 
aún  en  sus  juegos  de  chueca.^j) 

Mas,  prescindiendo  de  la  Anchimalhiien^  que,  según  este  mis- 
mo autor,  ales  noticiaba  de  lo  adverso  para  precaverlo  i  de  lo 
próspero  para  celebrarlo»,  por  lo  cual  era  reputada  como  la  dei- 

25.  America  mitc- colombiana  y  páj.  154. 

26.  La  Araucana^  canto  I. 

27.  Historia^  t.  I,  páj.  164. 

28.  Historia  de  Chile ^  páj.  26. 


CAP,    IX. LOS   ARAUCANOS  235 

dad  tutelar,  los  indios  reconocen  al  Mculen^  «que  significa  tor- 
bellino o  remolino  de  vientoD,  al  Eptinamiin^  junta  de  guerra, 
i  a  los  Huecuhiis^  que  eran  como  los  ministros  i  delegados  del 
Pillan,^  encargados  de  intervenir  especialmente  en  las  enferme- 
dades i  trabajos;  ^  pero  estas  eran  divinidades  desconocidas  en  la 
antigua  teogonia  araucana. ^^ 

Pero,  así  como  nuestros  naturales  carecian  de  toda  noción  de 
la  Divinidad,  en  cambio,  vivian  abrumados  de  supersticiones. 
Una  de  las  mas  curiosas  es  la  que  se  refiere  al  moscardón,  ((al  cual 
tienen  por  alguna  alma  de  la  otra  vida,  i  tan  asentado  eso,  que, 
si  estando  uno  enfermo,  entran  moscardones  en  su  rancho,  luego 
le  lloran  por  muerto  i  dicen  que  son  las  almas  de  sus  parientes 
que  vienen  por  él,  i  cuando  acuden  a  las  borracheras,  porque 
hai  carne  muerta,  dicen  que  son  los  parientes  que  vienen  también 
a  holgarse  i  abeber^Jí).  (d  así,  en  ellas,  el  primer  jarro  de  chicha 
que  han  de  beber  suelen  derramar  parte  de  él  o  todo  para  que 
"beban  sus  caciques  i  parientes  difuntos.  I  en  sus  casas,  cuando 
almuerzan  i  beben  el  primer  jarro  de  chicha,  meten  primero  el 
<iedo  i  asperjan  (como  cuando  echamos  agua  bendita,  dice  el  je- 
suíta que  cuenta  el  hecho)  a  sus  difuntos,  diciendo ///  mn^  que 
es  como  brindando  a  las  almas'**^!). 

aCreen  fácilmente  en  sus  sueños,  i  los  cuentan  como  cosa  ver- 
dadera, i  así  se  guardan,  si  han  tenido  alguna  pesadilla;  i  si  algún 
sueño  alegre,  lo  creen,  i  esperan  que  les  ha  de  suceder  así  porque 
lo  soñaron.  Si  sueñan  que  se  les  cae  algún  diente,  es  que  se  ha 
de  morir  alguno  de  sus  parientes^». 

«Tienen  agüeros  i  abusiones  en  los  pájaros,  i  particularmente 
al  que  llaman  «meroD  ( Dasycephala  lívida)  le  tienen  por  ago- 
rero. I  si  se  sienta  a  cantar  en  alguna  casa,  dicen  que  va  a  anun- 
ciar la  muerte  a  alguno  de  ella  o  de  la  vecindad;  i  si   hai   algún 

29.  Ovalle,  Histórica  relación^  páj.  327. 

30.  Pebres,  Arte  y  gramática^  etc. 

31.  Ramírez,  Cronicón  sacro  imperial  de  Chile,  lib.  í,  cap.  II. 

32.  Rosales,  Conquista  espiritual  de  Chile, 

33.  Id.,  Historia  de  Chile  y  t.  I,  páj.  162. 

34.  Olivares,  Historia  de  Chile ^  páj.  53. 


236  .LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

enfermo  le  desahucian  i  le  previenen  lo  necesario  para  el  entie- 
rro, i  tienen  por  infalible  su  muerte. 

«En  latiéndoles  los  párpados  de  los  ojos,  o  los  brazos,  lo  tie- 
nen por  mal  agüero.  I  si  le  late  el  brazo  izquierdo  a  un  indio, 
cuando  va  a  la  guerra  o  a  otra  cualquiera  parte,  se  vuelve,  porque 
lo  tiene  por  anuncio  de  mala  señal. 

(íLos  mismos  agüeros  tienen  con  las  zorrillas  que  andan  por 
el  campo,  i  con  algunas  aves  voraces  i  carniceras  que  vuelan  por 
el  aire,  pues  si  marchando  los  siguen  éstas,  dicen  que  van  a  co- 
mer de  sus  carnes,  i  que  si  las  zorras  pasan  cuando  van  a  la  gue- 
rra, al  lado  izquierdo  es  mala  señal,  i  buena  cuando  pasan  por  el 
otro  lado. 

(tEn  estando  una  mujer  con  dolores  de  parto,  la  echan  fuera 
de  casa,  que  vaya  a  parir  junto  al  rio,  porque  dicen  que  todos  los 
males  de  la  mujer  preñada  se  les  pegan  a  los  de  la  casa  i  a  las 
alhajas^D. 

«Si  suena  la  lumbre,  es  señal  de  venir  huéspedes;  si  se  acerca  a 
sus  casas  algún  remolino,  es  que  han  de  asaltarlos  los  enemigos* 
si  les  zumban  los  oidos,  es  que  les  están  murmurando;  si  se  les 
cae  el  bocado  al  llevarlo  a  la  boca,  es  que  se  acuerda  de  ellos 
quien  los  quiere;  si  palpitan  las  entrañas  de  algún  animal  que 
matan,  entonces  se  sobresaltan  i  se  sobrecojende  un  pueril  ver- 
gonzoso temor.*'D 

«Si  se  infestan  las  mieses  de  gusanos,  lo  atribuyen  al  «Huecu- 
buD,  i  acuden  a  la  superstición.  Forman  una  enramada  de  grande 
estension,  i  en  ella  ponen  el  circo,  colocando  un  ramo  de  boyghe 
i  sobre  él  un  anciano.  Al  pié  del  ramo  queman  mucho  tabaco  i 
por  espacio  de  veinticuatro  horas  seguidas  bailan  al  rededor  hom- 
bres i  mujeres,  alternándose  las  parejas.  Concluido  el  tiempo,  con- 
ducen un  gusano  en  una  piel,  i  colocado  debajo  del  boyghe,  le 
dan  veneno.  Al  punto  que  muere  el  insecto,  se  postran  los  dan- 
zantes, aparentando  cierta  especie  de  éxtasis,  i  se  acerca  la  jente 

35.  Rosales,  /¿/.,  páj.  164. 

36.  Olivares,  Historia  de  Chile^  páj.  52. 


j 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  237 

moza  a  manosear,  i  usan  torpemente  de  las  mujeres,  que  se  dejan 
estar  como  estatuas,  sin  movimiento  alguno.  Pasado  un  largo  ra- 
to, comienza  la  comida  i  bebida,  hasta  embriagarse^...!) 

Al  Huecubu,  no  solo  atribuyen  el  que  sus  mieses  se  apesten 
por  el  gusano,  sino  también  todas  las  cosas  que  les  suceden  ad- 
versas o  dañosas:  «el  faltar  el  pez  en  algún  lago  o  rio,  que  antes 
lo  criaba,  es  que  se  lo  comió  el  huecubu;  el  temblar  la  tierra  es 
que  se  sacudió  debajo  de  ella;  el  enfermar  o  morir  ganados  u 
hombres  es  que  se  les  metió  en  el  cuerpo  etc.^i)  Para  que  llueva 
o  escampe,  revuelven  en  un  tiesto  muchas  piedrecillas  con  una 
yerba  que  llaman //Vi^/V/,  operación  que  se  conoce  con  el  nom- 
bre de  guenguen.^ 

«Es  particular  superticion  i  mui  circunstanciada  la  que  tienen 
en  tiempo  de  temblores  grandes:  luego  que  ha  pasado  la  mayor 
violencia  del  movimiento,  se  aperan,  hombres  i  mujeres,  de  co- 
sas de  comer  i  de  platos  grandes  en  la  cabeza,  i  cargando  con 
sus  hijuelos  i  su  pobre  ajuar  se  encaminan  al  monte  mas  cerca- 
no, de  los  que  llaman  Ten-ten^  que  son  los  que  tienen  tres  pun- 
tas que  van  en  declinación  hasta  lo  mas  bajo  de  la  llanura,  i  solo 
puestos  en  su  cima,  se  dan  por  seguros.  Dan  la  razón  de  este 
hecho  diciendo,  que  en  semejantes  terremotos,  como  sale  el  mar 
algunas  cuadras  fuera,  así  es  de  temer  que  inunde  toda  la  tierra 
según  tienen  por  tradición  que  sucedió  en  tiempos  de  mucha 
antigüedad.^'^  Que  este  Ten-ten  tiene  la  buena  cualidad  de  so- 
brenadar las  aguas,  i  que  puestos  sobre  él  con  sus  alimentos,  se 
mantendrán  el  tiempo  que  durare  la  inundación.**^)) 

«Los  indios  que  acuden  a  medicinarse  al  valle  de  Punianta, 
donde  hai  cuatro  ojos  de  agua,  calientes  todos  en  diversos  grados, 
desde  el  mui  remiso  hasta  el  mui  intenso,...  creen  que  el  sanar 
es  por  beneficio  del  señor  de  aquella  agua,  i  para  granjearlo,  le 
echan  algunos  donecillos  en  el  mismo  ojo  por  donde  brota,... 

37.  Historiadores  de  Chile,  t.  X,  páj.  138. 

38.  Olivares,  Historia  de  Chile ^  páj.  51. 

39.  Pebres,   Arte  de  la  lengua  general,  etc. 

40.  Recuérdese  lo  dicho  en  el  capítulo  de  las  Tradiciones. 

41.  Olivares,  ob.  cit.,  páj.  53 


'\ 


238  LOS    ABORl'jENES    DE    CHILE 

creyendo  firmemente  que  lo  que  no  se  sume,  no  lo  recibe,  i  que 
el  no  recibirlo  es  señal  manifiesta  de  su  desagrado,  i  de  que  no 
quiere  acordar  la  gracia  de  la  sanidad/^» 

Cuenta  también  el  padre  García  que  los  indios  caucahues  se 
tiñen  la  cara  con  carbón  al  entrar  en  las  lagunas  heladas,  para  sa- 
•  ludar  a  la  nieve,  porque  el  que  así  no  lo  hace,  se  muere/' 

No  eran  menos  orijinales  ni  absurdas  sus  ideas  respecto  a  la 
vida  futura.    Creian,  en  efecto,  que  los  caciques  se  convertían 
en  moscardones  i  se  quedaban  en  los  sepulcros,  de  donde  salían 
a  ver  a  sus  parientes;    que  los  indios  de  guerra,  que  habían  sido 
valerosos,  se  subían  a  las  nubes  i  se  trasformaban  en  truenos  i 
relámpagos,  al  así  dicen  que  cuando  truena  i  relampaguea  pelean 
con  sus  enemigos  i  se  disparan  los  unos  a  los  otros  rayos  de  fue- 
go... En  habiendo  truenos  en  las  nubes  salen  de  sus  casas  i  arro- 
jan chicha  a  su  Pillan^   que  entienden  que  son  sus  indios  que 
están  peleando,  i  los  hablan  i  animan,  diciéndoles  que  hagan  co- 
mo buen  Pillan,  i  que  no  se  deje  vencer  del  enemigo...  I  cuando 
ven  que  las  nubes  van  hacia  sus  tierras,  dan  saltos  de  placer  i 
palmadas  de  contento,  diciendo   que  su  Pillan   lleva  de  vencido 
al  del  contrario;  i  si  ven  que  las  nubes  van  en  sentido  opuesto, 
se  entristecen  i  dicen  que  los  suyos  van  de  vencida,  i  los  repren- 
den de  cobardes  i  los  animan  a  la  pelea.  Por  esta  causa,  i  por  la 
dificultad  de  llevar  a  sus  tierras  los  cuerpos  de  los  soldados  que 
mueren  en  la  guerra,  los  queman  i  solo  llevan  sus  cenizas,  porque 
dicen  que  por  medio  de  el  fuego  i  de  el  humo,   suben  con  mas 
velocidad  a  las  nubes,  i  van  convertidas  ya  en  Pillan. 

ccEl  tercer  jénero  de  jente,  que  es  la  común  de  hombres  i  mu- 
jeres, dicen  que  en  muriendo  van  sus  almas  a  la  otra  banda  de 
el  mar  a  comer  papas  negras...  Hai  allí  unos  campos  tristes,  fríos 
i  destemplados,  que  aunque  siembran  en  ellos,  no  dan  sino  unas 
papas  negras,  i  que  con  ellas  solas  se  sustentan,  i  lo  pasan  con 
trabajo;  aunque  también  tienen  sus  fiestas  i  borracheras  las  almas 

42.  Olivares,  id.^  id. 

43.  Viaje^  t.  XXXIX  de  los  Anales  de  la  Universidad^  páj.  358. 


i 


CAP,    IX. — LOS   ARAUCANOS  239 

de  los  difuntos,  como  acá  los  vivos,  solo  que  la  chicha  que  es  la 
bebida  de  sus  fiestas,  es  negra  como  de  muertos.'*^ 

Parece  que  no  todos  los  indios  se  formaban  tan  triste  idea  de  la 
morada  futura,  pues  Nájera  espresa,  que  hai  también  aUí,  según 
piensan  algunos,  (íbuenas  comidas  i  bebidas,^^))  a  que  añade  el 
jesuita  Juan  de  Albis  en  carta  que  le  escribió  al  historiador 
Alonso  de  Ovalle,  que  retienen  allí  sus  lugares  de  recreación  i 
gustos,  i  que  se  ocupan  en  bailar  i  cantar,  i  que  tienen  mucha 
abundancia  de  comidas  i  bebidas,  i  que  con  esto  se  dan  a  gran- 
des i  espléndidos  banquetes;  i  que  gozan  de  muchas  mujeres,  pe- 
ro que  no  hacen  hijos,  i  que  esto  es  allí  lícito,  i  que  las  mujeres 
que  tienen  acá,  también  las  han  de  tener  allá,  etc/^)) 

Respecto  al  lugar  en  que  se  encuentre  la  morada  futura,  Bas- 
cuñan  nos  dice  que  algunos  la  colocan  tras  de  las  cordilleras  ne- 
vadas/^ «No  piensan,  dice  Olivares,  que  haya  lugar  separado  en 
que  se  paguen  con  el  premio  o  castigo  las  buenas  obras  o  malas, 
sino  que  van  a  la  isla  de  la  Mocha  a  pasar  otra  vida  sin  fin  ni  tra- 
bajo/®!) Pero  Rosales  añade  sobre  este  particular,  que  eran  pre- 
cisamente los  isleños  de  la  Mocha  los  que  venían  a  contar  a  los  de 
tierra  firme  «que  junto  a  su  isla  grande,  hai  una  mui  pequeña  i 
inhabitable,  i  que  por  ella  pasan  las  almas  de  los  muertos  a  la  otra 
banda  de  el  mar  a  comer  papas  negras,  i  allí  es  el  embarcadero 
para  el  mar  negro.  I  en  entrando  la  noche,  se  ven  horribles  vi- 
siones i  formidables  apariencias,  i  entre  ellas  se  oyen  grandes 
ahullidos  i  voces  lastimosas  de  los  que  se  embarcan,  despidién- 
dose de  ellos,  i  que  por  las  voces  conocen  los  que  son  i  las  perso- 
nas que  se  han  muerto  en  el  continente;  i  tienen  grande  pena  por 
saber  que  se  les  han  muerto  sus  parientes  i  amigos.  I  para  per- 
suadir mejor  estos  embustes,  en  saltando  en  tierra  se  informan 
de  qué  personas  han  muerto,  hombres,  mujeres  i  niños,  i  con 
aquella  noticia,   en  las  juntas  platican   estas  cosas:  ¿no  murió 

44.  Rosales,  t.  I,  páj.  163. 

45.  Desengaño  de  ía  gíierra  de  Chile ^  páj.  102. 

46.  Histórica  relación,  páj.  327. 

47.  Cautiverio  feliz,  páj.  109. 

48.  Historia  de  Chile,  páj.  52. 


240  LOS    ABORÍJENES    DE   CHILE 

fulano?;  que  allá  oimos  sus  voces  i  lamentos  con  que  se  despedia 
de  nosotros  i  deste  mundo.  ¿I  fulano  no  falleció  ya?  1  así  iban 
refiriendo  los  muertos,  i  como  era  así,  que  habian  muerto,  creian 
también  que  era  así,  que  en  aquella  isla  se  embarcaban  para  la 
otra  banda  del  mar,  donde  estaban  las  almas.  I  estimaban  mucho 
a  los  que  les  daban  noticias  de  ellas,  i  por  esta  vía  de  falsa  re- 
velación, se  hacian  estimados  i  tenian  gran  introducción,  porque 
cada  uno  queria  saber  del  estado  del  alma  de  su  hijo,  de  su  her- 
mano o  pariente,  i  se  iba  a  informar  de  ellos:  con  lo  cual  los 
regalaban  en  todas  partes,  i  si  se  detenían  algún  año,  que  no  los 
dejaban  los  temporales  embarcar,  los  sustentaban  todo  el  afio  i 
les  hacian  grande  lugar  en  las  fiestas/^» 

Por  lo  demás,  ya  estuviese  aquel  lugar  tras  de  la  cordillera 
nevada  o  de  la  otra  banda  del  mar,  no  se  podia  llegar  allí  sino 
después  de  atravesar  un  pasaje  estrecho,  donde  habia  una  vieja,  ca 
quien  habia  que  pagar  alguna  cosa  como  recaudadora  de  la  adua- 
na; i  dicen  que  es  una  perversa  vieja,  porque  si  no  la  satisfacen 
en  moneda  o  en  especie,  se  hace  pago  con  uno  de  los  ojos  del 
pasajero.*®»  Creian  también  que  las  viejas,  convertidas  en  balle- 
nas, eran  las  encargadas  de  trasportar  al  sitio  de  la  existencia  fu- 
tura las  almas  de  los  muertos,  i  por  eso  les  decian  por  burl%  them- 
pilcahue?^ 

«Piensan  algunos  arqueólogos,  dice  Lubbock,  que  los  cuidados 
prestados  a  los  funerales  i  la  costumbre  de  colocar  cerca  del  ca- 
dáver diversos  objetos,  prueban  que  los  pueblos  de  la  edad  déla 
piedra  creian  en  la  inmortalidad  del  alma,  en  una  existencia  ma- 
terial después  de  la  muerte.  Parece  probado,  agrega  el  doctor 
Wilson,  por  el  depósito  constante  cerca  del  cadáver,  no  solamen- 
te de  armas,  de  utensilios,  de  alhajas,  sino  también  de  vasijas,  que 
contenian  sin  duda  alimentos,  que  creian  en  una  existencia  futura; 
pero  esto  demuestra,  al  mismo  tiempo,  que  las  ideas  que  se  fornia- 

49.  Conquista  espiritual  de  Chile. 

50.  Olivares,  Historia  de  Chile ^  páj.  52;  Carvallo,   Historiadores  de   Chile^ 
t.  X,  páj.  137. 

5 1 .  Pebres,  Arte  de  la  lengua  general^  etc. 


C.^P.    IX. — LOS   ARAUCANOS  24 1 

ban  sobre  el  particular,  eran   mui  groseras  i  enteramente  mate- 
rialistas.^» 

Estas  consideraciones  son  perfectamente  aplicables  a  las  creen- 
cias de  los  araucanos.  A  pesar  de  que  dicen  tipai  ni piílli^  «salió 
del  cuerpo  el  espíritu,^»  cuando  muere  alguno,  i  de  que  ademas 
creen  en  la  inmortalidad  del  alma,  están  persuadidos  de  que  la 
existencia  futura  es  puramente  material,  i  por  eso  cuando  los  mi- 
sioneros pretendían  que  los  indios  se  enterrasen  en  sagrado,  sin 
chicha,  ni  provisiones  para  la  otra  vida,  se  negaban  tenazmente, 
diciendo  que  era  porque  querían  que  allá  se  muriesen  de  ham- 
bre.^ Pero  esto  lo  veremos  mas  detalladamente  cuando  tratemos 
de  los  funerales. 

Por  lo  demás,  «si  bien  confiesan  la  inmortalidad  del  alma,  es- 
presa González  de  Nájera,  tienen  entendido  que  no  moriría  nin- 
guno, si  no  le  matasen  con  heridas  o  yerbas,  i  por  eso  se  persua- 
den que  todos  los  que  mueren  (aunque  sea  de  enfermedades),  es 
por  haberles  dado  enemigos  suyos  ponzoña."*^» 

«Jamas  juzgan  estos  naturales,  añade  Bascuñan,  que  salen  de 
esta  vida  para  la  otra  por  ser  natural  la  muerte,  sino  es  por  he- 
chicerías i  por  bocados  que  se  dan  los  unos  a  los  otros  con  ve- 
neno, a  cuya  causa  acostumbran  consultar  a  los  curanderos  ma- 
chis^ hechiceros  i  encantadores/*^)) 

A  pesar  de  que  ordinariamente  se  asimila  a  hechiceros  i  ma- 
chis, unos  i  otros  no  tenian,  sin  embargo,  idénticas  funciones.  El 
mismo  Bascuñan  nos  dice  que  preguntándole  una  vez  a  un  indio, 
de  dónde  nacia  la  costumbre  de  que  el  marido  se  separase  de  su 
mujer  tan  pronto  como  recibia  la  convocatoria  para  salir  a  cam- 
paña, le  notició  «que  en  los  tiempos  pasados  se  usaban  en  todas 
las  parcialidades  unos  huccubuy es,  que  llamaban  rcnis^  como  entre 
los  cristianos  los  sacerdotes.  Estos  andaban  vestidos  de  unas  man- 


52.  Vhommc  prchistoriqne^  páj.  127. 

53.  Bascuñan,    Cautiverio  feliz,  páj.  109;  Pérez  García, //irj/or/V/  de  Chile, 

cap.  xr. 

54.  Rosales,  Conquista  espiritual  de  Chile. 

55.  Desengaño  de  la  guerra  de  Chile,  páj.  102. 
5  6 .    Cautil  'erio  feliz,  páj  .157. 


242  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

tas  largas,  con  los  cabellos  largos,  i  los  que  no  los  tenían  los 
traían  postizos  de  cochayuyo  o  de  otros  jéneros,  para  diferen- 
ciarse de  los  demás  indios  naturales:  estos  acostumbraban  a  es- 
tar separados  del  concurso  de  las  jentes  í  por  tiempo  no  ser  co- 
municados, í  en  diversas  montañas  divididos,  a  donde  tenían  unas 
cuevas  lóbregas  en  que  consultaban,  al  Pillan  (que  es  el  demo- 
nio) a  quien  conocen  por  Dios  los  hechiceros  i  endemoniados 
machis,  que  son  médicos.  Estos  por  tiempos  señalados  estaban 
sin  comunicar  mujeres  ni  cohabitar  con  ellas;  sacaron  de  esta 
costumbre  i  alcanzaron  con  la  esperiencia  que  se  hallaba  con  mas 
vigor  i  fuerza  el  que  se  abstenía  de  llegar  ni  tratar  con  ellas,  í  de 
aquí  se  orijinó,  habiendo  de  salir  a  la  guerra,  el  que  es  soldado, 
esta  costumbre  í  leí  por  consejo  i  parecer  de  los  sacerdotes."i> 
«Tenían  los  de  Puren,  una  ceremonia  antigua,  añade  Rosales,  en 
que  se  visten  de  boquibuyes^  (que  son  sus  sacerdotes)  i  están  re- 
cojidos  en  una  montaña  separada,  haciéndose  hermitaños  i  ha- 
blando con  el  demonio  ;*JD  ú  mientras  están  en  su  encerramiento 
no  puede  ninguno  mover  guerra,  í  de  su  consejo  i  determinación 
pende  el  conservar  la  paz  i  el  abrir  la  guerra;®»  «i  a  ellos  van  otros 
muchos  indios  con  presentes,  para  que  les  profetizen  cosas  que 
desean  saber,  i  ellos  les  traen  engañados  con  mil  embustes  i  falsas 
respuestas,  como  engañosos  oráculos.®^!) 

Estos  huecubuyes  o  sacerdotes  araucanos  que  seguían  de  tiem- 
po en  tiempo  vida  solitaria  en  las  grutas  de  las  montañas,  fueron 
sin  duda  los  que  inspiraron  a  Ercilla  la  creación  del  májíco  Fiton. 
Ya  desde  aquella  misma  época  asumieron  gran  importancia  ante 
los  ojos  de  los  crédulos  castellanos,  que  no  se  dudaban  un  mo- 
mento de  que  tuviesen  trato  familiar  con  el  demonio,  haciéndolo 
aparecer  por  medio  de  ciertas  invocaciones  i  consultándolo  en 
sus  casos  difíciles.  Conocidos  mas  especialmente  bajo  el  nombre 
de  hechiceros,  motivaron  una  porción  de  disposiciones  de  parte 

57.  Cautiverio  feliz,  páj.  361. 

58.  Conquista  espiritual  de  Chile^  M.  S. 

59.  Rosales,  Historia  de  Chile,  t.  I,  páj.  178. 

60.  Nájera,  Desengaño  de  la  guerra  de  Chile^  páj.  99. 


J 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  243 

de  las  autoridades  españolas,  siendo  por  este  medio  como  pueden 
establecerse  a  su  respecto  algunos  curiosos  particulares. 

El  conocido  padre  Calaucha,  cronista  de  la  orden  agustina  en 
América,  atribuye  el  oríjen  de  estos  hechiceros  a  una  lei  de  los 
Incas  que  disponía  que  «todos  trabajasen  i  comiesen  del  sudor 
de  sus  manos,  i  que  los  impedidos,  contrechos  o  inhábiles  para 
labranzas  o  guerras  aprendiesen  a  herbolarios  para  curar  enfer- 
mos, o  aprendiesen  a  hechiceros  para  ministros  de  sus  ídolos. 
Era  oficio  de  flojos,  agrega,  i  así  creció  en  número  la  multitud 
de  hechiceros.*^^» 

Parece  un  hecho  constante  que  aún  después  de  los  primeros 
años  de  la  conquista  española,  los  hechiceros  indíjenas  ocasiona- 
ban con  sus  embustes  una  multitud  de  asesinatos  entre  los  mis- 
mos naturales,  pues  ya  en  2  de  enero  de  1552  vemos  que  en  se- 
sión del  Cabildo  de  Santiago,  el  procurador  de  ciudad  pidió  «que 
cada  seis  meses  del  año  vaya  un  juez  de  comisión  para  visitar  la 
tierra  sobre  los  hechiceros  que  llaman  havihica^nayos^  dándole 
comisión  para  castigallos  con  todo  rigor  de  derecho,  pues  es  pú- 
blico i  notorio  los  muchos  indios  e  indias  que  por  los  pueblos 
de  los  indios  se  hallan  muertos  mediante  esto.^)) 

En  una  representación  que  la  ciudad  de  Santiago  hizo  a  Pedro 
de  Valdivia  en  el  mes  de  noviembre  del  mismo  año  1552,  entre 
otras  cosas,  dice: 

«Otrosí  pido  a  vuesa  señoría  que  porque  los  naturales  se  ma- 
tan unos  a  otros  i  se  van  consumiendo  con  ambi'i  otros  hechizos 
que  les  dan,  i  en  estos  las  justicias  tienen  algún  descuido  en  no 
se  castigar:  vuesa  señoria  mande  que  cada  dos  meses  del  año, 
dos  vecinos  se  vayan  de  Maipo  hasta  Maule  a  visitar  la  tierra 
i  otros  dos  vayan  hasta  Choapa;^  i  vuesa  señoría  les  dé  poder 
como  capitanes  para  que  con  sumaria  información  tengan  es- 
pecial  cuidado   de  castigar  estos  hechiceros  i   hajnbicamayos^ 

61.  Crónica,  pá*.   377. 

62.  Actas  del  Cabildo,  páj.  287. 

63.  Segmi  los  datos  que  sutninistra  un  libro  de  apuntes  consultado  por  Pérez 
García,  en  Valdivia  los  indios  al  tiempo  de  la  conquista  usaban  también  de 
bocados  i  hechizos. 


\ 


244  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

porque  demás  del  daño  que  reciben  los  naturales  se  desirve 
Dios  en  los  hechizos  que  hacen  invocando  al  Demonio..."!) 

Es  sabido  que  de  la  vida  del  ilustre  Alonso  de  Góngora  Mar- 
niolejo,  historiador  i  guerrero  de  la  conquista,  el  último  dato  de 
que  se  tenga  noticia  es  que  estuvo  desempeñando  una  de  estas 
comisiones  para  perseguir  hechiceros. 

Un  autor  que  escribia  al  principio  del  siglo  pasado,  don  Jeró- 
nimo Pietas,  refiere  de  la  manera  siguiente  la  forma  en  que  los 
hechiceros  celebraban  sus  consultas.  ((Ríjense  los  indios,  dice, 
en  todo  lo  que  dudan  por  los  hechiceros  i  adivinos.  En  su  idio- 
ma llaman  al  adivino  dungube^  Este  ciertamente  hace  que  a  sus 
preguntas  le  responda  el  demonio,  i  de  suerte  que  le  oigan  todos 
en  la  forma  siguiente.  Llega  uno  a  quien  le  han  hurtado  algo  o 
se  le  ha  perdido  o  huidósele  la  mujer,  al  diingube^  i  pagándole, 
le  esplica  lo  que  va  a  saber.  El  dungube  deja  su  casa  sola,  i  des- 
de afuera  con  varios  conjuros,  hablando  con  sa  misma  casa  le 
hace  las  preguntas,  i  desde  dentro  de  ella,  con  voz  alta  aunque 
meliflua^  responden  de  dentro,  diciendo  fijamente  donde  está  lo 
que  le  preguntan.*^» 

Cuenta  a  este  respecto  Pedro  de  Oña  que  los  hechiceros  saca- 
ban sus  pronósticos  volviendo  la  espalda  a  la  muchedumbre,  i  que 

En  medio  de  la  rueda  acompasada 
Después  que  el  suelo  a  soplos  alisaron 
Aquellas  manos  pérfidas  hincaron 
Una  ramilla  luenga  deshojada. 
De  cuya  estrema  punta  doblegada 
Por  un  sutil  estambre,  le  colgaron 
Un  vedijon  de  lana  de  la  tierra. 
Que  es  donde  su  Pillan  se  les  encierra... 

...Colgado,  pues,  el  copo  de  la  vara 
Con  un  zurrón  bajo  i  escabroso 
Como  de  negro  tábano  enfadoso 
Cuando  revuela  en  torno  de  la  cara: 

64.  Actas  del  Cabildo^  páj.  312. 

65.  O  dugulve^  llaman  al  Iligiia  o  adivino,  dice  Pebres,  porque  hace  hablar 
al  demonio.  Arte  y  gramática  de  la  lengua  de  Chile, 

66.  Informe  al  Rey^  etc. 


i 


CAP.    IX. — LOS  ARAUCANOS  245 

Apresta  la  infelice  jente  avara 
Su  pérfido  conjuro  tenebroso 
Haciendo  que  tomase  en  él  la  mano 
Quien  de  la  facultad  era  decano. 

Agrega  en  otra  parte  del  poema: 

En  hondos  i  secretos  soterraños 
Tienen  capaces  cuevas  fabricadas, 
Sobre  maderos  fuertes  afirmadas 
Para  que  estén  así  nestóreos  años; 
Las  cuales,  en  lugar  de  ricos  paños, 
Están  de  abajo  arriba  entapizadas 
Con  todo  el  suelo  en  ámbito  de  esteras 
I  de  cabezas  hórridas  de  fieras. 

«Mientras  andan  los  soldados  en  la  guerra,  están  los  hechice- 
ros consultando  al  demonio,  sobre  el  suceso  de  los  suyos,  incen- 
sando con  tabaco  a  las  tierras  del  enemigo,  i  haciendo  sus  invo- 
caciones. I  en  una  batea  de  agua  les  muestra  el  demonio  lo  que 
pasa,  donde  están  i  lo  que  les  ha  sucedido,  bueno  o  malo.  I  an- 
tes que  llegue  la  nueva  del  buen  o  mal  suceso,  lo  anuncian  a 
todos  i  es  mni  ordinario  saberse  lo  que  sucede  en  partes  mui 
distantes  por  medio  de  estos  hechiceros/'^» 

De  una  información  levantada  en  1693,  bajo  el  gobierno  de 
don  Tomas  Marin  de  Poveda,  por  el  capitán  de  caballería  don 
Antonio  de  Soto  Pedreros,  comisario  jeneral  de  naciones  de  in- 
dios, con  ocasión  de  haber  sabido  que  algunos  caciques  habian 
celebrado  ciertas  reuniones,  aparecen  datos  mui  curiosos  sobre 
la  manera  como  tenian  lugar  los  conciliábulos  de  los  hechiceros. 

A  una  cueva,  llamada  de  Pircún,  habian  concurrido  indios  de 
distintas  i  apartadas  localidades.  La  cueva  tenia  dos  puertas,  que 
se  cubrían  con  el  pasto  llamado  coirón  (una  gramínea),  distantes 
una  de  otra  cosa  de  doce  varas,  i  para  abrirlas  se  ocurría  a  la  ce- 
remonia siguiente:  dos  de  los  hechiceros  cojian  una  quita  de  ta- 
baco, i  haciendo  oración  al  diablo,  «Anchimalghen»,  le  ofrecían 

67.  Rosales,  Historin^  t.  I,  páj.  135. 


k 


1 


246  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

aquel  humo;  mientras  tanto,  otros  refregaban  ciertas  yerbas,  i  con 
el  zumo  asperjaban  las  puertas,  «con  lo  cual  se  levantó  un  remo- 
lino, causado  de  una  culebra,  que  está  dentro  de  la  cueva  en  la 
puerta,  i  el  remolino  desgobernó  las  matas  de  coirón,  de  modo 
que  pudiesen  hacerse  a  un  lado,  entrando  los  mancanes,  que  son 
como  los  ministros  o  sacerdotes  de  aquel  sacrificio,  que  son  cin- 
co». Dentro  de  la  cueva  estaban  dos  culebras,  una  en  cada  puer- 
ta, llamadas  ingiiaivilii^  sin  otras  muchas  que  habia  dentro,  i  hai 
también  quispes^  que  son  lagartos  con  los  pescuezos  blancos.  La 
cueva  es  redonda,  mediana,  de  poco  mas  de  la  estatura  de  un 
hombre.  Los  congregantes  entraron  a  puesta  de  sol  i  salieron  al 
amanecer,  cerrando  la  cueva  con  las  mismas  ceremonias.  Uno  de 
los  caciques,  mató  de  un  flechazo  a  un  hijo  suyo,  «en  arte  del  dia- 
bloD,  i  una  vieja  cantó  un  romance  diabólico.  Se  trató  allí  de  la 
muerte  de  algunos  caciques,  lo  que  efectivamente  aconteció  poco 
después,  a  cuyo  intento  pusieron  a  un  indio  en  cueros  i  le  hicie- 
ron varias  unciones.  Uno  de  los  asistentes  le  frotó  elpecho  i  le 
sobó  con  una  piedra  viva,  que  llaman  torniunpu^  con  ojos  i  pies, 
habiendo  declarado  uno  de  los  testigos  que  le  habia  visto  pesta- 
ñear los  ojos  a  la  piedra;  otro  le  untó  i  sobó  la  cabeza  con  una 
piedra  colorada,  que  dicen  yudcura^  i  una  india,  las  espaldas  con 
otra  piedra,  piguin  chaincura]  ésta  le  puso,  en  seguida,  un  ca- 
nelo en  la  palitia  de  la  mano,  i  sobándoselo  se  lo  entró,  i  para  que 
saliese  por  la  punta  del  dedo,  con  el  aliento  se  lo  hizo  brotar,  «i 
que  el  dedo  creció  mas  que  los  otros,  i  que  le  pusieron  el  dedo 
en  un  jarro  encantado,  con  algunos  betunes,  i  dicho  jarro  tenia 
doce  agujeritos  pequeñitos;  i  que  con  estas  dilijencias  se  trans- 
formó en  pájaro,  a  modo  de  cóndor,  i  le  dijeron  que  fuese  ama- 
tar al  hijo  de  Nahuelpí...;  i  habiendo  llegado  a  la  puerta  del 
rancho,  a  las  cuatro  veces  que  le  amenazó  con  el  canelo  untado 
en  el  jarro,  salió  una  chispa  que  fué  derecho  a  dar  al  indio,  que 
estaba  calentándose  en  medio  del  rancho,  i  luego  que  la  dio,  cayó 
de  espaldas,  i  supo  después  que  habia  muerto  a  la  mañana  si- 

« 

guiente...)) 

Preguntado  otro  indio  de  qué  instrumentos  i  supersticiones  se 


i 


CAP.    IX. LOS   ARAUCANOS  247 

valían  en  estas  juntas,  dijo  que  de  unos  canutos  i  varillas  de  ca- 
nelo; i  que  los  venenos  con  que  matan  se  componen  de  yerbas 
i  de  los  escrementos  de  los  ibnnchcs  i  otras  sabandijas  que  hai 
dentro  de  las  cuevas,  i  que  del  todo  se  hace  un  compuesto  con 
que  untan  las  varillas.  Un  novicio,  agrega,  que  para  iniciarle  en 
el  arte  de  los  hechiceros,  le  graduaron  dándole  a  beber  orines  de 
perro  i  que  tragase  un  corazón  de  jente,  i  que  le  pusieron,  ade- 
mas, una  máscara  de  un  pellejo  sacado  de  una  cara  humana,  ha- 
biendo entrado  de  este  modo  a  la  referida  cueva. 

El  poeta  Pedro  de  Oña,  sostiene,  con  este  motivo,  que  entre 
los  indios 

Hai  otros  herbolarios  que  es  su  ciencia 
Preparar  el  veneno  destilado 
De  yerbas  de  mortífera  potencia 
Con  que  en  común  es  uso  dar  bocado: 
Es  tan  mortal  i  presta  su  violencia 
Que  al  triste  que  una  vez  antes  se  ha  dado 
No  podrá  preservar  después  Hipócrates, 
Que  al  fin  muere  rabiando  como  Sócrates.*^ 

<íLo  mas  que  los  araucanos  enseñan  a  sus  hijos,  agrega  sobre 
el  particular  un  cronista,  es  a  ser  hechiceros...  I  para  esto  tie- 
nen sus  maestros  i  su  modo  de  colejios  donde  los  hechiceros  los 
tienen  recojidos  i  sin  ver  el  sol  en  sus  cuevas  i  lugares  ocultos, 
donde  hablan  con  el  diablo  i  les  enseñan  a  hacer  cosas  aparentes 
que  admiran  a  los  que  las  ven,  porque  en  el  arte  májica  ponen 
todo  su  cuidado...  El  hechicero  que  les  enseña  les  gradúa  a  lo 
último,  i  en  público  les  da  a  beber  sus  brevajes,  con  que  entra 
el  demonio  en  ellos.  I  luego  les  da  sus  propios  ojos  i  su  lengua, 
sacándose  aparentemente  los  ojos  i  cortándose  la  lengua,  i  sacan  • 
doles  a  ellos  los  ojos  i  cortándoles  las  lenguas.  Hace  que  todos 
ellos  juzguen  que  ha  trocado  con  ellos  ojos  i  lengua,  para  que 
con  sus  ojos  vean  al  demonio,  i  con  su  lengua  le  hablen,  i  me- 
tiéndoles una  estaca  aguda  por  el  vientre,  se  la  saca  por  el  espi- 

68.  Aratíco  domado,  canto  I. 


248  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

nazo,  sin  que  manifieste  dolor  ni  quede  señal.  I  así  con  estas  i 
otras  apariencias  quedan  graduados  de  hechiceros...®!) 

Mucho  de  parecido  con  la  de  los  hechiceros  tenia,  como  se  ha 
indicado,  la  profesión  de  los  machis  o  curanderos  indíjenas,  que 
hasta  ahora  se  conservan  con  aplauso  entre  los  araucanos. 

Los  llamados  machis  andan  sin  calzones  i  en  su  lugar  llevan 
pitnus^  que  «es  una  mantichuela  que^traen  por  delante  de  la  cin- 
tura para  abajo,  al  modo  de  las  indias  i  unas  camisetas  largas  en- 
cima; usan  el  cabello  largo,  siendo  que  todos  los  demás  andan 
trenzados; — se  ponen  también  sus  gargantillas,  anillos  i  otras 
alhajas  mujeriles,  siendo  mni  estimados  i  respetados  de  hombres 
i  mujeres,  porque  hacen  con  éstas  oficio  de  hombres,  i  con  aque- 
llos, de  mujeres.'^» 

Para  curar  al  enfermo  se  manda  buscar  al  machiy  se  le  da  de 
comer  i  se  espera  la  hora  de  la  oración;  se  preparan  ramos  de 
canelo,  un  carnero,  cántaros  i  ollas  i  se  juntan  los  indios  vecinos 
i  los  parientes  i  parientas  del  enfermo. 

«Entramos  ya  de  noche,  cuenta  como  testigo  de  vista  Bascu- 
ñan,  al  sacrificio  del  carnero  que  ofrecian  al  demonio;  tenían  en 
medio  muchas  luces,  i  en  un  rincón  del  rancho  al  enfermo  entre 
clara  i  oscura  aquella  parte,  rodeado  de  muchas  indias  con  sus 
tamborilejos  pequeños,  cantando  una  lastimosa  i  triste  tonada 
con  las  voces  mui  delicadas;  los  indios  no  cantaban  porque  sus 
voces  gruesas  debian  ser  contrarias  al  encanto.  Estaba  cerca  de 
la  cabecera  del  enfermo  un  carnero,  liado  de  pies  i  manos,  i  entre 
unas  ramas  frondosas  de  laureles  tenian  puesto  un  ramo  de  cane- 
lo de  buen  porte,  del  cual  pendia  un  tamboril  mediano,  i  sobre 
un  banco  grande  a  modo  de  mesa,  una  quita  de  tabaco  encendi- 
da, de  ia  cual  a  ratos  sacaba  el  humo  della  i  esparcia  por  entre 
las  ramas  i  por  adonde  el  doliente  i  la  música  asistia.  A  todo  esto 
las  indias  cantaban  lastimosamente. 

69.  Rosales,  Historia^  t.  I,  páj.  168. 

70.  Cautiverio  feliz,  páj.  107. 

71.  Pérez  García,  Historia  de  Chile,  En  el  pecado  nefando  solo  queda  ¡n- 
famado.  añade  Bascuñan,  «el  que  se  sujeta  al  oficio  de  mujer,  i  a  estos  llaman 
«huyes.»  Cautiverio  feliz  y  ])áj.  107. 


CAP,    IX. — LOS   ARAUCANOS  249 

«Los  indios  i  el  cacique  estaban  en  medio  de  la  casa  asenta- 
dos en  rueda,  cabizbajos,  pensativos  i  tristes,  sin  hablar  ninguno 
una  palabra.  Al  cabo  de  haber  incensado  las  ramas  por  tres  ve- 
ces, i  al  carnero  otras  tantas,  que  le  tenia  arrimado  al  banco  que 
le  debia  de  servir  como  altar  de  su  sacrificio,  se  encaminó  para 
donde  estaba  el  enfermo  i  le  hizo  descubrir  el  pecho  i  estómago, 
habiendo  callado  las  cantoras,  i  con  la  mano  llegó  a  tentarle  i 
zahumarle  con  el  humo  de  la  quita,  que  traia  en  la  boca  de  or- 
dinario; con  esto  le  tapó  con  una  mantichuela  el  estómago  i  se 
volvió  donde  estaba  el  carnero,  i  mandó  que  volviesen  a  cantar 
otra  diferente  tonada,  mas  triste  i  confusa,  i  allegando  al  carne- 
ro sacó  un  cuchillo  i  le  abrió  por  medio,  i  sacó  el  corazón 
vivo,  i  palpitando  le  clavó  en  medio  del  canelo  en  una  ramita  que 
para  el  propósito  habia  poco  antes  ahusado,  i  luego  cojió  la  qui- 
ta i  empezó  a  zahumar  el  corazón  que  aún  vivo  se  mostraba,  i 
a  ratos  le  chupaba  con  la  boca  la  sangre  que  despedia.  Después 
de  esto,  zahumó  toda  la  casa  con  el  tabaco,  que  de  la  boca  echa- 
ba el  humo;  llegóse  luego  al  doliente,  i  con  el  propio  cuchillo 
que  habia  abierto  al  carnero,  le  abrió  el  pecho,  que  patentemen- 
te se  parecian  los  hígados  i  tripas  i  los  chupaba  con  la  boca;  i 
todos  juzgaban  que  con  aquella  acción  echaba  afuera  el  mal  i  le 
arrancaba  del  estómago;  i  todas  las  indias  cantando  tristemente, 
i  las  hijas  i  mujeres  del  paciente  llorando  a  la  redonda  i  suspi- 
rando. Volvió  a  hacer  que  cerraba  las  heridas,  i  cubrióle  el  pe- 
cho nuevamente,  i  de  allí  volvió  donde  el  corazón  del  carnero 
estaba  atravesado,  haciendo  enfrente  del  nuevas  ceremonias  i 
entre  ellas  fué  descolgar  el  tamboriP^  que  pendiente  estaba  del 
canelo,  i  ir  a  cantar  con  las  indias,  él  parado  dando  algunos  pa- 
seos, i  las  mujeres  asentadas  como  de  antes.  Habiendo  dado  tres 
o  cuatro  vueltas  de  esta  suerte,  vimos  de  repente  levantarse  de 
entre  las  ramas  una  neblina  oscura  a  modo  de  humareda,  que  las 
cubrió  de  suerte   que  nos  las  quitó  de  la  vista  por    un  rato,  i  al 

72.  Tenian  dos  clases  de  estos  instrumentos  para  usar  en  las  curaciones,  uno 

que  llamaban  raliculiliim^  hecho  de    un  plato  de  palo,    i  otro  ihünthnncu^  que 

no  sabemos  como  se  ñibricaba.  Luis  de  Valdivia,   Arte  de  la  lengua  general^  i 

Pebres,  Gramática^  etc. 

33 


250  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

instante  cayó  el  encantador  en  el  suelo  como  muerto,  dando  sal- 
tos el  cuerpo  para  arriba,  como  si  fuese  una  pelota,  i  el  tambo- 
ril a  su  lado  déla  mesma  suerte,  saltando  a  imitación  del  duefio, 
que  me  causó  grande  horror  i  encojimiento,  obligándome  a  en- 
comendar a  Dios,  que  hasta  entonces  habia  estado  con  nota- 
ble cuidado  a  todas  sus  acciones,  i  luego  que  vi  aquel  horrible 
espectáculo,  tendido  en  aquel  suelo,  i  el  tamboril  saltando  solo, 
juntamente  con  el  dueño,  se  me  angustió  el  alma  i  se  me  heriza- 
ron  los  cabellos  i  tuve  por  mui  cierto  que  el  demonio  se  habia 
apoderado  de  su  cuerpo.  Callaron  las  cantoras,  i  cesaron  los  tam- 
boriles, i  sosegóse  el  endemoniado,  pero  de  manera  el  rostro  que 
parecia  el  mesmo  Lucifer,  con  los  ojos  en  blanco  i  vueltos  al 
colodrillo,  con  una  figura  horrenda  i  espantosa.  Estando  de  esta 
suerte  le  preguntaron  que  si  sanaria  el  enfermo;  a  que  respondió 
que  sí,  aunque  seria  tarde,  porque  la  enfermedad  era  grave  i  el 
bocado  se  habia  apoderado  de  aquel  cuerpo  de  manera  que  fal- 
taba mui  poco  para  que  la  ponzoña  llegase  al  corazón  i  le  quita- 
se la  vida.  Volvieron  a  preguntarle  que  en  qué  ocasión  se  lo  die- 
ron, quién  i  cómo,  i  dijo  que  en  una  borrachera,  un  enemigo 
suyo  con  quien  habia  tenido  algunas  diferencias,  i  no  quiso  nom- 
brar la  persona  aunque  se  lo  preguntaron,  i  esto  fué  con  una  voz 
tan  delicada  que  parecia  salir  de  alguna  flauta. 

«Con  esto  volvieron  a  cantar  las  mujeres  sus  tonadas-tristes  i 
dentro  de  un  buen  rato  fué  volviendo  en  sí  el  hechicero,  i  se  le- 
vantó cojiendo  el  tamboril  de  su  lado  i  lo  volvió  a  colgar  adon- 
de estaba  de  antes  i  fué  a  la  mesa  adonde  estaba  la  quita  de  ta- 
baco encendida,  i  cojió  humo  con  la  boca  i  incensó  o  ahumó  las 
ramas  (por  mejor  decir)  i  el  palo  adonde  el  corazón  del  carnero 
habia  estado  clavado,  que  no  supimos  que  se  hizo,  porque  no  se 
le  vimos  sacar  ni  pareció  mas,  que  infaliblemente  lo  debió  de 
esconder  el  curandero,  o  llevarlo  el  demonio,  como  ellos  dan  a 
entender  que  se  lo  come;  después  de  esto  se  acostó  entre  las  ra 
mas  del  canelo  a  dormir  i  descansar,  i  de  aquella  suerte  lo  de 
jaron.'^^D 

73.  Cautiverio  feliz^  páj.  159  i  sigts. 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  25  I 

üHai  otros  curanderos,  añade  este  mismo  autor,  que  hacen 
algunas  curaciones  finjidas,  chupando  al  enfermo  el  estomago,  i 
escupiendo  sangre  de  la  boca,  dando  a  entender  que  se  la  sacan 
de  adentro  del  pecho,  i  para  esto  dicen  que  suelen  zajarse  la  len- 
gua, o  picárselas  encías,  para  hacer  estas  demostraciones;  i  estos 
verdaderamente  no  tienen  pacto  con  el  espíritu  malo,  como  los 
otros  que  llaman  hnyeSy  que  son  nefandos,  como. queda  dicho,  i 
éstos  son  los  que  causan  mayor  pavor  i  espanto.^^» 

«Suele  también  llevar  escondido  algún  gusano  lombriz  o  cola 
de  lagartija,  i  hace  que  la  saca  de  las  entrañas,  i  que  ya  le  ha  sa- 
cado el  bocado  i  la  enfermedad...  Si  esta  es  en  los  ojos,  finje 
aparentemente  que  se  los  saca  i  se  los  limpia,  mostrando  algún 
palito  o  gusanillo  que  le  sacó  dellos,  o  alguna  flecha  invisible 
que  le  ha  tirado  un  hueciibu...  I  como  la  enfermedad  es  mui  dife- 
rente i  natural,  si  muere  della  por  no  haberle  aplicado  medi- 
cina ninguna  (como  es  lo  ordinario)  se  escusa  el  médico  con 
decir  que  él  ya  le  sacó  el  bocado  o  la  flecha,  que  si  después  le 
tiraron  otra  o  no  le  avisaron,  que  era  fuerza   que  habia  de  mo- 

Cuando  el  machi  culpa  a  alguien  como  causante  de  la  muerte, 
i  comunmente  es  al  mas  desvalido  i  a  veces  a  personas  mui  inme- 
diatas al  difunto,  luego  lo  condenan  a  las  llamas,  di  la  ejecución 
del  bárbaro  suplicio  es  de  esta  suerte:  clavan  tres  palos  en  el 
suelo,  como  en  puntas  de  triángulo;  al  uno  de  ellos^  que  es  mas 
grueso,  atan  el  paciente  por  las  espaldas,  i  a  los  otros  dos  por  los 
pies,  las  manos  se  las  ligan  atrás;  i  en  esta  postura  le  hacen  fuego 
entre  los  muslos,  que  se  los  quema,,  i  el  vientre,  pecho  i  rostro, 
i  luego  comienzan  las  preguntas  para  que  confiese  el  delito  i  de- 
clare los  cómplices.  El  miserable,  viendo  que  el  negar  es  de  nin- 
gún provecho,  se  culpa  a  sí  mismo  i  a  cuantos  quieran  nombrar- 
le, que  suelen  acabar  al  reo  confeso  con  el  cuchillo,  i  pasan  a 
ejecutar  su  furor  a  fuego  i  sangre  con  los  que  pueden  haber  a  las 


74.  Cantwerio  feliz ^  páj.  164. 

75.  Rosales,  Historia^  t.  I,  páj.  169. 


252  LOS    ABORÍJENES   DE    CHILE 

manos  de  los  que  resultan  reos  de  aquella  confesion.^i>  Cuando 
echan  la  culpa  a  alguno  que  tiene  parientes,  éstos  tratan  de  ven- 
garse, «de  que  suelen  resultar  grandes  discordias."» 

Durante  la  enfermedad  se  hace  una  junta  para  hablar  al  enfer- 
mo de  su  salud  o  sobre  quien  le  ha  hecho  el  dafío,  {ambt)  cere-  . 
monia  que  llaman  thavinam^  i  el  enfermo,  a  su  vez,  reúne  a  los 
parientes  cuando  se  siente  malo,  para  despedirse  de  ellos,  que  es 
la  especie  de  testamento  a  que  designan  con  el  nombre  de  cAúr/t- 
ttin?^ 

Pero  aparte  de  todas  las  patrañas  empíricas  qu.e  los  araucanos 
empleaban  en  sus  enfermedades,  habian  realizado  notables  ade- 
lantos en  el  conocimiento  de  las  cualidades  medicinales  de  las 
plantas  del  país.  El  quinchamali  (Jen.  Quinchamalium)^  «que 
tomó  este  nombre  de  un  cacique  grande  herbolario,^!)  que  lo 
empleaban  mucho  en  las  heridas;  la  pichoa  {Euphorbia  postu^ 
lacoides)y  i  el  pircún  {anisomerta  drástica) ^  i  el  lanco  {Bromus 
catharticus) y  con  los  cuales  se  purgaban;  el  huilmo  (del  jénero 
Lysiomchim)  i  diferentes  especies  de  lirios  {Chloracea)  para  las 
piedras  de  la  vejiga;  la  chépica  (  Garpabum  vaginatiim)  para  las 
postemas;  la  tupa  (jénero  tupa)  para  el  «chavalongo;!)  elmayu 
{Ediiardsia  chilensis)  para  los  constipados;  la  chilca  {Baubaris) 
para  las  desconcertaduras;  el  alhuelahuen  {Sphaceie  campanu- 
lata)  para  la  gota  i  el  sarampión;  el  ají  [Capsicum  longutri)  con- 
tra la  pichoa;  la  calchacura  (es  un  liquen,  probablemente  Par- 
melia)  i  el  lun  {Scallonta  illinita)  para  las  llagas;  el  clenclen 
{Polygala)  para  el  vientre;  el  coirón  (gramíneas)  para  las  hin- 
chazones; el  huévil  {Solanum  tomatillo)  parala  fiebre;  la  melosa 
{madia  sativa)  para  la  gota;  el  coUiguay  {colliguaya  odorífera) 
que  les  servia  de  veneno  para  las  flechas;  el  ulgo,  contra  vene- 
nos; el  chamico  {Datura)  como  narcótico;  el  culen  (/^.  glaudu- 
losa)]  el  palqui  {Cestrum parqui)^  la  cachanlagua  {Erythraea  chi- 

76.  Olivares,  Historia  de  Chile ^  páj.  46. 

77.  Rosales.  J,  páj.  169. 

78.  Pebres,  Gramática^  etc, 

yc).  RosaleSj  I,  páj.  231;  González  de  Nájera,  páj.  57. 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  253 

lensis)  el  pinco-pinco  {Ephedra  andina)  miú  conocidos  como 
remedios  caseros,  i  muchas  otras  plantas  que  seria  largo  enume- 
rar.®" «Las  yerbas  medicinales  que  poseian  los  naturales,  dice 
Pérez  García,  llamaron  tanto  la  atención  de  los  franceses  que 
llegaron  a  Penco  en  el  navio  «Príncipe  de  Conde,»  que,  dándo- 
le noticia  a  su  soberano,  éste  se  dirijió  a  la  corte  de  Madrid,  pi- 
diendo se  le  enviaran  semillas,  de  las  cuales  se  le  remitieron  de 
ciento  veinte  clases.^^D 

«Sin  embargo  de  que  atribuyen  sus  enfermedades  a  hechice- 
rías, con  todo,  se  medicinan  los  indios  con  unturas,  lavativas,^* 
cataplasmas,  bebidas  de  cocimiento  de  yerbas,  en  que  tienen 
grandes  conocimientos.  No  tienen  noción  alguna  del  pulso  para 
conocer  las  enfermedades,  i  por  los  síntomas  conocen  las  fiebres 
pútridas,  i  las  cortan  oportunamente.®^;)  Habian  descubierto  el  uso 
de  las  gárgaras®*  i  el  de  los  baños  termales®^  i  su  aplicación  a  las 
enfermedades  de  la  piel,  i  aún  no  carecian  de  ciertas  nociones  de 
cirujía.  «Lavaban  las  heridas  con  agua  del  tiempo  i  las  curaban 
con  romaza  {^en.  Runex)^  llantén  {Plantago  majar)  i  otras  plan- 
tas.^^jD  Para  sangrarse  usaban  de  «una  delgada  punta  de  pedernal, 
injerida  en  la  estremidad  de  una  varilla,  de  suerte  que  sale  la 
punta  a  un  lado,  i  el  contrario  estremo  de  la  varilla  toman  en  la 
mano  del  desnudo  brazo  de  que  se  han  de  sangrar,  de  manera 
medida,  que  venga  a  ajustarse  la  punta  del  pedernal  sobre  la  vena 

80.  Véase  especialmente  los  capítulos  VIII,  IX  i  X,  del  tomo  I  de  la  Histo- 
ria de  Chile  de  Rosales. — Es  muí  probable  que  los  peruanos  enseñasen  en  Chi- 
le las  virtudes  de  algunas  de  sus  plantas,  pues  «aún  hoi  se  encuentran  con 
frecuencia  indios  enmatas^  viajeros  que  atraviesan  casi  toda  la  América  meri- 
dional, visitando  las  repúblicas  del  Perú,  Bolivia,  Chile  i  Buenos  Aires,  con 
su  pequeña  colección  de  simples,  i  presentando  en  las  puertas  de  las  habitacio- 
nes preservativos  i  remedios,  que  a  veces  producen  un  efecto  saludable.»  Rive- 
ro,  Colección  de  memorias  cicntificas^  t.  II,  páj.  66. 

8 1 .  Historia  de  Chile. 

82.  Llamabmi  hueuchu  a  la  vejiga  que  les  servia  para  el  caso.  Pebres,  Ora- 
mdtica. 

83.  Carvallo,  Historiador es^  t.  X,  páj.  164. 

84.  Tenian,  en  efecto,  la  voz  culcam-pelin^  hacer  gárgaras.  Pebres,  Gramáti- 
ca^ etc. 

85.  González  de  Nájera,  Desengaño,  etc,^  páj.  101;  Ovalle,  Histórica  rela- 
ción. 

86.  Carvallo,  lug.  cit. 


254  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

que  ha  de  romper,  i  asegurada  de  tal  manera,  dan  con  la  otra 
mano  un  papirote  sobre  el  pedernal,  con  que  abre  la  vena  i  des- 
tila el  hilo  de  hi  sangre  sin  dificultad,  ni  mas  cuenta  de  onzas,  de 
esperar  cada  uno  a  cuanto  le  parece  que  basta  para  la  indisposi- 
ción que  siente,  habiendo  advertido,  ante  todas  cosas,  en  atarse 
con  cinta  el  brazo... ^))  A  esta  lanceta  llamaban  gicuhue^  siendo 
nuii  pi*obable  que  el  pedernal  que  servia  de  instrumento  sea  niui 
semejante  al  que  dibujamos  en  la  figura  57,  encontrado  en  una 
sepultura  indíjena  antigua,  en  Curicó.  lis  práctica  corriente  entre 
los  pehuenchies  sangrarse  los  brazos  cuando  tienen  pena.^ 

A  pesar  de  lo  que  mas  adelante  se  dice  tocante  a  los  partos  de 
las  indias,  debemos  consignar  aquf  que  en  araucano  existe  la  voz 
coniclóvque^  partera,  que  acaso  demuestra  que  en  ciertos  casos 
difíciles  también  se  utilizaban  sus  servicios.®^ 

Entre  los  cronistas  encontramos  testimonios  repetidos  del  he- 
cho de  que  los  araucanos,  ademas  del  sarampión  (charam)^  per- 
XtoXz.  (yaudi7n)\  sarna,  etc.,  estaban  infestados  con  la  gonorrea 
(peciiyen)  i  la  sífilis;*^  pero  en  vista  de  sus  testijnonios,  no  po- 
dríamos decir  si  los  españoles  encontraron  esta  última  enferme- 
dad en  el  país,  o  si  la  importaron  junto  con  la  viruela  i  el  aguar- 
diente, las  dos  plagas  que  mas  destrozos  han  causado  en  la  po- 
blación indíjena.  Lo  que  sí  puede  aseverarse  es  que  llegaron  a 
emplear  en  su  curación  varias  plantas  i  los  baños  termales.  Habían 
llegado  aún  a  descubrir  que  algunas  de  las  enfermedades  de  la 

87.  Olivares,  Historia  de  Chile^  páj.  53. 

88.  V\%i2LSy  Informe  al  Rei^  etc, 

89.  Luis  de  Valdivia,  Arte  efe  la  lengua^  etc. 

90.  Martínez,  La  verdad  en  campaña^  núm.  69;  Olivares,  Historia  de  Chile^ 
páj.  53;  Rosales,  etc.  <iEn  la  llegada  de  nuestros  españoles,  dice  Nájera,  a  aque- 
Has  partes  occidentales,  hicieron  esperiencia  los  indios  i  españoles  de  dos  nuevas 
contajiosas  enfermedades,  la  una  de  las  cuales  fué  la  de  las  viruelas,  que  pega- 
ron los  nuestros  a  los  indios,  cosa  que  jamas  habían  conocido;  i  la  otra  fué  el 
mal  de  las  bubas,  cuyo  oríjen  tuvo  en  los  indios  del  comer  cartie  humana,  al 
cual  nuil  llamamos  impropiamente  mal  francés,  pues  no  viene  de  Francia  sino 
de  las  Occidentales  Indias  esta  enfermedad,  la  cual  cobraron  los  nuestros  de  los 
indios,  como  en  contra  cambio  de  las  viruelas  que  les  dejaron. t>  Desengaño  de 
la  guerra  de  Chile^  páj.  356.  Merece  notai  se,  sin  euibargo,  que  contra  su  costum- 
bre, el  autor  que  citamos  no  habla  en  nombre  propio  sobreesté  particular,  sino 
que  se  refiere  al  libro  del  médico  verones  Montano,  De  morbo gallico^  i  a  la  His- 
toria de  Italia  de  Guicciardino. 


i 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  ^55* 

piel  les  eran  producidas  por  parásitos  {cuthu,  arador  de  la  sarna), 
i  en  jeneral  conocian  tanto  la  historia  natural  del  país,  especial- 
mente la  ZQolojía  i  botánica,  que  casi  no  hai  entre  nosotros  una 
sola  ave  ni  un  solo  mamífero  que  no  encuentre  nombre  en  el  idio- 
ma de  los  indios.^^ 

Como  se  supondrá,  a  pesar  de  los  remedios  caseros  de  los  ma- 
chis, (inclusa  la  intervención  del  demonio),  de  todos  estos  traji- 
nes i  de  tanto  aparato,  el  enfermo  las  mas  de  las  veces  pasaba  a 
mejor  vida.  Hé  aquí  ahora  lo  que  según  el  mismo  autor  que 
hemos  citado  hace  poco,  se  hacia  para  enterrar  el  difunto. 

Noticiada  la  muerte  a  los  habitantes  de  la  regüe  o  parcialidad, 
traía  cada  uno  su  cántaro  de  chicha;  «entraron  adentro,  dice 
Bascuñan,  refiriéndose  al  mismo  caso  de  que  se  ha  tratado,  adon- 
de nos  hallaron  con  las  acostumbradas  ceremonias,  llorando  so- 
bre el  difunto;  levantóse  el  cacique  a  recibirlos,  i  acercándose  al 
cadáver  cuatro  de  los  mas  ancianos  i  nobles,  fueron  cada  uno  de 
por  sí  echándole  encima  una  camiseta  i  manta  nueva,  i  las  mujeres 
de  estos  poniendo  arrimadas  al  cuerpo  frió,  las  tinajas  i  cántaros 
de  chicha  que  trajeren  a  cuestas,  i  como  mas  tiernas  i  cei  imoniáti- 
cas  (sic)  las  viejas  dieron  principio  a  dar  tan  fuertes  voces  i  ala- 
ridos rasgándose  las  vestiduras  i  pelándose   los  cabellos,   que 
obligaron  a  que  los  demás  las  acompañáramos;  con  que,  chicos  i 
grandes,  con  los  gritos,  sollozos  i  suspiros  que  daban,  hacian  tan 
gran  r^ido,  que  parecia  mas  cerimonia  acostumbrada,  que  natu- 
ral dolor  por  el  difunto,  i  es  así  verdad,  que  en  lo  de  adelante  se 
conoció  hacerse  mas  aquellos  estreñios  por  el  fausto  i  honor  de 
las  exequias,  que  por  el  pesar  que  les  causaba  la  muerte  de  los 
suyos... *^D 
«Las  mujeres  vestian  en  seguida  el  cuerpo  del  difunto  [alhiie) 

91.  Molina  rejistra  algunas  de  estas  voces,  {Hisi.  nat.y  páj,  508),  perolasgra- 
niáticas  araucanas  son  mucho  mas  completas  a  este  respecto.  Tenían  también 
en  este  órJen  de  conocimientos  sus  fábulas,  como  la  del  pimuychen,  «culebra  que 
dicen  vuela,  cuando  silva,  i  que  el  que  la  ve  se  muere».  Pebres,  Arte  de  la  leu- 
gítOy  etc.  De  aquí  provienen  sin  duda  las  historietas  de  nuestro  pueblo  sobre  el 
piuchén  i  el  colo-colo.  Creen  también  que  un  zapo  grande,  que  llaman  arnuco^ 
es  el  que  conserva  las  aguas  donde  habita.  Id, 

92.  Cautiverio  feliz  ^  páj.  187. 


2S6  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

con  ropas  nuevas,  camisetas,  mantas  i  calzones  de  diferentes  co- 
lores i  una  bolsa  mui  curiosa  (que  la  ponian  sobre  todo  lo  de- 
mas),  pendiente  de  una  faja  ancha,  bien  llena  i  cocida  por  la  boca, 
donde  le  ponian  sus  collares  i  llancas,  especialmente  con  los 
hombres  principales.  Después  de  vestido  colocaban  el  cadáver 
sobre  unas  andas,  enramadas  con  hojas  de  laurel  i  de  canelo.** 

«Salimos  en  procesión  mas  de  cincuenta  indios,  que  se  habían 
juntado  de  los  comarcanos,  i  a  mas  de  otras  cien  almas  de  indios 
chinuelos  i  muchachos,  que  llevaban  de  diestro  mas  de  diez  ca- 
ballos cargados  de  chicha,  que  iban  puestos  en  orden  marchando 
por  delante;  salimos  con  el  cuerpo  por  la  puerta  del  rancho,  i 
así  como  pusimos  los  pies  fuera  de  los  umbrales  con  las  andas, 
se  levantó  un  ruido  de  voces  tan  estraño  que  por  lo  nunca  acos- 
tumbrado en  mis  oidos,  me  causó  de  repente  algún  pavor  i  es- 
panto; porque  las  dolientes  mujeres,  la  madre,  hermana  i  mucha- 
chos lloraban  sin  medida  i  lastimados,  rasgándose  las  cabezas  i 
cabellos,  i  los  demás  por  cerimonia  se  aventajaban  a  éstos  con 
suspiros,  sollozos  i  jemidos,  i  todos  juntos  despidiendo  unos  ayes 
lastimosos,  acompañados  con  las  lágrimas,  gritos  i  voces  de  los 
niños,  que  penetraban  los  montes  de  tal  suerte  que  respondian 
tiernos  a  sus  llantos.  Parados  estuvimos  i  suspensos  mientras  se 
sosegaban  los  clamores,  que  verdaderamente  eran  mas  encami- 
nados al  honor  i  fausto  del  entierro,  que  a  demostrar  la  pena  que 
llevaban. 

«Llegaron  los  rejentes  del  entierro  i  mandaron  que  prosiguiése- 
mos nuestro  viaje,  habiendo  caminado  ya  la  vanguardia  i  entona- 
do un  cántico  triste  i  lastimoso,  cuyo  estribillo  era  repetir  lloran- 
do: ai!  ai!  ai!  mi  querido  hijo!  mi  querido  hermano!  i  mi  querido 
amigo!;  i  en  llegando  a  este  punto  se  hacia  alto  otro  rato  a  modo 
de  posas  entre  nosotros,  i  se  formaba  otro  grande  llanto  como  el 
primero.  Con  esta  suspensión  de  seguida  llegaron  otros  caciques  a 
mudarnos  i  cargaron  las  andas  hasta  el  pié  del  cerro  o  cuesta 
adonde  se  habia  de  enterrar,  que  habia  de  la  casa  a  él  poco  mas 

93.  Estas  andas,  según  Pebres,  se  designan  con  el  nombre  á^ptlluay.  Arte  de 
la  lengua  general^  etc. 


i 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  257 

de  una  cuadra,  que  lo  mas  trabajoso  era  subir  la  cuesta;  prosi- 
guieron con  el  mesmo  orden,  cantando,  como  he  dicho,  lastimo- 
sos cantos,  i  cuando  llegaron  al  pié  de  la  loma  volvieron  a  hacer 
lo  propio   que  en  la  primera  posa,  i   para  subir  arriba  llegaron 
otros  principales   mocetones  i  forzudos,  i  cojiendo  las  andas  las 
subieron  sin  faltar  del  orden  con  que  se  dio  principio  a  la  proce- 
sión. Llegamos  todos  a  la  cumbre,  donde  algunos  comenzaron  a 
hacer  el  hoyo  con  tridentes,  palas  i  azadones...,  i   tras  de  estos 
entran  las  palas  que  ellos  llaman  hueullos^  i  con  éstas  van  echan- 
do a  una  parte  i  otra  la  tierra,  para  volverla  a  echar  sobre  la  ca- 
ra del  difunto;  i  con  los  azadones  ahondan  todo  lo  que  es  me- 
nester, si  bien  no  hacen  mas  de  ajustar  unos  tablones  que  sirven 
de  atahud.  Estos  llevaron  hechos  al  propósito,  tres  de  estos  para 
el  plan  i  asiento  del  cuerpo,  que  tendrían  mas  de  vara  i  media  de 
ancho,  que  al  propósito  es  el  cajón  espacioso  i  ancho  por  lo  que 
le  ponen  dentro:  ajustaron  los  tablones  en  la  tierra  i  pusieron  al 
difunto  dentro  de  esta  caja  i  yo  llegué  a  quitarle  la  cruz  que  le 
habia  puesto...  En  el  ínterin  que  hicieron  el  hoyo  para  ajustar 
las  tablas,  habian  descargado  la  chicha,   que  llevaban  mas  de 
veinte  o  treinta  botijas,  i  las  tenian  puestas  en  orden,  imas  por 
una  parte  i  otras  por  otra,  en  hilera,  i  tras  de  ellas  estaban  los 
caciques  asentados,  i  las  mujeres  de  la  propia  suerte  tras  de  los 
varones,  repartiendo  algunas  de  ellas  que  andaban  en  pié  en  me- 
dio de  la  calle  que  hacían  las  botijas,  jarros  de  chicha  a  todos 
los  asentados;  i  a  los  que  habian  trabajado  en  la  sepultura  les 
llevaron  una  botija  antes  que  acabaran  con  su  obra,  que  la  des- 
pacharon en  un  instante,  ayudados  de  otros  muchos  chinuelos  i 
chinas.  Avisaron  al  cacique  como  estaba  ya  el  cuerpo  en  el  se- 
pulcro, i  levantándose  con  los  demás,  llevó  en  la  mano  un  cánta- 
ro pequeño  lleno  de  chicha,  i  los  otros  caciques  de  la  propia 
suerte,  i  arrimándose  al  cajón  del  difunto  llegó  la  madre  a  echar- 
se sobre  él  i  a  pelarse  los  cabellos  i  echárselos  encima;  i  esto 
con  unas  voces  mui  descompasadas,  mezcladas  con  suspiros  i  llan- 
tos, a  cuya  imitación  se  levantó  un  ruido  lastimoso  de  sollozos, 

34 


2S8  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

alaridos  i  lágrimas,  que  como  las  de  la  madre  eran  verdaderas, 
obligaron  a  muchos  a  imitarla. 

«Sosegáronse  un  rato  los  clamores  i  todos  los  caciques  brinda- 
ron al  muerto  muchacho,  i  cada  uno  le  puso  su  jarro  pequeño  a 
la  cabecera,  i  su  padre  el  cantarillo  que  llevaba,  la  madre  su  olla 
de  papas,  otro  cántaro  de  chicha  i  un  asador  de  carne  de  oveja 
de  la  tierra,  que  se  me  olvidó  de  decir  que  la  llevaron,  en  medio 
de  la  procesión,  i  la  mataron  antes  de  enterrar  al  difunto,  sobre 
el  hoyo  que  habían  hecho  para  el  efecto;  sus  hermanos  i  parien- 
tes le  fueron  ofreciendo  i  llevando,  los  unos  platillos  de  bollos 
de  maíz,  otros  le  ponian  tortillas,  otros  mote,  pescado  i  ají,  i  otras 
cosas  a  este  modo;  finalmente,  llenaron  el  cajón  de  todo  lo  refe- 
rido i  después  trajeron  otras  tres  tablas  o  tablones  ajustados 
para  poner  encima  i  taparle,  que  después  de  haberlo  hecho,  el 
primero  que  hecho  tierra  sobre  el  sepulcro  fué  su  padre,  con  cu- 
ya acción  se  levantó  otro  alarido  como  los  pasados,  i  entre  todos 
los  dolientes  i  convidados  cubrieron  el  hoyo  en  un  momento,  i  so- 
bre él  formaron  un  cerro  en  buena  proporción  levantado,  que  se 
divisaba  desde  la  casa  mui  a  gusto  i  de  algunas  leguas  se  seño- 
reaba mejor.**» 

Según  lo  que  apuntan  otros  escritores,  cuando  no  habia  sufi- 
ciente chicha  preparada  para  el  entierro,  o  cuando  la  reunión  de 
los  parientes  i  amigos  no  podia  verificarse  tan  pronto,  se  guardaba 
el  cadáver  entre  dos  palos  huecos  i  se  le  colgaba  sobre  el  humo 
del  fuego  de  la  misma  cocina;^  «por  eso  todos  procuran  llevar  fue- 
go, i  para  eso  se  dan  botones  de  fuego  en  los  brazos,  que  llaman 
copen^  persuadidos  a  que  con  eso  tendrán  fuego  con  que  calen- 
tarse en  la  otra  vida,  i  que  si  así  no  le  llevan  no  le  hallarán.*®!) 

A  los  curiosos  detalles,  señalados  por  Bascuñan,  agrega  Ro- 
sales que  para  que  el  difunto  tuviese  lumbre  en  la  otra  vida  le 

94.  Bascuñan,  pájs.  191  i  siguientes. 

95.  Usauro  Martínez,  J^a  verdad  en  campaña^  número  59.  En  la  actualidad, 
estas  ceremonias  fúnebres  han  cambiado  mucho. 

96.  La  operación  de  señalar  con  fuego  los  brazos,  se  denomina^wcofi,  según 
Pebres;  i  acaso  de  esta  circunstancia  deriva  el  nombre  de  los  indios  picones  de 
que  hablaba  ya  Oviedo. 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  259 

hacían  fuego  sobre  la  sepultura  por  un  año  entero.  Por  lo  demás 
espresa  «que  estando  persuadidos  los  indios  a  que  las  almas  son 
corpóreas  i  a  que  en  la  otra  vida  comen  i  necesitan  de  abrigo,  les 
ponen  a  los  difuntos  en  las  sepulturas  los  mejores  vestidos  que 
tenían  en  vida,  las  joyas  i  las  armas  para  que  peleen;  fuego  para 
que  con  él  allá  se  alumbren  i  hagan  sus  candeladas,  i  comida  para 
que  coman.  I  así  les  llenan  los  sepulcros  de  cántaros  de  chicha, 
de  asadores  de  carne,  de  aves,  maíz,  harina  de  cebada,  o  lo  que 
cada  uno  según  su  piedad  i  compasión  que  tiene  al  difunto  le  pa- 
rece.» 

La  provisión  que  los  indios  echan  en  los  entierros,  dice  Pérez 
García,  se  llama  echol^  añadiendo  al  varón  sus  armas,  i  a  la  mujer 
el  huso,  lanas,  ollas,^^  i  demás  instrumentos  de  las  labores  feme- 
niles, añade  Olivares.^  Entre  éstos  debemos  contar  mui  especial- 
mente ^a  piedra  de  moler,  que,  según  parece,  se  quebraba  en  se- 
ñal de  duelo,  pues  en  todas  las  huacas  hemos  encontrado  siempre 
roto  este  utensilio. 

«Es  cada  entierro  una  borrachera,  continúa  Rosales,  que  dura 
tres  o  cuatro  dias,  cantando  las  exequias  del  difunto;  para  cuyo 
entierro  hacen  los  poetas  sus  romances  particulares  i  se  los  pa- 
gan los  parientes  con  chicha.  I  después  le  hacen  al  cabo  de  año, 
que  es  otra  borrachera  en  que  se  juntan,  como  para  el  entierro, 
todos  los  parientes,  i  traen  muchas  ovejas,  carneros  i  chicha  i 
sobre  la  sepultura  los  matan  i  derraman  la  sangre  para  que  tenga 
el  muerto  que  comer.  I  luego  dan  vueltas  al  derredor,  llevando 
en  las  manos  jarros  de  chicha,  i  como  van  pasando  van  haciendo 
un  razonamiento  al  difunto,  diciéndole  la  falta  que  hace  i  con- 
tándole lo  que  por  acá  ha  pasado  desde  que  murió,  i  luego  le 
echan  la  chicha  diciéndole:  que  no  dejará  de  tener  sed,  que  beba. 
I  renovando  la  comida  que  tenia  en  la  sepultura,  le  ponen  otra 
fresca  i  nuevos  cántaros  de  chicha;  con  que  le  dejan  para  siempre. 

dPero  los  caciques  i  indios  nobles,  para  que  su  memoria  que- 
de para  siempre,  se  hacen  enterrar  en  los  cerros  mas  altos  i  en 

97.  Historia  de  Qhile^  cap.  XI,  t.  I. 

98.  Historia  de  Chile ^  páj.  52. 


26o  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

los  lugares  donde  se  juntan  a  jugar  a  la  chueca  o  en  los  regues^ 
que  son  los  lugares  donde  se  juntan  a  tratar  las  cosas  de  impor- 
tancia, que  son  como  los  lugares  de  el  cabildo,  i  como  allí  se  ha- 
cen las  borracheras  i  las  fiestas  principales,  la  parentela  va  antes 
de  beber,  a  derramar  en  su  sepultura  cada  uno  un  jarro  de  chi- 
cha, brindándole  para  que  beba  i  se  halle  en  la  fiesta.'^JD 

Nuñez  de  Pineda  i  Bascuñan,  que  tan  a  fondo  conocia  las 
costumbres  indíjenas,  consigna  también  el  hecho,  que  asienta 
Rosales,  de  que  los  caciques  de  cierta  importancia  eran  enterra- 
dos en  las  alturas  inmediatas  a  la  casa  que  habitaron,  i  declara 
que  esto  se  hacia  porque  los  que  quedaban  deseaban  tenerlo  a  la 
vista  como  recuerdo  imperecedero  de  la  memoria  de  aquellos 
sus  antepasados.  A  una  circunstancia  análoga  debemos  atribuir 
el  hecho  de  encontrar  al  presente  muchas  de  estas  antiguas  sepul- 
turas a  la  orilla  de  los  esteros  i  otros  pequeños  caudales  de  agua. 

Pero  bien  fuera  que  se  elijese  como  sepultura  la  pendiente  de 
alguna  montaña  o  las  orillas  de  un  arroyuelo  en  el  plan,  el  hecho 
constante,  característico  i  jenuino  de  los  aboríjenes  de  Chile  co- 
mo de  los  del  Perú  es  que  sus  sepulcros  [cltun^  puüllil^  cemen- 
terio) se  levantan  siempre  de  la  superficie  del  suelo  en  una  for- 
ma mas  o  menos  redondeada,  figurando  pequeñas  eminencias, 
que  muchas  veces  alcanzan  la  importancia  de  verdaderos  montícu- 
los. Sin  ir  mas  lejos,  de  las  Actas  del  Cabildo  de  Santiago  cons- 
ta que  en  los  comienzos  de  la  conquista  en  las  inmediaciones  de 
la  ciudad  habia  un  cerrito  llamado  de  la  Huaca,  que  la  ilustre 
corporación  hizo  a  dar  a  Francisco  de  Leon.^°**  El  tamaño  i  ele- 
vación de  estas  eminencias  es  pues  lo  que  viene  a  constituir,  aún 
esteriormente,  la  importancia  del  personaje  cuyos  restos  encie- 
rran, i  como  consecuencia  precisa,  la  riqueza  de  los  objetos  que 
dentro  de  ellas  pueden  encontrarse. 

Según  la  relación  de  Bascuñan,  se  habrá  visto  la  manera  como 
eran  formados  estos  cerritos  artificiales;  pero,  a  nuestro  juicio, 
del  testimonio  de  nuestro  antiguo  cronista  i  soldado,  deben  des- 

99.  Historia^  L  páj.  164. 
icx).  ActaSj  páj.  579. 


i 


CAP.    IX. — LOS  ARAUCANOS  201 

cariarse  algunos  detalles  que,  sin  duda,  en  un  principio  no  cono- 
cieron los  primitivos  indios.  Así,  por  ejemplo,  el  cajón  en  qne 
dice  que  se  encerraba  el  difunto  es  a  todas  luces  de  invención 
posterior  a  la  conquista,  como  lo  es  el  abrir  en  la  tierra  un  hoyo 
para  guardar  el  féretro.  Según  lo  que  hoi  puede  verse  escavando 
esos  antiguos  sepulcros,  el  cadáver  se  depositaba  lisa  i  llanamente 
sobre  la  superficie  del  suelo  i  era  cubierto  en  seguida,  junto  con 
los  demás  adminículos  que  le  ponían  al  lado,  con  piedras  i  tierra 
hasta  formar  un  montón  mas  o  menos  considerable.  Un  viajero 
español  mui  distinguido  que  visitó  la  América  del  Sur  en  el  últi- 
mo tercio  del  siglo  pasado,  emite  también  una  opinión  entera- 
mente análoga,  pues  declara  que  «los  indios  luego  que  deposita- 
ban el  cadáver  en  el  sitio  donde  habia  de  quedar,  sin  enterrarlo^ 
lo  rodeaban  de  muchas  piedras,  i  con  ellas  i  adobes  le  formaban 
un  nicho,  sobre  el  cual  i  a  los  lados,  concurriendo  para  ello  to- 
dos los  dependientes  del  difunto,  ponian  tanta  tierra  que  queda- 
ba dispuesto  un  cerro  artificial,  que  es  a  lo  que  llamaban  gua- 

En  esta  cita  se  hace  referencia  a  los  nichos  fabricados  de  pie- 
dra i  adobe,  pero  es  porque  se  aplica  con  preferencia  a  los  indios 
peruanos  que  usaron  esta  práctica;  mas,  en  Chile,  como  decía- 
mos, en  la  porción  de  territorio  que  no  estuvo  sometida  al  do- 
minio incarial,  se  limitaban  a  cubrir  el  cadáver  con  piedras  i  tie- 
rra. 

Las  sepulturas  indíjenas,  ancuviñas  o  huacas  se  encuentran 
hasta  el  presente  diseminadas  en  toda  la  estension  del  país  desde 
el  puerto  de  Blanco  Encalada  hasta  las  márjenes  del  rio  Valdi- 
via; pero  según  es  la  localidad  en  que  se  hallan  así  es  también  la 
importancia  que  asumen  para  el  moderno  anticuario.  En  la  rejion 
del  norte,  por  ejemplo,  en  Copiapó,  Vallenar,  Illapel  i  hasta  el 
mismo  Aconcagua,  los  objetos  que  contienen  traicionan  mani- 
fiestamente un  pronunciado  carácter  peruano:  los  utensilios  de 
oro  i  plata,  los  cántaros  i  vasos  de  greda  de  un   gran  pulimento 

loi.  Jorje  Juan,  ReJacton  histórica  del  viagc  a  la  América  meridional ^  t.  2.', 
páj.  617. 


202  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

i  de  finísimas  pinturas,  las  llancas,  etc.,  etc.,  son  allí  abundantes 
i  casi  esclusivas,  i  su  estado  de  conservación  así  como  el  de  los 
cadáveres,  merced  a  la  falta  de  lluvias  i  a  la  naturaleza  del  terre- 
no, es  casi  perfecto;  si  se  desciende  al  sur,  por  el  contrario,  se  ve 
que  la  alfarería  es  inferior,  que  los  objetos  de  metal  no  existen, 
pero  que  en  cambio  predominan  los  de  piedra;  los  cadáveres,  a 
escepcion  del  cráneo  en  algunos  casos,  están  casi  del  todo  redu- 
cidos a  polvo;  en  una  palabra,  se  palpa  manifiestamente  que  los 
habitantes  de  esta  rejion  eran  mucho  mas  pobres  i  atrasados  que 
los  del  norte. 

■ 

Los  españoles  de  la  conquista,  que,  como  se  sabe,  se  manifes- 
taron insaciables  buscadores  de  oro,  no  tardaron  en  descubrir 
que  los  sepulcros  indíjenas  contenían  por  lo  jeneral  joyas  i  otros 
objetos  del  precioso  metal,  i  desde  aquella  misma  época  comen- 
zaron las  escavaciones.  Todo  lo  que  se  hallaba  se  vendia  por  su 
peso  o  se  fundia,  sin  que  se  pensase  en  manera  alguna  en  conser- 
var, siquiera  como  curiosidad,  ya  que  no  como  de  alto  interés 
para  la  ciencia,  ninguna  de  aquellas  muestras  del  arte  indíjena 
en  América.^^^  Aún  se  escribieron  tratados  en  latin  sobre  los  te- 
soros que  se  hallaban  en  las  sepulturas  de  los  indios,  o  relaciones 
especiales  de  algún  entierro  determinado,  como  nos  lo  refiere 
Antonio  de  León  Pinelo;  pero  por  desgracia  esos  curiosos  ma- 
nuscritos parecen  hoi  definitivamente  perdidos. ^°^  El  hecho  es 
que  estos  hallazgos  debieron  asumir  cierta  importancia  desde  los 
primeros  tiempos  de  la  conquista  porque  los  reyes  de  España  se 
apresuraron  desde  mui  temprano  a  reglamentar  el  modo  de  las 
escavaciones  i  a  fijar  los  derechos  que  en  el  hallazgo  debían  co- 
rresponder a  la  corona.  Un  antiguo  oidor  de  la  Real  Audiencia 
de  Chile  asienta,  en  efecto,  que  el  rei  tenia  opción  a  la  mitad  de 
los  tesoros  que  se  descubriesen  en  las  huacas,  sin  que  fuera  líci- 
to cavarlas  sino  con  licencia  del  gobierno  o  de  los  correjidores 
de  los  partidos,  debiendo  asistir  al  acto  sobrestantes  que  velasen 

102.  Debe,  sin  embargo,  notarse  como  escepcion  que  en  la  repartición  del 
botín  de  Atahualpa  i  de  los  tesoros  del  templo  del  Cuzco,  se  remitieron  al  mo- 
narca español  algunos  de  estos  objetos,  de  gran  valor. 

103.  Epitome  de  la  biblioteca  oriental  i  occidental^  t,  II,  col.  642,  Tí/.,  776. 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  263 

por  los  reales  derechos.  El  camino  quedaba  con  esto  abierto,  i 
no  seria  el  fiscalismo  español  el  que  se  detuviese  en  la  imposición 
de  gabelas  de  toda  especie  a  propósito  de  tales  descubrimientos, 
i  así  vemos  que  se  declaró  que  todo  lo  que  se  hallase  en  templos 
jentiles,  a  pesar  de  los  reclamos  de  los  eclesiásticos  que  preten- 
dian  corresponderle  a  sus  iglesias,  i  en  jeneral,  todas  las  cosas 
que  estuviesen  dedicadas  al  servicio  de  los  ídolos,  debian  perte- 
necer por  entero  al  real  fisco.  Por  fin,  la  codiciosa  mano  de  la 
corte  española,  con  avaricia  increible,  llegó  a  declarar  que  la  mi- 
tad del  oro,  perlas  o  moneda  que  se  hallase  en  cadáveres  de  in- 
dios u  otra  jente  debia  aplicarse  en  América  al  tesoro  del  rei.^^** 

Estas  disposiciones  dictadas  en  jeneral  parala  América  sufrie- 
ron una  modificación  teórica,  respecto  de  Chile,  pues,  en  virtud 
de  las  representaciones  de  Jerónimo  de  Alderete,  el  príncipe 
don  Felipe,  rej ente  del  reino,  dispuso  por  cédula  dada  en  Valla- 
dolid  el  21  de  febrero  de  1554,  «entre  otras  cosas  tocante  al  pago 
de  derechos  que  debia  hacerse  al  erario,  que  si  se  hubiere  oro 
de  sepulturas,  habéis  de  cobrar  el  cuarto.^^^D 

Respecto  de  los  primeros  tiempos  del  descubrimiento,  aparece 
que  los  compañeros  de  Almagro  escavaron  en  el  norte  algunas 
sepulturas,  pues  se  sabe  que  el  clérigo  Cristóbal  de  Molina  que 
vino  con  ellos  escribió  una  carta  al  rei  en  1539  dándole  cuenta 
del  hecho  i  anunciándole  el  resultado  de  los  trabajos;  pero  este 
importante  manuscrito  que  tan  alto  interés  habria  asumido  para 
nosotros,  ha  corrido  la  misma  suerte  que  la  de  tantos  otros  de  su 
especie.^^ 

Después  de  todo,  es  de  felicitarse  de  las  disposiciones  españo- 
las que  acabamos  de  recorrer  referentes  a  las  escavaciones  de  las 
huacas,  porque  acaso  ellas  sirvieron  en  parte  siquiera  para  impe- 
dir la  desaparición  de  todas,  o  al  menos  para  dejar  en  pié  las  que 
se  estimaron  de  poca  importancia.  En  cambio,  parece  que  no 

104.  Escalona  Apjüero,  Gazophilazmm  regium  peruvicUm^  ed.  de  1675,  páj. 
126,  cap.  II,  parte  II  del  lib.  II. 

105.  Barros  Arana,  Proceso  de  Pedro  de  Valdivia^  páj.  338. 

106.  Véasela  introducción  a  la  Conquista  y  población  del  Perú, 


264  LOS   ABORÍJENES   D^   CHILE 

hace  muchos  años  se  destruían  con  el  único  fin  de  estraer  los 
cántaros  que  contenían  i  guardar  en  ellos  la  chicha  del  domingo 
o  el  agua  del  estero  inmediato... ^°^  Al  preséntenlas  labores  del 
campo,  las  avenidas,  i  mas  que  todo,  el  tiempo,  han  hecho  desa- 
parecer la  casi  totalidad  de  las  que  quedaban  en  las  provincias 
centrales,  de  modo  que  puede  decirse  que  lo  poco  que  nos  resta 
en  este  orden  se  encuentra  en  el  norte,  donde  la  sequedad  i  el 
despoblado  han  sido  los  únicos  guardianes  de  tan  interesantes 
objetos. 

El  sistema  de  sepultación  establecido  entre  los  primitivos  in- 
dios continuó  aún  después  de  la  conquista  española,  i  de  aquí 
nace  la  dificultad  de  distinguir  en  muchísimos  casos  la  edad 
aproximada  siquiera  de  aquellos  monumentos.  Aún  en  lugares 
que  desde  un  principio  estuvieron  sometidos  a  los  conquistado- 
res, como  ser  las  inmediaciones  de  Santiago,  se  encuentran  hoi 
en  las  sepulturas  trozos  i  hasta  hachas  de  fierro,  que  no  pudiendo 
considerarse  de  producción  indíjena,  es  forzoso  referirlos. a  la 
importación  europea.  Sin  embargo,  en  Colchagua  nos  ha  sucedi- 
do varias  veces,  i  entre  otras  en  un  caso  mui  interesante  que  lue- 
go citaremos,  poder  determinar  casi  con  precisión  matemática  la 
edad  de  algunas  sepulturas.  Sobre  la  eminencia  que  encerraba 
los  restos  de  los  antiguos  pobladores  se  alzaban  espinos  secula- 
res, los  cuales,  derribados,  revelaban  en  sus  anillos  concéntricos 
que  contaban  cerca  de  tres  siglos  de  existencia.  Aquella  huaca 
habia  sido  pues  levantada  presisamente  en  la  época  en  que  los 
españoles  acababan  de  invadir  el  país  i  sus  restos  iban  a  revelar- 
nos sin  lugar  a  confusión  ni  duda  el  estado  primitivo  de  sus  due- 
ños en  aquel  remoto  tiempo. 

Pero  hasta  hoi  mismo  los  araucanos  conservan  de  una  manera 
aproximada  el  antiguo  sistema  de  sus  abolengos.  Sepúltanse  en 
las  eminencias,  el  difunto  es  acompañado  de  sus  prendas  mas  va- 
liosas, las  ceremonias  del  entierro  subsisten;  pero  sin  poderse 
resistir  a  la  imitación  cristiana  colocan  hoi  sobre  la  tumba  de  ca- 

107.  En  la  hacienda  de  Chacabuco  hemos  contado  mas  de  setenta  sepulturas 
de  indijenas  escavadas  con  ese  único  ñn. 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  265 

da  uno  una  especie  de  retrato  del  muerto,  labrado  toscamente 
en  el  tronco  de  algún  roble,  i  que  desde  lejos  semejan  las  cruces 
de  un  cementerio  católico. 

Previa  esta  advertencia,  que  revela  la  dificultad  de  distinguir 
en  este  orden  lo  que  sea  esencialmente  orijinal  del  pueblo  cuya 
antigua  vida  historiamos,  de  lo  que  haya  podido  en  época  poste- 
rior aprender  de  lo  que  veía  a  su  alrededor,  i  que  como  ya  se  ha 
dicho,  se  hace  sentir  todavía  con  mas  fuerza  en  el  estudio  de  las 
costumbres,  de  sus  particulares  íntimos  i  especialmente  de  su  in- 
dustria; armados  de  la  pala  i  la  barreta  i  mas  que  todo  de  un 
buen  deseo,  penetremos  en  el  interior  de  aquellos  antiguos  se- 
pulcros. 

Cavando  en  la  parte  mas  alta  de  la  eminencia  o  cerrito  que 
constituye  la  huaca,  se  encuentran  luego  restos  humanos  a  la  hon- 
dura de  media  vara  i  muchas  veces  auna  profundidad  menor.  Los 
cadáveres  se  presentan,  ya  en  una  sola  capa,  ya  en  varias,  según 
la  importancia  o  años  de  existencia  que  contaba  la  huaca,  pero 
en  todas  ellas  hemos  podido  notar  como  un  hecho  constante  que 
los  cadáveres  colocados  en  situación  horizontal  se  presentan 
cruzándose  por  las  piernas  a  la  altura  de  la  pantorrilla.  D'Orbi- 
gny,  confirmando  nuestro  aserto,  refiere  que  en  una  escavacion 
que  practicó  en  la  costa  del  norte  de  Chile,  los  cadáveres  esta- 
ban cubiertos  con  una  capa  de  tierra  de  tres  a  cuatro  metros  de 
espesor,  arreglados  por  sexo  i  por  edad,  i  tendidos  a  lo  largo, 
acostumbre  que  no  hemos  hallado  en  ninguna  de  las  otras  nacio- 
ciones  americanas,  añade  el  sabio  viajero,  que  replegaban  ordi- 
nariamente el  cuerpo  para  colocarlo  en  la  posición  natural  del 
hombre  antes  de  su  nacimiento .^°®d  En  la  jeneralidad  de  los  casos, 
algunas  piedras  rodean  el  cadáver  o  lo  cubren  en  parte,  i  no  es 
raro  tampoco  encontrar  juntos  con  él  trozos  de  tierra  cocida.  En 
situación  semejante  se  hallan  los  cántaros  o  vasijas  que  se  han 
colocado  al  difunto,  habiéndonos  una  vez  acontecido  el  caso  de 
que  la  boca  de  uno  de  ellos  yacía  precisamente  tocando  las  man- 

108.  L^homme  américain^  páj.  335,  t.  I. 

35 


»■      I  ■■ 


xtsi  ^  m:  de  que  el 

p'TrTIbTS  "El  viajero 
:=:  JSTTL  parte  de  so 
.sr  2ÍUS1D  mochas 
tdlas  maíz, 


^  -±=  ^  j^rnniisra  odesco- 
.,  ■,..^.^^-     ^^   _^-^  -".:•    -       .   zcrrrs    .jizssr'Tsmis  xambieo  en 

z^Li.  -^zz  :a:3?i  rrascnrso  de 


¥     *r  — ^   T_r-|_r  _  *  ^"^^  ^^^^to^  ^»^^k*^^*  ■.        _  '^»  4««  Ai*^^Bi^»^WN«^ 


"cíTir  -   ^'::j=  -í:i  t^^:^ — r^  ' . "    ec ;-    z.  :sí  püsirüi  ja  detcr- 

fu:::.   -.1  '^?.--     -^  '  — -■   -rci::^      -^i — ?rrrr    mu:  xcz  entina 
ir-- "    li  ^  r — :-^-L  -r  I  .n—     -r*^ — :  •=  ^  ^nsshi  igurada  bajo 

1.  ¿  cráneo  de  un 


üic  1„   r:tr  -Li  tc  t¿r>    ^  -.ii  -::r:-:ri-    ^  ^t*:  ^  ikz«ca  del  cán- 

qp¡t  contenia, 


TZ.        m.   J» 


.1  .         Al 


:^ie  ^xa  ir^r  'HT^z-L.  ^--n^  ^.r:r  -^::r  xi5i¿r  CDlDcadaden- 
—'.  :r^  -^  li  :r::nn  ,  Le  niiLzrr.-i^'U'z.  -  TZxr^--nia¿L  ta  raiias  por- 
;:i.ntr.  irir.».  iiLr^  --..lirírr.  :=nr  nr-.-L^^.::!.  jnrxjcass  ene  nos  parece 
.naii:  -r.riai;  r^  ir  í^.. ::.:-:.  i  ;u=.  ¿  :•.— :  ríí<:s  rrseis  rsrihan  medio 

iniC^r.iU,*:.   :..    t*:.:--*:-..-in  t  :r  £n  riie:^-.-  ^:e  iacuesea  redstido  la 

E-  /t  iru/fTiiia  :*í  r*  ^  :nnañ:j.  ¿c  m  Tiac-acnor  rambien,  den- 
tro ic  '-^'-t  '  ••*  vil*  :.,ri:.^:iLa.  i^z^nus  ^nucturusw  I.:sbnesos  de  un 


E-r.t  ' -i.'.^.-,^  ^.¿t  r'-'íríar  '.:«  r^sc.s  it;  ,n"jxcxras  fanmanas  en 
w.  -a-^  'I':  4' ,..  .«  *r,  ir^^ír .rt-zc'^  lin  zi-¿Cir:«;si.  pirece  adquirida 
fl^  \^y\  ,^': .^'^  r--^  .-í.'..'.".  -,  ;-r:  ::.:!•:  1:  irsrv¿rx::  Kirero  i  Tschudí, 
<V,\  u.f.r,  >r;,-:  v;    u   :  .\...\  ;-  tlii  Uz~x  I,"S  conservaban  en 

ír^f.   //ft/^^ruKf/  Kffi'/  </^i^,rf^f.í.€  KsmrrT'f  €z: .  «  I.  rir.  44.  Conviene señalai* 

;ií'j'»i  A  U  .rti'f  iv',','   '/,-;•,  v  -%  ". :    .«;  *ci/i.:-.r-<  i*  ¿cpulnras  entre  nosotros. 


CAP.    IX. LOS   ARAUCANOS  267 

ollas,  i  los  reverenciaban  como  a  entes  sagrados,  pretendiendo 
que  uno  de  ellos  era  hijo  del  rayo..,,  i  del  mismo  modo  conser- 
vaban a  los  niños  que  nacian  de  pies,  cuando  fallecían  en  edact 
tierna.*^®»  Arriaga,  de  quien  tomaron  estos  datos  los  autores  que 
venimos  de  citar,  agrega  que  los  cuerpos  de  esos  niños  se  desig- 
naban con  el  nombre  de  chuchos  o  cuti^  i  s6  guardaban  dentro  de 
las  casas,  como  cosa  sagrada,  lo  mismo  que  los  cuerpos  chacpas^ 
que  son  los  que  nacen  de  pies,  (ícon  lo  cual  tienen  grandes  abu- 
siones.^^^» 

«Cuando  nacen  dos  de  un  parto,  continúa  el  jesuita,  los  indios 
hermanos  lo  tienen  por  cosa  sacrilega  i  abominable,  i  aunque  di- 
cen que  el  uno  es  hijo  del  rayo,  hacen  grande  penitencia  como  si 
hubiesen  hecho  un  gran  pecado.  Lo  ordinario  es  ayunar  muchos 
dias,  así  el  padre  como  la  madre,  no  comiendo  sal,  ni-  ají,  ni  jun- 
gándose en  este  tiempo,  que  en  algunas  partes  suele  ser  por  seis 
meses;  en  otras,  así  el  padre  como  la  madre  se  echan  de  un  lado 
cada  uno  de  por  sí,  i  están  cinco  dias  sin  menearse  de  aquel  lado, 
el  un  pié  encojido,  i  debajo  de  la  corva  ponen  un  pallar  o  haba, 
hasta  que  con  el  sudor  comienza  a  brotar,  i  otros  cinco  dias  se 
vuelven  del  otro  lado  de  la  misma  manera,  i  este  tiempo  ayunan 
del  modo  dicho.  Acabada  esta  penitencia  los  parientes  cazan  un 
venado,  i  desollándole,  hacen  uno  como  palio  del  pellejo,  i  de- 
bajo del  pasean  a  los  penitentes,  con  unas  soguillas  al  cuello,  las 
cuales  traen  después  por  muchos  dias, 

«La  penitencia  que  hizo  una  india  fué  estar  diez  dias  de  rodi- 
llas i  con  las  manos  también  en  el  suelo,  como  quien  está  en  cua- 
tro pies,  sin  mudar  postura  en  todo  este  tiempo  para  cosa  nin- 
guna, i  estaba  tan  flaca  i  desfigurada  desta  penitencia,  que  ha- 
llándola en  ella  no  se  atrevió  el  cura  a  castigarla.^^js) 

«Casi  todos  los  pueblos  poco  avanzados  en  civilización,  dice 
Lubbock,  tienen  gran  aversión  por  los  jemelos.  En  la  isla  de  Ba- 
li,^^^  cerca  de  Java,  los  indíjenas  tienen  la  singular  idea  de  que 

no.  Antígüedades peruanas, 'pi].  170. 

111.  Extirpación  de  ¡a  idolatría  del  Pirú^  páj.  17. 

1 12.  /</.,  páj.  32. 

1 1 3.  Moor,  Notices  of  the  Lidian  Archipelago^  páj.  96. 


i 


268  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

cuando  una  mujer  pare  jeinelos,  es  un  mal  presajio;  desde  que  el 
hecho  se  sabe,  la  mujer,  su  marido  i  sus  hijos  están  obligados  a 
^ivir  durante  un  mes,  en  las  orillas  del  mar,  o  entre  los  sepul- 
cros, para  purificarse;  después  de  lo  cual  vuelven  a  la  aldea  i 
deben  ofrecer  un  sacrificio.  Así,  consideran  como  desgracia  una 
prueba  de  fecundidad  en  la  mujer,  i  la  pobre  madre  i  los  hijos 
recien  nacidos  se  ven  espuestos  a  todo  aire  a  las  inclemencias  de 
la  estación,  precisamente  en  el  momento  en  que  necesitarían  mas 
cuidados.D  Esta  idea  está  distante  de  ser  peculiar  a  esa  isla. 

«Entre  los  kasias  del  Indostan"^  «cuando  nacen  jemelos,  ma- 
tan ordinariamente  uno;  consideran  como  una  desgracia  i  una  de- 
gradación tener  jemelos,  porque  es  asimilarse,  piensan,  a  los  aní- 
males. En  el  Japon,^^*  entre  los  Ainos,  cuando  nacen  jemelos,  se 
destruye  siempre  uno  de  los  dos  niños.  En  Arebo,  en  Guinea, 
Smith  i  Bosman"^  nos  dicen  que  cuando  una  mujer  pare  jemelos, 
matan  a  los  niños  i  a  la  mujer.  «En  la  provincia  de  Nguru,  de- 
pendiente del  imperio  de  Unyannyembé,  la  lei  ordena  matar  los 
jemelos  i  arrojarles  al  agua  tan  pronto  como  nacen,  de  temor  a 
la  sequedad,  las  inundaciones  i  el  hambre.  Si  alguien  intentase 
ocultar  el  nacimiento  de  los  jemelos,  la  familia  entera  seria  ase- 
sinada."' 

«Los  indíjenas  de  la  América  matan  también  uno  de  los  dos 
niños,  con  la  idea  de  que  uno  robusto  vale  mas  que  dos  débi- 
les."^i> 

«No  es  esa,  sin  embargo,  la  causa,  según  creo,  de  las  preocu- 
paciones contra  los  jemelos:  es  mas  bien  la  idea  curiosa  de  que 
un  hombre  no  puede  tener  mas  de  un  hijo,  de  tal  suerte  que  el 
nacimiento  de  los  jemelos  implica  una  infidelidad  de  la  mujer. 
Así,  en  el  antiguo  poema  del  Caballero  del  Cisne,  se  lee,  (el  rei 
i  la  reina  se  encuentran  apoyados  sobre  el  alféizar  de  una  ven- 
tana): «el  reí  miró  hacia  abajo  i  vio  a  una  pobre  mujer  sentada 

114,  Slccl,  Transnctions,  Ethnological  Socteiy^  vol.  VII,  páj.  308. 

I  •  f .  Ik'ckniore,  Proc,  Bost.  Soc.  of  Nat.  Hist,^  1867. 

\\i>,  Wyafi;e  to  Guinea^  páj.  233. 

1 17.  Spckc,  Discovery  of  the  sotircc  of  the  Nile^  páj.  551. 

1  i>í.  Lafitau,  vül.  í,  páj.  592. 


CAP,    IX. — LOS   ARAUCANOS  269 

a  la  puerta,  con  dos  niños  en  las  faldas,  los  dos  nacidos  a  un  mis- 
mo tiempo;  i  el  rei  volvió  el  rostro,  derramando  algunas  lágri- 
mas. En  seguida  dijo  a  la  reina:  ves,  allá  abajo,  esa  pobre  que 
está  agobiada  con  sus  dos  jemelos,  i  eso  me  causa  pena,  i  yo  qui- 
siera socorrerla.  La  reina  respondió:  nó,  i  eso  no  está  bien,  por- 
que se  requiere  un  hombre  para  un  niño,  i  dos  mujeres  para  dos; 
o  de  otra  manera  es  cosa  singular,  porque  yo  pienso  que  cada 
hijo  tiene  un  solo  padre;  ¿cuántos  entonces  ha  habidoP^^^D 

Mas,  cualquiera  que  sea  la  esplicacion  que  se  adopte  como ' 
mas  plausible,  acerca  de  estos  niños,  i  ya  sea  que  supongamos 
que  los  chilenos  adoptaron  de  los  peruanos  la  práctica  de  con- 
servarlos en  la  forma  que  hemos  visto,  o  que,  como  entre  tantos 
otros  pueblos,  les  fué  también  peculiar,  el  hecho  comprobado  es 
que  estaba  establecida  entre  nosotros. 

Nos  ocuparemos  ahora  de  las  momias. 

Los  subditos  de  los  Incas,  agrega  Arriaga,  ce  una  de  las  mayo- 
res veneraciones  que  tienen  es  la  de  sus  malquis^  que  en  los  lla- 
nos llaman  múñeos,  que  son  los  huesos  o  cuerpos  enteros  de  sus 
projenitores  jentiles,  que  ellos  dicen  que  son  hijos  de  las  huacas, 
los  cuales  tienen  en  los  campos,  en  lugares  muí  apartados,  en  los 
machaySy  que  son  sus  sepulturas  antiguas.^**JO 

«Fué  grande  la  vijilancia  que  tenian  los  peruanos,  añade  a  este 
respecto  otro  autor  antiguo,  acerca  de  guardar  i  conservar  a  sus 
difuntos.  I  la  principal  razón  de  esto  es,  que  como,  principalmen- 
te los  Ingas  i  sus  amantas  (que  así  se  llamaban  sus  sabios)  tu- 
vieron por  opinión  que  habían  de  volver  las  ánimas  a  sus  cuer- 
pos en  cierto  tiempo  i  resucitar;  añidieron  que  esto  no  ternia 
efecto  ninguno  sino  es  que  los  cuerpos  estuviesen  guardados  in- 
corruptos, sin  que  les  faltase  nada,  a  lo  menos  hueso,  ya  que  la 
carne  se  consumiese,  por  lo  cual  pusieron  excesivo  cuidado  en 
enterrar  a  sus  difuntos  embalsamados  o  embetunados  con  cierta 
confección  que,  a  falta  de  bálsamo,  conserva  mucho  la  carne, 
para  que  se  conserve...   Muerto  el  rei  o  señor,  le   quitaban  los 

119.  Les  origines  de  la  civilisation^  páj.  28  ¡  sigts. 

120.  Extirpación  de  la  idolatría   del  Perú ^   páj.  14. 


270  LOS    ABÓRÍJENES   DE   CHILE 

intestinos,  i  embalsamaban  todo  el  cuerpo  con  bálsamo  traído  de 
Tolú,  i  con  otras  confecciones,  de  manera  que  duraba  un  cüer-- 
po,  así  embalsamado,  mas  de  cuatrocientos  i  quinientos  afios.» 

«Solo  después  que  sucedieron  ciertas  guerras  civiles,  i  algunas 
inundaciones  de  agua,  dieron  en  cerrar  los  sepulcros,  echando 
tierra  encima,  i  haciendo  túmulos  i  terraplenes,  como  cerros,  so- 
bre ellos.^^^D 

Fundado  quizás  en  antecedentes  de  esta  especie,  don  Francis- 
co Barreda,  en  1828,  describió  el  procedimiento  de  que  se  ser- 
vian  los  embalsamadores  peruanos;^^'  pero  los  señores  Rivero  i 
Tschudi  han  refutado  dicha  opinión  con  argumentos  que  no 
admiten  réplica.^^  «Según  nuestro  parecer,  la  descripción  del 
señor  Barreda,  dicen,  es  un  mero  juego  de  fantasía.  Hemos  exa- 
minado centenares  de  estos  cadáveres,  así  en  la  réjiones  calien- 
tes de  la  costa,  como  en  la  sierra  fríjida,  pero  nunca  conse- 
guimos hallar  un  preservativo.  Es  verdad  que  hallamos  en  casi 
todos  los  cráneos  una  masa  rojiza  o  negruzca,  ya  sutilmente 
molida  como  polvo,  ya  en  pedazos  de  diferentes  tamaños;  pero 
el  análisis  químico  i  microscópico,  que  hizo  de  esta  sustancia 
nuestro  amigo  don  Julio  Vogel,  célebre  químico  patolójico,  ac- 
tualmente catedrático  de  clínica  interna  en  la  Universidad  de 
Giessen,  ha  mostrado  que  tanto  el  polvo  como  los  pedazos  están 
compuestos  de  grasa  cerebral  i  glóbulos  de  sangre  secos,  i  que 
no  es  posible  descubrir  el  menor  vestijio  de  una  sustancia  ve- 
jetal,  prueba  irrefragable  de  que  no  han  sido  estraidos  los  sesos, 
como  pretende  Barreda.  Podemos,  pues,  asegurar  por  esperien- 
cia  propia,  que  todas  las  momias  contienen  el  cerebro  i  los  in- 
testinos, i  que  en  ninguna  se  percibe  incisión  alguna  en  el  peri- 
toneo.» 

«Según  el  señor  Barreda,  los  intestinos  se  sacaban  por  una 
pequeña  cortadura  hecha  del  ano  al  pubis. 

in.  Rehaon  de  costumbres  afiti^uas  de  ¡os  naturales  del  Perú^  en  la  páj. 
153  de  Tres  relaciones  de  antigüedades  peruanas. 

122,  Memorial  de  ciencias  naturales,  t.  II,  páj.  106. 

123.  Antigüedades /^eruan as,  páj.  206. 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  27I 

«Entrp  las  numerosas  pruebas  que  militan  contra  una  momifi- 
cación artificial,  citaremos  pocas  pero  convincentes.  En  el  año 
de  1841  hallamos  en  un  sepulcro  de  jentiles  la  momia  de  una 
mujer  preñada,  conservada  perfectamente,  de  la  cual  sacamos  el 
feto  que  todavía  está  en  nuestro  poder,  i  que,  según  el  dictamen 
de  uno  de  los  mas  célebres  profesores  de  partear,  M.  d'Outre- 
pont,  tenia  siete  meses  de  edad  fetal.  Esta  interesante  momia  se 
halla  figurada  en  la  lámina  VI  del  atlas. 

«Pocos  años  antes,  hallóse  en  Huichay,  a  dos  leguas  de  Tar- 
ma,  la  momia  de  una  mujer  que  habia  muerto  de  dolores  de 
parto,  pues  sojo  la  rejion  superior  de  la  cabeza  de  la  criatura 
habia  salido  a  la  luz. 

«En  la  momia  de  un  niño  de  diez  a  doce  años,  que  halló  el 
doctor  don  J.  D.  Tschudi  en  una  huaca  de  la  costa,  i  que  rega- 
ló a  la  academia  imperial  de  Petersburgo,  ^están  las  costillas  del 
lado  izquierdo  desastadas  del  esternón;  i  la  cavidad  del  pecho  i 
en  parte  la  cavidad  del  empeine  abiertas,  pudiéndose  ver  per- 
fectamente el  corazón  envuelto  en  el  pericardio,  los  pulmones 
avellanados,  el  diafragma,  el  colon  transverso  i  parte  de  los  in- 
testinos delgados. 

«Estos  i  otros  hechos  son  concluyentes,  i  muestran  la  nulidad 
de  la  hipótesis  del  señor  Barreda  i  de  otros,  relativa  a  un  proce- 
der de  embalsamar  artificial  i  trabajoso. d 

«Pero  si  indudablemente  las  momias  de  la  jente  vulgar  perua- 
na son  naturales  ¿sucede  lo  mismo  con  las  de  sus  incas  i  prince- 
sas reales?  Los  historiadores  pretenden  que  estos  personajes 
encumbrados  han  sido  embalsamados  después  de  su  muerte,  i 
pretenden  aún  que  el  arte  de  preparar  los  cadáveres  habia  al- 
canzado una  perfección  «que  parece  haber  superado  aún  en  mu- 
cho al  procedimiento  de  los  ejipcios,»  pues  no  se  conocen  mo- 
mias de  ninguna  nación  en  que  las  partes  carnosas  permaneciesen 
llenas,-  el  cutis  suave  i  blando,  i  las  facciones  de  la  cara  inaltera- 
das, como,  según  los  autores,  ha  sucedido  con  las  momias  de  los 
Incas. 

«Los  citados  autores  de  las  Antigüedades  pernanas  observan 


I 


\ 


272  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

mili  juiciosamente:  «confesamos  con  injenuidad,  que  las  noticias 
de  los  autores  (Garcilaso  de  la  Vega  i  el  padre  Acosta)  sobre 
este  asunto  nos  parecen  inexactas,  a  lo  menos  exajeradas;  i  cual- 
quiera que  conozca  las  mutaciones  inevitables  que  sufren  las 
partes  blandas  del  cuerpo  humano,  a  pesar  de  todos  los  medios 
preservativos,  tan  luego  que  cesa  la  vitalidad,  participará  de 
nuestra  opinión. 

«Ello  es  cierto  que  los  cadáveres  de  los  reyes  eran  incompa- 
rablemente mejor  conservados  que  los  demás,  a  consecuencia 
de  cierto  proceder;  i  la  aserción  que  este  era  secreto  de  la  fami- 
lia real,  está  fundada  en  el  hecho  de  que  no  se  han  hallado  otras 
momias  artificiales  que  las  de  los  reyes  i  reinas.  Nada  sabemos 
de  qué  modo  efectuaban  su  proceder  los  maestros  del  arte  de 
embalsamar,  ni  cuales  sustancias  usaban  para  evitar  la  putrefac- 
ción i  dar  cierta  flexibilidad  al  cutis.  Para  llegar  a  saberlo  seria 
necesario  someter  una  de  estas  momias  al  análisis  químico.» 
Véase  páj.  204  de  la  obra  citada. 

«¿Existe  todavía  una  sola  de  estas  momias?  Garcilaso  de  la 
Vega  que  ha  visto  cinco,  las  describe  del  modo  siguiente:^  cEn 
el  aposento  hallé  cinco  cuerpos  de  los  Reyes  Incas,  tres  de  va- 
ron  i  dos  de  mujer.  El  uno  de  ellos  decian  los  indios  que  era  el 
Inca  Viracocha,  i  mostraba  bien  su  larga  edad,  tenia  la  cabeza 
blanca  como  la  nieve.  El  segundo  decian  que  era  el  gran  Tupac 
Inca  Yupanqui,  que  fué  viznieto  de  Viracocha  Inca.  El  tercero 
era  Huáyna-Capac,  hijo  de  Tupac  Inca  Yupanqui,  i  tataranieto 
del  Inca  Viracocha.  Los  dos  últimos  no  mostraban  haber  vivido 
tanto,  que  aunque  tenian  canas,  eran  menos  que  las  de  Viraco- 
cha. La  otra  era  la  Coya  Mama  Oello,  madre  de  Huayna-Capac; 
Íes  verosímil  que  los  indios  los  tuviesen  juntos  después  de 
muertos  marido  i  mujer,  como  vivieron  en  vida.  Los  cuerpos 
estaban  tan  enteros  que  no  les  faltaban  cabello,  cejas,  ni  pesta- 
ñas. Estaban  con  sus  vestiduras  como  andaban  en  vida:  los  man- 
tos en  la  cabeza,  sin  mas  ornamento  ni  insignia  de  las  reales.  Es- 

125.  Coméntanos  reales  que  tratan  del  origen  de  los  Incas,  etc.^  lib.  V, 
cap.  XXIX. 


i 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  273 

taban  sentados  como  suelen  sentarse  los  indios  i  las  indias,  tenian 
las  manos  cruzadas  sobre  el  pecho,  la  derecha  sobre  la  izquierda, 
ios  ojos  bajos,  como  que  miraban  al  suelo.» 

«Pero  según  otros,  Gonzalo  Pizarro  desenterró  el  cuerpo  del 
Inca  Viracocha  en  Haquijahuana  i  mandó  quemarlo;  i  el  cuerpo 
de  Huayna-Capac  fué  trasladado  de  Patallacta  a  Totocacha,^*^ 
donde  se  fundó  la  parroquia  de  San  Blas.  Luego  estos  dos  Incas 
no  estuvieron  en  el  Cuzco,  i  Garcilaso  de  la  Vega  no  pudo  ver- 
los allí.  De  la  momia  de  Huayna-Capac  dicen  que  estaba  en  tan 
buen  estado,  que  parecia  vivo,  tenia  hechos  los  ojos  de  una  teh*- 
11a  de  oro,  tan  bien  puestos  que  parecian  naturales,  i  todo  el 
cuerpo  aderezado  con  cierto  betún.  Aparecia  en  la  cabeza  una 
cicatriz  de  una  pedrada,  que  le  dieron  en  la  guerra,  i  veíase  su 
Cabellera  mui  canosa  i  entera.  Habia  muerto  como  ochenta  años 
antes.  El  licenciado  Polo  Ondegardo,  siendo  virei  don  Andrés 
Hurtado  de  Mendoza,  segundo  marqués  de  Cañete,  trajo  esta 
momia  con  varias  otras  de  Incas  de  Cuzco  a  Lima.  Finalmente, 
fueron  enterrados  los  restos  mortales  de  estos  poderosos  i  sabios 
monarcas  en  un  corral  del  hospital  de  San  Andrés  en  Lima. 

a:La  costumbre  de  embalsamar  los  cuerpos  de  los  reyes  es  mui 
jeneral.  Aún  en  la  actualidad  se  emplea  este  procedimiento  con 
los  monarcas  de  Europa;  i  se  suelen  estraer  las  visceras  i  conser- 
Ararlas  por  separado  en  un  vaso  a  propósito.  Lo  mismo  se  hacia 
con  los  Incas.  Sus  visceras,  depuestas  en  vasos  de  oro,  eran  con- 
servadas en  el  magnífico  templo  de  Tambo,  a  cuatro  leguas  del 
Cuzco,  i  el  cuerpo,  sentado  sobre  una  especie  de  trono  en  la 
posición  descrita  arriba  por  Garcilaso,  era  colocado  delante  de 
la  figura  del  sol  en  el  templo  de  la  capital  durante  algún  tiempo. 

«Una  costumbre  análoga  se  observaba  entre  los  Zipas  de  Bo- 
gotá, según  refiere  don  Joaquin  Acosta.  Cuando  morian  estos 
monarcas,  los  xeques  les  sacaban  las  entrañas,  i  llenaban  las  ca- 
vidades con  resina  derretida;  i  a  esto  talvez  se  habrá  reducido 
igualmente  el  arte  de  embalsamar  las  momias  de  los  Incas.  Des- 

126.  ¿Será  el  suburbio  Tococnc/¡ i  {vent<ín3,  de  sal)  de  Cuzco,  donde  se  fundó 
una  iglesia  de  San  Blas? 

36 


274  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

pues  se  introducía  el  cadáver  en  un  grueso  tronco  de  palma  hue- 
co, forrado  con  una  plancha  de  oro  por  dentro  i  por  fuera;  i  los 
xeques  lo  llevaban  secretamente  a  sepultar  en  un  subterráneo, 
que  tenían  hecho  desde  el  mismo  día  en  que  el  soberano  comen- 
zaba a  reinar,  en  parajes  lejanos  i  ocultos.D 

Concluye,  pues,  de  lo  anterior  el  señor  Philíppi,  i  con  razón, 
(cque  se  han  secado  las  carnes  i  aún  las  visceras,  solo  en  virtud 
del  aire  seco,  i  de  otras  circunstancias  que  suelen  impedir  la  pu- 
trefacción i  destrucción  de  las  partes  blandas  del  cadáver.*^» 

El  Museo  Nacional  de  Santiago  posee  dos  momias  chilenas, 
una  de  Puchoco  i  la  otra  de  las  islas  Guaitecas,  en  las  cuales  puede 
comprobarse  plenamente  la  aserción  de  que  el  estado  en  que  se 
encuentran  es  debido  puramente  a  ajentes  naturales,  sin  prepa- 
ración artificial  de  ninguna  especie.  Merece,  con  todo,  notarse 
que  los  cuerpos  están  arreglados  en  la  posición  que  el  hombre 
conserva  antes  de  su  nacimiento,  lo  que  demuestra  manifiesta- 
mente que  esas  momias  no  han  tenido  la  disposición  en  que  se 
les  ve  por  un  mero  efecto  del  acaso,  porque  la  muerte  los  haya 
sorprendido  en  ese  estado,  sino  que  se  ha  obedecido  con  eso  a 
ideas  establecidas  sobre  el  particular,  ideas  que,  por  lo  demás, 
fueron  comunes  a  la  mayor  parte  de  las  naciones  sud-americanas. 

Este  sistema  de  sepultación  parece  que  era  el  que  predomina- 
ba en  la  rejion  del  sur  de  Chile,  pues,  ademas  de  aquella  momia 
procedente  de  las  Guaitecas,  Byron  refiere  que  en  la  primera  es- 
pedicion  al  mar  del  Sur,  en  la  península  de  Tres  Montes,  que  está 
en  46**  20',  en  el  medio  de  una  gruta  había  un  arco  formado  por 
palos  entrelazados  i  sostenido  en  su  centro  por  estacas  de  cerca 
de  cuatro  pies  de  altura,  i  bajo  este  arco  una  plataforma.  Cinco  o 
seis  cadáveres,  totalmente  desnudos  i  sin  la  menor  apariencia  de 
putrefacción,  yacian  sobre  el  arco,  mientras  una  segunda  serie  de 
cadáveres  descansaba  sobre  aquella  plataforma.  Se  conocía  que 
los  muertos  estaban  allí  desde  largo  tiempo  atrás,  pues  habían 
llegado  a  secarse  completamente;  pero  el  almirante  no  pudo  pro- 
nunciarse sobre  si  esto  era  debido  al  aire  o  a  que  hubiesen  sido 

127.  Algo  sobre  las  momias  peruanas^  Revista  Chilena^  tomo  I,  pá¡.  135. 


CAP.    IX. — LOS   ARAUCANOS  275 

embalsamados,  así  como  no  pudo  tampoco  averiguar  sí  la  gruta 
era  obra  de  la  naturaleza  o  del  hombre.^^ 

Ya  hemos  dicho  que  por  sus  condiciones  especiales  de  vida, 
pasando  sus  dias  en  el  mar  o  a  la  orilla  de  las  playas,  para  propor- 
cionarse el  alimento,  sin  siembras,  etc.,  continuamente  espuestos 
a  las  inclemencias  de  un  perpetuo  invierno,  los  habitantes  de  esas 
rejiones  se  diferenciaban  notablemente  de  los  del  continente.  Es- 
tos mismos,  trasplantados  a  aquellos  sitios,  debian  forzosamente 
cambiar  mui  pronto  de  hábitos,  bajo  pena  de  perecer  de  hambre 
o  de  frió.  No  tiene,  pues,  nada  de  estraño  que  sin  dejar  de  for- 
mar parte  de  la  misma  raza  de  los  indios  de  tierra  firme  o  de  mas  al 
norte,  en  lugar  de  levantar  para  sus  muertos  sepulturas  como  las 
que  hemos  descrito,  buscasen  para  ellos  el  abrigo  de  las  grutas. 
¿Acaso  esto  mismo  no  demuestra  que  pertenecían,  como  lo  hemos 
ya  insinuado,  a  la  raza  de  hombres  semejante  a  los  fueguinos  que 
debió  estenderse  desde  el  sur  hacia  el  norte  i  alcanzar  hasta  Pu- 
choco,  cuyos  serian  entonces  los  restos  que  hemos  descrito  al 
hablar  de  la  edad  de  piedra? 


128.  Premier  vogaye  de  M.  Byron  a  la  mer  dti  Sudj  París,  an,  VIII,  páj.  64, 


i 


CAPÍTULO  X. 


LOS  ARAUCANOS. 


V. 


Matrimonios. — La  mujer  araucana. — Las  mujeres  son  heredadas  por  el  hijo. — 
Las  hijas  fuente  de  riqueza  para  sus  padres. — Nobleza  araucana. — Parentes- 
co.— Celebración  del  matrimonio. — Fiestas  con  que  se  festeja  el  enlace. — 
Adulterio. — Libertad  de  las  solteras. — Partos. — Designación  del  nombre. — 
Educación  del  nifto. — En  familia. — Saludos. — Conversaciones. — Juramen- 
tos.— Hospitalidad. — Diversiones  i  fiestas. — Bailes. — Canto. — Instrumentos 
de  música. — Poesía. — Ejercicio  de  la  palabra. — Juegos. — Ocio  i  embriaguez. 
— Los  delitos  según  el  código  penal  indíjena. — Homicidio. — Adulterio. — 
Hurtos. — Malocas. — Juicios  civiles  — Derecho  de  propiedad. — Conocimientos 
científicos. — Nociones  astronómicas. — División  del  dia. — Años,  meses  i  se- 
manas.— Medidas  de  lonjitud. — Caracteres  morales  del  araucano. — Induc- 
ciones. 

Al  ocuparnos  de  la  organización  de  la  familia  entre  los  arau- 
canos, cúmplenos  comenzar  por  esponer  aquí  lo  relativo  al  ma- 
trimonio. La  base  esencial  del  contrato  era  la  compra  que  el 
novio  hacia  de  la  novia  al  padre,  o,eadefecto  de  éste,  a  los  parien- 
tes. No  habia  mas  límites  en  el  número  de  las  mujeres  con  que 
un  indio  pedia  casarse,  que  el  de  su  propio  caudal.  La  condi- 
ción de  la  mujer,  era  por  lo  restante,  la  de  la  esclava:  ademas  de 
ser  un  instrumento  de  placer,  era  la  base  de  la  riqueza  de  su  po- 
seedor, como  que  ella  corría  con  los  menesteres  domésticos, 
hacia  de  comer,  tejia,  labraba  la  tierra,  etc.,  etc. 


278  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

A  este  respecto,  son  mui  grandes  i  a  todas  luces  merecidos 
los  elojios  que  los  cronistas  tributan  a  la  mujer  araucana:  aSon 
las  mujeres  de  Chile  tan  fuertes  i  varoniles,  dice  Rosales,  que 
tal  vez  cuando  importa  i  hai  falta  de  hombres,  toman  las  ar- 
mas i  convocan  i  capitanean  a  los  indios  para  la  guerra.  Ejercí- 
tanse,  como  los  hombres,  en  el  juego  de  la  chueca...  Están  he- 
chas al  trabajo  i  a  moler,  cargar  a  cuestas  el  agua,  la  chicha,  la 
leña,  las  cosechas,  sin  descansar  un  punto...  Cuando  salen  fuera 
de  casa,  son  modestas  i  naturalmente  vergonzosas  i  nunca  las 
verán  descomponerse^..!)  : 

No  es  menos  lisonjera  la  pintura  que  los  autores  nos  dan  de  su 
aspecto  físico.  «Aunque  en  jeneral,  espresa  González  de  Nájera, 
tienen  las  mujeres  el  color  mas  castaño  que  moreno,  tiénenlo 
muchas  verdinegro  i  quebrado,  i  unas  mas  claros  que  otras,  se- 
gún los  temples  de  las  tierras  donde  nacen  i  se  crian,  con  algu- 
nos otros  colores  agraciados,  tanto  que  las  que  dellas  sirven  a  los 
nuestros,  son  causa  de  hacer  a  muchas  españolas  pal  casadas. 
Son  comunmente  de  mediana  estatura,  i,  en  jeneral,  tienen  gran- 
des i  negros  ojos,  cejas  bien  señaladas,  pestañas  largas  i  cabello 
mui  cumplido,  tanto  que  a  muchas  arrastra,  el  cual  traen  bien 
trenzado  todo  lo  dicho  mui  negro.^j> 

El  matrimonio  venia  a  ser  así  un  negocio  lucrativo  i  un  agra- 
dable consorcio.  Los  caciques,  que  eran  los  hombres  mas  pudien- 
tes, solian  de  esta  manera  casarse  hasta  con  veinte  majeres.' 

A  dos,  a  cuatro,  a  seis,  a  diez  admiten 

Casados  en  las  leyes  de  natura: 

De  mujer  cada  noche  se  remuda, 

I  en  diez,  con  diez  el  hombre  viene  a  prueba.^ 

Así  se  espresaba  don  Juan  de  Mendoza  respecto  a  la  poliga- 
mia de  los  araucanos;  pero  escritores  posteriores  aseveran  que 
la  cohabitación  tenia  lugar  por  semanas,  tocándole  a  cada  mujer 

1.  Historia  de  Chile^  t.  I,  páj.  160. 

2.  Desengaño  de  la  guerra  de  Chile ^  páj.  98. 

3.  Rosales,  Historia^  t.  I,  páj.  141. 
i^.  Poema  inédito^  Canto  I. 


CAP.    X. — LOS   ARAUCANOS  279 

durante  su  turno  el  cuidado  de  dar  de  comer  al  marido.  Sin  em- 
bargo, permanecia  siempre  sobre  las  otras  i  en  el  rango  de  pre- 
ferida, la  primera.  Cada  una  de  las  mujeres,  por  su  parte,  hacia 
fuego  separadamente  en  el  rancho,  i  según  parece,  con  este  sis- 
tema vivian,  en  jeneral,  mui  bien  avenidas. 

La  phiralidad  de  mujeres  no  debió  tener  lugar,  con  todo,  sino 
en  los  tiempos  inmediatos  a  la  invasión  española,  cuando  los  ha- 
bitantes del  país  habian  logrado  ya  realizar  adelantos  considera- 
bles en  la  agricultura.  Cuando  sus  medios  de  alimentación  eran 
escasos,  cuando  aún  ignoraban  las  artes,  que  solo  el  trascurso 
del  tiempo  debió  enseñarles,  su  estado,  semejante  al  de  muchos 
pueblos  salvajes  de  hoi  en  dia,  no  les  pudo  permitir  atender  a  la 
subsistencia  de  mas  de  una  sola  mujer.  Alimentar  a  los  hijos 
debió  ser  entonces  carga  mui  pesada,  ya  que  la  propia  subsisten- 
cia era  a  veces  en  estremo  difícil.  Aún  el  contrato  mismo  no  pudo 
existir,  i  la  conservación  de  la  especie  se  verificó  probablemente 
por  uniones  fortuitas. 

El  hecho  posterior  i  plenamente  constatado  era,  en  efecto, 
que  el  contrato  se  rompia  de  la  misma  manera  que  habia  sido 
constituido,  pues,  en  enfadándose  la  mujer,  se  volvia  a  casa  de 
sus  padres,  estando  solo  obligada  a  la  devolución  del  precio  que 
se  habia  dado  por  ella.  Podia  también  casarse  con  otro,  viéndo- 
se entonces  el  segundo  marido  en  la  necesidad  de  devolver  al 
primero  lo  que  este  habia  dado  por  la  mujer.  Lo  mismo  podia 
hacer  el  marido:  cansado  de  una  mujer,  oco  en  sintiendo  en  ella 
flaqueza  alguna,  o  que  le  ha  hecho  adulterio,  no  la  mata,  por  no 
perder  la  hacienda  que  le  costó,  sino  que  se  la  vuelve  a  sus  pa- 
dres, o  a  otro  para  recibir  su  precio.*»  Existe  también  causa  de 
divorcio  «si  el  hombre  se  ausenta  mas  de  dos  años  del  lado  de  la 
mujer,  al  cabo  de  los  cuales,  si  regresa  i  la  halla  casada  con  otro, 
le  ha  de  pagar  por  la  ofensa  que  la  hizo  en  su  abandono  las  pro- 
pias pagas  que  por  ella  dio  a  su  padre,  perdiendo,  ademas,  el  de 
recho  que  tenia  a  ella.^)) 

5.  Rosales,  lug.  cit. 

6.  Breve  idea  del  carácter,  temperamctito,  usos  i  costumbres  de  ¡os  naturales , 
M.  S. 


28o  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

De  este  principio  de  considerar  a  las  mujeres  como  una  propie- 
dad, viene  que,  en  muriendo  el  marido,  pasan  por  herencia  al 
hijo  mayor,  «i  él  las  tiene  por  mujeres,  i  reservando  a  la  madre, 
todas  las  demás  le  sirven  para  el  tálamo  i  en  los  oficios  domésti- 
cos/ I  si  alguna  no  quiere  hacer  vida  con  él,  ha  de  ser  rescatán- 
dose i  volviendo  lo  que  le  costó  a  su  padre.»  Lo  jeneral,  dice  a 
este  respecto  González  de  Nájera,  es  «comprarse  los  unos  a  los 
otros  las  mujeres  por  cosas  de  sus  bebidas  i  comidas,  vestidos, 
ovejas  de  las  naturales  del  reino,  o  cosa  semejante.®» 

(íSi  el  que  muere  no  tiene  hijos,  hereda  las  mujeres  el  herma- 
no o  el  pariente  mas  cercano,  i  cuando  hace  testamento,  se  junta 
toda  la  parentela,  i  de  palabra  hace  las  mandas,  i  a  cada  uno  deja 
alguna  cosa,  repartiendo  las  mujeres,  los  ganados,  las  armas,  i 
así  de  las  demás  alhajas.» 

Del  principio  de  considerar  a  la  mujer  como  una  propiedad 
cualquiera,  se  deduce,  igualmente,  que  «el  que  tiene  mas  hijas 
es  mas  rico  i  se  tiene  por  mas  dichoso,  porque,  como  le  pagan  las 
hijas,  con  ellas  adquiere  mas  hacienda  i  se  ennoblece  mas,  por- 
que emparienta  por  medio  de  las  hijas  con  mas.  I  es  entre  ellos 
gran  nobleza  el  tener  grande  parentela  i  el  entrar  con  grande 
acompañamiento  de  parientes  en  una  borrachera  i  fiesta  públi- 
ca.» «Presumen  entre  ellos  de  linajes  o  descendencias,  agrega  so- 
bre este  particular  un  cronista,  i  de  apellidos,  porque  hai  casas 
que  se  nombran  del  sol,  otras  de  leones,  raposas,  ranas  i  cosas 
semejantes,  de  que  hai  parentelas  que  se  ayudan  i  favorecen  en 
sus  disensiones  i  bandos;  i  es  tanto  lo  que  se  precian  destos 
apellidos,  que  solo  les  falta  usar  de  escudos  de  sus  armas.*» 

Han  sido  siempre  dignos  de  notarse  los  usos  establecidos  por 
los  salvajes  en  materia  de  parentesco.  Los  misioneros  refirieron 
el  de  los  araucanos  a  las  dos  líneas  de  consaguinidad  i  afinidad, 
estableciendo  solo  diferencias  respecto  de  la  rama  paterna  o  ma- 
terna, pues,  así  por  ejemplo,  los  sobrinos  hijos   de  hermano  va- 

7.  Córdoba  ¡  Figueroa,  Historia  de  Chile ^  páj.  27. 

8.  Desengaño  de  la  guerra  de  Chile^  páj.  96. 

9.  González  de  Nájera,  lug.  cit. 


CAP.   X, — LOS  ARAUCANOS  28 1 

ron,  no  se  designan  lo  mismo  que  los  mismos  descendientes  por 
parte  de  la  hermana  mujer.  El  parentesco  alcanza,  ascendiendo, 
basta  los  bisabuelos,  i  respectivamente,  descendiendo,  hasta  los 
biznietos.  En  la  afinidad  acontece  una  cosa  semejante,  habiéndo- 
se reconocido  relaciones  aún  entre  los  casados  con  dos  herma- 
nas. 

Ademas  de  la  afinidad  i  consanguinidad,  fundadas  en  el  orden 
natural  de  la  sangre  o  la  familia,  los  araucanos  reconocen  el  jéne- 
ro  de  parentesco,  que  designan  con  la  voz  aiga^  a  que  se  referia 
González  de  Nájera.  De  estos  sobrenombres  o  apellidos  habia 
hasta  veinte,  llamándose  entre  sí  los  que  los  llevan  quñe  lacii,  i 
son,  como  se  dijo,  nombres  del  sol,  león,  zapo,  zorra,  etc.,  antu, 
amiichtj  cagten^  calquin^  ciira^  dtucacOj  antuco^geliu^gni,  g^gcñ^ 
hiiercuhue^  yaní^  yene^  hian^  miigury  pagi^  vilti^  eic}^ 

El  contrato  matrimonial,  según  Carvallo,  se  celebra  del  modo 
siguiente:  ade  acuerdo  con  el  padre,  i  en  defecto  de  éste  con  el 
hermano  de  la  novia,  el  futuro  marido,  acompañado  de  dos  o  tres 
de  sus  parientes  o  amigos,  la  lleva  a  un  bosque,  involuntaria- 
mente, i  usa  de  ella  tres  dias,  i  siempre  lo  elijen  inmediato  a  su 
casa,  para  que  les  sirvan  la  comida.  De  allí  la  traslada  a  otra  ha- 
bitación, i  en  seguida  se  va  a  la  puerta  de  la  casa  del  suegro,  quien 
luego  saluda  al  yerno;  se  le  sirve  el  almuerzo,  comida  o  merienda, 
según  la  hora,  i  después  de  una  dilatada  conversación,  se  retira  sin 
hablar  del  matrimonio.  Vuelve  al  siguiente  dia  con  los  que  le 
acompañaron  a  tomar  la  novia,  i  se  hace  el  ajuste  de  la  cantidad 
de  pagas,  (a  que  dan  el  nombre  de  culinqiic)  que  ha  de  dar  por 
ella.  Convenidos,  las  apronta  si  tiene,  i  si  no,  las  juntan  sus  pa- 
rientes i  amigos,  i  pasan  a  entregarlas.  Dicen  que  lo  referido  fué 
costumbre  de  los  ascendientes;^^  i  en  ello  tienen,  sin  duda,  mu- 
cha razón,  porque  es  sabido  que  en  muchísimos  pueblos  salvajes 
el  contrato  de  matrimonio  se  celebra  en  una  forma  enteramente 
análoga. 

Después  de  realizada  esta  ceremonia,  exijida  por  sus  adina- 

10.  Luis  de  Valdivia,  Arte  y  gramática  de  la  ¡eugua  general^  etc.^  páj.  70. 

11.  Historiadores  de  Chile^  t.  X,  páj.  141. 

36 


\ 


282  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

pus^  O  prácticas  antiguas,  se  suceden  las  fiestas  para  celebrar  el 
enlace.  Para  el  efecto,  convoca  el  novio  a  todos  sus  parientes, 
quienes  I9  llevan  toda  especie  de  regalos,  i  mui  especialmente  las 
ovejas  de  la  tierra,  que  tan  estimadas  son  entre  ellos,  ^Los  padres 
de  la  novia  convidan  también  a  todos  sus  parientes  i  amigos,  para 
que  les  ayuden  en  aquella  fiesta  i  se  hallen  en  ella.  I  a  todos  los 
obligan  a  que  lleven  cantidad  de  tinajones  i  botijas  de  chicha, 
que  es  el  vino  i  regocijo  de  todas  las  fiestas.  Para  el  dia  señalado 
preparan  en  el  lugar  de  la  borrachera  unos  tablados  i  bancos  en 
que  bailan,  al  rededor  de  sus  casas,  i  divisiones  para  alojarse  i 
guarcjar  la  chicha  i  los  carneros,  i  tres  dias  antes  hacen  el  ensaye 
de  la  fiesta,  i  cantan  los  romances  i  los  tonos,  tomándolos  de  me- 
moria i  ensayando  la  música  con  mucha  chicha,  que  es  como  otra 
borrachera  pequeña,  porque  el  cacique  que  hace  la  fiesta  paga 
entonces  a  los  poetas  los  romances  que  han  hecho... 

«Llegado  el  dia  de  la  borrachera,  concurren  de  todas  partes  a 
la  fiesta,  hombres  i  mujeres,  viejos  i  niños,  i  hasta  los  cojos  i  los 
enfermos  se  animan  i  van,  aunque  sea  arrastrando.  El  cacique  o 
novio  que  hace  la  fiesta  entra  primero,  acompañado  de  todos  sus 
parientes,  que  llevan  de  diestro  sus  carneros  i  ovejas  de  la  tierra, 
todos  vestidos  de  gala  i  con  el  adorno  de  sus  llancas  i  piedras 
preciosas  de  su  estimación.  Tras  ellos  entran  los  parientes  de  sus 
mujeres,  con  sus  familias  i  grande  acompañamiento  i  aparato  de 
carneros,  aves,  pescados  i  otras  cosas  para  la  fiesta.  I  puestos  en 
orden  reciben  la  parentela  de  la  novia,  que  viene  también  con 
mucho  adorno  i  grande  repostería  de  botijas  i  tinajas  de  chicha. 
Salúdanse  los  unos  a  los  otros  con  grandes  muestras  de  amor  i 
ofrécense  los  dones.  El  marido  da  a  los  padres  i  parientes  de  la 
novia  todos  los  carneros  i  ovejas  de  la  tierra  que  él  i  sus  parien- 
tes han  traido,  i  muchas  mantas  i  camisetas,  que  todo  se  cuenta 
por  dote  i  por  paga  de  la  mujer,  i  de  ello  se  tiene  siempre  mucha 
cuenta  i  razón,  para  que  se  entienda  como  pagó  la  mujer  cumpli- 
damente, i  que  no  se  la  puedan  quitar  en  ningún  tiempo,  ni  darle 
en  cara.de  que  fué  un  pobreton,  que  no  tuvo  con  qué  pagar  la 
mujer  a  sus  padres  i  a  sus  parientes;  que  todos  participan  aquel  dia 


CAP,    X. — LOS    ARAUCANOS  283 

de  la  hacienda,  que  son  las  ovejas  i  carneros,  i  a  cada  uno  le  mata 
las  que  le  han  de  tocar  i  se  las  deja  allí  tendidas  a  sus  pies,  i  a  la 
novia  i  a  su  madre  las  cubren  de  mantas  i  camisetas,  que  es  la 
paga  i  el  dote  que  se  da  a  la  madre  de  la  novia  por  la  crianza  de 
la  hija... 

«Recebidos  todos  estos  dones  con  muchas  cortesías  i  agradeci- 
mientos, i  enterado  el  dote  a  los  padres  i  parientes,  correspon- 
diendo luego  ellos,  por  via  de  agradecimiento,  con  la  chicha,  que 
no  es  jénero  que  entra  en  cuenta  de  paga,  sino  que  se  da  por  via 
de  correspondencia  para  alegría  de  la  fiesta.  I  a  todos  los  que  han 
traído  dones,  les  dan  a  seis,  a  ocho  i  a  diez  botijas  de  chicha  a 
cada  uno.  I  acabados  estos  cumplimientos  se  sientan  a  beber  i 
comer,  i  andan  los  brindis,  i  en  cargando  bien  la  romana,  se  le- 
vantan a  bailar  i  cantar  al  son  de  sus  tambores,  flautas  i  otros 
instrumentos.  I  así  se  están  de  dia  i  de  noche  hasta  que  se  acaba 
la  chicha,  que  si  hai  para  cuatro  o  seis  dias  que  beber,  no  se  apar- 
tan basta  ver  el  fondo  de  las  tinajas.^^» 

«En  estas  fiestas  i  casamientos,  concluye  Rosales,  se  concier- 
tan otros  muchos,  porque  como  bailan  hombres  con  mujeres,  i 
las  doncellas  tienen  suelta  para  cuanto  quieren,  se  conciertan  fá- 
cilmente i  se  casan,  a  veces  con  gusto  de  sus  padres  i  a  veces  sin 
él.  Pero  tiene  esta  diferencia  el  casamiento  que  se  hace  sin  gusto 
de  los  padres  de  la  novia  i  sin  saberlo  ellos:  que  si  es  con  persona 
igual  i  con  marido  que  tiene  hacienda  para  pagarla,  lo  dan  por 
'bien  hecho;  mas,  cuando  es  con  indio  pobre  i  que  no  ha  de  tener 
para  pagar  el  dote  conforme  a  la  calidad  de  la  novia  i  la  muche- 
dumbre de  los  parientes,  se  la  procuran  quitar  i  estorban  el  casa- 
miento, aunque  le  deba  a  la  hija  la  flor  de  la  virjiuidad,  que,  mi- 
rando al  interés  que  tendrán  en  casarla  con  otro  mas  rico,  le  de- 
jan eso  de  barato.  I  si  ella  da  en  que  no  se  quiere  casar  con  otro, 
o  él  la  esconde  de  modo  que  no  puedan  dar  con  ella,  se  mues- 
tran mui  sentidos  los  padres,  i  con  buscar  hacienda  que  darles  para 
«1  dote,  los  aplaca,  i  la  primera  dilijencia  es,  para  ganarles  la  vo- 

12.  Rosales,  /íísfonay  tom.  I,  páj.  142;  CdiX y d\\o ^  Historia doi' es  de  Qhilc^  iom. 
X,  páj.  159. 


J^4  ^-^^  -ÜSORÍJEN'ES   OK   CHELE: 

Ii%ntad,  el  ir  con  :ina  oreja  ie  'a  derm  a  la.  casa  de  los  pacfres  de 
lí>  novia  í  mataría  ailí  i  ierárseta  nraertx  dándoles  a  aitender  que 
n/>  le  falta  hacienda  c*:in  ine  pa^ar  eí  dote,  oiies  mata  aquella  ove* 
ja  de  la  tierra,  ^iie  -^  ie  :^nta  estima,  para  ganaríes  la  v^olnntad. 
f-^  cuial  ^veja  es  fuerza  recehida  i  iiso  asentado  el  desenojarse  i 
ilamar  Uie^o  a  ^iis  parientes  :  repartiría  entre  eílos^  dicíéndoles 
que  tenqpn  a  bien  ei  casamiento  ie  sn  hija  con  aqaei  indio,  que 
znnqiif^  él  no  se  ía  dio.  ellos  se  concertaron,  i  no  es  tan  pobre  qne 
no  dei^á  de  acudir  a  sus  obligaciones  i  de  enterar  el  dote  acos- 
tumbrado, i  buena  señal  es  el  haber  comenzado  a  pagar  la  nrajer 
con  aquella  oveja  de  la  cierra...  E  así,  que  íes  ha  llamado  para 
asarles  parte  del  casamiento  i  de  la  paga,  i  repartiéndola  entre  to- 
dos, vienen  en  que  se  haga  el  casamiento,  i  llaman  a  los  novios, 
í  con  chicha  se  hacen  las  amistades  i  los  conciertos  i  se  traza  el 
día  de  la  boda,  i  la  fiesta  que  ha  de  haber  en  ella^...J 

A  pesar  de  qne  la  f^rma  i  circunstancias  con  qne  se  celebra- 
ban estas  reuniones  pudieran  índudmos  a  creer  qne  en  machí- 
simos casos  no  precedía  en  ellas  la  mutua  afección,  el  hecho  es 
qne  el  adulterio  venia  mui  pocas  Teces  a  enturbiar  la  felicidad 
doméstica  del  araucano.  <Es  rarísima  la  india,  dice  Rosales,  qne 
hace  adulterio  al  marido,  así  por  el  rigor  con  qne  las  castigan, 
como  por  estar  entre  ellas  mni  asentada  la  lealtad  a  los  rnarí- 
dosJ^>  Cuando  el  caso  llegaba,  el  marido^  sin  embargo,  no  usa- 
ba de  los  medios  de  castigo  a  qne  la  lei  o  costimibre  lo  autori- 
zaban, pues  siendo  mas  que  todo  avaros  de  sn  hacienda,  la  mujer 
volvía  entonces  a  la  calidad  de  mercadería...  averiada,  de  la  cual 
era  conveniente  deshacerse;  i  por  eso  la  devolvía  a  sus  padres  o 
se  la  vendia  a  otro  para  recobrar  lo  que  le  había  costado.  «I  en 
materia  de  adulterios,  añade  el  autor  que  venimos  citando,  aun- 
que se  pican  los  celosos,  les  pica  mas  el  ínteres,  í  no  matan  a  la 
mujer  ni  al  adúltero,  por  no  perder  la  hacienda,  sino  que  le  obli- 
gan a  que  pague  el  adulterio,  í  en  habiéndole  satisfecho,  quedan 
amigos  i  comen  i  beben  juntos."j> 

13.  Historia^  liic.  cít, 

14.  Historia^  t.  I,  páj.  160. 

15.  Id.^  id.,  páj.  142. 


CAP.   X. — ^LOS  ARAUCANOS  285 

Mientras  la  mujer]araucana  pennanecia  soltera,  gozaba  de  una 
independencia  absoluta.  Bascuñan  nos  refiere  que  en  ciertas  fies- 
tas acostumbraban  brindar  las  mozas  para  que  les  correspondiesen 
los  que  no  estaban  casados,  o  cuando  querían  hacer  alguna  lison- 
ja a  los  caciques,  ccí  de  estas  suertes  suelen  casarse  en  estas  fies- 
tas i  bailes,  que  ellos  llaman  gñapitun}^j>  Los  aprietos  en  que  por 
este  motivo  pusieron  durante  su  cautividad  al  valiente  capitán 
español  i  el  empeño  con  que  siempre  resistió  las  numerosas  tenta- 
ciones que  se  le  ofrecieron,  constituyen  algunos  de  los  episodios 
mas  divertidos  de  su  interesante  libro. 

Para  hacerse  querer  las  mujeres  fabricaban  un  filtro  de  las 
hojas  de  una  mata  llamada //í^¿/."  Pérez  García  nos  informa, 
igualmente,  que  en  Arauco  habia  prostitutas,  que  eran  conocidas, 
con  el  nombre  de  muge-voe}^  Ya  hemos  visto,  ademas,  el  oficio 
que  sabian  desempeñar  ciertos  machis...  a:Les  dan  los  indios  a 
sus  hijas,  añade  Olivares,  ensanche  para  que  usen  i  abusen  de  su 
libertad,  i  así  las  mas  de  ellas  son  mujeres  antes  de  ser  esposas; 
pero  como  la  diformidad  de  cualquier  delito  es  mui  visible  aún  a 
la  ceguedad  de  los  bárbaros,  se  avergüenzan  ellas  de  contar  que 
dejaron  de  ser  vírjenes,  antes  de  ser  dadas  en  matrimonio,  i  de 
que  se  haga  del  todo  manifiesta  su  flaqueza;  i  por  eso,  cuando  se 
sienten  embarazadas,  lo  procuran  ocultar  estrechándose  el  vientre 
con  apretadas  vueltas  de  las  fajas  que  todas  usan.  I  cuando  lle- 
ga el  caso  de  dar  a  luz  lo  que  concibieron,  lo  ejecutan  solas  en 
un  monte,  con  ánimo  mayor  que  de  mujeres,  i  matan  inhumana- 
mente el  fruto  de  sus  entrañas,  o  si  no  les  basta  la  crueldad  para 
tanto,  lo  esponen  a  puertas  ajenas  i  a  la  caridad  de  los  estraños 
I  a  estos  hijos  de  padres  no  conocidos  llaman  en  su  lengua  5//- 
cheñes.^T> 

No  era,  a  pesar  de  todo,  mui  diversa  la  manera  en  que  se  ve- 
rificaban los  partos  de  las  casadas.  Martínez  dice  que  cuando  se 


1 6.  Cautiverio  feliz ^  páj.  289. 

1 7.  Febres,  Arte  de  la  lengua  general^  etc. 

18.  Historia  de  Chile ^  M.  S. 

19.  Historia  de  Chile^  plj.  61. 


q«^  ^°'    A^ce  ^o^^^''  Taotoj^'^''^' ''  .  .presantes  de- 

::r:^í:^- ^o.ee^«^:r::^;:c;í^- 
Aí.stt<^*^    ^     t-vna?^  V^ade?*^      ^cati^*^        « \a  cn*^^* 

cól-^^  "'C  ^ '-  ^^  te  se  ^e  --^^^V^e.  •^^.*^;:  Goo^^^^^ 
«o  U  9^^^       ,0    P°^*^  uva»  '^       rutiotvvo  de  ^     .  ^ot 


que  es  ^«0  et^         ,  .^at,  se=,  b*»*        ^     peg» 

^,Vendo>^^    , aveces  e^^'  casas,  ^        ,^e  no  ^^^uac^de' 

•,  a\g«^*   ,    ^  vatt  5^      ,.    \a  vea,  V^^"^  ^  .-^dia  (\^®    ^  ..^  ca- 
ta,* ^  '^  "    «  a  se  ^*  _  nad^e  Va  ^_  ^^^ta  ^^^       •  ^e  a  s* 


ai-  * 


288  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

cierto  instrumento  de  madera  conocido   con  el  nombre  de  run- 
ca^  o  con  un  manojo  de  ramas  como  las  de  una  pequeña  escoba. 

(iNo  les  consienten  los  padres  a  los  muchachos  que  coman  sal, 
para  que  se  crien  sanos  i  lijeros,  porque  dicen  que  la  sal  los  ha- 
ce pesados  i  molles;  ni  tampoco  les  consienten  comer  carne  ni 
pescado,  por  ser  comidas  pesadas,  sino  harina,  para  que  se  crien 
lijeros.  I  para  este  efecto,  como  para  que  vayan  con  presteza  a 
los  mandados,  les  sajan  las  piernas  i  los  pies,  i  los  mismos  indios 
cuando  han  de  ir  a  la  guerra  se  sajan  las  piernas  i  las  rodillas  con 
lancetas  de  pedernal,  porque  dicen  que  la  sangre  los  hace  pesa- 
dos i  que  la  sal  que  han  comido  se  les  baja  a  las  rodillas  i  a  las 
piernas.^» 

«Los  niños  i  mocetoncillos  pasan  los  dias,  o  tendidos  brutal- 
mente al  rayo  del  sol,  o  retozando  entre  sí,  o  bañándose. en  los 
rios,  o  siguiendo  a  sus  padres  en  juntas  en  que  se  dedica  el  tiem- 
po a  Baco  i  Venus,  en  las  cuales  se  complacen  los  padres  de  que 
se  jueguen  menos  honestamente  con  las  muchachas,  i  cuando  esto 
hacen  en  edad  menos  crecida,  los  tienen  por  avisados  i  entendi- 
dos; asimismo,  se  agradan  de  que  desde  niños  comiencen  a  dar 
muestras  de  valientes  bebedores;  con  sus  padres  o  madres  no  usan 
algún  término  de  cortesía,  ni  les  hablan  en  tercera  persona,  sino 
en  segunda,  i  pronunciando  el  nombre  raso  sin  algún  adjetivo  co- 
medido o  respetuoso,  •.  Cuando  pequeños  sirven  poco  i  de  mala 
voluntad,  por  temor  del  castigo;  pero,  cuando  grandes,  sacuden 
del  todo  el  yugo  de  la  sujeción  i  atropellan  todos  los  fueros  de 
la  patria  potestad.^j) 

Entre  los  peruanos  existia  la  práctica  de  probar  el  esfuerzo  de 
los  muchachos  haciéndoles  subir  a  carrera  por  los  cerros.  «Sin- 
chiruca  Inca,  refiere  un  autor,  en  la  visita  que  hizo  de  la  jente, 
hubo  muchísimos  mozos  de  diezisiete  a  dieziocho  años  para  me- 
ter en  el  número  de  los  varones  i  soldados,  i  los  acordaron  para 
dar  calzones  blancos;  i  así  hizo  una  traza,  que  corriesen  a  un  ce 

32.  Molina,  /(/.,  páj.  22. 

33.  Rosales,  t.  I,  páj.  118. 

34.  Olivares,  Historia  de  Chile ^  páj.  61. 


CAP.    X. — LOS   ARAL'CANOS  289 

rro  mas  alto  i  lejos,  i  en  la  punta  del  dicho  cerro  de  Giianacauri 
les  habia  mandado  poner  varias  aves,  halcones,  tominejos  i  bui- 
tres, i  a  mas,  vicuñas,  zorrillas,  culebras  i  zapos.  Estos  pájaros  i 
las  otras  cosas  ya  declaradas  las  habia  mandado  poner  para  que 
aquellos  mozos  i  mancebos  alcanzaran  i  trajeran,  solo  para  cono- 
cer la  calidad  e  lijereza  i  cobardía,  etc.,  para  darles,  de  las  lijere- 
zas,  galardones...,  i  a  los  cobardes,  calzones  negros.^^» 
Ercilla  refiere  a  este  respecto,  que  los  araucanos 

En  lo  que  usan  los  niños  en  teniendo 
Habilidad  i  fuerza  provechosa, 
Es  que  un  trecho  seguido  han  de  ir  corriendo 
Por  una  áspera  cuesta  pedregosa, 
I  al  puesto  i  fin  del  curso  revolviendo 
Le  dan  al  vencedor  alguna  cosa  ^ 

Como  las  cualidades  mas  sobresalientes  en  el  indio  eran  las 
<jue  se  relacionaban  con  la  guerra,  los  padres  sacrificaban  sin 
piedad  a  los  hijos  que  nacian  contrahechos,  i  por  eso  también,  co- 
iho  agrega  el  poeta, 

I  desde  la  niñez  al  ejercicio 
Los  apremian  por  fuerza,  o  los  incitan, 
I  en  el  bélico  estruendo  i  duro  oficio, 
Entrando  en  mas  edad,  los  ejercitan: 
Si  alguno  de  flaqueza  da  un  indicio 
Del  uso  militar  le  inhabilitan, 
I  el  que  sale  en  las  armas  señalado 
Conforme  a  su  valor  le  dan  el  grado. 

«Los  niños,  agrega  Rosales,  se  ejercitan  en  luchar,  saltar,  cor- 
rer i  hacer  fuerzas,  i  lo  principal  en  jugar  la  lanza  i  disparar  fle- 
chas, i  sus  juegos  son  para  ese  ejercicio...  No  tienen  otro  desde 
que  nacen,  añade  Bascuñan,  i  el  del  arco  i  la  flecha,  en  que  son 
aún  los  mas  pequeños,  bien  esperimentados  i  diestros,  porque  se 
inclinan  todos  a  estas  naturales  armas,  que  son  memorables  en 
los  pasados  siglos,  pues  era  la  mas  común  i  continuada  entre  los 

35.  Tres  relaciones  de  antis^ilcdades  del  Perú,  páj.  249. 

36.  La  Araucana^  canto  I, 


SI 


290  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

jentiles  i  entre  los  del  pueblo  de  Dios.^  <rl  lo  mas  que  enseñan 
lofe  indios  a  sus  hijos  es  a  ser  hechiceros  i  médicos,  que  curan  por 
arte  del  diablo,  i  hablar  en  público  i  a  aprender  el  arte  de  la  re- 
tórica para  hacer  parlamentos  i  exhortaciones  en  la  guerra  i  en 
la  paz.  I  para  esto  tienen  sus  maestros  i  su  modo  de  colejios, 
donde  los  hechiceros  los  tienen  recojidos,  i  sin  ver  el  sol,  en  sus 
cuevas  i  lugares  ocultos,  donde  hablan  con  el  diablo  i  les  ense- 
ñan a  hacer  cosas  aparentes,  que  admiran  a  los  que  las  ven,  por- 
que en  el  arte  májico  ponen  todo  su  cuidado,  i  su  grandeza  i 
estimación  está  en  hacer  cosas  que  admiren  a  los  demás,  i  en  eso 
se  muestra  el  que  es  mas  sabio  i  ha  salido  mas  aprovechado  de 
los  estudios.  El  hechicero  que  los  enseña  los  gradúa  a  lo  último, 
i  en  público  les  da  a  beber  sus  brevajes,  con  que  entra  el  demo- 
nio en  ellos.  I  luego  les  da  sus  propios  ojos  i  su  lengua,  sacán- 
dose aparentemente  los  ojos  i  cortándose  la  lengua  i  sacándoles 
^  ellos  los  ojos  i  cortándoles  las  lenguas.Hace  que  todos  juzguen 
que  ha  trocado  con  ellos  ojos  i  lengua,  para  que  con  sus  ojos 
vean  al  demonio  i  con  su  lengua  le  hablen,  i  metiéndoles  una 
estaca  aguda  por  el  vientre,  se  la  sacan  por  el  espinazo  sin  que 
manifiesten  dolor  ni  quede  señal.  I  así  con  estas  i  otras  aparien- 
cias, quedan  graduados  de  hechiceros  i  ordenados  do  sacerdotes 
del  demonio.*» 

Los  cronistas  no  nos  dicen  como  estaban  compuestas  las  fami- 
lias araucanas,  pero  podemos  deducir  sobre  el  particular  un  an- 
tecedente de  las  que  en  el  siglo  XVII  se  trasportaron  de  la  isla 
de  la  Mocha  al  continente.  Habia  en  la  isla  quinientos  noventa  i 
nueve  individuos,  repartidos  en  ciento  dieziocho  familias,  de  las 
cuales,  la  mas  numerosa  era  la  de  uno  de  los  caciques,  de  edad 
de  cincuenta  años,  que  tenia  cuatro  mujeres,  dos  de  treinta,  i  dos 
de  cincuenta,  cuatro  hijos  hombres,  el  mayor  de  veintidós  años, 
casado,  i  con  un  hijo;  una  niña  de  siete,  otra  de  pecho,  i  una  her- 
mana del  cacique.  De  las  familias  restantes,  habia  veintitrés  que 
solo  constaban  de  dos  personas;  dieziocho,  de  tres;  catorce,  de 

37.  Cautiverio  feliZs^Üy(i\. 

38.  Historia^  t.  I,  pájs.  118  i  168. 


CAP.    X. — LOS   ARAUCANOS  29! 

cuatro;  quince,  de  cinco;  diez,  de  seis;  once,  de  siete;  nueve,  de 
ocho;  cuatro,  de  nueve;  dos,  de  diez;  una,  de  trece,  i  otra,  de 
quince. 

A  nadie  que  llega  a  casa  de  un  araucano,  es  lícito  entrar 
sin  licencia  del  amo,  i  «suele  no  raras  veces  que  éste  salga  afue- 
ra a  recibir  al^huésped,  con  cortesía  ciertamente  ingrata,  porque, 
comenzando  por  la  salutación,  pasa  de  unas  en  otras  a  largas 
arengas,  i  el  pobre  huésped  ha  de  aguantar  sin  mostrar  desabri- 
miento, aunque  lo  ase  el  sol  o  traspase  el  agua,  hasta  que  al 
dueño  de  la  casa  se  le  ofrezca  decirle  que  se  acomode,  i  ordina- 
riamente se  le  ofrece  tarde. 

«Cuando  se  encuentran  no  usan  otra  salutación  que  muri  vía- 
ri^  i  los  que  son  incultos  estiran  la  mano  abierta  para  la  cara  i 
ojos  del  con  quien  hablan,  como  si  quisieran  sacárselos.^» 

«Siempre  que  uno  visita  a  otro  (i  esto  es  continuo  por  su  ocio- 
sidad) no  traban  conversación  como  otra  jente,  con  la  alterna- 
tiva de  breves  cláusulas,  sino  de  razonamientos  prolijos.  En  tan- 
to que  el  uno  está  declamando  su  sermón,  está  el  otro  rindiéndo- 
le quietísima  atención  de  sentidos  i  potencias,  porque  fuera  mu  i 
mal  caso  i  de  mucha  ofensa  no  hacerlo  así;  i  para  dar  muestra 
de  que  escucha  dilijentemente,  el  que  oye  ha  de  hacer  una  de 
dos  cosas:  o  repetir  la  última  voz  de  cada  período  en  que  hace 
pausa  el  predicador,  o  decirle,  vellcchi^  veinocanas^  viiipiqueimi, 
que  quiere  decir,  así  es,  bien  decis,  decis  verdad.  Luego  coje  el 
otro  la  mano  para  corresponder  a  una  declamación  con  otra,  i 
de  este  modo  gastan  comunmente  algunas  horas,  andando,  mien- 
tras esto,  mui  listas  las  mujeres  con  los  vasos  de  bebida  para  dar 
jugo  i  fecundidad  al  orador.'*^» 

Los  araucanos  para  protestar  que  dicen  la  vedad,  particular- 
mente en  sus  porfías,  juran  «por  mi  vida  i  corazón,  por  mi  padre 
i  mi  madre,^^»  i  «por  la  vista  de  mis  ojos.^*» 

39.  Olivares,  Historia  de  Chile^  páj.  44. 

40.  /¿/.,  páj.  4í. 

41.  Rosales,  Historia  y  t.  I,  páj.  146. 

42.  O  val  le,  Histórica  relación. 


2g2  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

Al  huésped  que  llega,  traen  cántaros  de  chicha  i  suelen  matar 
a  su  recibimiento  alguna  oveja  de  la  tierra,  «que  es  acción  osten- 
tosa  i  de  grande  honor  entre  ellos.»  «El  que  recibe  la  chicha  la 
reparte  a  los  presentes  de  mayor  estimación,  para  que  vaya  brin- 
dando a  los  circunstantes,  5>  reservando  alguna  porción  para  sf. 
Luego  que  lo  convidan  a  entrar,  le  ponen  esteras  en  el  suelo  pa- 
ra que  se  siente.**^ 

Ademas  de  las  fiestas  consiguientes  a  la  celebración  de  los 
matrimonios,  (que  llamaban  illu-can)^  i  de  los  entierros  {eltun)^ 
los  araucanos  acostumbraban  varias  clases  de  convites  i  reunio- 
nes: para  sembrar,  hacian  una  conocida  con  el  nombre  de  quine- 
lob]  para  cercar,  malal;  para  trillar,  ñiiin;  para  hacer  casa,  ruca- 
tiin;  i  en  jeneral,  todas  estas  reuniones  se  designaban  con  la  pa- 
labra ^o/////,  que  es  emborracharse.**^ 

«Los  caciques  i  personas  principales,  espresa  Rosales  a  este 
respecto,  ponen  su  vanidad  i  grandeza  en  que  las  fiestas  de  su 
casa  duren  muchos  dias,  principalmente  la  última  que  hacen  al 
cubrirla:  que  para  esedia  le  traen  todos  sus  parientes  en  sangre, 
i  los  que  están  casados  con  sus  hijas,  hermanas  i  parientas,  gran 
cantidad  de  carneros,  ovejas  de  la  tierra,  aves  i  caza.  I  estando  la 
jente  pronta  cerca  de  la  casa,  entra  toda  esta  parentela  bailando 
al  rededor  de  toda  la  jente,  i  como  van  dando  vuelta,  van  ma- 
tando las  ovejas  i  dejándolas  tendidas  allí  en  el  suelo,  lluego  se 
suben  en  unos  bancos  o  tabladillos  altos,  que  llaman  tneliu^  i  allí 
prosiguen  bailando  i  cantando;  i  al  cabo  de  un  rato,  habla  uno  i 
le  dice  al  que  hace  la  casa:  que  allí  le  han  traído  aquella  poque- 
dad, que  la  reciba,  i  en  ella  sus  buenos  deseos,  que  con  eso  ten- 
drá algo  con  que  pagar  a  los  que  trabajan  en  cubrirle  su  casa,  I 
el  agradecido  les  dice  que  se  sienten,  que  allí  tiene  un  poco  de 
chicha  con  que  servirlos.  I  las  mujeres  del  que  hace  la  fiesta  i 
la  casa,  ponen  las  mesas  i  sirven  en  ellas,  i  asimismo  todos  sus 
parientes  destas  mujeres,  que  para  que  acudan  con  satisfacción  a 

43.  Rascuñan,  G/////ÍE//?r/b /¡?//>,  pájs.  85  ¡  126. 

44.  Pciez  García,  Historia  de  Chile^  cap.  IX;  Carvallo,  Historiadores^  t.  X, 
pjij.  158. 


CAP.    X. — LOS  ARAUCANOS  293 

los  huéspedes  i  por  hacer  lisonja  a  su  cuñado  sirven  todos  i  no 
se  sientan  hasta  que  se  acaba  toda  la  comida  i  la  chicha,  que 
dura  dos  o  tres  dias.  I  acabada  i  que  ya  se  ha  cubierto  la  casa, 
despide  aquellos  parientes  que  le  trajeron  la  carne  i  la  chicha.  1 
hace  otra  fiesta  que  dura  otros  tantos  dias  a  los  parientes  de  sus 
mujeres  que  han  estado  sirviendo,  i  les  da  de  comer  i  beber  mui 
despacio  para  que  descansen  del  trabajo. 

«En  todo  esto  los  parientes  no  trabajan  en  cubrir  el  rancho, 
sino  otros  que  no  les  tocan,  i  que  tocan  la  paga  de  los  carneros 
i  la  chicha.  I  a  estos  los  alquila  i  cuida  de  regalarlos  uno  de  los 
parientes,  el  cual  les  reparte  el  trabajo  de  cubrir,  en  cuatro  cua- 
drillas, señalando  a  cada  una  un  pedazo  de  cubierta,  i  a  estas 
cuadrillas  llaman  culla^  las  cuales  van  a  porfía,  i  la  culla  que 
acaba  primero  canta  victoria  contra  las  demás,  i  en  una  escalera 
levantan  en  hombros  un  muchacho  tiznado  i  vestido  a  lo  gracio- 
so, i  bailando  i  cantando  le  llevan  todos  dando  vueltas  a  la  casa 
i  dando  vaya  a  las  demás  cuadrillas,  que  picadas  se  dan  tanta 
priesa  que  no  se  les  ven  las  manos.  I  el  muchaco  o  matachin  que 
va  sobre  la  escalera  les  va  picando  a  todos  i  diciendo  gracias  i 
haciendo  monerías,  que  sirven  a  todos  de  entretenimiento.  I 
acabadas  las  vueltas,  sueltan  de  repente  de  la  escalera  al  mata- 
chin,  i  él,  conociendo  el  lance,  da  un  salto  con  tiempo,  i  todo  es 
fiesta  i  risa,  con  que  se  acaba  el  entremés.  I  luego  entra  la  come- 
dia o  la  comida  que  se  da  a  los  cullas  que  trabajaron  en  la  casa 
para  los  cuales  son  todos  los  carneros  i  chicha  que  trajeron  los 
que  al  principio  entraron  bailando,  i  estos  hacen  otra  fiesta  que 
dura  otros  tres  o  cuatro  dias.  I  a  veces  acontece  que  las  cuadri- 
llas, con  lagaña  de  ir  a  beber,  se  dejan  un   pedazo  de  casa  por 
cubrir,  i  para  acabar  la  casa  es  menester  otra  fiesta,  que  no 
puede  el  dueño  acabarla  por  no  caer  en  nota.**^!) 

«Todos  sus  regocijos  i  fiestas  públicas,  continúa  Rosales,  se 
enderezan  a  comer,  beber  i  bailar,  juntándose  las  parentelas,  i 
trayendo  todos  con  que  hacer  la  costa,  unos  la  comida  i  otros  la 
bebida.  I  los  toquis  jenerales  o  los  caciques  mas  principales  sue- 

45.  Historia  de  Chile^  t.  I,  páj.  1 50. 


294  LOS   ABORIJENES   DE    CBILE 

len  convocar  la  tierra  para  estas  fiestas,  i  en  unas  tienen,  demás 
de  los  bailes,  sus  entremeses,  en  que  sacan  figuras  diferentes,  i 
en  otras  truecan  los  trajes  hombres  i  mujeres.  A  otras  fiestas 
convocan,  que  llaman  gutcha-boqui,  en  que  ponen  un  árbol  en 
medio  del  cerco  i  de  él  pendientes  cuatro  maromas  adornadas 
con  lana  de  diferentes  colores,  de  que  están  asidos  para  bailar 
todos  los  parientes  de  el  que  hace  la  fiesta,  que  como  es  el  señor 
de  la  tierra  hace  reseña  de  toda  la  jente  noble  que  hai  en  ella.  I 
la  reseña  es  que  solos  ellos  bailen  asidos  a  la  soga  de  la  mano, 
sin  que  toque  a  ella  otra  persona  que  no  sea  de  la  nobleza.  I  so-  ' 
bre  el  árbol,  que  siempre  es  el  canelo  para  todas  las  fiestas,  se 
pone  el  hijo  del  cacique  o  toqui  jeneral  que  hace  la  fiesta,  des- 
nudo de  medio  cuerpo  arriba,  i  mui  adornado  de  llancas  i  pie- 
dras, el  cual  cuenta  toda  la  jente  noble  i  les  hace  grande  razo- 
namiento, desde  lo  alto,  refiriendo  las  personas  principales  que 
han  muerto  de  su  linaje  en  aquellos  años  pasados  i  dando  el  pa- 
rabién a  los  parientes  de  que  estén  vivos,  para  ornamento  de  su 
patria  i  estirpe. 

«La  grandeza  de  la  fiesta  que  llaman  guichaboque^  se  lee  en  el 
padre  Ovalle,  consiste  en  plantar  en  medio  un  árbol  i  pendien- 
tes de  él  unas  maromas  de  lana  de  diferentes  colores.  I  las  per- 
sonas principales  i  de  casas  señaladas  en  nobleza,  bailan  asidos 
de  las  maromas.,.  Los  caciques  al  comenzar  estas  fiestas,  exhor- 
tan a  la  jente  moza  i  liviana  que  no  les  agrien  la  fiesta  i  se  la 
echen  a  perder,  inquietando  las  mnjeres,  hurtando,  peleando, 
emborrachándose  i  vengando  pasiones;  i  que  el  teatro  de  sus  re- 
presentaciones i  bailes  no  se  convierta  en  teatro  de  gladiado- 
res.^^» 

«Hacen  también  los  hechiceros  sus  fiestas  públicas,  a  que  con- 
curre toda  la  tierra,  así  por  bailar,  beber  i  cantar,  como  por  ver 
cosas  prodijiosas  i  maravillas  que  hacen  por  arte  májico  i  con 
ayuda  de  el  demonio,  que  en  estas  fiestas  le  atraen  con  sus  invo- 
caciones i  se  les  aparece  sobre  el  ramo  de  canelo  en  figura  de 
un  pajarito.  I  luego  salen  de  sí  todos  los  hechiceros,  porque  en- 

46.  Histórica  relación. 


CAP.    X. — LOS  ARAUCANOS  295 

tra  el  demonio  en  ellos,  i  dan  saltos  i  carreras,  moviéndose  de 
unas  partes  en  otras,  sin  poner  los  pies  en  el  suelo,  bailando  so* 
bre  el  fuego  los  pies  descalzos,  tragándose  tizones  ardiendo,  i 
arrojando  en  el  fuego  los  vestidos,  sin  recibir  en  sí  ni  en  los  ves- 
tidos lesión  ninguna,  I  de  esta  suerte  hacen  otras  maravillas 
aparentes,  sacándole  a  uno  los  ojos,  cortándole  a  otros  las  nari- 
ces, quitándole  a  este  las  llancas  que  trae  colgadas  al  pecho,  al 
otro  las  orejas,  i  así  de  otras  burlas  i  juegos  que  hacen  aparen- 
temente i  por  arte  del  diablo,  con  que  tienen  abobada  la  jente  i 
suspensa  con  tales  pruebas... 

«La  fiesta  mas  solemne  es  la  que  hacen  los  boquibuyeSj  que  son 
los  sacerdotes  del  demonio,  para  dejar  su  encerramiento  i  dejar 
el  hábito,  que  para  ella  no  solo  convidan  a  los  parientes  que  les 
traigan  chicha  i  carne,  sino  a  los  amigos  de  mui  lejos  que  no  tie- 
nen obligación  a  estas  cargas  les  obligan  a  que  les  traigan  ovejas 
de  la  tierra,  que  son  las  mas  estimadas,  i  aunque  en  otras  borra- 
cheras no  las  suelen  matar,  sino  una  o  otra  por  el  aprecia  que 
de  ellas  hacen,  pero  en  esta  borrachera  matan  todas  las  que 
traen  los  cullas^  que  así  Uaman  a  estos  amigos.  I  hai  grande  fies- 
ta i  baile,  que  dura  diez  o  doce  dias.  I  al  ciilla  que  le  trajo  la 
oveja  de  la  tierra  se  lleva  después  en  agradecimiento  una  grande 
repostería  de  chicha  i  el  corazón  de  la  oveja  cocido  en  un  plato, 
i  brindándole  con  la  chicha  le  da  el  corazón,  i  como  reliquia  i 
comida  de  grande  precio  le  reparte  en  pedacitos  mui  pequeños 
entre  todos  los  parientes...  La  parte  de  carne  de  la  oveja  de  la 
tierra  que  a  cada  uno  le  cabe,  la  guarda  i  la  lleva  a  su  casa,  i  ha- 
ciéndola soguitas^  la  seca  al  humo  i  la  guarda  como  una  cosa  de 
grande  aprecio  para  regalar  algún  huésped  de  importancia  i  para 
ocasiones  de  mucho  empeño  i  obligación... ^^i> 

La  junta  que  los  indios  hacian  para  bailar  se  denominaba  gcr- 
curehuCj  siendo  mui,  usado  en  lo  antiguo  un  baile  que  llamaban 
cunquen}^ 

El  cunquerif  dice  Carvallo  que  se  reducia  a  que  las  parejas  die- 

47.  Rosales,  I,  pájs.  144  i  145. 

48.  Pebres,  Arte  de  la  lengua  jener al ^  etc. 


296  LOS    ABORÍJENES   DE    CHILE 

sen  pequeños  saltos  al  son  de  las  flautas  i  tamboriles.  En  el  ñuitij 
diez  ó  doce  parejas  se  toman  de  las  manos,  i  formando  círculos 
dan  vueltas  al  rededor  de  un  canelo,  cantando  al  son  de  los  tam- 
boriles, <á  tanto  el  tono  de  la  canción,  como  el  baile,  afiade  el 
autor  a  que  acabamos  de  referirnos,  es  en  todo  igual  al  que  los 
austríacos  bailan  en  Madrid  las  noches  de  San  Juan  i  San  Pedro, 
i  le  llaman  danza  prima.'*''^))  Según  Bascuñan,  el  músico  que  toca- 
ba el  tamboril  se  ponia  en  medio  de  la  rueda,  «sirviendo  de  maes- 
tro de  capilla,  a  quien  seguían  los  circunstantes  en  los  altibajos  de 
su  voz  i  tonada.^D  Los  mismos  caciques  ayudaban  también  algu- 
nas veces  a  cantar  i  daban  sus  vueltas  en  el  baile  con  las  mozas 
i  galanes.'^ 

Es  curioso  sobre  todo  oír  a  González  de  Nájera  referir  los  de- 
talles de  algunos  de  estos  bailes.  «Júntanse,  pues,  dice  el  prolijo 
capitán,  en  un  ameno  i  verde  campo,  cerrado  de  arboledas,  con 
gran  provisión  de  cántaros  de  sus  bebidas,  de  que  llevan  carga- 
das sus  mujeres,  i  en  el  medio  del  llano  plantan  un  pimpollo  o 
árbol  nuevo  de  limpio  i  derecho  tronco,  i  en  la  cima  mui  acopa- 
do de  hoja,  (el  cual  árbol  llaman  de  canela,  aunque  no  es  de  los 
verdaderos  que  la  crian).  En  lo  alto  a  la  redonda  de  sus  ramas, 
ponen  las  cabezas  de  los  enemigos  muertos,  cada  una  en  su  rama, 
de  manera  que  se  ven  los  rostros  desde  fuera,  las  cuales  tienen 
adornadas  de  flores  i  guirnaldas,  i  aún  les  ponen  sus  mismos  zar- 
cillos algunas  indias.  A  la  redonda  del  árbol  tienen  puesto  en  cír- 
culo bancos  de  tablones,  que  son  los  puestos  de  los  caciques  i  ca- 
pitanes, i  no  digo  asiento  porque  están  siempre  en  pié  con  la  per- 
severancia que  diré.  De  las  ramas  donde  están  las  cabezas  bajan 
unas  cuerdas  de  lana  de  diferentes  colores,  que  cada  una  viene  a 
tener  en  la  mano  un  cacique  de  los  que  están  a  la  redonda  del 
árbol,  puestos  de  pié  sobre  los  bancos,  como  dije.  La  demás  jen- 
te  anda  a  la  redonda  de  los  bancos  por  un  espacio  del  campo, 
mujeres  i  hombres  todos  en  hileras,  con  figuras  i  disfraces  tan  va- 

49.  Historiadores  de  Chile^X.,  X,  páj.  158. 

50.  Cautiverio  feliz  ^  páj.  200. 

51.  ///.,  páj.   125.  Concuerda  cou  estos  datos  la  relación  de  Pérez  García, 
Historia  de  Chite ^  cap.  IX. 


*CAP.    X. — LOS    ARAUCANOS  297 

rios,  ridículos  i  disparatados  que  no  se  pueden  bien  referir...:  unos 
andan  cubiertos  de  pieles  de  fieras  con  las  cabezas  boqui-abier- 
tas,^  que  caen  encima  de  las  suyas  mostrando  sus  grandes  dien- 
tes; i  otros  por  la  misma  manera  con  pieles  de  cabrones  de  de- 
formes cuernos;  otros  traen  puestas  capas  de  cuero,  semejantes  en 
su  hechura  a  las  decoro,  cubiertas  por  defuera,  unas  de  plumas 
amarillas,  otras  de  coloradas,  i  otras  verdes...  Posteriormente,  en 
lugar  de  plumas,  ponian  a  otras  capas  semejantes,  espesas  hojas  de 
breviarios  i  misales,  i  otras  cartas  i  otras  cédulas  de  gobernadores 
del  reino,  según  las  he  visto,  cosido  todo  de  manera  que  hacen 
con  los  tales  papeles  una  gran  volatería...  Puestos,  finalmente,  de 
la  manera  que  he  dicho,  al  estruendo  de  sus  confusos  i  bárbaros 
instrumentos  de  tamboriles  i  cornetas  hechas  de  canillas  de  pier- 
nas de  sus  enemigos,  que  hacen  un  son  mas  desconcertado  i  triste 
que  alegre,  bailan  todos  moviéndose  a  unos  mismos  tiempos,  en- 
cojiendo  i  levantando  los  cuerpos  al  mismo  son  que  tocan,  sin 
descomponer  los  brazos  ni  levantar  los  pies  del  suelo  mas  de  los 
cálcanos;  i  al  mismo  son  van  también  tirando  los  caciques  las 
cuerdas  de  lana  desde  sus  bancos,  do  están  de  pié,  de  manera 
<jue  al  compás  del  jeneral  movimiento  i  modo  de  su  común  baile, 
hacen  también  menear  o  bailar  las  ramas  con  las  cabezas  que  es- 
tán en  ellas.  I  lo  que  es  de  notar  entre  todas  estas  barbaridades 
es,  que  estando  todos  en  la  orden  que  he  dicho,  no  hai  indio,  por 
mui  turbado  que  esté  del  vino,  que  jamás  deje  la  lanza  de  la  mano, 
i  así  su  piquería  hace  muestra  i  forma  de  un  circular  escuadrón. 
Entre  toda  esta  jente,  que  anda  como  fuera  de  sí,  ocupada  en 
aquel  su  tan  agradable  baile,  anda  gran  número  de  mozas  i  mu- 
chachos con  varios  vasos  llenos  de  sus  vinos,  dando  de  beber  por 
todas  las  hileras  a  los  que  bailan... 

«Cantan  todos  al  son  que  dije,  levantando  i  bajando  a  un  tiempo 
d  tono  o  voces,  así  como  los  cuerpos  en  el  baile,  cuyo  tono  (por 
ser  de  tanta  jente  junta  se  oye  de  mui  lejos)  no  sé  si  se  le  llame 
canto  o  lloro,  según  la  tristeza  que  infunde  a  quien  le  oye.  1  es 


^2.  Las  mañagnas  de  que  antes  hemos  hablado. 

33 


298  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

cosa  digna  de  consideración,  que  por  recibir  estos  indios  tanto 
gusto  i  entretenimiento  destos  bailes  i  cantos  se  les  suelen  pasar 
dias  i  noches  enteras  sin  tomar  algún  reposo.  Vánse  refrescando 
a  menudo  con  las  bebidas  que  dije,  hasta  que  el  cansancio  i  de- 
masiada embriaguez  los  va  derribando  por  aquellos  suelos  ®jd 

Solia  organizarse  también  en  los  cahuines  una  especie  de  bai- 
le deshonesto,    llamado  hueyclpuntn.^^?ísc\\ñíxn  lo  pinta  en  los 
términos  siguientes:  «Llevaron  a  Ancanamon  todos  los  principa- 
les caciques  al  centro  del  concurso,  donde  chicos  i  grandes,  hom- 
bres i  mujeres,  estaban  bailando  en  rueda,  i  cojiéndole  en  medio, 
le  recibieron  con  el  romance  que  el  dia  antecedente  cantaron  en 
su  alabanza;   después  de  esto,   salieron  diez  o  doce^  mocetones 
desnudos  i  en  carnes,  tiznados  con  carbón  i  barro  hasta  los  ros- 
tros... En  medio  del  palenque  estaba  hincado  o  clavado  un  ár- 
bol de  canelo  mui  crecido,  i  porque  no  blandease  o  se  hiciese 
pedazos  al  tiempo  que  mas  necesario  fuese,   por  ser  madera  vi- 
driosa i  delicada,  le  tenian  liado  a  otros  dos  árboles  gruesos  i 
fornidos,  de  adonde  pendían  unas  maromas  gruesas,  que  sus  es- 
tremos  llegaban  a  fijarse  en  otros  postes  firmes  i  robustos  que  de 
estribos  servían  a  los  bancos  del  baile  i  al  palenque.  Estos  dan- 
zantes ridículos  traian  ceñidas  a  las  cinturas  unas  tripas  bien  lle- 
nas de  lana,  i  mas  de  tres  o  cuatro  varas,  a  modo  de  cola,  col- 
gando, tendidas  por  el  suelo;  entraban  i  salianpor  una  i  otra  par- 
te, bailando  al  son  de  los  tamboriles,  dando  coladas  a  las  indias, 
chinas  i  muchachos,  que  se  andaban  tras  ellos  haciéndoles  bur- 
las i  riyéndose  de  su  desnudez  i  desvergüenza.  Después  de  haber 
andado  de  la  suerte  referida  por  entre  todo  el  concurso  de  hom- 
bres i  mujeres,  subieron  por  las  maromas  que  a  modo  de  jarcias 
estaban  puestas,  por  las  cuales  subian  a  lo  alto  i  volvian  a  bajar, 
i  otras  veces  se  paraban  sobre  los  estribos  de  los  andamios,  de 
los  cuales  pendian  las  puntas  de  las  maromas,  i  se  ataban  en  las 
partes  vergonzozas  un  hilo  de  lana,  de  adonde  los  tiraban  las 
mujeres  i  muchachos,  bailando  los  unos  i  los  otros  al  son  de  sus 

53.  Desengaño  de  la  guerra  de  Chile ^  pájs.  108  i  siguientes. 

54.  Cautiverio  feliz  ^  páj.  102. 


CAP,    X. — LOS   ARAUCANOS  299 

instrumentos.  I  esta  es  la  fiesta  mas  solemne  que  entre  estos  bár- 
baros se  acostumbra.® i)  Carvallo  añade  que  a  los  mocetones  que 
salían  desnudos  acompañaban  otras  tantas  mozas  igualmente  las- 
civas i  deshonestas,  también  enteramente  desnudas,  que  toman- 
do cada  una  uno  de  los  ramales,  bailaban  al  son  de  los  tamboriles; 
«i  como  al  mismo  tiempo  todos  beben,  enardecidos  con  la  chi- 
cha, usan  torpemente  de  las  mujeres  propias  i  ajenas,  a  presen- 
cia del  perverso  i  obsceno  concurso,  i  dura  esta  lasciva  bacanal 
basta  que  apuran  toda  la  bebida  que  preparan.^D 

El  poeta  angolino  Pedro  de  Oña  describe  en  las  estrofas  que 
van  en  seguida  otras  especies  de  bailes  araucanos: 

De  trecho  en  trecho  en  coros  se  congregan 
El  hombre  i  la  mujer  interpolados 
I  todos  por  los  dedos  enlazados 
Cabezas,  pies,  ni  bocas  no  sosiegan: 
Ya  corren,  ya  se  apartan,  ya  se  allegan 
Atrás,  hacia  adelante  i  por  los  lados 
Con  un  compás  ñemático  i  terrible 
Confuso  i  ronco  son  desapacible. 

Suelen  bailar  también  de  otra  manera, 
I  es,  que  las  manos  libres  i  los  brazos 
Sacuden  unos  huecos  calabazos 
Do  tiene  de  sus  guijas  la  ribera: 
I  al  gusto  de  esta  música  grosera 
Están  los  mas  haciéndose  pedazos 
Sin  recibir  por  ello  mas  tormento 
Que  si  este  fuera  el  ófico  instrumento. 

^  Otras  mujeres  solas,  en  cuadrilla 

Acuden  con  sus  hijuelos  dando  vueltas 
Todas  en  bacanal  furor  envueltas, 
Desnudo  el  medio  pecho  i  la  rodilla.'"^ 

Hablando  con  mas  especialidad  del  canto,  refiere  el  padre 

55.  Cautiverio  feliz  y  páj.  135. 

56.  Historiadores  de  Chile^  t.  X,  páj.  158. 

57.  Atanco  domado^  canto  11. 


300  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

Ovalle  que  «todos  a  una  levantan  la  voz  a  un  tono  a  manera  de 
canto  llano,  sin  ninguna  diferencia  de  bajos,  tiples  i  contraltos, 
i  en  acabando  la  copla,  tocan  luego'sus  flautas  i  algunas  trompe- 
tas;... i  luego  vuelven  a  repetir  la  copla  i  a  tocar  sus  flautas,  i 
suenan  éstas  tanto,  i  cantan  gritando  tan  alto,  i  son  tantos  los 
que  se  juntan  a  estos  bailes  i  fiestas  que  se  hacen  sentir  a  gran 
distancia.^»  Parece  que  de  ordinario,  sin  embargo,  había  alguno 
mas  ejercitado  que  los  demás  que  iniciaba  el  canto,  siendo  des- 
pués seguido  por  el  concurso,  conforme  a  lo  que  vimos  hace  po- 
co que  apuntaba  Bascuñan.'^ 

Don  Felipe  Gómez  de  Vidaurre  declara  que  los  araucanos 
cctienen  muchas  canciones  afectuosas  i  que  con  el  tono  de  las  vo- 
ces esprimen  bien  el  dolor  o  la  alegría  i  los  otros  afectos  del 
ánimo;®*))  a  que  añade  don  Jerónimo  Pietas  que  «suelen  cantar 
una  canción  que  llaman  Piit-m^  ya  con  llanto,  ya  con  furia;"^» 
siendo  de  advertir  que  cuando  el  tema  es  lúgubre  se  prescinde 
de  todo  instrumento,  «porque  dicen  que  el  ánimo  divertido  con 
la  armonía,  no  puede  concebir  el  dolor  i  afecto  compasivo  que 
se  pretende  con  los  cantos  melancólicos.®^!)  «No  son  aficionados 
añade  González  de  Nájera,  a  la  música:  cantan  todos  jeneral- 
mente  a  un  mismo  tono,  mas  triste  que  alegre  i  no  se  aficionan  a 
instrumentos  de  placer,  sino  a  bélicos,  funestos  i  lastimeros  que 
resuenan  con  doloroso  i  triste  clamor.®» 

Mas,  contra  las  aseveraciones  anteriores,  Frezier  declara  que 
el  canto  de  los  araucanos  es  tan  poco  modulado  que  puede  es- 
presarse en  solo  las  tres  notas  siguientes: 


58.  Histórica  relación^  91. 

59.  En  otra  parte  de  su  libro  añade  este  autor:  «Cojió  un  tamboril  templado 
uno  de  los  músicos  mas  diestros,  ¡  dando  principio  al  canto,  siguieron  otros 
muchos  la  tonada,  i  dentro  de  breve  tiempo,  al  son  del  instrumento  ¡  de  las  vo- 
ces, dando  saltos,  bailaban  a  su  usanza  las  indias  i  muchachas  que  allí  estaban.» 
Ob.  cit.,  páj.  50. 

60.  Historia  de  Chile,  M.  S.,  lib.  VI. 

6 1 .  Informe  al  Rey,  etc, 

02.  Gómez  de  Vidaurre,  ob.  cit. 

63.  Desengaño  de  la  guerra  de  Chile,  páj.  470. 


CAP.    X. — LOS   ARAUCANOS 


301 


=<^=^ 


2¿ 


^4 


(cLa  letra  que  cantan,  añade,  carece  de  ritmo  i  de  cadencia;  ni 
tienen  otro  teína  que  aquel  que  se  les  ocurre  en  el  momento,  ya 
contando  la  historia  de  sus  antepasados,  ya  hablando  de  sus  fa- 
milias;^» idea  en  que  concuerda  el  señor  Domeyko,  cuando  dice 
que  el  canto  de  nuestros  indios  «es  destemplado  i  monótono.^"^» 
I  realmente  es  singular  que  siendo  el  araucano  un  idioma  tan 
armonioso  sea  tan  pobre  la  música  del  pueblo  que  lo  habla. 

Los  instrumentos  de  música  de  quedisponian  los  araucanos  eran 
el  culihun^  especie  de  tamborcillo  que  se  tocaba  con  unos  palitos 
llamados  macahuef"  la  corneta  o  caracol,  cullcull]  la  trompeta, 
tutuca]  i  la  nauta,  pivi7/caj^  que  según  parece  era  de  varias  espe- 
cies, según  los  diversos  nombres  con  que  se  le  distingue  en  el 
idioim,  pincuZ/Uj^pitucavoCj  o  pitucahiie,  ((tablilla  de  muchos  agu- 
jeros con  que  chiflan  en  sus  bebidas,  a  modo  de  silvado  de  ca- 
pador.*®!)  «Al  presente,  dice  el  señor  Domeyko,  el  único  instru- 
mento que  conocen  es  un  cañuto  que  hacen  de  una  planta 
silvestre,  i  del  cual  sacan  un  sonido  lúgubre  de  poca  modulación 
i  armonía.«^i> 

La  lámina  79  representa  de  siete  octavos  del  tamaño  natural 
una  especie  de  flauta  que  se  acerca  bastante  a  la  descripción  del 
pitucahue.  Es  de  piedra  i  está    provista  de  tres  conductos  ahue- 
cados i  paralelos,  de  un  diámetro   casi  igual,  pero  de  largo  dis- 
tinto, emitiendo  también,  una  vez  que  se  hace  penetrar  el  aire 


64.  Relaiion  du  voy  age  de  la  mer  dn   Sud,  t.  I,  páj.  II 3,  Amsterdam,  171 7. 

65.  Araucania  i  sus  habitantes^  páj.  64. 

66.  Pebres,  Arte  de  la  lengua  general,  etc. 

67.  Pérez  García,  Historia  de  Chile, 

68.  Pebres,  ob.  cit. 

69.  Araucania  i  sus  habitantes,  páj.  64. 


i 


302  LOS    ABORÍJENES   DE    CHILE 

en  ellos,  sonidos  semejantes  annqiie  de  diversa  modulación.  En  un 
lado  está  provisto  de  un  agujero  destinado  sin  duda  a  recibir  una 
cuerda  para  colgar  el  instrumento.  Este  interesante  objeto,  pro- 
cedente de  la  Serena,  es  en  un  todo  análogo  al  que  ya  antes  de 
ahora  habia  dado  a  conocer  don  Claudio  Gay  i  que  aparece  di- 
bujado, con  detalles  completos,  en  el  Atlas  de  su  obra,  a  la  cual 
remitimos  al  lector. 

El  número  82  representa  de  tamaño  natural  un  pito  de  dos 
cavidades,  que  estaba  dotado  también  de  dos  agujeros  para  ser 
colgado,  i  de  líneas  trasversales  en  dos  de  sus  superficies  esternas 
i  que  han  servido  probablemente  para  forrarlo  con  lana  u  otro 
material.  Procede  de  Valdivia,  pero  el  señor  Montt  posee  otro 
enteramente  análogo  encontrado  en  la  provincia  de  Santiago. 

Igualmente  de  procedencia  de  Valdivia  es  el  pito  dibujado  en 
el  número  80.  Tiene  dos  agujeros  para  el  efecto  de  colgarlo,  i 
una  sola  cavidad  central  que  penetra,  aunque  en  dirección  algo 
trasversal,  hasta  la  base  del  instrumento. 

El  número  81  es  un  pito  de  piedra  talcosa,  sacado  de  una  se- 
pultura de  Vichuquen,  en  el  cual  llama  la  atención  el  tamaño 
estraordinario  de  la  cavidad  central,  que,  a  causa  de  eso,  emite 
un  sonido  bastante  ronco. 

El  material  empleado  en  los  instrumentos  descritos  es  siempre 
la  piedra,  i  el  pulimento,  así  como  la  naturaleza  misma  del  trabajo, 
pueden  acaso  inducirnos  con  razón  en  la  creencia  de  que  todos 
ellos  reconocen  un  oríjen  incásico.  Es  verdad  que  no  se  armoniza 
bien  con  esta  opinión  la  procedencia  de  algunos  que,  como  hemos 
dicho,  es  respecto  de  dos  de  ellos,  la  provincia  de  Valdivia;  pero, 
como  veremos  al  tratar  de  los  resultados  de  las  conquistas  de  los 
Incas  entre  nosotros,  se  encuentran  no  solo  utensilios  de  piedra 
en  las  provincias  del  sur  sino  también  de  metal,  material  que  a 
todas  luces  no  podemos  atribuir  a  los  descubrimientos  indíjenas 
sino  a  la  importación  estranjera. 

El  señor  Gay  ha  dibujado  igualmente  en  su  Aí/asel  curioso  ob- 
jeto de  piedra,  procedente  de  Popeta,  que  figuramos  de  tamaño 
natural  i  de  frente  en  la  figura  83  i  de  perfil  en  la  84.  Según  puede 


CAP.   X. — ^LOS  ARAUCANOS  303 

verse,  tiene  una  forma  ovalada,  con  seis  endentaduras  en  cada 
uno  de  sus  costados.  En  su  diámetro  mas  ancho  está  atravesado 
por  un  conducto,  que,  hacia  el  centro,  comunica  con  dos  peque- 
ños agujeros  escavados,  uno  frente  al  otro,  hacia  los  bordes  de 
una  pequeña  circunferencia  prominente,  labrada  en  la  mitad  del 
cuerpo  del  instrumento.  Paralelos  a  estos  agujeros,  se  ven  del 
lado  afuera  del  mismo  círculo,  otros  dos  por  cada  lado,  que  pe- 
netran hasta  el  lado  opuesto,  en  tanto  que  los  dos  restantes,  dis- 
puestos en  diagonal,  aparecen  simplemente  indicados  sobre  cada 
una  de  las  caras. 

En  ningún  cronista  chileno  ni  en  ninguno  de  los  historiadores 
que  han  escrito  de  las  cosas  del  Pera,  ni  tampoco  en  las  obras 
que  tratan  de  la  industria  de  otros  pueblos  salvajes,  hemos  podi- 
do encontrar  nada  que  pudiera  servirnos  de  indicación  para  espli- 
car  la  aplicación  que  haya  podido  tener.  Si  aceptamos  que  pro- 
cede de  los  vasallos  de  los  Incas,  debemos  reconocer  que  si  hu- 
biese sido  un  utensilio  común  en  el  Perú,  Rivero  i  Tschudi,  o 
cualquier  otro  autor  de  antigüedades  de  ese  país  no  habrían  de- 
jado de  hablar  de  él;  pero  ni  de  esta  fuente,  lo  repetimos,  ni  del 
lugar  i  condiciones  en  que  fué  hallado,  que  desconocemos  por 
completo,  puede  inferirse  de  modo  alguno  el  uso  a  que  estuviera 
destinado.  No  puede  tampoco  invocarse  el  espediente  a  que  de 
ordinario  suele  ocurrirse  para  esplicar  dificultades  de  este  j enero, 
diciendo  que  pudo  ser  un  simple  juguete,  porque  no  se  habría  sin 
duda  empleado  en  él  la  gran  suma  de  trabajo  que  debió  deman- 
dar, dados  los  instrumentos  sumamente  imperfectos  con  que  se 
contaba  en  aquella  época  para  producir  obras  de  esta  naturaleza. 
Es  indudable,  por  lo  tanto,  que  acusa  alguna  aplicación  de  cierta 
importancia  i  que  ella  debió  ser  tan  especial  respecto  de  las  exi- 
jenciasde  aquella  remota  civilización,  que  nuestros  artefactos  de 
hoi  no  nos  suministran  idea  alguna  que  pueda  esplicar  por  anal  ojia 
el  uso  que  se  hiciera  del  instrumento. 

El  anillo  prominente  que  se  nota,  especialmente  cuando  se  le 
ve  de  perfil,  puede  indicar  que  estaba  destinado  a  colocarse  en 
la  estremidad  de  un  palo,  al  cual  podría  asegurarse  por  medio  de 


304  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

cuerdas  que  pasasen  por  los  agujeros  que  se  ven  del  lado  afuera 
del  anillo;  pero,  así  dispuesto,  ¿a  qué  conducían  los  dos  agujeri- 
tos  que  comunican  el  centro  del  anillo  con  la  horadación  central? 
Las  endentaduras  que  se  ven  en  los  bordes  pueden  quizás  dar  a 
entender  que  han  podido  servir  para  alisar  hilos  de  corteza  de 
árboles  o  para  adelgazar  tendones  de  animales,  en  cuyo  caso  el 
agujero  central  habria  estado  destinado  para  los  mas  gruesos 
i  resistentes.  Suponiendo  que  el  instrumento  en  jeneral  hubiese 
sido  una  especie  de  aparato  para  hilar,  esas  endentaduras  o  ra- 
nuras servirían  para  envolver  el  hilo;  la  horadación  central  ver- 
tical para  recibir  el  huso,  i  los  pequeños  agujeros  para  que  por 
ellos  pasase  el  hilo  que  habia  de  torcerse;  mas,  es  necesario  con- 
fesar que  ninguna  de  estas  hipótesis  se  armoniza  medianamente 
con  todos  los  detalles  del  instrumento. 

En  cuanto  a  los  versos  de  los  araucanos,  «la  poesía,  dice  Oli- 
vares, si  no  tiene  entre  ellos,  aquellos  conceptos  altos,  alusiones 
eruditas  i  locuciones  figuradas  que  se  ven  en  obras  poéticas  de 
las  naciones  sabias,  por  lo  menos  es  dulce  i  numerosa,  no  habien- 
do cosa  que  reprender  en  la  cadencia  i  numerosidad  de  sus  me- 
tros.'^»  Los  indios  hacian  que  desde  chicos  aprendiesen  de  me- 
moria sus  hijos,  «ciertos  versos  que  les  tienen  compuestos  de 
todas  las  ofensas  que  han  recibido  de  sus  enemigos,  haciéndoles 
que  los  canten  para  que  en  todo  tiempo  les  provoquen  a  la  ven- 
ganza.'^!) Según  se  desprende  de  algunos  pasajes  de  los  cronistas, 
entre  los  araucanos  habia  poetas  de  oficio  que  recibían  de  los 
caciques  por  los  romances  que  componían  para  sus  fiestas,  por 
cada  uno,  diez  botijas  de  chicha  i  un  carnero.^  «Llamaban  gen- 
pin^  dice  Pebres,  a  los  compositores  de  sus  cantares,  como  si 
fueran  los  dueños  del  decir."^!) 

Pero  mucho  mas  celebrados  que  los  poetas  eran  los  oradores. 
Los  indios  adiestraban  desde  niños  a  sus  hijos  en  el  ejercicio  de 


70.  Historia  de  Chile ^  páj.  42. 

71.  González  de  Nájera,  Desengaño  de  la  guerra^  etc.,  páj.  120. 

72.  Rosales,  Historia^  1. 1,  páj.  142. 

73.  Arte  de  la  lengua  general^  etc. 


CAP,    X. — LOS   ARAUCANOS  305 

la  palabra,  «porque  saben  la  mucha  cuenta  que  se  hace  entre 
ellos  de  quien  habla  bien,  i  que  lo  contrario  es  exacción  que  se 
opone  para  que  alguno  no  suceda  en  algún  bastón,  aunque  le 
venga  por  sangre.  Estos  razonamientos,  continúa  Olivares,  cuyas 
son  las  palabras  precedentes,  pronuncian  en  los  congresos  parti- 
culares en  tono  moderado;  mas,  en  las  juntas  grandes  para 
asentar  paces  o  persuadirlas,  que  llaman  en  su  idioma  humea 
coyan^  o  para  publicar  guerra,  que  llaman  auca  coyan^  dicen  sus 
oraciones  con  tal  vigor  que  parece  que  hablan  con  truenos  i  que 
sus  operaciones  son  borrascas  deshechas...  Lcomo  el  orador  mo- 
vido se  halla  a  mano  las  fórmulas  mas  vivas  i  eficaces  de  imprimir 
su  afecto  en  los  otros,  es  indecible  cuan  bien  usan  éstos  indios 
bárbaros  de  aquellas  figuras  de  sentencias  que  encienden  en  los 
ánimos  de  los  oyentes  los  afectos  de  la  ira,  indignación  i  furor  que 
arden  en  el  ánimo  del  orador,  i  a  veces,  los  de  lástima,  compa- 
sión i  misericordia,  usando  de  vivísimas  prosopopeyas,  hipótesis, 
reticencias  irónicas,  i  de  aquellas  interrogaciones  retóricas,  que 
sirven,  no  para  preguntar,  sino  para  reprender  i  argüir... ''^j) 

Un  juego  en  que  también  los  ejercitan  desde  niños^^  es  el  del 
palüij  llamado  chueca  por  los  chilenos,  pina  en  Valladolid  i  gu- 
rria  en  Madrid,'^*  que  es  el  mas  célebre  entre  ellos.  «Es  un  ejer- 
cicio en  que  dos  bandas  opuestas  procuran  llevar  una  bola  de 
madera  {palt)'"  a  sus  rayas,  con  un  instrumento  de  caña  bas- 
tante sólido,  encorvada  i  gruesa  en  la  punta,  largo  como  de  cin- 
co palmos  (uñó).  La  área,  para  que  elijen  un  plan  mui  lim- 
pio e  igual,  la  señalan  con  ramas  verdes,  dándole  de  largo  como 
trescientas  varas  i  de  ancho  como  la  cuarta  parte;  los  indios,  co- 
mo en  número  de  treinta,"'^®  para  que  no  estorbe  la  multitud  i 
lidiar  con  desembarazo,  se  ponen  en  dos  cuadrillas  contrarias, 
en  frente  una  de  otra,  correspondiéndole  a  cada  uno  su  opositor 

74.  Historia  de  Chile ^  páj.  41. 

75.  Rosales,  Historia^  I,  118,  169. 

76.  Carvallo,  Historiadores^  t.  X,  páj.  158. 

77.  Pérez  García,  Historia^  I,  cap.  IX. 

78.  Ovalle  asegura  que  suelen  juntarse  basta  cincuenta  por  banda,  Histórica 
relación^  páj.  58. 

Ü9 


306  LOS   ABORÍJENES    DE   CHILE 

señalado:  la  bola  se  pone  en  medio  de  un  hoyo,  i  dos  contrarios 
la  sacan  con  sos  chuecas,  esforzándose  cada  uno  a  hurtársela  al 
otro;  cuando  salió  la  bola  la  siguen  d¡lijentísimos,'unos  para  lle- 
vársela i  otros  a  detenerla,  i  aquí  es  de  ver  como  ya  lidian  dos^ 
ya  muchos,  ya  todos  haciendo  pruebas  de  destreza  i  pulso  en  el 
manejo  de  la  chueca,  de  fortaleza  en  la  lucha  i  de  velocidad  en 
la  carrera,  el  que  da  un  golpe  famoso  u  atina  con  la  bola  en  el 
aire  para  aumentarle  el  impulso  que  lleva,  o  darle  otro  contra- 
rio,.., i  se  nombra  en  alto  grito  con  estaso  semejantes  voces: 
inche  cai  longo  thegUa^  inche  cai paqui  namun^  inche  caí  anca  ti- 
giiCy  que  quiere  decir  ayo  soi  la  cabeza  de  perro,  yo  soi  pierna 
de  león,  yo  soi  el  cuerpo  de  roble.»  Este  juego  mirado  de  lejos, 
da  la  mas  viva  especie  de  una  ardiente  batalla,  porque,  en  efec- 
to, es  su  mas  propia  imitación,  no  faltando  aún  los  golpes  i  la 
sangre,  i  en  tales  ensayos  se  aperciben  de  fuerza,  ajilidad  e  in- 
dustria para  las  veras,  etc.'*!) 

El  juego  dura  de  ordinario  una  tarde  pero  a  veces  se  prolon- 
ga por  varios  dias  consecutivos.  Se  elije  para  él  un  juez,  que 
llaman  ranmevoe^  encargado  de  decidir  la  contienda  i  de  conser- 
var en  depósito  el  tanto  que  se  apuesta,  «pues  nunca  juegan  al 
crédito  por  la  desconfianza  que  tienen  unos  de  otros.»  Para  an- 
dar mas  lijero,  los  indios  se  presentan  al  palenque  con  asoló  una 
pampanilla  o  un  paño  que  cubre  la  indecencia,  i  aunque  no  tan 
desnudas  suelen  jugar  las  mujeres  a  este  juego,  a  que  concurren 
todos  por  verlas  jugar  i  correr.»  Según  agrega  el  mismo  Rosales, 
para  ganar,  los  indios  se  entregaban  a  una  porción  de  supersti- 
ciones, i  después  de  concluido  el  juego,  a  una  gran  borrachera, 
en  que  solian  concertarse  los  asuntos  relativos  a  la  guerra.*^ 

Esta  entretención  indíjena  llegó  a  hacerse  sumamente  popular 
en  los  campos,  pernoctando  la  jente  para  verla  en  lugares  apar- 
tados i  despoblados,  por  lo  cual  el  obispo  Alday,  en  1763,  repitió 
las  prohibiciones  de  una  sínodo  anterior,  bajo  pena  de  escomu- 


79.  Olivares,  ob.  c¡t,  páj.  43. 

80.  Rosales,  ob.  cit.   I,  páj.  170. 


CAP.    X. — LOS   ARAUCANOS  307 

nion  mayor,  siempre  que  se  verificase  en  dia  de  fiesta  i  lejos  del 
sitio  de  la  parroquia.®^ 

«Otro  juego  tienen  los  muchachos  que  llaman  pillma^  i  es 
también  para  ejercitarse  en  la  lijereza  i  habilitarse  para  la  guer- 
ra.» «Lo  juegan  desnudos,  solo  con  calzones,  tirando  la  pillma  o 
pelota  de  paja  por  debajo  del  muslo,®^»  ai  cada  uno  porque  no  le 
den,  tuerce  con  lijereza  el  cuerpo,  o  salta,  o  se  tiende  en  el  sue- 
lo, i  luego  se  vuelve  a  levantar  con  lijereza.*^»  Bascuñan  refiere 
con  motivo  de  esta  diversión  lo  que  sigue:  «agregáronse  a  noso- 
tros algunos  mas  muchachos  de  buen  gusto  i  humor  alegre,  que 
estaban  ejercitándose  en  el  juego  de  la  pelota  a  su  usanza,  que 
es  de  grande  entretenimiento  i  deleitable  a  la  vista;  porque  es 
una  contienda  que  tienen  unos  con  otros  con  dos  pelotas,  una  de 
la  banda  de  los  unos  i  otra  de  los  otros,  i  ellos  desnudos  en  cue- 
ros, solo  con  unos punuSj  que  son  unas  mantichuelas  que  les  cu- 
bren las  delanteras,  tirándose  las  pelotas  al  cuerpo,  enseñándose 
a  librar  de  ellas,  porque  al  que  tocan  con  ella  tanta  veces  como 
tienen  señalado,  que  son  como  tantos  o  rayas,  pierde  lo  que  se 
juega  o  pone.  I  están  algunos  tan  diestros  en  huir  el  cuerpo  al 
golpe  que  les  tiran,  que  es  rara  la  vez  que  topan  con  ella,  estan- 
do los  unos  de  los  otros  tan  cerca  que  no  distan  cuatro  pasos; 
pero  es  verdad  que  no  la  pueden  tirar  sin  hacer  primero  de  la 
mano  pala,  suspendiendo  la  pelota  en  el  aire.®*» 

«El  quechuncague  o  quechucan  se  juega  con  una  planchita  de 
piedra  de  la  figura  triangular  que  llaman  los  jeómetras  isóselas: 
en  los  dos  lados  mas  largos  del  triángulo  están  pintados  unos 
puntos  que  son  por  todo  cinco,  tres  a  un  lado  i  dos  a  otro,  i  por 
eso  se  llama  este  juego  quechu  que  en  el  idoma  indio  significa 
dicho  número:  en  una  de  las  dos  superficies  hai  un  punto,  en  la 
otra  nada,  i  así  arrojando  este  triángulo  regularmente  cae  algún 

81.  Synodo  diocesana  del  Obispado  de  Santiago  de  Chih^  t¡t.  XII,  const.  VIIÍ, 

82.  Pebres,  Arte  de  la  lengua  general^  etc.  Olivares  espresa  que  la  pelota 
era  de  una  madera  esponjosa  como  el  corcho  (Historia  de  Qhile^  páj.  43)  i  Bas- 
cuñan que  era  hueca,  llena  de  viento. 

83.  Rosales,  lug.  cit. 

84.  Cautiverio  feliz  y  ^k].  di. 


308  LOS   ABORÍJENES    Vt. 


V^«.- 


punto  grande  o  pequeño.  Según  el  punto  que  cae  van  mudando 
los  tantos  al  modo  de  la  oca,  i  al  mudarlos  contando  los  puntos 
si  cae  el  tanto  del  uno  donde  tenia  el  tanto  del  otro,  se  lo  come^ 
i  de  este  modo  se  van  haciendo  uno  a  otro  su  guerrilla  al  modo 
del  aljedrez,  i  el  que  consumió  antes  sus  tantos  es  el  que  pier- 
de^^» 

«Otro  juego  tienen  que  llaman  uyes,  que  es  como  los  dados  a 
quien  mas  puntos  eclia.^»  <tUna  manta  tienden  en  el  suelo:  en- 
tran al  juego  cuantos  quieren,  la  suerte  es  el  número  par,  i  el  azar 
el  número  impar,  habiendo,  como  en  los  dados,  en  la  suerte  i 
azar,  sus  diversos  grados  de  pérdida  i  ganancia:  el  que  tira  llama 
la  suerte,  como  que  fuera  persona,  de  varias  deprecaciones  afec- 
tuosas, diciéndole,  /¿amuenj  llamuen^  llamuetiy  cupa^  cupay  cupa^ 
i  quiere  decir  «hermanita,  hermanita,  hermanita,  ven  acá,  ven  acá, 
ven  acá:»  i  así  la  invocan  con  otros  nombres  cariñosos.  Después 
de  echada  la  suerte  suelen  nombrarla  con  voces  burlescas,  i  di- 
cen, ciipaiy  papa  chegual,  quiere  decir,  «llegó  mi  abuelita  la  perra 
vieja.D  El  que  una  vez  echó  suerte  prosigue  tirando  hasta  que 
eche  azar,  que  entonces  entrega  los  Iligues  (que  son  doce  medias 
habas,  la  mitad  negras,  i  la  otra  mitad  blancas)^  al  que  está  a  ma- 
no derecha.  Lo  que  ponen  de  apuesta  llaman  van,  i  nunca  arries- 
gan mucho  animosamente  a  un  tiro,  sino  que  son  rateros  en  su 
modo  de  jugar,  i  para  ganar  cualquiera  cosa  se  pasan  algunas  ho- 
ras.*» 

Usaban,  ademas,  los  araucanos  el  juego  del  milano,  que  lla- 
maban cuíutugn-^  el  de  las  escondidas,  maumtllanf^  el  de  la  ga- 
llina ciega, peucutitH]  el  guruncuran,  «salta  tú  i  dámela  tú»;  el 
choqueperiy  «juego  de  dar  valla  i  darla;»  el  rullican,  i  el  lleghcan^ 

85.  Olivares,  liig.  cit.  Parece  que  ademas  de  la  planchita  de  que  se  trata,  se 
empleaba  también  en  este  juego  una  especie  de  arco  llamado  chügudhue,  por 
donde  dejaban  caer  las  habas.  Pebres,  Arte  de  la  lengua  general.  Véase  el  di- 
bujo que  sobre  el  particular  ha  dado   el  padre  Ovalle  en  su  Histórica  relación. 

86.  Rosales,  lug.  cit. 

87.  Carvallo,  ob.  i  lug.  cits.,  páj.  158. 

88.  Olivares,  lug.  cit. 

89.  Pebres  i  Gómez  de  Vidaurre,  Historia^  M.  S. 

90.  Pérez  García,  Historia  de  Chile,  M.  S.;  Pebres,  ob.  cit. 


CAP.    X. — LOS   ARAUCANOS  3O9 

que  se  jugaban  con  porotos;  elpura,  o  juego  del  ocho;  el  delca- 
hue,  con  ciertos  atados  de  palitos;  q\  pigitiam,  i  ے pigcoytii^  mas 
usado  por  los  niños.^^  Según  algunos  autores,  los  indíjenas  cono- 
cían también  el  ajedrez,  (con  el  nombre  de  comican)]  pero  este 
aserto  nos  parece  infundado.^ 

Mas,  a  pesar  de  todo,  puede  asegurarse  que  nuestros  indíjenas 
se  dividían  los  dias  entre  el  ocio  i  la  embriaguez.  Con  tal  que  ar- 
diese el  fuego  dentro  del  rancho  i  se  hubiese  provisto  a  la  sub- 
sistencia del  momento,  nada  seria  capaz  de  despertar  al  indio  de 
su  habitual  apatía,  nada,  a  escepcíon  de  la  chicha  «que  es  la  ale- 
gría de  todos  sus  convites  í  fiestas  i  su  usual  bebida,  habiendo  in- 
dios que  jamás  beben  agua  sino  chicha  en  sus  casas,  i  si  falta  es 
un  gran  pleito  con  las  mujeres,  en  que  suele  haber  palos;^jí)  i  co- 
mo las  borracheras  duraban  dias  i  noches,  «hasta  caer  todos  sin 
sentido,  en  tales  tiempos,  ni  reservan  madre,  ni  hija,  ni  hermana, 
pues  sin  distinción  usan  de  cuantos  incestos  apetecen^... d  Solo 
los  infelices  pobladores^del  sur  de  Chiloé  estaban  exentos  del 
vicio  de  la  embriaguez,  pero  era  porque  sus  miserables  medios  de 
existencia  no  alcanzaban  a  proporcionarles  el  lujo  de  una  bebida 
adecuda.  En  las  tales  fiestas  se  orijinaban  las  pendencias  i  muchas 
veces  el  homicidio;  «i  sobre  los  muertos,  los  adulterios,  sobre 
los  hechizos  i  las  muertes  pasadas  toman  las  lanzas  i  se  acometen 
tan  furiosos  como  desatentados,  i  allí  se  matan  unos  a  otros,  i  en 
acabándose  el  furor  de  la  bebida,  no  se  acuerdan  mas  de  lo  que 
pasó.*^» 

«Cuando  pelean  dos  solos  en  las  borracheras,  o  en  los  juegos 
es  cosa  graciosa  el  verlos,  porque  si  el  uno  comienza  a  dar  al 
otro  de  puñadas,  se  está  quedo  sin  resistirle  ni  repararlas,  ni  cu- 
brir el  rostro,  antes  le  está  diciendo:  dame,  dame  mas.  I  en  can- 
sándose el  otro  de  darle,  le  dice:  «¿tienes  mas  que  darme?  míralo 

91.  Pebres,  Arte  de  la  lengua  general^  etc. 

92.  Molina,   Compendio  de  la  Historia  civil^  páj.  124;  Gómez  de  Vidaurre, 
Historia  de  Chile. 

93.  Rosales,  t.  I,  páj.  155. 

94.  González  de  Nájera,  Desengaño  de  la  guerra^  etc.^  páj.  445. 

95.  Rosales,  I,  páj.  J33. 


3IO  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

bien,  dame  mas.D  I  sí  dice  que  no  tiene  mas  que  darle,  se  escupe 
las  manos  el  que  ha  recibido  i  se  las  refriega  mui  bien,  i  luego  le 
da  de  puñetes  hasta  que  se  harta  i  le  llena  las  medidas,  sin  que 
el  otro  se  defienda,  ni  le  huya  el  rostro,  ni  se  queje  por  mas  que 
le  de.^jD 

Cuando  de  estas  pendencias  se  orijina  una  muerte,  los  caci- 
ques determinan  quien  tuvo  la  culpa,  i  tasan  las  pagas  que  se 
han  de  dar  para  satisfacer  a  los  parientes  del  difunto.  Cada  sarta 
de  llancas  es  una  paga,  {cüdehué)  i  diez  pagas  satisfacen  una 
muerte.  «I  si  el  matador  no  las  tiene  se  las  han  de  dar  forzosa- 
mente sus  parientes  para  salir  de  aquel  empeño,  por  ser  causa 
de  toda  la  parentela  i  uso  entre  ellos  que  lo  que  no  puede  uno 
pagar  se  lo  ayuden  a  pagar  los  parientes.^»  Si  el  reo  no  quiere 
pagar,  no  hai  poder  que  le  obligue  a  ello,  pero  entonces  los  ofen- 
didos se  hacen  justicia  por  sí  mismos  en  la  primera  ocasión.  El 
rudimentario  derecho  concedido  a  los  caciques  para  la  adminis- 
tración de  la  justicia,  solia,  sin  embargo,  estenderse  a  enviar  re- 
quisitorias al  de  la  parcialidad  donde  tuvo  lugar  el  suceso,  pi- 
diendo la  satisfacción  de  los  agravios  o  el  entero  de  las  pagas 
decretadas,  i  no  siendo  acatados  llega  entonces  el  momento  de 
tomar  las  armas. 

La  pena  en  todo  caso  se  ejecuta  sin  citar  al  reo  ni  oir  sus 
descargos,  sino  que  condenándole  en  virtud  de  alguna  delación, 
o  por  alguna  mala  fama,  una  vez  que  les  parece  constar  el  delito, 
junta  el  ofendido  su  parcialidad  i  con  ella  van  a  casa  del  malhe- 
chor; i  si  éste  es  pobre,  suelen  ajusticiarlo,  ya  sea  echándole  un 
lazo  al  cuello,  ya  dándole  un  porrazo  en  la  cabeza,*  o  de  cual- 
quiera otra  manera.  Si  el  culpable  resultaba  ser  mujer  se  le  con- 
denaba a  la  esclavitud.^ 

El  padre  tenia  derecho  de  vida  i  muerte  sobre  el  hijo,  i  cuando 
éste,  a  su  vez,  solia  matar  al  padre  no  se  le  castigaba  porque  decian 
que  derramaba  su  propia  sangre,  i  si  el  marido  mata  a  su  mujer 

96.  Rosales,  I,  134. 

97.  Id.,  id. 

98.  Gómez  de  Vidaurre,  Historia  de  ChilCy  M.  S. 

99.  Carvallo,  Historiador es^  t.  X,  páj.  141. 


CAP.    X, — LOS   ARAUCANOS  3II 

queda  también  impune  porque  puede  disponer  a  su  arbitrio  de 
lo  que  compró.^^  Como  consecuencia  de  este  principio,  el  adul- 
terio se  castigaba  al  antojo  del  marido,  pero,  como  hemos  dicho, 
a  pesar  de  que  eran  por  estremo  celosos,^^^  preferian  siempre  o 
recibir  pago  del  ofensor  o  deshacerse  de  la  mujer  vendiéndola  a 
algún  interesado. 

Otro  delito  que  se  castigaba  en  Arauco  era  el  hurto,  pero  po- 
co se  roban,  dice  Nájera,  unos  a  otros  lo  que  tienen,  «porque 
ausentándose  de  sus  pajizas  casas,  quedan  mui  seguras  con  solo 
tapar  la  puerta  con  un  ramo.^^^D  Para  el  efecto  de  la  restitución, 
se  reunian  los  parientes  como  en  'Jos  casos  de  homicidio,  i  qui- 
taban entonces  al  hechor  tres  o  cuatro  veces  tanto  del  valor  de 
lo  hurtado,  teniendo  por  mas  duro,  en  fuerza  de  su  avaricia,  la 
pena  ejecutada  en  los  haberes  que  en  las  personas.  «A  los  que 
no  tienen  tanto  número  de  jente  que  les  dé  esperanza  de  quedar 
superiores  en  las  rehurtas,  arrebatan  sin  temor;  i  si  el  que  pade- 
ció el  daño  intenta  restituirse  por  fuerza  (que  otro  modo  no  hai) 
esto  sirve  al  agresor  para  pretesto  de  proseguir  en  los  latroci- 
nios, que  en  su  lengua  llaman  malocas.  Estas,  aún  en  caso  que 
en  tiempo  de  hacerlas  unos  salen  otros  a  resistir,  no  se  hacen 
con  muertes  ni  efusión  de  sangre,  sino  que  el  partido  que  se  ve 
inferior,  cede  al  otro  la  presa,  reservando  entre  tanto  para  mejor 
ocasión  la  venganza...^"» 

En  los  pleitos  civiles  se  seguia  un  procedimiento  enteramente 
semejante,  dando  en  todo  caso  lugar  a  la  indemnización  de  per- 
juicios i  a  las  costas  personales  causadas  en  la  ejecucion.^^  Con- 
viene notar  a  este  respecto  que  el  derecho  de  propiedad  privada 
estaba  entre  ellos  bien  deslindado:  el  pehuenche  era  propietario 
esclusivo  del  pinar  de  que  en  un  principio  se  habia  adueñado,^^ 
i  el  indio  llanista  del  campo  que  cultivaba.^ 


106 


100.  Olivares,  Historia  de  Chihy  pájs.  45  ¡  59, 

lOi.  González  de  Nájera,  páj.  i 00. 

102.  Id.,  id. 

J03.  Olivares,  Historia  de  Chihy  páj.  60. 

J04.  Carvallo,  lug.  cit. 

105.  Pietas,  Informe  al  Rey  y  etc. 

106.  Molina,  Compendio  de  la  historia  civil ^  páj.  20. 


312  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

Por  lo  demás,  sus  conocimientos  científicos  eran,  como  se  su- 
pondrá, bastante  limitados.  En  astronomía,  llamaban,  en  jeneral, 
gau^  a  las  estrellas,  distinguiendo  los  tres  Navios,  con  el  nom- 
bre de  culapaly  a  la  cruz  del  sur,  con  el  de  melipal;  decían 
huechupaly  por  Orion;  i  riipu-epeun  por  la  vía  láctea;  hunelvoe 
por  el  lucero  de  la  mañana;  pero  pocas  mas  distinguen,  espresa 
el  jesuíta  Febres.Tenian  la  \ oz  pirapilin  para  indicar  que  se  La- 
bia subido  la  helada ;^^  i,  como  dice  Oña, 

Ignorando  las  causas  naturales 
De  eclipses  sobre  todo  mas  se  admiran: 
Dellos  conciben  bienes,  dellos  males, 
Juzgando  advenedizos  casos  varios 
Con  mas  temeridad  que  judiciarios.^* 

Parece  que  sabían  también  distinguir  los  cometas.^®^ 
Tienen  nombres  para  designar  los  cuatro  vientos  principales, 
pues  al  norte  dicen //b//;/;  al  sur,  hiiilli\  al  oQste^  gullche^  i  al  éste 
puel^  cuya  traducción  significa  enfadoso. 

El  día  lo  cuentan  de  sol  a  sol,  i  así  al  dia  como  al  sol  llaman 
antií^  í  a  la  noche  pun.  No  dividen  el  dia  i  la  noche  por  horas, 
pero  tienen  «un  cómputo  especial  para  el  primero;  por  ejemplo, 
malcn  significa  de  ocho  a  diez  del  dia,  i  vuta-malen^  de  diez  a 
doce,  í  así  sucesivamente.^^^D  «Sírveles  de  reloj,  añade  sobre  el 
particular  González  de  Nájera,  el  arco  o  cóncavo  del  cíelo,  por 
la  parte  que  camina  el  sol  de  levante  a  poniente,  porque  pregun- 
tándoles a  que  hora  sucedió  tal  cosa,  etc.,  para  decir  al  amane- 
cer, señalan  con  el  dedo  a  donde  sale  el  sol;  i  sí  es  mas  tarde, 
señalan  mas  alto,  como  quien  dice  cuando  el  sol  estaba  allí,  hasta 
poner  el  dedo  derecho  para  decir  a  mediodía;  í  sí  dicen  de  algu- 
na hora  de  la  tarde,  señalan  de  la  misma  manera  los  lugares  por 
donde  suele  ir  descendiendo  el  sol  hasta  el  ocaso  donde  se  pone; 
i  de  tal  manera,  casi  sin  hacer  error  notable,  se  entiende  la  hora 

107.  Rascuñan.  Cautiverio  feliz^  páj.  102. 

108.  Arauco  domado^  canto  II. 

109.  Caivalk>,  Historiadores^  t.  X,  páj.  164. 
no,  Pcrcz  García,  Historia  de  Chile. 


CAP.    X. — LOS   ARAUCANOS  313 

que  quieren  dec¡r/*b  Otro  modo  de  suplir  la  división  del  tiempo 
es  el  que  apunta  el  padre  Febres,  pues  careciendo  de  nombres 
propios  de  tiempo  i  horas,  se  valen  de  un  rodeo  diciendo:  ¿cuán- 
to hace,  verbigracia,  que  murió  tu  padre?^^^  Las  horas  de  la  noche 
las  numeran  por  las  estrellas.^^^ 

«El  año  de  los  araucanos  {thipantií)  comienza  i  acaba  en  fin 
de  diciembre:  cuando  en  este  solsticio  llega  el  sol  acierto  monte, 
que  tienen  demarcado,  i  parte  a  hacer  su  revolución,  les  causa 
grande  admiración  el  que  no  pase  de  allí,  atribuyéndolo  a  terror. 
Por  esta  regla  pasan  a  dividirlo  en  dos  mitades,  i  las  cuentan  por 
San  Juan,  i  en  cuatro  estaciones,  que  las  espresan  con  nombres 
propios.  Siguen  haciendo  su  división  por  meses  i  semanas,  aque  • 
líos  por  lunación  entera,  i  éstas  por  las  fases  de  la  luna  {cUyc)í)}^^y> 

<tEn  los  negocios  civiles  cuentan  indiferentemente,  ya  por  dias, 
ya  por  noches  o  por  auroras;  de  manera  que  lo  mismo  quiere 
decir  faltan  tres  noches,  o  tres  auroras,  que  tres  dias.^^^» 

(cLas  medidas  lineales  son  ralti^  el  palmo;  diiche^  el  jeme;  na- 
mun^  el  pié;  thecan^  el  paso;  neven^  el  codo,  itupn^  la  legua,  que 
equivale  a  cinco  de  las  nuestras. ^^*  Otras  medidas  mayores  no  tie- 
nen determinada  dimensión  i  las  sujetan  a  cálculos  prudentes,  jor- 
nadas, medias  jornadas,  etc.*^^» 

Ya  que  hemos  dado  a  conocer  al  araucano,  el  territorio  que  ha- 
bita, sus  pueblos,  sus  casas,  sus  artes  en  la  guerra  i  en  la  paz,  su 
agricultura,  su  industria,  su  vida  de  familia,  etc.,  como  conclusión 
es  necesario  consagrar  dos  palabras  a  la  pintura  de  su  carác- 
ter. Los  cronistas  españoles  han  pecado  de  injustos  a  este  res- 
pecto: los  que  por  su  profesión  lidiaron  con  ellos  en  los  encuen- 
tros innumerables  de  la  guerra  de  Arauco,  salvo  el  valor  que  to- 
dos a  una  voz  les  atribuyen,  pocos  son  los  que  les  han  reconocido 
cualidades  hermosas;  los  que  por  su  oficio  estuvieron  destinados 

111.  Desengaño  de  la  guerra  de  Chile ^  páj.  10 1 . 

112.  Arie  de  la  lengua  general, 

113.  Carvallo,  Historiadores^  t.  X,  páj.  164. 

1 14.  Id.,  id.^  163. 

115.  Molina,  Compendio  de  la  historia  civil ^  páj.  96. 

116.  Febres,  ob.  cit. 

117.  Carvallo  i  Molina,  obs.  cits. 

40 


314  LOS   ABORIJENES   DE   CHILE 

a  predicarles  i  convertirlos  a  la  fe  católica,  vista  la  inutilidad  de 
sus  esfuerzos,  los  declararon  infestados  con  todas  las  artes  del 
demonio.  I  a  pesar  de  todo,  los  poetas  que  se  dedicaron  a  cele- 
brar los  triunfos  españoles  i  los  principales  caudillos  en  la  con- 
quista del  país,  por  un  curioso  miraje,  hicieron  recaer  sobre  los 
indíjenas  todo  el  encanto  de  los  versos  de  sus  epopeyas.  Domi- 
na, pues,  en  este  orden  una  contradicción,  por  lo  demás,  perfec- 
tamente esplicable. 

<(Son  los  indios,  decia  Nájera,  naturalmente  melancólicos  i  ta- 
citurnos, por  lo  cual  hablan  poquísimo...;  ríense  mui  de  raro  i 
cuando  lo  hacen  es  las  mas  veces  de  falso.  Tiénese  a  maravilla 
que  haya  alguno  preguntador  de  las  muchas  cosas  que  ignoran... 
Parece  que  nunca  entra  en  ellos  contento^^^D...  A  lo  que  don 
Francisco  Nuñez  de  Pineda  ailade  que,  fuera  del  valor,  la  viveza 
en  el  entendimiento,  la  agudeza  en  el  pensar  i  fácilmente  com- 
prender lo  que  oyen  i  lo  que  ven  hacer,  se  muestran  agradecidos  a 
los  beneficios  i  agazajos  que  reciben  ;^^^  «sin  que  haya  en  el  murtdo 
nación  que  tanto  estime  i  ame  el  suelo  donde  nace  que  esta  de 
Chile.^^jD 

¡Cuántos  de  estos  rasgos  no  podrían  aún  reconocerse  en  nues- 
tro pueblo!  Desde  ese  amor  patrio,  que  tanto  distingue  al  chile- 
no; desde  sus  preocupaciones  hasta  ciertas  voces  del  lenguaje; 
desde  sus  guisos  hasta  sus  ranchos;  desde  sus  vicios  hasta  sus 
nobles  cualidades;  desde  su  fisonomía  hasta  su  traje:  todo  lo  en- 
contramos todavía  visible  en  el  modo  de  ser  de  nuestro  roto.  En 
poco  tiempo  mas  desaparecerá  de  nuestro  mapa  Arauco  inde- 
pendiente, pero  la  nación  lejendaria  que  durante  siglos  se  ha 
mantenido  indómita  contra  la  superioridad  de  la  raza  europea, 
subsistirá  siempre  por  su  influencia,  sus  recuerdos  i  su  herencia 
en  el  suelo  de  sus  antepasados. 


118.  Desengaño  de  la  guerra  de  Chile,  páj.  470. 

119.  Cautiverio  feliz,  páj.  123. 

120.  /f/.,  páj.  76. 


CAPITULO  XI. 


LA  CONQUISTA    INCÁSICA. 

Precauciones  tomadas  por  los  Incas  en  la  conquista. — Llegan  hasta  el  valle  de 
Chili. — Prosecusion  de  la  guerra. — Vacíos  que  S3  notan  en  la  relación  de 
Garcilaso. — ¿Quién  fué  el  primer  Inca  que  emprendió  la  conquista  de  Chile? 
— Opiniones  de  varios  autores. — Id.  del  [)adre  Oliva. — Recuerdos  de  los  indios 
chilenos  acerca  de  la  conquista  peruana. — D.  Pedro  de  Peralta  Barnuevo  i 
su  Lima  fundada, — Pérez  García  i  Córdova  i  Figueroa. — Relación  de  Rosa- 
les.— Id.  del  capitán  Olaverría. — Dificultades  que  ofrecen  los  historiadores 
del  Perú. — Camino  que  siguieron  los  Jucas. — Hasta  donde  llegaron  en  Chi- 
le.— Porqué  abandonaron  el  país. — Duración  de  la  do:ninacion  peruana. 

(íEl  principal  intento  i  blasón  de  los  Incas,  dice  Garcilaso,  era     / 
reducir  nuevas  jentes  a  su  imperio  i  a  sus  costumbres  i  leyes,  i         )>\  l^'' 
como  entonces  se  hallasen  ya  poderosos,  no  podian  estar  ociosos 
sin  hacer  nuevas  conquistas,  que  les  era  forzoso,  así  para  ocupar 
los  vasallos  en  aumento  de  su  corona  como  para  ganar  sus  ren- 
tas. •• 

...«Pues  como  el  rei  Inca  Yupanqui  se  viese  amado  i  obede- 
cido i  tan  poderoso  de  jente  i  hacienda  acordó  emprender  una 
gran  empresa,  que  fué  la  conquista  del  reino  d:í  Chili.  Para  lo  cual, 
habiéndolo  consultado  con  los  de  su  consejo,  mandó  prevenir  las 
cosas  necesarias.  I  dejando  en  su  corte  los  ministros  acostum- 
brados para  el  gobierno  i  administración  de  justicia,  fué  hasta 
Atacama,  que  hacia  Chile  es  la  última  provincia  que  h:ibi:i  pobla- 
da i  sujeta  a  su  imperio,  para  dar  calor  de  mas  cerca  a  la  con- 
quista, porque  de  allí  adelante  hai  un  gran  despoblado... 

«Desde  Atacama  envió  el  Inca  corredores  i  espías  que  fuesen 


^■^ 


C 


3l6  LOS   ABORÍJENES    DE    CHILE 

por  aquel  despoblado  i  descubriesen  paso  para  Chili  i  notasen 
las  dificultades  del  camino  para  llevarlas  prevenidas.  Los  descu- 
bridores fueron  incas,  porque  las  cosas  de  tanta  importancia  no 
las  fiaban  aquellos  reyes,  sino  a  los  de  su  linaje,  a  los  cuales  die- 
ron indios  de  los  de  Atacama  i  de  los  de  Tucma,...  para  que  los 
guiasen  i  dos  a  dos  leguas  fuesen  i  viniesen  con  los  avisos  de  lo 
que  descubriesen,  porque  era  así  menester  para  que  les  proveye- 
sen de  lo  necesario.  Con  esta  prevención  fueron  los  descubrido- 
res, i  en  su  camino  pasaron  grandes  trabajos  i  dificultades  por 
aquellos  desiertos,  dejando  señales  por  donde  pasaban  para  no 
perder  el  camino  cuando  volviesen.  I  también  porque  los  que 
los  siguiesen,  supiesen  por  donde  iban.  Así  fueron  yendo  i  vi- 
niendo como  hormigas,  trayendo  relación  de  lo  descubierto  i 
llevando  bastimento,  que  era  lo  que  mas  habian  menester.  Con 
esta  dilijencia  i  trabajo  horadaron  ochenta  leguas  de  despobla- 
do, que  hai  desde  Atacama  a  Copayapu,  que  es  una  provincia 
pequeña,  aunque  bien  poblada,  rodeada  de  largos  i  anchos  de- 
siertos; porque  para  pasar  adelante  hasta  Cuquinipu,  hai  otras 
ochenta  leguas  de  despoblado. 

«Habiendo  llegado  los  descubridores  a  Copayapu  i  alcanzado 
la  noticia  que  pudieron  haber  de  la  provincia  por  vista  de  ojos, 
volvieron  con  toda  dilijencia  a  dar  cuenta  al  Inca  de  lo  que  ha- 
bian visto.  Conforme  a  la  relación  mandó  el  Inca  apercibir  diez 
mil  hombres  de  guerra,  los  cuales  envió  por  la  orden  acostum- 
brada, con  un  jeneral  llamado  Sinchiruca  i  dos  maeses  de  campo 
de  su  linaje,  que  no  saben  los  indios  decir  como  se  llamaban. 
Mandó  que  les  llevasen  mucho  bastimento  en  los  carneros  de 
carga,  los  cuales  también  sirviesen  de  bastimento,  en  lugar  de 
carneaje;  porque  es  mui  buena  carne  de  comer. 

«Luego  que  Inca  Yupanqui  hubo  despachado  los  diez  mil 
hombres  de  guerra  mandó  apercibir  otros  tantos,  i  por  la  misma 
orden  los  envió  en  pos  de  los  primeros  para  que  a  los  amigos 
fuesen  de  socorro  i  a  los  enemigos  de  terror  i  asombro.  Los  pri- 
meros habiendo  llegado  cerca  de  Copayapu  enviaron  mensajeros, 
según  la  antigua  costumbre  de  los  Incas,  diciendo  se  rindiesen  i 


CAP,    XI. — LA  CONQUISTA  INCÁSICA  317 

sujetasen  al  hijo  del  sol,  que  iba  a  darles  nueva  relijion,  nuevas 
leyes  i  costumbres,   en  que  viviesen  como  hombres  i  no  como 
brutos.  Donde  no,  que  se  apercibiesen  a  las  armas,   porque  por 
fuerza,  o  de  grado,  habían  de  obedecer  al  Inca,  señor  de  las  cua- 
tro partes  del  mundo.  Los  de  Copayapu  se  alteraron  con  el  men- 
saje, i  tomaron  las  armas  i  se  pusieron  a  resistir  la  entrada  de  su 
tierra:  donde   hubo  algunos  recuentros  de  escaramuzas  i  peleas 
lijeras,  porque  los  unos  i  los  otros  andaban  rentando  las  fuerzas 
i  el  ánimo  ajeno.  I  los  Incas,  en  cumplimiento  de   lo  que  su  rei 
les  habia  mandado,  no  querian  romper  la  guerra  a  fuego  i  a  sangre 
sino  contemporizar  con  los  enemigos  a  que  se  rindiesen  por  bien. 
Los  cuales  estaban  perplejos  en  defenderse:  por  una  parte  los 
atemorizaba  la  deidad  del  hijo  del  sol,  pareciéndoles  que  habian 
de  caer  en  alguna  gran  maldición  suya  si  no  recibían  por  señor  a 
su  hijo.  Por  otra  parte  los  animaba  el  deseo  de  mantener  su  li- 
bertad antigua  i  el  amor  de  sus  dioses,  que  no  quisieran  noveda- 
des sino  vivir  como  sus  pasados... 

...<tEn  estas  confusiones  los  halló  el  segundo  ejército  que  iba 
en  socorro  del  primero,  con  cuya  vista  se  rindieron  los  de  Copa- 
yapu, paresciéndoles  que  no  podrian  resistir  a  tanta  jente,  i  así 
capitularon  con  los  Incas  lo  mejor  que  supieron,  las  cosas  que 
habian  de  rescebir  i  dejar  en  su  idolatría.  De  todo  lo  cual  dieron 
aviso  al  Inca,  el  cual  holgó  mucho  de  tener  camino  abierto  i  tan 
buen  principio  hecho  en  la  conquista  de   Chile:  que  por  ser  un 
reino  tan  grande  i  tan  apartado  de  su  imperio,  temia  el   Inca  el 
poderlo  sujetar.  I  así  estimó  en  mucho  que  la  provincia  Copaya- 
pu quedase  por  suya  por  vía  de  paz  i   concierto  i  no  de  guerra  i 
sangre.  I  siguiendo  su  buena  fortuna,  habiéndose  informado  de 
la  disposición  de  aquel  reino,  mandó  apercibir  luego  otros  diez 
mil  hombres  de  guerra,  i  proveídos  de  todo  lo  necesario,  los  en- 
vió en  socorro  de  los  ejércitos  pasados,  mandándoles  que  pasa- 
sen adelante  en  la  conquista  i  con  toda  dilijencia  pidiesen  lo  que 
hubiesen  menester.  Los  Incas,  con  el  nuevo  socorro   i  mandato 
de  su  rei,  pasaron  adelante  otras  ochenta   leguas,  i  después  de 
haber  vencido  muchos  trabajos  en  aquel  largo   camino,  llegaron 


318  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

a  Otro  valle  o  provincia  que  llaman  Cuquimpu,  la  cual  sujetaron. 
I  no  sabemos  decir  si  tuvieron  batallas  o  recuentros,  porque  los 
indios  del  Perú,  por  haber  sido  la  conquista  en  reino  estrafio  i 
tan  lejos  de  los  suyos,  no  saben  en  particular  los  trances  que  pa- 
saron, mas  de  que  sujetaron  los  Incas  aquel  valle  de  Cuquimpu. 
De  allí  pasaron  adelante  conquistando  todas  las  naciones  que  hai 
hasta  el  valle  de  Chili,  del  cual  toma  nombre  todo  el  reino  lla- 
mado Chili.  En  todo  el  tiempo  que  duró  aquella  conquista,  que, 
según  dicen,  fueron  mas  de  seis  años,  el  Inca  siempre  tuvo  parti- 
cular cuidado  de  socorrer  los  suyos  con  jente,  armas  i  bastimen- 
to, vestido  i  calzado,  que  no  les  faltase  cosa  alguna,  porque  bien 
entendía  cuanto  importaba  a  su  honra  i  majestad  que  los  suyos 
no  volviesen  un  pié  atrás.  Por  lo  cual  vino  a  tener  en  Chile  mas 
de  cincuenta  mil  hombres  de  guerra,  tan  bien  bastecidos  de  todo 
lo  necesario,  como  si  estuvieran  en  la  ciudad  del  Cuzco. 

«Los  Incas,  habiendo  reducido  a  su  imperio  el  valle  de  Chile, 
dieron  aviso  al  Inca  de  lo  que  habian  hecho,  i  cada  dia  se  lo  da- 
ban de  lo  que  iban  haciendo  por  horas;  i  habiendo  puesto  orden 
i  asiento  en  loque  hasta  allí  habian  conquistado  pasaron  adelante 
hacia  el  sur,  que  siempre  llevaron  aquel  viaje  i  llegaron  conquis- 
tando los  valles  i  naciones  que  hai  hasta  el  rio  de  Maulli,  que 
son  casi  cincuenta  leguas  del  valle  Chili.  No  se  sabe  qué  batallas 
o  recuentros  tuviesen,  antes  se  tiene  que  se  hubiesen  reducido 
por  vía  de  paz  i  de  amistad  por  ser  este  el  primer  intento  de  los 
Incas  en  sus  conquistas:  atraer  a  los  indios  por  bien  i  no  por  mal. 
No  se  contentaron  los  Incas  con  haber  alargado  su  imperio  mas 
doscientas  i  sesenta  leguas  de  camino  que  hai  desde  Atacama 
hasta  el  rio  Maulli,  entre  poblado  i  despoblado:  porque  desde 
Atacama  a  Copayapu  ponen  ochenta  leguas,  i  de  Copayapu  a 
Cuquimpu  dan  otras  ochenta;  de  Cuquimpu  a  Chili  cincuenta  i 
cinco;  i  de  Chili  al  rio  Maulli  casi  cincuenta,  sino  que  con  la 
misma  ambición  i  codicia  de  ganar  nuevos  estados,  quisieron  pa- 
sar adelante:  para  lo  cual  con  la  buena  orden  i  maña  acostumbrada 
dieron  asiento  en  el  gobierno  de  lo  hasta  allí  ganado,  i  deja- 
ron la  guarnición  necesaria,  previniendo  siempre  cualquiera  des- 


CAP,    XI. — LA   CONQUISTA  INCXsiCA  319 

gracia  que  en  la  guerra  les  pudiera  acaecer.  Con  esta  detennina- 
cioii  pasaron  los  Incas  el  rio  Maulli  con  veinte  mil  hombres  de 
guerra,  i  guardando  su  antigua  costumbre  enviaron  a  requerir  a 
los  de  la  provincia  Purumauca,  que  los  españoles  llaman  pro- 
maucaes,  recibiesen  al  Inca  por  señor,  o  se  apercibiesen  a  las  ar- 
mas.  Los  Purumaucas,  que  ya  tenian  noticia  de  los  Incas  i  esta- 
ban apercibidos  i  aliados  con  otros  sus  comarcanos,  como  son 
los  Chitalli,  Pincu,  Cauqui,  i  entre  todos  determinados  de  morir 
antes  que  perder  su  libertad  antigua,  respondieron  que  los  ven- 
cedores serian  señores  de  los  vencidos,  i  que  mui  pronto  verian 
los  Incas  de  que  manera  les  obedecian  los  Purumaucas. 

ocTres  o  cuatro  dias  después  de  la  respuesta  asomaron  los  Pu- 
rumaucas con  otros  vecinos  suvos  aliados,  en  número  de  diezio- 
cho  o  veinte  mil  hombres  de  guerra,  i  aquel  dia  no  entíjndieron 
sino  en  hacer  su  alojamiento  a  vista  de  los  Incas,  los  cuales  vol- 
vieron a  enviar  nuevos  requirimientos  de  paz  i  amistad,  con  gran- 
des protestaciones  que  hicieron,  llamando  al  sol  i  a  la  luna,  de 
que  no  iban  a  quitarles  sus  tierras  i  haciendas  sino  a  darles  ma- 
nera de  vivir  de  hombres  i  a  que  reconociesen  al  sol  por  su  Dios 
i  a  su  hijo  el  Inca  por  su  rei  i  señor.  Los  Purumaucas  respondie- 
ron diciendo  que  venian  resueltos  de  no  gastar  el  tiempo  en  pa- 
labras i  razonamientos  vanos,  sino  en  pelear  hasta  vencer  o  mo- 
rir. Por  tanto,  que  los  Incas  se  apercibiesen  a  la  batalla  para  el 
dia  venidero  i  que  no  les  enviasen  mas  recaudos,  que  no  los  que- 
rían oir. 

«Al  dia  siguiente  salieron  ambos  ejércitos  de  sus  alojamientos, 
i  arremetiendo  unos  con  otros  pelearon  con  grande  ánimo  i  valor 
i  mayor  obstinación,  porque  duró  la  batalla  todo  el  dia,  sin  reco- 
nocerse ventaja,  en  que  hubo  muchos  muertos  i  heridos:  a  la  no- 
che se  retiraron  a  sus  puestos.  El  segundo  i  tercero  dia  pelearon 
con  la  misma  crueldad  i  pertinacia,  los  unos  por  la  libertad  i  los 
otros  por  la  honra.  Al  fin  de  la  tercera  batalla  vieron  que  de  una 
parte  i  otra  faltaban  mas  que  los  medios,  que  eran  muertos,  i  los 
vivos  estaban  heridos  casi  todos.  El  cuarto  dia,  aunque  los  unos 
i  los  otros  se  pusieron   en  sus  escuadrones,    no  salieron  de  sus 


320  LOS   ABORIJENES   DE   CHILE 

alojamientos,  donde  se  estuvieron  fortalecidos  esperando  defen- 
derse del  contrario,  si  le  acometiere.  Así  estuvieron  todo  aquel 
dia  i  otros  dos  siguientes.  Al  fin  de  ellos  se  retiraron  a  sus  dis- 
tritos, temiendo  cada  una  de  las  partes  no  hubiese  enviado  el 
enemigo  por  socorro  a  los  suyos,  avisándoles  de  lo  que  pasaba, 
para  que  se  lo  diesen  con  brevedad.  A  los  Pururaaucas  i  a  sus 
aliados  les  pareció  que  habían  hecho  demasiado  en  resistir  las  ar- 
mas de  los  Incas,  que  tan  poderosos  e  invencibles  se  hablan  mos- 
trado hasta  entonces:  i  con  esta  presunción  se  volvieron  a  sus 
tierras  cantando  victoria  i  publicando  haberla  alcanzado  entera- 
mente. 

«A  los  Incas  les  pareció  que  era  mas  conforme  a  la  orden  de 
sus  reyes  los  pasados,  i  del  presente,  dar  lugar  al  bestial  furor  de 
los  enemigos,  que  destruirlos  para  sujetarlos,  pidiendo  socorro, 
que  pudieran  los  suyos  dárselo  en  breve  tiempo.  I  así,  habiéndolo 
consultado  entre  los  capitanes,  aunque  hubo  pareceres  contrarios 
que  dijeron  se  siguiese  la  guerra  hasta  sujetar  los  enemigos;  al 
fin  se  resolvieron  a  volverse  a  lo  que  tenian  por  ganado  i  señalar 
el  rio  MauUi  por  término  de  su  imperio,  i  no  pasar  adelante  en 
su  conquista  hasta  tener  nueva  orden  de  su  rei  Inca  Yupanqui, 
al  cual  dieron  aviso  de  to<k>  lo  sucedido.  El  Incales  envió  a 
mandar  que  no  conquistasen  mas  nuevas  tierras J» 

Tal  es  la  relación  mas  completa  i  autorizada  que  se  conozca 
de  la  invasión  i  conquistas  de  los  Incas  en  Chile,  i  que  por  haber 
servido  de  base  a  la  gran  mayoría  de  las  que  posteriormente  se 
han  escrito,  hemos  querido  trascribir  a  la  letra. 

Mas,  ¿acaso  puede  ella  mirarse  en  todas  sus  partes  como  la 
espresion  exacta  de  la  verdad  en  la  serie  de  acontecimientos 
múltiples  que  consigna?  ¿Acaso  no  adolece  de  vacíos?  ¿Acaso,  por 
fin,  es  la  única?.. •  De  ninguna  manera.  Hai,  por  el  contrario,  es- 
critores que  se  han  encontrado  en  situación  de  recibir  informa- 
ciones mas  directas  i  precisas  sobre  aquellos  hechos  remotos  i 
escasamente  perceptibles  entre  las  tinieblas  del  pasado.  Podemos 

I.   Coméntanos  reales.  I,  páj.  88. 


CAP.    Xr. — LA  CONQUISTA   INCÁSICA  32I 

aún  invocar  en  apoyo  de  las  variaciones  que  deban  efectuarse 
en  el  relato  mas  o  menos  incierto  de  que  nos  ocupamos,  los  dic- 
tados de  una  apreciación  crítica  de  los  sucesos,  i  todavía  puede 
asegurarse  que  no  faltan  tampoco  verdaderos  monumentos  ma- 
teriales que  vengan  a  prestarnos  su  apoyo  en  la  hilacion  de  nues- 
tras deducciones. 

Después  de  establecer  estos  antecedentes,  aconsejados  por  el 
prestijio  i  la  consagración  que  tantas  citas  i  copias  serviles  han 
prestado  a  la  narración  del  descendiente  de  los, antiguos  sobera- 
nos del  Perú,  entramos  ya  al  cotejo  i  conclusiones  que  dejamos 
indicadas. 

Examinemos  desde  luego  lo  que  se  ha  dicho  respecto  de  quien 
fuera  el  primer  Inca  que  enviara  sus  lejiones  a  Chile. 

Los  escritores  que  se  han  ocupado  de  la  historia  antigua  del 
Perú  andan  mas  o  menos  discordes  en  la  sucesión  de  los  sobera- 
nos de  la  época  incarial,  pues  Garcilaso,  Balboa,  Montesinos, 
Oliva,  etc.,  establecen  cada  uno  en  ella  diversos  nombres  i  fechas. 

Tomando  por  punto  de  partida  a  Yupanqui,  vemos,  sin  embar- 
go, que  tanto  Garcilaso  como  Balboa  están  acordes  en  que  el 
sucesor  de  Yupanqui  era  Tupac-Inca  Yupanqui,  o  como  dice 
Balboa,  Topa-Inca  Pachacuti. 

El  primero  de  estos  autores,  asegura,  como  se  habrá  visto,  que 

Yupanqui  fué  el  primer  monarca  que  intentó  la  conquista  del 

país  que  lindaba  en  el  norte  por  el   desierto  de  Atacama,  de 

acuerdo  en  esto  con  la  relación  de  Fernando  de  Santillan^;  Bal- 

l}oa  rechaza  esta  opinión  i  supone  que  después  de  haber  abdica- 

<ío,  su  hijo  Topa  Inga  fué  el  que  deseó  estender  los  límites  de 

su  imperio.^ 

El  cronista  Herrera  retarda  todavía  en  un  reinado  la  fecha  de 
la  primera  invasión,   atribuyendo  a  Huayna-Capac  el  honor  de 
haber  conquistado  a  Chile.* 

2.  Relación  del  origen^  descendencia^  política  i  gobierno  de  los  Incas,  páj.  65. 

3.  Histoire  du  Pérouy  Paris,  1840,  8.°,  traduc.  Tcrnaux  Compans,  páj.  108. 

4.  Dec,  V,  lib.  Iir,  cap.  XVI,  páj.  78. 

4L 


I 


322  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

El  padre  Rosales  va  aún  mas  lejos  cuando  declara  que  el  Inca 
Huáscar  fué  el  que  envió  las  primeras  tropas  a  Chile.* 

He  aquí  ahora  como  un  antiguo  cronista  de  las  cosas  del  Perú 
cuenta  en  esta  parte  la  historia  de  los  sucesos  de  la  dominación 
de  los  Incas  en  Chile. 

ccSinchi  Roca,  llamado  también  Sinchi  Yupanqui,  se  encontra- 
ba en  la  provincia  de  los  Calchaquis  cuando  tuvo  por  primera 
vez  noticia  del  reino  de  Chile,  que  se  decia  habitado  por  una  po- 
blación belicosa  i  mui  rica  en  plata  i  oro.  Tomó  entonces  la  ruta 
del  Cuzco  con  la  intención  de  reunir  un  poderoso  ejército  i  em- 
prender  la  conquista  de  Chile.  Pero  la  muerte  le  sobrevino  en 
Paria... 

«Viracocha  después  de  someter  los  huanucos,  conchucos, 
yauyos,  tarmas,  etc.,  reunió  fuerzas  considerables  para  ir  a  la 
conquista  de  Chile.  Siguiendo  su  camino,  visitó  el  célebre  lago 
de  Titicaca  para  ofrecer  sacrificios,  hizo  levantar  construcciones 
suntuosas  en  Copacabana,  i  en  otros  lugares.  Entró  en  seguida 
en  la  provincia  de  los  Chichas  i  reforzó  su  ejército  con  guerre- 
ros de  esta  nación  i  de  la  de  los  copiapoes,  de  los  apotomaSi  de 
los  yaguitas  i  de  los  calchaquis,  naciones  mui  belicosas.  Atrave- 
só en  seguida  el  desierto  de  Atacama,  donde  el  frío  i  el  hambre 
hicieron  perecer  mucha  jente,  penetrando  al  fin  en  Chile,  que 
sometió  hasta  el  valle  de  Arauco,  donde  pasó  el  invierno  des- 
pués de  haber  Jiecho  construir  algunos  fuertes^.• 

«Pachacuti,  hijo  i  sucesor  del  anterior,  se  dice  que  permaneció 
poco  tiempo  en  el  Cuzco  después  de  la  muerte  de  su  padre  i  que 
continuando  la  conquista  de  Chile  lo  redujo  enteramente  a  la 
obediencia...  Este  mismo  Inca  fué  el  que  hizo  el  camino  admi* 
rabie  que  conduce  del  Cuzco  a  Chile. 

«Huayna  Capac  resolvió  visitar  su  imperio  i  practicar,  en  se- 


5.  Historia  y  I,  338. 

6.  Charles  Wienner  en  su  Essai  sur  les  institntions  poIitiqusSy  réUgieuses^ 
¿conomiqties  ct  sociales  de  Pempire  des  Incas^  Paris,  1874,  4-®»  páj.  60,  se  rtfíere, 
en  esta  parte,  en  un  todo  al  autor  que  venimos  citando.  Dos  pajinas  mas  ade- 
lante, sin  embargo,  atribuye  a  Yupanqui  una  ^conquista  gloriosa»  en  Chile. 


CAP.    XI. — LA    CONQUISTA  INCAsiCA  323 

guida,  una  espedicion  a  Chileí  porque  no  estaba  satisfecho  de  la 
obediencia  a  medias  que  le  prestaba  este  país"'.» 

Vemos  así  que  el  padre  Oliva,  tan  acreditado  por  algunos  es- 
critores modernos,  atribuye  a  Yupanqui  la  primera  idea  de  la 
conquista,  dejando  a  su  hijo  Viracocha  la  tarea  de  haber  invadi- 
do primeramente  a  Chile.  Este  relato  concuerda,  en  consecuen- 
cia, mas  o  menos  con  el  de  Balboa,  pues  ambos,  disintiendo  en 
el  nombre  de  los  soberanos,  están  unánimes  en  que  Yupanqui 
tuvo  la  primera  iniciativa,  i  que  un  hijo  suyo  empezó  la  cam- 
paña. 

Pero  por  mas  respeto  que  nos  merezca  el  aserto  de  estos  his- 
toriadores de  las  antigüedades  peruanas,  la  inmensa  mayoría  de 
los  que  se  han  ocupado  de  esta  materia  testifican  unánimemente 
que  Yupanqui  fué  el  primero  que  acometiera  la  conquista  de 
Chile. 

Yupanqui  comenzó  su  reinado  en  el  Cuzco  el  íiño  147 1  de 
nuestra  era.® 

dHabia  indios  en  Chile,  dice  Cristóbal  de  Molina,  que  se  acor- 
daban a  la  fecha  del  arribo  de  Almagro  de  un  señor  Inga  que  se 
llamaba  Yupa-Inga-Yupangüe.  Conquistó  por  su  persona,  según 
dicen  los  indios,  la  mayor  parte  de  estos  reinos  i  fué  mui  valero- 
so  i  hizo  e  acrecentó  los  caminos  reales  de  la  sierra  i  llanos,  qui- 
nientas leguas  de  aquella  parte  del  Cuzco;  éste  conquistó  el  Co- 
llao,  que  se  reveló  muchas  veces,  i  desde  el  Cuzco  hasta  la  pro- 
vincia de  Chile,  que  son  quinientas  leguas,  i  toda  su  habitación 
fué  desde  el  Cuzco  hasta  el  Estrecho  de  Magallanes®!...!) 

El  renombrado  doctor  don  Pedro  de  Peralta  Barnuevo,  en  su 
poema  de  Lima  fundada^  celebra  en  los  versos  siguientes  las 
hazañas  de  Yupanqui: 

El  Yupanqui,  que  al  ver  desvanecida 
De  los  Mojos  la  empresa,  de  ardor  lleno, 
La  que  el  Oriente  vio,  gloria  perdida 
Al  Austro  desquitó  contra  el  chileno: 

7.  Oliva,  pájs.  43,  53,  54  i  57. 

8.  Balboa,  lug.  ciK 

^.  Conquista  i  población  del  Perú  ^  páj.  33. 


324  LOS  ABORÍJENES  DE   CHILE 

Desierta,  inmensa  vastidad  vencida 
Que  solo  combatió  con  el  terreno, 
Hizo  ver  un  valor  que  formidable 
Rindió  con  lo  increíble  lo  indomable.^^ 

Don  José  Pérez  García  declara  igualmente  que  después  que 
los  Copayapus  capitularon  con  Sinchiruca,  Yupanqui  al  saber  de 
su  jeneral  esta  noticia,  se  retiró  a  su  corte  a  recibir  los  parabie- 
nes de  su  nueva  conquista.^^ 

Don  Pedro  de  Córdoba  i  Figueroa  participa  de  la  misma  opi- 
nión que  venimos  haciendo  notar.  «Disuadieron  a  Yupanqni, 
dice,  algunos  de  sus  capitanes  de  la  empresa  de  conquistar  a 
Chile,  representándole  la  notable  distancia  en  la  antemural  del 
despoblado  i  la  cordillera,  la  retardación  de  socorros  i  el  valor 
de  sus  naturales.  Dióles  las  gracias  por  la  injenuidad  con  que  le 
decian  su  dictamen,  no  obstante  que  lo  desaprobó^^..D 

Hé  aquí  ahora  la  relación  de  Rosales  sobre  los  sucesos  de  la 
conquista,  autor  de  ordinario  mui  bien  informado  en  la  historia 
de  nuestras  antigüedades,  pero  que]  en  esta  parte  ha  incurrido, 
como  lo  deciamos,  en  el  grave  error  de  atribuir  a  las  tropas  de 
Huáscar  la  invasión  a  Chile. 

«Con  inmensos  trabajos  pasaron  la  cordillera  nevada  las  tropas 
que  el  rei  Inca  Guascar  envió  a  conquistar  las  tierras  de  Chile, 
codicioso  de  sus  riquezas  de  plata  i  oro.  Llegaron  a  los  valles  de 
Copiapó  i  el  Guaseo,  primeros  de  Chile,  cuyos  naturales,  viendo 
el  gran  poder  de  Guascar  Inga,  no  procuraron  hacerle  resisten- 
cia, hasta  probar  primero  el  uso  de  sus  costumbres,  ni  los  capi- 
tanes de  hacerles  daño;  antes,  asegurándole,  se  fueron  entrando 
hasta  llegar  al  valle  i  rio  de  Quillota,  donde  alojando  el  jeneral 
que  los  rejia,  que  era  de  la  casa  real  de  los  Ingas,  procuró  suje- 
tar a  los  chilenos  a  la  obediencia  de  su  rei  i  a  la  adoración  del 
sol,  i  los  obligó  a  sacar  oro  para  tributar  a  Guascar,  i  aunque  a 
los  principios  hicieron  algún  rendimiento  finjido,  juntando   sus 

10.  Estrofa  XXII,  Canto  II,  Lima^  1732. 

11.  Historia  de  Chile^  lib.  II,  cap.  2. 

12.  Historia j  páj.  30. 


CAP,   XI. — LA  CONQUISTA  INCÁSICA  325 

fuerzas  dieron  tras  los  peruanos  i  en  una  reñida  batalla  los  pu- 
sieron en  buida,  matando  a  muchos  i  sacudiendo  el  yugo  que  nun- 
ca ban  sufrido  sobre  sus  cervices.  Volvieron  a  dar  cuenta  a  Guas- 
car  de  lo  sucedido,  i  él,  impaciente  i  corrido  de  que  hubiese  jente 
que  a  su  gran  poder  hiciese  resistencia,  envió  cien  mil  hombres 
a  cargo  de  un  primo  suyo,  al  castigo  de  los  chilenos  que  no  le 
querian  obedecer. 

«Partió  el  Inga,  primo  de  Huáscar,  para  Chile  con  este  nuevo 
ejército  por  las  provincias  de  Tupiza,  Tucuman  i  Diagnitas,  que 
caen  de  la  parte  de  los  montes  altos  de  la  cordillera  nevada  de 
los  Andes  a  la  banda  del  norte,  i  aunque  por  este  camino  era 
fuerza  rodear  mas  de  trescientas  leguas,  le  pareció  de  mas  como- 
didad por  ser  estas  provincias  bastecidas  i  pobladas  para  poder 
sustentar  tan  numeroso  ejército,  con  el  cual,   llegado  que  hubo 
al  valle  de  Quillota,  acordándose  de  lo  que  el  rei  Inga  su  primo 
le  habia  encargado,  hizo  a  su  bárbara  usanza  cruel  castigo  en  la 
persona  del  cacique  principal  de  aquella  tierra  i  en  muchos  de 
sus  vasallos,  diciendo  con  amenaza  a  los  demás  caciques  que  si 
no  se  sujetaban  a  la  corona  real  de  Huáscar  i  a  la  adoración  del 
sol,  baria  con  todos  ellos  otro  tanto.  Pero  ellos,  armando  los  ar- 
cos i  levantando  las  macanas,  respondieron  mas  con  obras  que 
con  palabras  que  si  él  les  habia  muerto  un  cacique,  cada  uno  de 
ellos  era  tan  poderoso  i  mas  que  el  muerto,  i  que  a  él  i  a  todos 
sus  capitanes  los  habian  de  dejar  tendidos  en  aquellas  campañas 
para  pasto  de  las  aves  i  comida  de  los  animales.   I  cerrando  con 
ellos,  les  presentaron  una  furiosa  batalla,  pero  fueron  vencidos 
los  chilenos,  aunque  a  costa  de  mucha  sangre  de  los  contrarios, 
i  puestos  en  sujeción.  Rindiéronse  por  entonces  los  valles  de 
Aconcagua,  Quillota  i  Mapocho,  i  obligáronse  a  dar  tributo  de 
oro  todos  los  añas  al  rei  Inga  Huáscar,  que  se  le  llevaban   con 
gran  acompañamiento  en  andas  hasta  el  Cuzco,  donde  tenia  su 

corte. 

«Pasaron  adelante  a  la  Angostura  i  Maule,  como  se  ve  por  las 
memorias  que  todavía  duran  de  los  fuertes  que  hicieron,  i  en  los 
promacaes  fueron  rotos  i  desbaratados  de  los  indios  de  Chile,  i 


326  LOS  ABORÍJENES   DE   CHILE 

enviando  por  mas  jente  al  Perú  volvieron  a  proseguir  la  con- 
quista hasta  llegar  a  Itata,  donde  hai  otros  dos  fuertes,  i  en  Cu- 
lacoya,  prosiguiendo  con  su  conquista  en  tierras  del  gran  señor 
Quinchitipai,  cinco  leguas  de  la  ciudad  de  la  Concepción,  tuvie- 
ron otra  fortaleza  i  allí  hai  siete  piedras  a  manera  de  pirámides 
labradas  que  fueron  puestas  por  los  indios  del  Perú  para  hacer 
la  ceremonia  llamada  Colpa  Inga^  que  se  hacia  para  la  salud  del 
rei  Inga  cada  un  año.  Era  este  rito  a  semejanza  del  que  bacian 
los  cartajineses,  que,  como  refiere  el  padre  Juan  de  Marianai 
grave  historiador,  para  obligar  a  sus  dioses  les  sacrificaban  todos 
los  años  algunos  presentes  escojidos;  i  así  escojian  los  Ingas  dos 
niños  de  edad  de  seis  años  cada  uno,  varón  i  mujer,  i  los  vestían 
en  traje  de  Inga  i  los  embriagaban  i  ligaban  juntos,  i  así  ligados 
i  vivos  los  enterraban,  diciendo  que  el  pecado  que  su  rei  i  sefior 
hubiese  hecho  lo  pagaban  aquellos  inocentes  en  aquel  sacrificio. 
«Opiniones  hai  que  pasaron  los  indios  del  Perú  conquistando 
hasta  la  Imperial  i  que  volvieron  por  Tucapel  i  la  costa  sujetán- 
dolo todo  a  su  dominio.  Pero  los  de  la  Imperial,  ofendidos  de 
los  que  los  habian  dejado  pasar  tan  adelante,  volvieron  las  armas 
contra  los  de  su  nación  i  hubo  entre  unos  i  otros  grandes  guer- 
ras, a  que  se  siguieron  hambres  tan  crueles  que  se  sustentaban 
de  carne  humana,  i  las  guerras  eran  ya  para  comerse  unos  a  otros. 
I  viendo  los  peruanos  que  la  tierra  era  estrecha  para  tanta  jente 
como  tenían  en  su  ejército,  i  que  a  cada  paso  peleaban  con  los 
de  la  tierra  de  arriba  de  Maule  i  promacaes,  se  retiraron  a  Co- 
quimbo i  Copiapó,  donde  con  ayuda  de  los  Juríes,  hicieron  gran- 
des castigos  en  los  que  allí  intentaron  levantarse  contra  ellos  i 
echarlos  de  toda  la  tierra  de  Chile.  I  sabiendo  el  jeneral  Inga 
it>s  trabajos  en  que  estaba  su  primo  Huáscar,  fué  a  socorrerle  i 
dejó  gobernadores  en  las  provincias  sujetas  al  rei  Inga  de  Chi- 
le.^^D 

Pero  a  nuestro  juicio,  uno  de  los  escritores  que  mas  crédito 
merece  en  este  orden,  porque  tuvo  cuidado  según  lo  declara,  de 

13.  Historia j  1. 1,  páj.  338  i  sigts. 


CAP.    XI. — LA    CONQUISTA  INCÁSICA  327 

hacer  investigaciones  personales  entre  los  mismos  indios  del  sur 
del  Maule,  fué  el  capitán  don  Miguel  de  Olaverría. 

La  relación  de  este  benemérito  conquistador  es  como   sigue: 
<í  Algunos  años  antes  que  entrasen  los  españoles  en  el  Perú,  el 
Inga  señor  de  aquel  reino,  indio    belicoso  i  de  grandes  pensa- 
mientos, teniendo  noticia  de  la  bondad,  riqueza  i  fertilidad  de 
Chile,  envió  un   ejército  poderoso   de  gran  cantidad  de  indios 
para  conquistar  aquella  tierra.  Hicieron  su  entrada  por  la  gober- 
nación de  Tucumau  i  acometieron  a  pasar  la  cordillera  nevada 
por  el  mismo  camino  que  usan   los  españoles  desde  Mendoza  i 
San  Juan  a  la  ciudad  de  Santiago,  según  hoi  se  vé  i  yo  lo  he 
visto  por  las  ruinas  que  parecen  de  los  grandes  edificios  de  pa- 
redones que  hacían  en  los  alojamientos  de  cada  dia  a  su  usanza, 
demostraciones  de  su  poder  i  bárbara   pujanza,   conteniendo  los 
dichos  edificios  aún  en  lo  mas  áspero  de  la  dicha  gran  cordille- 
ra;... i  la  causa  por  que  los  capitanes  del   Inga  llevaron  rodeo 
tan  grande  i  acometieron  la  cordillera  por  donde  refiero,  fué 
por  no  atreverse  a  entrar  por  el  camino  despoblado  de  Ataca- 
nia...  por  el  grande  ejército  que  llevaban,  en  que  debian  ir  dos- 
cientos mil  indios. 

((Entrada  esta  jente  en  Chile,  después  de  haberles  dado  mu- 
chas  batallas  i  hecho  i  recibido  grande  estrago,   conquistaron  i 
subjetaron  todos  los  indios  que  había  desde  la  Serena  hasta  el 
gran  rio  de  Biobio,  como  hoi  se  ve,  e  haber  llegado  hasta  el  di- 
cho rio  por  los  fuertes  que  hicieron  en  el  cerro  del  Rio  Claro, 
donde  pusieron  i  tuvieron  frontera  a  los  indios  del  Estado,  con 
quienes  tuvieron  muchas  batallas.  Al  fin  estos  indios  belicosos, 
aunque  no  eran  tan  diestros  como  ahora,  ayudados  de  su  muche- 
dumbre que  entonces  tenían,  hicieron  retirar  i  desamparar  todo 
lo  que  habían  ganado  a  los  indios  del  Perú  i  llegaron  a  su  alcan- 
ce hasta  el  rio  de   Maule,  donde,  según  la  noticia  que  dan   los 
indios  de  mucha  edad,  que  algunos  vivían  tres  años  i  medio  ha, 
de  quienes  yo  fui  informado,  i  en  los  llanos  que  están  cerca  del 
dicho  rio,  tuvieron  los  unos  i  los  otros  una  sangrienta  batalla  en 
que  mataron  a  la  mayor  de  los  del  Perú,  i  los  que  quedaron,  así 


328  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

por  huir  su  furia,  como  por  haber  tenido  noticia  que  en  este 
tiempo  habian  entrado  españoles  en  el  Perú,  i  prendido^  x  su  reí, 
es  cierto  que  traspusieron  i  pasaron  la  gran  cordillera  por  el  rio 
de  Butagan,  que  está  cerca  del  dicho  rio  de  Maule."» 

Estas  relaciones  bastan  por  sí  solas  para  manifestar  que  es  al- 
tamente difícil  precisar  los  nombres  de  los  soberanos  a  quienes 
deban  atribuirse  los  hechos  concretos  de  la  conquista:  interesa 
aún  notar  que  del  contexto  de  la  jeneralidad  de  esos  escritos  pu- 
diera deducirse  que  todos  los  sucesos  que  se  indican  hubiesen 
tenido  lugar  bajo  el  reinado  de  un  solo  monarca.  Pero  el  caso 
es  que,  después  de  Yupánqui,  según  la  opinión  mas  probable,  el 
cetro  del  imperio  peruano  pasó  a  manos  de  Pachacuti,  después 
de  éste  a  Huayna-Capac,  para  dividirse,  por  fin,  el  poder  entre 
Huáscar  i  Atahualpa.  Son  raros  los  que  han  vinculado  la  reali- 
zación de  determinados  acontecimientos  durante  el  gobierno  de 
cada  uno  de  los  Incas,  i  hasta  en  esta  parte,  para  no  citar  mas  de 
un  caso,  suele  haber  contradicciones  de  tantas  trascendencia, 
que,  los  que,  como  nosotros,  tratan  ahora  de  reconstruir  aquel 
vetusto  edificio,  se  ven  en  la  necesidad  de  desecharlo  todo.  Así, 
al  paso  que  Balboa  asevera  que  Huayna-Capac  nada  hizo  en 
Chile,  Herrera  el  celebrado  autor  de  las  Décadas^  no  trepida  en 
afirmar  que  aquel  monarca  peruano  vino  a  Chile  <ccon  grandes 
nieves  i  trabajos,  i  se  detuvo  mas  de  un  año  sujetando  aquellas 
j  entes... **í> 

Interesa,  sin  embargo,  dejar  establecido  que,  según  todas  pro- 
babilidades, los  Incas  llegaron  a  Chile  por  dos  caminos,  el  del 
despoblado  i  el  de  la  cordillera,  que  atravesaron  para  salir  di- 
rectamente al  valle  de  Aconcagua.  Aquel  fué  indudablemente  el 
que  trajeron  los  primeros  invasores,  i  el  segundo  el  que  siguiera 
Huayna-Capac,  según  el  sentir  de  la  mayoría  de  los  cronistas.*^ 

Para  salir  de  una  vez  de  este  oscuro  dédalo  de  dificultades  i 


14.  Informe  de  D.  Miguel  de  Olaverría,  pub.  por  Gay,  lom.  II,  Documentas^ 
páj.  23  i  sigts. 

15.  Décadas^  V,  cap.  16,  lib.  III,  páj.  78. 

16.  Véase  Pérez  García,  lib.  II,  cap.  2. 


CAP.   XI. — ^LA  CONQUISTA  INCXSICA  329 

contradicciones,  ofrécense  a  nuestro  estadio  dos  puntos  de  inves- 
tigación que  ya  se  han  insinuado,  pero  que  conviene  precisar.  En 
efecto:  ¿hasta  qué  parte  de  nuestro  territorio  llegaron  los  solda- 
dos peruanos?  ¿Por  qué  causa  i  por  donde  se  retiraron? 

Según  Balboa,  los  Incas  alcanzaron  hasta  Chili  i  ahí  estable- 
cieron «los  límites  mas  meridionales  de  su  imperio.^^D 

El  abate  Molina  cree  que  no  pasaron  mas  allá  del  Rapel/^  o 
Cachapoal,  según  el  licenciado  Fernando  de  Santillan,  quien  ase- 
vera que  desde  este  rio  se  volvieron  los  capitanes  de  Topa 
Inga  Yupanqui  <cpor  haber  llegado  a  una  provincia  que  dicen  de 
los  Pormacaes. .  .^x> 

Jorje  Juan  se  pronuncia  por  la  opinión  de  que  alcanzaron  hasta 
«1  Maule,"  siendo  precedido  en  ella  por  Jerónimo  de  Quiroga,^ 
i  Pedro  de  Valdivia,  quien  en  la  primera  de  sus  cartas  dice  al 
rei  que  los  caciques  del  sur  de  aquel  rio  no  sabian  servir,  «por- 
-que  el  Inca  no  conquistó  mas  de  hasta  aquí.^D  Pedro  Cieza  de 
León  afiade  que  <cTupac  Inca  atravesó  muchas  tierras  i  provin- 
cias i  grandes  despoblados  de  nieve,  hasta  que  llegó  a  lo  que 
llamamos  Chile  i  señoreó  i  conquistó  todas  aquellas  tierras,  en 
las  cuales  dicen  que  llegaron  al  rio  Maule.^D 

Pérez  García  piensa  que  el  ejército  peruano  que  vino  a  Chile 
pasó  en  seguimiento  de  sus  conquistas  el  dicho  rio,  en  cuya  ori- 
lla austral  le  salieron  a  atajar  el  paso  los  cauquenes,  perquilau- 
^uenes  i  costeños  i  lo  derrotaron  completamente. 

Según  el  padre  Rosales,  que  apoya  su  testimonio  en  ciertos 
monumentos  que  aún  en  su  tiempo  se  observaban  en  las  cerca- 
nías de  Concepción,  no  trepida  en  creer  que  ese  punto  debió 
ser  el  término  de  la  conquista;   sin  olvidarse  de  apuntar  que 


17.  Páj.  108. 

18.  Historia  ctvil^  páj.  11. 

19.  Relación^  páj.  15. 

20.  Relación  Histórica  delviage  a  la  América  meridional^  tom.  III,  páj.  336, 
Madrid,  1748. 

21.  Compendio  histórico  de  los  principales  sucesos  de  la  conquista^  etc.^  His» 
ioriadores^  t.  XI,  páj.  100. 

22.  Páj.  13. 

23.  Segunda  parte  déla  Crónica  del  Perü^  Madrid,  1880,  páj.  230. 

43 


330  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

corrían  también  en  su  época  pareceres  que  hacían  avanzar  los 
peruanos  hasta  las  márjenes  del  Imperial. 

Pero,  a  nuestro  juicio,  el  dictamen  que  merece  mas  crédito 
porque  arrasta  consigo  mas  probabilidades  de  una  buena  infor- 
mación, es  el  que  señala  don  Miguel  de  Olaverría,  según  el  cual, 
se  recordará,  las  huestes  del  Inca  lograron  ir  solamente  hasta  el 
Maule,  haciendo  concordar  de  esta  manera  los  recuerdos  de  los 
indíjenas  que  tuvo  ocasión  de  examinar  con  lo  que  apunta  la 
tradición  consignada  por  Garcilaso. 

El  hecho  es,  con  todo,  que  debe  distinguirse  el  movimiento  de 
avance  de  los  ejércitos  de  los  Incas,  con  la  verdadera  consolida- 
ción de  la  conquista. 

Si  se  acepta  esta  distinción,  será  fácil  convencerse  que  si  pu- 
dieron alcanzar  hasta  el  Maule,  su  dominación  asentada  i  consen- 
tida nunca  llegó  hasta  ese  límite. 

Puede  todavía  aseverarse,  como  se  verá  en  el  próximo  capítulo, 
que  la  verdadera  incorporación  del  país  a  los  usos  i  costumbres, 
a  las  leyes,  idioma,  etc.,  de  los  invasores  no  se  estendió  nunca 
mas  allá  de  los  lindes  de  la  actual  provincia  de  Santiago,  confor- 
me a  lo  espresado  por  Marino  de  Lovera,  quien  declara  que  el 
Inca  (Ctenia  gobernadores  con  jente  de  presidio  hasta  el  valle  de 
Matpo?^y> 

Ahora,  por  lo  que  toca  a  la  retirada  de  las  huestes  del  Inca, 
es  un  hecho  constante  i  bien  comprobado  que  cuando  llegaron  a 
Chile  los  españoles  que  acompañaban  a  Diego  de  Almagro,  ya  se 
habian  alejado  totalmente  del  país.    I  hé  aquí  nuevamente  como 
Olaverría  nos  parece  mas  próximo  a  la  verdad  al  declarar  que  la^ 
derrota  de  ese  ejército,  junto  con  las  noticias  que  le  llegaron  del 
arribo  de  los  aventureros  de  la  España  a  las  costas  del  Perú,  mo- 
tivaron su  inmediato  regreso.  Creemos  del  caso  advertir  también 
aquí  que,  según  lo  que  apunta  Balboa,  en  la  lucha  fratricida  que 
ocasionó  el  predominio  de  Atahualpa  en  el  imperio  peruano,  éste 
Iiabia  sacado  de  Chile  cierto  cuerpo  de  tropas  que,  en  unión  con 

24.  Historia  de  Chile^  páj.  45. 


CAP,   XI. — LA  CONQUISTA  INCÁSICA  33 1 

los  del  Collao,  Chucuito,  Condesuyo,  etc.,  se  hizo  notar  en  el  en- 
cuentro de  Chuinvivilcas.**  El  Inca  don  Juan  de  Santa-Cruz  Pa- 
chacuti  confirma  este  dato,  que  Rosales  también  indica,  aunque 
de  una  manera  vaga.^ 

En  conclusión,  resulta,  por  lo  tanto,  que,  aceptando  el  cómputo 
dado  por  los  antiguos  escritores  del  Perú,  según  el  cual  Yupan- 
qui  tuvo  el  poder  en  147 1,  la  dominación  peruana,  incluyendo  la 
conquista,  duró  en  Chile  setenta  años  justos,  pues,  en  rigor,  ella 
no  vino  a  cesar  sino  con  la  invasión  española,  traida  por  Pedro 
de  Valdivia  i  sus  compañeros.  Parece,  pues,  que  Pérez  García  i 
Córdova  i  Figueroa  exajeran  al  decir  que  el  dominio  Incarial  en 
Chile  alcanzó  a  mas  de  un  siglo  de  existencia.^  En  cuanto  a  los 
sacrificios  que  demandara  a  los  soberanos  del  Perú,  Rosales  nos 
dice  que  desde  que  ellos  comenzaron  su  tarea  de  invasión,  mu- 
rieron en  la  demanda  ochenta  mil  indios,  ya  a  consecuencia  de 
las  guerras,  ya  en  los  pasos  de  la  cordillera,  ya,  en  fin,  «por  es- 
trafiar  la  tierra  i  hallar  que  es  mas  fria  que  en  el  Perú,  de  donde 
hablan  salido.^D 

Por  lo  que  se  refiere  a  los  efectos  de  todo  orden  que  produ- 
jeron en  Chile  las  conquistas  de  los  Incas,  cúmplenos  ocuparnos 
de  ellos  en  el  capítulo  que  sigue. 


25.  Páj.  293. 

46.  Relación  de  antigüedades  deste  reyno  del  Perü^  p^J.  3  '"• 

27.  Córdoba  ¡  Figueroa  sostiene  que  los  peruanos  entraron  en  Chile  por  pri- 
mera vez  en  1425,  i  que  la  derrota  del  ejército  de  los  Incas  por  los  indios  del 
íur  del  Maule,  tuvo  lugar  ciento  diez  años  después.  Historia^  páj.  31. 

28.  Historia^  I,  páj.  372. 


CAPÍTULO  XII. 


LA  EDAD  DEL  BRONCE. 

Sistema  de  conquista  seguido  por  los  Incas. — Recomendaciones  que  hacen  a  sus 
capitanes  respecto  de  Chile. — Topa-Inga  levanta  el  censo  de  la  población. — 
Obsequios  a  los  funcionarios. — Frecuentes  relaciones  que  hubo  en  lo  antiguo 
entre  Chile  i  el  Perú. — Tributo  que  los  indios  de  Chile  pagaban  a  los  Incas. 
— Ceremonias  con  que  era  llevado  al  Cuzco. — Respeto  al  soberano.— Gober- 
nadores peruanos. — Los  orejones. — Fortificaciones. — ^Testimonios  deducidos 
de  los  cronistas. — ^Antecedentes  para  apreciar  la  estension  de  país  sometido. 
—Naturaleza  de  las  fortiñcaciones. — Otras  consideraciones  jenerales. — Des- 
cripción del  fuerte  de  Collipeumo. — Caminos.— Servicios  anexos  a  las  vias 
de  comunicación. — Canales. — ^Trabajo  en  común. — Alfarería. — Vasos  de  pie- 
dra.— Otros  utensilios  del  mismo  material. — Afeites. — ^Joyas. — ídolos. — La 
gruta  de  Chacabuco. — Fundación  de  pueblos. — Influencia  sobre  el  idioma. — 
mpleo  de  la  escritura. — Los  quipus. — ^El  arte  de  contar. — ^Trajes. — Lo  que 
ha  sobrevivido  a  la  conquista  peruana. 

El  sistema  de  conquista  de  los  Incas  fué  escepcional  por  su 
manera  de  llevarse  a  efecto,  como  lo  fué  en  resultados  para  las 
naciones  vencidas.  Ya  sabemos  que  los  emisarios  del  soberano 
se  presentaban  en  el  país  que  trataban  de  invadir,  prometiendo* 
les  en  cambio  de  una  voluntaria  sumisión  todas  las  ventajas  de 
que  gozaban  los  n\ismos  vasallos  del  Inca.  I  en  verdad  que  aque- 
llos ofrecimientos  no  fueron  jamás  vanas  palabras  de  artero  em- 
buste sino  que  en  la  práctica  significaron  siempre  adelanto,  pro- 
greso i  felicidad  para  el  pueblo  sometido. 

Chile  no  fué,  pues,  una  escepcion  a  este  respecto,  sino  simple- 
mente nuevo  campo  en  que  los  soberanos  del  Perú  pudieron 
ejercitar  su  intelijente  sistema  de  conquista,  como  vamos  a  verlo. 


334  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

En  efecto,  según  el  testimonio  de  Garcilaso,  <cel  Inca  Yupan- 
qui  mandó  a  sus  gobernadores  que  atendiesen  con  mucho  cuida- 
do el  cultivo  i  beneficio  de  las  tierras  que  babian  ganado,  procu- 
rando siempre  el  regalo  i  provecho  de  los  vasallos,  para  que, 
viendo  los  comarcanos  que  mejorados  estaban  en  todo  con  el 
señorío  de  los  Incas,  se  redujesen  también  ellos  a  su  imperio, 
como  lo  habian  hecho  otras  naciones,  i  que  cuando  no  lo  hicie- 
sen, perdian  ellos  mas  que  los  Incas/» 

Mas,  ya  desde  antes,  a  estarnos  a  lo  que  nos  cuenta  Balboa, 
Topa-Inca  levantó  el  censo  de  las  poblaciones  que  le  obedecían 
desde  Quito  hasta  Chile,  tomando  nota  de  la  edad,  sexo,  nombre 
i  profesión,  fijando  en  seguida  los  límites  del  territorio  de  cada 
cacique  con  designación  de  los  indios  que  respectivamente  de- 
bian  obedecerles." 

'  Huayna  Capac,  refiere  otro  historiador,  envió  visitadores  a 
•Chile  que  llevasen  acmucha  ropa  de  vestir  de  la  del  Inca,  con  otras 
muchas  preseas  de  su  persona  para  los  gobernadores,  capitanes  i 
ministros  réjios  de  aquellos  reinos  i  para  los  curacas  naturales 
dellos,  para  que  en  nombre  del  Inca  les  hiciesen  merced  de 
aquellas  dádivas  que  tan  estimadas  eran  entre  aquellos  indios.^» 
Este  mismo  soberano  despachó  mas  tarde  mensajeros  a  Chile 
con  orden  de  que  se  ofreciesen  sacrificios  i  se  llorase  la  muerte 
de  Topa-Inga-Yupanqui  i  de  su  madre  Mama-Oello.* 

Hai  un  cronista  que  da  detalles  que  confirman  manifiestamen- 
te la  probable  opinión  de  que  entre  Chile  i  el  Perú  hubo  en  aque^ 
líos  remotos  tiempos  relaciones  frecuentes,  que  el  soberano  de 
ambos  territorios  se  empeñaba  en  fomentar. 

Por  lo  menos,  no  puede  dudarse  de  que  los  habitantes  de  esta 
parte  del  continente  sud-americano,  desde  mui  antiguo  habian 
tenido  noticias  unos  de  otros.  Viracocha,  antes  de  emprender  la 
conquista  de  este  país,  tuvo  informaciones  de  la  jente  que  lo  po- 
blaba, i  posteriormente.  Almagro,  Gómez  de  Alvarado  i  Pedro  de 

1.  Comentarios^  tom  II,  páj.  88. 

2.  Páj.  114. 

3.  Garcilaso,  I,  309. 

4.  Balboa,  páj.  139. 


CAP.    XII. — I-A  EDAD  DEL  BRONCE  335 

Valdivia  las  tuvieron  también  acerca  de  las  tribus  que  se  estén- 
dian  al  sur  del  valle  del  Mapocho. 

«Cuando  Huiracocha  (no  hacemos  caudal  del  nombre)  subió  al 
tronOi  dice  Montesinos,  vinieron  de  Chile  a  visitarlo  dos  sobri- 
nos suyos:  uno,  hijo  de  su  hermana,  i  otro  de  su  prima  hermana. 
Su  padre  las  habia  casado  con  dos  de  los  principales  caciques  de 
Laharguayac,  en  la  época  en  que  el  Perú  fué  invadido  por  na- 
ciones estranjeras,  en  el  reinado  de  Sinchi-Roca.  Este  rei  los 
habia  hecho  prisioneros  en  una  batalla  i  los  habia  conducido  al 
Cuzco.  Como  Laharguayac  estaba  completamente  pacificado,  i  có- 
mele hubiesen  dado  aquellos  diversas  pruebas  de  sumisión,  casó  a 
uno  con  su  hermana  i  al  otro  con  su  prima,  i  los  envió  a  Chile  en 
calidad  de  gobernadores.  Trataron  bien  a  sus  esposas,  i  tuvo  cada 
uno  un  hijo.  Cuando  supieron  la  suerte  de  Laharguayac,  sus  pa- 
dres los  enviaron  a  felicitar  a  su  tío  Huiracocha.  Cuando  éste 
supo  que  hablan  llegado,  i  que  conduelan  numeroso  séquito,  en- 
vió inmediatamente  órdenes  al  CoUao  para  que  se  les  tratase  co- 
mo a  él  mismo.  Fueron  conducidos  al  Cuzco  con  aparato  real  i 
en  nnaUtera  de  oro.  El  Inca  hizo  magníGcos  regalos  a  todos  los 
que  los  acompafiaban,  i  envió  a  recibirlos  a  todos  sus  consejeros, 
a  dos  jomadas  de  la  capital.  Emplearon  seis  dias  en  completar 
estas  dos  últimas  ¡ornadas  porque  avanzaban  mui  lentamente.  A 
su  llegada  a  palacio,  Huiracocha  los  recibió  con  muchas  se/iales 
de  ternura  i  les  hizo  revestirse  el  traje  de  los  Incas.  Después  que 
se  hubo  observado  los  ayunos  i  las  ceremonias  de  costumbre,  les 
hizo  taladrarse  las  orejas,  i  les  dio  en  seguida  fiestas  suntuosas. 
Sa  tidí  hermana  i  mujer  de  Huiracocha,  les  colmaba  también  de 
caricias  por  complacer  a  su  esposo.  Estos  jóvenes,  encantados  de 
la  acojida,  invitaron  a  su  vez  a  su  tio  a  que  viniese  a  visitarlos  al 
reino  de  Chile;  lo  instaron  mucho  a  este  efecto,  asegurándole  que 
todo  el  país  ardia  en  deseos  de  gozar  de  la  felicidad  de  su  pre- 
sencia. Prometiólo  así  para  el  siguiente  año,  i  se  regresaron  a 
Chile  mui  contentos  i  acompañados  de  varios  orejones  de  sangre 
real,  que  desearon  seguirlos.  El  Inca  les  dio  también  seis  de  sus 
consejeros  para  instruirlos  en  el  arte   de  gobernar,  i  algunos  co- 


336  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

yas  con  sus  esclavos.  Llevaron  también  una  numerosa  vajilla  de 
oro  i  muchos  pendientes  para  las  orejas,  según  la  moda  del  Cuzco. 

«Cuando  llegaron  a  Chile  con  este  brillante  cortejo  encontra- 
ron al  país  en  un  gran  desorden.  En  el  interior  muchos  daciques 
se  habían  sublevado,  i  desde  allí  inquietaban  a  sus  vasallos;  tra- 
taban de  levantarlos  contra  sus  jefes,  dando  una  mala  interpre- 
tación a  su  viaje  al  Perú,  i  habian  atraido  a  su  partido  cierto  nú- 
mero de  personas,  lo  que  es  siempre  fácil  a  los  que  ofrecen  pre- 
sentes. Los  sobrinos  del  Inca  ensayaron  primeramente  de  some- 
terlos por  bien,  pero  viendo  que  nada  lograban,  i  animados  del 
mismo  valor  que  su  tio,  reunieron  un  poderoso  ejército  i  enviaron 
embajadores  para  persuadirles  que  depusiesen  las  armas  i  se  so- 
metiesen. Pero  éstos,  persistiendo  en  su  revuelta,  asesinaron  a  los 
enviados;  los  sobrinos  del  Inca  marcharon  entonces  contra  ellos, 
i  en  menos  de  un  año  conquistaron  todo  el  país,  matando  una 
parte  de  los  sublevados  i  haciendo  prisionero  el  resto:  anuncia- 
ron su  victoria  al  Inca,  que  la  celebró  con  espléndidos  regocijos, 
decidiéndose  a  partir  a  Chile  a  la  cabeza  de  un  brillante  ejército. 

«Huiracocha  después  de  haber  acopiado  los  víveres  necesarios 
emprendió  el  camino. 

(íLlegó  el  Inca  a  Chile  i  sus  sobrinos  le  salieron  al  encuentro 
con  innumerable  acompañamiento:  los  principales  caciques  le 
besaron  la  mano  i  se  reconocieron  como  vasallos  suyos.  El  Inca 
los  trataba  bondadosamente,  pero  estaba  vijilante,  porque  los 
sabia  mi  mudables,  acabó  de  ganarlos  por  la  dulzura;  i  permane- 
ció dos  años  en  Chile,  al  cual  pacificó  enteramente.  Dejó  a  sus 
sobrinos  en  pleno  ejercicio  de  su  autoridad,  i  antes  de  partir  les 
dio  el  siguiente  consejo:  «Procuren  para  evitar  revueltas  tener 
empleados  cerca  de  Uds.  a  los  caciques  principales;  si  uno  de 
ellos  demuestra  querer  levantarse,  háganlo  morir  para  atemori- 
zar a  los  otros. 

dEl  Inca  de  vuelta  al  Cuzco  llevó  consigo  los  hijos  de  los  ca- 
ciques para  que  aprendiesen  la  lengua  jeneral  que  su  padre  habia 
establecido  en  todos  sus  estados,  a  fin  de  tenerlos  mas  fácilmen- 


CAP.    XII. — LA    EDAD  DEL   BRONCE  33/ 

te  sujetos.  Llevó  consigo  dos  mil  chilenos  escojidos  para  ir  a  la 
conquista  de  los  chachapoyas  de  la  montaña.))'* 

Pero  si  los  Incas  se  manifestaban  benévolos  con  sus  nuevos 
vasallos  no  por  eso  dejaban  de  exijirles  que  contribuyesen  a  la 
corona  real  con  el  tributo  de  los  vencidos.  Balboa  declara,  en 
efecto,  que  ya  en  los  tiempos  de  Topa-Inca  se  cobraba  la  con- 
tribución, que  en  los  últimos  dias  de  la  dominación  peruana  as- 
cendia,  según  opinión  jeneral,  a  doscientos  mil  pesos  en  oro. 
López  de  Gomara  dice  que  Juan  de  Saavedra,  uno  de  los  solda- 
dos de  Almagro,  topó  en  los  Charcas  a  ciertos  chileses  que  lle- 
gaban al  Cuzco,  no  sabiendo  lo  que  pasaba,  su  tributo  en  tejue- 
los de  oro  fino,  que  pesaban  ciento  i  cincuenta  mil  pesos/'  Gón- 
gora  Marmolejo  i  Marino  de  Lovera  afirman  que  el  encuentro 
<le  los  enviados  chilenos,  que  llevaban  de  emisario  principal  a  un 
indio  llamado  Huayllullo,  tuvo  lugar  en  Tupiza/  Garcilaso  sos- 
tiene que  no  hubo  tal  encuentro,  sino  que  en  llegando  Almagro 
~2i  Copayapu,  Paulu  Inca,  que  lo  acompañaba,  hizo  que  los  chi- 
lenos entregasen  el  oro  acopiado  para  el  tesoro  real,  el  cual 
ascendió  a  doscientos  mil  ducados.*^ 

Pero  esta  opinión,  por  la  calidad  [del  que  la  emite,  interesado 
-en  acreditar  los  ascendientes  de  su  raza,  nos  infunde  poco  cré- 
dito, prefiriendo  estarnos  a  lo  que  espresa  Rosales,  que,  como 
siempre,  se  manifiesta  bien  informado,  a  saber,  que  el  tributo 
anual  que  rendian  al  Inga,  emperador  del  Peni  los  chilenos,  «en 
distrito  de  ciento  i  cincuenta  leguas  que  conquistaron  al  princi- 
pio sus  capitanes,  fué  de  catorce  quintales  de  oro,  ascendrado 
de  mas  de  veinte  i  dos  quilates  i  medio,  en  tejos  de  a  cincuen- 
ta pesos,  señalados  con  la  marca  de  un  pecho  mujeril.  El  último 
tesoro  que  embargó  i  repartió  entre  sus  soldados  Diego  de  Al- 
iiiagro  era  de  mil  i  doscientas  libras  de  oro  i  entre  ellas  llevaban 

5.  Pájs.  178,  183. 

6.  Historiadores  de  Indias,  tom  II,  páj.  128. 

7.  Historia  de  CJiüe,  páj.  3;  Marino,  páj.  21. 

8.  Comentarios^  t.  II,  páj.  88.  Oliv^arcs  sigue  la   versión  de  Garcilaso,   pero 

hace  ascender  el  monto  del  tributo  a  trescientos  mil  ducados.  Historia  de  Chiles 

páj.  100.  Según  lo  que  afirma  Marino  de  Lovera,  doscientos  mil   pesos  de  oro 

■equivalían  a  trescientos  mil  ducados,  Historia^  páj.  21. 

43 


336  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

yas  con  sus  esclavos.  Llevaron  también  una  numerosa  vajilla  de 
oro  i  muchos  pendientes  para  las  orejas,  según  la  moda  del  Cuzco. 

d Cuando  llegaron  a  Chile  con  este  brillante  cortejo  encontra- 
ron al  país  en  un  gran  desorden.  En  el  interior  muchos  daciques 
se  habían  sublevado,  i  desde  allí  inquietaban  a  sus  vasallos;  tra- 
taban de  levantarlos  contra  sus  jefes,  dando  una  mala  interpre- 
tación a  su  viaje  al  Perú,  i  habian  atraido  a  su  partido  cierto  nú- 
mero de  personas,  lo  que  es  siempre  fácil  a  los  que  ofrecen  pre- 
sentes. Los  sobrinos  del  Inca  ensayaron  primeramente  de  some- 
terlos por  bien,  pero  viendo  que  nada  lograban,  i  animados  del 
mismo  valor  que  su  tio,  reunieron  un  poderoso  ejército  i  enviaron 
embajadores  para  persuadirles  que  depusiesen  las  armas  i  se  so- 
metiesen. Pero  éstos,  persistiendo  en  su  revuelta,  asesinaron  a  los 
enviados;  los  sobrinos  del  Inca  marcharon  entonces  contra  ellos, 
i  en  menos  de  un  año  conquistaron  todo  el  país,  matando  una 
parte  de  los  sublevados  i  haciendo  prisionero  el  resto:  anuncia- 
ron su  victoria  al  Inca,  que  la  celebró  con  espléndidos  regocijos, 
decidiéndose  a  partir  a  Chile  a  la  cabeza  de  un  brillante  ejército. 

«Huiracocha  después  de  haber  acopiado  los  víveres  necesarios 
emprendió  el  camino. 

<í Llegó  el  Inca  a  Chile  i  sus  sobrinos  le  salieron  al  encuentro 
con  innumerable  acompañamiento:  los  principales  caciques  le 
besaron  la  mano  i  se  reconocieron  como  vasallos  suyos.  El  Inca 
los  trataba  bondadosamente,  pero  estaba  vijilante,  porque  los 
sabia  mi  mudables,  acabó  de  ganarlos  por  la  dulzura;  i  permane- 
ció dos  años  en  Chile,  al  cual  pacificó  enteramente.  Dejó  a  sus 
sobrinos  en  pleno  ejercicio  de  su  autoridad,  i  antes  de  partir  les 
dio  el  siguiente  consejo:  «Procuren  para  evitar  revueltas  tener 
empleados  cerca  de  Uds.  a  los  caciques  principales;  si  uno  de 
ellos  demuestra  querer  levantarse,  háganlo  morir  para  atemori- 
zar a  los  otros. 

dEl  Inca  de  vuelta  al  Cuzco  llevó  consigo  los  hijos  de  los  ca- 
ciques para  que  aprendiesen  la  lengua  jeneral  que  su  padre  había 
establecido  en  todos  sus  estados,  a  fin  de  tenerlos  mas  fácilmen- 


CAP.    XII. — LA    EDAD    DEL   BRONCE  339 

<Je  irse  al  paraje  mas  remoto  que  hubiese  en  América.  Quiso  huir 
al  efecto  a  Chile,  i  hallándose  preso  Atahualpa,  consiguió  de  su 
benignidad  que  le  diese  los  medios  de  hacer  tan  larga  travesía. 
El  Inca,  por  toda  recomendación,  dióle  su  borla  real,  distintivo 
del  soberano,  i  con  solo  mostrarla,  Juan  Sebico  hizo  su  viaje  en 
andas,  tratado  con  consideraciones  reales,  logrando,  por  último, 
que  en  Aconcagua  le  diesen  casa  en  que  vivir,  tierras  que  sem- 
brar i  mujeres  que  le  sirviesen. 

Los  gobernadores  que  los  Incas  tenian  en  Chile  eran  dos,  uno 
en  Cuquimpu  i  otro  en  Mapuche,  en  el  valle  de  Colina^^  i  su  do- 
minación efectiva  na  se  estendia  mas  allá  del  rio  Maipo.^^  Los 
naturales  los  designaban  con  el  nombre  de  «orejones,))  «por  traer 
una  manera  de  zarcillos,  que  son  como  unas  roldanas  o  carrile- 
jos  de  madera,  hechos  de  unas  tabletas  tan  delgadas  como  un 
lienzo,  i  recojidas  en  un  rollete,  como  trancaderas,  hasta  quedar 
del  tamaño  de  un  real  de  a  ocho,  i  algo  mayor  en  redondez,  i  un 
pulgar  de  grueso.  La  cual  tableta  traen  dentro  de  la  misma  ore- 
ja, toda  metida  en  ella.^^)) 

«El  principal  adorno  de  los  esquimales,  dice  Lubbock,  son  los 
labretSj  pedazos  de  piedra  o  de  hueso  pulido,  que  llevan  en  el  hi- 
bio  inferior  i  en  las  mejillas.  El  agujero  se  practica  en  la  primera 
infancia  i  se  va  ensanchando  poco  a  poco  por  medio  de  una  serie 
de  cuñas.^*Jí)  El  dibujo  de  uno  de  estos  adornos  que  se  rejistra  en 
la  obra  del  célebre  antropólogo  ingles,  es  casi  idéntico  al  de  las 
figuras  75,  76  i  77  de  nuestras  láminas,  copiadas  de  tamaño  na- 
tural. Estos  tres  objetos  son  de  piedra  i  proceden  de  Freirina, 
pero  en  la  colección  del  Museo  Nacional  existen  dos  de  San  Fe- 
lipe i  uno  de  la  hacienda  de  la  Compañía.  El  número  76,  que  es 
un  jaspe  de  un  hermoso  color  verde,  visto  de  lado,  da  una  idea 
jeneral  del  instrumento.   La  parte  posterior,  que  en  todos  es  re- 

11.  Rosales,  I,  370;  Marino  de  Trovera,  Historia^  páj.  21. 

12.  Marino  de  Lovera,  Historia  de  Chile,  páj.  21.  Cuando  Juan  Sebico  llegó 
al  valle  de  Copiapó,  dice  Rosales,  supo  que  el  gobernador  Inga  residía  en  el 
de  Coquimbo.  Historia^  t.  I,  páj.  359. 

13.  Id.,  páj.  46. 

14.  L'hommc  préhistoriquc^  páj.  464.  Véase  también,  Voy  age  de  Vaneo  n  ver  ^ 
t.  3.»,  páj.  280. 


340  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

donda,  aparece  ahuecada  en  el  número  77,  con  siete  ranuras  tras- 
versales; en  el  número  75,  la  parte  delantera,  en  forma  de  arco,. 
i  que  en  las  demás  es  lisa,  está  adornada  con  tres  pequeñas  ho- 
radaciones equidistantes  i  meramente  superficiales. 

Ahora  bien:  a  pesar  de  la  aserción  de  Marino  de  Lovera  que 
sostiene,  como  acabamos  de  verlo,  que  los  zarcillos  de  los  ore* 
jones  eran  hechos  de  madera,  por  lo  que  sabemos  de  otros  pue- 
blos i  por  la  forma  i  dimensiones  de  estos  objetos  ¿no  podríamos 
lejítimamente  pensar  que  han  servido  también  de  pendientes  a 
los  gobernadores  de  los  Incas?  Su  forma  no  desdice  de  modo  al- 
guno de  semejante  aplicación,  i  su  tamaño  no  es,  ni  con  mucho^ 
tan  abultado  como  el  de  los  que  se  acostumbran  hasta  hoi  en  otras 
naciones  salvajes.  El  señor  Garrido,  a  quien  pertenecen  los  tres  de 
estos  aparatos  que  dibujamos,  se  manifiesta  inclinado  a  pensar  que 
han  podido  colocarse  en  la  cuerda  del  arco  de  la  flecha  para  que 
la  mano,  al  disparar  el  proyectil,  encontrase  un  punto  de  apoyo, 
pero  por  las  semejanzas  que  hemos  hecho  notar  creemos  que  de- 
ben mas  bien  referirse  a  los  labréis  de  los  anticuarios  europeos. 

Para  asegurar  el  territorio  que  se  les  habia  sometido  o  que 
habían  conquistado  a  viva  fuerza,  levantaron  los  Incas  numero- 
sas fortalezas,  de  cuya  existencia  han  tenido  cuidado  de  infor- 
marnos algunos  antiguos  cronistas,  por  lo  que  en  la  jeneralídad 
de  los  casos  ellos  mismos  pudieron  observar. 

Garcilaso  declara,  en  jeneral,  que  los  capitanes  peruanos  «for* 
talecieron  las  fronteras  de  sus  dominios^^D,  i  Balboa  espresa  que 
en  Coquimbo,  Topa  Inca,  construyó  un  fuerte.^^ 

El  abate  Molina  testifica  que  en  su  tiempo,  a  fines  del  siglo 
pasado,  no  lejos  del  rio  Cachípual,  <icse  ven  hasta  ahora,  sobre 
una  colina  cortada  perpendicularmente,  los  residuos  de  una  for- 
taleza de  estructura  peruana,  que  sin  duda  cubría  por  aquella 
parte  las  fronteras  del  imperio  contratólos  ataques  de  los  indómi- 
tos promaucaes.^j) 

15.  Comentarios^  t.  II,  páj.  8. 

16.  Páj.  108. 

17.  /listona  civil ^  páj.  11. 


CAP.    XII. — LA   EDAD   DEL   BRONCE  34 1 

Carvallo  depone  ea  un  sentido  análogo  respecto  del  hecho 
aseverado  por  Molina,  i  agrega  que  construcciones  semejantes 
tuvieron  también  los  soberanos  del  Perú  en  Marga-marga,  Ta- 
lagante  i  Aconcagua.^®  El  señor  Vicuña  Mackenna  nos  informa, 
igualmente,  que  en  el  cerro  de  Manco,  no  lejos  de  Quintero,  los 
habitantes  de  los  alrededores  afirman  que  en  la  cumbre  hai  un 
malal  o  fortaleza  de  indios,^'*^  i  Bollaert  asevera  que  cerca  de  los 
lavaderos  de  Yáquil,  existen  algunas  ruinas  indíjenas,  lo  mismo 
que  en  el  cerro  llamado  de  los  Incas,  cerca  de  Tagua-tagua.^ 

Pérez  García  asegura,  refiriéndose  en  jeneral  a  las  conquistas 
de  Huayna  Capac,  que  este  soberano  hizo  construir  varios  fuer- 
tes en  el  territorio  de  Chile,^^  cuyas  guarniciones,  según  el  testi- 
monio de  Garcilaso,  se  mantuvieron  hasta  la  llegada  misma  de 
Almagro,  pues  según  ese  autor,  PauUu,  para  ausiliar  la  espedi- 
cion  del  caudillo  español  a  Chile,  sacó  la  jente  que  pudo  de  los 
presidios  que  en  aquel  reino  habia.^ 

Según  el  padre  Rosales,  que  habia  viajado  durante  largos  años 
por  el  territerio  chileno,  a  mediados  del  siglo  XVII,  estas  forta- 
lezas levantadadas  por  los  peruanos  no  solo  se  limitaban  a  la 
parte  norte  del  país  sino  que  llegaban  hasta  mui  al  sur.  Así,  dice 
este  jesuita  que  existían  huellas  de  dos  de  estas  fortificaciones  en 
Itata,  en  el  cerro  de  Rio  Claro,  en  Maule  i  la  Angostura. 

Estos  precedentes  sentados  por  el  jesuita  madrileño  i  que  ya 
anteriormente  hemos  tenido  oportunidad  de  notar,  parece  que 
no  se  armonizaran  con  la  opinión  que  hemos  emitido  acerca  de 
la  estension  del  país  que  fué  dominado  por  las  armas  incariales. 
Si  levantaron  obras  de  esta  naturaleza  ¿no  es  lícito  creer  que  su 
señorío  estuvo  radicado  en  aquellas  rejiones?  Contra  este  argu- 
mento especioso,  tenemos,  desde  luego,  el  testimonio  de  escri- 
tores dignos  de  fé  i  de  los  que  vivieron  mas  próximos  a  la  época 
de  los  sucesos,  como  Marino  de  Lovera,  por  ejemplo,  el  cual, 

18.  Historia^  t.  I,  páj.  8. 

19.  La  edad  del  orOy  páj.  408. 

20.  ResearcheSy  etc.,  páj.  178. 

21.  Historia,  t.  I,  lib.  II,  cap.  2.  El  dato  de  Pérez  García  ha  sido  sin  duda  to- 
mada de  Herrera,  Déc,  V,  cap.  XVI,  lib.  III. 

22.  Comentarios^  t.  II,  paj.  89. 


^^2  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

según  acabamos  de  ver,  espresamente  declara  que  el  señorío  in- 
carial  no  se  estendia  de  hecho  mas  allá  del  rio  Maipo. 

Pero,  para  no  dejarse  seducir  por  las  indicaciones  de  Rosales, 
conviene  también  examinar  un  poco  la  naturaleza  de  las  fortifi- 
caciones de  que  se  trata. 

No  existe  en  ninguno  de  los  cronistas  antiguos  detalle  alguno  o 
antecedentes  de  cualquier  jénero,  que  pudieran  servirnos  de  ba- 
se para  apreciar  la  naturaleza  de  esas  construcciones,  hechas  al 
parecer  para  defensa  del  territorio.  Mas,  es  constante  que  los 
indios  peruanos  no  usaron  en  sus  trabajos  la  piedra  labrada.  Sus 
mas  famosos  templos  fueron  construidos  con  adobes  cortados  por 
un  sistema  semejante  al  que  aún  hoi  se  acostumbra  entre  noso- 
tros; i  los  demás  monumentos  fabricados  de  piedra,  es  unánime 
la  opinión  que  los  supone  de  una  época  anterior  al  imperio  de 
los  Incas.  Por  esto,  no  tiene,  pues,  nada  de  estrafto  que  esas 
construcciones  tantas  veces  indicadas  por  los  cronistas,  no  hayan 
llegado  hasta  nosotros.  De  esta  manera  podrá  también  el  lector 
ésplicarse  con  facilidad  cómo  pudo  ser  perfectamente  posible 
que  el  ejército  de  los  Incas,  maniobrando  a  una  enorme  distan- 
cia de  su  centro  de  operaciones  i  avanzando  en  territorio  ene- 
migo, defendido  por  indios  valerosos,  se  viese  precisado  por  la 
naturaleza  de  los  sucesos  i  por  sistema,  a  erijir  fortificaciones  que 
asegurasen  su  marcha. 

En  los  mismos  cronistas,  es  fácil  encontrar  referenciais  a  fuer- 
tes levantados  por  los  naturales  del  país,  sin  que  por  esto  vaya  a 
creerse  por  un  momento  que  se  trataba  de  obras  de  cierto  costo 
i  duración,  pues,  según  se  recordará,  no  pasaban  de  ser  zanjas  i 
empalizadas  destinadas  a  protejer  por  el  momento  a  las  huestes 
araucanas. 

I  a  este  respecto  conviene  observar  en  jenerál  que  muchos  de 
los  términos  empleados  para  apreciar  la  antigua  civilización  de 
los  Incas  entre  nosotros,  como  templos,  canales,  pueblos,  etc., 
están  mui  distantes  de  responder  a  las  ideas  que  al  presente*  te- 
nemos sobre  aquellas  materias. 

Pero,  en  lo  que  no  cabe  duda,  es  que  esas  fortalezas  estuvie- 


i 


CAP.    XII. — LA   EDAD    DEL  BRONCE  343 

ron  siempre  a  orillas  de  los  rios.  Prescindiendo  de  la  importan- 
cia que  una  colocación  semejante  podria  dar  a  tales  obras,  con- 
viene notar  que  en  Chile,  en  lo  antiguo,  como  al  presente,  tra- 
tándose de  indíjenas,  han  edificado  sus  viviendas,  han  labrado 
sus  tierras,  i  hasta  se  han  enterrado,  en  cualquier  punto  donde 
han  podido  utilizar  una  corriente  de  agua. 

Si  se  observa  la  razón  de  una  disposición  semejante,  creemos 
que  no  debe  mirarse  en  manera  alguna  como  inspirada  por  un 
sentimiento  de  admiración  por  la  hermosura  de  la  naturaleza 
como  no  ha  faltado  escritor  que  así  lo  haya  estampado;  sino 
que,  por  el  contrario,  han  tenido  esos  indíjenas  en  su  abono  ra- 
zones de  positiva  e  inmediata  importancia. 

Desde  luego,  siendo  agricultores  han  necesitado  del  agua  pa- 
ra sus  siembras  i  para  sus  menesteres  domésticos;  mucho  mas  en 
Chile,  sobre  todo  en  las  rej iones  del  norte,  donde  o  no  llueve 
sino  mui  de  tarde  en  tarde,  o  no  puede  contarse  con  regularidad 
con  los  períodos  de  lluvias. 

Previa  esta  advertencia,  recordaremos  que  Rosales  nos  dice 
que  hubo  también  una  de  estas  fortalezas  a  que  nos  referimos, 
en  la  Angostura,  la  cual,  según  la  tradición  que  hemos  oido  per- 
sonalmente, quiere  que  el  monumento  en  cuestión  haya  sido  le- 
vantado en  la  confluencia  de  los  esteros  de  Paine  i  la  Angostura, 
en  la  estremidad  del  cerrito  de  CoUipeumo,  que  forma  el  ángulo 
donde  se  verifica  la  junción  de  las  aguas. 

Deseosos  de  averiguar  lo  que  en  definitiva  hubiese  sobre  el 
particular,  i  confiados  en  el  doble  testimonio  de  Rosales  i  de  una 
tradición  tan  socorrida,  pusímonos  un  dia  en  camino  con  la  es- 
peranza de  encontrar  algunos  restos  de  aquel  antiguo  monumen- 
to del  señorío  de  los  Incas.  Llegados  ya  al  lugar  en  que  creia- 
mos  pudo  haber  estado  colocada  aquella  famosa  fortaleza  i  des- 
pués de  prolijas  indagaciones,  nos  íbamos  persuadiendo  a  que  si 
Rosales  i  la  tradición  habian  dicho  verdad,  el  tiempo  se  habia 
encargado  de  ocultar  para  siempre  a  nuestro  anhelo  los  decan- 
tados restos.  Mas,  después  de  muchas  idas  i  venidas  por  aque- 
llos contornos,  quiso  nuestra  buena  suerte  presentarnos  en  lo 


344  LOS    ABORÍJENES    DE    CHILE 

alto  del  cerrito  no  pocas  piedras  de  esas  que  arrastran  los  rios,  i 
este  fué  ya  un  indicio  revelador  de  los  restos  que  buscábamos. 
En  efecto,  no  hacia  mucho  habiamos  leido  en  el  interesante  li- 
bro de  M.  Desjardins  el  siguiente  pasaje:  «Cuando  los  indios 
iban  a  la  guerra  llevaban  consigo  algunas  de  esas  piedras  sagra- 
das llamadas ///rw/v/z/azí,  o  mas  bien  dicho ////rwr^wcct;,  piedras 
que  los  sitiados  lanzaban  de  lo  alto  de  las  murallas  sobre  los  si- 
tiadores. Se  escojia,  en  jeneral,  las  piedras  rodadas  por  los  to- 
rrentes^ como  mas  manejables  que  las  otras,  a  consecuencia  de 
su  forma  redondeada.  Todas  las  fortalezas  estaban  de  antemano 
abundantemente  provistas  de  estos  proyectiles?^ 

No  pudiendo,  pues,  hallarse  naturalmente  en  aquellas  alturas 
las  piedras  que  veiamos,  parecia  evidente  que  habían  sido  tras- 
portadas a  aquel  lugar  por  la  mano  del  hombre.  A  poco  pudimos 
ya  notar  que,  junto  con  las  abundantes  piedras  de  ese  jénero  que 
se  presentaban,  ya  diseminadas  o  en  pequeños  montones,  habia 
trechos  que  estaban  empedrados.  Nopodia,  pues,  ya  haber  lugar 
a  duda  alguna  que  esos  guijarros  habian  sido  trasportados  allí.  Pe- 
ro ¿quiénes  pudieron  darse  aquel  trabajo?  Verosímilmente  no  de- 
bia  atribuirse  a  una  obra  moderna,  porque  sus  restos  i  mas  que 
todo  su  objeto,  se  nos  habrían  presentado  con  toda  claridad;  i  si 
en  rigor  aquel  empedrado  no  debia  su  existencia  a  un  capricho 
de  un  hombre  rico  i  estravagante  de  los  que  suelen  presentarse 
en  estos  tiempos,  menos  podíamos  referirla  al  espíritu  práctico  i 
esencialmente  estrecho  de  nuestros  abuelos  los  españoles. 

Nos  hallábamos  en  el  curso  de  estas  reflecciones,  interesados, 
como  se  supondrá,  en  dar  la  razón  a  Rosales,  que  por  sus  indica- 
ciones nos  habia  puesto  en  el  camino  de  aquel  descubrimiento, 
cuando  prosiguiendo  nuestra  rebusca  topamos  con  los  «restos  de 
una  pared  o  mas  propiamente  de  una  pirca.  ¿Era  acaso  la  división 
de  un  antiguo  deslinde?  Muí  pronto  pudimos  convencernos  de 
que  no.  Lejos  de  llevar,  en  efecto,  en  su  dirección  una  línea  mas 
o  menos  recta  i  acentuada,  no  hacia  sino  doblarse  siguiendo  los 
contornos  del  cerrito,  i  como  si  todavía  este  indicio  no  fuera  bas- 

23.  Le  Pévon^  etc.^  páj.  66. 


i 


CAP.   XII. — LA  EDAD  DEL  BRONCE  345 

tante,  treinta  pasos  mas  abajo,  volvia  nuevamente  a  notarse  otra 
línea  de  circunvalación.  La  primera  a  su  vez  distaba  de  la  cúspi- 
de, otros  cincuenta  pasos.  No  ignorábamos  tampoco  que  la  voz 
vtalal  con  que  en  lengua  indíjena  se  designa  esta  clase  de  obras 
de  defensa,  significa  hacer  corrales. 

Estas  paredes  varían  en  su  anchura  de  un  metro  veinte  a  un 
metro  ochenta  centímetros,  i  han  sido  formadas  de  piedras  de  las 
que  existen  en  el  cerro,  mezcladas  i  unidas  entre  sí  por  simple 
barro.  No  tiene,  pues,  nada  de  estraño  que  con  un  larguísimo 
trascurso  de  tiempo  hayan  ido  desmoronándose  poco  a  poco, 
hasta  verse  reducidas,  como  están  hoi,  casi  hasta  el  nivel  del  suelo. 

Siguiendo  la  dirección  de  estas  pircas,  casi  enteramente  con- 
céntricas, pero  cuya  continuidad  aparece  ya  rota  por  los  años, 
puede  deducirse,  mediante  una  observación  atenta,  que  no  han 
tenido  sino  una  sola  puerta  de  entrada,  colocada  del  lado  oriente, 
como  lo  exijia  la  naturaleza  especial  de  la  localidad.  En  efecto, 
el  cordón  de  cerros  de  la  Angostura,  que  desde  el  punto  en  que 
lo  corta  el  estero  de  su  nombre  i  la  línea  del  ferrocarril,  corre 
lijeramente  inclinado  hacia  el  norte,  casi  en  dirección  recta  de 
oriente  a  poniente,  va  a  morir  en  el  morro  de  Collipeumo.  Esta 
pequeña  eminencia  que  se  encuentra,  según  nuestras  observacio- 
nes barométricas,  a  mil  quinientos  pies  de  altura  sobre  el  nivel 
del  mar  i  solo  a  ciento  veinticinco  del  trazo  del  ferrocarril,  está 
cinido  a  la  cadena  principal  por  una  angostura  o  depresión  de  fá- 
cil subida,  i  resguardada  del  lado  del  poniente  por  una  falda  bas- 
tante escarpada,  que  se  hace  completamente  inaccesible  por  el 
sur,  i  ademas,  por  ambos  lados,  por  los  esteros  de  Paine  i  la  An- 
gostura, que  allí  tienen  su  junción,  según  se  ha  dicho.  En  rigor, 
puede  decirse  que  la  parte  vulnerable  de  aquel  recinto,  como 
fortificación,  no  podía  hallarse  en  otro  lugar  que  en  la  rejion  del 
oriente,  que  es  la  que  lo  une  al  resto  de  la  cadena,  i  ahí  fué  donde 
con  excelente  previsión  acumularon,  al  parecer,  los  injenieros 
peruanos,  sus  medios  de  defensa  i  su  puerta  de  entrada.  En  ese 
-sitio  se  notan  al  presente  escavaciones  de  cierta  importancia,  de- 

44 


344  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

alto  del  cerrito  no  pocas  piedras  de  esas  que  arrastran  los  ríos,  i 
este  fué  ya  un  indicio  revelador  de  los  restos  que  buscábamos. 
En  efecto,  no  hacia  mucho  habiamos  leido  en  el  interesante  li- 
bro de  M.  Desjardins  el  siguiente  pasaje:  «Cuando  los  indios 
iban  a  la  guerra  llevaban  consigo  algunas  de  esas  piedras  sagra- 
das Uamüidas  pun4raucaSj  o  mas  bien  dicho  ppururaucca^  piedras 
que  los  sitiados  lanzaban  de  lo  alto  de  las  murallas  sobre  los  si- 
tiadores. Se  escojia,  en  jeneral,  ¡as  piedras  rodadas  por  /os  to- 
rrenteSj  como  mas  manejables  que  las  otras,  a  consecuencia  de 
su  forma  redondeada.  Todas  las  fortalezas  estaban  de  antemano 
abundantemente  provistas  de  estos  proyectiles^ 

No  pudiendo,  pues,  hallarse  naturalmente  en  aquellas  alturas 
las  piedras  que  veiamos,  parecia  evidente  que  habian  sido  tras- 
portadas a  aquel  lugar  por  la  mano  del  hombre.  A  poco  pudimos 
ya  notar  que,  junto  con  las  abundantes  piedras  de  ese  jénero  que 
se  presentaban,  ya  diseminadas  o  en  pequeños  montones,  babia 
trechos  que  estaban  empedrados.  No  podia,  pues,  ya  haber  lugar 
a  duda  alguna  que  esos  guijarros  habian  sido  trasportados  allí.  Pe- 
ro ¿quiénes  pudieron  darse  aquel  trabajo?  Verosímilmente  no  de- 
bia  atribuirse  a  una  obra  moderna,  porque  sus  restos  i  mas  que 
todo  su  objeto,  se  nos  habrían  presentado  con  toda  claridad;  i  si 
en  rigor  aquel  empedrado  no  debia  su  existencia  a  un  capricho 
de  un  hombre  rico  i  estravagante  de  los  que  suelen  presentarse 
en  estos  tiempos,  menos  podiamos  referirla  al  espíritu  práctico  i 
esencialmente  estrecho  de  nuestros  abuelos  los  españoles. 

Nos  hallábamos  en  el  curso  de  estas  reflecciones,  interesados, 
como  se  supondrá,  en  dar  la  razón  a  Rosales,  que  por  sus  indica- 
ciones nos  habia  puesto  en  el  camino  de  aquel  descubrimiento, 
cuando  prosiguiendo  nuestra  rebusca  topamos  con  los  restos  de 
una  pared  o  mas  propiamente  de  una  pirca.  ¿Era  acaso  la  división 
de  un  antiguo  deslinde?  Mui  pronto  pudimos  convencernos  de 
que  no.  Lejos  de  llevar,  en  efecto,  en  su  dirección  una  línea  mas 
o  menos  recta  i  acentuada,  no  hacia  sino  doblarse  siguiendo  los 
contornos  del  cerrito,  i  como  si  todavía  este  indicio  no  fuera  bas- 

23.  Le  Perón,  etc.,  páj.  66. 


CAP.   XII. — LA  EDAD   DEL  BRONCE  347 

iios.^1»  Las  maravillas  que  nos  cuentan  de  las  calzadas  peruanas, 
preciso  es  convenir  que  en  ésta  no  han  existido,  quizá  por  la  na- 
turaleza del  terreno,  que  no  necesitaba  ser  aplanado  ni  seguir  su 
demarcación  por  entre  barrancos  i  laderas.  La  senda  iba  siempre 
en. línea  recta,  sin  desviarse  hacia  las  aguadas  o  los  pastos  i  no 
abarcaba  mas  de  unos  cuatro  pies  de  ancho,  señalada  por  las 
piedras  que  se  habian  recojido  para  ponerlas  a  uno  i  otro  lado.^'* 
El  otro  camino  se  estendia  por  el  oriente  de  la  cordillera,  des- 
de la  provincia  de  los  Charcas  hasta  frente  a  Mendoza  í  aún, 
según  quieren  algunos,  hasta  mucho  mas  al  sur.  A  juicio  de 
Montesinos,  debe  considerarse  a  Huiracocha  como  autor  de  la 
obra,  quien  deseando  apartarse  de  la  común  senda  que  habian 
seguido  sus  predecesores  en  sus  escursiones  a  Chile,  envió  de- 
lante de  sí  injenieros  i  obreros  que  aplanasen  las  montañas  i 
construyesen  calzadas  de  piedra  donde  fuese  necesario,  aSe  co- 
locaron también  de  tres  en  tres  leguas  jentes  cuyo  oficio  era 
preparar  todo  lo  que  pudiera  ser  útil  a  los  viajeros  i  reparar  el 
camino.  Estos  trabajos,  continua  Montesinos,  están  hoi  entera- 
mente destruidos,  pues  apenas  si  quedan  vestijios.^» 

Según  opinión  de  otros,  sin  embargo,  debe  atribuirse  a  Huay- 
na  Capac  el  honor  de  haber  dado  principio  a  la  obra. 

Este  camino  de  la  sierra,  como  se  le  ha  llamado  en  contrapo- 
sición al  del  desierto,  doblaba  su  curso  frente  al  valle  de  Chile, 
i  subiendo  por  las  crestas  de  los  Andes  hasta  encontrar  la  que- 
brada en  que  corre  el  rio  de  Aconcagua,  venia  a  terminar  en  el 
centro  de  nuestro  territorio. 

«Cortas  memorias,  dice  Rosales,  han  permanecido  en  Chile 
destas  calzadas  de  los  Incas;  mas,  en  el  camino  que  va  del  valle 
de  Aconcagua  se  ven  muchas  casas  i  paredes  de  trincheras  o 
fuertes  de  piedra  tosca,  donde  se  alojaban  los  corredores  i  capi- 
tanes del  Inca  que  venian  en  socorro  del  ejército  que  militaba 
contra  los  indios  chilenos,  los  cuales  no  dieron  lugar  para  tan 

24.  Ewbank,  The  L\  S.  naval  astronomical  expedition,  t.  2.*»,  lug.  cit. 

25.  Véase  Philippi,  Viaje  al  desierto  de  Atacatna,  páj.  76. 

26.  Páj.  182. 


346  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

bidas  probablemente  a  que  los  españoles  supusieron  que  podrían 
encontrarse  allí  algunas  riquezas. 

Por  lo  demás,  considerado  como  punto  de  observación,  es 
inmejorable,  pues  desde  su  cumbre  se  domina  completamente  el 
valle  de  Santiago  hasta  sus  últimos  lindes  por  el  norte  i  por  el 
éste,  viéndose  únicamente  limitado  hacia  el  sur  i  el  poniente  por 
los  cerros  de  Acúleo. 

Aparece,  por  tanto,  evidente  que  esta  famosa  fortificación  es- 
tuvo desde  su  oríjen  destinada  a  asegurar  el  dominio  del  valle 
central  de  Mapuche,  siendo  de  advertir  que,  al  decir  de  Rosales, 
sucedía  otro  tanto  con  la  igualmente  celebrada  del  cerro  del 
Rio  Claro,  por  lo  que  toca  a  las  rejiones  que  siguen  hacia  el  sur. 
La  sujeción  de  los  naturales,  dentro  del  imperio  de  los  Incas, 
obedecia  así  a  un  sistema  no  menos  regular  que  el  que  los  espa- 
ñoles establecieron  mas  tarde  para  el  sostenimiento  de  las  co-- 
marcas  de  Arauco. 

Una  de  las  mejoras  de  mas  importancia  introducida  en  Chile 
por  los  Incas  fué  el  sistema  de  caminos  inaugurado  por  ellos. 
Estos  caminos,  como  se  sabe,  estaban  destinados  simplemente 
para  el  tránsito  de  hombres,  o  cuando  mas  para  el  de  llamas, 
animal  que  servia  a  los  peruanos  de  bestia  de  carga  i  a  la  vez  de 
alimento.  Los  cronistas  del  antiguo  imperio  de  los  Incas  no  tie- 
nen palabras  bastantes  con  que  ponderar  la  magnificencia  de  esas 
espléndidas  calzadas  que,  partiendo  del  Cuzco,  se  avanzaban  por 
el  norte  hasta  el  Ecuador  i  alcanzaban  por  el  sur  hasta  los  pri- 
meros valles  de  Chile,  atravesando  el  despoblado. 

Para  penetrar  al  valle  de  Aconcagua,  viniendo  del  Perú,  no 
hubo  al  principio  sino  un  solo  camino,  que  fué  el  que  Yupanqui 
mandó  labrar  al  través  del  desierto  de  Atacama  hasta  Copiapó  i 
que  hasta  hoi  conserva  su  denominación  de  «camino  del  Inca.» 
«Comienza  cerca  de  aquella  ciudad,  avanza  en  línea  casi  recta  ha- 
cia el  norte,  por  el  lado  del  oriente,  hasta  llegar  al  pié  del  cerro 
de  Tres  Puntas;  pasa  al  rededor  de  este  cerro,  que  tiene  siete  mil 
pies  de  altura,  i  recobra  en  seguida  su  dirección  primitiva...  Se 
han  encontrado  con  frecuencia  en  él  restos  de  artefactos  perua- 


CAP.   XII. — LA  EDAD  DEL  BRONCE  349 

mas  de  ellas  están  del  todo  arruinadas;  en  algunas  se  mantiene 
en  pié  alguna  gran  parte  del  muro,  i  en  muí  raras  alguna  peque- 
ña porción  de  la  techumbre.  Rústicas  máquinas  que  por  ser  en 
parajes  tan  yermos  exitan  la  curiosidad  a  su  inspección  i  detienen 
gustosamente  al  caminante,  aliviando  el  tedio  de  la  fatiga  i  ries- 
go con  darle  materia  para  que  filosofe  a  su  modo  sobre  la  causa 
eficiente  i  final  de  unos  monumentos  a  los  cuales  hace  mas  que  el 
sitio  i  la  forma  venerables  la  antigüedad.^*^» 

dEstas  ruinas,  dice  un  moderno  escritor,  que  mas  parecen  de 
pequeños  corrales,  que  de  chozas  o  habitaciones  humanas,  exis- 
ten todavía  de  trecho  en  trecho  en  el  camino  de  Uspallata,  i  los 
arrieros  denominan  esos  parajes  tambos  i  tambtllos^  lo  mismo  que 
los  indios  peruanos/'^i> 

El  célebre  Carlos  Darwin,  que  viajó  también  por  estas  rejio- 
nes  nos  ha  dejado  algunos  datos  interesantes  con  apreciaciones 
no  menos  juiciosas  acerca  de  las  construcciones  que  se  observan 
en  lo  alto  de  las  cordilleras. 

«Cerca  del  puente  del  Inca  se  encuentran,  dice,  algunas  ruinas 
de  antiguos  edificios  indíjenas.  Esto  sucede  también  en  varias 
otras  partes;  pero  las  mas  perfectas  que  yo  v£  fueron  las  ruinas 
de  Tambillos.  Se  encontraban  allí  agrupados  pequeños  departa- 
mentos cuadrados,  aunque  en  distintos  grupos.  Algunos  de  los 
umbrales  aún  permanecian,  i  eran  formados  por  un  trozo  de  pie- 
dra atravesada,  pero  solo  a  la  altura  de  tres  pies.  Ulloa  en  sus 
Noticias  americanas  hace  notar  lo  bajo  de  las  puertas  en  las  an- 
tiguas habitaciones  de  los  Incas.  Estas  casas,  cuando  intactas,  de- 
ben haber  podido  contener  un  número  considerable  de  personas. 
La  tradición  apunta  que  se  usaron  como  lugares  de  descanso  pa- 
ra los  Incas,  cuando  cruzaron  estas  montañas.  Se  han  descubierto 
restos  de  habitaciones  indíjenas  en  muchas  partes  de  la  cordille- 
ra, donde  no  parece  probable  que  hubiesen  sido  construidas  como 
simples  lugares  de  reposo;  sino  donde  la  tierra  es  tan  estraña  a 
toda  clase  de  cultivo,  como  cerca  de  los  Tambillos  o  puentes  del 

28.  Olivares,  Historia  de  Chile^  páj.  18. 

29.  Nota  a  Rosales,  páj.  199. 


i 


348  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

largo  sosiego,  ni  se  rindieron  de  manera  que  sirviesen  «1  estas 
fábricas.  Demás  de  que  la  cordillera  es  aquí  tan  áspera,  doblada 
i  fría,  que  les  habia  de  costar  mui  caro  andar  en  ella  en  tiempo 
de  invierno.  I  las  casas  que  en  ella  hai  son  muchas,  i  no  por  un 
camino  seguido  sino  por  varios  cerros  i  cordilleras,  con  que  pre- 
sumen muchos  que  las  hicieron  para  labrar  las  minas  que  en  ellas 
hai,  porque  en  algunas  partes  se  ven  señales  de  hornillos,  lava- 
deros i  pilas  de  piedras  en  que  molian  metales.^» 

Dando  testimonio  de  estos  mismos  vestijios  dice  otro  jesuita^ 
que  «en  la  cordillera  i  en  los  valles  por  donde  se  camina  se  ven 
varias  casas,  de  las  cuales  no  se  puede  conjeturar  otra  cosa  sino 
que  las  hayan  hecho  los  indios  del  Perú  por  orden  de  sus  mo- 
narcas o  de  sus  jeneralísimos,  para  dar  a  los  jefes  o  subalternos 
de  las  tropas  que  pasaban  a  Chile  defensa  contra  las  nieves  €► 
abrigo  contra  los  aires  delgados  i  fríos  que  se  dejan  sentir  en 
tanta  elevación  por  las  noches,  aún  en  los  meses  mas  calientes • 
Están  dichas  casas  comunmente  en  distancias  proporcionadas  a 
las  marchas  de  un  ejército,  aunque  no  en  todas  se  observa  esta 
regularidad  porque  a  las  veces  se  encuentran  algunas  a  la  legua 
i  aún  poco  menos  de  las  otras,  i  se  puede  creer  del  formidable 
poder  de  aquellos  príncipes,  que  lo  tenian  aún  sus  criados  para 
fabricar  edificios  con  el  fin  de  pasar  una  noche  en  alivio  i  osten- 
tación. 

«Son  los  edificios  con  paredes  i  techo  de  piedra  no  labrada  ni 
unida  con  mezcla,  sino  acomodada  por  la  artificiosa  prolijidad 
de  buscar  las  caras  para  la  parte  esterior  i  los  ajustes  para  la  in- 
terior, según  ofrecia  su  misma  configuración;  i  así  han  durada 
estos  edificios  algunos  centenares  de  años  en  tierra  de  tantos 
terremotos,  i  sin  haber  quien  cuide  de  reparar  las  ruinas,  que  es 
cosa  mui  para  admirar.  Suele  haber  en  cada  paraje  muchas  juntas, 
i  siempre  descuella  alguna  de  ellas  en  la  altura  i  excede  en  la 
capacidad  a  las  demás,  como  destinada  al  parecer  para  honroso  i 
cómodo  hospedaje  de  los  jefes  i  de  sus  numerosas  familias.  Las 

27.  Historia jioxwA^  páj.  199. 


CAP.   XII. — ^LA  EDAD  DEL  BRONCE  35 1 

la  ventaja  de  las  bestias  de  carga,  una  mina,  a  menos  que  fuese 
mui  rica,  escasamente  podria  ser  esplotada  con  provecho.  ¡I  los 
indios  lo  elejian  como  lugar  de  residencia  en  lo  antiguo!  Si  en 
la  época  presente  cayesen  dos  o  tres  aguarceros  en  el  año,  en  lu- 
gar de  uno  en  el  espacio  de  tres  o  cuatro,  como  sucede  actual- 
mente, se  formaría  probablemente  un  pequeño  hilo  de  agua  en 
este  estenso  valle,  i  en  seguida  por  la  irrigación  (cuyo  método 
entendían  tan  bien  los  indios)  podria  el  suelo  rendir  fácilmente 
alimento  para  unas  pocas  familias.^JD 

De  una  relación  del  capitán  Olaverría,  citada  anteriormente, 
aparece,  sin  embargo,  que  los  restos  del  ejército  peruano  que 
quedaban  en  Chile  después  de  su  gran  derrota  al  sur  del  Maule, 
emprendieron  su  retirada  a  la  tierra  nativa  al  través  de  la  cordi- 
llera, pero  siguiendo  el  cajón  del  rio  Putagan.  Debemos,  por  tan- 
to, deducir  de  aquí  que  aquella  senda  era  ya  entonces  practicable 
i  conocida  de  los  indios  i  que  acaso  junto  con  la  via  principal 
de  Aconcagua,  babia  muchas  otras  paralelas  que,  ascendiendo 
por  el  curso  de  los  rios,  iban  a  entroncarse  a  la  gran  ruta  que 
corria  del  otro  lado  de  los  Andes. 

¡Sabe  Dios  si  acaso  ese  misterioso  cuanto  ignorado  camino  por 
el  cual  es  fama  pasaban  la  cordillera  en  el  sur  de  Chile  las  car- 
retas que  venian  de  Buenos  Aires,  no  tuvo  también  oríjen  en 
noticias  trasmitidas  desde  aquella  reuiota  época! 

Mas,  dejando  aparte  hipótesis  mas  o  menos  probables,  con- 
viene por  un  momento  recordar  los  variados  servicios  que  los 
Incas  tenian  implantados  en  la  larga  estension  de  sus  vias  de  co- 
municación; pero  como  no  nos  es  posible  entrar  en  detalles  que 
han  sido  ya  descritos  con  maestría,  bastará  con  que  digamos  que 
habia  allí  empleados  para  el  servicio  de  los  correos  o  mensajeros 
del  soberano;  jentes  encargadas  de  reparar  la  senda,  como  lo 
hemos  ya  apuntado;  casas  i  almacenes  destinados  a  guardar  los 
víveres  i  ropa  i  armas  i  cuanto  era  menester  para  el  servicio  del 
ejército,  etc.,  etc. 

30.  Páj.  409. 


i 


350  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

Inca.  En  el  paso  del  Portillo  vi  un  grupo  de  estas  ruinas.  En  la 
quebrada  de  Jahuel,  cerca  de  Aconcagua,  donde  no  hai  senda, 
oí  hablar  de  numerosos  restos  situados  en  una  gran  elevación, 
donde  a  la  vez  hace  mucho  frió  i  es  en  estremo  incultivable.  Al 
principio  pensó  que  estas  casas  eran  sitios  de  refujio  construidos 
por  los  indios  cuando  la  primera  llegada  de  los  españoles;  pero 
después  me  he  sentido  mas  bien  inclinado  a  pensar  en  la  posibi- 
lidad de  un  pequeño  cambio  de  clima.» 

ccEn  el  norte  de  Chile,  en  la  cordillera  de  Copiapó,  se  encuen- 
tran en  muchos  lugares  antiguas  casas  indíjenas;  i  cavando  entre 
las  ruinas  no  es  raro  descubrir  restos  de  artículos  de  lana,  obje- 
tos de  metales  preciosos  i  mazorcas  de  maíz.  Poseo  por  este  me- 
dio una  punta  de  flecha  de  ágata  precisamente  de  la  misma  forma 
de  las  que  al  presente  se  usan  en  la  Tierra  del  Fuego.  No  ignoro 
que  los  indios  peruanos — (Mr.  Pentclant  aún  considera  que  la  in- 
clinación por  los  sitios  elevados  es  característica  de  esta  raza — 
{Geograph.  y^otim)  frecuentemente  habitan  lasrejiones  mas  frías 
i  elevadas;  pero  en  estos  casos,  se  me  aseguró  por  hombres  que 
han  gastado  su  vida  viajando  en  los  Andes,  que  se  encontraban 
muchísimas  casas  en  sitios  tan  elevados  que  alcanzaban  al  límite 
de  las  nieves  eternas  i  en  parte  donde  no  existen  pasos  i  donde 
la  tierra  no  produce  absolutamente  nada,  i  lo  que  es  mas  estraor- 
dinario,  donde  no  hai  agua.  Sin  embargo,  la  opinión  de  los  natu- 
rales es  que,  según  la  apariencia  de  las  construcciones,  debieron 
haber  sido  lugares  de  residencia.  En  el  despoblado,  cerca  de  Co- 
piapó, en  un  sitio  llamado  Punta  Gorda,  vi  los  restos  de  siete  u 
ocho  pequeños  cuartos  cuadrados,  de  una  forma  semejante  a  los 
de  Tambillos,  pero  construidos  principalmente  de  barro  (que  los 
actuales  habitantes  no  pueden  imitar  como  durabilidad)  en  lugar 
de  piedra.  Estaban  situados  en  los  lugares  mas  conspicuos  i  de- 
sabrigados, en  la  estremidad  de  un  valle  ancho  i  plano.  No  habia 
agua  sino  a  tres  o  cuatro  leguas  de  distancia,  i  esto  en  mui  corta 
cantidad  i  mala,  el  suelo  era  enteramente  estéril,  i  en  vano  bus- 
qué siquiera  un  liquen  que  adhiriese  a  las  rocas.  Al  presente,  con 


CAP.   XII. — LA   EDAD   DEL  BRONCE  353 

merosas  ruinas  de  canales  de  riego  que  se  encuentran  en  mu- 
chas partes  de  la  localidad.^jp 

Pasando  ahora  a  casos  concretos  que  justifiquen  la  tesis  que 
los  escritores  que  citamos  establecen,  tenemos  que,  en  cuanto  a 
acueductos  subterráneos,  parece  que  debió  tener  oríjen  peruano 
uno  que  se  descubrió  precisamente  en  el  local  que  al  presente 
ocupan  las  casas  de  los  Baños  de  Colina.  El  agua  era  conducida 
por  la  quebrada  en  tubos  de  greda,  como  de  un  decímetro  de 
diámetro,  i  sin  duda  alguna,  estaban  destinados  a  aprovechar  las 
escasas  aguas  del  verano  para  conducirlas,  mediante  su  alto  nivel, 
a  algún  punto  del  valle. 

En  cuanto  a  acequias  descubiertas  nuestros  datos  son  mas 
abundantes  i  seguros. 

En  la  sesión  que  celebró  el  Cabildo  de  Santiago  en  28  de  no- 
viembre de  1552,  presentóse  Pero  Gómez,  vecino  de  la  ciudad, 
con  un  mandamiento  del  Gobernador  en  que  se  ordenaba  se  die- 
se a  los  indios  del  dicho  vecino  unas  tierras  que  aseguraba  eran 
suyas  i  que  le  hablan  sido  arrebatadas.  Los  cabildantes  declara- 
ron en  el  acto  que  lo  obedecían,  pero  que  en  cuanto  a  llevarlo  a 
debido  cumplimiento,  eso  era  otra  cosa,  pues  comisionaron  a  un 
alcalde  i  dos  rejidores  para  que  fuesen  a  ver  las  tierras  e  infor- 
masen a  la  corporación,  la  cual  al  mismo  tiempo  dispuso  que  Pe- 
ro Gómez  «probase  i  averiguase  como  esta  acequia  i  tierras  que 
pide  de  la  madera  cómo  era  i  la  gozaban  los  mitimaes  que  eran 
del  Inga  i  i  que  cuando  el  seftor  Gobernador  entró  en  esta  tierra 
no  la  poseia  Talagante,  cacique.^ jo... 

Sobre  esta  misma  acequia  encontramos  también  en  las  actas 
del  Cabildo  de  14  de  abril  de  1553,  una  nueva  resolución,  por  la 
cual  se  mandaron  ver  las  tierras  «que  están  junto  a  la  dicha  ace- 
quia, que  solian  ser  de  los  mitimaes  del  Inga;  que  se  entiende 
donde  se  puedan  sustentar  i  estar  allí  poblados  el  principal  Hue- 
lenhuala  i  sus  indios.*^i> 

33.  Historia  de  Chile,  Agricultura^  t.  I,  páj.  2. 

34.  Actas  del  Cabildo^  páj.  317. 

35.  Id.,  páj.  347. 

45 


\ 


352  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

íiLa  hidrotecnia  de  los  antiguos  peruanos,  dicen  Rivero  i  Tschu- 
di,  merece  nuestra  atención  tanto  como  la  arquitectura.  Fabrica- 
ban acequias  descubiertas,  llamadas  r^rr^cac,  i  acueductos  subter- 
ráneos de  asombrosa  estension,  venciendo  todas  las  dificultades 
que  les  oponia  la  naturaleza,  con  sumo  arte,  con  el  objeto  de 
fertilizar  los  campos  áridos.'^» 

Disertando  sobre  esta  misma  materia,  un  viajero  de  estos  últi- 
mos años,  declara  que,  «el  sistema  de  regadío  de  los  antiguos 
peruanos  es  mui  digno  de  atención.  Aún  en  las  partes  donde 
llueve  seis  meses  en  el  año,  construían  inmensos  canales  de  re- 
gadío. No  solo  economizaban  los  mas  pequeños  retazos  de  tierra, 
edificando  sus  habitaciones  i  ciudades  en  lugares  inadecuados 
para  el  cultivo,  i  enterraban  sus  muertos  donde  no  'podian  me- 
noscabar el  terreno  cultivable,  sino  que  terraplenaban  las  faldas 
de  los  cerros  hasta  la  altura  de  cientos  i  miles  de  pies  i  condu- 
cian  las  aguas  de  las  fuentes  de  las  montañas  i  torrentes  basta 
que  se  perdian  abajo  en  los  valles.  Estas  acequias,  como  se  las 
llama  hoi,  fueron  a  menudo  de  un  tamaño  i  estension  conside- 
rables, alargándose  en  algunos  casos  hasta  centenares  de  mi- 
llas...*^!) 

Estas  manifestaciones  del  desarrollo  a  que  había  alcanzado  el 
arte  incarial  aplicado  a  la  agricultura,  se  encuentran  también  re- 
presentadas en  Chile,  aunque  naturalmente  no  con  las  propor- 
ciones i  magnitud  a  que  según  se  afirma  alcanzó  a  llegar  en  las 
rej iones  centrales  del  imperio.  Estos  adelantos,  como  lo  dice  don 
Claudio  Gay,  tuvieron  su  oríjen  «en  el  vivo  amor  que  los  perua- 
nos tenian  a  la  agricultura,  que  era  inmediatamente  introducido 
en  los  pueblos  que  sus  conquistas,  eminentemente  civilizadoras, 
reunian  a  esta  gran  monarquía.  Asi  es  que  desde  que  el  norte  de 
Chile  fué  dominado  por  el  Inca  Yupanqui,  se  estableció  en  este 
territorio  una  cultura  de  cuyo  progreso  dan  testimonio  las  nu- 


31.  Antija^ihuftuies  pcrnauasy  páj.  253. 

3J.  IC.  (fcoi^c  Squier.  Pcrü^   íncidents  of  travel  and  exploration  in  the  latid 
of  the  líuaSy  Loiulon,  1877,  8.^ 


CAP.   XII. — ^LA   EDAD   DEL  BRONCE  355 

que  ellos  introdujeron  el  ají,  la  quínua,  la  especie  de  fréjol 
llamado  pallar,  objetos  que  con  el  maíz,  el  madi  i  las  papas  re- 
presentaban los  únicos  productos  agrícolas  del  país.i> 

Cualquiera  que  conozca  medianamente  la  antigua  historia  del 
Perú  habrá  podido  notar  que  la  tendencia,  así  del  gobierno  como 
del  pueblo,  era  realizar  en  común  las  faenas  que  se  ofrecian,  cons- 
tituyendo sociedades  de  ocasión  destinadas  a  realizar  en  conjunto 
la  obra  de  cada  uno  i  disfrazando  el  trabajo  bajo  la  apariencia  de 
una  fiesta.  «Aquí  también,  en  Chile,  declara  M.  Gay,  se  cantaban 
himnos  de  alegría  en  medio  de  los  trabajos,  i  si  al  presente  no 
tiene  ya  el  viajero  oportunidad  de  escucharlos,  como  en  el  Perú, 
a  no  ser  en  algunos  parajes  retirados  de  la  provincia  deChiloé,® 
donde  se  les  llama  Pur-rtí^  puede  aún  presenciar  ciertos  regocijos 
que,  con  el  nombre  de  mingacos^  se  ven  en  algunos  lugares,  sien- 
do, sobre  todo,  en  el  sur  donde  se  han  conservado  con  mas  o 
menos  pureza  estos  mingacos.  Allí,  mediante  algunos  platos  i  al- 
gunos cántaros  de  vino,*°  todo  propietario  reúne  suficientes  tra- 
bajadores para  ayudarle  en  sus  cosechas,  teniéndose  por  dichosos 
al  concurrir  gratuitamente  a  trabajos  en  que  el  goce  i  la  alegría 
tienen  tan  gran  parte.*^» 

En  cuanto  a  la  industria,  es  manifiesto  que  en  la  alfarería,  so- 
bre todo,  los  peruanos  mejoraron  de  una  manera  estraordinaria 
el  arte  que  al  tiempo  de  la  conquista  que  realizaron  existia  en 
Chile,  Es  natural  preguntarse,  estudiando  la  parte  interna  de  al- 
gunos de  los  objetos  de  barro  que  actualmente  poseemos  estrai- 
dos  de  los  sepulcros,  si  han  sido  fabricados  al  torno.  I  mientras 
mas  al  norte  de  nuestro  país  se  encuentran  dichos  objetos,  tanto 
mas  marcada  es  la  semejanza  que  puede  encontrarse  con  aquellos 
tenidos  por  jenuinamente  peruanos.  Hacia  el  norte,  el  pulimento 
es  mas  fino,  la  forma  mas  elegante,  las  imitaciones  humanas  en 
los  objetos  comienzan  a  aparecer,  i  la  pintura  asume  esos  colores 
hermosos  que  ni  el  tiempo  ni  su  larga  permanencia  bajo  de  tie- 

39.  Nótese,  sin  embargo,  que  los  peruanos  jamas  llegaron  hasta  Chiloé. 

40.  El  autor  no  debia  olvidar  la  música  i  el  baile. 

41.  Agricultura  y  t.  I,  páj.  2. 


354  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

De  la  misma  fuente  consta  también  que  existia  en  aquella  épo- 
ca la  acequia  que  se  llamaba  de  Charamahuida,  que  salia  del  rio 
Maipo,  i  otra  intitulada  de  Inca  Gorongo,  principal  señor  de 
Apochame.*^ 

Pero  el  dato  mas  preciso  sobre  esta  materia  i  con  mucho  el 
mas  importante  de  todos  es  el  que  consigua  el  minucioso  Rosa- 
les, quien  refiere  que  un  gobernador  del  Inca,  llamado  Vitacu- 
ra,  hizo  abrir  a  fuerza  de  brazos  una  acequia  en  el  lugar  que  hoi 
se  llama  del  Salto,  en  las  cercanías  de  Santiago,  para  regar  las 
sementeras  del  valle  que  se  estiende  desde  el  pié  de  los  cerros 
de  donde  nace  el  agua.  Esta  acequia,  conocida  hasta  hoi  por  el 
nombre  del  que  la  hizo  abrir  i  cuyas  huellas  pueden  aún  clara- 
mente percibirse,  se  hizo  famosa  sobre  todas  por  la  trájica  histo- 
ria que  envolvió  su  construcción,  ccpues  después  de  haber  suda- 
do en  hacerla  mucho  tiempo,  porque  no  se  acabó  para  el  dia  que 
habia  determinado  que  corriese  el  agua,  hizo  que  corriese  por 
ella  sangre  de  cinco  mil  indios.^» 

El  abate  Molina,  hablando  en  jeneral  sobre  el  arte  de  los  pri- 
mitivos indios,  dice:  «Se  ven  también  en  varias  partes  del  reino 
canales  conducidos  con  intelijencia,  de  los  cuales  aquellos  natu- 
rales se  servian  para  regar  sus  campos».  I  con  relación  al  canal 
de  Vitacura,  según  es  fácil  deducirlo,  espresa  que  entre  todos 
merece  especial  atención  por  su  subsistencia  i  dirección,  «el  que 
costea  por  el  espacio  de  muchas  millas  las  ásperas  faldas  de  los 
montes  vecinos  a  la  capital,  i  que  baña  la  tierra  situada  al  se- 
tentrion  de  lamisma.D 

Dados  estos  antecedentes  i  la  práctica  i  saber  de  los  perua- 
nos establecidos  en  el  norte  de  Chile,  es  mui  probable,  como 
se  expresan  M.  Gay  i  Córdoba  i  Figueroa^  que  ellos  contri- 
buyesen en  mucho  a  fomentar  los  progresos  de  la  agricultura. 
((Hai,  ademas,  razones  para  creer,    continúa  el    mismo   autor, 

36.  Actas,  pájs.  124  i  126. 

37.  Historia  de  Chile,  tom.  I.  páj.  406.  Vitacura  estaba  aún  en  Mapuche 
cuando  llegó  Pedro  de  Valdivia.  Marino  de  Lovera,  páj.  45. 

38.  Historia  de  Chile ^  páj.  32. 


CAP,   XII.— LA  EDAD  DEL  BltONCE  357 

fias  asas.  La  cara  interna  está  pintada  de  blanco,  i  dividida  por 
mitad,  en  la  dirección  de  las  asas,  por  una  lista  de  dibujos. 

A  esta  misma  clase  pertenece  la  número  165,  de  Freirina,  que 
representa,  al  parecer,  una  especie  de  ave  acuática,  con  cabeza  i 
cola.  En  la  superficie  interna  se  han  formado  cuatro  secciones,  dos 
de  las  cuales  están  adornadas  con  pequ  eños  dibujos  de  flamencos, 
{Phaenicopteriis. ) 

Procede  de  Copiapó  el  utensilio  de  esta  especie  figurado  en  el 
número  164.  En  su  cara  interna,  i  en  direcciones  ^alternadas  se 
ven  dos  dibujos  bastante  elegantes,  i  en  su  parte  esterna,  también 
alternadas,  dos  pinturas  en  forma  de  escalerillas,  encerradas  den- 
tro de  un  trapecio  i  separadas  por  una  línea  trasversal. 

Las  figuras  166-170  nos  muestran  cinco  de  estos  objetos,  to- 
dos procedentes  de  Tongoi,  que  llaman  la  atención  por  la  varie- 
dad de  los  dibujos  de  la  parte  esterna,  i  especialmente  los  dos 
últimos  por  representar  de  relieve  un  pájaro  i  un  pescado. 

Los  números  }j\  i  172  figuran  dos  de  estos  pequeños  pla- 
tillos, bailados  en  Conchalí,  en  las  vecindades  de  Santiago.  El 
primero  está  adornado  con  dibujos  en  su  cara  esterior,  i  el  se- 
gundo en  la  mitad  de  su  parte  esterna. 

La  taza  marcada  con  el  número  1 73,  procede  de  Valdivia,  i  como 
se  ve,  se  acerca  mucho  a  las  que  hoi  se  usan  como  fuentes  en 
nuestros  campos.  La  tosquedad  de  la  obra  se  estiende  igualmen- 
te a  las  dos  tazitas  que  le  siguen  en  numeración,  i  de  las  cuales  la 
primera,  provista  de  dos  pequeños  apéndices,  es  de  Copiapó,  i  la 
restante  de  las  cinco,  de  Valdivia. 

Del  examen  i  comparación  de  los  utensilios  de  esta  especie 
podemos,  pues,  deducir,  que  si  bien  en  el  norte  de  Chile,  hasta 
Santiago,  en  el  país  sometido  propiamente  a  los  Incas,  la  indus- 
tria de  la  alfarería  era  notable,  también,  probablemente  la  jen  te 
menos  acomodada,  usaba  aún  objetos  bastante  toscos.  Del  sur 
no  conocemos  platos  adornados  con  pinturas,  aunque  sí  algunos 
cántaros. 

De  estos,  uno  de  los  únicos  que  hayamos  visto  representando 
alguna  figura  humana  es  el  que  damos  de  tamaño  natural  con  el 


i 


356  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

rra  han  conseguido  hacer  totalmente  desaparecer.  En  los  objetos 
sacados  de  los  sepulcros  que  existen  desde  Maipo  al  sur,  por  el 
contrario,  las  pinturas  casi  no  existen,  la  forma  humana  desapa- 
rece del  todo,  i  en  lugar  del  trabajo  bien  concluido  i  hasta  ele- 
gante, solo  se  encuentran  vasijas  de  una  arcilla  tosca  i  de  formas 
poco  simétricas.  En  nuestro  álbum  puede,  por  decirse  así,  seguirse 
casi  paso  a  paso  este  progreso  del  arte  desde  el  sur  hacia  el  nor- 
te. Sin  embargo,  en  Valdivia  es  de  notarse  que  existia  una  cierta 
superioridad  sobre  los  trabajos  semejantes  de  las  provincias  in- 
termedias, constituyendo  de  este  modo  un  centro  aparte. 

El  cocimiento  se  hacia  en  hoyos  escavados  en  las  paredes  de 
las  quebradas,^^  i  así  preparadas  las  piezas,  se  barnizaban  después 
con  tierras  minerales  de  distintos  colores,  que  llamaban  en  jene- 
ral  cola.  Hablando  al  rei  de  estos  utensilios,  sin  distinción  de 
localidades,  Pedro  de  Valdivia  aseguraba  que  los  indios  de  Chile 
c(tenian  muchas  i  mui  pulidas  vasijas  de  barro.'*^» 

En  el  Atlas  hemos  dado  primero  colocación  a  las  tazas  i  plati- 
llos, siguiendo,  en  cuanto  ha  sido  posible,  la  separación  correspon- 
diente a  las  localidades.  La  taza  número  161,  de  propiedad  de 
don  Demetrio  Lastarria,  es  de  una  greda  bastante  fina,  de  pa- 
redes mui  delgadas  i  de  forma  elegante.  Ha  sido  estraida  de 
una  escavacion  practicada  cerca  del  puerto  de  Blanco  Encalada, 
i  tiene  veinticuatro  centímetros  de  diámetro  en  su  abertura,  i 
once  de  alto.  Los  dibujos  con  que  están  adornadas  las  paredes 
esteriores  aparecen  divididas  en  dos  secciones  diversas  i  alterna- 
das: una  en  figura  de  triángulo,  formada  por  pequeños  biscochos 
de  dibujo  idéntico,  que  van  paulatinamente  decreciendo  hacia  la 
base;  i  otra,  mas  o  menos  cuadrangular,  de  dibujos  varios,  pinta- 
dos de  tres  colores. 

La  figura  número  162  representa  un  platillo  relativamente 
chato,  sacado  de  una  huaca  de  Vallenar,  i  provisto  de  dos  peque- 


42.  Molina,  Historia  natural^  lib.  I,  cap.  IV.  Los  araucanos  llaman  al  aliare 
ro  hiieyduñ^  i  tienen  la  voz  covillca^  cocer  losa. 

43.  Cartas^  páj.  65. 


CAP.    XII. — LA    EDAD  DEL   BRONCE  357 

ñas  asas.  La  cara  interna  está  pintada  de  blanco,  i  dividida  por 
mitad,  en  la  dirección  de  las  asas,  por  una  lista  de  dibujos. 

A  esta  misma  clase  pertenece  la  número  165,  de  Freirina,  que 
representa,  al  parecer,  una  especie  de  ave  acuática,  con  cabeza  i 
cola.  En  la  superficie  interna  se  han  formado  cuatro  secciones,  dos 
de  las  cuales  están  adornadas  con  pequ  eños  dibujos  de  flamencos, 
{Phaenicopterus, ) 

Procede  de  Copiapó  el  utensilio  de  esta  especie  figurado  en  el 
número  164.  En  su  cara  interna,  i  en  direcciones  ^alternadas  se 
ven  dos  dibujos  bastante  elegantes,  i  en  su  parte  esterna,  también 
alternadas,  dos  pinturas  en  forma  de  escalerillas,  encerradas  den- 
tro de  un  trapecio  i  separadas  por  una  línea   trasversal. 

Las  figuras  166-170  nos  muestran  cinco  de  estos  objetos,  to- 
dos procedentes  de  Tongoi,  que  llaman  la  atención  por  la  varie- 
dad de  los  dibujos  de  la  parte  esterna,  i  especialmente  los  dos 
últimos  por  representar  de  relieve  un  pájaro  i  un  pescado. 

Los  números  171  i  172  figuran  dos  de  estos  pequeños  pla- 
tillos, hallados  en  Conchalí,  en  las  vecindades  de  Santiago.  El 
primero  está  adornado  con  dibujos  en  su  cara  esterior,  i  el  se- 
gundo en  la  mitad  de  su  parte  esterna. 

Lataza  marcada  con  el  número  173,  procede  de  Valdivia,  i  como 
se  ve,  se  acerca  mucho  a  las  que   hoi  se  usan  como   fuentes  en 
nuestros  campos.  La  tosquedad  de  la  obra  se  estiende  igualmen- 
te a  las  dostazitas  que  le  siguen  en  numeración,  i  de  las  cuales  la 
jjrimera,  provista  de  dos  pequeños  apéndices,  es  de  Copiapó,  i  la 
restante  de  las  cinco,  de  Valdivia. 

Del  examen  i  comparación  de  los  utensilios  de  esta  especie 
mos,  pues,  deducir,  que  si  bien   en  el  norte  de  Chile,  hasta 
antiago,  en  el  país  sometido   propiamente  a  los  Incas,  la  indus- 
ria  de  la  alfarería  era  notable,  también,   probablemente  la  jente 
tiénos  acomodada,  usaba   aún   objetos   bastante  toscos.  Del  sur 
o  conocemos  platos  adornados  con  pinturas,  aunque  sí  algunos 
¿ntaros. 

De  estos,  uno  de  los  únicos  que  hayamos  visto  representando 
I  ¿una  figura  humana  es  el  que  damos  de  tamaño  natural  con  el 


358  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

niiinero  175.  Ha  sido  sacado  de  una  sepultura  de  Petorca  i  per- 
tenece al  señor  Lastarria.  Sobre  la  cabeza  tiene  una  especie  de 
bonete,  que  constituye  la  boca  del  cántaro,  desprendiéndose  ha- 
cia el  frente  dos  amarras  o  trenzas,  que  rematan  en  unas  cabezas 
de  reptil.  El  peinado  está  constituido  por  una  serie  de  estas 
trenzas  provistas  de  las  mismas  figuras.  Las  prominencias  o  joro- 
bas que  se  notan  hacia  la  parte  superior  del  utensilio  son  proba- 
blemente adornos  de  mera  fantasía. 

Al  lado  de  la  lámina  prece  dente  damos  otra  figura,  procedente 
de  Iquique,  que  hemos  colocado  ahí  como  comparación  i  porque 
al  fin  i  al  cabo,  hoi  por  hoi,  debemos  considerarla  como  chilena. 
En  la  posición  en  que  se  ve,  representa  un  hombre  o  mujer  sen- 
tado sobre  sus  rodillas,  sosteniendo  en  la  cabeza  una  gran  re- 
dondela,  de  cuya  base  se  desprende  una  túnica,  que  el  individuo 
sostiene  por  sus  estremidades  con  ambas  manos.  En  la  cintura 
tiene  una  faja  bien  adornada;  i  la  abertura  del  cántaro  está  colo- 
cada en  un  tubo,  tras  de  la  redondela  puesta  sobre  la  cabeza. 

La  figura  177,  que  es  casi  en  un  todo  idéntica  con  la  181,  pro- 
cedente la  primera  de  Vallenar  i  la  segunda  de  Freirina,  ambas 
de  tamaño  natural,  tienen  dos  golletes:  uno  de  ellos  representa 
una  cabeza  de  ave  con  su  cuello,  i  el  otro  sirve  de  abertura,  jes- 
tando  los  dos  reunidos  por  una  asa. 

Se  ha  querido  también  figurar  al  parecer  una  ave  de  ribera, 
algo  como  un  pato,  en  la  número  178,  encontrada  en  la  hacien- 
da del  Principal,  cerca  de  Santiago,  de  cuyas  vecindades  tiene 
también  oríjen  la  número  183,  dibujada  en  el  tercio  de  su  tama- 
ño, de  la  cual  el  señor  Ewbank  que  la  descubrió  hace  ya  algunos 
años,  dice  dser  perfectamente  alisada,  suave  al  tacto,  i  que  per- 
tenece a  la  clase  de  objetos  que  podriamos  llamar  de  fantasía, 
útiles  para  los  menesteres  diarios  como  para  la  ornamentación. i> 

Debemos  colocar  entre  los  cántaros   provistos  de  asas  i  ador- 
nados con  figuras  humanas  o  animales  a  los  que  presentamos  di- 
bujados con  los  números  186, 67  i  68.  El  primero  ha  sido  sacado 
de  Tongoy,  i  como  en  los  dos  restantes,  uno  de  los  golletes  sus 
tenta  la  figura,  mientras  el  otro  sirve  de  abertura.  El  señor  don 


CAP.   XII. — L\  EDAD   DEL   BRONCE  36 1 

al  paso  que  en  esas  partes  es  relativamente  fácil  procurarse  ma- 
teriales de  esta  especie,  en  el  sur,  por  el  contrario,  las  dificulta- 
des son  infinitamente  mayores,  especialmente  si  se  atiende  a  los 
medios  de  esplotacion  con  que  contaban  los  industriales  perua- 
nos. Nada,  pues,  tiene  de  estraño,  i  por  la  inversa  aparece  mui  ve- 
rosímil i  esplicable,  que  así  como  en  el  norte  habia  facilidades  para 
emplear  el  material  metalífero,  en  el  sur  han  debido  ocurrir,  cuan- 
do no  se  quería  emplear  la  arcilla,  a  la  piedra.  I  como  se  cono- 
cian  los  instrumentos  de  bronce,  estos  mismos  servian  para  la  ela- 
boración de  los  artefactos  de  piedra,  i  por  consiguiente  para  los 
vasos  i  otros  útiles  semejantes. 

El  vaso  número  loi  de  nuestro  álbum  ha  sido  encontrado  cerca 
de  Casablanca,  hallándose  representado  en  la  mitad  del  tamafio 
natural.  Es  de  una  piedra  arenisca,  blanda,  parecida  a  la  que  lla- 
mamos cancahua,  i  es  de  propiedad  de  don  Luis  Montt.  Tiene 
dos  apéndices  laterales  que  han  sido  hechos  con  el  fin  de  agarrarlo 
de  esas  partes,  i  está  asentado  sobre  tres  pies. 

El  número  102,  también  de  la  mitad  de  su  tamafio  natural  i  de 
propiedad  del  mismo  señor,  procede  de  la  hacienda  del  Batro, 
cerca  de  Valparaíso,  i  su  estado  de  conservación  así  como  su  tra- 
bajo artístico,  son  mui  superiores  al  del  anterior.  Está  hecho  de 
piedra  talcosa,  i  tiene  en  los  apéndices  de  los  lados  dos  agujeros 
destinados  a  recibir  alguna  cuerda  para  ser  colgado,  i  por  uno  de 
sus  costados  una  cara  humana  de  relieve,  con  ojos,  narices  i  boca, 
pero  sin  orejas.  En  lugar  de  tres  pies,  solo  tiene  un  asiento  de 
un  solo  cuerpo,  i  su  forma  ovalada  es  mucho  mas  regular  que  la 
semi-esférica  del  anterior. 

La  figura  11 1  tiene  mucha  semejanza  con  la  loi.  Es  también 
de  piedra  talcosa  jaspeada,  pero  sus  líneas  no  son  tan  correctas 
como  las  de  esta  última.  Es  igualmente  de  la  mitad  del  tamaño 
natural,  de  la  colección  del  Museo  Nacional  i  de  procedencia  des- 
conocida. 

La  vasija  que  representa  el  número  106,  dibujada  en  la  tercera 
parte  de  su  tamaño,  i  de  un  material  enteramente  análogo  al 
de  la  102,  auuque  carece  de  una  regularidad  completa,  merece 

46 


362  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

llamar  la  atención  por  su  forma  ovoide  i  las  cuatro  alas  que  ador- 
nan sus  costados.  Igualmente  se  guarda  en  la  colección  del  Mu- 
seo Nacional,  i  ha  sido  hallada  no  sabemos  donde. 

La  del  número  1 10,  tiene  veintisiete  centímetros  de  altura,  dos 
apéndices  laterales  en  la  misma  dirección  del  cuerpo  del  utensilio, 
i  cada  uno  con  un  agujero;  es  de  jaspe  i  ha  sido  hallado  en  el  lu- 
gar de  Panamá,  en  la  provincia  de  Curicó.  Merece  notarse  en  él 
la  forma  especial  de  la  base  en  que  descansa  i  mas  que  todo  la 
horadación  oval  del  pié. 

Hemos  tenido  ocasión  de  examinar  algunos  otros  tiestos  de 
esta  especie,  pero  pocos  que  se  encuentren  en  igual  estado  de 
conservación.  Indudablemente  han  debido  pertenecer  a  la  jen- 
te  mas  acomodada  de  aquellos  antiguos  habitantes,  constituyendo 
verdaderos  objetos  de  lujo  en  el  pequeño  ajuar  de  la  casa.  Sin 
embargo,  no  es  tan  fácil  atinar  para  el  fin  preciso  a  que  hayan 
estado  destinados.  Los  señores  Rivero  i  Tschudi  que  han  dibu- 
jado también  cinco  de  estas  vasijas,  algunas  de  ellas  procedentes 
del  Cuzco,  se  limitan  a  decir  que  son  «tazas;»  pero  si  los  núme- 
ros loi  i  1 1 1,  por  ejemplo,  semejan  especies  de  ollas  que  parecen 
indicar  se  les  deseaba  colocar  sobre  brasas,  su  poca  capacidad 
aleja  esta  suposición,  i  la  naturaleza  blanda  de  la  piedra  tampoco 
nos  puede  hacer  creer  que  hayan  servido  de  morteros  para  el  ají  u 
otras  sustancias  semejantes.  Los  números  102  i  1 10  corresponden 
mucho  mas  aproximadamente  por  su  forma  a  nuestros  modernos 
floreros,  pero  no  participamos  de  la  idea  de  que  aquella  jente  pri- 
mitiva hubiese  llevado  su  refinamiento  hasta  elevarse  a  conser- 
var en  sus  pobres  habitaciones  manojos  de  las  flores  silvestres 
para  respirar  su  perfume.  Acaso  con  mas  fundamento  i  verosi- 
militud puede  sostenerse  que  eran  copas  destinadas  a  servir  en 
ellas  la  chicha  a  personajes  de  distinción  en  graves  i  solemnes 
ocasiones.  En  todo  caso,  puede  afirmarse  que  han  permanecido 
sin  uso  alguno  ea  poder  de  sus  dueños  orijinarios,  por  el  estado 
de  conservación  admirable  en  que  casi  todas  ellas  se  encuentran. 

Otro  objeto  de  piedra  de  aquella  edad  que  se  ha  podido  obte- 
ner, de  Vichuquen,  i  que  dibujamos  de  tamaño  natural  bajo  el 


CAP.   XII. — LA  EDAD   DEL  BRONCE  363 

número  104,  es  una  hermosa  mano  de  mortero,  que  figura  en  su 
parte  superior  una  cabeza  de  gato.  No  necesitamos  decir  que  en 
Chile  existen  dos  especies  salvajes  {Felis  pajeros  i  Felis  guiña) 
de  este  animal  que  ha  podido  servir  de  modelo  al  artista.  Ha  sido 
también  sin  duda  un  objeto  de  lujo,  pues  ademas  del  esmerado 
trabajo  que  ha  requerido,  su  estado  de  conservación  demuestra 
que  no  ha  tenido  ningún  uso. 

La  figura  103,  representada  en  el  tercio  del  tamaño  natural, 
fué  encontrada  en  Quintero  i  es  de  la  piedra  llamada  vulgarmen- 
te del  Tabón.  El  mango  de  que  está  provista  demuestra  clara- 
mente que  estaba  destinada  a  llevarse  en  la  mano,  i  también 
colgada,  por  el  agujero  que  en  su  estremidad  posee.  La  parte  su- 
perior, que  es  casi  completamente  redonda,  tiene  en  uno  de  sus 
lados  una  entrada,  que  en  su  parte  esterior  figura  al  parecer  un 
pico  de  loro,  i  en  el  centro  una  pequeña  protuberancia  también 
redonda,  destinada,  a  nuestro  juicio,  a  representar  el  ojo  del  ave. 
De  este  ojo  parten  hacia  los  bordes  varias  líneas  lijeramente 
escavadas  que  sirven  de  adorno  al  conjunto.  Conocemos  también 
otros  dos  objetos  semejantes  hallados  en  la  provincia  de  Colcha- 
gua,  de  piedra  porfídica,  [mucho  mas  dura  que  la  de  la  figura 
descrita  i  sumamente  bien  pulida  i  alisada;  pero  en  muimal  es- 
tado de  conservación.  Probablemente  ha  sido  una  insignia  de 
mando  destinada  a  usarse  en  la  guerra. 

Don  Claudio  Gay  habia  dibujado  ya  en  su  obra  el  objeto  que 
reproducimos  bajo  el  número  74,  hecho  de  mármol  del  Tabón, 
i  cuya  procedencia  es  evidentemente  peruana.  Como  se  ve,  es 
una  especie  de  estrella  de  siete  picos,  lisa  por  su  parte  superior, 
i  ahuecada  en  la  inferior,  lo  que  demuestra  sin  duda  que  era  una 
especie  de  mango  o  terminación  de  un  bastón.  Pero  si  es  fácil  de- 
ducir de  su  forma  el  uso  jeneral  a  que  estuvo  destinada  no  se 
esplica  dé  una  manera  enteramente  satisfactoria  el  porqué  de  los 
pequeños  agujeros  que  se  notan  en  cada  una  de  sus  estremidades, 
debiendo  advertirse  mientras  que  hai  seis  superficiales,  existe 
uno,  como  se  ve  en  el  dibujo,  que  taladrando  un  brazo,  penetra 
hasta  la  cavidad  central.  ¿Tuvo  esto  por  objeto  hacer  pasar  por 


362  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

llamar  la  atención  por  su  forma  ovoide  i  las  cuatro  alas  que  ador- 
nan sus  costados.  Igualmente  se  guarda  en  la  colección  del  Mu- 
seo Nacional,  i  ha  sido  hallada  no  sabemos  donde. 

La  del  número  1 10,  tiene  veintisiete  centímetros  de  altura,  dos 
apéndices  laterales  en  la  misma  dirección  del  cuerpo  del  utensilio, 
i  cada  uno  con  un  agujero;  es  de  jaspe  i  ha  sido  hallado  en  el  lu- 
gar de  Panamá,  en  la  provincia  de  Curicó.  Merece  notarse  en  él 
la  forma  especial  de  la  base  en  que  descansa  i  mas  que  todo  la 
horadación  oval  del  pié. 

Hemos  tenido  ocasión  de  examinar  algunos  otros  tiestos  de 
esta  especie,  pero  pocos  que  se  encuentren  en  igual  estado  de 
conservación.  Indudablemente  han  debido  pertenecer  a  la  jen- 
te  mas  acomodada  de  aquellos  antiguos  habitantes,  constituyendo 
verdaderos  objetos  de  lujo  en  el  pequeño  ajuar  de  la  casa.  Sin 
embargo,  no  es  tan  fácil  atinar  para  el  fin  preciso  a  que  hayan 
estado  destinados.  Los  señores  Rivero  i  Tschudi  que  han  dibu- 
jado también  cinco  de  estas  vasijas,  algunas  de  ellas  procedentes 
del  Cuzco,  se  limitan  a  decir  que  son  «tazas;»  pero  si  los  núme- 
ros 1 01  i  III,  por  ejemplo,  semejan  especies  de  ollas  que  parecen 
indicar  se  les  deseaba  colocar  sobre  brasas,  su  poca  capacidad 
aleja  esta  suposición,  i  la  naturaleza  blanda  de  la  piedra  tampoco 
nos  puede  hacer  creer  que  hayan  servido  de  morteros  para  el  ají  u 
otras  sustancias  semejantes.  Los  números  102  i  1 10  corresponden 
mucho  mas  aproximadamente  por  su  forma  a  nuestros  modernos 
floreros,  pero  no  participamos  de  la  idea  de  que  aquella  jente  pri- 
mitiva hubiese  llevado  su  refinamiento  hasta  elevarse  a  conser- 
var en  sus  pobres  habitaciones  manojos  de  las  flores  silvestres 
para  respirar  su  perfume.  Acaso  con  mas  fundamento  i  verosi- 
militud puede  sostenerse  que  eran  copas  destinadas  a  servir  en 
ellas  la  chicha  a  personajes  de  distinción  en  graves  i  solemnes 
ocasiones.  En  todo  caso,  puede  afirmarse  que  han  permanecido 
sin  uso  alguno  en  poder  de  sus  dueños  orijinarios,  por  el  estado 
de  conservación  admirable  en  que  casi  todas  ellas  se  encuentran. 

Otro  objeto  de  piedra  de  aquella  edad  que  se  ha  podido  obte- 
ner, de  Vichuquen,  i  que  dibujamos  de  tamaño  natural  bajo  el 


CAP.   XII. — :LA  EDAD   DEL  BRONCE  365 

malaquita,  de  diversos  tamafios,  todas  agujereadas  en  el  centro, 
pero  a  las  cuales  faltaba  la  cuerda  que  las  babia  reunido,  proba- 
blemente por  haberse  destruido  con  el  trascurso  del  tiempo  que 
babia  estado  enterrada.  A  pesar  de  esta  coincidencia,  no  cree- 
mos que  los  peruanos  introdujesen  en  Chile  la  moda  de  estos 
collares,  pues  es  sabido  que  en  todos  los  pueblos  salvajes  exis- 
ten alhajas  semejantes,  formadas  ya  de  conchas,  ya  de  dientes 
de  animales  i  otros  objetos.  Pero  acaso  no  puede  decirse  otro 
tanto  del  topu  o  tupo^  especie  de  alfiler  grande  i  de  formas  va- 
riadas con  que  las  indias  hasta  hoi  se  prenden  la  parte  superior 
del  vestido  a  la  altura  del  pecho. 

El  viajero  Bollaert  que  habia  recojido  algunos  datos  sobre  an- 
tigüedades durante  su  permanencia  en  el  norte  de  Chile,  apunta 
el  hecho  de  que  Mr.  Abott,  en  unas  sepulturas,  anchas  i  peque- 
ñas, que  se  levantaban  sobre  el  suelo  en  forma  de  montículos, 
hasta  una  altura  como  de  doce  pies,  abiertas  en  Copiapó,  en  1843, 
se  encontraron,  ademas  de  algunas  vasijas  de  greda,  puntas  de 
flechas,  maíz,  piedras  de  moler  i  alfileres  de  cobre.*^ 

Procedente  de  Copiapó  es  también  la  alhaja  de  esta  especie 
que  dibujamos  bajo  el  número  131,  de  tamaño  natural,  i  que  co- 
rresponde por  su  forma  a  la  denominación  de  chacrahuica  de  que 
habla  el  jesuita  Arriaga,  pues,  como  se  verá,  tiene  en  su  parte 
superior  la  forma  de  media  luna,  con  el  apéndice  de  un  largo 
alfiler  redondeado,  destinado  evidentemente  a  servir  de  prende- 
dor. La  media  luna  es  una  lámina  mui  delgada,  con  un  pequeño 
agujerito  en  su  parte  central.  Es  de  oro  fundido  i  pertenece  a  la 
familia  Prieto. 

Enteramente  análogo  al  anterior  por  su  forma  i  material  es  el 
que  representa  de  tamaño  natural  la  figura  121,  que  el  señor  Ga- 
rrido estrajo  de  una  hnaca  de  Freirina.  ¿Fué  de  uso  de  algún 
niño!  ¿Estuvo  destinado  a  sostener  alguna  pequeña  cinta  del  pei- 
nado, cómo  el  iharilonco  de  los  araucanos?  ¿Fué  simplemente 
un  juguete?  No  sabríamos  decirlo,  pero  parece  evidente  que  no 

47.  Researches^  etc.  páj.  175. 


364  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

el  pequeño  agujero  algún  clavo  de  cobre  para  asegurar  el  mango 
al  bastón?  No  se  ocurre  otra  cosa,  pero  tampoco  puede  negarse 
que  el  grueso  del  claro  ha  debido  ser  insuficiente  para  lograr 
cumplidamente  este  fin,  mucho  mas  si  se  atiende  a  que  no  estaba 
tampoco  apoyado  por  un  refuerzo  análogo  del  lado  opuesto. 

El  número  108,  tamaño  natural,  sacado  de  una  hueca  de  Frei- 
rina,  representa  un  pomo  de  jaspe,  sumamente  interesante,  pues 
en  sus  dos  cavidades,  separadas  una  de  otra  por  un  tabique  del- 
gado de  la  misma  piedra,  se  ven  todavía  restos  de  la  tierra  con 
que  las  mujeres  debieron  teñirse  la  cara. 

Creemos  que  para  el  mismo  fin  ha  servido  el  utensilio  figura— 
do  con  el  número  107,  que  es  de  alabastro  i  ha  sido  hallado  en 
el  norte;  i  probablemente  también  la  especie  de  limón,  que 
representa  de  la  mitad  de  tamaño  natural  la  figura  112,  que  se 
encontró  en  el  cauce  del  estero  Guirivilo  de  la  provincia  de  Cu- 
ricó.  Los  peruanos  llamaban  llimpi  a  la  pintura  del  rostro  i  em- 
pleaban en  ella  el  cinabrio,  para  cuyo  único  fin  esplotaban  la  cé- 
lebre mina  de  Huancavelica/^ 

Esta  manera  de  conservar  los  afeites  implica,  pues,  un  progre- 
so respecto  del  sistema  araucano,  limitado  de  ordinario,  según 
hemos  visto,  a  guardar  en  panes  o  terrones  el  colit  o  pintura  ocreo. 
sa,  o  a  emplear  el  zumo  de  las  hojas  de  ciertas  plantas  indíjenas. 
I  ya  que  de  adornos  uíujeriles  se  trata,  debemos  decir  algo  res— 
pecto  de  las  alhajas  que  los  peruanos  introdujeron  en  el  traje  o 
en  la  persona. 

«Usaban  las  indias,  dice  Arriaga,  medias  lunas  de  plata,  que 
llaman  chacrahiiicay  i  otras  que  llaman  huamas^  i  otras  como 
diademas  o  patenas  redondas  que  llaman  tincurpa\  unas  de  co- 
bre, otras  de  plata,  i  no  pocas  de  oro;...  i  las  huacras^  que  son 
unos  como  collares.'*S  Estas  últimas  responden  evidentemente  a 
la  joya  araucana  conocida  con  el  nombre  de  llancas,  de  que  ya 
hemos  hablado.  El  señor  Garrido  estrajo  de  una  sepultura  de 
Freirina  una  de  estas  huacras,  formada  por  pequeñas  piedras  de 

45.  Rivero,  Memorias  cien tificns,  tom.  1 1,  páj.  86. 
46    Extirpación  de  la  idolatría^  páj.  44. 


CAP.   XIL— LA  £DAD  DgL  BRONCE  367 

número  116,  de  la  misma  procedencia  deLanterior,  que  repre- 
senta dos  láminas  de  oro  mui  delgadas,  que  tienen  en  relieve, 
juntándolas,  una  cara  humana,  con  nariz,  ojos,  boca,  i  en  la  estre- 
midad  inferior  una  serie  de  puntos,  todo  formado  por  abolladuras 
hechas  por  el  lado  del  reverso.  En  la  parte  superior,  sobre  las  dos 
líneas  de  relieve  que  indican  los  contornos  de  la  cabeza,  cada  una 
de  las  láminas  tiene  un  pequeño  agujero,  destinado  a  recibir  el 
hilo  de  donde  pendía  esta  joya.  Puede  igualmente  ser  mui  bien 
que  haya  servido  para  colocarlo  en  el  traje,  pues,  como  es  cons- 
tante, los  peruanos  usaban  adornos  en  los  brazos  i  otras  partes 
del  cuerpo.  \ 

Uno  de  los  objetos  mas  interesantes  que  se  haya  conservado 
de  la  época  de  la  dominación  incásica  entre  nosotros,  es  el  vaso 
que  dibujamos  bajo  el  número  128.  «Fué  encontrado  en  mayo 
de  1833,  en  un  solar  de  la  calle  del  Comercio,  en  la  ciudad  de 
Copiapó>  a  cinco  cuadras  al  oriente  de  la  plaza,  por  un  peón  de 
D.  Adrián  Mandiola  que  cortaba  adobes,  i  a  la  profundidad  de 
cinco  varas.  Esta  curiosísima  reliquia  de  la  era  indíjena  acredita 
la  gran  riqueza  que  tanto  deslumhró  a  Almagro  en  Copiapó,  i 
que  desapareció  súbitamente  a  la  vista  de  sos  rapaces  compañe- 
ros a  medida  que  avanzaban  hacia  los  valles  meridionales.  Según 
una  información  que  envió  al  gobierno  oficialmente  el  intenden- 
te Melgarejo,  se  dice  que  esta  reliquia  debió  pertenecer  a  los 
indios  orresques^  nombre  que  no  hemos  encontrado  en  ninguna 
crónica  ni  documento  antiguo.*^  El  despechado  cacique  a  quien 
pertenecía  esta  joya  ¿la  escondió  de  los  conquistadores,  o  fué 
algún  gran  señor,  que  voluntariamente  se  enterró  con  ella  según 
la  usanza  jentílica?  Probablemente  aconteció  lo  último,  porque 
cerca  del  vaso  se  encontraron  los  restos  pulverizados  de  un  ca- 
dáver. 

cEste  curiosísimo  resto  de  la  industria  i  riqueza  aboríjenes  de 
Chile,  pesa  ciento  sesenta  i  siete  gramos...  El  señor  Mandiola  lo 

48.  ¿No  habrá  querido  decirse  orejones} 


366  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

ha  podido  prestar  los  mismos  servicios  que  el  que  en  su  compa- 
ración podríamos  llamar  jigante,    de  que  acaba  de  tratarse.  - 

En  una  sepultura  antigua  de  indios,  cerca  de  la  ciudad  de  Osor- 
no,  se  ha  encontrado  igualmente  un  alfiler  semejante,  pero  por 
hallarse  junto  con  un  trozito  de  fierro  manifiesta  que  ha  sido 
allí  enterrado  con  posterioridad  a  la  conquista  española.  Es- 
te alfiler,  que  lleva  el  número  132,  es  de  plata,  tiene  uno  de 
sus  estremos  aplanados,  i  en  él  un  agujero.  Se  conserva  en  el 
Ríuseo  Nacional  i  puede  servirnos  para  manifestar  hasta  que 
punto  se  jeneralizaron  en  aquella  época  las  artes  peruanas  en 
Chile. 

Los  araucanos  usan  hasta  el  presente  como  joya  de  valor  los 
tupos  peruanos,  que  acaso  en  su  oríjen  entre  nosotros  solo  fue- 
ron de  espinas  de  árboles  o  de  pescados,  pero  afectan  formas 
orijinales  i  distintas  de  las  que  acostumbraron  al  parecer  sus  im- 
portadores. Hai  de  dos  clases  de  estos  tupos,  unos  de  la  forma  i 
proporciones  que  se  ven  en  el  número  129,  i  otros,  mas  o  menos 
de  las  mismas  dimensiones,  pero  que,  en  vez  de  tener  su  parte 
superior  aplanada,  la  llevan  en  forma  de  una  esfera  hueca.  Una 
i  otra  especie  son  de  plata,  i  como  podrá  observarse,  la  cabeza  o 
parte  superior,  tiene  dibujada  de  relieve  por  medio  de  golpes 
dados  en  el  anverso,  una  serie  de  puntos,  figurando  el  de  mas 
adentro  una  especie  de  cruz,  hecha  de  la  misma  manera.  El  alfi- 
ler está  unido  a  la  redondela  por  medio  de  dos  remaches  o  puntas 
que  nacen  del  mismo  alfiler.  El  que  dibujamos  tiene  treinta  i 
nueve  centímetros  de  largo  i  pesa  ciento  ochenta  gramos. 

De  los  aretes  usados  hasta  hoi  por  los  araucanos  ya  hemos  di- 
cho lo  suficiente,  pero  cúmplenos  ahora  coleccionar  lo  que  en 
este  orden  nos  ha  quedado  de  los  peruanos.  De  estas  joyas  se 
conocen  algunas  estraidas  de  Freirina,  de  plata  fina,  fundida,  de 
un  trabajo  esmerado  i  de  formas  elegantes,  que  se  encuentran 
mui  lejos  de  asumir  las  proporciones  disonantes  i  las  formas  pe- 
sadas a  que  alude  el  padre  Rosales  al  referirse  a  estos  objetos, 
como  puede  verse  en  el  ejemplar  que  dibujamos  con  el  número 
119.  Quizás  a  este  orden  de   objetos   debe  también  referirse  el 


CAP.   XII. — LA  EDAD  DEL  BRONCE  369 

hizo  un  descubrimiento  análogo^  pero  mas  curioso  que  todos 
ellos  era  un  objeto  de  oro,  delgado  como  papel,  que  se  descubrió 
en  Copiapóy  en  1832,  en  el  interior  de  una  sepultura  indíjena,  pues 
tenia  la  forma  de  un  pequeño  coco,  abierto  en  su  parte  superior, 
que  cuando  se  soplaba  en  él  daba  un  sonido  penetrante,  i  apre- 
tándolo con  los  dedos  se  encojia,  pero  recobraba  su  estado  pri- 
mitivo cuando  cesaba  la  presión.^ 

A  estarnos  a  lo  que  refieren  antiguos  cronistas,  parece  que 
si  bien  es  cierto  que  de  Chile  se  sacaba  bastante  oro  para  enviar 
al  soberano  del  Cuzco,  los  objetos  de  la  naturaleza  indicada  no 
eran  fabricados  entre  nosotros  sino  que  procedían  directamente 
de  la  corte;  así  al  menos  lo  afirma  Hernando  de  Santillan  cuando 
declara  que  a  los  caciques  que  daban  la  paz  al  Inca,  <ia  éstos  les 
hacia  mercedes  i  daba  vasos  de  oro  i  ropa  del  Cuzco.^jd 

Tanto  los  ídolos  (de  que  luego  trataremos)  como  las  figuras 
de  oro,  plata  i  cobre  que  se  encuentran  en  las  huacas,  indican, 
pues,  de  una  manera  evidente  que  en  aquella  remota  época  se  co- 
nocia  ya  en  Chile  el  arte  de  trabajar  los  metales.  Ademas  de  es- 
tos monumentos,  cuya  autenticidad  no  puede  disputarse,  posee- 
mos testimonios  históricos  que  nos  llevan  a  la  misma  conclusión. 
En  efecto,  según  refiere  González  de  Oviedo,  Diego  de  Almagro 
despachó  desde  Aconcagua  a  reconocer  ala  tierra  adentro»  al  ca- 
pitán Gómez  de  A\varado,  del  cual  envió  mineros  e  hizo  dar  ca- 
tes e  hallaron  las  minas  e  quebradas  e  nascimientos  dellas  tan 
bien  labradas  como  si  los  españoles  entendieran  en  ellas.^D  En 
las  ordenanzas  de  minas  trabajadas  para  Chile,  de  orden  real,  por 
don  Francisco  García  Huidobro  encontramos  también  un  párrafo 
que  demuestra  que  antes  del  descubrimiento  del  país  por  los  es- 
pañoles los  indíjenas  conocían  el  arte  de  trabajar  las  minas.  «Res- 
pecto de  que  muchos  indios  de  encomiendas  o  que  sirven  de  va- 
queros o  otros  oficios  del  campo,  dice  aquel  documento,  siendo 
sabedores  de  minas  mui  ricas  que  descubrieron  o  heredaron  de 

52.  Researches,  páj.  175. 

53.  Relación  del  origen^  etc.^  páj.  1 6. 

54.  Historia  moral  y  natural  de  las  Indias^  t.  IV,  páj.  273. 

47 


';68  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

regaló  al  jeneral  Prieto,   cuando  era  presidente  de  la  República, 
i  hoi  es  propiedad  de  su  familia /^d 

«Aunque  desgraciadamente  está  mui  magullado  i  tiene  varios 
pequeños  agujeros,  seria  bastante  fácil,  como  nos  dijo  un  joyero, 
restituirle  en  gran  parte  su  forma,D  i  es  lo  que  se  ha  hecho  en  el 
dibujo  que  damos.  «Como  lo  muestra  la  figura,  su  forma  es  la  de 
un  cilindro  que  se  ensancha  paulatinamente  hasta  la  boca,  i  niue- 
tra  en  su  parte  inferior  dos  listoncitos  algo  elevados,  i  otros  dos 
no  menos  prominentes  en  la  parte  superior.  Ademas,  tiene  tres 
caras  humanas  situadas  a  igual  distancia,  i  cuyas  cejas  correspon- 
den al  segundo  de  los  listones  superiores.  Se  ven  los  ojos,  la 
nariz,  la  boca  abierta  con  dientes,  pero  ningún  vestijio  de  orejas, 
ni  tampoco  el  perfil  de  la  cabeza.  Todo  esto  es  representado  por 
listoncitos  salientes,  huecos  en  el  interior,  siendo  evidente  que 
todo  el  trabajo  ha  sido  hecho  a  martillo. 

«Los  señores  Rivero  i  Tschudi  figuran  en  su  lámina  iii  una 
copa  de  oro,  que  se  asegura  haber  sido  hallada  en  las  huacas 
del  Cuzco  i  que  se  conserva  en  el  Museo  Nacional  de  Lima.  Es 
casi  de  la  misma  forma  que  la  del  señor  Prieto,  pero  mas  angos- 
ta i  de  un  trabajo  mas  rico,  pues  representa  relieves  en  forma  de 
caras  i  plumas.  En  el  medio  se  notan  tres  figuras,  la  una  aga- 
rrando un  bastón  adornado  con  una  cara  i  una  montera  en  el 
puño;  a  los  pies  hai  unas  fajas,  i  en  la  parte  del  asiento  tiene  la- 
bores entre  dos  líneas;  pesa  solo  la  mitad  de  la  nuestra.®*3> 

Poseemos  algunos  testimonios  que  demuestran  que  esta  clase 
de  objetos  no  fueron  aún  escasos  en  la  época  de  que  nos  ocupa- 
mos: así  el  botánico  ingles  Mr.  Bridges,  obsequió  a  Bollaert,  en 
1854,  seis  ejemplares  de  huacos  estraidos  de  Copiapó,  que  actual- 
mente existen  en  el  Museo  Británico,  siendo  uno  de  ellos  una 
copa  pintada.^^ 

En  1828,  refiere  también  Bollaert,  don  David  Ross,  cónsul 
inglés  en  Coquimbo,  deshaciendo   los  cimientos  de  una  muralla, 

49.  Catálogo  de  la  Esposicion  del  Coloniaje^  páj.  93. 

50.  Philippi,  Algo  sobre  las  momias  peruanas^  lug.  cit. 

51.  Antiquarian  researches,  páj.  174. 


CAP.   Xn. — LA    EDAD   DEL  BRONCE  37 1 

para  la  fundición  hornillos  pequeños.. •  Los  moldes  estaban  he- 
chos de  cierto  barro  mezclado  con  yeso,  como  lo  ha  demostrado 
el  análisis  de  un  molde  de  ídolo  de  un  pueblo  de  jentiles  en  la 
sierra,  que  trajimos  a  Europa.  Vaciados  los  metales,  los  cincelan 
con  tanta  perfección,  que  no  se  distingue  en  ellos  la  menor  desi- 
gualdad resultante  del  molde. ..Mas  admiración  causa  aún  la  des- 
treza con  que  hacían  las  obras  batidas.  No  conocemos  el  proce- 
dimiento que  usaban  en  este  artefacto,  pero  probablemente  era 
mui  parecido  al  de  nuestros  plateros.  Hai  dos  clases  de  obras: 
una  consiste  en  figuras  de  hombres  i  de  animales,  batidas  con  lá- 
minas delgadas  de  oro  i  plata,  i  después  soldadas  entre  sí  en  su 
forma  natural;  la  otra,  consiste  en  vasijas  abiertas,  en  cuyos  lados 
hai  figuras  algo  toscas,  batidas  con  la  mayor  sutileza,  en  términos 
que  no  se  conoce  golpe  de  martillo.  Las  soldaduras  se  distinguen 
por  su  solidez,  rompiéndose  primero  el  todo  áutes  que  despeda- 
zarse aquella,  i  por  la  exactitud  de  las  partes  soldadas.  Algunos 
autores  han  pretendido  (erróneamente),  que  en  muchos  de  los 
ídolos  huecos  no  hai  soldadura;  pero  se  descubren  los  puntos  de 
reunión. que  están  casi  completamente  borrados  por  un  bruñido 
mui  perfecto.*;) 

Del  testimonio  de  Hernando  de  Santillan,  así  como  de  muchas 
otras  fuentes  que  podriamos  citar,  consta  que  los  peruanos  des- 
cubrieron en  Chile  «muchos  asientos  de  minas  i  sacaron  mucha 
cantidad  de  oro  dellas^}),  i  del  examen  que  vamos  a  hacer  de  otras 
piezas  dibujadas  en  nuestro  álbum  veremos  igualmente  que  tra- 
bajaban la  plata  i  el  cobre  i  que  sabían  producir  aleaciones  exce- 
lentes para  dar  a  sus  instrumentos  la  dureza  i  resistencia  necesa- 
rias. (lLos  indios  del  Perú,  decia  frai  Gregorio  García,  usaban 
siempre  del  cobre,  así  para  sus  armas  como  para  instrumentos  de 
cortar  i  labrar.»  «Los  primitivos  chilenos,  añade  Molina,  estraian 
él  oro,  la  plata,  el  cobre,  el  estaño  i  el  plomo  de  las  entrañas  de 
la  tierra,  i  después  de  haberlos  purificado  se  servian  de  estos  me- 
tales para  varias  labores  útiles  i  curiosas;  pero  en  particular  del 

58.  Autigñedades,  páj.  216. 

59.  Relación  del  origen^  descendencia^  política  y  gobierno  de  los  Incas  ^  páj.  15. 


370  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

SUS  mjyores,  no  las  manifiestan  por  temor  de  sus  vecinos,  se  or- 
dena i  manda,  etc."i> 

Garcilaso  que  nos  ha  conservado  algunos  datos  sobre  esta  in- 
teresante materia,  declara  sobre  el  particular,  que  los  indios  «fun- 
dían a  poder  de  soplos,  con  unos  cañutos  de  cobre,  largos  de  me- 
dia braza,  mas  o  menos,  como  era  la  fundición,  grande  o  chica. 
Los  cañutos  cerraban  por  el  un  cabo,  i  dejábanles  un  agujero  pe- 
queño por  do  el  aire  saliese  mas  recojido  i  mas  recio.  Juntábanse 
ocho,  diez  i  doce,  como  eran  menester  para  la  fundición,  i  anda- 
ban al  rededor  del  fuego  soplando  con  los  cañutos.  También  su- 
pieron hacer  tenazas  para  sacar  el  metal  del  fuego:  sacábanlo  con 
unas  varas  de  palo  o  de  cobre  i  echábanlo  a  un  montoncillo  de 
tierra  humedecida,  que  tenían  cabe  sí,  para  templar  el  fuego  del 
metal;  allí  lo  traían  i  revolcaban  de  un  cabo  a  otro,  hasta  que  es- 
taba para  tomarlo  en  las  manos.  Con  todas  estas  inhabilidades 
hacían  obras  maravillosas,  principalmente  en  vaciar  unas  cosas 
por  otras,  dejándolas  huecas,  sin  otras  admirables,  etc.^i>... 

En  otra  parte  dice  este  mismo  autor  que  después  de  hecha  la 
mezcla  de  cierto  mineral  de  plata  i  plomo,  <í1o  fundían  en  unos 
hornillos  portátiles  a  manera  de  anafes  de  barro.  No  fundían  con 
fuelles,  ni  a  soplos  con  los  cañutos  de  cobre,...  sino  que  dieron 
de  fundirlo  al  viento  natural...  Se  iban  de  noche  a  los  cerros  i 
collados  i  se  ponían  en  las  laderas  altas  o  bajas,  conforme  al  viento 
que  corría,  poco  o  mucho,  para  templarlo  con  el  sitio  mas  o  me- 
nos abrigado.  Era  cosa  hermosa  ver  en  aquellos  tiempos,  ocho, 
diez,  doce,  quince  mil  hornillos  arder  por  aquellos  cerros  i  altu- 
ras. En  ellos  hacían  sus  primeras  fundiciones,  después  en  sus  ca- 
sas hacían  las  segundas  i  terceras  con  los  cañutos  de  cobre.*'*^D 

Rivero  i  Tschudi  añaden  a  este  respecto:  ((el  arte  de  los  pla- 
teros había  llegado  a  una  gran  perfección...  Sabían  fundir  el  me- 
tal, vaciarlo  en  moldes,  soldarlo,   embutirlo  i  batirlo.   Usaban 


55.  ^I:e7'ns  ordcnatt::as  de  minas  para  el  Rey  tío  de    Chile  ^  Lima  y    1757,  4.**» 
Ortleiianz:i  V. 

56.  Comentarios  reales^  t.  I,  páj.  70. 

57.  /f/.,  id.,  páj.  300. 


CAP,    XII. — LA   EDAD    DEL  BRONCE  373 

del  empleo  análogo  que  esta  piedra  número  73  debió  tener;  pero 
acaso  de  la  forma  de  su  horadación  puede  igualmente  deducirse 
que  en  vez  de  mango,  ha  recibido  una  cuerda  para  que,  hacién- 
dola jirar  con  ella,  dar  mas  fuerza  al  golpe  por  medio  de  un  brazo 
mucho  mas  largo.  Pensamos,  pues,  que  los  peruanos  usaron   de 
esta  arma  aplicándola  de  dos  maneras  diversas,  ya  fija  en  una  has- 
ta de  palo,  ya  retenida  en   un  cordel,  pero  sin  lanzarla;  como  si 
dijéramos  una  honda  que  no  perdia  jamas  el  proyectil. 

Los  señores  Rivero  i  Tschudi,  que  dibujan  bajo  el  número  :rc> 
de  la  lámina  XXXIV  de  su  obra  una  piedra  como  ésta,  pero  c:: 
la  cual  la  horadación  no  pasa  de  un  lado  a  otro,  lo  que  la  aproxi- 
ma a  nuestra  figura  74,  dicen  a  su    respecto:   ainstrument.^  ce 
piedra  con  una  abertura  en  el  centro,   que  se  engancha  en  ::r. 
bastón.  En  la  actualidad  usan  los  indios  de  la  Sierra  este  iasrr.:- 
mentó  para  romper  las  glebas  en  los  campos  arados.  Xo  se  «¿Sí 
de  positivo  si  tenia  el  mismo    destino    en  tiempos  pasados,  o  s 
servia  de  arma  de  guerra.**"jD    La  aplicación  que  los  indios  serri- 
nos dan  a  esta  piedra  al  presente  creemos  que  conviene  mis  ilis 
piedras  horadadas  de  que  antes  hemos  hablado;  pero,  cr.:  fcí 
ve,  los  arqueólogos  peruanos  no  resuelven  en  manen  iTr::*!  li 
dificultad. 

La  figura  126  es  una  hacha  de  cobre,  (í encontrada  ec  zzd  li- 
pera  quebrada  de  la  provincia  de  Atacama,  no  lé»Kife  iÍjgJ'í  t. 
camino  llamado  de  los  Incas  se  dirije  hacia  el  cerro  de  Tres  P::.-:- 
tas,  en  latitud  de  26*"  42'.  Se  cree  sea  peruana,  agrega císei^rEx- 
bank,  de  quien  copiamos  esta  descripción,  porcaaatJÍos  dh:::.- 
tivos  chilenos  no  sabian  trabajar  los  metalesu 

((El  metal  del  hacha  no  ha  sido  ligado  artifiriafinente sino  f:  -- 
dido.    Pesa  tres  i  media  libras  i  ha  sido  mui  iMyfe,  jcgim  se  J-  •- 
prende  de  su  solo  aspecto  i  de  las  pequeñas &cflííiíliiras  Jeía  <  •- 
perlicie  i  de  la  estremidad  donde  ha  debido lltvirdmanr.,   r  .  ^ 
probablemente  empleada  mas  bien  como  uatbt  que  como  ha-" 
como  en  jeneral  creemos  que  lo  fueron en/cDcra/ra/es íastniju.- 

62.  AT!íi:rüCifinics,  i)áj.  322. 


372  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

cobre  campanil,  o  sea  mineralizado,  con  el  cual,  por  ser  mas  du- 
ro, hacian  hachuelas  i  hachas  i  otros  instrumentos  cortantes,  aun- 
que  en  nnii  poca  cantidad,  porque  se  encuentran  raramente  en 
los  sepulcros.®^!) 

La  figura  133  representa  una  especie  de  porra  de  seis  brazos, 
con  un  agujero  en  el  centro,  destinado  a  recibir  un  mango,  que 
ha  debido  servir  de  arma  contundente,  como  la  macana  de  nues- 
tros araucanos;  ni  puede  caber  duda  alguna  de  que  el  capitán  don 
Pedro  Marino  de  Lovera  se  refiera  a  un  instrumento  de  esta  es- 
pecie, según  lo  hemos  ya  indicado,  cuando  decia  que  algunos  sol- 
dados del  séquito  de  Michimalonco  traian  «porras  de  armas  de 
metal,  con  púas  de  estraño  artificio.®^»  Ha  sido  hallada  en  Copia- 
pó  i  es  de  una  aleación  de  cobre  i  probablemente  de  estaño.  Es- 
tá dibujada  de  tamaño  natural,  pertenece  a  la  colección  del 
Museo  Nacional,  i  es  la  única  arma  de  metal  que  conozcamos  de 
aquella  época  entre  nosotros. 

Por  su  forma  i  construcción  i  probablemente  por  la  aplicación 
que  debia  tener,  estamos  en  el  caso  de  dar  cuenta  en  este  lugar 
de  una  piedra  que  está  igualmente  provista  de  seis  protuberan- 
cias, que  en  un  principio  fueron  sin  duda  mucho  mas  largas,  aten- 
dido al  dilatado  uso  que  manifiesta  haber  tenido,  i  que  fué  encon- 
trada en  una  huaca  de  Freirina  junto  con  otros  utensilios  indíje- 
nas  de  que  hablaremos  mas  adelante.  Comparando,  en  efecto,  la 
figura  73  con  la  133,  no  puede  menos  de  reconocerse  a  primera 
vista,  podemos  decir,  la  identidad  que  reina  entre  una  i  otra:  mas 
o  menos  el  mismo  tamaño,  la  misma  disposición  de  los  brazos,  un 
agujero  central  de  análogas  dimensiones,  pero  que  en  este  caso 
en  vez  de  tener  sus  paredes  perpendiculares  semeja  un  cono  in- 
vertido, relacionándose  de  esta  manera  con  las  piedras  horadadas 
de  que  antes  se  ha  tratado. 

Si  no  puede  caber  duda  de  que  la  muestra  de  esta  especie  va- 
ciada en  bronce  ha  sido  usada  como  porra,  parece  que  de  aquí, 
como  lo  indicábamos,  pudiera  deducirse  un   argumento  a  favor 

60.  Historia  natural,  lib.  I,  cap.  IV". 

6 1 .  Historia  de  Chile^  páj.  46. 


CAP.   XII. — LA   EDAD   DEL  BRONCE  375 

han  sido  estraidos.  Sin  duda  alguna,  esta  hacha  fué  valiosa  en  la 
época  en  que  se  fabricó,  i  las  familias  qué  sucesivamente  la  po- 
seyeron no  han  debido  tener  jamás  los  medios  o  la  oportunidad 
de  obtener  una  mejor.  Debe  tenerse  presente  que  la  duración  de 
un  instrumento  semejante  es  casi  eterna  pues  cinco  mil  años  deben 
producir  sobre  él  poca  impresión.  Caso  de  no  perderse,  nada  hai 
que  pueda  impedir  que  figure  en  un  museo  después  de  un  lapso 
de  cincuenta  siglos,  i  esto  sin  cambio  alguno  sensible  respecto  de 
su  estado  actual. 

ííLas  hendiduras  hechas  para  retener  las  ligaduras  en  su  lugar 
propio  demuestran  que  no  ha  pertenecido  a  la  clase  primitiva  de 
hachas  metálicas,  desde  qué  éstas  no  poseian  tan  útil  agregado. 
Los  particulares  indicados  son,  ademas,  interesantes  bajo  otro 
punto  de  vista,  pues  nos  dan  a  conocer  una  mejora  que  ha  media- 
do entre  el  primitivo  modo  de  enhastar  i  el  último,  para  asegurar 
el  mango  al  instrumento,  por  inserción. 

cComo  los  antiguos  peruanos  descubrieron  el  estaño  i  lo  em- 
plearon con  cierta  frecuencia  para  endurecer  el  cobre,  esta  hacha 
data  probablemente  de  ese  período  anterior  a  aquel  en  que  se 
fabricaron  las  primeras  de  bronce.  Es  difícil  suponer  que  ese 
pueblo  hubiese  continuado  haciendo  uso  del  cobre  puro  cuando 
tenia  estaño  en  abundancia  para  hacerlo  mas  utilizable. 

«La  piedra  i  el  cobre  son  manifestaciones  de  las  artes  en  el 
primero  i  segundo  ciclos  del  progreso  humano,  i  las  mejores  que 
podamos  obtener,  por  cuanto  suministran  ideas  mas  precisas  de 
la  primitiva  condición  de  nuestra  especie  que  volúmenes  enteros 
de  especulaciones  impresas.  En  el  ánimo  del  pueblo  se  asocia 
erróneamente  el  hacha  de  piedra  con  la  derribacion  de  los  ár- 
boles, pero  seguramente  jamás  se  cortaba  un  árbol  con  una  de 
estas  hachas.  La  cosa  es  evidentemente  imposible  cuando  se 
considera  el  material  de  la  herramienta,  su  espesor  i  su  filo  em- 
botado. Cuando  no  se  utilizaba  como  instrumento  de  guerra,  el 
empleo  capital  del  hacha  de  piedra  era  como  cuña  para  rajar 
madera  i  como  estregadera  para  ahondar  i  quitar  las  partes  car- 
bonizadas de  los  árboles.  Cuando  se  deseaba  derribar  un  árbol 


374  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

tos,  pues  parece  que  tuvo  el  mango  colocado  perpendicular  al 
filo  i  no  paralelamente.  La  endentadura  de  los  costados  débese 
quizá  al  lijero  movimiento  de  la  estremidad  del  mango  al  topar 
con  el  filo,  en  tanto  que  las  cavidades  producidas  en  los  lados, 
se  deben  a  la  cuerda  que  los  ligaba.  Las  puntas  formadas  en  los 
costados,  debajo  del  palo  de  la  T,  hacia  la  parte  superior,  cons- 
tituyen el  carácter  mas  interesante  de  esta  hacha,  porque  nos 
dan  cuenta  de  una  dificultad  que  en  un  principio  ha  debido  susci- 
tarse en  los  instrumentos  de  esta  especie. 

(íEsas  puntas  fueron  trabajadas  para  precaver,  lo  que  realmente 
se  consiguió,  que  el  mango  descendiese  del  punto  en  que  pro- 
piamente debia  estar.  El  filo  se  le  mantenia  por  medio  del  mar- 
tillo. Donde  el  grueso  del  instrumento  comienza  a  decrecer,  se 
ven  de  ambos  costados  señales  de  un  martillo  tosco  i  redondea- 
do, que  fué  probablemente  de  piedra.  El  efecto  de  esta  opera- 
ción aparece  de  manifiesto  por  cuanto  el  metal  ha  debido  esten- 
derse hacia  ambos  lados,  i  cuando  el  ancho  del  filo  hubo  cre- 
cido notablemente  respecto  de  lo  que  en  un  principio  debió  de 
ser.  Después  de  diseñar  el  filo  por  medio  del  martillo,  se  le  pa- 
lia, repasándolo  en  piedras  bien  lisas.  Un  borde  estrecho  en  am- 
bos lados  del  filo  señala  claramente  cómo  de  esa  manera  ha  de- 
saparecido el  trabajo  orijinario  del  martillo.  Hasta  cierto  punto, 
el  filo  de  estos  antiguos  instrumentos  llegaba  a  ser  mas  saliente 
que  el  resto  de  la  pieza  por  la  dilatación  constante  del  golpe  del 
martillo.  La  superficie  está  casi  tan  negra  como  la  tinta,  pero 
parece  haber  sufrido  mui  poco  o  nada  por  el  moho. 

dComo  los  peruanos  poseian  desde  mucho  antes  de  la  conquis- 
ta mazas  i  hachas  de  bronce,  a  las  cuales  se  adaptaban  mangos 
como  los  de  nuestros  actuales  martillos,  debe  inferirse  que  el 
instrumento  de  que  tratamos  pertenece  a  un  período  mas  remoto 
de  la  historia;  i  que,  tal  como  estaba,  se  le  conservaba  de  jene- 
racion  en  jeneracion  en  las  tribus  distantes  de  la  capital,  antes 
de  que  se  hubiese  introducido  entre  ellas  otras  mejores,  es  no 
solo  probable  sino  seguro;  i  de  este  modo  la  edad  de  estos  ins- 
trumentos no  puede  determinarse  por  la  de  la  huaca  de  donde 


CAP.   XII.— LA  EDAD  DEL  BRONCE  377 

tamafio  natural  bajo  el  número  137,  de  propiedad  de  nuestro  Mu- 
seo i  que  ya  antes  don  Claudio  Gay  había  copiado  en  el  Atlas  de 
su  Historia  de  Chile.  Entendemos  que  es  de  cobre  puro,  i,  según 
se  asegura,  fué  hallada  también  en  Copiapó.  Merece  notarse  en 
ella  que  es  sumamente  delgada  (lo  que  corrobora  el  empleo  que 
le  atribuimos)  así  como  el  ojo  que  tiene  en  su  parte  superior,  des- 
tinado sin  duda  para  llevarla  colgada,  ya  que  solo  así  podia  en 
aquellos  tiempos  mantenerse  seguro  un  instrumento  de  tanto  va- 
lor para  su  época. 

El  cincel  dibujado  bajo  el  número  136,  «es  de  un  color  ama- 
rillo pronunciado,  duro,  suena  bien  i  pesa  una  onza  i  cuarto.  La 
proporción  de  estaño  probable  mente  alcanza  a  un  seis  por  ciento. 
La  superficie  aparece  corroída,  i  los  estremos  cortantes  son  den- 
tados. 

cEl  metal  del  otro  instrumento  mas  grande  de  esta  misma  es- 
peciCi  no  parece  tan  duro;  pesa  dos  onzas  i  es  un  poco  mas  os- 
curO|  i  quizás  su  proporción  de  estaño  no  pasa  de  un  cinco  por 
ciento. 

«Tomados  por  el  medio,  aún  ahora,  los  dos  utensilios  prece- 
dentes no  serian  malos  reemplazantes  del  acero  para  cortar  cue- 
ro, paños,  pieles  i  otros  materiales  delgados  que  se  estendieran 
sobre  una  mesa,  i  aún  para  atacar  maderas  blandas,  ya  en  la  di- 
rección de  la  fibra  o  en  sentido  trasversal.  En  la  colección  de  ma- 
nuscritos mejicanos  de  Boturini  se  ven  trabajadores  grabando 
madera  con  instrumentos  de  esta  clase.  Siendo  achatados,  presen- 
tan dos  estremidades  cortantes  de  un  ancho  diverso,  en  tanto  que 
por  el  espesor  uniforme  dado  al  cuerpo  del  instrumento,  bastaba 
un  corto  dispendio  de  trabajo  para  sacarle  filo  cuando  se  rom- 
piese o  se  gastase.  Otra  ventaja  capital  que  nosotros,  poseyendo 
ahora  el  fierro  i  el  acero  i  grandes  facilidades  para  trabajarlos 
podemos  escasamente  apreciar  en  estos  instrumentos,  es  que  no 
se  inutilizaban  sino  cuando  se  gastaban  en  absoluto:  mientras  sub- 
sistiese una  sola  pulgada,  todavía  estaban  en  aptitud  de  adoptár- 
seles un  mango.  Es  mui  probable  que  la  forma  i  proporciones  de 
estos  instrumentos  se  diese  a  todas  las  herramientas  duras  i  he- 

48 


376  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

O  ahuecarlo  para  que  sirviese  de  canoa,  el  fuego  era  el  que 
servia  de  ájente  principal.  Todo  lo  que  se  refiere  a  la  corta  de 
maderas  antes  de  que  se  descubriesen  los  instrumentos  de  metal 
estaba  reducido  al  grabado  o  al  alisamiento  por  medio  de  cuchi- 
llos de  obsidiana,  pedernales  i  conchas,  etc.^^Jf) 

La  hachita  figurada  en  el  número  135  lo  está  de  tamaño  na- 
tural, i  tiene  un  cuarto  de  pulgada  de  espesor  en  la  parte  mas 
gruesa,  tres  cuartos  de  pulgada  de  ancho  en  un  estremo,  i  una  i 
tres  octavas  en  el  otro.  «Es  de  cobre  puro,  ha  sido  fundida,  i  el 
filo  producido  por  medio  del  martillo.  Aunque  clasificada  de 
cincel,  con  motivo  de  su  forma,  no  ha  sido  jamás  usada  como  tal, 
pues  no  se  ven  señales  de  golpes  en  su  parte  superior.  Sirvió  se- 
guramente como  navaja,  i  este  uso  tuvieron  todos  o  casi  todos 
los  instrumentos  de  piedra  i  de  metal  de  una  naturaleza  seme- 
jante.^» 

Esta  hachita,  así  como  los  cinceles  de  que  luego  hablaremos, 
fueron  encontrados  en  la  aldea  de  San  José,  por  unos  trabajado- 
res que  construian  un  canal.  Se  hallaron  también  enterrados  jun- 
to con  ellos  restos  humanos,  que  se  reducian  a  polvo  con  el  con- 
tacto del  aire. 

Por  nuestra  parte  no  participamos  en  un  todo  de  la  opinión 
del  señor  Ewbank  que  supone  que  la  hacha  número  126  ha  de- 
bido usarse  con  mango,  pues  de  su  sola  inspección  talvez  puede 
deducirse  que  estaba  mas  bien  destinada  a  usarse  sin  él.  La  par- 
te superior  del  referido  instrumento  reúne  todas  las  condicio- 
nes apetecibles  para  que  pueda  asegurarse  con  la  mano,  i  este 
sistema  es  también  el  mas  natural  si  se  atiende  a  las  mismas  con- 
sideraciones que  el  referido  autor  hace  valer  i  que  son  induda- 
blemente exactas  respecto  de  muchos  otros  útiles  de  piedra  o 
de  metal. 

Pero  si  este  punto  puede  ofrecer  alguna  controversia,  creemos 
que  no  puede  en  manera  alguna  dudarse  de  que  este  último  uso 
ha  sido  el  único  que  ha  podido  convenirle  a  la  que  dibujamos  de 

63.  The  U,  S.  naval  asir onomical  expedition^  t.  II,  páj.  116. 

64.  /¿/.,  id. 


CAP.    XII. — LA   EDAD   DEL   BRONCE  377 

tamaño  natural  bajo  el  número  137,  de  propiedad  de  nuestro  Mu- 
seo i  que  ya  antes  don  Claudio  Gay  habia  copiado  en  el  Atlas  de 
su  Historia  de  Chile,  Entendemos  que  es  de  cobre  puro,  i,  según 
se  asegura,  fué  hallada  también  en  Copiapó.  Merece  notarse  en 
ella  que  es  sumamente  delgada  (lo  que  corrobora  el  empleo  que 
le  atribuimos)  así  como  el  ojo  que  tiene  en  su  parte  superior,  des- 
tinado sin  duda  para  llevarla  colgada,  ya  que  solo  así  podia  en 
aquellos  tiempos  mantenerse  seguro  un  instrumento  de  tanto  va- 
lor para  su  época. 

El  cincel  dibujado  bajo  el  número  136,  (ces  de  un  color  ama- 
rillo pronunciado,  duro,  suena  bien  i  pesa  una  onza  i  cuarto.  La 
proporción  de  estaño  probable  mente  alcanza  a  un  seis  por  ciento. 
La  superficie  aparece  corroida,  i  los  estreñios  cortantes  son  den- 
tados. 

«El  metal  del  otro  instrumento  mas  grande  de  esta  misma  es- 
pecie, no  parece  tan  duro;  pesa  dos  onzas  i  es  un  poco  mas  os- 
curo, i  quizás  su  proporción  de  estaño  no  pasa  de  un  cinco  por 
ciento. 

oiTomados  por  el  medio,  aún  ahora,  los  dos  utensilios  prece- 
dentes no  serian  malos  reemplazantes  del  acero  para  cortar  cue- 
ro, paños,  pieles  i  otros  materiales  delgados  que  se  estendieran 
sobre  una  mesa,  i  aún  para  atacar  maderas  blandas,  ya  en  la  di- 
rección de  la  fibra  o  en  sentido  trasversal.  En  la  colección  de  ma- 
nuscritos mejicanos  de  Boturini  se  ven  trabajadores  grabando 
madera  con  instrumentos  de  esta  clase.  Siendo  achatados,  presen- 
tan dos  estremidades  cortantes  de  un  ancho  diverso,  en  tanto  que 
por  el  espesor  uniforme  dado  al  cuerpo  del  instrumento,  bastaba 
un  corto  dispendio  de  trabajo  para  sacarle  filo  cuando  se  rom- 
piese o  se  gastase.  Otra  ventaja  capital  que  nosotros,  poseyendo 
ahora  el  fierro  i  el  acero  i  grandes  facilidades  para  trabajarlos 
podemos  escasamente  apreciar  en  estos  instrumentos,  es  que  no 
se  inutilizaban  sino  cuando  se  gastaban  en  absoluto:  mientras  sub- 
sistiese una  sola  pulgada,  todavía  estaban  en  aptitud  de  adoptár- 
seles un  mango.  Es  mui  probable  que  la  forma  i  proporciones  de 

estos  instrumentos  se  diese  a  todas  las  herramientas  duras  i  he- 

43 


378  LOS   ABORÍJENES    DE   CHILE 

chas  para  cortar;  en  tanto  que  a  las  que  eran  maleables,  se  las 
fabricaba  mas  gruesas  en  el  cuerpo  i  adelgazadas  en  los  estremos 
por  medio  del  martillo.^D 

Bollaert  refiere  igualmente  que,  en  1828,  se  encontró  en  An- 
dacollo,  en  unas  huacas,  un  cincel  de  bronce  de  quince  pulgadas 
de  largo.^  I  según  hemos  oido  a  la  señora  Primitiva  Hurtado  de 
Prieto,  existió  también  en  su  poder  una  hachuela  de  metal  estrai- 
da  de  Copiapó,  que  se  estravió  en  la  Esposicion  del  Coloniaje, 

A  pesar  de  la  relativa  escasez  de  esta  clase  de  instrumentos 
entre  nosotros,  pues  solo  tenemos  noticia  de  los  señalados  aquí, 
se  sabe  que  en  otras  partes  del  Perú  fueron  sumamente  abun- 
dantes. <rLo  esperimenté  esto  una  vez,  dice  frai  Gregorio  García, 
que  mandé  en  un  pueblo  juntar  de  este  cobre  para  una  campana, 
i  me  trajeron  muchísimas  hachuelas  de  que  ellos  usaban  para 
cortar  cosa  recia,  i  otras  hachas,  armas  e  instrumentos  bélicos  de 
mil  maneras.  Yo  examiné  la  labor  que  con  ellas  hacian  en  las 
piedras,  i  hallé  que  no  usaban  mas  instrumentos  que  aquellas  ha- 
chuelas,  i  cuando  mucho  de  unas  piedras  mui  sólidas,  etc.^JO 

Probablemente  entre  los  objetos  que  vio  el  fraile  dominicano 
se  encontraría  algún  instrumento  semejante  al  que  copiamos  bajo 
el  número  134,  hallado  también  en  San  José  de  Maipo  i  cuyo 
modelo  parece  haber  sido  mui  común  en  el  sur  del  Perú,  pues 
hasta  hoi  se  estraen  con  frecuencia  de  las  sepulturas  indíjenas  de 
Arica.  «Esta  navaja,  dice  el  señor  Ewbank,  es  sobre  todo  intere- 
sante por  su  semejanza  con  las  que  hoi  usan  los  talabarteros  i 
guanteros  i  con  las  que  tuvieron  los  ejipcios  en  la  época  de  los 
faraones.  Ha  sido  fundida.  Donde  el  mango  se  une  a  la  hoja,  hai 
cierta  demostración  de  que  ha  sido  soldado  o  pegado,  pero  que 
parece  mas  bien  debida  a  la  junción  de  los  dos  trozos  del  molde. 
El  mango  es  cilindrico,  de  tres  octavos  de  pulgada  de  espesor  i 
hecho  imitando  una  pata  de  pájaro  puesta  al  revés.  A  pesar  de 
que  parece  haber  sido  poco  usada,  la  ornamentación  ha  desapa- 

65.  Ewbank,  ob.  i  lug.  cíts. 

66.  Antíquarian^  ethnological  and  other  researches^  etc,^  páj.  177. 

67.  Origen  de  los  Indios^  páj.  161. 


CAP.   XII. — ^LA   EDAD  DEL  BRONCE  379 

recido  casi  por  compIeto.iD  Las  láminas  cinco  i  seis  de  la  plancha 
XXXIV  de  la  obra  de  Rivero  i  Tschudi  representan  dos  de  es- 
tos instrumentos,  a:cuyo  uso  ignoramos:»,  dicen  los  espresados 
autores. 

Junto  con  las  piezas  que  antes  se  han  descrito  como  proce- 
dentes de  San  José,  se  encontró  una  pequefia  piedra  de  afi- 
lar, «que  probablemente  se  llevaba  colgada  del  agujero  que 
tiene  en  una  de  sus  estremidades.  Aparece  con  algunas  depre- 
siones,  efecto  del  uso  a  que  estuvo  destinada,  siendo  tan  seme- 
jante  a  las  que  hoi  tenemos  i  hallándose  en  un  estado  de  con- 
servación tal,  que  se  la  tomaría  por  de  propiedad  de  algún 
carpintero  moderno.» 

Apreciando  en  jeneral  la  materia  de  que  han  sido  hechos  los 
objetos  de  metal  que  hemos  enumerado,  espresa  el  mismo  au- 
tor que  venimos  citando,  «que  son  de  diferentes  grados  de  du- 
reza i  sin  duda  alguna  resultado  de  composiciones  artificiales. 
Tienen,  con  mucho,  el  filo  mas  resistente  de  cuantos  de  esta  ná- 
turaleza  hayamos  visto  hasta  ahora,  mostrando  claramente  que 
la  aleación  del  estaño  con  el  cobre  como  medio  de  endurecer  el 
conjunto,  era  conocida  en  el  antiguo  Chile,  en  el  Perú,  Méjico  i 
Centro- América.D  Concluye  el  señor  Ewbank  que  «estos instru- 
mentos sirven  para  darse  cuenta  de  muchos  hechos  relativos  a  la 
civilización  remota  de  la  América  que  hasta  aquí  han  sido  con- 
siderados  como  embarazos  sin  salida;  pero  que  no  bastan  toda- 
vía  para  esplicar  ciertos  trabajos  en  piedra  del  Cuzco,  Uxmal  i 
Palenque.  3) 

No  podemos  tratar  de  la  influencia  que  las  conquistas  de  los 
Incas  ejercieron  en  Chile,  sin  hablar  con  alguna  detención  de  las 
ideas  relijiosas  que  trajeron  a  nuestro  suelo  los  invasores  i  que, 
conforme  a  su  sistema,  se  esmeraron  en  implantar  entre  los  po- 
bladores de  Chile.  Esto  se  hace  tanto  mas  necesario  cuanto  que 

aún  nos  quedan  formas  visibles  de  ese  antiguo  sistema  relijioso. 

ti 

«En  la  época  de  la  conquista  española,  dice  don  B.  Mitre,  el 
culto  helíaco  era  una  fórmula  en  el  Alto  i  Bajo  Perú  i  sus  mo- 
radores indíjenas  tenían  tantos  dioses  locales  i  penates  como 


380  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

había  pueblos  i  familias  en  el  imperio  incásico.  Los  concilios 
de  Lima  de  1567  i  1583  declaran  en  sus  capítulos: — dComun  es 
a  casi  todos  los  indios  adorar  buacas,  ídolos,  quebradas  i  piedras 
grandes,  cerros,  cumbres  de  montes,  fuentes,  i,  finalmente,  cual- 
quiera cosa  que  parezca  notable  i  diferenciada  de  las  demas.D — 
I  según  los  antiguos  quichuistas  que  estudiaron  la  lengua  en  to- 
da su  pureza,  la  palabra  hiiacUy  o  mas  bien,  waca  significaría  lo 
mismo  ídolo  que  ^templo,  sepulcro,  lugar  sagrado,  figuras  de 
hombres,  animales,  montañas,  etc.,  tan  confusa  es  su  noción 
de  divinidad,  producto  del  naturalismo  mas  rudimentario,  i  tan 
poco  preciso  es  su  vocabulario  para  espresar  ideas  que  casi  todos 
los  pueblos  salvajes  tienen  palabras  para  distinguir.®;) 

«Así  como  los  romanos,  dice  a  este  respecto  un  distinguido 
viajero  inglés,  tuvieron  sus  penates  i  lares,  dioses  de  sus  mora- 
das, los  griegos  sus  deidades  de  los  bosques,  de  las  fuentes,  etc.; 
así  también  los  antiguos  peruanos  tuvieron  sus  huacas  o  sepul- 
turas milagrosas  de  sus  héroes,  i  sus  conopas  o  dioses  penates. 
Estos  eran  innumerables  i  los  diversos  distritos,  valles,  aillus  o 
familias  tuvieron  su  deidad  propia  i  peculiar.  Muchos  se  encuen- 
tran todavía  de  greda,  piedra,  plata  i  algunas  veces  de  oro... 

(íLa  creencia  en  los  penates  continuó  por  mucho  tiempo  des- 
pués de  la  conquista  española,  i  aún  no  está  del  todo  desterrada 
de  la  imajinacion  de  los  indios  que  todavía  reverencian  sus  cono- 
pas en  las  hondanadas  mas  recónditas  de  los  Andes.  Existe  una 
muestra  curiosa  del  hecho  en  una  carta  pastoral  escrita  por  el 
arzobispo  don  Pedro  de  Villagomez,  en  1649,  que  contiene  una 
serie  de  cuestiones,  que  denotan  las  varias  clases  de  supersticio- 
nes dominantes  en  el  Perú  en  ese  tiempo. 

«Entre  ellas  notamos  las  siguientes: 

«¿Cuál  es  el  nombre  de  la  huaca  principal  que  ustedes  reveren- 
cian en  este  lugar? 

«¿A  qué  huaca  invocan  para  pedir  protección  para  sus  cosechas? 

«¿A  qué  huaca  se  dirijen  cuando  salen  al  trabajo?... 

«¿Que  fuentes  o  lagos  adoran? 

68.  Las  ruinas  de  Ttahuanaco^  páj.  43,  Buenos  Aires,  1879. 


CAP.   XII. — LA   EDAD  DEL  BRONCE  38  í 

«¿Qué  fiestas  celebran,  en  qué  estaciones  i  con  qué  ceremonias? 
Etc  •}[> 

El  concilio  de  1582,  de  que  hace  mención  el  primero  de  los 
autores  que  acaban  de  citarse,  mandó,  con  referencia  a  las  hua- 
cas,  que  los  curas  las  derribasen  juntamente  con  los  ídolos;  que 
los  indios  manifestasen  las  huacas  e  fdolos  públicos  i  particulares, 
debiendo  disiparse  totalmente;  averiguarse  si  eran  objetos  de 
adoración,  o  si  se  les  ofrecían  sacrificios  o  se  les  hacian  ritos  i 
supersticiones:  la  adoración  de  los  caminos  o  apachitas;  si  amol- 
daban las  cabezas  de  los  muchachos  de  ciertas  formas  que  .los  in- 
dios llaman  caytu-uma  o  palta-urna]  la  manera  de  torcer  o  hacer 
trenzas  los  cabellos  i  de  tresquilarlos  en  ciertas  partes,  con  otras 
diferencias  como  de  criznejas  que  usan  para  sus  supersticiones; 
si  sepultaban  vestidos,  comidas  i  bebidas  i  procuraban  enterrarse 
en  las  tumbas  de  sus  antepasados;  si  horadaban  las  orejas  i  traian 
en  ellas  colgadas  algunas  rodajuelas;  si  tenian  de  sus  antepasados 
la  práctica  de  hacer  borracheras  i  taquíes  i  ofrecer  sacrificios  en 
honra  del  diablo  al  tiempo  de  el  sembrar  i  el  cojer,  i  en  otras 
conyunturas  i  tiempos  cuando  comienzan  algún  negocio  que  tie- 
nen por  importante;  las  supersticiones  i  ceremonias,  que  tienen 
innumerables  los  indios,  mayormente  para  tomar  agüeros  de  ne- 
gocios que  comienzan,  i  en  hacer  mil  ceremonias  en  los  entierros 
de  sus  difuntos;  los  hechiceros,  confesores  i  adivinos  i  los  demás 
ministros  del  demonio  que  tienen  de  oficio;  vicio  de  embriaguez; 
caracas  de  que  dependen  los  demás;  concluyendo  por  escomul- 
gar,  según  precepto  de  sfnodo  i  de  Clemente  III,  a  los  turbadores 
de  sepulturas.^ 

Como  se  vé,  los  padres  del  concilio  se  hallaban  bastante 
instruidos  en  el  culto  de  los  antiguos  subditos  de  los  Incas,  pero 
el  formulario  que  hemos  apuntado  no  puede  parecer  decisivo  si 
no  tenemos  a  la  vista  las  respuestas  dadas  a  cada  una  de  sus  pre- 
guntas por  aquellos  a  quienes  era  dirijido,  i  es  lo  que  vamos  a 
manifestar. 

69,  Ciernen ts  R.  Markham,  Cuzco:  Ajourney  to  the  ancient  capital  of  Perú 
páj.  130,  London,  1856. 

70.  Concilio  segundo  de  Lima^  1582,  parte  segunda,  disposición  97  i  sigtes. 


382  .LOS.  ABORÍJENES   DE   CHILE 

Eljesuita  Pablo  José  de  Arriaga  que  acompañó  a  los  doctores 
Hernando  de  Avendaño  i  Francisco  de  Avila,  ambos  comisiona- 
dos para  visitar  provincias  del  Perú  con  el  objeto  de  descubrir 
las  idolatrías  de  los  indios,  es  el  que  nos  ya  ^  contar  los  ritos  reli- 
jiosos  de  los  naturales.  I  a  fe  que  el  padre  debió  de  conocerlos  a 
fondo,  pues  en  año  i  medio  que  duró  la  visita  se  confesaron  cinco 
mil  seiscientas  noventa  i  cuatro  personas,  habiéndose  logrado 
descubrir  seiscientos  setenta  i  nueve  ministros  de  idolatría,  qui- 
tándose, a  los  indios  seiscientas  tres  buacas  principal,es,  tres  mil 
cuatrocientas  dieziocho  conopas^  cuarenta  i  cinco  mamazaras^ 
i  otras  tantas  compás^  ciento  ochenta  i  nueve  huancas,  seiscien- 
tos diezisiete  malquis^  que  se  quemaron,  i  trescientas  cincuenta 
i  siete  cunaSy  etc. 

«Adoran  al  sol,  dice  Arriaga,  con  nombre  de  Punchao,  que  sig- 
nifica el  dia,  i  también  debajo  de  su  propio  nombre  í}i/í;  i  tam- 
bién a  la  luna,  que  es  Quilla^^  i  a  algunas  estrellas,  especialmen- 
te a  Oncay,  (que  son  las  siete  cabrillas);  adoran  a  Libiac^  que 
es  el  rayo,  es  mui  ordinario  en  la  sierra:  i  así  muchos  toman  el 
nombre  i  apellido  de  Libi.ac  o  Hillapa,  que  es  lo  mismo. 

Es  digno  de  notarse  la^coincidencia  que,  tanto  respecto  de 
estas  cosas  reverenciadas  por  los  peruanos,  como  respecto  del 
oríjen  de  ciertos  apellidos,  se  observa  en  los  indios  chilenos,  se- 
gun  ya  lo  hemos  visto,  i  que  acaso  tiende  a  manifestar  que  estos 
las  aprendieron  de  aquellos. 

En  una  relación  de  un  antiguo  oidor  de  Chile,  mui  dado  al 
estudio  de  los  príjenes  del  pueblo  de  los  Incas,  se  sostiene  que 
la  adoración  de  los  antiguos  peruanos,  fué  en  un  principio  al  sol 
i  a  la  luna,  pero  que  después  tomaron  la  de  las  huacas;...  <ri  lo 
principal  era  al  sol,  al  cual  tenian  que  era  hombre,  i  así  particu- 
larmente le  adorabari,  los  hombres;  i  a  la  luna  tenian  por  mujer, 
i  la  adoraban  particularmente  las  mujeres.'^» 

71.  Así,  en  el  templo  principal  del  Cuzco  había  una  lámina  que  representaba 
a  la  luna,  al  lado  de  la  ñ<)^ura  del  sol.  £1  dibujo  de  ambas  lo  da  el  Inca  Pacha- 
cu  ti  en  la  páj.  257  de  su  Relación, 

72.  Fernando  de  Santiltan,  Relación  del  orijen^  descendencia^  política  y  go» 
bienio  de  los  Incas ^  páj.  30. 


CAP.   XlI.-^LA  EDAD  DEL  BRONCE  383 

Esta  adoración,  continua  Árríágai  cno  es  de  todos  los  dias 
sino  el  tiempo  señalado  para  hacelles  fiestas,  i  cuando  se  ven  en 
alguna  necesidad  o  enfermedad,  o  han  de  hacer  algún  camino, 
levantan  las  manos  i  se  tiran  las  cejas  i  las  soplan  hacia  arriba, 
hablando  con  el  sol  i  con  Libiac,  llamándole  su  hacedor  i  su  cria- 
dor, i  pidiendo  que  les  ayude. 

cA  Mamacocha,  que  es  la  mar,  invocan  de  la  misma  manera 
todos  los  que  bajan  de  la  sierra  a  los  llanos,  en  viéndola,  i  le  pi- 
den en  particular  que  no  les  deje  enfermar  i  que  vuelvan  pronto 
con  salud  i  plata,...  i  esto  hacen  todos  sin  faltar  niilguno,  aún 
muchachos  mui  pequeños. 

«A  Mamapacha,  que  es  la  tierra,  también  reverencian,  espe- 
cialmejite  las  mujeres  al  tiempo  que  han  de  sembrar,  i  hablan  con 
ella  diciendo  que  les  dé  buena  cosecha,  i  derraman  para  esto 
chicha  i  maíz  molido,  o  por  su  mano  o  por  medio  de  los  hechi- 
ceros. 

cA  los  puquios,  que  son  los  manantiales  i  fuentes,  hemos  há- 
lito que  adoran  de  la  misma  manera,  especialmente  donde  tie- 
nen falta  de  agua,  pidiéndoles  que  no  se  sequen. 

cA.los  ríos,  cuando  han  de  pasalles,  tomando  un  poco  de  ?igua 
con  la  mano  i  bebiéndola,  les  piden,  hablando  con  ellos,  que  les 
dejen  pasar  i  no  les  lleven,  i  esta  ceremonia  llaman  mayuchulla^ 
i  lo  mismo  hacen  los  pescadores  cuando  entran  a  pescar. 

c  A  óerros  altos  i  montes  i  algunas  piedras  mui  grandes  tam- 
bién adoran  i  mochan,  i  les  llaman  con  nombres  particulares,  i 
tienen  sobre  ellos  mil  fábulas  de  conversiones  i  metamorfosis  i 

■ 

que  fueron  antes  hombres  que  se  convirtieron  en  aquellas  piedras. 
cLas  sierras' nevadas,  que  llaman  Razu^  o  por  síncopa,  rao  o 
ritUj  que  todo  quiere  decir  nieve,  i  también  a  las  casas  de  los 
huariSy  que  son  los  primeros  pobladores  de  aquella  tierra,  que 
ellos  dicen  fueron  jigantes,...  i  de  la  tierra.de  los  huesos  llevan 
para  sus  enfermedades  i  para  malos  fines  de  amores,  etc.  Invocan 
a  Huari,  que  dicen  es  el  dios  de  las  fuerzas,  cuando  han  de  ha- 
cer sus  chacras  o  casas  para  que  se  las  preste. 


?84  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

«Alas  Pacarinas,  que  es  de  donde  ellos  dicen  que  descienden, 
reverencian  también... 

«Todas  las  cosas  sobredichas  son  huacas,  que  adoran  como  a 
Dios... 

«Otras  huacas  hai  móviles  que  son  las  ordinarias...  De  ordi- 
nario son  de  piedra,  i  las  mas  veces  son  figuras  de  mujer,  i  otras 
tienen  diversas  figuras  de  hombres  o  mujeres,  i  a  algunas  destas 
huacas  dicen  que  son  hijos  i  mujeres  de  otras  huacas;  otras  tie- 
nen figuras  de  animales.  Todas  tienen  sus  particulares  nombres 
con  que  las  invocan,  i  no  hai  muchacho  que  en  sabiendo  hablar 
no  sepa  el  nombre  de  la  huaca  de  su  aillo]  porque  toda  parcia- 
lidad o  aillo  tiene  su  huaca  principal,  i  otras  menos  principales 
algunas  veces,  i  de  ellas  suelen  tomar  el  nombre  muchos  de  aquel 
aillo.  Algunas  de  éstas  las  tienen  como  a  guardas  i  abogados  de 
sus  pueblos,  que  sobre  el  nombre  propio  llaman  Marca  aparac  o 
Marcac  harac. 

«Estas  huacas  tienen  todas  sus  particulares  sacerdotes,  que 
ofrecen  los  sacrificios,  i  aunque  saben  todos  hacia  donde  están, 
pocos  las  ven,  porque  ellos  se  suelen  quedar  atrás  i  solo  el  sa- 
cerdote es  el  que  habla...  I  no  solo  reverencian  las  huacas,  pero 
aún  los  lugares  donde  dicen  que  descansaron  o  estuvieron  las 
huacas,  que  llaman  zamama,  i  a  otros  lugares  de  donde  ellos  las 
invocan,  que  llaman  cayati^  también  los  reverencian... 

«Las  conopas,  que  en  el  Cuzco  llaman  chaucas^  son  propia- 
mente sus  dioses  lares  i  penates,  i  así  las  llaman  también  Huaci- 
camayoc^  el  mayordomo  o  dueño  de  casa.  Estas  son  de  diversas 
materias  i  figuras,  aunque  de  ordinario  son  algunas  piedras  parti- 
culares i  pequeñas  que  tengan  algo  de  notable  en  la  color  o  en 
la  figura... 

«...Lo  ordinario  es  que  las  conopas  se  hereden  siempre  de  pa- 
dres a  hijos,  i  es  cosa  cierta  i  averiguada  que  entre  los  hermanos 
el  mayor  tiene  siempre  la  conopade  sus  padres...  Estas  conopas 
es  cosa  cierta  que  las  tenian  todos  en  tiempo  de  su  jentilidad  an- 
tes de  la  venida  de  los  españoles... 

«Por  conopas  suelen  tener  algunas  piedras  bezares  que  los  in- 


CAP,   XII. — LA  EDAD   DEL  BRONXE  385 

dios  llaman  quicu.  En  los  llanos  tenian  muchos  por  conopas  unas 
piedras  pequeñas  de  cristal,  al  modo  de  puntas  i  esquinadas,  que 
llaman  lacas^  Hai  también  canopas  mas  particulares,  unas  para 
el  maíz,  que  llaman  Zarapconopa^  otras  para  las  papas,  Papapco- 
nopa^  otras  para  el  aumento  del  ganado  que  llaman  Caullama^ 
que  algunas  veces  son  de  figuras  de  carneros. 

«A  todas  las  conopas,  de  cualquiera  manera  que  sean,  se  les 
da  la  misma  adoración  que  a  las  huacas,  solo  que  la  de  éstas  es 
pública  i  común  de  toda  la  provincia,  de  todo  el  pueblo  o  de  todo 
el  aillo,  según  es  la  huaca,  i  la  de  las  conopas  es  secreta  i  parti- 
cular de  los  de  cada  casa.  Este  culto  i  veneración,  o  se  la  dan 
ellos  mismos  por  sus  personas,  ofreciéndoles  ciertas  cosas,  o  lla- 
man para  ello  el  hechicero 

cEsta  veneración  no  es  de  todos  los  dias  ni  ordinaria,  sino  al 
modo  de  las  huacas,  a  ciertos  tiempos  del  año  i  cuando  están  en- 
fermos, o  han  de  hacer  algún  camino,  o  dan  principio  a  las  se- 
menteras.^» 

Según  refiere  el  mismo  Arriaga,  i  su  testimonio  aparece  en 
esto  corroborado  por  el  de  muchos  otros  autores,  los  sacerdotes 
españoles  se  entregaron  con  furor  a  la  destrucción  de  todos  esos 
objetos  indíjenas  en  que  suponian  vinculado  algún  rito  o  supers- 
tición. dDestos  ídolos,  dice  el  jesuita,  se  hizo  un  auto  público  en 
la  plaza  desta  ciudad  de  Lima,  convocando  para  él  todos  los  in- 
dios al  deredor.  Hiciéronse  dos  tablados,  con  pasadizos  del  uno. 
al  otro.  El  uno  de  terrapleno  i  en  él  mucha  leña  donde  iban  pa- 
sando los  ídolos  i  todos  sus  ornamentos,  i  se  arrojaban  en  la  le- 
fia. Donde  también  estaba  amarrado  un  indio  llamado  Hernando 
Paucar,  grande  maestro  de  idolatría  i  que  hablaba  con  el  demo- 
nio, natural  de  San  Pedro  de  Mama,  a  quien  en  todos  sus  con- 
tornos tenian  los  indios  en  mucha  veneración.  I  después  de  haber 
predicado  a  este  acto  el  doctor  Francisco  de  Avila,  en  la  lengua 
jeneral  de  los  indios,  estando  el  señor  Virrei  asomado  a  su  ven- 
tana, de  donde  se  veia  i  oia  todo,  se  publicó  la  sentencia,  i  azo- 

73.  Extirpación  déla  idolatría  del  Pirú,  Lima,  1621,  páj.  10  i  siguientes. 


i 


386  LOS   ABORÍJENES   DE    CHILE 

taron  al  dicho  indio,  i  se  pegó  fuego  a  la  leña  donde  estaban  los 
ídolos."'*  D 

Para  que  se  tenga  idea  de  la  cantidad  de  los  ídolos  que  los 
españoles  destruyeron  en  el  Perú,  recordaremos  también  en  este 
lugar  que  en  16 ig,  en  nota  dirijida  al  rei  por  don  Francisco  de 
Borja  le  decia  que  en  los  cuatro  años  que  llevaba  de  su  gobier- 
no habia  quitado  a  los  indios  diez  mil  cuatrocientos  veintidós^ 

A  pesar  de  este  espíritu  destructor  inspirado  por  el  celo  reli- 
jioso  de  aquellos  tiempos  atrasados,  i  a  pesar  todavía  de  que  el 
culto  peruano,  por  la  fuerza  misma  de  las  cosas,  tuvo  entre  noso- 
tros pocos  sectarios,  no  son  en  Chile  tan  escasos  como  pudiera 
creerse  las  figuras  e  ídolos  de  que  venimos  hablando.  Según  es 
fácil  colejir,  abundan  mas  en  el  norte  que  en  las  provincias  cen- 
trales i  faltan  totalmente  en  el  sur.  En  Copiapó,  Vallenar  i  Co- 
quimbo se  han  encontrado  de  oro,  plata  i  cobre,  pero  en  el  resto 
del  país  solo  de  piedra.  ¿A  qué  debe  atribuirse  la  razón  de  esta 
diferencia? 

Previamente  debemos  preguntarnos  ¿todos  los  ídolos  son  aca- 
so de  procedencia  peruana?  Por  la  mayor  duración  i  asentamien- 
to de  la  conquista  incarial  en  el  norte  del  país  se  esplica  perfec- 
tamente que  sean  allí  estas  figuras  mucho  mas  comunes;  siendo 
mas  los  que  se  enterraban  i  estando  igas  jeneralizado  el  culto  a 
aquellas  divinidades,  es  natural  que  el  número  de  ejemplares  que 
se  obtengan  sea  también  mayor.  x\demas,  la  relativa  aridez  i  fal- 
ta de  cultivo  de  aquellos  terrenos  i  su  menor  población  en  la  ac- 
tualidad han  permitido  también  que  se  conserven  mejor  i  por  mas 
largo  tiempo  aquellas  reliquias  de  otra  edad.  Las  lluvias  mas  fre- 
cuentes en  las  provincias  centrales  i  una  agricultura  mas  desarro- 
llada, implican,  por  el  contrario,  un  desaparecimiento  mas  rápi- 
do, ya  que  en  uno  i  otro  caso  debemos  poner  a  la  cuenta  de  la 
destrucción  jeneral  la  desidia  e  ignorancia  de  nuestros  mayores, 
tan  ajenos  a  este  jénero  de  estudios. 


74.  Extirpación^  etc.,  páj.  3. 

75.  Marcos  Jiménez  de  la  Espada,  páj.  XXXVI  de  su  Introducción. 


cap;  XII. — LA  EDAD   DEL   BRONCE  387 

Pero,  sea  como  quiera,  el  heqho  es  que,  salvo  los  objetos  de 
cobre,  los  de  plata  i  oro  han  debido  conservarse  igualmente  bien 
en  Copiapó  como  en  Santiago.  ¿Cómo  es,  pues,  que  los  de  esta 
clase  faltan  totalmente  al  sur  de  Coquimbo?  ¿Son,  por  ventura,  los 
ídolos  de  piedra  manifestaciones  del  sistema  relijioso  de  un  pue- 
blo distinto  del  peruano  o  del  chileno  que  encontraron  en  el  país 
los  capitanes  del  Inca? 

Por  lo  que  en  capítulos  anteriores  hemos  indicado,  no  puede 
dudarse  de  que  existió  en  Chile  una  raza  o  pueblo  que  dejó 
aquí,  como  en  el  resto  de  América,  huellas  de  su  paso,  inscribien- 
do en  las  rocas  de  los  Andes  relaciones  que  hasta  ahora  los  eru- 
ditos no  pueden  descifrar.  Que  ese  pueblo  sabia  esculpir  en  la 
piedra  figuras  de  hombres  i  animales  aparece  de  la  simple  ins- 
pección de  cualquiera  de  los  monumentos  que  se  le  atribuyen, 
constituyendo  de  esa  manera  una  sociedad  mucho  mas  adelanta- 
da en  las  artes  que  la  peruana  i  mejicana,  de  la  época  del  descu- 
brimiento. No  seria,  pues,  la  consideración  de  falta  de  medios 
o.  intelijencia  la  que  pudiera  inclinarnos  a  considerar  como  ajenos 
a  ella  los  ídolos  de  que  tratamos. 

Pero,  contra  esta  hipótesis  mas  o  menos  fundada,  tenemos,  co- 
mo ya  se  ha  visto,  datos  positivos  de  que  los  peruanos  labraban 
en  piedra  algunos  de  sus  conopas  o  huacos.  A  menos,  por  tanto, 
de  prueba  en  contrario,  debemos  referir  a  ellos  los  ídolos  de  pie- 
dra de  que  hemos  hecho  mención.  El  hecho  indudablemente 
curioso  de  que  falten  en  el  norte  del  país  i  se  hallen  solo  en  la 
rejion  central,  se  esplica  en  parte,  a  nuestro  modo  de  ver,  por 
las  mismas  consideraciones  que  antes  hemos  apuntado.  Los  ob- 
jetos de  oro  o  plata  de  oríjen  peruano  encontrados  con  anterio- 
ridad a  la  época  presente  en  Santiago  i  otras  provincias  del  sur, 
han  sido  fundidos  quizá,  mientras  que  la  falta  de  valor  material 
de  los  de  piedra  les  ha  permitido  llegar  hasta  nosotros.  Adema?, 
éstos,  últimos  son  de  dimensiones  mucho  mayores  que  los  otros 
i  por  eso  también  hoi  dia  se  hace  mucho  mas  fácil  su  hallazgo, 
i  mas  que  todo  esto,  según  indican  los  autores  antiguos  que  de 
estas  materias  se  han  ocupado,  parece  que  los  ídolos  de  piedra 


38  8  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

representaban  las  diversas  provincias,  debiendo  por  esta  circuns- 
tancia ser  mucho  mas  escasos  que  las  conopas  o  dioses  lares  de 
familias  o  individuos. 

Según  lo  que  antiguos  cronistas  nos  refieren,  los  ídolos  de  pie- 
dra han  sido  fabricados  con  otras  piedras  i  en  algunos  casos  con 
instrumentos  de  metal.  Por  lo  restante,  todos  los  que  conocemos 
aparecen  rotos  en  su  parte  inferior,  sin  que  podamos,  por  este 
motivo,  aventurar  opinión  alguna  respecto  del  significado  mas  o 
menos  preciso  que  pudiera  atribuirseles.  Baste  con  que  reconoz- 
camos que  las  consideraciones  aplicables  en  este  orden  a  los  de 
metal,  convienen,  en  gran  parte,  a  los  de  piedra:  son  lisa  i  llana* 
mente  conopas  o  huacas,  bien  sea  de  una  parcialidad,  bien  de 
una  familia. 

La  figura  número  i  representa  uno  de  estos  ídolos  de  piedra 
encontrado  en  Malloa,  i,  como  puede  notarse,  ademas  de  la  ca- 
beza, solo  conserva  del  resto  del  cuerpo  parte  del  pecho,  sin  in- 
dicación alguna  de  brazos.  En  la  rejion  posterior  de  la  cabeza 
tiene  una  pequeña  protuberacion,  ya  naturalmente  desgastada, 
cuyo  uso  probablemente  ha  sido  para  amarrar  en  ella  algún  hilo 
i  colgarlo. 

El  que  representa  el  número  231  es  de  un  tipo  enteramente 
diverso  i  en  su  construcción  jeneral  no  deja  de  tener  alguna  se- 
mejanza con  el  que  se  encontró  cavando  los  cimientos  de  una 
iglesia  en  Valparaiso,  que  se  atribuye  a  los  habitantes  de  cierta 
isla  de  la  Oceanía,  i  que  actualmente  existe  en  el  Museo  histórica 
del  Santa  Lucía. 

El  ídolo  de  Malloa  tiene  una  cabeza  triangular,  que  no  corres- 
ponde a  ningún  tipo,  mientras  que  la  del  otro,  por  el  contrario, 
es  bastante  redonda.  Los  ojos  del  primero  aparecen  figurados 
por  dos  pequeñas  prominencias,  i  la  boca  por  una  simple  hendi- 
dura, al  paso  que  en  el  segundo  quedan  de  relieve  los  labios  i  los 
párpados,  acusando  un  trabajo  mas  perfecto  i  una  forma  mas  hu- 
mana, como  diríamos.  El  número  i  está  de  tamaño  natural  en  la 
lálnina  i  el  otro  en  la  escala  de  la  mitad. 

Tenemos  noticia  de  otro  ídolo  de  la  naturaleza  i  dimensiones 


CAP.   XII.-T-LA  EDAD  DEL  BRONCE  389 

de  los  anteriores,  encontrado  en  la  hacienda  de  ColchagHa,  que 
ha  servido  de  muñeco,  durante  muchos  afios,  a  los  niños  de  una 
familia  del  campo. 

El  que  representa  el  número  143, — hallado  en  una  huaca  cerca 
de  Vichuquen,  junto  con  varios  objetos  de  alfarería — fué  obse- 
quiado al  cura  del  lugar,  don  Pedro  Córdova,  por  cierto  cacique 
de  aquellos  contornos.  Actualmente  forma  parte  de  la  colección 
del  Museo  Nacional.  Es  de  piedra  talcosa,  i  según  se  ve  en  el 
dibujo,  que  es  de  tamaño  natural,  como  los  restantes  de  la  misma 
lámina,  representa  un  hombre  sentado,  con  las  manos  colocadas 
sobre  las  rodillas,  mas  o  menos  en  la  actitud  en  que  se  acostum- 
braba sepultar  lo  que  hoi  llamamos  momias.  El  diseño  de  las  fac* 
ciones  es  bastante  regular  i  parece  que  el  artista  hubiera  querido 
representar  a  alguno  que  está  riéndose.  El  cabello  está  recojido 
hacia  la  frente,  i  descendiendo  hacia  los  costados  en  pequeñas 
trenzas,  cubre  las  orejas.  La  desproporción  de  la  cabeza  es  singu- 
lar, i  mui  digno  de  observarse,  como  esplicacion  de  su  oríjen,  que 
los  brazos  parecen  estar  cubiertos  con  alguna  tela  figurando  man- 
gas. Esta  circunstancia,  las  facciones,  la  naturaleza  del  trabajo  i 
su  estado  de  conservación,  indican  claramente  que  pertenece  a 
una  edad  mui  moderna. 

Mucho  mas  interesante  que  el  anterior  es  el  que  representa  la 
figura  146.  Estraido  de  una  sepultura  indíjena  de  Freirina,  pode- 
mos notar  respecto  de  él  las  circunstancias  siguientes:  está  hecho 
de  la  concha  de  un  marisco,  i  por  lo  abultado  de  las  orejas  sin 
duda  se  ha  querido  imitar  a  alguno  de  los  indios  principales  lla- 
mados orejones.  La  cabeza  la  tiene  cubierta  con  un  bonete,  que 
acaso  no  es  tal  sino  simplemente  el  peinado  dispuesto  en  esa  for- 
ma, pues  el  mal  estado  de  conservación  en  que  se  le  ha  encon- 
trado i  que  ha  hecho  necesario  restaurarlo,  no  permite  deducir 
con  claridad  esta  circunstancia,  ni  tampoco  el  sexo.  Faltan  to- 
talmente los  brazos,  pero  se  ha  diseñado  el  abdomen  i  los  pies. 

Las  figuras  144  i  145  reproducen,  respectivamente,  de  frente  i 
de  lado,  otro  pequeño  ídolo  de  greda  encontrado  en  la  hacienda 
de  Cauquenes,  que  por  la  colocación  de  sus  brazos  se  deduce  que 


390  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

sostuviera  con  ellos  el  objeto  que  lleva  sobre  la  cabeza,  canasto 
II  olla.  Es  de  medio  cuerpo  i  según  es  fácil  deducir  estaba  des- 
tinado a  ser  colocado  parado  o  a  colgarse  del  apéndice  que  se  le 
nota  en  la  espalda.  Es  bastante  tosco  i  no  puede  negarse  que  tie- 
ne cierta  analojíacon  los  de  esta  misilia  naturaleza  que  se  descri- 
ben como  peculiares  a  Méjico.  «La  creencia  en  los  espíritus,  dice 
J.  G.  Müller,  coniun  a  los  pueblos  del  norte,  se  muestra,  sobre 
todo,  por  el  dios  tutelar  que  los  mejicanos  señalaban  a  cada  hom- 
bre... Son  pequeñas  figuras  humanas  de  tierra  cocida,  que  por 
eso  se  llaman  también' dios  pequeños»,  tepitoton.  Como  entre  los 
griegos,  estas  pequeñas  figuras  fabricadas  por  los  alfareros,  no 
sefvian  para  el  culto  de  los  templos  sino  para  el  doméstico  i  la 
inhumación  de  los  particulares.  El  rei  tenia  seisde  ellos,  los  no- 
tables cuatro,  i  el  vulgo,  dos.  Los  tales  iepitoton  se  hallan  aún 
en  el  dia  en  la  capital,  én  Cholula,  Tlascala,  i  hasta  en  el  rio  Pa- 
nuco, en  la  tierra  de  los  fofonacos.  Se  les  ponia  o  colgaba  eü  las 
sepulturas  o  casas,  i  calles,  para  cuyo  fin  ténian  dos  agujeros. 
También  los  hombres  los  llevaban  del  mismo  modo  consigo,  i 
esta  circunstancia  prueba  precisamente  su  naturaleza  de  feti- 
chés.'S  '  ' 

Esto  demuestra,  pues,  que  a  los  materiales  indicados  para  la 
fabricación  de  los  penates,  debemos  añadir  la  greda  cocida,  que 
acaso  los  cronistas  no  señalaron  por  ser  mucho  menos  jeneral 
para  estos  usos. 

También  es  de  greda  una  pequeña  cabeza  encontrada  en  una 
huaca  de  la  Punta  de  Teatinos,  (Coquimbo)  que  está  dibujada 
bajo  el  número  i6o.  Es  resto  de  una  figura  mas  completa;  pero 
según  se  deja  ver  por  lo  que  tenemos,  debió  ser  informe,  pues  le 
falta  toda  indicación  de  cuello,  ni  podríamos  asegurar  que  fuese 
una  conopa  i  no  algún  trozo  de  un  objeto  de  alfarería.  Algunos 
piensan,  según  hemos  oido,  que  esta  figurita  ha  sido  amoldada,  por 
el  relieve  de  las  facciones  de  la  cara,  pero  estimamos  que  esta 
opinión  tiene  algo  de  infundado. 

76.  Geschichte  des  amerikanischen  UrreligioneiTiy^i^y  ^*¡\, 


CAP.   XII. — LA   EDAD   DEL  BRONCE  39 1 

Ya  hemos  visto  que  los  peruanos  reverenciaban  como  cosa  sa- 
grada cualquier  objeto  que  les  llamaba  la  atención,  incluyendo 
aún  las  piedras.  De  este  material  está  hecho  el  objeto  represen- 
tado bajo  el  número  157  i  por  esta  consideración  tratamos  de  él 
aquí.  El  utensilio  no  lo  creemos  completo,  pues  parece  roto 
en  su  parte  inferior.  Según  sea  el  lado  por  donde  se  le  observe, 
así  es  también  la  idea  que  uno  puede  formarse  de  lo  que  signi- 
ca,  i  por  eso  no  tiene  nada  deestraño  que  se  le  haya  interpretado 
ya  como  un  niño  envuelto,  ya  como  un  coleóptero.'^  Esto  último 
nos  parece  lo  mas  exacto.  En  el  estado  en  que  se  halla,  colocado 
en  otra  posición,  la  parte  superior  revelaría  las  alitas,  i  la  inferior, 
el  abdomen  del  insecto.  Fué  también  hallado  en  las  sepulturas 
de  la  Punta  de  Teatinos. 

El  ídolo  de  plata  número  138  «fué  encontrado  en  las  cordille- 
ras de  Elqui  por  el  señor  cura  de  Paihueco,  en  un  sitio  en  que 
se  creia  hallar  un  gran  entierro  de  los  indios.  Es  una  pieza  muí 
notable  por  cuanto  demuestra  el  grado  de  adelanto  alcanzado  por 
los  indíjenas  en  las  artes.  El  peinado  de  esta  figurita  es  el  mismo 
que  usan  todavía  las  indias  de  nuestros  campos.  Parece  represen- 
tar una  vírjen  del  sol,  o  la  diosa  de  la  honestidad  por  el  aparato 
que  cubre  la  parte  inferior  de  su  cuerpo.^» 

«El  aparato  mencionado,  dice  el  doctor  Philippi,  era  una  lámi- 
na de  plata  delgada  como  papel,  cuyos  lados  estaban  reunidos 
por  detras  por  medio  de  un  pedazo  de  alambre,  taipbien  de  plan- 
ta, bastante  grueso.  No  puedo  participar  de  la  idea  que  la  figuri- 
ta representa  la  diosa  de  la  honestidad,  ni  sé  que  los  antiguos 
peruanos  hayan  adorado  la  tal  diosa;  i  creo  mas  bien  que  el  due- 
ño del  ídolo  se  haya  escandalizado  de  ver  el  sexo  demasiado  bien 
espresado,  i  haya  cubierto  del  modo  indicado  la  parte  inferior 
del  cuerpo.  Si  el  escultor  hubiera  querido  representar  la  tal  dio- 
sa, habría  seguramente  dado  desde  luego  vestido  a  su  figurita. 

«Nuestro  ídolo  se  parece  exactamente  a  otro  .figurado  en  la 
lámina  XLIV  de  las  Antigüedades  peruanas  de   don   Mariano 

77.  Véase  Revista  arqueolójica  de  Santiago,  páj.  6. 

78.  Catálogo  razonado  de  ¡a  Esposicion  del  Coloniaje^  páj..  96. 


392  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

Eduardo  de  Rivero  i  don  Juan  Diego  de  Tschudi,  señaladamen- 
te al  del  lado  izquierdo.  Tiene  el  mismo  tamafio,  las  mismas  pro- 
porciones, etc.;  de  modo  que  uno  diria  a  primera  vista  que  ambas 
figuritas  han  salido  del  mismo  molde;  solo  que  el  ídolo  de  las 
Antigüedades  peruanas  es  en  la  mitad  superior  de  oro  i  en  la  in- 
ferior de  plata.  La  esplicacion  de  la  lámina  dice:  «ídolo  de  plata 
i  oro  representando  una  mujer  hueca  i  desnuda,  con  una  especie 
de  gorra  en  la  cabeza,  i  con  lazos  que  le  caen  sobre  los  hom- 
bros.D  La  otra  figura  de  la  misma  lámina  es  un  poco  mas  esbelta 
i  tiene  los  pies  un  poco  mas  apartados;  por  lo  demás,  sus  propor- 
ciones, la  posición  de  los  brazos,  el  adorno  de  la  cabeza,  en  una 
palabra,  todo  es  idéntico,  pero  el  material  es  diverso.  En  efecto, 
ahí  se  dice:  «ídolo  de  una  mezcla  de  plata  i  estaño  macizo  con 
fajas  embutidas  de  oro,  plata  i  cobre  puros,  que  parecen  hacer 
una  sola  masa;  llevando  un  gorro  puntiagudo  en  la  cabeza...  Esta 
figura  i  la  primera  pertenecen  al  señor  coronel  Gamarra.  Se  en- 
contraron en  el  Cuzco.» 

dLa ^especie  de  gorra»  de  la  primera  figura  i  el  «gorro  puntia- 
gudo» de  la  segunda,  como  lo  prueban  claramente  las  figuras 
perfectamente  idénticas  en  el  adorno  de  la  cabeza,  representan 
seguramente,  no  una  gorra,  sino  el  peinado  del  pelo. 

«Un  ídolo  de  plata  que  tiene  exactamente  las  mismas  propor- 
ciones, la  misma  actitud,  el  mismo  peinado,  la  misma  nariz,  está 
figurado  en  la  memoria  de  M.  Tomas  Ewbank,'^  pero  esta  figuri- 
ta tiene  solo  dos  pulgadas  i  media  de  alto  i  pesa  solo  la  cuarta 
parte  de  un  peso,  siendo  hecha  de  una  hoja  mui  delgada  de  plata. 
«Otra  figurita,  casi  igual  a  la  de  la  lámina  XLIV,  que  muestra 
fajas  embutidas  de  oro,  plata  i  cobre,  se  halla  representada  en  la 
misma  pajina  de  la  memoria  citada.  La  única  diferencia  que  en- 
cuentro es  que  la  figura  de  Ewbank  tiene  las  piernas  un  poco 
mas  apartadas,  las  fajas  de  las  piernas  dispuestas  de  un  modo  dis- 
tinto, i  los  ojos  i  tetas  de  oro. 

«Nuestro  ídolo  pesa  ochenta  gramos^  i  como  obra  artística  no 
vale  gran  cosa.  La  cabeza  es  desproporcionada,  falta  el  occipucio, 

79.  The  U,  S.  naval  asironomical  expedttion^  vol.  II,  páj.  141. 


CAP,   XII.— LA   EDAD  DEL  BRONCE  393 

■ 

no  hai  el  menor  indicio  de  orejas  (que  faltan  igualmente  en  los 
ídolos  figurados  por  Rivero,  Tschudii  Ewbank,)  la  boca  se  halla 
en  el  medio  del  espacio  que  media  entre  la  nariz  i  la  barba;  los 
brazos  puestos  en  el  pecho  se  tocan  por  las  manos,  que  se  pare- 
cen mas  bien  a  manos  de  gato  que  a  humanas;  las  tetas  están  muí 
apartadas,  el  vientre  es  mas  prominente  que  el  trasero;  las  pier- 
nas son  cilindricas,  con  una  pequeña  salida  que  representa  las  ro- 
dillas; los  pies  son  simplemente  láminas  soldadas  a  estos  cilin- 
dros i  cortados  en  línea  recta  por  delante,  con  cuatro  incisiones 
<jue  representan  los  cinco  dedos,  etc.,  Mas,  la  figurita  prueba  que 
la  destreza  del  platero  habia  llegado  ya  a  mucha  perfección.  Es- 
tá trabajada  de  una  lámina  de  hoja  de  lata  de  plata,  en  la  cual 
las  partes  prominentes  han  sido  obtenidas  por  el  batido.  En  su 
parte  inferior,  la  lámina  habia  sido  dividida  en  dos  partes,  i  cada 
una  de  estas  partes,  arrollada  en  cilindro,  habia  dado  una  pierna. 
La  soldadura  de  estos  dos  cilindros  se  conoce  en  la  parte  interior 
de  las  piernas,  i  la  soldadura  de  la  parte  superior  en  el  dorso. 
Lipando  esta  parte  habria  probablemente  desaparecido  todo 
vestijio  de  soldadura.i>  «Son  tan  perfectas  estas  soldaduras,  que, 
según  lo  asegura  Rivero,  antes  de  despegarse  se  rompe  el  to- 
do.^» «El  peinado,  que  los  señores  Rivero  i  Tschudi  han  tomado 
por  una  gorra,  es  otra  pieza,  bien  soldada,  cuyo  grueso  se  cono- 
ceen  el  estremo  inferior.  Es.mui  interesante  que  este  peinado  se 
haya  conservado  en  la  vecindad  de  Elqui  desde  el  tiempo  de  los 
Incas,  mientras  esta  moda  parece  haber  desaparecido  en  el  Perú, 
pues  de  otro  modo  los  autores  de  las  Antigüedades  peruanas  no 
habrían  toniado  este  peinado  por  una  gorra... 

«Pero  ¿qué  representa  nuestro  ídolo?  En  vano  he  buscado  al- 
guna ilustración  en  la  obra  de  los  señores  Rivero  i  Tschudi.  La 
esplicacion  de  la  lámina  se  limita  a  lo  que  he  copiado  antes.  En 
«1  capítulo  sétimo,  donde  se  habla  prolijamente  de  las  deidades 
de  los  antiguos  peruanos,  no  encuentro  nada  que  se  parezca  a 
nuestro  ídolo,  ni  entre  las  divinidades  elementales,  terrestres. 


80.  Colección  de  memorias  científicas^  t.  II,  páj.  61. 

50 


394  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

históricas,  ni  entre  las  de  familia  e  individuales,  ni  entre  las  co- 
nopas  o  canopas.  Se  sabe  que  adoraban  la  luna  {quilla^  que  pa- 
saba, como  en  Atenas  i  Roma,  por  la  deidad  protectora  de  las 
mujeres  en  el  trabajo  del  parto,  pero  no  dicen  nuestros  autores 
cómo  la  representaban  los  peruanos. 

«Las  huacas  o  dioses  de  pueblos  o  provincias  eran  figuras  de 
piedra  o  madera,  i  al  parecer  de  gran  tamaño.  La  circunstancia 
de  conocerse  ya  cinco  ídolos  casi  idénticos,  los  dos  del  Cuzco, 
dos  figurados  por  Ewbank  i  el  nuestro,  no  permiten  suponer  que 
este  último  haya  sido  la  deidad  de  una  provincia  o  de  un  partido. 
La  misma  circunstancia  no  permite  tampoco  creer  que  haya  sido 
un  dios  doméstico,  un  conopa,  canopa  o  chanca.  Me  inclino  a 
creer,  pues,  que  representaba  una  diosa  venerada  jeneralmente, 
talvez  la  Luna  o  Venus  [chasqui^  el  mas  hermoso  de  todos  los 
planetas.) 

«Con  referencia  a  lo  que  dice  el  Catálogo  de  la  Esposicion  del 
Coloniaje^  no  he  visto  en  ninguno  de  los  autores  que  he  consul- 
tado, que  los  antiguos  peruanos  hayan  representado  las  vírjenes 
del  sol,  ni  venerado  una  diosa  de  la  honestidad.®^» 

Para  completar  este  concienzudo  i  minucioso  estudio  de  nues- 
tro sabio  amigo  i  maestro,  podemos  agregar  algunas  considera- 
ciones deducidas  del  examen  de  otros  ídolos  semejantes  encon- 
trados también  en  Chile,  i  de  algunos  apuntamientos  sacados  de 
los  cronistas. 

«Al  modo  que  los  peruanos  fundian  los  metales,  dice  don  An- 
tonio de  Ulloa,  hacian  con  ellos  ciertas  figurillas,  unas  eran  ma- 
cizas, i  otras  vaciadas,  sumamente  delgadas  i  pequeñas,  como  pa- 
ra traerlas  colgadas;  i  no  solo  las  disponían  de  metal,  sino  de  plata, 
de  oro  i  de  barro  cocido.  Su  representación  era  de  los  indios  que 
llaman  opas^  que  son  monstruosos  e  insensatos,  no  reconocién- 
dose que  hiciesen  de  otros  menos  diformes.  Esta  especie  de  de- 
fectuosos abunda  mucho  entre  ellos  en  uno  i  otro  sexo,  i  parece 
que  a  la  circunstancia  de  la  diformidad,  es  consecuente  la  demen- 

8i.  Philippi,  Algo  sobre  las  momias  peruanas^  Revista  chilena^  t.  I,  páj.  140 
i  sigts. 


CAP.   XII. — LA  EDAD  DEL  BHONCE  395 

cia,  porque  no  se  reconoce  lo  uno  sin  lo. otro.  Sus  figuras  son  ho- 
rrorosas en  cara,  cabeza  i  cuello,  teniendo  éste  poblado  de  emi- 
nencias i  paperas  cuasi  tan  abultadas  como  la  cabeza.  Los  indios 
les  atribuyen  varias  particularidades  i  principalmente  la  de  ser 
adivinos^  consultándoles  en  sus  urjencias:  los  miran  con  venera- 
ción i  como  que  tienen  algo  mas  de  particular  que  los  otros  hom- 
bres, por  cuya  razón  formaban  sus  figuras  en  modelos  a  modo  de 
dijes,  que  es  lo  que  se  tiene  por  ídolos,  bien  que  no  se  sabe  que 
les  diesen  algún  culto  o  adoración,  ni  que  en  la  antigüedad  los 
reputasen  por  cosa  divina.  En  los  que  viven  en  su  libertad  no  se 
reconoce  tampoco  semejante  idolatría,  porque  si  tal  fuese  procu- 
rarían conservarlos  i  mantenerlos  con  alguna  veneración;  de  lo 
que  puede  concluirse,  que  los  que  estuvieron  civilizados  contra- 
jeron este  uso  de  las  leyes  que  les  impusieron  los  Incas,  o  los 
primeros  hombres  que  pasaron  de  otras  partes  a  sojuzgarlos.®^!) 

Don  Mariano  E.  de  Rivero  espresa  que  la  idea  de  que  estas 
figuras  representaban  a  los  indios  llamados  opas^  feos  i  estúpidos, 
a  quienes  se  consultaba  como  oráculos,  le  parece  inexacta,  in- 
clinándose mas  bien  a  pensar  que  aeran  imájepes  de  los  semidio- 
ses  que  se  adoraban  i  ofrecian  en  las  grandes  fiestas  al  principal 
que  era  el  sol.^'j) 

Las  láminas  139  i  140  reproducen  dos  ídolos  de  plata  maciza, 
fundida,  a  los  cuales  son  aplicables  respecto  de  su  trabajo  artís- 
tico i  proporciones,  las  indicaciones  señaladas  antes  por  el  señor 
Philippi.  Es  el  mismo  peinado,  la  misma  nariz  abultada,  la  misma 
exajeracion  de  los  órganos  sexuales,  la  misma  colocación  de  las 
manos;  son  todos  ellos  evidentemente  de  la  misma  escuela.  El 
número  139  pesa  cincuenta  i  tres  gramos  i  el  otro  solo  diezisiete, 
habiendo  sido  ambos  estraidos  por  don  Rafael  V.  Garrido  de  una 
htiacaÚQ  Freirina.  Merece  notarse  respecto  del  cabello  de  estos 
tres  ídolos,  que  ha  sido  peinado  con  una  partidura  en  el  centro, 
lo  que  no  se  observa  en  otro  análogo,  pero  de  oro,  figurado  bajo 
el  número  141.  Rivero  ha  dibujado  en  sus  Memorias  científicas^ 

82.  Noticias  americanas,  páj.  317. 

83.  Memorias  cien  tíficas^  t.  I,  páj.  176. 


396  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

dos  ídolos  sacados  de  una  sepultura  de  Junin,  exactamente  igua- 
les a  los  nuestros."  La  opinión  emitida  por  el  señor  Philippi  res- 
pecto de  que  con  estos  ídolos  de  plata  se  ha  querido  representar 
el  culto  jeneral  de  la  luna,  que,  como  ya  antes  hemos  visto,  fué 
reverenciada  por  los  antiguos  peruanos,  nos  parece  mui  natural, 
mas  aún  si  se  tienen  presentes  estas  tres  circunstancias:  Primera: 
el  material  de  que  han  sido  fabricados,  la  plata,  de  color  blan- 
quecino, i  el  mas  idóneo  de  los  metales  que  esplotaban  los  abo- 
ríjenes  para  simbolizar  la  luz  de  la  luna;  segunda:  el  gran  desa- 
rrollo de  los  órganos  femeninos;  i  finalmente,  que,  como  lo  va- 
mos a  ver,  solo  las  mujeres  adultas  se  peinaban  de  la  manera  in- 
dicada, pues  las  muchachas  que  no  estaban  aún  en  estado  de  ca- 
sarse, disponian  sus  cabellos  de  una  manera  diversa.  En  efecto, 
un  descendiente  de  los  Incas,  don  Juan  de  Santa  Cruz  Pachacu- 
ti  Yamqui,  que  escribió  un  tratado  sobre  las  antigüedades  del 
Perú,  afirma  que  Sinchi  Ruca,  que  gobernó  el  país*  antes  de  la 
conquista  de  Chile,  «mandó  que  las  hijas  i  mozas  de  dieziseis 
años  se  peinasen  sus  cabellos,  echando  sus  binchas:  esto  se  lla- 
maba quicuchicui?^i> 

Figuras  de  ésta  naturaleza  se  han  encontrado  también  en  el 
Ecuador,  siendo,  pues,  evidente,  que  el  culto  o  adoración  de  es- 
tos ídolos  era  jeneral  desde  aquellas  rejiones  hasta  el  norte  de 
Chile,  o  ló  que  es  lo  mismo,  en  todo  el  imperio  de  los  Incas.  La 
interpretación  que  venimos  sosteniendo  puede,  ademas,  corrobo- 
rarse en  parte  con  lo  que  actualmente  sucede  hasta  hoi  en  Soli- 
via, donde,  según  lo  afirman  los  señores  don  Gustavo  Gabler  i 
don  Alberto  Herrman,  que  como  injetiieros  de  minas  han  tenido 
ocasión  de  tratar  largamente  a  los  indios  de  los  cerros  de  aquel 
país,  estas  figuras  simbolizan  la  Mamapacha^  qhe,  cóino  ló  ha- 
biamos  ya  notado  por'Arriaga,  significa  la  tierra,  por  lo  ctial  las 
guardan  i  reverencian  las  mujeres  para  qtie  les  dé  buena  cose- 
cha.^* 

84.  Tomo  I,  páj.  174. 

85.  Relación  de  antigüedades  deste  reyno  del  Pirú,  Madrid,  1879,  P^i-  250. 

86.  Philippi,  Descripción  de  los  ídolos  peruanos  del  Museo  Nacional  de  San- 
tiago, páj.  15. 


CAP.   XII, — LA  EDAD  DEL'  BRONCE  397 

De  una  naturaleza  análoga  a  las  anteriores  es  una  figurita  de 
mujer,  un  poco  mas  chica  que  la  dibujada  bajo  el  número  139,  que 
existe  en  poder  de  don  Luis  Montt.  Tiene  de  particular  que  en 
lugar  de  ser  de  plata  es  de  cobre  fundido,  que  hía  sido  encontra- 
da en  Cheyepin  (Illapel)  i,  por  consiguiente,  mas  al  sur  que  las 
anteriores,  i  por  fin,  que  la  indicación  de  las  orejas  que  falta  en  las 
que  hasta  ahora  hemos  examinado  (con  escepcion  del  número  146 
de  que  ya  se  habló)  existe  en  este  caso.  Procedente  del  mismo 
lugar  es  una  cucharita  de  un  material  idéntico  al  anterior  i  en  un 
todo  análoga  a  los  demás  utensilios  de  esta  especie  que  al  presen- 
te se  encuentran  en  varios  lugares  de  la  costa  del  Perú,  especial- 
mente en  Arica  i  Huarmey,  i  de  las  cuales  ha  dibujado  una  el 
seflor  Ewbank.®^ 

En  los  muchos  ídolos  de  cobre  que  durante  nuestra  perma- 
nencia en  el  Perú  tuvimos  ocasión  de  examinar,  siempre  nos  ha- 
bia  llamado  la  atención  el  que  todos  ellos,  acaso  sin  escepcion 
alguna,  eran  del  sexo  femenino,  i  como  parece  evidente  que  los 
peruanos  consideraban  metal  de  mas  valor  al  oro  que  el  cobre,  i 
en  la  inmensa  mayoría  de  los  casos  los  ídolos  de  oro  siempre  son 
masculinos;  de  este  contraste,  nos  hemos  dicho,  ¿acaso  no  puede 
deducirse  que  se  representaban  en  ctibre  las  divinidades  de  las 
mujeres,  o  femeninas,  i  en  oro  las  masculinas,  o  de  los  hombres 
por  la  naturaleza  superior  que  siempre  los  pueblos  no  civilizados 
han  atribuido  al  hombre  sobre  la  mujer?  Esta  es  una  conclusión 
a  que  siempre  se  llega  cuando  se  estudian  las  Costumbres  de  los 
salvajes:  el  hombre  es  en  todas  partes  el  sefior,  í  la  mujer  donde- 
quiera la  esclava,  cuando  no  la  bestia  de  carga. 

Sea  coino  fuere,  lo  cierto  es  que  Luna,  Venus  o  Mamapacha, 
estos  ídolos  estaban  afectos  al  cuho  especial  de  las  mujeres.  Vea- 
mos ahora,  el  significado  que  puede  atribuirse  a  las  figuras  dibu- 
jadas bajo  los  números  141  i  142,  pero,  ante  todo,  describámos- 
los lijeramente. 

Cada  uno  de  ellos  pesa  ocho  gramos,  i  el  procedimiento  seguido 

87.  The  U,  5.  naval  astronómica  I  expedttion^  voL  II,  páj.  125. 


398  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

para  su  fabricación  es  enteramente  análogo  al  que  antes  se  ha 
indicado  respecto  del  de  Elqui.  La  mujer  del  número  141  no  tie- 
ne sí  el  cabello  con  partidura,  i  el  hombre  del  142,  en  lugar  de 
peinado,  tiene  un  gorro  dividido  en  varias  franjas  trasversales, 
terminadas  por  una  coronación  un  poco  mas  ancha  que  la  última 
superior,  que  ha  sido  soldada  del  resto  del  cuerpo,  así  como  los 
pendientes  i  los  órganos  viriles.  Gomo  trabajo  artístico,  es  supe- 
rior a  los  anteriores,  pues  no  carece  de  cierta  espresion  irónica, 
aunque  siempre  se  hace  notable  la  desproporción  de  la  cabeza  i 
su  enorme  nariz.  Está,  ademas,  completamente  desprovisto  de 
toda  indicación  de  cabello,  i  los  aretes  están  pegados  a  la  cabeza 
i  no  pendientes  de  las  orejas,  las  cuales  también  faltan.  Rivero 
ha  dibujado  un  ídolo  procedente  de  las  islas  de  la  laguna  de  Ti- 
ticaca en  un  todo  semejante  al  nuestro,  con  escepcion  del  tama- 
ño, que  alcanza  a  diez  pulgadas,  siendo  su  peso  de  ocho  onzas. 
También  el  adorno  que  tiene  en  la  cabeza  es  un  poco  diverso, 
pues  «consiste  en  un  cilindro  compuesto  de  pedacitos  de  una 
piedra  blanquizca  jaspeada,  de  cinco  líneas  de  largo  i  tres  de  an- 
cho, i  todo  él  amarrado  con  un  alambre  de  plata  que  da  varias 
vueltas.^jD 

Ya  hemos  visto  que  Arriaga  en  la  enunciación  detallada  que 
nos  da  de  las  huacas  móviles  se  limita  a  decir  que  todas  ellas  te- 
nian  «sus  particulares  nombres,D  pero  sin  que  se  haya  cuidado 
de  indicarlos.  A  primera  vista  parece  que  en  el  hombre  dibujado 
bajo  el  número  142,  por  los  distintivos  especiales  del  gorro  i  los 
pendientes  que  lleva,  se  hubiese  querido  significar  un  curaca  o 
algún  indio  principal  de  los  que  se  llamaban  orejones,  que  se  tra- 
tase en  una  palabra  de  una  simple  estatua  en  pequeño,  de  la  par- 
ticular veneración  de  una  familia  determinada,  quizá  de  un  ante- 
pasado; pero,  en  cambio,  salta  a  la  vista,  que  el  falo  que  la  ador- 
na es  el  distintivo  mas  característico  de  la  pieza,  de  donde,  a 
juicio  nuestro,  puede  concluirse  que  con  él  se  ha  querido  signi- 
ficar al  dios  de  la  jeneracion,  a  quien  debian  dirijirse  los  hombres 

88.  Colección  d§  m^morias^  etc,<,  t.  II,  páj.  62. 


CAP.   XII. — LA    EDAD   DEL  BRONCE  399 

en  ciertas  i  determinadas  circunstancias.  En  Lima  tuvimos  opor- 
tunidad  de  ver  varios  idolitos  semejantes,  i  siempre  oimos  entre 
los  aficionados  sostener  la  opinión  enunciada  como  la  más  ve- 
rosímil; que  en  cuanto  al  gorro  i  los  pendientes,  adornos  de  los 
nobles,  es  natural  que  se  presentase  con  ellos  a  un  ser  superior  a  los 
demás  mortales,  desde  que  en  su  jerarquía  social  i  plástica  nada 
mas  elevado  conocían. 

Ya  sabemos  que  habia  conopas  también  en  figura  de  anima- 
les; pero,  respecto  de  las  que  se  encuentran  en  las  sepulturas,  los 
señores  Rivero  i  Tschudi  se  espresan  en  los  términos  siguientes: 
«De  los  animales  feroces  i  dañinos  que  no  podian  llevar  vivos 
para  los  sacrificios,  como  tapires,  leones,  tigres,  serpientes,  lagar- 
tos, hacian  figuras  de  oro  o  plata  que  a  la  deidad  presentaban;  e 
igual  proceder  observaban  con  las  llamas  los  que  acudían  de  co- 
marcas lejanas  a  la  fiesta... ^d 

Se  sabe  que  antes  de  proceder  al  entierro  de  un  cacique  o  per- 
sonaje de  importancia  se  aguardaba  muchas  veces  meses  enteros, 
esperando  acopiar  suficiente  chicha  i  otros  preparativos  para  la 
fiesta,  i  así  se  esplica  que  los  invitados  o  parientes  que  vivian  a 
larga  distancia  pudiesen  acudir  oportunamente  llevando  los  re- 
galos que  atestiguasen  su  aprecio  por  el  difunto. 

No 'tenemos  noticia  de  que  de  las  huacas  de  Chile  se  hayan 
estraido  otras  figuras  que  las  que  apuntamos  a  continuación,  lo 
que  acaso  se  esplica  por  no  encontrarse  propiamente  en  el  país 
animales  feroces  o  reptiles  venenosos,  o  por  ser  acaso  mas  vero- 
símil la  creencia  de  que  estas  figuras  eran  verdaderas  <rconopas.D 

A  este  jénero  pertenecen  las  que  damos  de  tamaño  natural  ba- 
jo  los  números  113,  114,  115  i  117,  todas  estraidas  igualmente 
de  una  huaca  de  Freirina  por  el  señor  Garrido.  La  figura  113  es 
de  oro  fundido  i  laminado  en  hoja  en  estremo  delgada,  con  las 
patas  i  piernas  soldadas,  que  representa  al  parecer  una  llama.  La 
número  115  es  de  plata  soldada,  fundida,  i  su  representación  se 
acerca  mas  bien  a  un  huanaco,  así  como  la  número  114,  que  es 

89.  Antigüedades  peruanas^  páj.  196. 


400  .    L05   ABORIJENES   DE   CHILE 

de  una  especie  de  concha  i  que  por  ser  muí  pequeña  pudiera 
creerse  era  tenida  como  hija  de  alguna  de  las  otras,  conforme  a 
la  creencia  consignada  por  Arriaga.  La  número  1 17  es  de  cobre, 
ya  en  mui  mal.  estado,  i  se  aproxima  mas  a  la  figura  de  la  alpa- 

La,  .  ¡      .     • 

Ademas  de  estos  restos  de  la  implaota^cipn  del.  culto  relijioso 
de  los  Incas  en  Chile,  parece  indudable  que  los. lujos  del  sol  eri- 
jieron  a  sus  divinidades  en  nuestro  suelo,  .uno  oiijas  templos, 
que,  apnque  hoi  nos  parezca  estraflp,  no  estaban  edificados  en 
los  pueblos,  sinp  en  sitios  mas  o  menos  aislados.  El  historiador 
Pérez  García  niega  terminantemente  el  hecho*^;  pero,  .desde  lue- 
go, consta,  por. la  inversa,  por  el  testimonio  del  jesuita  José  de 
Acosta  que  den  cada  provincia  del  Perú  habia  una  principal  hua- 
ca  o  casa  de  adoración,^))  i  con  referencia  especial  a  Chile,  el 
historiador  Marino  de  Lovera  cuenta  que  cuando  Pedro  de  Val-, 
divia  llegó  a  Copiapó,  en  signo  de  posesión  hizo  plantar  una  cruz 
sobre  una  huaca,  «lugar  que  los  españoles  miraban  como  adora- 
torio  del  demonio.*'!) 

Mas  terminante  que  lo  que  anteriormente  se  ha  espuesto  es  lo 
que  refiere  Diego  de  Rosales.  Cuenta  este  autor  que,  yendo  a 
Colina  el  capitán  Rodrigo  Orgoñez  (que  vino  a  Chile  con  Al- 
magro), llegando  al  lugar  en  que  residiaa  los  caciques  i  el  go- 
bernador del. Inca,  se  aposentaron  los  soldados  en  ima  gran  casa 
de  paja,  «que  era  templo  i  adoración  de  los  indios  peruanos,  don- 
de hallaron  nuevos  ídolos,  de  manera  que  luego  les  pegaron  fue- 
go, i  viniéndoles  los  indios  a  decir  que  no  se  alojasen  allí,  que 
se  caeria  el  cielo  i  se  enojarían  los  dioses,  hicieron  burla  de  ellos 
i  derribaron  los  altares,  i  siendo  ya  de  noche  fué  tanto  el  viento 
i  agua  que  sobrevino  que  se  hubieron  de  salir  de  allí,  i  al  punto 
que  salieron  dio  toda  la  casa  en  tierra.^D 

90.  Rivero  ha  dibujado  en  la  páj.  174  del  t.  I  de  jas  A/emona^.unR  de  estas 
llamas  de  plata,  idéntica  a  la  nuestra,  que  dice  ha  sido  estraida  de  Junín. 

91.  Historia  de  Chile ^  1  ib.  I,  cap.  X. 

92.  Tom,  II,  páj.  28,  ed.  Madrid,  1792,  8.® 

93.  Historia  de  Chile^  páj.  39. 

94.  Historia  de  Chile ^  I,  páj.  370. 


CAP,   XII. — LA  EDAD  DEL  BRONCE  4OI 

Hé  aquí,  pues,  aseverado  de  la  manera  mas  terminante  el  he- 
cho que  negara  posteriormente  Pérez  García.  Sin  embargo,  cree- 
mos que  de  esta  relación  de  Rosales,  tan  interesante  por  los  de- 
talles que  consigna,  deben  descartarse  aquellos  conceptos  naci- 
dos evidentemente  de  su  espíritu  místico  i  de  la  manera  común 
de  espresarse.  Desde  luego,  es  inadmisible  ese  color  romántico 
que  intenta  dar  a  sus  palabras,  haciendo  intervenir  indirectamente 
a  la  Divinidad  en  la  destrucción  del  templo,  i  en  cuanto  a  los  al- 
tares que  supone  derribados  por  los  intolerantes  castellanos,  no 
cabe  disputa  en  que  los  tales  altares  no  existieron  jamás,  puesto 
que  los  peruanos  no  los  conocieron.  I,  por  fin,  nos  inclinamos  a 
pensar  que  cuando  nuestro  autor  habla  de  nuevos  ídolos  encon- 
trados en  aquel  lugar,  no  hai  de  por  medio  sino  un  error  de  im- 
prenta, que  ha  consistido  en  emplear  nuevos  por  muchos]  porque^ 
en  verdad.  Rosales,  ni  inmediato  a  este  pasaje  ni  en  otro  lugar 
de  su  libro,  describe  ídolo  alguno  de  la  teogonia  incarial. 

A  pesar  de  estas  cortas  rectificaciones,  como  se  comprende, 
el  hecho  subsiste  en  toda  su  fuerza,  i  hecho  del  cual  parece  aiin 
dar  testimonio  después  de  larguísimo  trascurso  de  tiempo  la  de- 
nominación que  ha  quedado  a  los  cerros  que  deslindan  aquel  va- 
lle de  las  rejiones  de  la  costa,  pues,  en  el  lenguaje  de  nuestro 
pueblo  se  llaman  la  cuesta  de  Pachacama,  o  como  nosotros  di- 
ríamos, de  Pachacamac.  Concordando  estos  dos  antecedentes 
irrefutables,  ¿seria  aventurado  suponer  que  aquella  casa  de  ado- 
ración estaba  destinada  al  culto  del  célebre  Pachacamac,  la  di- 
vinidad que  acusa  una  concepción  mas  intelijente  en  el  sistema 
relijioso  de  los  Incas,  i  los  restos  de  cuya  ciudad  i  templo  se  con- 
servan todavía  perfectamente  visibles  en  el  valle  de  Lurin,  cerca 
de  Lima? 

Deseosos  de  indagar  si  por  acaso  quedasen  reliquias  o  siquie- 
ra memorias  de  tan  celebrada  construcción,  emprendimos,  no  ha- 
ce mucho  tiempo,  una  corta  escursion  a  los  lugares  en  que  supo- 
níamos pudiéramos  hallar  los  tan  historiados  restos,  queriendo 
nuestra  buena  suerte  que  al  cabo  de  afanes,  diésemos  en  la  ha- 
cienda de  Chacabuco  con  huellas,  sino  de  lo  que  buscábamos 

51 


402  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

precisamente,  al  menos  con  otras  que  afectan  alguna  semejanza. 
En  efecto,  no  lejos  de  las  casas,  hacia  el  noroeste,  enfrentando 
el  morro  llamado  del  Diablo,  se  encuentra  una  pequeña  quebra- 
da,  de  suave  declive  i  laderas  bajas  en  su  comienzo,  pero  que,  a 
poco,  se  empina  angostándose  notablemente,  estrechada  entre 
dos  paredes  de  granito,  nido  hoi  de  bubos  i  lechuzas.  En  esta 
parte* estrecha,  sobre  un  escalón  a  cuyo  pié  se  desliza  una  peque- 
ña corriente  de  agua,  la  ladera  afecta  una  escavacion  natural  en 
forma  de  bóveda  redondeada,  en  cuyas  paredes  es  fácil  distinguir 
a  primera  vista  dibujos  mas  o  menos  regulares  hechos  al  parecer 
en  imitación  de  friso  i  pintados  con  blanco,  negro  i  lacre.  Las  fi- 
guras 197,  198  i  201  son  una  copia  exacta  de  estos  dibujos,  aun- 
que en  mucho  menor  escala,  i  han  sido  trabajados,  según  es  fácil 
convencerse,  con  la  misma  pintura  que  ha  servido  para  teñir  los 
objetos  de  alfarería  que  se  sacan  de  los  sepulcros  indíjenas. 

¿Para  qué  ha  servido  esta  gruta?  ¿Ha  sido  una  casa  de  habita- 
ción? ¿Ha  sido  un  cementerio?  ¿Ha  sido  mas  bien  un  lugar  de 
cita  para  la  práctica  de  ciertos  ritos  o  ceremonias  bélicas  o  reli- 
jiosas?  Desde  luego,  debe  fijarse  la  atención  en  que  el  lugar  re- 
tirado i  mas  o  menos  oculto  en  que  se  encuentra  es  un  indicio 
fuerte  de  que  se  ha  querido  aprovechar  para  ciertos  usos  que  no 
han  podido  ser  los  ordinarios  de  la  vida;  i  las  pinturas  que  la 
adornan,  enteramente  estrañas  a  lo  que  se  acostumbraba  bajo 
el  techo  pajizo  de  las  chozas  indíjenas,  estarían  también  demos- 
trando que  los  que  han  querido  vivir  ocultos  no  han  podido  en- 
tretenerse en  semejante  fábrica. 

En  otra  parte  hemos  dicho  ya  que  solian  elejirse  las  grutas 
para  depositar  los  cadáveres,  pero  esta  pritctica  parece  que  estu- 
vo reducida  a  las  rejiones  del  estremo  sur  del  país  i  que,  por  la 
tanto,  no  debemos  dar  cabida  a  semejante  hipótesis  en  nuestro 
caso. 

Ahora,  en  cuanto  a  si  ha  podido  servir  de  cita  a  ciertos  cons- 
piradores o  de  lugar  en  que  se  hayan  celebrado  las  juntas  acos- 
tumbradas por  los  indios  antes  de  realizar  sus  levantamientos^ 
parece  todavía  menos  probable,  porque,  como  se  sabe,  estas  reu- 


CAP.   XII. — LA  EDAD  DEL  BCtONCE  403 

ff 

niones  se  celebraban  siempre  al  aire  libre,  entre  fiestas  i  borra- 
cheras, i  así  este  local  habría  sido  completamente  inadecuado  para 
el  objeto.  No  se  olvide,  ademas,  que  los  dibujos  que  contiene 
están  demostrando  claramente  que  han  debido  ser  hechos  con 
cierta  preparación  i  holgura  en  sus  autores,  i  que  1  as  sublevacio- 
nes de  indios  en  esta  rejion  fueron  tan  contadas  i  pudieron,  co- 
mo consta,  efectuarse  con  toda  libertad,  para  que  tuvieran  nece- 
sidad de  retirarse  a  un  lugar  tan  estrecho  e  incómodo. 

En  el  examen  que  hacemos  del  obj  eto  a  que  la  bóveda  de  que 
se  trata  haya  podido  servir,  conviene  tener  presente  el  hecho  de 
que  en  aquellos  remotos  tiempos  los  llamados  hechiceros  eran 
sumamente  abundantes,  al  menos  según  lo  imajinaban  los  espa- 
ñoles, i  que,  como  se  supondrá,  se  les  perseguía  de  muerte.  ¿Ten- 
dría, pues,  algo  de  estraño  que  para  entregarse  a  sus  prácti- 
cas vedadas  hubiesen  elejido  tan  apartado  lugar,  aprovechando 
aquella  escavacion  natural  para  hacer  de  ella  un  templo  o  lugar 
de  sacrificio  o  como  quiera  llamársele?  Nosotros  creemos  que 
esto  ha  sido  ío  mas  probable,  i  que  viene  en  apoyo  de  esta  opi- 
nión el  npmbre  familiar  con  que  el  pueblo  bautizara  el  pequeño 
morro  que  enfrenta  la  quebrada.  Hechicería  en  aquella  época  va- 
lia tanto  como  decir  artes  del  demonio. 

Mas,  dejando  aparte  esta  digresión  pensamos  que  no  puede 
trepidarse  en  afirmar  que  la  conquista  peruana  significó  para  el 
país,  en  materia  relijiosa,  la  imposición  de  una  nueva  doctrina,  o 
mejor  dicho,  de  una  relijion,  porque,  según  se  ha  indicado,  los 
aboríjenes  nunca  tuvieron  propiamente  alguna.  I  este  era  precisa- 
mente uno  de  los  fines  primordiales  que  los  Incas  se  proponían 
con  el  adelanto  de  sug  armas  en  las  rejiones  limítrofes  de  su  im- 
perio, i  por  lo  menos,  los  ídolos  que  nos  quedan,  estraidos  de  los 
sepulcros,  están  demostrando  claramente  esta  verdad. 

Uno  de  los  caracteres  primordiales  de  toda  civilización  es  el 
agrupamiento  mas  o  menos  numeroso  de  individuos  en  un  solo 
lugar,  constituyendo  pueblos  o  ciudades.  En  la  civilización  perua- 
na todos  sabemos  que  era  especialmente  notable  la  ciudad  del 
Cuzco,  capital  del  imperio  de  los  Incas.  En  Chile  por  cierto  que 


404  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

no  hubo  jamás  nada  parecido,  no  diremos  a  aquella  famosa  pobla- 
ción, sino  a  ninguna  de  las  otras  que  se  recuerden  del  Perú  o  del 
primitivo  Méjico.  Pero  los  antiguos  cronistas  consignan  como 
debidos  a  los  peruanos  algunos  pueblos  mas  o  menos  del  estilo  e 
importancia  de  los  que  hallaron  los  conquistadores  castellanos 
en  el  resto  del  país  i  que  a  todas  luces  parecian  jenuinamente 
indfjenas.  Así,  por  ejemplo,  los  cabildantes  de  Santiago,  con  fe- 
cha 27  de  febrero  de  1552,  dieron  al  cacique  Martin,  de  Juan 
Jufré,  tierras  «en  \\n  pueblo  de  la  parte  del  rio  Maipo,  que  se  dice 
el  asiento  Maipo,  que  era  de  los  mitimaes  del  Inca,  i  que  está 
despoblado.^^í)  El  historiador  Pérez  García  estima  como  probable 
que  el  pueblo  que  los  españoles  hallaron  en  Marga-marga,  i  que 
llamaron  los  Tambillos  del  Inca,^  así  como  el  que  hubo  en  Ta- 
lagante,  conocido  por  el  nombre  de  «Los  Mitimaes»  (es  decir, 
trasplantados)  debieron  su  oríjen  al  Inca  Huayna  Capac,  el  mis- 
mo soberano  a  quien  cree  debieron  su  nombre  los  Tambillos,  el 
puente  i  la  laguna  del  Inca,  en  el  camino  real  de  Aconcagua.^ 
Como  se  sabe,  los  Incas  tuvieron  siempre  por  costumbre  en  las 
conquistas,  trasladar  al  nuevo  territorio  que  acababan  de  some- 
ter cierto  número  de  habitantes,  que  en  nuestro  caso  se  radicaron 
especialmente  en  Talagante;  pero,  a  pesar  de  todo,  aparece  con 
claridad  que  esa  colonia  arrastró  allí  una  vida  aislada  i  precaria, 
cuyos  jérmenes  i  hasta  cuya  existencia  desaparecieron  totalmente 
con  la  llegada  de  los  españoles. 

Ni  se  detuvo  aquí  la  influencia  que  los  Incas  ejercieron  sobre 
el  territorio  chileno.  Ha  sido,  con  pocas  escepciones,  achaque  co- 
mún de  toda  conquista,  que,  junto  con  las  armas,  el  pueblo  inva- 
sor ha  impuesto  al  vencido,  sus  usos  i  costumbres,  su  relijion  i 
hasta  su  lenguaje.  Nuestro  país  no  escapó  tampoco  a  esta  lei  je- 
neral,  aunque  como  dice  Rosales,  «de  los  indios  de  Chile  solo 
hablaron  la  lengua  del  Perú  los  que  hubo  al  norte  del  Mapocho 
hasta  Coquimbo,  lo  que  es  señal,  añade  mui  juiciosamente  el  je- 

95.  Acias  del  Cabildo^  páj.  319. 

96.  Véanse  las  Hctas  del  Cabildo^  páj.  122. 

97.  Historia  de  Chile^  lib.  11,  cap.  2. 


CAP.   XIL — LA   EDAD  DEL  BRONCE  405 

suita,  de  que  esos  pueblos  se  le  sujetaron  i  no  otros  ningunos.^:D 
Merced  al  tiempo  relativamente  corto  que  duró  la  influencia  pe- 
ruana i  al  continuo  azar  en  que  vivieron  las  huestes  invasoras 
ocupándose  de  ordinario  en  el  progreso  de  sus  armas,  i  hasta  al 
insignificante  número  de  individuos  que  sufrieron  esa  influencia, 
por  la  escasa  población  de  las  provincias  del  norte  en  aquella 
época,  el  idioma  nativo  de  los  habitantes  apenas  si  esperimentó  pe- 
queñas variaciones,  o  como  seria  mas  propio  decir  (porque  es  lo 
único  que  podemos  constatar  al  presente,)  apenas  si  tomó  del 
quichua  dieziocho  o  veinte  palabras,  que  no  seria  difícil  enu- 
merar:^ pirca,  cambo,  puquio,  huasca,  lampa,  chimpa,  chasque, 
chape,  aillo,  ají,  curaca,  chicha,  choclo,  llama,  mochar,  (adorar) 
mingaco,  mita,  puna,  papa,  topo,  ujuta,  zancu,^^  huincha,  huahua, 
llapa,  palla,  huaina. 

Pero,  junto  con  esta  cuestión  de  lenguaje,  se  presenta  a  nues- 
tra investigación  otra  no  menos  interesante  i  que  ha  dado  mucho 
que  trepidar  a  los  que  por  incidencia  se  han  ocupado  de  ella,  a 
saber,  si  entre  los  indios  de  Chile  se  ha  conocido  alguna  vez  el 
uso  de  la  escritura  en  cualquiera  de  sus  formas. 

El  cronista  Montesinos,  apoyándose  en  que  los  araucanos  die- 
ron a  Ercilla  ciertas  hojas  para  que  le  sirviesen  de  papel,  se  cree 
autorizado  para  deducir  que  en  Chile  era  ya  conocido  en  aquella 
remota  época  el  uso  de  la  escritura,^®^  deducción  que  nos  parece 
del  todo  incongruente  i  antojadiza.  Mas,  de  lo  que  no  puede  du- 
darse es  del  uso  que  siempre  han  hecho  de  los  quipus^  esto  es, 
del  sistema  que  los  peruanos  tenian  en  práctica  al  tiempo  de  la 
conquista  española,  o  por  lo  menos,  de  uno  semejante  fundado 
en  la  misma  base,  aunque  quizá  menos  perfecto. 

Conviene  recordar  a  este  respecto  lo  que  aseveran  Rivero  i 
Tschudi  en  %\x%  Antigüedades  peruanas.  «Los  antiguos  peruanos, 
dicen,  tenian  dos  suertes  de  escritura,  una,  i  seguramente  la  mas 

98.  Historia  de  Chile ^  I,  páj.  112. 

99.  Molina,  Historia  civil^  cap.  I. 

.   ICO.  Esta  palabra,  que  nosotros  decimos  ^^;/co,  la  emplea  don  Juan  de  Santa- 
Cruz  Pachacuti,  páj.  252. 

loi.  Véase  la  páj.  33  de  su  libro. 


4.o6  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

antigua,  consistía  en  una  especie  de  jeroglíficos,  i. la  otra  en  nu- 
dos,  hechos  con  hilos  de  diversos  colores.  Los  jeroglíficos  eran  ' 
mui  distintos  de  los  mejicanos,  i  grabados  en  piedra  o  en  metal. 
En  el  Perú  del  sud  no  se  ha  descubierto  todavía  vestijio  alguno 
de  jeroglíficos  pintados  en  papel...»  «Todavia  se  encuentran 
hoi  dia  en  las  punas,  añade  Rivero,  los  quippucamayos^  que 
llevan  cuenta  cabal  i  exacta  del  número  de  ovejas  que  están  a 
cargo  de  los  pastores,  así  como  de  las  nacidas  o  perdidas  que  se 
notan  en  las  majadas.^^J^ 

«Este  sistema  de  los  quipus,  o  de  mnemotecnia,  añade  Lub- 
bock,  se  conoce  en  la  China  i  en  el  Africa.^"^  Así,  los  caracteres 
chinos  primitivos,  antes  del  comienzo  de  la  monarquía,  consis- 
tían en  pequeñas  guitas  con  nudos  corredizos,  cada  una  con  su 
significado  propio,  que  se  empleaban  principalmente  en  los  ne- 
gocios... Los  pueblos  de  Ardrah,^^  en  el  África  occidental,  no 
sabian,  según  se  dice,  ni  leer  ni  escribir  i  empleaban  pequeñas 
cuerdas  con  nudos,  cada  uno  de  los  cuales  tenia  su  significa- 
do.^^D 

Hablando  sobre  esto  mismo  el  abate  Brasseur  de  Bourg— 
bourg  declara  <i.que  la  mayor  parte  de  los  autores  está  de  acuer- 
do en  reconocer  que,  ademas  de  \o%  quipos  o  nudos  de  diversos 
colores,  de  los  cuales  se  servian  para  contar  el  tiempo  i  las  cosas, 
dios  pueblos,  del  Perú  poseían  varias  clases  de  escrituras,  unas 
calculiformes,  como  estaban  en  uso  en  Quito,  otras  -figurativas 
i  monosilábicas;  otras,  en  fin,  fonéticas,  como  las  nuestras,  si  se 
cree  a  Montesinos  i  aún  quizá  al  mismo  Herrera.  El  papel  fabri- 
cado de  hojas  de  banana,  del  cual  aún  se  servian  en  Chile  para 
escribir,  en  la  época  de  la  conquista,  habria  existido  dteziocho  si- 
glos por  1q  menos  antes  de  nuestra  era,  lo  mismo  que  las  qutlcaSy 
cueros  de  animales  preparados,  o  especie  de  pergaminos,  sobre 
los  cuales  se  escribían  entonces  los  anales  de  la  creacion.^^» 

1 02.  Colección  de  memorias  cieutificas.  t.  II,  páj.  84. 

103.  Astley,  Collection  ofvoyages^  t.  IV,  páj.  194. 
.104.  Id.,  íV/.,  t.  III,  páj.  71. 

105.  Ob.  cit.,  páj.  42. 

106.  Popohl  Vuh,  páj.  CCXXX. 


CAP.    XII. — LA  EDAD    DEL   BRONCE  4O7 

Yá  vemos  que  la  suposición  de  Montesinos  ha  encontrado  sos- 
tenedores de  la  importancia  del  que  acabamos  de  citar;  pero, 
dejando  a  un  lado  hipótesis  mas  o  menos  aventuradas,  hagamos 
notar  por  el  momento  cómo  es  verdad  que  ese  sistema  de  escri- 
tura conocida  con  la  designación  de  quipus^  se  encuentra  testifi- 
cada como  existente  entre  los  antiguos  chilenos  por  numerosos 
cronistas  de  la  colonia,  i  aún  de  época  mucho  mas  moderna,  para 
investigar,  en  seguida,  que  es  lo  que  por  el  momento  nos  interesa, 
si  fueron  importados  al  país  por  los  peruanos,  o  si,  por  el  contra- 
rio, existían  ya  entre  nosotros  al  tiempo  de  la  invasión  incarial. 

El  historiador  Alonso  de  Ovalle  nos  dice  que  los  indios  en 
Chile  llevan  cuenta  de  sus  ganados,  «con  distinción  de  los  que 
han  muerto  de  enfermedad  o  de  otros  cualesquiera  accidentes, 
de  los  que  se  han  dado  o  consumido  en  el  sustento  de  la  casa  i 
de  los  pastores,í>  por  medio  de  los  quipus^  i  que  con  ellos  adán 
también  razón  de  lo  sucedido  en  tal  i  tal  ocasión  i  tiempo,  i  de 
lo  que  hicieron,  hablaron  i  pensaron. ^^^d 

El  padre  Rosales  hablando  de  la  convocación  que  el  toqiiíje- 
neral  solia  hacer  a  los  ca  ciques  invitándolos  a  levantarse  contra 
los  españoles,  declara  que,  junto  con  una  flecha  ensangrentada, 
les  enviaba  «unos  nudos  en  un  cordón  de  lana  colorada,  en  gran 
secreto,  con  su  Leb-toqui^  que  es  un  ayudante.»  Los  nudos,  agre- 
ga el  jesuita,  se  designan  en  el  idioma  de  la  tierra  con  el  nombre 
de  cumproriy  o pron^  como  dicen  Pietas  i  Molina.  .«El  mensajero 
encargado  de  convocar  para  las  juntas  de  guerra,  añade  Gonzá- 
lez de  Nájera,  lleva  una  cuerda  a  que  llaman  yipo^  de  tantos  nu- 
dos cuantos  dias  han  de  tardar  los  indios  en  venir  a  juntarse  en 
el  puesto  que  se  les  declara;  para  lo  cual  van  deshaciendo  cada 
dia  un  nudo,  contando  los  que  faltan  para  conforme  ellos  medir 
el  tiempo, de  sus  jornadas  i  ajustar  el  en  que  han  de  llegar  al  lu- 
gar señalado. ^°^)) 

Esto  por  lo  que  respecta  a  un  tiempo  mas  o  menos  remoto. 

Óigase  ahora  lo  que  dice  con  relación  a  una  época  mucho  mas 

107.  Histórica  relación^  plj.  92. 

108.  Desengaño  de  la  guerra  de  Chile ^  páj.  183. 


\ 


408  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

moderna  el  viajero  Stevenson  en  su  apreciable  libro  sobre  Sud- 
América.  «Molina,  Ulloa  i  otros  escritores  nada  dicen  acerca 
del  hecho  curioso  de  poseer  los  araucanos  el  arte  de  los  quipus^ 
o  sea,  el  sistema  que  los  peruanos  tenian  de  escribir  con  nudos 
en  hilos  de  diversos  colores,  en  reemplazo  de  nuestra  escritura 
o  de  los  jeroglíficos,  i  que  hasta  el  presente  poseen  este  arte  lo 
demuestra  el  hecho  siguiente.  En  1792  tuvo  lugar  cerca  de  Val- 
divia cierta  sublevación,  i  cuando  se  trató  de  juzgar  a  varios  de 
los  complicados,  Marican,  uno  de  ellos,  declaró  «qtie  la  señal 
Denviada  por  Lepitran  fué  un  pedazo  de  palo,  como  de  una  cuarta 
»de  largo  i  notablemente  grueso,  i  que  habiendo  sido  ahuecado, 
Dcontenia  en  su  interior  un  dedo  de  español;  que  estaba  envuelto 
j)en  hilo  en  toda  su  estension  i  teniendo  en  uno  de  sus  estremos 
»una  faja,  listada  con  colorado,  azul  i  negro;  que  en  la  negra, 
j) Lepitran  habia  puesto  cuatro  nudos  para  significar  que  era  des- 
2>pues  del  cuarto  dia  de  la  última  luna  cuando  el  emisario  habia 
jDsalido  de  Panguipulli;  que  en  la  blanca  se  veian  diez  nudos  pa- 
jara indicar  que  diez  dias  después  de  esta  fecha  tendria  lugar  el 
^levantamiento;  que  en  la  colorada  debia  añadirse  por  la  perso- 
Dna  que  la  recibiera  un  nudo  si  asentia  a  la  sublevación,  pero 
Dque  si  rehusaba,  debia  hacer  un  nudo  atando  juntas  la  azul  i 
i^lacre;  de  tal  manera  que,  siguiendo  la  ruta  que  tenia  indicada, 
]& Lepitran  estaría  en  situación  de  averiguar  al  regreso  del  chas^ 
T^que  o  heraldo,  cuantos  de  sus  amigos  se  le  unirían,  i  que  si  al- 
aguno disentia,  sabría  quien  era  él  por  el  lugar  que  ocupase  el 
j>nudo  que  uniría  los  dos  hilos.)!)  De  esta  manera,  concluye  nues- 
tro autor,  «es  mui  probable  que  los  toquis  de  Araucanía  conser- 
ven sus  recuerdos  por  medios  de  los  quipus ¡tn  lugar  de  confiar- 
los a  la  tradición  oral.^^» 

Apreciando  lord  Kingsborough  ciertos  quipus  que  obraban  en 
su  poder,  declara,  no  sabemos  fundado  en  qué  razones,  que  los 
estimaba   «mas  bien  como  chilenos  que  peruanos,  i  como   mo- 


109.  Historical  and  descriptive  narrative  of  twenty  years  residente  in  South 
America^  London,  1829,  8.®,  t.  I,  páj.  44. 


CAP.    XII. — LA    EDAD   DEL  BRONCE  4O9 

dernos  mas  que  antiguos."^  I  por  fin,  refiriéndose  Rivero  a  un 
pequeño  libro  inglés,  cuyo  título  no  cita,  espresa  que  en  él  se 
contiene  «la  descripción  de  algunos  quipus  descubiertos  por  Ro- 
semberg  Vestus  en  la  familia  de  un  cacique  de  Chile  de  la  tribu 
de  los  Guancus,  que  se  asegura  ser  descendiente  de  los  Incas 
que  huyeron  del  Perú  a  la  llegada  de  los  españoles.^^^D 

En  vista  de  tan  numerosos  i  autorizados  testimonios,  debemos, 
pues,  concluir  que  los  quipus  fueron  conocidos  en  Chile  desde 
época  mui  antigua,  sin  que  en  verdad  dejemos  de  reconocer  que 
el  arte  de  emplearlos  no  alcanzó  entre  nosotros  el  grado  de  ade- 
lanto a  que  llegó  en  las  provincias  centrales  del  imperio  de  los 
Incas.  Mas,  como  hemos  antes  insinuado,  ¿coincidió  su  inven- 
ción en  Chile  con  la  aplicación  que  de  ellos  se  hacia  en  el  Perú, 
o,  por  el  contrario,  no  fué  su  uso  sino  uno  de  los  adelantos  que 
los  soldados  de  Huaina  Capac  implantaron  en  los  valles  de  Co- 
quimbo i  Copiapó?  Los  historiadores  cuyo  testimonio  hemos  re- 
cordado no  se  pronuncian  sobre  este  particular,  pero  desde  luego 
llama  la  atención  que  este  sistema  de  los  quipus  se  ha  practicado 
aún  en  aquellas  rejiones  a  que  nunca  llegó  el  dominio  incarial,  i 
que  en  idioma  araucano,  como  lo  asegura  el  padre  Rosales  i  otros 
autores,  los  nudos  que  servian  para  las  diversas  combinaciones 
tienen  una  denomiacion  especial:  antecedentes  que,  unidos  a  la 
circunstancia  de  que  hasta  el  presente  encuentren  cierta  aplica- 
ción, i  lo  fácil  i  natural  del  invento,  peculiar  también  a  otros 
pueblos,  concurren  a  demostrar  que  su  aplicación  entre  los  arau- 
canos coexistió  con  el  uso  que  de  ellos  se  hacia  en  el  Perú. 

Lo  que  sin  duda  alguna  enseñaron  los  peruanos  a  losaboríjenes 
filé  el  arte  de  contar.  Según  es  notorio,  algunos  pueblos  salvajes 
poseen  nociones  tan  escasas  sobre  este  particular,  que  en  cuanto 
recorren  uno  por  uno  los  dedos  de  las  manos  i  de  los  pies,  sus 
ideas  se  embrollan  i  no  saben  atinar  con  un  número  superior  al 
de  sus  propios  dedos.  El  estado  de  los  conocimientos  de  los  pri- 
mitivos habitantes  de  nuestro  país,   en  este  orden,  no  debió  ser 


lio.    Mexican  antiquities^  t.  VI,  páj.  271,  nota. 
III.  Memorias  cieníificaSj  t.  II,  páj.  78. 


53 


4IO  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

mui  superior  al  grado  que  indicamos,  pues  las  voces  con  que  des- 
de la  conquista  española  espresan  ciento  i  mil,  pataca  i  huaranca 
i  demás  combinaciones  superiores,  son  jenuinamente  quichuas.^^ 

Otro  tanto  puede  decirse  en  lo  que  respecta  al  traje.  Ya  al  ha- 
blar de  la  edad  de  piedra  i  de  los  araucanos  hemos  indicado  que 
tanto  el  arte  de  tejer  como  el  sistema  de  los  Vestidos,  eran  neta- 
mente rudimentarios.  Para  hilar  tuvieron  después  el  huso,  provis- 
to de  las  torteras  (chinqnid)^  cuyos  modelos  hemos  dado  a  co- 
nocer, i  los  había  de  tres  clases,  piriill^  cnliu  i  muñam;  de  la 
lana  del  huanaco  i  del  chilihueque  hacian  unos  ovillos  de  hila- 
do,"^ (peulj;  se  proporcionaban  agujas  de  las  espinas  del  cha- 
guar'**, o  de  ((Otra  pajita»  que  llamaban  gutofi^^^,  i  posteriormente 
las  hicieron  de  huesos;  tiñeron  sus  telas  dcon  colores  perfectísi- 
mos»  (sacados  especialmente  del  quintral),  del  relviin^  cocoll  i 
carchi l^^^^  i  así  hacen  los  vestidos  de  varias  tintas:  el  negro,  para 
el  cual  no  tienen  raíces,  lo  dan  mui  bueno,  cociendo  lo  que  han 
de  teñir  en  cieno  negro  repodrido^*^»,  que  denominaban  rovü.  El 
amarillo  lo  daban  con  \dí  puelcura.  Los  telares  eran  dde  pocos 
palos  i  artificio,^^*'D  i  de  ellos,  dice  Molina,  se  conocen  dos  espe- 
cies, el  gurehuCy  dno  mui  diferente  del  que  empleaban  los  espa- 
ñoles, pues  en  lugar  de  peine  usaban  una  costilla  de  ballena  o  un 
palo  adecuado,  plano,  para  oprimir  la  trama  (thonon).  El  otro  es 
casi  vertical,  llamado  úthalhuc  o  huythalhue.  Tienen  en  su  len- 
gua vocablos  propios  para  indicar  todas  las  partes  que  componen 
los  susodichos  telares  i  las  demás  cosas  conducentes  a  la  labor 
de  las  lanas.  Tenian  agujas,  como  se  colije  del  verbo  maduven^ 
así  como  bordado,  según  el  significado  del  verbo  dumican}^^j> 

Andaban  descalzos,  pero  para  pasar  las  nieves  habian  inventa- 
do unos  zapatos  (íque  hacen  de  coleos,  anchos  como  chapin,  con 

112.  D'Orbigny,  Vhomme  américain,  t.  I,  páj.  394;  Carvallo,  Historiadores. 

113.  González  de  Nájera,  Desengaño  de  la  guerra  de  Chilc^  páj,  189. 

1 14.  Id.,  /V/,  páj.  59. 

115.  Fcbres,  Arte  de  la  lengua  general^  etc. 

1 16.  Pebres,  ob,  cit. 

117.  González  de  Nájera,  ob.  cit.,  páj.  98. 

118.  Id.,  id,y  id. 

119.  Compendio  de  la  historia  civil ^  páj.  21. 


I 


CAP.   XII. — LA  EDAD   DEL  BRONCE  4II 

que  andan  sin  hundirse  en  la  nieve  cuando  quieren."^»  Los  pe- 
ruanos introdujeron  la  ojota,  uchuta^  «que  era  a  modo  de  las  al- 
pargatas de  Espafla,  que  el  novio  daba  a  la  novia  al  tiempo  de 
casarse,  de  lana,  si  era  doncella,  i  si  no,  de  esparto.^*"'^»  En  el  arau- 
cano existe  también  la  voz  quelle^  calzado  de  indio,  que  no  sabe- 
mos si  era  distinto  de  los  anteriores;^®  i  los  zancos,  que  todos 
conocemos,  i  que  distinguian  con  el  vocablo  thenthicahue}^ 

En  materia  de  trajes,  los  usaron  de  varias  clases:  el  poncho, 
pontho\  la  camiseta  o  poncho  de  solo  dos  listas,  ulcii;  la  camise- 
ta ceñida,  llochov^  i  otra  variedad  llamada  macuñ;  rüthu^  la  man- 
ta gruesa;  eciill^  la  listada;  el  chamal^  con  que  se  cubren  todo  el 
cuerpo;  huentecun^  la  que  ponian  sobre  las  demás;  la  tclla  i  el 
choñe  o  mantas  que  usaban  con  especialidad  las  mujeres.  Ribe- 
teaban sus  trajes  con  una  cinta  o  cordoncito  llamado  huachiñ; 
hacían  fajas  o  ceñidores  de  dos  clases,  nuruhiie  i  chumpi;  fabri- 
caban cierta  especie  de  calzones  conocidos  con  la  designación  de 
charahuilla ;  para  la  cabeza  hacian  cintas,  tarilonco^  huyncha  i 
malcantu.  Confeccionaban  bolsas,  yapagh^  i  otras  dispuestas  en 
forma  de  red  para  llevar  provisiones  durante  sus  viajes,  que  lla- 
maban huilal}^ 

Pero,  como  espresa  D'Orbigny  muchas  de  estas  voces,  como 
también  el  topu  o  prendedor  con  que  se  sujetaba  la  manta  o  iclla^ 
son  quíchuas.^^  d Me  sorprendí  mucho,  diceFitzroy,  cuando  noté 
la  precisa  semejanza  del  vestido  usado  por  las  mujeres  arauca- 
nas con  el  de  los  aboríjenes  del  Perú,  según  lo  describe  i  dibuja 
Frezier  en  su  viaje.^^D 

Sin  pliegues,  sin  alforza,  sin  costura 
Es  el  bárbaro  traje  i  tan  mal  hecho 
Que  no  señala  talle  ni  cintura 
Forma,  garbo,  facción,  espalda  o  pecho: 

120.  Rosales,  Historia^  t.  I,  páj.  198. 

.121.  Ercillíi,  La  Araucana^  notas. 

122.  Luis  de  Valdivia,  Arte  i  gramática^  etc. 

.123.  Pebres,  ob.  cit. 

1^4.  Obras  de  Pebres  i  Valdivia, /^¿75í//«. 

125.  nhomme  américain^  t.  I,  páj.  394. 

126.  Voy  age  of  the  Advertnre  and  Beagle^  t.  II,  páj.  463. 


412  LOS   ABORÍJENES   DE   CHILE 

I  demás  que  es  mala  su  hechura 
Áspero,  deshonesto,  corto,  estrecho, 
Tanto  que  se  descubren  las  costillas 
I  llega  cuando  mucho  a  las  rodillas. ^*^ 

A  pesar  de  la  aserción  del  poeta,  el  vestido  de  las  indias  chi- 
lenas, declara  González  de  Nájera,  «es  honesto  para  bárbaras, 
pues  usan  de  faldas  largas,  mostrando  solo  los  pies  descalzos  i  los 
brazos  desnudos.^^  «Andan  vestidos  los  araucanos,  añade  Rosa- 
les, de  lana,  teñida  de  vistosos  colores,  con  un  traje  moderado  ¡ 
sencillo,  contentándose  con  solo  cubrir  el  cuerpo.  La  ropilla  es 

# 

una  camiseta  cuadrada  abierta  por  medio,  cuanto  cabe  la  cabeza, 
que  entrándola  por  ella,  cae  sobre  los  hombros;  los  calzones, 
abiertos,  de  la  misma  tela,  sin  mas  camisa  que  duplicar  la  cami- 
seta,  sin  mas  aderezo  ni  adherente...  El  cabello  les  cubre  la  ca- 
beza, i  le  traen  atado  con  una  cuerda  de  lana,  la  cual  se  quitan 
por  cortesía,  como  nosotros  el  sombrero...  El  vestido  de  las  mu- 
jeres es  al  modo  del  de  los  hombres  i  solo  se  diferencia  en  los 
calzones  i  en  el  cabello  largo.  Traen,  como  los  hombres,  una  ca- 
miseta sobre  los  hombros,  i  de  medio  cuerpo  hasta  las  rodillas 
una  manta  ceñida  a  la  cintura,  i  de  las  rodillas  abajo,  como  los 
hombres,  desnudas  i  descubiertas,  i  los  brazos  del  mismo  modo. 
I  aunque  mas  frió  haga  no  traen  mas  abrigo,  i  dentro  de  casa  se 
quitan  la  camiseta  que  traen  encima  i  se  quedan  con  solo  la  man- 
ta. Para  las  fiestas,  se  ponen  algunas  una  lliclla^  que  pende  por 
las  espaldas,  i  por  los  dos  estreñios  la  prenden  en  el  pecho  con 
un  punzón,  sin  mas  galas  ni  usos  nuevos,  ni  ser  costosas  a  los 
maridos  aun  en  esto  poco  que  visten,  que  ellas  mismas  lo  hacen 
i  tejen,  i  si  no,  no  se  lo  ponen,  que  el  marido  no  se  obliga  a  darlas 
de  vestir:  antes  ellas  están  obligadas  a  vestir  al  marido.^^» 

No  debe  olvidarse  que  la  división  del  peinado  en  dos  trenzas, 
a  que  llamamos  chapes^  es  también  una  invención  peruana. 

Con  esto  hemos  pasado  ya  lijeramente  en  revista  la  influencia 

127.  Alvarcz  de  Toledo,  Paren  indómito,  C.  XIX. 

128.  Desengaño  de  ¡a guerra  de  Cliile^  páj.  98. 

129.  Historia^  t.  I,  pájs.  158-159. 


CAP.   XII. — ^LA   EDAD  DEL  BRONCE  4I3 

que  la  conquista  peruana  ejerció  eta  Chile,  influencia,  por  lo  je- 
neral,  benéfica,  i  debida,  sobre  todo,  al  grado  superior  de  adelan- 
to que  habían  alcanzado  los  pueblos  del  Inca.  Pero,  sin  tiempo 
para  consolidarse  i  sin  un  campo  vasto  en  que  poderse  ejercitar, 
i  distraida,  ademas,  a  cada  paso  por  las  necesidades  continuas  de 
la  guerra  i  los  dilatados  desiertos  al  través  de  los  cuales  debia 
hacerse  sentir,  bastó  el  primer  empuje  de  los  soldados  castella- 
nos para  que  los  cimientos  del  edificio  que  comenzaba  a  levan- 
tarse fueran  dispersados  en  un  momento,  arrastrados  por  la  cor- 
riente que  en  tan  cortos  dias  disolvió  el  dilatado  imperio  de 
Atahualpa.  De  aquel  tiempo  de  señorío  de  una  nación  estraña 
en  Chile,  inmediatamente  anterior  a  la  época  española,  no  que- 
dan sino  una  que  otra  palabra  en  el  idioma  del  pueblo  cuya  con- 
quista se  intentó,  usos  i  costumbres  alterados  con  el  tiempo, 
piedras  ligadas  con  deleznable  barro  en  las  alturas  de  algunos 
cerros,  i  uno  que  otro  utensilio  de  arcilla  i  de  metal  confundidos 
con  los  cadáveres  de  sus  dueños  en  las  honduras  de  las  fosas  se- 
pulcrales. De  aquellas  huestes  que  orguUosas  hollaron  en  un 
tiempo  nuestro  suelo,  apenas  si  al  concienzudo  trabajo  del  his- 
toriador le  es  dado  descifrar  un  recuerdo  al  través  del  dilatado 
trascurso  de  los  años,  i  de  las  maravillas  de  aquella  decantada  ci- 
vilización apenas  si  el  arqueólogo  puede  desentrañar,  arrancando 
a  la  podredumbre,  unos  cuantos  objetos  que  conserven  su  figura 
orijinal.  Tras  de  este  período  remoto  i  casi  sin  historia  i  monu- 
mentos, se  levanta  admirable,  vigorosa  i  tristemente  cruenta  la 
conquista  española. 


FIN. 


ESPLICACION  DE  LAS  LÁMINAS 


1.  ídolo  hallado  en  Malloa^  cerca  de  Rengo,  hecho  de  pórfido  i  dibujado  de 

tamaño  natural.  Roto  en  su  parte  inferior. 

2.  Piedra  granítica,  de  lo  Ovalle,  inmediaciones  de  CuracavL  Un  octavo  del 

tamaño  natural.  Véase  su  descripción  en  la  pajina  220. 

3.  Cincel  de  piedra  hallado  en  ^Los  CJimosi^^  provincia  de  Valdivia.  Esquita 

micácea,  abundante  en  la  cordillera  central. 

4.  Tamaño  natural,  La  Union.  Pórfido. 

5.  Hacienda  de  San  Miguel,  departamento  de  Melipilla.  Tamaño  natural. 

Oríjen  volcánico.  £1  lado  que  se  ve  es  el  mas  alisado,  pero  el  instrumento 
tiene  rotas  las  dos  estremidades  del  filo. 

6.  Llanquihue^  lugar  del  Frutillar.  Tamaño  natural.  Granito.  En  la  estremi- 

dad  de  la  punta  le  falta  un  pedazo,  i  el  filo  mismo  aparece  ya  bastante 
desgastado. 

7.  Tamaño  natural.  Interior  de  Chiloé.  Pórfido. 

8.  Tamaño  natural.  Los  Cuneos^  Valdivia.  Pórfido. 

.  9.  Tamaño  natural.  Rio  Maullin,  Pórfido.  Cincel  originariamente  bien  pu- 
lido, con  cuatro  cantos,  pero  ya  roto  por  el  uso.  Ha  sido  probablemente 
golpeado  en  un  estremo  con  algún  martillo  de  piedra. 

la  Tamaño  natural.  Pórfido.  Interior  de  la  isla  grande  4^  Qhiioé. 

11.  Tamaño  natural.  Isla  de  Huar,  Piedra  tal  cosa. 

12.  Tamaño  natural.  Interior  de  la  isla  grande  de  Chiloé.  Pórfido. 

13.  Dos  tercios  del  tamaño  natural.  Pulida  en  su  mitad  inferior.  Hallada  en 

el  interior  de  la  Araucania,  Granito. 

14.  Hacha  de  piedra,  agujereada,  de  treinta  i  dos  centímetros  de  largo,  nueve 

i  medio  de  ancho,  i  uno  i  medio  de  grueso,  de  un  color  pálido  cenicien- 
to, tirando  al  verde,  con  pequeñas  jaspeaduras  negras.  Fué  hallada  en 
la  isla  de  Mancera^  debajo  de  las  raíces  de  un  roble,  junto  con  otra  del 
mismo  tamaño  i  dos  chicas.  Es  el  ejemplar  mas  grande  que  conozcamos 
de  estos  instrumentos.  Cuarta  parte  del  tamaño  natural. 

15.  Dos  tercios  del  tamaño  natural.  Rio  Maullin,  Oríjen  volcánico. 
t6.  Islas  de  los  Chonos,  Tres  cuartos  del  tamaño. 

17.  Hacha  tallada,  encontrada  en  Liguay^  Linares,  en  una  capa  de  cascajo,  a 

tres  metros  de  profundidad.  Tamaño  natural.  Es  el  ejemplar  mas  intere- 
sante de  todos  los  que  poseemos  hasta  ahora,  por  la  gran  antigüedad 
que  indudablemente  tiene. 

18.  Islas  de  los  Chonos,  Tres  cuartos  del  tamaño.  Pulimentada  solo  en  el  filo. 


4 1 6  ESPLICACION  DE  LAS  LÁMINAS 

20.  Colüco,  inmediaciones  de  Valdivia,  Dos  tercios  del  tamaño  naturaL  Gra- 

nítica. 

21.  Dos  quintos  del  tamaño  natural.  Horadación  igual  de  ambos  lados.  Pórfi- 

do. Chiloé. 

22.  Dos  quintos  del  tamaño  natural.  Horadación  en  forma  de  cono  truncado, 

con  sus  paredes  interiores  admirablemente  regulares.  Pórfido  cuarzífero. 
Guaitecas, 
2}s*  Hallada  en  la  hacienda  de  San  Juan  de  Valdii'ia,  Ejemplar  bastante  inte- 
resan le  por  su  forma,  que  acaso  sea  una  copia  de  las  hachas  modernas  de 
acero.  Parece  que  ha  sido  esclusivamente  destinada  a  usarse  con  la  ma- 
no. Mitad  del  tamaño  natural. 

24.  Pulida  solo  en  el  filo,  o  sea  tallada.  Encontrada  en  la  hacienda  de  Santo 

Domingo,  en  BucaUmu.  Piedra  aislada  de  orijen  volcánico.  Mitad  del 
tamaño  natural. 

25.  Sumamente  tableada  i  de  un  carácter  análogo  a  las  números  14  i  15.  Pa- 

rece evidente  que  en  estos  instrumentos  no  hai  mas  pulimento  que  el 
de  los  cantos,  i  el  trabajo  del  filo.  Roca  esquitosa,  común  en  la  costa  de 
Chile.  Cuatro  décimos  del  tamaño  natural. 

26.  Pulimentada  en  su  mitad  inferior.  Granito.  Boca  de  J^eloncaví,  Tercera, 

parte  del  tamaño  natural. 

28